exxonmobil y colombia

Dos derrotas trascendentales para Estados Unidos

PorLBenAXXI

 

Acaso ahora resulte menos arduo comprender y asumir en qué punto está y hacia dónde marcha la política internacional. El inmediato movimiento centrípeto de América Latina para impedir un desenlace bélico en la región, y el consecuente aislamiento sin precedentes de Washington en su propio terreno, la OEA, pintan con trazo claro el momento histórico.

En el último año la dinámica de convergencia regional había sido neutralizada. La inexorable competencia entre las burguesías locales, convenientemente azuzada por el Departamento de Estado, había hecho su labor divisionista. Pero cuando Estados Unidos dispuso que el gobierno de Álvaro Uribe atacara territorio ecuatoriano y abatiera al representante de las Farc en la negociación por la paz, el espectro de la guerra, la invasión y la ocupación de mercados por vía militar aunó gobiernos ya lanzados a la búsqueda de negocios bilaterales con el imperialismo –o a punto de hacerlo– y los obligó a ponerle freno a la Casa Blanca.

República Dominicana fue el escenario para que un recorte del hemisferio político, el Grupo de Río, permitiera a la vez condenar la agresión colombiana y fugar por la tangente a Álvaro Uribe. Antes y después, la OEA puso a trasluz la relación de fuerzas provocada por la intentona belicista, no por inestable menos cierta.

El fantasma de la guerra pareció esfumarse. Escamoteando la realidad hasta cuando dicen la verdad, los medios atribuyeron el milagro a la posición conciliadora y la habilidad política de Hugo Chávez en Santo Domingo. Así, lo obvio quedó en la penumbra: el inicio de una conflagración que abarcaría a toda la región no se impidió con el gesto concesivo de Chávez, sino con su determinación, una semana antes, de responder con el máximo de fuerza a la amenaza bushuribista sobre la frontera colombo-venezolana, acompañando un movimiento análogo resuelto por el presidente del país agredido, Rafael Correa.

Tender la mano desde una posición timorata hubiese sido la luz verde para la inmediata ocupación de territorios supuestamente utilizados por las Farc en Ecuador y Venezuela. Es decir, el inicio de la guerra total. Es verdad que el gesto de Chávez en el Grupo de Río salvó la cara de más de un mandatario escurridizo. Pero desplegar las tropas y no tender la mano hubiese conducido al mismo desenlace, el buscado por el imperialismo, la guerra total. No por nada, simultáneamente, en Bolivia la oligarquía títere llamaba a las armas contra Evo Morales.

 

Contra Pdvsa 

También en sincronía con aquella ofensiva, a través de la célebre ExxonMobil, Estados Unidos atacó desde otro flanco: Pdvsa y la recuperación de los yacimientos en la faja del Orinoco. Se trata de mostrar a los levantiscos socios menores del Sur que todo gesto de soberanía lleva a la catástrofe: embargo por 12 mil millones de dólares, incautación de buques petroleros en alta mar, bloqueo de los pagos en todo el mundo… Mejor renovar contratos de entrega y negociar un statu quo, era el mensaje imperial.

Aquí, otra vez, la más mínima vacilación hubiese llevado no ya a la reversión de la salida de ExxonMobil de Venezuela, sino llanamente a la caída de Chávez. Pero no hubo dudas. El presidente de Pdvsa y ministro de Energía, Rafael Ramírez, no se limitó a denunciar con toda la fuerza argumental la agresión y el agresor: George Bush. Sin demora impulsó la movilización de los trabajadores petroleros y encabezó la demostración de fuerza obrera ante los ojos del mundo.

El resultado es conocido: ante la certeza de que una decisión contraria a la soberanía venezolana no sería aceptada por la Revolución Bolivariana, el Tribunal de Londres al que había recurrido ExxonMobil (usando una prerrogativa infame aceptada por los antiguos dueños de Pdvsa), falló contra la absurda pretensión imperialista. “Una gran victoria moral, política, económica, técnica y jurídica contra el imperialismo”, dijo Chávez en un acto convocado para anunciar el resultado de esta otra gran prueba de fuerza.

 

¿Pasó el riesgo de guerra? ¿Se rendirá ExxonMobil? 

La respuesta a estos interrogantes se hallará en los tumultos bursátiles, en la caída de las acciones, en la ahora admitida regresión indetenible de la economía estadounidense y el paulatinamente reconocido impacto que esto tendrá en todo el mundo, con efectos devastadores.

No. No habrá tregua. Estados Unidos está empujado a la guerra por la crisis que le atenaza las entrañas. El ensueño de democracias burguesas prósperas propulsadas a soya es eso, una quimera. El trato de igual a igual en términos capitalistas con los centros imperiales es algo peor. Requiere adjetivos más rotundos.

De allí la necesidad de interpretar ajustadamente estas dos grandes derrotas de Estados Unidos: ocurrieron por la determinación de quienes han resuelto reconquistar la soberanía por el único camino que el momento histórico permite: la superación del capitalismo. Y por el temor de otros a la furia del amo y el perjuicio que esto acarrearía a sus negocios.

La naturaleza misma de este bloque da lugar alternativamente a momentos de fortaleza y debilidad. Venezuela, Bolivia y Ecuador están y seguirán estando bajo fuego del imperialismo. Otros gobiernos sufrirán más y más presiones para apartarlos de ese pelotón de vanguardia, condición previa para el accionar militar.

Nunca como hoy ha sido necesaria la unidad de la nación latinoamericana.

en el G-20 y la v cumbre de las américas se librará una batalla crucial

El gran duelo

PorLBenAXXI

 

Llegó la hora: alinearse con el Norte para emprender la vana empresa de salvar al capitalismo, o definir posiciones y acelerar en dirección a la unión suramericana, la complementación solidaria de las economías de la región, la verdadera soberanía en pos del buen vivir para todos. Ésa es la opción ante la cual no hay postergación posible. Estados Unidos y sus socios intentan atraer a países clave del hemisferio para apuntalar su estrategia, una vez más como neocolonias aferradas a las metrópolis. Ése es el significado de la reunión del G-20 el 2 de abril en Londres; ésa es la intención de Washington para la Vª Cumbre de las Américas en Trinidad y Tobago, quince días después. Como contrapartida, los países del Alba se reunirán el 16 de abril en Caracas, para ratificar una línea de acción común frente a la crisis y la respuesta del capital imperial. La participación de todos los miembros de Unasur en el encuentro del Alba es la última oportunidad para presentar un frente unido antes de que se desencadene en toda su potencia destructiva la crisis global.

 

Durante el mes de abril quedará esbozado un nuevo mapa político planetario. El 2 en Londres y el 17 en Trinidad y Tobago, la reunión del G-20 y la Vª Cumbre de las Américas definirán la estrategia con la cual Estados Unidos, la Unión Europea, Japón y China, afrontarán el colapso del ordenamiento planetario vigente en las últimas seis décadas. La gran incógnita es qué lugar ocupará el conjunto latinoamericano-caribeño en la búsqueda del que lo sustituya.

Nada será definitivo, claro. Porque lo único constante en este momento es la ebullición. La transformación molecular de las relaciones de fuerzas a escala mundial transcurre bajo la superficie y a un ritmo diferente del que impone el desmoronamiento del sistema capitalista. De manera que los acontecimientos visibles –y sobre todo su representación en la prensa comercial– tienen escasa correspondencia con la realidad. No obstante, del papel de cada protagonista depende el curso de la historia inminente, prefigurado por la ola arrolladora de trabajadores expulsados de sus puestos en todo el mundo.

Una febril actividad diplomática del Departamento de Estado estadounidense e innumerables encuentros a nivel presidencial y ministerial en América y Europa, más encuentros públicos y reservados entre Estados Unidos y China, permite observar el nervioso movimiento de las piezas en el ajedrez planetario.

Ante todo, con apenas dos o tres   excepciones, asombra la talla política de las figuras participantes, su falta de preparación teórica para comprender los acontecimientos en curso, la ausencia de equilibrio emocional e incluso la plasticidad moral con la que suben al escenario ante una platea mundial temerosa y expectante.

Pero el foco debe centrarse en otro punto: la actitud de China en relación con la redefinición de un sistema financiero mundial, la ubicación de los tres gobiernos latinoamericanos –Brasil, México y Argentina– incrustados en el G-20 y la actitud que asumirán los miembros de Unasur (Unión de Naciones Suramericanas) cuando en la isla caribeña de Trinidad y Tobago se encuentren cara a cara con el nuevo representante del imperialismo, Barack Hussein Obama.

 

Paciencia china 

Además de asombro y temor, la crisis produce cambios hasta poco antes impensables. El nerviosismo de las autoridades chinas no es el menor de ellos, si se tiene en cuenta no sólo la proverbial imperturbabilidad de esa cultura milenaria, sino y sobre todo las causas que lo provocan. Es sabido que Pekín tiene una suma sideral de reservas invertida en bonos del Tesoro estadounidense (diferentes informaciones la hace oscilar entre uno y dos millones de millones de dólares). Sumado al impacto que la caída del comercio mundial provoca en la economía china, el riesgo de la, a término, ineludible devaluación extrema o directa desaparición de la moneda estadounidense, crea una situación paradojal de dependencia mutua y choque frontal entre ambas economías.

En las últimas semanas esta situación se ha expresado incluso en el terreno militar: “el navío estadounidense Usns Impeccable violó las leyes y las reglas internacionales y chinas”, declaró el portavoz de la cancillería china, Ma Zhaoxu, en alusión a un episodio oscuro en el cual, según el Pentágono, barcos chinos efectuaron el domingo 8 de marzo maniobras peligrosas cerca de un navío no armado de la marina estadounidense en aguas internacionales, en el Mar de China Meridional. A la respuesta china contestó Washington con no menos contundencia: “vamos a seguir mientras tengamos que operar en aguas internacionales”, declaró Bryan Whitman, un portavoz del Pentágono.

No cabe soslayar este episodio, pero en el seno del G-20 el dilema de China frente al mundo capitalista altamente desarrollado pasa por otro meridiano: colaborar con la Casa Blanca para recomponer el sistema financiero internacional o crear un subsistema (los vértices hipotéticos serían Pekín, Moscú y Teherán) y desde allí ensamblar con otros posibles subsistemas en un entrelazamiento que opusiera con nitidez las economías subordinadas a las imperialistas. Hasta el momento, el gobierno chino parece enfilarse hacia una alternativa intermedia, o tercera vía: acordar con Estados Unidos una nueva moneda de intercambio internacional, que reemplace al dólar. Así lo adelantó Zhou Xiaochuan, presidente del Banco Popular de China: “la introducción de una divisa supranacional, estable y no vinculada a un país concreto, beneficiaría al sistema financiero mundial”.

Rusia había antes esbozado esa idea, sin darle forma precisa; luego de la formulación china, también Brasil se sumó a la propuesta. ¿Qué posición adoptará la UE, asociada en la desgracia con Washington, aunque igualmente interesada en sacar ventaja frente a Estados Unidos? “Son el camino al infierno”, declaró el presidente temporario de la UE, el checo Mirek Topolanek, refiriéndose a las medidas tomadas por Obama. Europa teme, y con buenos fundamentos, que una política de déficit desenfrenado como la que aplica sin mayor explicación la Casa Blanca dinamite las columnas del euro y haga desaparecer la moneda común del viejo continente. La UE podría volcar el fiel de la balanza. Pero su indecisión corre pareja con el temor a un desenlace traumático. La incógnita se develará antes de que estas páginas estén en manos del lector. En todo caso, es presumible la fugacidad de los resultados que se alcancen en Londres: nadie puede permitirse empujar a un fracaso estrepitoso; y pocos imaginan un saldo neto y consolidado como el alcanzado en Bretton Woods en 1945: la hegemonía estadounidense ha terminado. Y para siempre. Ya no puede imponer su voluntad al resto del mundo. Aunque todavía puede evitar que la Unión Europea despliegue todos los instrumentos que necesita para chocar sin rodeos con Washington en la disputa por los mercados mundiales. Y, sobre todo, mantener la capacidad de imantar a gobiernos clave en el resto del mundo para frenar la tendencia unificadora con contenido antimperialista y, desde allí, lanzarse a malograr la consolidación de un mundo pluripolar en el cual quedaría inserto, con enorme potencialidad estratégica, un bloque con definido perfil anticapitalista en Suramérica, el Alba (Alternativa Bolivariana para las Américas).

 

Qué hará Unasur 

Dos fuerzas de sentido inverso y potencia cambiante gravitan sobre la reubicación geopolítica de América Latina. Desde el año 2000 primó la que inducía a la convergencia, en progresiva confrontación con Estados Unidos. En 2005, durante la IVª Cumbre de las Américas realizada en la ciudad argentina de Mar del Plata, el entonces jefe del imperio sufrió una humillante derrota. Y la tendencia convergente se aceleró. Pero mientras esa dinámica llevaba al nacimiento de Unasur, Estados Unidos lanzó su contraofensiva, destinada a recuperar la iniciativa, poner nuevamente a su favor las relaciones de fuerzas y sentar las bases para neutralizar la marcha revolucionaria ya plasmada en diferentes puntos de la región. Cuatro años después, Washington contabiliza escasas aunque significativas victorias, que ubican al presidente Obama en situación diferente a la que tuvo su antecesor en Mar del Plata. Además, en Trinidad y Tobago, del 17 al 19 de abril, la Cumbre se desarrollará en un escenario mundial por completo ajeno al de 2005, creado por la irrupción de un protagonista para muchos inesperado: la crisis mundial del sistema capitalista.

Si el primer factor juega a favor de Estados Unidos, el segundo opera de manera altamente contradictoria, acentuando a la vez las fuerzas centrípetas y centrífugas en América Latina. A la vez que pierde terreno por la presión incontrolable de la crisis, Washington ganó un espacio aparentemente imposible usufructuando las contradicciones internas de las burguesías regionales, las vacilaciones de gobiernos autodenominados progresistas. Contrarios a definiciones anticapitalistas, elencos arribados al Gobierno en función del vacío creado por la demolición de las instituciones tradicionales del capital, estos mandatarios sui generis apelan a un discurso alegadamente neokeynesiano, cuya significación de definitiva defensa del capitalismo desconocen o manipulan, apelando a la abrupta caída del pensamiento político contemporáneo que, frente al denominado neoliberalismo, se abroqueló en la defensa del Estado, con prescindencia del carácter de clase que éste tenga.

No podía esperarse que los estrategas del imperialismo desaprovecharan la oportunidad que este cúmulo de inconsistencia presenta. El Departamento de Estado programó y llevó a cabo una formidable blietzkrieg diplomática, apuntada a aniquilar resistencias previas a las reuniones de Londres y Trinidad y Tobago. La secretaria de Estado Hillary Rodham Clinton viajó a México, donde tras la fachada de una autocrítica asumiendo corresponsabilidades en el tráfico de drogas y armas, en realidad ajustó un plan preventivo ante el riesgo de un desplazamiento masivo de mexicanos hacia Estados Unidos, como resultado del colapso generalizado del orden político ya previsto por los analistas serios en el país azteca. Mientras tanto, el Pentágono alistó grupos comandos de desplazamiento rápido dispuestos a sofocar sublevaciones sociales no sólo en el interior de Estados Unidos, donde la caldera ya comienza a bullir, sino en países críticos para el equilibrio imperial (México, Perú y Colombia ocupan los primeros lugares en la lista).

El esposo de la Secretaria, ex presidente demócrata, William Clinton, ocupó inmediatamente el proscenio de una reunión del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en Medellín, donde al socaire de un debate sobre la crisis congregó figuras de recambio en todo el continente, en preparación de las inexorables conmociones políticas, que en muchos casos serán alentadas por las embajadas estadounidenses a fin de colocar en puestos ejecutivos a sus subordinados políticos.

Nada más elocuente de las turbulencias internas en América Latina que la creación de un Consejo de Defensa Regional por parte de los 12 países integrantes de Unasur, a comienzos de marzo pasado, en Santiago de Chile, seguida pocos días después del anuncio de que a nombre de esta nueva instancia militar regional, Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Ecuador, México, Perú y Uruguay realizarán, en conjunto con la IVª Flota de Estados Unidos, el mayor ejercicio naval jamás antes ensayado en el hemisferio. “El ejercicio militar Unitas Oro se llevará a cabo entre el 20 de abril y el 5 de mayo; reunirá un total de 15 barcos de guerra, dos submarinos y más de una docena de aviones de 11 países en operaciones navales con fines de entrenamiento y promoción de la seguridad marítima y la estabilidad en la región”, informa la agencia AFP. Agrega con tono zumbón: “la IVª Flota permaneció inactiva durante casi 60 años, pero la Marina de Estados Unidos anunció su restablecimiento en abril de 2008 para tener una mayor presencia naval en el Caribe y América Latina, lo cual generó inquietud en algunos países de la región. El Pentágono aclaró que se trataba de una medida administrativa que no tenía que ver con objetivos militares”. Como para subrayar que esta desmesurada movilización de fuerzas bélicas “nada tiene que ver con objetivos militares”, también participarán tropas alemanas invitadas.

 

Progresistas en Chile 

En la misma tónica, el vicepresidente estadounidense Joseph Biden visitó Brasilia, se entrevistó con Luiz Inácio da Silva y luego se desplazó a Viña del Mar,  localidad chilena a escasa distancia de Santiago, donde tuvo lugar una reunión de presidentes progresistas los días 27 y 28 de marzo. La elocuente denominación alude a una instancia creada por William Clinton y Anthony Blair, cuando uno era presidente de Estados Unidos y el otro primer ministro británico. En esta oportunidad, con Michelle Bachelet como anfitriona, acudieron a la cita los presidentes de Argentina, Uruguay y Brasil, Cristina Fernández, Tabaré Vázquez y Lula, quienes mantuvieron intensas deliberaciones con Biden, los primeros ministros Gordon Brown de Inglaterra y Jens Stoltenberg de Noruega, además del presidente español José Luis Rodríguez.

Quienes duden del carácter progresista de los representantes de Estados Unidos y Europa no tienen más que acudir al registro de la campaña pre-electoral de quien luego sería vice de Obama, releer las posiciones de Brown respecto de cualquier tema de política internacional, con destaque de sus decisiones respecto de la participación de Inglaterra en las invasiones a Irak y Afganistán, o recorrer la trayectoria del titular del Psoe, célebre por su defensa del fascista José María Aznar en la no menos mentada cumbre hispanoamericana en Santiago, cuando el rey Borbón (otro ejemplo palmario de progresismo), intentó callar al presidente venezolano Hugo Chávez. Con la participación de los titulares de la OEA y el Mercosur, dos celebérrimos progresistas, aquella reunión fue “Un buen ensayo para la cumbre del G-20”, como titularía el diario oficialista argentino Página/12.

A un lado la arbitraria calificación para representantes ultra reaccionarios del imperialismo, importa subrayar el hecho de que gobernantes latinoamericanos integrantes de Unasur y el Mercosur, a la vez que eludieron un debate en esas instancias regionales, participan de estos encuentros en los cuales los jefes políticos del imperialismo ajustan sus políticas para las cruciales reuniones de Londres y Trinidad y Tobago. Más allá de todo juicio de valor, éste es un indicativo de que la estrategia divisionista de Washington respecto de América Latina puede apuntarse éxitos estratégicamente endebles pero de significativo valor táctico.

Estas inconsistencias no son inocuas. Entusiasmado con la perspectiva de ocupar un lugar en el cenáculo del poder mundial, Brasil subordinó en los últimos meses –precisamente el período de mayor debilidad del imperialismo– su papel como fuerza principal en Unasur. Trasladando esa estrategia a la política interna, luego de su reunión con Biden, Lula explicó que los obreros debían resignar demandas, porque ahora se trata de salvar el equilibrio del sistema. Por su parte, el canciller argentino Jorge Taiana y el embajador del país austral en Washington, Héctor Timerman, explicaron tras la reunión de Fernández con Biden que el encuentro “resultó altamente satisfactorio”. Según su interpretación “lo más importante es que pensamos lo mismo sobre la manera de enfrentar la crisis. La Presidente y Biden coincidieron en que los organismos de crédito deben ayudar a aumentar la demanda global y en que eso no choca con lo que sostienen algunos países europeos, sobre que lo principal es mejorar el sistema de control de los fondos. Ambas cosas pueden y deben hacerse a la vez”, declaró Taiana.

“Un milímetro de diferencia en la teoría equivale a un kilómetro en la práctica”, dijo hace un siglo un relevante pensador político. Presumiblemente mal asesorados por sus expertos en economía, los presidentes sureños se mostraron satisfechos por haber coincidido con Biden y Brown en cuestiones tales como la reforma del FMI y la necesidad de que los países subordinados tengan voz y voto en la reunión de los poderosos.

 

Alba o capitalismo del siglo XXI 

Al día siguiente de la reunión de presidentes progresistas, el diario argentino La Nación, furiosamente opositor al gobierno, tituló su portada con inequívoca intención: “Acuerdo sobre la crisis global con Estados Unidos y Gran Bretaña. Cristina Kirchner se alineó con las propuestas que esos países presentarán ante el G-20”. Aunque por razones inversas, la cobertura de los medios opositores y oficialistas coincide de esta manera en un supuesto acuerdo entre los presidentes suramericanos y los representantes imperialistas en esta reunión preparativa de las cumbres de Londres y Trinidad y Tobago. Sin necesidad de conjeturas, antes mismo de que se realicen ambos encuentros resulta evidente que los estrategas del Norte se han apuntado ya una victoria, consistente en atraer a países clave al cenáculo imperialista disfrazado bajo el nombre de      G -20. Allí los poderosos afirmarán la estrategia para afrontar la crisis mundial. Es congruente que quienes entienden la coyuntura mundial como una simple crisis pasajera, se muestren felices por estar invitados al cónclave, aún cuando no parece sensato suponer que las decisiones de las metrópolis podrán beneficiar a las neocolonias.

Entre un cúmulo de diferentes razones, la conducta evasiva frente a las responsabilidades estratégicas de Unasur devienen de una errónea interpretación de la coyuntura mundial. Aun para los gobiernos que no se definen a favor del socialismo en América Latina, debería estar claro que la profundidad y extensión de la crisis excluye cualquier posibilidad de resolución a mediano plazo e indolora de la crisis mundial, que apenas está en el primer escalón. A costa de un inconmensurable sufrimiento de sus pueblos, estos gobiernos empeñados en arrimar su colaboración a la recomposición del sistema vigente comprenderán en el futuro inmediato que el capitalismo del siglo XXI sólo puede tomar cuerpo bajo la forma de desocupación masiva, vertical caída del poder de compra de los trabajadores que mantengan sus empleos, aniquilación del Estado de bienestar, destrucción de las instituciones democráticas, avance del fascismo, de la represión, el hambre y la miseria.

Está a la vista que buena parte de los intelectuales orgánicos del sistema y de los gobernantes a los que asesoran no tienen los instrumentos imprescindibles para interpretar los parámetros de la situación actual. Comparar, por ejemplo, la crisis argentina de 2001 con el cuadro mundial actual, denota una incomprensión rayana en la enajenación. Pero la ignorancia no será excusa cuando los pueblos busquen y encuentren su respuesta a los estragos por venir de la crisis que recién comienza.

En este panorama y frente a la escalada de reuniones presidenciales y ministeriales que preparan la Cumbre de las Américas, el 16 de abril se reunirán en Caracas los países del Alba. Allí los países integrantes acordarán una política común para actuar de consuno en la cumbre que al día siguiente tendrá lugar en la vecina isla de Trinidad y Tobago. Como se sabe, un encuentro del Alba en noviembre pasado definió una estrategia conjunta frente a la crisis, que además de planear el intercambio en función de las necesidades y posibilidades complementarias de cada país, resolvió la creación de una moneda de cuenta común, el Sucre (Sistema Único de Compensación Regional) y la afirmación de un Banco del Alba. También a contramano de la estrategia imperialista, a mediados de marzo se consolidó la demorada perspectiva de un Banco del Sur. Siguiendo esta línea, en franco contraste con la reunión de presidentes progresistas, es de esperar que el 16 de abril, en la víspera de la Cumbre de las Américas pergeñada por Washington, acudan a Caracas todos los miembros de Unasur –y muy especialmente Argentina y Brasil– para acordar un plan que suene con voz única y estridente, frente al programa de recomposición imperialista que Obama llevará a la bella isla caribeña.

 

 

Esta nota es continuidad de Panorama en las vísperas, aparecida en la edición anterior de América XXI, disponible en: www.americaxxi.com.ve

culmina el congreso fundacional del psuv

Para la transición al socialismo, un Partido de transición

PorLBenAXXI

 

Histórico: el último tercio del siglo XX mostró en toda América Latina la agonía de grandes partidos que a la vez expresaron y controlaron a las masas populares. Algunos desaparecieron, otros se transfiguraron. Sólo en Brasil ese curso fue remontado con la aparición del Partido dos Trabalhadores, que llegaría finalmente al gobierno, aunque sin cumplir su programa socialista original. El Psuv es una manifestación diferente de ese fenómeno general. Y en términos políticos, incomparablemente más avanzada. Engendrado a partir de la voluntad del jefe de Estado, expresó sin embargo una necesidad y una voluntad colectiva y recorrió sus instancias fundacionales con singular empeño democrático. Son incontables las asechanzas que lo amenazan desde sus primeros pasos. Y es presumible que en el transcurso de la dura lucha que debe afrontar sufrirá sucesivas y notorias metamorfosis. Pero las definiciones revolucionarias, la voluntad de marchar al socialismo, la participación de masas en debates y resoluciones, inauguran un fenómeno que trasciende fronteras.

 

Venezuela no será la misma después de la fundación del Partido Socialista Unido. Tampoco América Latina. Desde la convocatoria a su fundación, un año atrás, fue motivo de controversia, diatribas y dudas. Sobre todo fue objeto de violentos ataques. Y no es para menos: construir un partido para la revolución socialista, en este momento histórico, va en apariencias contra lo que en inglés se denomina conventional wisdom; noción que alude a un punto entre el sentido común y la opinión general.

Por ignorancia o interés el medioevo contemporáneo –denominado comunmente posmodernismo– extrapoló la experiencia soviética y llegó a conclusiones rotundas: el socialismo es imposible; la revolución es impensable; el partido es un anacronismo inadmisible.

Su lugar lo ocuparon ONGs o, en el mejor de los casos, aparatos estructuralmente antidemocráticos rotulados como “movimientos sociales”. Ingentes cantidades de euros provistos por la socialdemocracia alimentaron “movimientos sociales” y estructuras varias con definiciones horizontalistas, definición que vendría a remachar la identificación de verticalismo y Partido; con pareja generosidad, aunque en dólares, otras estructuras similares fueron creadas o cooptadas por la CIA. Con marbetes de izquierda, infaltables teóricos europeos concurrieron para explicar que de ellos en adelante se trataba de “hacer la revolución sin tomar el poder”. Todo dislate fue adecuado para soslayar la necesidad de la revolución, la inviabilidad del capitalismo, la exigencia de crear instrumentos adecuados para enfrentar al imperialismo y aláteres, para unir, educar, organizar, dirigir, a millones de hombres y mujeres en lucha contra el sistema agonizante. Faltaba algo, no obstante: la oposición al concepto de Partido de los propios Partidos con definiciones de izquierda. Esa omisión quedó resuelta cuando numerosas tendencias revolucionarias se negaron a construir el Psuv.

 

Temor al futuro 

Dado ese cuadro general, en Venezuela la verdadera causa de la negativa a la fundación de un partido que unificase a todas las fuerzas comprometidas con la Revolución Bolivariana, estriba sin embargo en otro punto: la reticencia o el temor a afrontar la transición al socialismo. El proceso en curso había llegado al punto de no retorno: revolución socialista o caricatura de revolución.

Sorprendería el listado de nombres y organizaciones que abierta o solapadamente se oponen, en los hechos, a menudo como inconsciente acto reflejo, a soltar amarras con el sistema capitalista.

Así las cosas, cuando tras obtener apoyo masivo para su reelección con la bandera de la transición al socialismo el presidente Hugo Chávez expuso la necesidad de construir el Partido Socialista Unido de Venezuela, se produjo una múltiple fractura. En primer lugar la que tajó al movimiento de masas de las siglas partidarias que respaldaban al gobierno de Chávez (cinco millones 700 mil personas se inscribieron como aspirantes a militantes del Psuv). En segundo lugar, la que condujo al redil de la oposición proimperialista a segmentos menores del hasta entonces conjunto gobernantes (ejemplos notorios fueron el Partido Podemos, el general Raúl Baduel, más algún oportuno amanuense). En tercer lugar, las hendiduras producidas entre las fuerzas comprometidas con la revolución que, por diferentes razones, se negaron a emprender la tarea ciclópea de organizar el partido de masas por el socialismo. Una de esas razones fue la intuición o comprensión de lo que estaba en juego. Falta registrar un cuarto bloque, para nada homogéneo u organizado pero acaso el más significativo en términos numéricos: individuos por regla general de las capas medias, que dieron un paso al costado ante la inminencia de una decisión trascendental: la destrucción del Estado burgués.

Todo esto se tradujo en desorden, desarticulación, parálisis, confusión, conductas arbitrarias, en apariencia irracionales pero muy consistentes, en última instancia, con el temor al futuro. La sociedad en general vivió ese momento como muestra de confusión, desorganización, parálisis. El Psuv avanzó a saltos. Pero también sufrió los efectos de ese estado de cosas. Y el enemigo entró por esas grietas con lucidez, determinación y un perfecto aparato para la acción política de masas. Así se llegó al inesperado resultado en el referendo por la reforma constitucional: Chávez fue derrotado en las urnas por primera vez.

 

Dialéctica de lo viejo y lo nuevo 

En ese punto reaparecieron con vigor las determinaciones del reciente medioevo y se produjo un efecto paradojal, aunque en modo alguno inhabitual en la historia de la lucha de clases: los mismos que retacearon el apoyo a la creación del instrumento sin el cual ya nada podía avanzar en la Revolución Bolivariana, descubrieron las debilidades, falencias y errores de quien lo había propuesto. Catarsis salvadora para dirigencias partidarias y progresismo en general: ahora era posible oponerse a la creación del Partido, negarse a iniciar en los hechos la superación del capitalismo, con abundante argumentación y cargando las culpas en otro.

En paralelo, ocurrió el reimpulso en la construcción del Psuv. Un millón 200 mil militantes (uno de cada cinco inscriptos) se embarcaron metódicamente en la tarea. Proporción asombrosa si se entiende que se trata de una definición existencial de tal magnitud como lo es el ingreso a la vida política activa. Esa masa comenzó a reunirse regularmente para estudiar y debatir nociones relegadas durante décadas de reacción. Una formidable batalla de ideas. Una escuela de cuadros de proporciones gigantescas. Desde las bases, con mayor o menor rigor democrático pero invariablemente con participación de todos los voluntariamente involucrados, se eligieron Delegados y estos dieron vida al Congreso Fundacional durante ocho fines de semana (el último habrá sido el 8 y 9 de marzo). Para entonces habrá votado la Declaración de Principios, el Programa y los Estatutos. Paralelamente a las sesiones de los congresales, el conjunto de la militancia se reunió en sus organismos de base para discutir los mismos documentos y validar –o no- las enmiendas propuestas por los Delegados. En el último fin de semana los Delegados habrán elegido una Dirección provisional. Un paso posterior dará lugar al voto universal de los militantes plenos para escoger la Dirección definitiva. Antes, se habrá resuelto el mecanismo para la selección y elección de candidatos para las elecciones de Alcaldes y Gobernadores en noviembre próximo.

No faltaron zancadillas, arbitrariedades e impericias. Una representación tan genuina de la sociedad venezolana no puede sino mostrar sus claroscuros. Lo sorprendente es la neta preponderancia, en las instancias abiertas del Congreso, de representantes genuinos de la voluntad de las bases. Es presumible que tendencias o grupos organizados por ideas o intereses –no siempre compatibles con los propósitos de la Revolución Bolivariana- recuperen el espacio perdido ante la obligada necesidad de respetar criterios democráticos. El saldo, sin embargo, es inequívoco: el proyecto general de marchar hacia el Socialismo del siglo XXI, encarnado en la figura de Chávez, cuenta ahora con una balbuciente pero poderosa fuerza organizada como Partido Revolucionario.

 

Sin tregua

La batalla (de ideas, de métodos, de líneas de acción) no termina con la clausura del Congreso Fundacional. Más bien comienza. Con mayor relieve aún que durante las sesiones del Congreso, de ahora en más se notará la ausencia de quienes teniendo la acumulación de experiencia y conocimientos imprescindibles, omitieron su compromiso. Pero las ideas de la revolución, potenciadas por la voluntad política, producirán milagros.

Seguramente el Partido para la transición será a su vez él mismo un Partido de transición. Con todo su valor trascendental, los documentos votados por el Congreso quedarán subordinados a una realidad dominada por relaciones de fuerza inmediatas y por la cultura política que confluye en esta construcción. Llevará años de lucha ideológica, política y organizativa forjar una herramienta adecuada y capaz para construir la nueva sociedad. Esa múltiple batalla se dará simultánea e inseparablemente de la confrontación con el imperialismo y con los enemigos internos de la revolución. No es una predicción de futuro: ocurre ahora mismo, con el desafío imperial de la Exxon Mobil y la furiosa campaña desestabilizadora de la burguesía local.

América toda debería poner los ojos en esta inédita experiencia de masas. Y las manos a la obra.

La guerra o la paz

PorLBenAXXI

 

Ya estaba en proceso de impresión esta edición, cuando en la mañana del 1 de marzo el Ministro de Defensa de Colombia anunció la “muerte en combate” de Raúl Reyes, uno de los comandantes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Juan Manuel Santos admitió que el hecho había ocurrido en territorio ecuatoriano.

Esta página debía reproducir una reflexión de Fidel Castro del día 28 de febrero, que había sustituido, a última hora, el análisis habitual de esta sección. Pero fue necesario cambiar por segunda vez en dos días.

Significativamente, la columna original llevaba el mismo título que ésta. La diferencia es que, en la sucesión de acontecimientos contradictorios que empujan hacia la guerra o la paz, analizaba un hecho positivo: la liberación de otros cuatro prisioneros de las Farc, entregados en libertad al gobierno venezolano. El inusual cambio de una página que por definición no se ocupa de noticias inmediatas, revela el ritmo de vértigo y la gravedad que ha tomado la crisis regional.

Primero los hechos. Con el correr de las horas se comprobó que el presidente Álvaro Uribe le mintió a sabiendas a su par ecuatoriano. No hubo combate en territorio colombiano y un desplazamiento de las acciones hacia el país vecino. Presumiblemente para evitar un cerco de las fuerzas oficiales, las Farc habían transpuesto el río Putumayo internándose 1800 metros al otro lado de la frontera. El propio Correa aseguró en cadena nacional que los cadáveres de los guerrilleros fueron hallados sin ningún rastro de combate en el área y en paños menores; es decir, que fueron atacados, con bombardeos aéreos, mientras dormían. Aseveró además que aviones y helicópteros artillados entraron más de 10 kilómetros y atacaron al campamento desde el Sur. Luego hubo un segundo asalto. Ingresó otra cuadrilla de helicópteros que esta vez descendieron en el lugar. Sus ocupantes remataron a varios de los heridos y se llevaron a dos de ellos: Raúl Reyes y Julián Conrado, otro comandante de la organización insurgente. La operación dejó 20 muertos y dos guerrilleras heridas. “Fue una masacre”, dijo Correa. Luego anunció el desplazamiento de tropas hacia la frontera, la expulsión del embajador colombiano y convocó al Consejo de Seguridad Nacional. El Presidente ecuatoriano subrayó además que la detección del campamento había sido realizada por medios técnicos con ayuda de una potencia extranjera. Reyes utilizó un teléfono satelital. Desde la base estadounidense en Manta, esa llamada fue detectada.

Develada la mentira, el gobierno colombiano echó leña al fuego: declaró primero que había actuado en legítima defensa; y a pocas horas de la exposición de Correa, anunció que en la computadora de Reyes se había hallado una carta donde revelaba contactos de las Farc con el gobierno ecuatoriano. Ese mismo domingo 2 de marzo y tras el anuncio de que tropas del ejército colombiano se ubicaban sobre la frontera con Venezuela, el presidente Hugo Chávez se solidarizó con Correa, retiró de Bogotá a todo su personal diplomático, ordenó el desplazamiento de 10 batallones a la frontera y denunció que Estados Unidos está haciendo de Colombia un Israel en América Latina.

 

Objetivos de la agresión 

Ya no son pronósticos agoreros. No sólo en áreas remotas del planeta se extiende la sombra ominosa de la guerra. Aunque durante el último año lo oculten quienes debieran estar previniéndolo, aunque por ineptitud lo ignoren o por complicidad lo soslayen las dirigencias políticas, esa amenaza planea hoy sobre el hemisferio americano. La búsqueda del acuerdo humanitario entre guerrilla y gobierno colombiano es un camino de paz; la negativa supone una escalada hacia la guerra. Desde noviembre estaba claro que, empujado por Estados Unidos, Uribe había optado por lo segundo.

Las causas están claras. Y no se explican sólo ni principalmente por el conflicto interno de Colombia: empeñado en neutralizar y revertir el movimiento de convergencia suramericano, Washington debía impedir el desarrollo del acuerdo humanitario. El bombardeo a un pelotón de las Farc a escasas horas de la entrega de prisioneros, atenta obviamente contra la continuidad de esa política. Pero la incursión bélica en territorio ecuatoriano va mucho más allá: como mínimo, clava una cuña entre esos tres gobiernos que dificulta y posterga sin fecha el proceso de convergencia suramericana (en días más tendría lugar en Colombia una cumbre de la Unión de Naciones del Sur, la sede de Unasur está en Ecuador, el más enérgico promotor de esa organización regional es Venezuela). Pero los acontecimientos pueden escapar al control y desencadenar un conflicto bélico entre estos tres países (junto con Panamá la antigua Gran Colombia bolivariana) y fatalmente involucrar al resto de la región, trastocando por completo el proyecto de unión suramericana.

De modo que tras la perspectiva de guerra hay intereses inocultables. Como son evidentes las razones para empeñarse en una batalla por la paz: la conformación de un bloque regional que otorgue autonomía al hemisferio y permita realizar planes de integración, genuino desarrollo económico y solución a los dramáticos problemas sociales que aquejan a 400 de los 500 millones de latinoamericanos.

En la maraña informativa será útil mantener claros los parámetros de la gravísima coyuntura abierta por la agresión colombiana a Ecuador y el duro golpe asestado a las Farc: el conflicto es entre el imperialismo estadounidense y el conjunto de los países al Sur del Río Bravo; y la opción, para toda el área, es entre la guerra y la paz.

congreso del psuv y debate estratégico, tras la derrota en el referendo

Retroceder, detenerse o avanzar en pos del socialismo

PorLBenAXXI

 

Rumbo: impregnada por el debate acerca de las causas que impidieron la reforma constitucional para acelerar la marcha al socialismo en torno al Congreso Fundacional del Psuv se discute en realidad la estrategia de la Revolución Bolivariana. Ese traspié tuvo la virtud de mostrar debilidades y falencias que la sucesión inacabable de éxitos ocultaba. La inédita experiencia democrática en la que más de un millón de personas estudia y debate durante dos meses el contenido, la forma y los caminos de la revolución social producirá cambios profundos en la conciencia de Venezuela e impactará en toda América Latina.

 

A dos meses de la derrota electoral del pasado 2 de diciembre, cuando se puso a votación la reforma constitucional propuesta por el presidente Hugo Chávez, se huele en el aire una mezcla de demanda, ofuscación y confusión, con la oposición soñando una vez más en dar la batalla final para derrocar al gobierno, mientras en las filas de la revolución se asimila el golpe y se realinean fuerzas.

Como se sabe, la derrota se produjo porque sobre un total de 7 millones 300 mil electores que en las presidenciales de 2006 apoyaron a Chávez, 3 millones no concurrieron a votar un año después, permitiendo que la oposición, con la misma cantidad de votos con la que perdió por lejos en aquella oportunidad, ahora resultara victoriosa. Se entiende entonces que en el amplio arco de fuerzas que apoyan al gobierno predomine el debate acerca de las causas por las cuales ocurrió este brusco reflujo.

La imprevista coyuntura con la que ha chocado la Revolución Bolivariana se entrelaza con un factor que complica al extremo el panorama: este año habrá renovación de alcaldes en 337 municipios y de gobernadores en 24 estados. El Consejo Nacional Electoral ya ha fijado la fecha de elecciones para noviembre próximo. Si bien cuatro semanas han bastado para que en las filas de la oposición se derritiera la euforia inicial, en un caso clásico de transformación de deseos en realidad, sus líderes se disponen a repetir la hazaña y sueñan con recuperar no menos de cinco gobernaciones importantes y varias decenas de alcaldías. Más allá de la falsa percepción de la realidad por parte de los líderes opositores, es cierto que si el gobierno no lograse remontar el clima provocado por el resultado de diciembre, efectivamente la oposición tendría chance de ganar elecciones en puntos clave, que le permitirían inmediatamente exigir la renuncia de Chávez y sumir al país en el caos.

A eso se lanzan los enemigos de la revolución. La victoria de diciembre obró en los primeros días como fuerza aglutinadora en un conjunto hasta entonces desperdigado y desmoralizado. Pero a poco andar, la confrontación interna volvió a predominar: las candidaturas se disputan a dentelladas y proliferan resquebrajando la unidad que no obstante se proclama como valor principal. A la vez, no faltan quienes persisten en la tesis golpista, seguros de que la vía electoral no puede al cabo darles resultado. Sobrevolando estas fracciones, la única herramienta política opositora realmente existente, el canal Globovisión, arrecia su conducta provocadora, con el objetivo de ganar en río revuelto y acaso con la intención de forzar al gobierno a tomar una medida punitiva, que permita instalar a escala mundial la idea de que Chávez avanza por el camino de la dictadura.

 

Causas y efectos 

Paralelamente, las filas de la revolución asimilan el golpe y buscan el camino para recuperar la iniciativa política. Dos de los problemas sociales que según ciertos análisis pesaron en el resultado electoral fueron atacados de frente por el gobierno: la lucha contra el desabastecimiento alimentario y contra la inseguridad. En la frontera con Colombia se instalaron controles para evitar el contrabando de alimentos que, comprados a precios subsidiados por el Estado y transportados clandestinamente al país vecino, lograban el doble objetivo de producir elevadas ganancias y desabastecer el mercado local, con el consecuente descontento general. Miles de toneladas de mercancías de primera necesidad decomisadas en la frontera y cientos de negocios clausurados en todo el país, a la par de un enérgico plan de reabastecimiento y distribución de alimentos básicos, produjeron un rápido cambio en la situación.

Como parte de esta drástica reacción se creó Pdval (PDV Alimento), una nueva empresa estatal para la importación y distribución de alimentos, que como su nombre lo indica, depende de la petrolera estatal y está a cargo del presidente de esa empresa y ministro de Energía, Rafael Ramírez. Pdval complementa a Mercal, instancia también del Estado creada ante una amenaza semejante tras el golpe de 2002, que ahora aumentó de 130 a 170 mil toneladas su capacidad de distribución mensual de alimentos. En apenas días, el desabastecimiento fue superado.

En cuanto a la inseguridad, el nuevo ministro de Interior y Justicia, Ramón Rodríguez Chacín, implementó un drástico operativo nacional de control, a partir de lo que se ha dado en llamar “inteligencia social”, basada en los Consejos Comunales, que apunta a los traficante de drogas al menudeo y golpea un foco mayor de delincuencia, con resultados contundentes que en apenas un mes han disminuido verticalmente los índices de criminalidad.

Sin embargo, pocos creen que en la solución de estos problemas -inexplicablemente postergados y sin duda causantes de buena parte del descontento trasuntado en la abstención- resida la réplica política necesaria. La búsqueda de respuestas de fondo discurre por otros caminos y toma cuerpo en incógnitas por sí mismas elocuentes: para recuperar la iniciativa y retomar el curso positivo ¿es preciso retroceder en las medidas delineadas a lo largo de 2007 y buscar la reconciliación con el arco opositor? ¿basta con poner un freno temporario? ¿o, por el contrario, se requiere una drástica aceleración en pos del socialismo?

 

Las 3 R y el debate estratégico 

Luces de alerta se encendieron en los sectores más radicalizados del ancho movimiento que respalda al gobierno, cuando tras asumir la responsabilidad de la derrota, el presidente Chávez aludió a un error en la velocidad de marcha y a la elección de los tiempos. Simultáneamente se alzaron voces proponiendo la reconciliación, sin definir con exactitud el significado político de ese llamado. Por su parte Chávez lanzó la consigna de las 3 R: Revisión, Rectificación y Reimpulso. Un posterior cambio de gabinete aumentó el temor del flanco izquierdo respecto de un supuesto viraje conservador del gobierno.

Cabe una digresión: durante estos nueve años de impetuoso avance revolucionarios e inmensas conquistas tácticas y estratégicas, la inexistencia de un partido de gobierno y de órganos de prensa propios de la dirección revolucionaria ha instaurado una suerte de cultura del rumor, donde las suposiciones rápidamente se transforman en certezas, defendidas en voz baja pero con la seguridad de las verdades manifiestas. Intriga, subjetivismo y faccionalismo, casi siempre sin fundamento alguno, reemplazan el debate teórico y político, por estos días más necesario que nunca. Los servicios de inteligencia del imperialismo comprendieron la potencia negativa de esa falencia grave y desde hace años se especializaron en el arte de la manipulación, mediante rumores e informaciones falsas, difundidas profusamente desde una cantidad inverosímil de periódicos y boletines electrónicos, que por supuesto circulan con la mayor libertad. En ausencia de prensa propia, incluso la militancia comprometida con la revolución bolivariana acude a ellos para obtener sucedáneos de información.

Acaso por obra de esa combinación de debilidad e interferencias han pasado desapercibidos los pasos reales de Chávez, resumidos en las 3 R: además de imprimir velocidad a los problemas de abastecimiento y seguridad, volvió a recorrer poblados, a promover insistentemente el funcionamiento de los Consejos Comunales y a tomar contacto directo con los problemas sociales, como si estuviese en campaña electoral; tomó medidas apenas visibles pero eventualmente de alto impacto, apuntadas a la corrupción financiera; y puso especial énfasis en el Congreso Fundacional del Partido Socialista Unido de Venezuela.

 

La herramienta política 

Es en el Congreso Fundacional donde ahora mismo se lleva a cabo el debate. El proceso de selección de delegados y todo el mecanismo de funcionamiento de esta instancia constitutiva partió de un esfuerzo metódico por garantizar la plena participación democrática de la mayor parte de los aspirantes a militantes que ratificaron su voluntad concurriendo regularmente a las reuniones semanales de los Batallones.

El Congreso fue Inaugurado formalmente el 12 de enero con un discurso de Chávez. A partir de la semana siguiente 1681 delegadas y delegados, provenientes de otras tantas circunscripciones a su vez compuestas por 12412 Batallones (el organismo básico del Partido), comenzaron a sesionar sábados y domingos, para concluir el 9 de marzo, reuniéndose cada fin de semana en un Estado diferente. Las sesiones del 19 y 20 estuvieron dedicadas al debate de la Declaración de Principios, tomando como punto de partida un anteproyecto elaborado por la Comisión Promotora del Psuv (éste anteproyecto, así como los de Programa y Estatuto, pueden hallarse en www.militantepsuv.org.ve). Antes, los delegados de cada Estado habían elegido un representante coordinador; en un breve plenario inicial, la Secretaría Técnica que organizó este proceso puso en manos de los 24 representantes así escogidos la conducción del Congreso hasta su culminación. Luego, los delegados se dividieron en 50 Mesas formadas de manera aleatoria. Al cabo de dos días de intensa y libérrima discusión, cada Mesa emitió un documento que fue presentado y leído en plenario.

Luego esos 50 documentos regresaron a la Secretaría Técnica, que los procesó e incorporó lo que creyó adecuado al anteproyecto original. El documento resultante, junto con la síntesis de las 50 relatorías, vuelve a las circunscripciones y de allí pasa a los Batallones, que deberán validarlo o no y devolverlo al Congreso, que finalmente pondrá a votación el o los textos resultantes de este proceso.

Hay, como se ve, un compromiso con la construcción desde las bases. Pese al mecanismo descripto, sería ingenuo suponer que la nueva organización no arrastre en alguna medida los vicios propios de los aparatos electorales en cualquier país del mundo. El Psuv ha sido promovido desde el propio gobierno y en su edificación participan todas las instancias estatales en manos del oficialismo. Por lo demás, tratándose de un partido de masas, no podría sino traducir la realidad sociopolítica del país, o, para decirlo de otra manera, no podría sino reflejar el formidable salto que han dado las masas en los últimos años, junto con el atraso político del conjunto, los vicios históricos de las formaciones políticas del pasado y, sobre todo, la ausencia militante del movimiento obrero venezolano.

Son incontables las denuncias de que tal o cual gobernador o alcalde ha manipulado la elección de voceros y delegados, e incluso ha recurrido a dinero y prebendas para influir en las decisiones antes y durante el Congreso. Sin embargo, aun sin negar un margen de verdad a estas denuncias, es impactante observar el tono de las discusiones en las Mesas –visible además en las relatorías- y en los Plenarios. Allí queda claro que un porcentaje muy elevado de los delegados expresa un sentimiento que viene desde las bases. Y eso es tanto más elocuente cuando en él prevalecen las posiciones extremadamente críticas a gobernadores y alcaldes y la reivindicación de una mecánica democrática para el Congreso. El saldo provisional de todo esto se verá con la definición de los tres documentos fundacionales (Declaración de Principios, Programa y Estatutos), con elección de la Dirección Nacional provisional al final del Congreso y con la mecánica que se adopte para la elección de los candidatos que disputarán las elecciones de alcaldes y gobernadores, verdadero y único objetivo de una cantidad de dirigentes hoy ausentes personalmente en el desarrollo concreto del Congreso Fundacional, pero muy presentes a través de representantes más o menos ocultos y, sobre todo, de la capacidad derivada de su condición de gobernantes.

 

Panorama antes de la confrontación 

No sería excesivo afirmar que del resultado de este inédito proceso de edificación de un partido de masas depende la Revolución Bolivariana. Las elecciones dejan escaso margen de tiempo. En las filas del bolivarianismo hay, como se vio cuando Chávez llamó a construir el Psuv y acelerar por la vía del socialismo, grupos y dirigentes empeñados en consolidar su propio poder y promoverse como sujetos o representantes de una nueva “burguesía nacional”; y existen también sectores marcados por concepciones ideológicas reformistas que sostienen “la revolución por etapas” y, al posponer sin fecha las medidas socialistas, convergen involuntariamente con el sector denominado por el pueblo “boliburguesía”. Aunque no de manera explícita y en la mayoría de los casos sin conciencia de ello, el debate en las filas del Psuv en esta coyuntura marcada por la derrota en el referéndum, es entre reforma y revolución. Entre los factores barajados para explicar ese traspié no han figurado dos de importancia sobresaliente: además del hecho de que al compás de la bonanza económica y las victorias electorales el movimiento de masas experimentaba un reflujo, tal vez desde antes mismo de las elecciones de 2006, buena parte de las medidas apuntadas a remontar el abismo social hallado nueve años atrás consistió en dar créditos para pequeños emprendimientos, cooperativas y pequeñas empresas. Es inconmensurable la cantidad de recursos destinados a ese fin. Hay dos millones de “nuevos emprendedores” y decenas de miles de cooperativas. La conciencia individual y social que crea esta dinámica económica se contradice con la idea de socialismo. El incentivo a la propiedad privada alienta precisamente aquello que la cultura capitalista introduce en la ideología de los oprimidos. Convenientemente manipulada por la propaganda imperialista, ese nudo ideológico amarró a buena parte de los adherentes a Chávez; no los empujó a las filas enemigas, pero les impidió votar. La campaña opositora presentó la reforma como el fin de la propiedad privada, entendida ésta como la propiedad de la vivienda, de un pequeño comercio, de un automóvil (en esto jugaron un papel especial una cantidad de sectas religiosas sembradas por la CIA). La respuesta fue más que insuficiente. Se confundió primero agitación con propaganda y luego propaganda con publicidad. Había que explicar a millones qué es el socialismo. Y allí se tradujeron las diferencias de quienes no acuerdan con la línea de acción concreta del Presidente y la falta de articulación para defender la propuesta de Chávez.

Esto reaparece ahora en el Congreso Fundacional. Hay una batalla de ideas de dimensiones formidables. Hasta el 9 de marzo más de un millón de hombres y mujeres (puede ser hasta un millón y medio) estarán inmersos en la lectura de documentos y textos revolucionarios, educándose y debatiendo, aprendiendo y enseñando, escogiendo y asumiéndose como portavoces y protagonistas de primera línea en la revolución.

Venezuela no será la misma al cabo de esta experiencia. Y el saldo producirá una onda expansiva que alcanzará a toda América Latina.

 

 

 

 

Luces y sombras en América Latina

PorLBenAXXI

 

Turbulencias: una fuerza que mueve hacia la unión suramericana y otra que pugna por contrarrestarla. Entre ambas, discurre un momento histórico en el cual Estados Unidos promueve la guerra y Europa busca anestesiar y desviar a los pueblos latinoamericanos. En el segundo semestre de 2007 aparecieron con fuerza los efectos del contraataque estadounidense empeñado en recuperar su primacía. En próximo período se trata de recomponer un frente antimperialista regional con base en los gobiernos dispuestos y los movimientos sociales y políticos comprometidos con ese objetivo. La debacle en que terminó la cumbre iberoamericana repite el colapso del Alca y confirma el sentido general del movimiento en que marcha América Latina.

 

Rara vez el tiempo calendario traza una raya en el devenir de las naciones. Este caso es diferente: el escenario político latinoamericano-caribeño se asoma al noveno año del siglo XXI en medio de conmociones de todo orden y con sólo una previsión segura: tras un septenio de constante avance en detrimento del control estadounidense, el realineamiento de la región ha llegado a un cruce de caminos, del cual no saldrá indemne el sistema de acuerdos y alianzas entre los gobiernos del área.

A lo largo de 2007 se manifestaron francamente los dos factores contrarios a la dinámica de unión regional: las contradicciones de burguesías que en cada país buscan maximizar ganancias y la contraofensiva diseñada por el Departamento de Estado. Por la hendidura se coló un tercer actor agazapado: la Unión Europea. Entre esos tres vectores, varios personajes –algunos de ellos presidentes- deambulan en busca de autor.

El panorama luce así confuso e incierto. La burguesía brasileña, que fuera el principal factor objetivo en el comienzo de esta dinámica de convergencia, simbolizada en la primera reunión de presidentes suramericanos en el año 2000, se transformó en lo contrario llevada por la lógica irrefrenable de su necesidad de ganancia: los grandes grupos industrial-financieros de Brasil deglutieron empresas y bancos en Argentina, mientras con su conducta comercial depredadora bloquearon el desarrollo del Mercosur y llegaron a oponerse explícitamente al ingreso pleno de Venezuela a este bloque, contrariando sin disimularlo la voluntad política del gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva.

Aquella fuerza centrípeta que en cada país exigió a las clases dominantes medidas defensivas contra la arrolladora voracidad imperialista y en los últimos años transformó el mapa político regional, sigue por supuesto gravitando. Y con mucha fuerza. No obstante, al papel de Brasil se sumó la debilidad genética de las burguesías involucradas, su fragmentación interna creciente y la consecuente flaqueza ideológica de sus expresiones políticas. Esto facilitó el intento de contraataque programado desde la Casa Blanca, que desde fines de 2006 combinó coacción económica, anzuelos para ávidas oligarquías escuálidas, conspiraciones diplomáticas y planes de intervención militar indirecta y directa.

Ese conjunto se desencadenó en la segunda mitad de 2007 y abrió un paréntesis en la marcha que, con su último aliento, en febrero pasado, hizo que los presidentes –reunidos en la isla Margarita y a instancias de Hugo Chávez– fundaran la Unión de Naciones del Sur (Unasur). Pese al ímpetu inicial, el proyecto unionista quedó inmediatamente paralizado por la eclosión de conflictos cruzados.

En enero próximo Unasur debía reunirse en Cartagena, Colombia. La cita se pospuso para marzo, lo que equivale a decir que el conjunto de contradicciones del que depende el curso regional para los próximos años no puede ser siquiera abordado en estas circunstancias.

 

Escalada regresiva 

Pocos días después de anunciar el descubrimiento costa afuera de grandes yacimientos petrolíferos, Petrobras anunció que desistía de construir el gasoducto del Sur, un proyecto que por su sola gravitación obraría como eje unificador de la región. El 40% de la petrolera brasileña está en manos privadas; y la mayor preocupación de su directorio parece ser la ocupación de espacios en la región e impedir la presencia de Pdvsa. Paralelamente, el descontrolado enfrentamiento entre los gobiernos de Argentina y Uruguay, a causa de la puesta en marcha de una planta finlandesa productora de pasta de papel, ahonda una peligrosa herida entre dos países históricamente unidos, plantea riesgos de impensable irracionalidad y corroe incluso el aspecto meramente comercial del Mercosur, bombardeado además por la oligarquía terrateniente-financiera brasileña, que desde el Senado –y acentuando su disputa con la burguesía industrial paulista– impide el ingreso pleno de Venezuela.

Es en este marco que Estados Unidos exigió y logró el corte abrupto de la mediación de Chávez por el canje humanitario entre el Palacio de Nariño y las Farc (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), cuando ésta se encaminaba ya hacia un desenlace exitoso. Más que a impedir el intercambio y liberación de prisioneros, la intención del Departamento de Estado apuntó con esto a romper el tácito pacto de no agresión y colaboración en materia de infraestructura entre los gobiernos de Colombia y Venezuela (ver xxxxxxxx). Cuando Uribe formalizó el pedido a Chávez para que encarara la mediación, en el mismo acto en el que se inauguraba un proyecto de gasoducto y con la presencia del presidente ecuatoriano Rafael Correa, menos tres meses atrás, pidió la incorporación de Colombia al Banco del Sur. De manera que con un solo tajo, esta crisis abre una grieta probablemente insanable entre ambos gobierno, bloquea la negociación para que Venezuela retorne a la Comunidad Andina de Naciones (CAN), obstaculiza la construcción de un gasoducto con destino a Panamá y probablemente clausura el ingreso de Colombia al Banco del Sur.

Son otras tantas victorias parciales del contraataque estadounidense para revertir su constante retroceso de ocho años y recuperar la iniciativa política en la región. Pero aun con toda su gravedad, la embestida no alcanza para lograr esos objetivos de la Casa Blanca. Prepara en cambio un terreno favorable al imperialismo para emplear el único instrumento en el que realmente confía: la desestabilización de los gobiernos de Chávez y Evo Morales, las provocaciones armadas en ambos países y, si la estratagema tuviera éxito, la detonación de guerras internas en Bolivia y Venezuela.

Eso, y nada menos, es la escalada contra Evo por parte de la oligarquía separatista de Oriente y la operación de alcance mundial que, con motivo del referendo en Venezuela, trata de crear una opinión pública internacional proclive a aceptar que hubo fraude el 2 de diciembre y justificar el inicio de operaciones militares contra el gobierno de Chávez.

El panorama no podría ser más claro: la contraparte de la unión suramericana es un derrotero de violencia y guerra.

 

Cumbre iberoamericana: anécdota y sustancia 

Es en esta coyuntura crucial para América Latina que se hace presente el tertium datur, la diagonal pretendidamente perfecta entre el guerrerismo de Estados Unidos y los impulsos revolucionarios de ya cinco presidentes de la región: el imperialismo bueno de la Unión Europea, vehiculizado desde hace años por la denominada Cumbre iberoamericana.

Tergiversados por la prensa mundial, los episodios protagonizados por Juan Borbón y el súbdito José Rodríguez merecen ser conocidos en detalle, no por la anécdota, sino por el significado que encierran (Ver Escenario revelador). En un discurso fuera de agenda, el presidente español no hizo sino reivindicar, sin nombrarla, la fórmula denominada “neoliberalismo”. Ante presidentes suramericanos, en este momento histórico eso equivale a mentar la soga en casa del ahorcado. Tras la insólita pretensión de Rodríguez hay sin embargo una lógica consistente. El tal “neoliberalismo” no es sino el conjunto de medidas anticrisis del capitalismo para contrarrestar la caída de la tasa de ganancia. Y puesto que lejos de ceder, ésta se acentúa, los representantes del gran capital deben inexorablemente tratar de imponer aquella odiosa política. Mientras Rodríguez descargaba su monserga en Santiago, en Wall Street no cesaban los indicios de un terremoto en el sistema monetario internacional.

La actuación conjunta y solidaria de Borbón y Rodríguez, a su vez, es la manifestación visible de una alianza estratégica que desde mediados de los 1980 gravita con mucho peso en América Latina: la que une a la socialdemocracia internacional y el Vaticano. El Psoe hoy conducido por Rodríguez fue en tiempos de Felipe González y con el patrocinio del Partido Socialdemócrata Alemán, la clave para que los pueblos de España admitieran la transición del franquismo a la monarquía. Desde el poder, esa función la cumplió el Opus Dei, como instrumento articulador del franquismo para entronizar a un Borbón, incluso birlándole la corona a quien le correspondía: el padre del monarca sin modales.

A partir de esa experiencia y tras un siglo de rechazo mutuo, en función de las necesidades del imperialismo europeo las cúpulas de la socialdemocracia y el Vaticano llegaron a acuerdos puntuales para llevar los procesos revolucionarios latinoamericanos hacia “la democracia”. Lo que consiguieron pacíficamente en España, lo lograron a hierro y sangre en Nicaragua, con una singular división del trabajo: el Vaticano sirvió de base operativa y respaldo espiritual a las tropas mercenarias de Estados Unidos y la socialdemocracia, enarbolando su condición de progresista, para limar las aristas revolucionarias de nuevas fuerzas políticas latinoamericanas en favor de una perspectiva supuestamente plural y democrática. Esa tenaza, fortalecida por el ingreso del Fsln (Frente Sandinista de Liberación Nacional) a la internacional socialdemócrata, abrió el camino para la victoria estadounidense contra la Revolución sandinista. Pocos años después, apuntalada también por el Vaticano, la socialdemocracia se apuntaría otro éxito, de inmensa envergadura y proyección: la incorporación a sus filas de la CUT (Central Única de Trabalhadores) y la cooptación del PT (Partido dos Trabalhadores).

Cuando Daniel Ortega desmenuzó ante sus pares iberoamericanos las iniquidades cometidas por las transnacionales españolas en su país, estaba mostrándole a América Latina el tremendo error de tomar el camino propuesto por la alianza clerical-socialdemócrata. Las resonantes victorias obtenidas durante un cuarto de siglo por ese matrimonio contra natura, sobre las que apoyaba Rodríguez su golpe de mano, se desmoronaban en ese instante. Rodríguez defendiendo a Aznar y Borbón huyendo humillado ante la denuncia de Ortega fueron la representación plástica de la inviabilidad, en esta coyuntura, de la fórmula exitosa dos décadas atrás. Lula, Tabaré Vázquez y Néstor Kirchner, por intuición certera o mera casualidad, se habían retirado antes del inesperado final de la cumbre y no se vieron frente a la opción imposible de pronunciarse o callar.

 

Realineamientos 

A contramano de esa dinámica desagregadora, cuatro países relativamente pequeños, acompañados por otros dos, recorrieron el camino inverso. Cuba, Venezuela, Bolivia y Nicaragua, seguidos de cerca por Ecuador y Haití, ensayaron una forma conceptual y prácticamente diferente de unión, denominada Alba. La Alternativa Bolivariana para las Américas estableció como punto de llegada una confederación de repúblicas, y como criterio para marchar el rechazo al relacionamiento a partir de la búsqueda de ganancias comerciales. El espíritu mercantil que luego de impulsarla frenó la dinámica integradora del Mercosur, fue desechado por el Alba y a la búsqueda de ejes de complementariedad científica, tecnológica y productiva, se sumaron objetivos específicos tales como la guerra sin cuartel al analfabetismo y la atención sanitaria masiva y gratuita para millones de desposeídos de esos y otros países de la región.

Mientras tanto, los gobiernos de Colombia y Perú se alinearon indisimuladamente tras la voluntad de Washington, al tiempo que Brasil y Argentina, las dos mayores economías de la región, escoltadas desde diferentes ángulos por Chile, Uruguay y Paraguay, quedaron envueltos en la inercia hacia la diagonal propuesta por la alianza socialdemocracia-vaticano.

Observado desde esta óptica, el resultado de la cumbre en Santiago adquiere una neta significación: es improbable que la Unión Europea recupere la primacía con la que pareció contar el gobierno español al comportarse como si el imperio no hubiese sido derrotado y expulsado de estas tierras hace 200 años. Desde luego, hay espacio para la confusión del rey y su vasallo: dueños del petróleo, las telecomunicaciones, buena parte de la banca, la minería y otros rubros, las transnacionales españolas juegan en varios países suramericanos un papel análogo al de Fernando VII dos siglos atrás: bajo la apariencia de gobiernos independientes, las riquezas de la región vuelven recorrer el camino hacia Madrid, en franca competencia incluso con las exigencias de Washington.

Ocurre que esa situación de dependencia, técnicamente denominada neocolonial, amarra las manos de los gobiernos a ella sometida e impide que, en momentos en que se avista el fin de la bonanza coyuntural del último quinquenio –siempre sobre la base de exportar materias primas y ahondar el atraso relativo frente a las metrópolis– resulte posible proyectar, incluso para el corto y mediano plazos, una política capaz de responder a las acuciantes necesidades y exigencias de los pueblos. De tal manera, en particular Brasilia y Buenos Aires no podrán, sea cual sea la voluntad de sus gobiernos, encaminarse simplemente en dirección a Bruselas vía Madrid y abandonar la perspectiva de unión suramericana. El altanero discurso de Rodríguez en Santiago indica, sin espacio para la duda, el contenido de la propuesta europea: consolidar el predominio del capital extranjero, darle “seguridad jurídica” al actual statu quo y garantizar la “cohesión social” para congelar el cuadro de situación que, durante los últimos años, ha dado lugar a la confusión del rey, al punto de hacerle creer que, como en el de Carlos V, en su imperio no se pone el sol.

El caso argentino es seguramente el de mayor fragilidad: aceptar que es imposible reestatizar Repsol y Telefónica, o poder en caja al Bbva –como exigió sin vueltas Rodríguez- equivale a resignar los instrumentos básicos para sacar al país de una situación en la que nuevamente aparecen nubarrones cargados de tormenta en el horizonte. En ese cuadro, sea cual sea la voluntad subjetiva del gobierno, un camino de llana subordinación a la socialdemocracia y de oposición a Caracas y el conjunto de países del Alba llevaría a corto plazo a la ingobernabilidad.

Para Chile y Uruguay, aceptar el alineamiento incondicional que piden Washington de su lado y Madrid por el suyo, equivale a una segura crisis de los partidos socialdemócratas que en ambos países articulan las coaliciones gobernantes: el próximo Congreso del Frente Amplio uruguayo y las turbulencias internas del PS chileno –interpretadas por observadores atentos como el prólogo a una importante fractura– lo cual en el marco social de ambos países llevaría rápidamente a una crisis de gobernabilidad (todo lo contrario, subráyese, de la “cohesión social” esgrimida por la UE y sus acólitos como estrategia política).

Paraguay, incluso con prescindencia de lo que enuncie su actual presidente, está ya en camino de la construcción de una fuerza política alternativa que, en caso de no vencer en las elecciones de abril próximo, presumiblemente dará lugar a una fuerza política que pondrá fin a 70 años de unicato Colorado.

En cuanto a Brasil, donde el avance de su burguesía corre a la par con el empobrecimiento exponencial de sectores largamente mayoritarios de la población, el PT afronta una coyuntura singular: un eventual intento de reelección de Lula –hoy impedido por la Constitución– requeriría una fuerte apelación a las masas obreras y campesinas, incompatible con la ruptura de la dinámica suramericana y el aumento de la brecha entre ricos y pobres. La otra opción ya está planteada: una coalición de corrientes internas del PT, a la izquierda de la actual conducción, ha elegido ya su candidato presidencial, José Eduardo Cardozo, y reivindica una estrategia más cercana al programa original del partido. Como quiera que el peso de la burguesía brasileña (y la infinita capacidad negociadora de la cultura política en ese país) puede llevar a una reiteración de la experiencia Lula, por todo un período es descartable que Brasil sencillamente rompa con la simbólica Unasur y la muy concreta relación económica y política con Venezuela.

El acta que dará nacimiento al Banco del Sur el 9 de diciembre en Buenos Aires, es apenas un indicio del juego de contradicciones que regirá el rumbo de Suramérica.

 

Lo que vendrá

Es por esta porfiada tendencia predominante que Estados Unidos sólo puede confiar en la guerra. El riesgo mayor está precisamente ahora en Bolivia y Venezuela, donde Washington tiene todo emplazado para desatar operaciones militares en busca de la fractura de estos países y la detonación de una conflagración bélica de largo plazo.

A poco que los gobernantes del área tengan un mínimo de lucidez política, comprenderán que tal eventualidad rompería la estabilidad en toda la región, instalaría la ingobernabilidad general e inauguraría una situación revolucionaria de Panamá a Tierra del Fuego.

Tales condicionamientos gravitan más que la voluntad de un gobernante. El dilema, para la mayoría de ellos, es que su necesidad de paz, incluso desde la óptica más mezquina, el crecimiento económico y la gobernabilidad, implican una política exactamente inversa a la que exigen los centros imperiales, la adopción de medidas económicas que tiendan a recuperar la propiedad, el control y usufructo de las riquezas naturales, la búsqueda de la fuerza en la unidad.

Entre estos parámetros discurrirá el futuro inmediato. No es improbable que esa fantochada bianual denominada cumbre iberoamericana desaparezca, en simetría con la volatilización del Alca. Como sea, la debilidad e inconsistencia de los gobiernos que por omisión o aquiescencia fueron a Santiago a programar la cohesión social, requiere que la audaz marcha del Alba sea complementada sin demora por el accionar de fuerzas políticas y sociales que, aunadas a escala latinoamericano-caribeña, cumplan en los restantes países las tareas históricas frente a las cuales retroceden aquellos gobernantes.

 

 

 

 

 

la abstención del 44% derrotó a la reforma constitucional

Un paso atrás

PorLBenAXXI

 

No: con el 50,7% en el bloque A y el 51,05 en el B, se impuso la oposición a la Reforma de la Constitución. La palanca determinante de esta inesperada derrota oficial fue la abstención: más de 7 sobre 16 millones de electores. Tres millones de votantes por Hugo Chávez un año atrás no concurrieron esta vez a las urnas. Otra proporción cuantiosa de los beneficiados por la Revolución, tampoco votó. El traspié implica en lo inmediato un frenazo en la marcha de la Revolución Bolivariana. Esto a su vez impactará en las filas chavistas y es presumible que el saldo de ese impacto no será para afirmar un curso conservador, sino lo inverso. Mientras tanto, la oposición está lejos de la homogeneidad necesaria para administrar su magra victoria. Se ahondará la fractura entre quienes pretenderán derrocar a Chávez ya mismo y quienes apostarán al fortalecimiento político en los próximos cinco años.

 

Cuando Hugo Chávez y su gobierno –y la dirección de esta revista– esperaban un salto cualitativo de la Revolución en el tránsito al socialismo, el resultado electoral del 2 de diciembre produjo la primera derrota electoral del Presidente en ocho años y puso el freno en el mismo momento en que debía comenzar la aceleración, cuando el Consejo Nacional Electoral (CNE) anunciara la segura victoria del Sí a la Reforma Constitucional.
En las horas previas a ese demorado anuncio, informes nerviosos indicaban que la prevista ventaja del Sí se esfumaba. Hasta ese momento había sido avalada por pronósticos políticos y encuestas de todo tipo; y anunciada a media tarde como victoria consumada por la agencia de noticias Reuters, el diario El País de España y la cadena de televisión CNN, medios difícilmente catalogables como favorables a Chávez. Entre quienes conocían los datos de esa caída y la eventualidad de una derrota comenzó a repicar el interrogante: ¿qué ocurrió? ¿Error de cálculo? ¿Error de estrategia? ¿Vuelco de la sociedad contra el curso que avaló masiva y crecientemente desde 1998? ¿Por qué dirigentes y observadores experimentados se dejaron engañar con la certeza de una victoria más?
Tal vez para adelantarse a la catarata de conclusiones dictadas por el resultado, Chávez dijo en cadena nacional, inmediatamente después del anuncio del CNE: “sepan que no retiro ni una sola coma de esta propuesta. Continúo haciendo la propuesta al pueblo venezolano. Esta propuesta sigue viva, no está muerta”.

 

Causas y efectos

Si la mitad de quienes en diciembre pasado votaron a Chávez y esta vez se abstuvieron (es decir, un millón y medio de personas), hubiese repetido su voto, el Sí habría ganado con más distancia de la que pronosticaban las encuestas sólidas. El hecho es que, con certeza rotunda, aunque el momento no sea el más apropiado para afirmarla, no sólo Chávez como dirigente, sino la Revolución como proyecto vivo y a toda marcha, tiene hoy un apoyo social significativamente mayor al que mostró un año atrás. No ya aquellos tres millones, sino por lo menos un millón y medio más de ciudadanos está tocado por los beneficios de la Revolución e involucrado en su desarrollo cotidiano en los más diversos escenarios.
¿Entonces? A la luz de los resultados, es fácil inventariar un conjunto de causas que provocaron la retracción del electorado y restaron el apoyo a la Reforma: la radicalización impulsada por el Presidente y la consecuente fuga de buena parte de la dirigencia que lo acompañó hasta ahora, se complementó con la pasividad en franjas del bloque gobernante y la insuficiencia del aún nonato Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv) para reemplazar al mecanismo electoral anterior. Impacto del desabastecimiento parcial de alimentos; ferocidad de la campaña de mentiras sobre el contenido de la Reforma; rechazo pasivo a la corrupción; y un grado considerable de desmovilización social (contradictoria pero real) en el último año, son otros tantos factores que explican la retracción de esos tres millones de ciudadanos y la omisión de otro millón y medio.
Sin embargo, atribuir a esas causas la derrota electoral equivaldría a concluir que es inviable emprender el tránsito al socialismo (porque siempre y en cualquier circunstancia supondrá una mengua importante de aliados), o por lo menos que es inviable hacerlo por la vía institucional empleada hasta ahora por la Revolución Bolivariana.
Una respuesta diferente, que no reniega de las decisiones adoptadas y no saca conclusiones derrotistas, apunta en otra dirección: para una elección del carácter de ésta, o para cualquier otro tipo de vía a utilizar con el objetivo de quebrar la espina dorsal del sistema capitalista, es imprescindible una nervadura social y un desarrollo organizativo diferentes al que requiere una elección tradicional.
Por razones de arrastre, el Partido Socialista Unido de Venezuela no apeló en la medida necesaria, y con la suficiente energía, a aquella nervadura social y además no llegó a tiempo a la cita del 2 de diciembre. Aquí resalta ante todo la pasividad de la clase obrera como tal y el papel neutro –o francamente negativo– de algunas corrientes que pretenden representarlo.
En ese sentido, Chávez quedó solo ante la masa de sus adherentes. No estuvo la mediación organizativa capaz de llevar a cabo la inmensa tarea de explicar, aclarar, persuadir, debatir y, sobre esas bases y sólo sobre ésas, movilizar.
No hubo error de cálculo respecto de la inaplazable necesidad de dar el salto, ni de la posibilidad de hacerlo exitosamente. No hubo ni hay un error estratégico (la afirmación de la necesidad de avanzar en la edificación del socialismo). No hay un giro negativo (siempre posible) en la voluntad revolucionaria de las mayorías.
Hubo sí, además del déficit señalado, una subestimación del enemigo. Ése del cual se habla pero a menudo no se tiene realmente en cuenta: el imperialismo; que fue capaz desde promover el desabastecimiento, mover sectas religiosas para presentar a Chávez como el anticristo, articular la aparición pública de Raúl Baduel y la ex esposa del Presidente en la jornada electoral, comprar, corromper, envenenar a través de los medios de difusión…
Hubo, claro, vacilantes, traidores y desertores, como siempre hay en una revolución que lo es de verdad.

Nueva fase

Aunque con un sentido diferente al esperado, de todos modos la Revolución ha ingresado en una nueva fase del período mayor en el tránsito necesario para dejar atrás el capitalismo.
Chávez ha citado más de una vez una frase que se ajusta a esta coyuntura: “a menudo la Revolución, necesita del látigo de la contrarrevolución”.
No serán latigazos los que falten en los próximos meses. Y tampoco voluntad para seguir tras los objetivos trazados. Chávez citó también a Bolívar, para recordar aquello de que los combatientes bisoños se acobardan ante la primera escaramuza con apariencia de derrota. Hay muchas y muchos combatientes bolivarianos que al contrario de amilanarse o encontrar en este resultado la excusa perfecta para tomar distancia de la Revolución, sacarán las conclusiones correctas para afrontar la inexorable realidad: una revolución no depende de las instituciones del Estado al que enfrenta para vencer. Puede convivir con ellas tanto como el enemigo se lo permita. Pero no rige su direccionalidad, su ritmo, sus definiciones, por un conjunto de leyes escritas por sus enemigos. Todo lo contrario: la revolución hace las leyes que necesita. Como las hacen las clases dominantes para mantenerse como tales. Una conclusión se impone con sencillez: a la Revolución Bolivariana no la vence ésta ni ninguna elección. No fue posible reformar la Constitución por el voto en esta oportunidad. Pero quienes no fueron a votar demorarán menos que un suspiro en comprender que necesitan esos cambios con urgencia. Quienes obtuvieron un punto más y se consideran vencedores, están ante la opción de intentar derrocar a Chávez en las próximas semanas o buscar consolidar una fuerza política que pueda lograrlo a mediano plazo. Las mayorías protagonistas de la Revolución habrán de responder en uno u otro escenario.
Para el periodismo que practica América XXI será educativo e inspirador acompañar esa experiencia de cuyo resultado continúa dependiendo el curso de la política latinoamericana.
3 de diciembre; 11hs.

reforma constitucional y partido revolucionario de masas

Salto al futuro

PorLBenAXXI

 

Delimitación: completada la propuesta de reforma constitucional luego de dos meses durante los cuales desde la ciudadanía se recibieron más de seis mil propuestas, transformadas en 34 artículos sumados al texto original de Hugo Chávez, Venezuela vuelve a polarizarse. Consciente de que es un golpe mortal a su hegemonía, la oposición ha vuelto a conspirar y lanzó una ofensiva destinada a desestabilizar al gobierno antes del referéndum del 2 de diciembre próximo. Mientras tanto, la creación del Psuv sumada a la magnitud del salto propuesto por Chávez marca más nítidamente la delimitación entre quienes están resueltos a llevar a las últimas instancias la política revolucionaria, quienes vacilan y aquellos que en la encrucijada han optado por sumarse francamente a la oposición golpista.

 

Fiel a su estilo, el presidente Hugo Chávez anunció que para el año próximo apronta otra “revolución dentro de la revolución”. De manera que quienes vayan a votar Sí o No en el referéndum por la reforma constitucional el próximo 2 de diciembre, lo harán con plena conciencia del significado de su voto. “Trabajo en la preparación del Plan Revolución dentro de la Revolución 2008, que se desarrollará una vez se apruebe la Reforma Constitucional. No adelantaré nada, quiero que sepan que trabajo en ese plan, que impulsará el Poder Popular”.

No era necesaria la advertencia de Chávez para poner en pie de guerra a la oposición. Ya con los 33 artículos de reforma en su propuesta del 15 de agosto (convertidos en 67 por la Asamblea Nacional tras dos meses de difusión y debate en innumerables sesiones de “parlamentarismo de calle” en cada punto del país), la burguesía venezolana y, sobre todo, el Departamento de Estado estadounidense, tenían suficientemente claro el dato decisivo de la coyuntura. Con la organización de un partido político de masas y el respaldo de un nuevo marco institucional, Venezuela se apresta a dar un salto al futuro. Tras cortar las amarras con el imperialismo, la Revolución Bolivariana transpone el límite que separa la acumulación de cambios en la distribución de la riqueza, la mayor participación de las mayorías en la vida política, de la aniquilación del Estado capitalista, la transformación de la estructura de propiedad en la producción y la transferencia del poder a manos de las masas.

En la ciencia lógica se denomina “salto cualitativo” al momento en que la acumulación de cantidades produce una transformación en la calidad de un fenómeno. En política, es el asalto al cielo. Sólo que en la Venezuela de hoy no tiene el halo heroico y la forma dramática de otras revoluciones que han marcado la historia humana: hasta ahora, y pese a que no han faltado episodios sangrientos, ésta es una revolución pacífica, virtud sobresaliente de este proceso.

La virtud, como se sabe, no está exenta de vicios. Y en este caso, la singularidad de la Revolución Bolivariana, que además de su plena institucionalidad democrática incluye costados de ineficiencia, ambigüedad y bolsones de corrupción, produce un resultado asombroso: buena parte de los protagonistas de este momento histórico no acaba de comprender que está en medio de una revolución y, por en consecuencia, de asumir qué es, de verdad, una revolución.

 

La reacción 

Como quiera que sea, el núcleo de poder en jaque no se equivoca. Sus escasísimas fuerzas están desplegadas en una ofensiva que, excepto por su ausencia de respaldo social, se parece como dos gotas de agua a la escalada que desembocó en el fugaz golpe de Estado del 11 de abril de 2002. Abrir un diario o sintonizar un canal de televisión por estos días produce el efecto de esos olores capaces de transportar a un individuo a través del tiempo: la beligerancia brutal, el descaro para mentir sin parámetros, la concomitancia de conflictos prefabricados, remite a 2002, cuando con el golpe primero y el sabotaje petrolero después, la burguesía creyó estar en el umbral del derrocamiento de Chávez.

Nada es semejante, sin embargo. El martes 23 fue elegido como momento decisivo para la escalada golpista: un paro de transporte, una movilización estudiantil y numerosos comandos dispuestos a provocar disturbios violentos en el momento indicado, debían transformar en lucha de calles la declaración de guerra que tres días antes había emitido la conferencia episcopal venezolana (ver Misil púrpura), amplificada hasta el paroxismo por la televisión comercial. En la mañana del 23, desde las páginas del diario El Nacional la proclama golpista tomaba forma de remitido (solicitada, o desplegado, según las costumbres en cada país), a toda página y con letra tamaño catástrofe, firmada por un ex revolucionario devenido ariete del golpismo. “Vamos a tumbar la reforma”, es el título del remitido. Pero una reforma no se “tumba”; se impide ganando el referendo. El verbo revela sin subterfugios los planes opositores: tumbar a Chávez. Semejante consigna corona una edición que, excepto aquellos espacios destinados a publicidad, no tiene otro objetivo que “tumbar la reforma”. Los demás diarios y la televisión como vanguardia agitativa, también apostaron todo a la movilización del 23.

No podía esperarse un fiasco mayor: no hubo paro de transporte, la marcha estudiantil se reveló tan exigua que ni siquiera fue necesaria la transmisión de imágenes aéreas, oportunamente tomadas por el canal oficial, que la mostraba reducida a menos de dos mil personas; las actitudes violentas de destacamentos incrustados en la marcha estudiantil acabaron con el tinte pacifista y democrática que se intentó darle a este movimiento estudiantil antes de que se desinflara en junio pasado. Al anochecer del martes 21, reflejando la frustración de los jóvenes marchistas por la evidencia de desmovilización de aquel movimiento que arrancó con ímpetu en abril, las facciones dirigentes transformaron su balance de la jornada en una batalla campal que ahondó las ya profundas grietas que lo fragmentan.

Todavía más elocuente es lo ocurrido al otro lado de la barricada: trabajadores y pequeños empresarios del transporte vieron, en sus respectivos gremios, el fortalecimiento de una corriente alineada con la revolución, mientras el fracaso de la dirigencia golpista pulveriza las estructuras burocráticas asociadas al pasado. Pero sobre todo resaltó el papel del nuevo movimiento estudiantil, alineado con la reforma constitucional, es decir, con la revolución, que desafió al otro movimiento estudiantil en la disputa por la calle y logró una segunda gran victoria ante las masas, cuando la dirección estudiantil opositora, al ser recibida por autoridades de la Asamblea Nacional, rehuyó nuevamente una confrontación ideológico-política ante las cámaras de televisión y por segunda vez en poco tiempo apareció desvalida frente al ala revolucionario del movimiento estudiantil.

No sorprende la conducta huidiza de la dirección universitaria golpista: el documento que entregaron a la Asamblea Nacional explica su oposición a la reforma del artículo 109 porque… le da derecho a voto a los trabajadores no docentes para elegir el gobierno en las universidades!

 

Confusión

Tanta abrumadora victoria fortalece extraordinariamente al gobierno –es más preciso decir Chávez- pero tiene el paradojal efecto de confundir a franjas dirigentes. A unos porque les hace creer que, desde posiciones de semejante prevalencia, es fácil pactar acuerdos favorables con la oposición; a otros porque les desdibuja la fuerza y los verdaderos planes del enemigo.

Es difícil percibir en este clima la simultaneidad de este pujo golpista en Venezuela con los atentados terroristas en Bolivia, el discurso de George Bush amenazando a Cuba (ver Análisis de la Noticia), la decisión de destinar 500 millones de dólares para emplazar en el Caribe una réplica del Plan Colombia (obviamente apuntado contra La Habana y Caracas) y, entre otras mil acciones menos visibles, la embestida del ministro de Defensa de Colombia –de visita en Washington- contra el papel de Hugo Chávez en el canje humanitario de prisioneros.

La percepción o no de lo que está implícito en esa panoplia, pero tal vez sobre todo la diferente óptica acerca de cómo afronta una revolución tales amenazas, marca diferencias en las propias filas chavistas. Y éstas se suman a las ya reveladas con nitidez en lo que va del año, que arrastraron a la dirigencia del partido Podemos (“No Pudimos”, lo rebautizó el Presidente) a posiciones idénticas a las de la oposición golpistas.

 

Reforma constitucional 

De tal manera, pareciera que para buena parte de los actores dirigentes (no para el pueblo raso, que vibra en otra frecuencia), el referéndum se limitaría a perfeccionar o no una cantidad de artículos. Pero lo que está en juego es votar o no un cuadro institucional para afrontar un salto cualitativo de la Revolución Bolivariana, un escalón notoriamente más alto para la transición, un marco jurídico compatible con el desafío planteado por el imperialismo y sus peones locales en el tablero hemisférico.

Desde esta perspectiva, la creación del Psuv es inseparable de la reforma constitucional. Y viceversa. Suena lógico, por tanto, que quienes por incomprensión o consciente oposición se negaron a la tarea de construir un partido revolucionario de masas por el socialismo, vacilen o se opongan ahora a la reforma constitucional.

Se trata de un salto de tal magnitud que necesariamente produce una conmoción en la conciencia de innumerables cuadros. No sólo por el hecho obvio de que tanto la propuesta original de Chávez como los 34 artículos que sumó la Comisión Mixta de legisladores -tras recoger opiniones de las bases y consideraciones de dirigentes- apuntan al corazón del sistema capitalista. Dos factores concurren además para complicar y eventualmente trabar el proceso de afirmación de antiguos y nuevos cuadros revolucionarios. Uno, la drástica radicalidad –acorde exactamente con las exigencias- de algunos ítems de la reforma. El otro, la inexistencia no ya en Venezuela, sino en América Latina y el mundo, de instrumentos de información, estudio y debate, que permitan desmenuzar y tratar a fondo temas de una extraordinaria complejidad, sobre todo cuando se trata de remontar una derrota de alcances mundiales en el terreno de la teoría y la política.

 

Nace un partido original

Contra toda expectativa, violando sin pudor las reglas y concepciones de la lógica formal, haciendo camino al andar el Psuv avanza hacia su consumación como instrumento político de masas para la revolución. En octubre quedó completado el proceso de elección de los delegados al Congreso Fundacional; en noviembre comienzan a sesionar los 1.675 delegados, elegidos en otras tantas Circunscripciones Socialistas (CS), a su vez compuestas por entre 8 y 12 Batallones Socialistas, los cuales a su turno eligieron siete miembros (vocero, suplente y cinco comisionados) para la CS. Aunque la realización es dificultosa, el objetivo es que estas tres instancias actúen simultáneamente, en proceso también inédito de intercambio entre bases y delegados para debatir y resolver los documentos esenciales puestos a consideración del Congreso: Declaración de Principios, Programa y Estatutos. Mediante una adecuada combinación de plenario de congresales, reuniones de estos por regiones, e informe y debate del delegado en su circunscripción correspondiente, más el funcionamiento simultáneo de los Batallones Socialistas, se intentará alcanzar en el máximo nivel posible la participación democrática del conjunto. Las más modernas tecnologías de la comunicación coadyuvarán al objetivo de poner la información a disposición de todos y encaminar los debates en ambos sentidos: desde las bases a los delegados y viceversa, quienes podrán apelar a una página en internet, el correo electrónico y la telefonía celular.

Ningún recurso técnico podrá evitar que se haga sentir la ausencia del movimiento obrero como fuerza organizada, gravitando y poniendo su impronta de clase en el funcionamiento de ese conjunto masivo. Del mismo modo, nada puede sortear la ausencia de tradición en organización revolucionaria de masas, a lo que debe sumarse una tradición contraria, la de Acción Democrática, que durante décadas sembró conciencia y metodología al servicio del capital arraigada estructura política.

El hecho crucial de que el impulso para la construcción del Psuv haya provenido de Chávez, para luego articularse mediante funcionarios de diferentes ámbitos del gobierno, también pesará de manera ambivalente en este parto histórico. Hasta ahora, sin embargo, ha prevalecido la dialéctica establecida entre Chávez y los millares de promotores primero, los millones de aspirantes luego y el conjunto de bases y cuadros medios finalmente. Todo eso entrará en ebullición con la realización del Congreso. Y sean cuales sean las falencias del resultado que corporice en febrero, los trabajadores, el conjunto del pueblo -y muy especialmente las juventudes- es decir el país todo, habrá dado un inmenso salto adelante. La reivindicación en palabra y acto de la noción de Partido, a comienzos del siglo XXI y después del traumático derrumbe de aparatos políticos que alguna vez fueron partidos para luego metamorfosearse para su adaptación al sistema capitalista mundial, es probablemente la contribución más trascendente que ha producido hasta el momento la Revolución Bolivariana.

 

 

Amenaza

PorLBenAXXI

 

Sin alarma, con la serenidad que requieren los momentos difíciles, quienquiera interesado en el curso político del mundo, está obligado a considerar los últimos pasos dados por el puñado de multibillonarios que, a través de la Casa Blanca, condiciona el destino del planeta.
Con espacio de apenas 48 horas, el portavoz de esos intereses lanzó ataques desorbitados contra Cuba e Irán. En ambos casos, George Bush amenazó con la guerra. Y lo hizo apenas una semana después de advertirle al presidente ruso Vladimir Putin que su decisión de solidarizarse con Irán llevaría a una tercera guerra mundial.
Por razones sobre las cuales ya molesta insistir, la prensa comercial toma y abandona de inmediato estos temas como si se tratase de un partido de fútbol, cuyo resultado es titular hoy y olvido mañana.
Como prolongación de ese juego enajenado, las dirigencias políticas de los más variados signos hace diagnósticos y planes al margen de esa realidad. Cuánto costará la soya el año próximo, se preguntan. Podremos o no usar el maíz como combustible, para contrarrestar el alza incontrolable del petróleo, discuten. Seguirá o no sostenida la demanda de China e India, dudan.
Mientras tanto la rotación de la economía, que como la de la Tierra se invierte a la mirada simple del observador para engañarlo con impiadosa ironía, indica sin lugar a la controversia que la ficción del aumento sostenido y estable del comercio mundial se aproxima al abismo de una moneda imperial desmesuradamente sobrevaluada, inexorablemente enrumbada a su adecuación a la verdad económica.
Detrás de esa dinámica está el déficit gemelo de Estados Unidos, de dimensiones inabarcables, resultante de su hasta hoy omnipotente capacidad para hacer cuanto necesiten sus clases dominantes al margen de toda racionalidad. No se trata sólo ni principalmente de la incapacidad demente del titular de la Casa Blanca. Quienquiera ocupe ese lugar deberá seguir el mismo camino, a menos que se disponga a proponer y realizar el socialismo en Estados Unidos.
Bush llamó a la insurrección a los militares y las fuerzas de seguridad de Cuba. Luego calificó como terrorista a la Guardia Revolucionaria iraní y anunció una batería de sanciones, mientras el Departamento de Estado y el Pentágono discuten modo y momento del ataque masivo contra el país. Los denominados “mercados”, ese ente al que se le atribuyen las decisiones de un puñado de grandes fortunas, interpretaron exactamente el lenguaje de Bush y el barril de petróleo se disparó como un cohete. Quien dude del significado de estos escarceos debería leer Plan de ataque, un libro en el que el insospechable Bob Woodward expone minuciosamente los prolegómenos de la invasión a Irak.
Como de rayo, Cuba respondió antes de que se completara la traducción del discurso de Bush contra la isla. Bastaría comparar los videos del jefe imperialista con su mirada típica de inteligencia y profundidad mientras lee el teleprompter, con la exposición sin lectura de Felipe Pérez Roque, precisa, completa, aguda, conmovedora, valiente, segura, para saber con certeza dónde está la racionalidad, la inteligencia y el futuro, y dónde lo contrario. Es un ejercicio recomendable a todos, con prescindencia de su definición ideológica: ningún ser pensante puede sentirse cómodo ante tamaña colisión entre imbecilidad e inteligencia. Nadie puede dejar de optar frente a esta alternativa.
También los iraníes respondieron. Anunciaron que estaban en condiciones de responder un ataque imperialista con un contragolpe inicial de 11 mil misiles. Y Mohammed Ali Safari, jefe de la Guardia Revolucionaria condenada por Bush, dijo simplemente que Irán “tiene la fortaleza y el poder de la fe de su gente. A este poder se unen la experiencia y el conocimiento y la tecnología en el campo de la defensa. El enemigo sabe que no se puede cometer error alguno, así que esas palabras (de Bush) son sólo exageraciones. Responderemos a cualquier ataque con un ataque incluso más decisivo”.
Putin no omitió su participación en esta crisis que la prensa oculta, mostrándola como un juego. Tras haber anunciado que se solidarizaba con el derecho iraní a conocer y utilizar la tecnología atómica, el Presidente ruso volvió sobre otro frente de aguda vigencia: la instalación en Europa de un escudo antimisilístico estadounidense. “En el plano tecnológico la situación es muy semejante a la que dio lugar a la crisis de los misiles en Cuba en los años 1960”, explicó. Y agregó: “Acciones análogas de parte de la Unión Soviética cuando desplegó los misiles en el Caribe, provocaron la crisis de Cuba. Tal amenaza está siendo instalada en nuestras fronteras”. Simultáneamente, el general Nikolai Solovtsov, comandante de las fuerzas misilísticas rusas, hizo público que Rusia se prepara para emprender en un nivel de mayor eficiencia y velocidad la producción de misiles de corto y mediano alcance (es decir, para ser utilizados en territorio europeo).
Es en este contexto que deberían interpretarse las declaraciones recientes de Hugo Chávez en Cuba, donde repitió que su país y la isla antillana tienen “dos gobiernos”, o, para que se entienda mejor: que ambos países tienen un solo gobierno. O más aún, que son un solo país ante las amenazas imperialistas. Tiempo atrás, cuando a poco de asumir Evo Morales en Bolivia comenzaron las amenazas de intervencionismo militar estadounidense, Chávez anunció formalmente en el Palacio Quemado, al lado de Evo y frente a las máximas autoridades militares de ambos países, que si Estados Unidos actuara militarmente contra Bolivia “volvería a correr sangre venezolana en estas tierras”, en alusión a las guerras de Independencia del siglo XIX.
Es comprensible la propensión a imaginar mundos idílicos y tender a alineamientos con posiciones amables, donde los problemas más graves sean la anulación de aranceles, los arreglos financieros y la lucha contra el colesterol. Pero una dirección política seria, responsable, sea del signo que sea, debería tomar en cuenta estos datos elocuentes de la coyuntura mundial.

venezuela

Revolución, Partido e Internacional

porLBenCR

 

Venezuela ingresa en la fase decisiva del proceso revolucionario que avanza con prisa y sin pausa desde 1999. Con la reforma constitucional, se desencadenarán las fuerzas de la revolución. Y de la contrarrevolución.

Expresada en 69 artículos, la reforma apunta centralmente a cuatro objetivos: transferir poder político a los Consejos del Poder Popular (Consejos Obreros, Campesinos, Estudiantiles y otros); promover e institucionalizar la existencia de las milicias populares; reordenar el diseño nacional del Estado (nueva geometría del poder); provocar una nueva y más drástica transferencia de ingresos a favor de la clase obrera y el conjunto del pueblo. En resumen, la batería de cambios significará, en su aplicación, el desmantelamiento del Estado burgués y el comienzo de la edificación de un Estado de los trabajadores, los campesinos y el conjunto del pueblo. La transición al socialismo se eleva así a un nivel cualitativamente superior en relación con lo vivido en los últimos ocho años (1).

Nunca tan ríspida como en este caso la dialéctica reforma-revolución. Nunca tan estridente la contradicción entre medios y fines. Estas páginas se redactan dos semanas antes del referéndum por el cual se aprobará la propuesta del presidente Hugo Chávez de cambiar 69 artículos de la Constitución de 1999, con la cual inició formalmente su camino la Revolución Bolivariana. Partiendo de la certeza de que Chávez vencerá una vez más en las urnas, que continuará aumentando su ventaja frente al bloque opositor tras el cual opera la Casa Blanca, a partir del 2 de diciembre quedarán despejadas dos incógnitas de fuste: cuán importante será la abstención (es decir, qué porcentaje de la población se mantiene apática y no se ha sumado a las filas de la revolución) y si la oposición demorará o no para recurrir frontal y formalmente al único recurso que le resta: la violencia.

A la inversa de todo ejemplo precedente, en Venezuela la revolución comenzó por la vía institucional. Chávez ganó las elecciones en diciembre de 1998 y paso a paso avanzó en la solución parcial de los problemas sociales, la concientización de la sociedad, la recuperación de la soberanía y finalmente el choque contra las columnas del sistema capitalista. Ése fue el camino para la acumulación de fuerzas. Desde el aparato del Estado burgués. Con métodos y con individuos arraigados en él, a duras penas contrarrestados en algunos casos por la voluntad de cuadros revolucionarios en función de gobierno.

El poder fincó entonces en el Estado así compuesto –o, más bien, descompuesto– por la irrupción del nuevo gobierno. En la figura del jefe de Estado y de gobierno, Hugo Chávez, plasmaron durante todo un período las contradicciones inherentes a una situación inédita en el historial de las luchas sociales. Porque las reformas sumadas –a menudo por caminos pragmáticos que llevan a un destino contrario al buscado– fueron sólo argamasa para levantar el proyecto revolucionario.

En diferentes latitudes, personas diestras para desarrollar conceptos elaborados y afirmados por otros para otras circunstancias, pero incapaces de partir de los fenómenos vivos, entenderlos y darles respuesta, vieron en este cuadro una repetición del «doble poder». Una repetición sui generis de la situación que vivió Rusia entre febrero y octubre de 1917. El gobierno del Estado burgués de un lado, los trabajadores y el movimiento social por el otro. Chávez era sólo «un infiltrado» allí, un aliado con el que se podía contar mientras se organizaba al movimiento obrero y las masas populares en un partido revolucionario. Esta expresión jocosa, fue transformada en categoría, en una interpretación pseudoteórica que invertía los términos de la realidad: ponía a grupúsculos y charlatanes en el papel de vanguardia y a Chávez como prisionero del Estado burgués.

Pudo parecer un milímetro de diferencia teórica. Pero en esa distancia, en ese error crucial (que aparece como elaboración teórica, pero que en la casi totalidad de los casos tuvo como fundamento una desgraciada combinación de miopía y cobardía), se fundó una dinámica sectaria rápidamente transformada en posiciones contrarrevolucionarias, que ahora se manifiesta llamando a votar contra la reforma constitucional o, en el colmo de la inconsecuencia, ingresando a remolque, como fracción secreta y rechinando los dientes, al Partido Socialista Unido de Venezuela, organizado por decisión e impulso de Chávez. En los casos menos graves de este desvío mortal, grupos y cuadros de vanguardia se plantaron firmes a la retaguardia y jugaron como pesada rémora contra el impulso revolucionario.

Como quiera que sea, el hecho es que el fenómeno político en curso en Venezuela es una Revolución, sin atenuantes, cuyas raíces sociales remontan al Caracazo de 1989, pero que por la combinación de la propia conformación social del país y del momento histórico internacional en el que tiene lugar, se ha desarrollado dentro del propio sistema institucional burgués, con un poderoso pero disgregado movimiento social en el que no cuenta de manera orgánica el movimiento obrero, en sentido estricto sin partido y con una gravitación inusual de una figura individual para la definición del sentido y el ritmo con el que avanza la lucha de clases.

No es casual que agrupamientos e individuos que con ligera irresponsabilidad condenan un supuesto personalismo por parte de Chávez, sean los mismos que se negaron al compromiso de edificar una fuerza revolucionaria en las condiciones dadas, facilitando la intervención de grupos e individuos con intereses sociales y/o políticos contrarios a una revolución en los equipos de elaboración y militancia política oficial, así como del propio gobierno. Salvando todas las distancias, una conducta análoga sostuvieron corrientes infantoizquierdistas que se negaron a comprometerse cuando en Argentina se planteó la posibilidad de edificar una herramienta política de masas a partir del Congreso de los Trabajadores Argentinos, para luego condenar el desenlace de aquel intento, resultante de una relación de fuerzas que la omisión de quienes se reclaman revolucionarios contribuyó a volcar a favor de individuos y estructuras reformistas y conciliacionistas.

Pero no ocurrió lo mismo en Venezuela: por la gravitación de Hugo Chávez allí se impuso la fuerza de la revolución y ahora el mundo asiste a la transición de este país al socialismo, por caminos sin precedentes.

 

Revolución y violencia

Aunque no faltaron episodios de violencia –que van del asesinato regular de campesinos, un golpe de Estado, un sabotaje petrolero e innumerables intentos fallidos de atentados contra la vida de Chávez– el período de ocho años durante los cuales se transformó el paisaje político, las relaciones de fuerzas entre las clases y el aparato del Estado, ocurrió en paz y dentro de los marcos de la institucionalidad democrática.

Esa prolongada fase durante la cual se produjeron transformaciones profundas ha llevado a creer que una revolución puede llevarse hasta el fin sin chocar de frente con el enemigo de clase, dentro y fuera de las fronteras. Pero semejante ilusión no anidó en los planes de Chávez y su equipo más cercano, que desde la primera hora se dieron a la tarea de ganar terreno en la fuerza armada, renovar armamento, alistar planes de defensa frente a posibles invasiones y otras formas de agresión al territorio, y sobre todo a la formación de las milicias populares revolucionarias, denominadas reserva, donde hoy se organiza alrededor de un millón de hombres y mujeres armados.

Es no sólo legítimo sino absolutamente correcto hacer los mayores esfuerzos por postergar el máximo posible el choque frontal con el enemigo. Claro que esto puede decirse cuando no se pierde un instante en la concientización del conjunto social respecto de la constante amenaza del imperialismo y sus socios locales, al tiempo que se organiza la fuerza revolucionaria armada capaz de enfrentar y vencer ese inexorable desafío.

Cuanto más tiempo se gane en ese sentido, se lograrán dos efectos clave: uno, la conquista de más y más contingentes populares –obreros, campesinos, estudiantes, profesionales, pequeños productores y comerciantes del campo y la ciudad- para las filas de la revolución o, lo que es lo mismo, menguar al máximo posible las filas sociales del enemigo; dos, plantear la confrontación en una dimensión territorial y política latinoamericana, lo cual equivale a decir que si de un lado se prepara una relación de fuerzas diferente contra el imperialismo, por el otro se plantea la necesidad de dar todos los pasos tácticos necesarios para acompasar la marcha desigual de los procesos que están desenvolviéndose en la región.

El reciente pronunciamiento del ex general y ex ministro de Defensa Raúl Baduel aceleró súbitamente la marcha hacia una confrontación bélica. Es obvio que la identificación por parte de Baduel de la reforma constitucional con un golpe de Estado, y su llamado a votar por el No, implica su alineamiento formal con el imperialismo y sus planes de guerra contra la Revolución Socialista Bolivariana (2).

Ningún esfuerzo por postergar ese enfrentamiento será suficiente. En Venezuela, es necesario completar la organización del Psuv y con este instrumento político acometer con el máximo de energía las tareas planteadas por la reforma de la constitución. En América Latina, es necesario impulsar con pareja decisión la constitución de partidos revolucionarios de masas y avanzar con audacia en la afirmación de una organización internacional capaz de asumir en todos los terrenos una conclusión por muchos olvidada: la revolución socialista, la abolición del capitalismo, la construcción de una sociedad de hombres y mujeres libres, supone una confrontación con el imperialismo que, por lógica necesidad y voluntad de éste, será obligadamente violenta.

El antiguo debate acerca de «la lucha armada» o «la vía pacífica», queda superado por este replanteo en un nuevo contexto internacional y regional, para resumirse en la urgencia inaplazable por organizar a las masas en partidos revolucionarios y prepararse en todos los terrenos para que, justamente por la masividad y la capacidad militar de los pueblos, la violencia se postergue y minimice tanto cuanto sea posible.

Por razones que cada quien podrá comprender, Crítica está en deuda con el desarrollo teórico de este imprescindible debate. No así con la aplicación política de esta estrategia. No es preciso subrayar que el desafío histórico planteado requiere, ahora sí, poner en su lugar de una vez a charlatanes, reformistas e infantoizquierdistas, mediante una ardua labor teórica como punta de lanza y aval de las formidables tareas por delante.

 

El Partido Socialista Unido de Venezuela

Desde comienzos de 2007 Chávez afirmó sin rodeos la necesidad de que todas las organizaciones revolucionarias se disolvieran para dar lugar a un partido único, de masas, para la revolución socialista. Como se sabe, las tres organizaciones de mayor peso que acompañaron a Chávez y su Movimiento Quinta República (MVR) durante estos años, se negaron al llamado. Una de ellas (Podemos), diezmadas sus filas por el éxodo de las bases al Psuv, se alineó sin siquiera guardar las formas con la oposición más reaccionaria y belicista. Las otras dos (Partido Comunista y Patria para Todos), también llevadas a su mínima expresión por la afiliación de sus militantes al Psuv, optaron sin embargo por apoyar, con algunos bemoles, la reforma constitucional (3).

El hecho es que 5 millones 770 mil ciudadanos se inscribieron como aspirantes a militantes del Psuv y comenzó el proceso de organización sobre esa base.

Postergada la conclusión del Congreso Fundacional para febrero, por causa de la campaña a favor del Sí en el referéndum, este partido cuyo nombre es aún tentativo está sin embargo en plena acción. En la edición de noviembre de América XXI puede leerse:
«En octubre quedó completado el proceso de elección de los delegados al Congreso Fundacional; en noviembre comienzan a sesionar los 1.675 delegados, elegidos en otras tantas Circunscripciones Socialistas (CS), a su vez compuestas por entre 8 y 12 Batallones Socialistas, los cuales a su turno eligieron siete miembros (vocero, suplente y cinco comisionados) para la CS. Las sesiones se prolongarán durante seis meses. Pausa mediante para acometer las tareas planteadas por el referéndum del 2 de diciembre, el Congreso deberá concluir sus deliberaciones el 4 de febrero de 2008, 16 años después de la sublevación comandada por Chávez en 1992. Aunque la realización es dificultosa, el objetivo es que estas tres instancias actúen simultáneamente, en proceso también inédito de intercambio entre bases y delegados para debatir y resolver los documentos esenciales puestos a consideración del Congreso: Declaración de Principios, Programa y Estatutos(4). Mediante una adecuada combinación de plenario de congresales, reuniones de estos por regiones, e informe y debate del delegado en su circunscripción correspondiente, más el funcionamiento simultáneo de los Batallones Socialistas, se intentará alcanzar en el máximo nivel posible la participación democrática del conjunto. Las más modernas tecnologías de la comunicación coadyuvarán al objetivo de poner la información a disposición de todos y encaminar los debates en ambos sentidos: desde las bases a los delegados y viceversa, quienes podrán apelar a una página en internet, el correo electrónico y la telefonía celular.

Ningún recurso técnico podrá evitar que se haga sentir la ausencia del movimiento obrero como fuerza organizada, gravitando y poniendo su impronta de clase en el funcionamiento de ese conjunto masivo. Del mismo modo, nada puede sortear la ausencia de tradición en organización revolucionaria de masas, a lo que debe sumarse una tradición contraria: la de Acción Democrática, que durante décadas sembró conciencia a través de una metodología al servicio del capital y una arraigada estructura política.

El hecho crucial de que el impulso para la construcción del Psuv haya provenido de Chávez, para luego articularse mediante funcionarios de diferentes ámbitos del gobierno, también pesará de manera ambivalente en este parto histórico. Hasta ahora, sin embargo, ha prevalecido la dialéctica establecida entre Chávez y los millares de promotores primero, los millones de aspirantes luego y el conjunto de bases y cuadros medios finalmente. Todo eso entrará en ebullición con la realización del Congreso. Y sean cuales sean las falencias del resultado que corporice en febrero, los trabajadores, el conjunto del pueblo –y muy especialmente las juventudes– es decir el país todo, habrán dado un inmenso salto adelante. La reivindicación en palabra y acto de la noción de Partido, a comienzos del siglo XXI y después del traumático derrumbe de aparatos políticos que alguna vez fueron partidos para luego metamorfosearse para su adaptación al sistema capitalista mundial, es probablemente la contribución más trascendente que ha producido hasta el momento la Revolución Bolivariana».

En efecto, la reivindicación de la noción de partido revolucionario es un inmenso salto adelante. Y no sólo ni principalmente para los revolucionarios y las masas venezolanas. Ahora bien: más aún que al comienzo de la Revolución Bolivariana, en esta coyuntura es vital la participación plena, absolutamente transparente y desprendida, de todos los genuinos militantes revolucionarios de cualquier país. Por imperio de las condiciones en que nace, el Psuv afronta en el punto de partida innumerables riesgos de todo tipo.

Se trata, ni más ni menos, de los mismos riesgos que acosan a toda y cualquier revolución verdadera. Ante esto, la decisión de un revolucionario marxista no ofrece lugar a dudas: afrontar esos riesgos, munido de su arsenal teórico, su experiencia práctica y su decisión de lucha sin cuartel contra el capitalismo.

En América Latina, por tanto, queda expuesta en toda su falsedad el estereotipo antojadizo y caricaturesco de la teoría leninista del partido y su defensa del revolucionario profesional. Esta última noción fue igualmente distorsionada y pervertida, para ser utilizada como taparrabos teórico por burócratas ignorantes e ineficientes, sabios sólo en repetir versículos y garantizar su propia sobrevivencia. La verdadera concepción expuesta por Lenin en toda su obra y simbolizada en el Qué Hacer, se replantea hoy en el nuevo escenario latinoamericano. Decenas de miles de cuadros militantes comprenderán la necesidad de ensamblar su accionar con las masas en organizaciones donde deberán ganar espacio para las ideas del socialismo científico a fuerza de capacidad para interpretar, intervenir, relacionarse con las masas en movimiento, organizar, elaborar, difundir y defender su estrategia y sus tácticas en la praxis revolucionaria.

Ya no será útil el recurso constante a la petitio principii, es decir, la evocación a algún socorrido dios de la acción revolucionaria, en cuyo nombre se actúa con la misma legitimidad con que el papa se arroga la representación del espíritu santo.

Por eso la primera condición para sumarse al torrente revolucionario latinoamericano desde las posiciones del marxismo revolucionario, es cortar todo y cualquier nexo con la argumentación pseudoteórica y la práctica sectaria de las tendencias infantoizquierdistas.

 

Impulsar una organización internacional latinoamericana

Crítica ha definido y defendido hace tiempo sus ideas respecto de un partido revolucionario de masas (5). Con el nacimiento del Psuv y la decisión revolucionaria representada por Chávez, sin embargo, se plantea ahora una tarea de concientización y organización de masas a otra escala.

En su intervención del 25 de agosto ante los propulsores del Psuv, el presidente Hugo Chávez dijo que 2008 será el momento para «convocar a una reunión de partidos de izquierda de América Latina y organizar una especie de Internacional, una organización de partidos y movimientos de izquierda de América Latina y del Caribe». Chávez explicó: «Hay un resurgimiento de la conciencia de los pueblos; deben seguir creciendo los movimientos, líderes y liderazgos de una izquierda nueva, de un proyecto nuevo».

La última experiencia de este tipo fue el Foro de Sao Paulo, convocado originalmente en esa ciudad brasileña, en 1990, por el Partido dos Trabalhadores y el Partido Comunista de Cuba, como «Encuentro de Partidos y Organizaciones de Izquierda de América Latina y el Caribe».

En el seno de esta organización se dio desde el inicio un duro combate ideológico. En el primer encuentro se impuso una condena al capitalismo y una caracterización correcta respecto de la crisis estructural que lo carcome. Al año siguiente, en México y mientras se derrumbaba la Unión Soviética, comenzó un giro de adaptación y el FSP estuvo a punto de romperse. Se formaron dos bloques principales, entre quienes ante la nueva situación apuntaron a buscar un lugar en lo que por entonces se denominaba «nuevo orden mundial», y quienes sostuvieron posiciones revolucionarias socialistas.

Las fuerzas principales de las más de 100 organizaciones que integraron el FSP fueron el PT, PCC, Fmln, Fsln, PRD, FA y PSCh.tc » Las fuerzas principales de las más de 100 organizaciones que integraron el FSP fueron el PT, PCC, Fmln, Fsln, PRD, FA y PSCh.

Pese a que la ruptura no se produjo en México y que la resolución de ese segundo encuentro no adoptó las posiciones propugnadas por el flanco derecho, desde entonces el FSP fue desplazándose sistemáticamente hacia el reformismo.tc «Pese a que la ruptura no se produjo en México y que la resolución de ese segundo encuentro no adoptó las posiciones propugnadas por el flanco derecho, desde entonces el FSP fue desplazándose sistemáticamente hacia el reformismo.

El combate ideológico se dio entre básicamente cuatro corrientes:tc «El combate ideológico se dio entre básicamente cuatro corrientes:
a) el PCC
b) la socialdemocracia
c) el socialcristianismo
d) diversas organizaciones denominadas trotskystas, muy diferentes entre sí.

Como se sabe, Cuba entró en ese momento en el «Período especial en tiempos de paz». El PT venía de perder las elecciones en 1989. El Fsln ya se había incorporado a la Internacional Socialista. El Fmln constataba un empate militar estratégico y comenzaba la negociación de paz. Mientras tanto, el mundo y en particular América Latina ingresaban en la década «neoliberal».

En los sucesivos encuentros del FSP, más allá incluso de discursos y declaraciones, quedó a la vista que se había impuesto la posición en la que convergieron dos de las cuatro corrientes: socialdemocracia y socialcristianismo. Las tendencias denominadas trotkystas se retiraron del FSP (y se debilitaron hasta la extinción en todas partes). La corriente revolucionaria encabezada por el PCC (integrada por una larga mayoría de organizaciones de todo el hemisferio), no se articuló y su papel se diluyó para limitarse a algún buen discurso en cada encuentro, sin consecuencias de ningún género.

A la fecha, el FSP es una cáscara vacía, en manos del sector más opuesto a cualquier idea revolucionaria y específicamente enfrentado con la Revolución Bolivariana. Más allá de posiciones singulares, en las estructuras dirigentes del PT, el PRD, el FA y el PSCh, Chávez es sinónimo de Lucifer. Debe señalarse específicamente que en noviembre de 2001, en el encuentro de La Habana, no se pudo lograr un acuerdo para enviar una delegación de solidaridad con Chávez ante la evidencia de la escalada golpista. Recientemente, el delegado del PRD que habitualmente representa a ese partido en el FSP, participó del Congreso del Mas venezolano.

Esta deriva del FSP contribuyó de manera significativa con la destrucción y/o neutralización de decenas de miles de cuadros y cuadros medios en América Latina.

 

Coyuntura

La disgregación de las fuerzas subjetivamente definidas por una salida revolucionaria -y dispuestas a militar por ella- es hoy el principal punto a favor con el que pueden contar el imperialismo y las burguesías nacionales.

Del conjunto militante arrastrado al reformismo por sus direcciones, puede presumirse que un porcentaje esté dispuesto a sumarse a una alternativa que replantee aquello por lo cual decidió su participación política. Otro contingente proveniente de aquel período está disperso en innumerables organizaciones, buena parte de las cuales debería estar también en disposición de incorporarse a una instancia internacional que contribuya a la creación, orientación y desarrollo de organizaciones nacionales de envergadura. Pero es altamente probable que los más importantes contingentes militantes para una alternativa revolucionaria latinoamericana sean las juventudes no organizadas hoy políticamente, cuya fuerza se dispersa en organizaciones sociales, pequeños periódicos, radios comunitarias y otras expresiones de militancia sin estrategia de lucha por el poder.

Si quedan libradas al juego de las relaciones y definiciones político-organizativas propias a escala nacional, por un prolongado período no puede esperarse la recomposición de estos contingentes militantes.

Aparte el hecho de que esa fuerza inmensa se ve restada hoy a la perspectiva de revolución latinoamericana, la permanencia de decenas de miles de cuadros y activistas en ese estado asegura en plazos relativamente breves la destrucción de fuerza revolucionaria en proporciones elevadas.

La existencia de una orientación política general, de un liderazgo reconocido, por el contrario, puede poner en acción una poderosísima fuerza humana revolucionaria hoy inerte, salvar de la degradación y posterior destrucción a centenas de millares de militantes en toda América Latina.

Esa capacidad de orientación y liderazgo sólo puede hacer pie en direcciones revolucionarias con arraigo, prestigio y energía suficientes frente a ese variado conjunto militante revolucionario. Fidel Castro y Hugo Chávez, como símbolo y representación de las revoluciones en Cuba y Venezuela, son hoy el único centro posible para jugar ese papel.

Por otra parte, la embestida a largo plazo ya puesta en marcha por el imperialismo, con la decisiva colaboración de la socialdemocracia y el socialcristianismo, requiere con urgencia deslindar posiciones, trazar una línea de acción estratégica y organizar a grandes contingentes humanos para impedir que aquella tenaza contrarrevolucionaria avance hasta ahogar en sangre el proceso revolucionario que crece en América Latina. En la cumbre iberoamericana de Santiago quedó graficado ese alineamiento: el socialdemócrata Rodríguez Zapatero defendió la estrategia neoliberal y la «cohesión social» bajo el capitalismo. Y trató incluso de imponérsela al conjunto con la burda maniobra de un discurso de cierre en violación de la metodología de la cumbre. Ante la respuesta de Chávez, el presidente español José Rodríguez no dudó en salir en defensa del fascista Aznar. La convergencia socialdemocracia-socialcristianismo-fascismo quedó a la vista de millones con este episodio, rematado por el exabrupto del rey y su posterior abandono de la sala ante la denuncia de Daniel Ortega.

En el plano sindical, esa convergencia tomó cuerpo orgánico ya en los últimos años, con la unión de las centrales sindicales del Vaticano y la socialdemocracia en la Central Sindical Internacional (CSI), que ahora comienza a articularse en América Latina y en Argentina cuenta con el apoyo de algunas franjas de la CTA (6).

El primer paso para avanzar hacia la organización de una estructura política latinoamericano-caribeña (que, no obstante, tendría desde el punto de partida una proyección internacional) depende de la decisión de Chávez y Fidel para acometer la tarea. tc » El primer paso para avanzar hacia la organización de una estructura política latinoamericano-caribeña (que, no obstante, tendría desde el punto de partida una proyección internacional) depende de la decisión de Chávez y Fidel para acometer la tarea.

 

Bases conceptuales

En la historia ha habido, conceptual y realmente, cuatro organizaciones internacionales anticapitalistas. La 1ra, en cuya fundación fueron figuras clave Marx y Engels, agregaba diferentes corrientes revolucionarias anticapitalistas. Surgió directamente del impulso de los propios obreros en lucha contra el sistema en Europa; las dos corrientes principales eran la que a poco andar se denominaría marxista, y la anarquista. La 2da, definida como socialdemócrata (con el sentido que tenía por entonces esa palabra, inverso al actual), se apoyaba en grandes partidos socialistas obreros de masas que para ese entonces se habían conformado en toda Europa, en Estados Unidos y en varios países latinoamericanos. La 3ra, fundada por Lenin y Trotsky, se definió como comunista, contraponiéndose al nombre de socialdemócrata, ya para entonces identificado con las posiciones de sujeción a los intereses de las burguesías de cada país; su base de sustentación fueron los propios partidos socialdemócratas de masas, todos los cuales se fraccionaron dando lugar a Partidos Comunistas, que fundarían la Internacional con ese nombre. La 4ta, en realidad no llegó a ser una verdadera organización internacional con arraigo en la clase trabajadora. Nació como resultado de la degeneración stalinista en la Unión Soviética y la extensión de esa caída a la organización, el programa y la política de la 3ra Internacional a partir de su 5° Congreso. Su base de sustentación fue la Oposición de Izquierda en la Unión Soviética y su proyección en PPCC de todo el mundo. Luego tomaría el nombre de su principal promotor, León Trotsky. Asesinado éste en 1940, la organización degeneró a su vez, dando lugar a innumerables organizaciones casi invariablemente sectarias y minúsculas.

En la actualidad, por razones objetivas y subjetivas -desbrozadas durante años en estas páginas y que no se desarrollarán en este material- una organización internacional no puede pretender la homogeneidad ideológica que originalmente tuvieron la 2da, 3ra y 4ta. Por el contrario, en lo que hace a su heterogeneidad superaría largamente a la 1ra, aparte de que no resultaría del impulso consciente y organizado de una vanguardia obrera con aval de masas.

El punto de apoyo de una tal organización heterogénea sería la explícita decisión de lucha contra el imperialismo y por el socialismo del siglo XXI, asumiendo como punto de partida las incógnitas y ambigüedades que esa definición supone.

A la heterogeneidad ideológica, le correspondería un criterio organizativo que, obligando en términos de estrategia general a cada partido u organización integrante, permitiría la participación de diferentes organizaciones en un mismo país y no daría lugar a criterios unánimes de accionar político.

No obstante, la internacional no podría asimilarse al concepto de Frente. Más próxima al criterio de partido de masas, con heterogeneidad ideológica y homogeneidad política en cuestiones centrales que hagan a una estrategia hemisférica, y con toda la flexibilidad que requieran las diferencias de participación en cada país.

Esa contradicción se resolvería a favor de la cohesión, la homogeneidad política y la coherencia internacional a través del órgano de dirección internacional, que sólo podrá estar integrado por representantes de Partidos de aquellos países donde no exista más de una organización reconocida.

La organización de una internacional revolucionaria con estas características, lejos de ser una perspectiva lejana, es una necesidad inmediata. Defender los procesos revolucionarios en Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador, es tan impostergable como esforzarse por la recomposición de las fuerzas sociales y revolucionarias en los restantes países de la región. Ambas tareas exceden las posibilidades de la militancia dispersa y confundida en Argentina, el país que más necesita de ese anclaje latinoamericano para erguirse y recuperar su poderosa fuerza revolucionaria.

     (1).-Ver informes y análisis sobre el contenido de las reformas en América XXI, Ediciones N° 30, 31 y 32, correspondientes a los meses de septiembre, octubre y noviembre. www.americaxxi.com.ve
(2).-De paso, el episodio vino a develar el papel real de ciertos arribistas y pseudoteóricos, como el Sr. Heinz Dietrich, quien sin estación intermedia pasó del stalinismo a una jerigonza reformista burguesa, adobada con recursos apropiados para encandilar a cierta intelectualidad desorientada. Con una verborragia pseudorevolucionaria, este autor ha cocinado una fórmula de supuesto nuevo socialismo, que no es sino una vía de través para evitar la abolición del capitalismo. Su alineamiento con Baduel (para colmo disfrazado bajo un llamado a reconciliación de Chávez con éste, argumentando que el Sí o el No a la reforma constitucional no son antagónicos), devela el curso que inexorablemente adopta este género de intelectuales itinerantes cuando llega la hora decisiva de la revolución.
(3).-Sobre este debate puede hallarse información principalmente en las ediciones 24 y 25 de América XXI, correspondientes a marzo y abril de 2007, así como en las apariciones sucesivas de esta revista.
(4).- Ver los anteproyectos de Declaración de Principio y Programa en www.militantepsuv.org.ve
(5).- La última contribución en ese sentido fue «Teoría y Práctica del Partido Revolucionario», Crítica N° 34, pág. 39
(6).- Ver el balance de la cumbre iberoamericana en «Argentina no callará», El Espejo 171, pág. 8, reproducido en este volumen en Documentos para la Militancia, pág. 136