Condena al neoliberalismo y la unilateralidad

porLBenLMD

 

Una declaración de 54 puntos que sepultan el cuerpo conceptual económico y político del “neoliberalismo” convirtió a la Cumbre Iberoamericana en una rotunda derrota política para el gran ausente: Estados Unidos. Los conceptos principales en la agenda de jefes de Estado fueron educación, salud y oposición a la militarización y el intervencionismo.

 

Hay errores que no son tales porque no pueden ser evitados. En esos casos, los protagonistas marchan hacia el desenlace anunciado, movidos por fuerzas que no controlan y difícilmente comprenden. Así puede interpretarse el hecho de mantener como sede de la XIII Cumbre Iberoamericana a la ciudad boliviana de Santa Cruz de la Sierra. No era necesario llegar a la apertura de las sesiones, el viernes 14 de noviembre, para saber que la sublevación que un mes antes culminó con la huída del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada(1) gravitaría sobre los jefes de Estado, arrastrándolos hacia un destino no deseado.

Toda previsión fue superada, sin embargo, cuando un aborigen tomó la palabra frente a las máximas autoridades de iberoamérica y dijo “He aquí nosotros, hablando frente a ustedes”. Un escalofrío cortó el aliento de los mandatarios, con apenas dos o tres excepciones. El documento leído por Carlos Eduardo Medina, aprobado antes en una reunión paralela a la que asistieron representantes populares de por lo menos quince países, desgranó demandas contundentes y culminó con el mismo tono de rara firmeza que destilaba cada palabra: “Señores Presidentes, esperamos que se hayan sentido a gusto en nuestra tierra, que realizó un esfuerzo enorme por recibirlos, acorde a lo que nuestra dignidad manda. Este es nuestro país, nuestro espacio y nuestro tiempo. Sean todos bienvenidos”.

Nuestro tiempo… No sólo el rey Juan Carlos, allí presente, habrá comprendido que aquella afirmación, más que el obvio anacronismo de su presencia, contenía una definición política tajante y trascendente.

A esa situación insólita se había arribado por impulso de la sublevación boliviana. Pero intervino un factor nuevo, cuya eventual afirmación y desarrollo abriría un nuevo panorama político en América Latina: desde Bolivia, uno de los dirigentes de la rebelión y titular del Movimiento al Socialismo, Evo Morales, convocó a la formación de “un Bloque Antimperialista Continental” y a la realización simultánea de un Encuentro Social Alternativo. Morales invitó a Fidel Castro, Hugo Chávez, Lula y Néstor Kirchner a participar también del encuentro. El presidente venezolano aceptó inmediatamente.

De pronto, apareció el perfil de una propuesta al otro lado de esa ya monótona reunión anual de Presidentes convocados por España y acompañados por Portugal, cuyas consecuencias durante más de una década fueron inocuas o francamente negativas para los países de América Latina y el Caribe.

Para los organizadores de la cumbre, cambiar la sede a última hora equivalía a sacrificar al flamante presidente boliviano, Carlos Mesa. Para éste, mantenerla significaba asumir el riesgo de una multitudinaria protesta que, en las condiciones dadas, podría encender nuevamente el polvorín. Su decisión reprodujo en aquel país la obligada dualidad de conducta visible en más de un jefe de Estado por estos días: anunció que iría a hablar al Foro Social, si lo invitaban, y que él por su parte invitaba a un representante del encuentro paralelo a exponer en la Cumbre.

 

Dilemas de la democracia

Entre el 12 y el 15 de noviembre más de quince mil participantes, provenientes de toda la región debatieron temas candentes en el Encuentro Social. No faltó nada: desde un panel denominado “Primera cumbre mundial de médicos tradicionales, naturistas, indígenas y originarios” (la noción de cumbre, inevitablemente, transvasa), hasta debates teórico-políticos sobre “Movimientos sociales contemporáneos”; “Bolívar y la unidad de América Latina y el Caribe”; “ALCA” (el que tuvo mayor concurrencia); “Asamblea Constituyente”, entre tantos otros, todos anudados con la reciente experiencia de lucha en Bolivia.

Cuando el sábado 15 Carlos Mesa acudió al Encuentro, ya las definiciones principales estaban decantadas. Una mujer lo recibió en el palco: “En este encuentro –dijo con respetuoso énfasis- pensamos que su gobierno debería proponer la suspensión de todas las negociaciones del ALCA en la próxima reunión de cancilleres en Miami; que debe derogar el Decreto Supremo que transfiere la propiedad de los hidrocarburos a las transnacionales; que la Asamblea Constituyente tiene que ser convocada el próximo año y que todos puedan proponer candidatos a ella sin necesidad de inscribirse a los partidos”…

Mesa no perdió la compostura. Acometió a la asamblea expectante y logró arrancar aplausos a poco de empezar su discurso, cuando sostuvo que era preciso “construir una mirada distinta de democracia de la que teníamos hasta hace muy poco”. Debía, no obstante, entrar en materia. Y allí el clima cambió: anunció una Constituyente no para los próximos meses, como se le demandaba, sino “para antes de terminar mi mandato”. Hubo gritos de protestas y silbidos. “No vine a hablarles con demagogia no puedo hacerles promesas imposibles”, dijo. Los últimos minutos de su intervención fueron inaudibles: la asamblea respondía airadamente cada una de sus palabras. Cuando terminó el Presidente, fuera de programa, tomaron la palabra Roberto de la Cruz, dirigente de la Central Obrera Regional de El Alto y Jaime Solares, de la Central Obrera Boliviana, quienes acusaron al Presidente de ser “la misma chola con diferente pollera”.

En la noche del sábado, un gran acto reunió en clima festivo a los participantes del Encuentro Social Alternativo. Allí acudieron Hugo Chávez y el vicepresidente de Cuba, Carlos Lage, en representación de Fidel Castro, quien esta vez no concurrió a la Cumbre Iberoamericana.

 

Declaración de Santa Cruz de la Sierra

Ya para entonces se conocía el texto aprobado por los Presidentes y jefes de Estado: un documento que, si bien es dudoso que pase de la enunciación de intenciones, es muy significativo porque sepulta explícitamente el discurso dominante durante casi dos décadas: “la superación de la pobreza requiere la aplicación de políticas integrales definidas y desarrolladas por el Estado”, dice, para inmediatamente subrayar la voluntad de luchar “contra la pobreza y las causas que la originan” y sostener “el principio de no intervención, la prohibición de la amenaza o el uso de la fuerza en las relaciones internacionales, el respeto a la integridad territorial”. Sólo faltaba poner el nombre del destinatario de la demanda. Desde luego también se rubricó el compromiso de “lucha contra el terrorismo”. El documento también propone “una amplia reforma” de la ONU; demanda un cambio de conducta del Fondo Monetario Internacional y acoge la propuesta de crear “un Fondo Humanitario Internacional” (Chávez); reconoce que las “reformas estructurales (…) no han producido resultados suficientes sobre la disminución de las desigualdades y de la exclusión social, e incluso en algunos casos han significado un retroceso o una profundización de estos fenómenos”.

La educación fue señalada como factor clave para avanzar en la inclusión social –tema principal de la cumbre- y se declaró el 2005 como “año iberoamericano de la lectura”. Pero no son los 54 puntos de la “Declaración de Santa Cruz de la Sierra” los que marcan la inflexión en estos cónclaves, sino el hecho de que todos ellos espejaron la demanda plasmada en el Encuentro Alternativo, resumidas en el recinto del lujoso Hotel Los Tajibos por el representante indígena, a nombre de “esos cientos de millones que pensamos, creemos y deseamos más o menos lo mismo. Cosas que de tan repetidas parecen infantilismos. Y no lo son. Por ejemplo que la tierra es nuestra y todo lo que hay debajo de ella también”. U otro tramo del texto donde se afirma: “Señores Presidentes, escuchen a los pueblos de América. Suspendan las negociaciones del ALCA”.

 

Argentina y la nueva etapa continental

Esa es la fuerza que gravitó sobre la Cumbre y llevó a la mayoría de sus componentes a firmar la Declaración. Los presidentes de México y España, Vicente Fox y José María Aznar -visiblemente lívidos, rígidos, mientras sus pares aplaudían al representante del Encuentro alternativo- firmaron también el documento de la Cumbre. Entre ellos y el polo opuesto en la reunión de Presidentes se halla toda la gama de posiciones imaginable.

El mandatario argentino, por ejemplo, levantó oleadas de recriminaciones desde la derecha en Argentina: “No fue afortunado el relieve que se le dio, desde ciertas esferas oficiales, a la entrevista del presidente Néstor Kirchner con el líder contestatario boliviano Evo Morales, cuyos antecedentes no son precisamente tranquilizadores desde el punto de vista de la preservación del orden público y la paz social. No sería bueno para nuestro país -y tampoco para la región- que gestos de esa naturaleza se tornasen habituales”, se alarma un editorial de La Nación(2). El mismo diario registró la voz del ex ministro de Economía Ricardo López Murphy, luego de que Kirchner identificara a Morales como futuro presidente de Bolivia y le ofreciera ayuda: “Yo no creo que la coalición de inserción de la Argentina en el mundo sea con Chávez y Evo Morales. Si la Argentina apunta a eso es un enorme error. Si ésa es la estrategia, vamos mal, vamos por un camino muy equivocado (…) Si vamos a donde está México, Brasil y Chile, vamos bien (…) ¿usted ve a Lagos (Ricardo) interesado en hacer reuniones con Evo Morales y Chávez?”(3).

No todo es condena sin embargo: el mismo matutino registró el punto al que atribuye mayor trascendencia en la fugaz estada de Kirchner en la Cumbre: “Más allá de sus coqueteos con el líder indigenista boliviano Evo Morales y otros gestos altisonantes, el presidente Néstor Kirchner coincidió ayer con sus pares de México, Vicente Fox; de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva y de Chile, Ricardo Lagos, en que han mejorado las perspectivas de las negociaciones del Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA)”(4).

El contrapunto traduce adecuadamente el lugar de Argentina y su gobierno en esta múltiple confrontación y desagregación de fuerzas. Santa Cruz de la Sierra albergó a todos los protagonistas de la gran disputa por definir de quién es, al fin y al cabo, “nuestro tiempo”. Pero esa pugna, previsiblemente agudizada cada día, ocurre de ahora en más en nuevo terreno: la era del “neoliberalismo” ha quedado atrás.

Informes de Carina López Monja y Pablo Gandolfo, desde Santa Cruz de la Sierra.

  1. Walter Chávez, “Bolivia, una revolución social democrática”, Le Monde diplomatique edición Cono Sur, noviembre de 2003.
  2. “La XIII Cumbre Iberoamericana”; La Nación, Buenos Aires 18-11-03
  3. “Controversia por el apoyo a Morales”; La Nación, Buenos Aires, 17-11-03.
  4. “Mejoran las perspectivas para el ALCA”; La Nación, Buenos Aires, 16-11-03.

El lugar de la crisis

PorLBenAXXI

 

«No habrá retirada», declaró George W. Bush el 26 de agosto. Fue su respuesta a un informe difundido horas antes: las bajas estadounidenses en Irak desde el 1° de mayo -fecha en que Bush anunció al mundo el fin de la guerra- son superiores a las sufridas durante la invasión. Simultáneamente una encuesta realizada por el semanario Newsweek indicaba que el 70% de la población estadounidense teme que se prolongue la permanencia de los soldados en Irak, un 48% reclama el regreso inmediato y un 47% cree que deben quedarse todavía.
La fractura al medio respecto de qué hacer en Irak no es sólo del conjunto social indiscriminado. Ocurre también, y principalmente, en los círculos dirigentes: «ahora que se desvanecieron las esperanzas de reclutar integrantes para las fuerzas de paz en otros países, llegó el momento de preparar la mejor estrategia de retirada posible», alertaba el 10 de agosto un análisis publicado por el diario Los Angeles Times.
Destilado -y para muchos admirable- pragmatismo imperialista: como para la tarea requerida no es posible usar carne de cañón extranjera, vayámonos ya. Con idéntica lógica, hay otra respuesta posible: el secretario de Defensa Donald Rumsfeld apronta la incorporación de 300 mil nuevos efectivos en las fuerzas armadas de su país. No es sólo para Irak. El Pentágono prevé conflictos bélicos simultáneos en diferentes puntos del planeta, según explicó The New York Times. Rumsfeld esgrime un imaginativo recurso para camuflar su operación: propone pasar las funciones administrativas y logísticas a manos privadas, para llevar esos 300 mil hombres y mujeres a tareas operativas.

 

Recesión, desocupación, guerra

No le vendrá mal a la economía estadounidense agregar esos puestos a la demanda laboral: hoy trabajan 2 millones 100 mil personas menos que hace dos años. Pero será una gota en el mar. Sumado el crecimiento de la población, la ocupación cayó en más de 4 millones. Y la magnitud real del problema tiene otra escala: «Más de 74 millones 500 mil adultos no están trabajando (…) En otras palabras y simplemente, el panorama laboral es terrible», advierte Robert Reich, ex secretario de Trabajo de William Clinton.
El diagnóstico es más alarmante si se observa la medicación utilizada durante casi tres años de recesión: estímulos monetarios y fiscales sin precedentes, cuyo reverso muestra un superávit del 1,4% del PBI en 2000 transformado en déficit del 4,6% este año y proyectado a la inasible cifra de 480 mil millones (o 495 mil, según los cálculos) de dólares para 2004 y de 3 billones 700 mil millones para la década 2004-2013 (6 billones 300 mil millones si se suman los fondos de seguridad social irresponsablemente utilizados ahora).
Tamaño déficit determina una voraz demanda de capitales por parte del Tesoro estadounidense. Tarea complicada: para contrarrestar la recesión, las tasas de interés fueron rebajadas en 13 oportunidades, pasando del 6,5 al 1%.
Aunque lejos de ser novedoso, el fenómeno no deja de asombrar: masas siderales de dinero se transforman en mercancía excedente (como los autos o las heladeras que no hallan comprador y desatan una lucha feroz por los mercados), sin posibilidad de obtener colocación rentable. Las computadoras de Harvard, Massachusetts y Chicago, entre otras, no cesan de buscar la variable que permita romper el círculo vicioso. Mientras tanto, Bush descubre que también Irán tiene uranio enriquecido con el cual fabricar armas nucleares y, casualmente, en Gran Bretaña detienen a un ex embajador iraní acusado de volar nueve años atrás el edificio de la AMIA, una mutual judía en Buenos Aires.

 

¿Otra «Alianza para no Progresar»?

Así como al agotamiento del keynesianismo se le opuso el «neo» liberalismo y al rápido ahogo de éste se le propone un «neo» keynesianismo, se esboza por estos días una respuesta a los efectos políticos de la crisis en América Latina mediante una reedición -«neo», por supuesto- de la Alianza para el Progreso diseñada por el Departamento de Estado en los años 1960 para contrarrestar la onda expansiva de la Revolución Cubana.
Washington prepara una reunión de presidentes de toda América (excepto Cuba, claro; y habrá que ver qué decisión se toma con Venezuela), para «potenciar el espíritu de hermandad que preside la relación histórico-geográfica» entre Estados Unidos América Latina, y «superar o contrabalancear los escollos que surgen periódicamente de la imponente asimetría económico-social», según la opinión de un poético editorial del diario argentino La Nación. Esa nota fue publicada tres días antes de la llegada del presidente Hugo Chávez a Buenos Aires, en honor al sorpresivo viaje -luego demorado- del flamante subsecretario del Departamento de Estado para Asuntos Latinoamericanos, Roger Noriega, quien por causas imaginables había programado su reunión con el presidente Néstor Kirchner el mismo día en que éste debía recibir a Chávez.
Como sea, el caso es que Noriega esgrime una propuesta de reunión «para los próximos meses» (!), con el objetivo de tratar «la urgente cuestión de la pobreza y la exclusión, la preservación de la democracia, la integración mercantil, la erradicación de la corrupción institucionalizada, la colaboración militar, la lucha contra el narcotráfico y la defensa de los derechos esenciales».
Perdido el estro poético, el editorialista desgrana crudo el programa de Washington: ALCA, recomposición urgente de regímenes descompuestos, militarización, todo acompañado acaso por planes de beneficencia para contener la explosiva situación social. Y termina con una orden: «los gestos del nuevo subsecretario para América Latina deben ser bienvenidos sin reserva alguna».
Hundidos en una ciénaga en Medio Oriente pero sobre todo atenazados por una crisis que les carcome las entrañas, los dueños de Estados Unidos ensayan desesperados y hasta el momento infructuosos intentos por recuperar la iniciativa perdida en Suramérica. En ese punto estamos.

Efervescencia en el “patio trasero”

porLBenLMD

 

Los profundos cambios políticos en curso en América Latina, todos conflictivos para Estados Unidos –cuyos problemas económicos se agudizan–, otorgan a la región un papel singular en un cuadro de grave tensión internacional. A diferencia de Asia o Medio Oriente, el choque de intereses y proyectos entre Washington y las capitales del Sur tiene un rasgo diferenciador esencial, porque el desarrollo político y económico de los contendientes hace impensable el solo recurso militar como argumento. Si Suramérica logra responder, acaso contribuirá a encender un faro hoy ausente en las tormentosas aguas de la política internacional.

 

Si en lugar de ver a Estados Unidos avanzar por el mundo a paso arrollador, se lo observa huyendo de la deflación, cambian las conclusiones sobre el panorama mundial. No obstante las apariencias, ésa es la realidad: a impulsos de una crisis económica que se resiste a ceder, Washington ha emprendido una irracional fuga hacia adelante que le hace chocar de frente con el planeta entero. Ésa es también la inercia que dicta su relación con América Latina. No hay novedad en esto(1); lo nuevo es que en los cuatro últimos años Estados Unidos sufrió revés tras revés en su “patio trasero”, perdió la iniciativa política y quedó reducido casi exclusivamente a la razón de la fuerza, el único ámbito donde su poder parece inapelable. Y es en estos términos que afronta la cada día más lejana concreción de un Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA).

Decidir el ingreso o no al ALCA se ha convertido por estos días en un dilema para los gobiernos de la región. Sin embargo, el debate al respecto elude u oculta la fuerza real que mueve la voluntad de Washington, a saber, la magnitud descontrolada de su propia crisis.

No es una hipótesis, ni una interpretación teñida de ideología. Estados Unidos sigue en recesión. El período de caída en el giro económico comenzó hacia marzo de 2001, es decir, medio año antes del atentado que destruyó las torres del World Trade Center, con lo cual se derrumba todo intento de asociar el fenómeno a un hecho extraeconómico.

Acaso más relevante que la extensión y profundidad de la recesión es el hecho de que ninguna receta académica para “vencer el ciclo” logra los efectos buscados. Muy lejos de ello, como subraya una fuente insospechable: “Durante los tres últimos años la economía estadounidense recibió quizá los más grandes estímulos monetarios y fiscales en la historia. Un superávit de 1,4% del PBI en 2000 se trocó en un déficit estimado del 4,6% este año. Las tasas de interés de corto plazo fueron recortadas 13 veces, del 6,5% a comienzos de 2001 (al 1% actual)”(2).

Pese al bombardeo con medicinas de graves efectos colaterales, el paciente no reacciona. Mediante el manejo ambiguo de cifras y relaciones se buscó, hasta dos meses atrás, alentar la sensación de que la caída había terminado. Hay incluso ahora anuncios en ese sentido, desestimados por analistas y ejecutores principales de la política económica. El debate actual gira alrededor de definir si la recesión continúa a ritmo moderado y bajo control o, por el tobogán de la deflación, se transforma en depresión.

Un ex subsecretario del Tesoro da la pauta del problema: “Si se mide por el empleo, ésta es una de las peores recesiones, si no la peor, desde la Gran Depresión: en la economía estadounidense trabajan hoy 2.100.000 personas menos que hace dos años. Dado el crecimiento normal de la población activa, la escasez de empleo hoy en día, en relación con lo que habría sido si continuase el auge de la década de los noventa, asciende a 4,7 millones de puestos de trabajo”(3).

La visión de un ex secretario (ministro) de Trabajo durante la administración de William Clinton es aun más reveladora: “Para ser considerado un desocupado es necesario estar buscando un trabajo activamente. En estos dos últimos años, sin embargo, mucha gente dejó de hacerlo. El porcentaje de adultos estadounidenses que trabajan o buscan de forma activa un empleo cayó un 0,9%, hasta el 66,2%. Es la mayor caída en casi 40 años. Más de 74.500.000 adultos no están trabajando –más de 4 millones desde marzo de 2001–. (…) En otras palabras y simplemente, el panorama laboral es terrible”(4). No se trata de Argentina o Bangladesh: la desocupación es rampante en el corazón de la máxima potencia mundial.

 

Recesión combinada

Pero no sólo. El Fondo Monetario Internacional (FMI) publicó en

mayo un informe donde advertía que Alemania podría sumarse a Japon en la dinámica actual de caída de precios o deflación. “La economía alemana, equivalente a casi un tercio del producto de la región, está retrocediendo. El crecimiento previsto en el área del euro está desplomándose”(5). El cuadro es aun peor en el otro gran centro de la producción mundial: “Los precios han estado cayendo en Japón desde 1995. El PBI nominal se redujo en un 6% desde 1997; (…) la verdadera causa de la deflación es la insuficiencia de demanda, y la cura está en los estímulos macroeconómicos”(6).

Aunque el FMI, el presidente de la Reserva Federal Alan Greenspan e incluso buena parte de los economistas más críticos de la política actual de Bush lo niegan o minimizan, el mismo flagelo amenaza también a Estados Unidos. “La deflación conduce a un aumento del desempleo y a una caída en la capacidad utilizada; esto provoca una mayor presión a la baja en los precios y en los salarios; la deflación se acelera, lo que deprime aun más la economía; (…) a aquellos a quienes nos preocupa la ciénaga al estilo japonés, el panorama mundial nos parece bastante aterrador”(7).

Poco tiempo atrás, cuando dominaba la ensoñación de una “nueva economía”, un lenguaje semejante –en otras voces, claro– era despectivamente calificado como “catastrofista”. Girada la aguja del reloj, siquiera en consideración al método cabe partir de otra hipótesis para la interpretación de esta crisis ahora presentada como resultado de una mera “insuficiencia de demanda”, solucionable con manipulaciones macroeconómicas: el ciclo negativo comenzó a principios de los 1970, arrinconó a Estados Unidos (en el cuadro geopolítico de entonces, recuérdese: derrota de Estados Unidos en Vietnam, emancipación de las colonias portuguesas en África, revolución en Irán, revolución en Granada, revolución en Nicaragua, sublevación general en América Central, aparición de un partido obrero y socialista de masas en Brasil, todo condicionado por la todavía existente Unión Soviética…) y le exigió empeñarse en una contraofensiva global estratégica o aceptar el acorralamiento y ahogo mortal resultante.

Al cabo de una década y ya con Margaret Thatcher y Ronald Reagan en el gobierno, la coyuntura de riesgo había sido superada. Con el plus de la desaparición de la URSS cayeron todas las barreras que condicionaban la gravitación de la ley del valor a escala planetaria y “el mercado” inundó al mundo(8). Fue la hora de gloria del por entonces inobjetable “neoliberalismo”. O el canto del cisne. Porque en el apogeo mismo de la victoria reaparecía –aunque invisible a los ojos– la enfermedad supuestamente neutralizada.

El verdadero dilema es que aquella contraofensiva global estratégica había agotado todos los recursos. Para remitirse sólo a lo económico, la supuesta lozanía del sistema en los centros metropolitanos no era sino la expresión de un desplazamiento de riquezas de dimensiones jamás vistas, ni siquiera en el período del saqueo colonial. Todo el mundo, pero específicamente América Latina, fue escenario de esta tragedia vivida sin embargo como una comedia de enredos en la que descollaron personajes de opereta –como ciertos presidentes suramericanos– en medio de la alegría general, incluidos quienes ahora advierten, con razón, respecto de un “panorama aterrador”.

La crisis, en efecto, tiene su etiología. Por eso cuando ahora, con 74,5 millones de ciudadanos sin empleo, Estados Unidos pretende una nueva vuelta de tuerca sobre su patio trasero para anexarlo formalmente y cerrarle el paso a sus competidores de la Unión Europea, Japón y China, provoca una reacción inesperada, incluso para los propios protagonistas mayores de esta nueva y crucial fase de la historia.

 

El ALCA ya fracasó

No lo admiten ni quienes levantaron las barreras más elevadas, pero el ALCA, tal como lo pretende Estados Unidos, ya fracasó. En una reunión del Comité de Negociaciones Comerciales, llevada a cabo en Puebla, México, en abril pasado, quedó en evidencia que Estados Unidos no podría imponerse siquiera sobre sus socios más cercanos. Allí se conoció, incluso, un plan elaborado en Washington para descargar toda la responsabilidad del fracaso sobre Venezuela, acabar formalmente con el proyecto y lanzar la alternativa de acuerdos bilaterales. La magnitud del dilema derivó en una posición intermedia, de tono marcadamente indefinido: Estados Unidos consumó un acuerdo bilateral con Chile a comienzos de junio y a mediados del mes siguiente, en una reunión de presidentes de la Comunidad Andina de Naciones (CAN) en Medellín, dio luz verde a una reformulación del ALCA (o “alquita”, como la denominó el presidente venezolano Hugo Chávez). Antes de eso, la reunión de Bush con el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, pese al tratamiento almibarado de que fue objeto por parte de la prensa, mostró el escollo más inmediatamente visible: los subsidios internos estadounidenses a bienes agrícolas que Brasil pretende exportar al país del Norte. La causa, no obstante, tiene factores de mayor peso: “yo fui más restrictivo que Lula respecto del ALCA”(9), dice el ex presidente Fernando Henrique Cardoso, aprovechando una circunstancia coyuntural para golpear a su adversario pero revelando lo obvio: en Brasil, la oposición al ALCA es una política de Estado, dictada por intereses muy duramente contrapuestos a los que defiende la Casa Blanca.

Relegada la concreción del ALCA –tanto menos con el punto de inicio previsto para diciembre de 2005– el centro de la actividad del gobierno estadounidense está ahora en impedir que se consoliden los bloques existentes (Mercosur y CAN) y tiendan a converger. El presidente uruguayo Jorge Batlle tomó bajo su responsabilidad la tarea, cuando en el encuentro de presidentes del Mercosur realizado en Asunción en junio pasado lanzó una cruzada para impedir la incorporación de Venezuela a este bloque. Semanas después, arribó a Buenos Aires Luis Lauredo, un lobbysta cubano-estadounidense, a quien el diario La Nación trató como a un funcionario y le ofreció sus páginas para expresar con tono amenazante: “Estados Unidos no va a negociar con bloques, como el Mercosur o el Pacto Andino”(10). Su entrevistador saca conclusiones: “Tómalo o déjalo, quiso decir. En algunos círculos norteamericanos, de hecho campea la idea de que la campaña electoral de Lula, y antes los reparos de Fernando Henrique Cardoso mientras era presidente, han desvirtuado el esquema original del ALCA”(11). En efecto: el proyecto se ha desvirtuado al punto de que ya no es reconocible para sus gestores. Frente al hecho consumado, Bush no muestra una línea de acción coherente: fuentes de la Cancillería argentina confiaron a el Dipló que Lauredo, ex embajador en la Organización de Estados Americanos (OEA), de origen cubano –al igual que el actual embajador estadounidense en Buenos Aires y otros altos funcionarios de la administración Bush– no llegó a Buenos Aires como representante oficial ni ostentando cargo alguno, pese a lo cual no se privó de mostrarse amenazante frente al nuevo gobierno argentino, a la vez que transmitió al vicepresidente Daniel Scioli el beneplácito del gobernador de Florida Jeff Bush por haber propuesto a Miami como sede del ALCA.

Prueba no sólo de la magnitud del conflicto sino de los actores involucrados sería el anuncio del canciller argentino Rafael Bielsa, apenas horas después de los desplantes de Lauredo: “las negociaciones entre el Mercosur y la Unión Europea –incluyendo la firma de un tratado de libre comercio– pueden ser concluidas en el primer semestre del 2004”(12). Se explica la prisa de Bush por invitar a Kirchner a Washington cuando éste se encontraba en plena gira europea.

 

Desafío teórico y político

Este cuadro general determina la agresividad de la política exterior estadounidense, traducida en amenaza militar urbi et orbi, y su proyección ahora también como amenaza latente hacia América Latina. El Departamento de Estado sabe que en el terreno político el futuro inmediato sólo le depara mayores dificultades: en el próximo año y medio las elecciones en Uruguay, El Salvador, Guatemala y Panamá adelantan triunfos de fuerzas políticas que, más allá de toda diferencia, concurrirán al bloque objetivamente formado ya por Brasil y Venezuela y ante el cual parece inclinarse la política exterior argentina.

Ante la devastación económica y social resultante de los años ’90, la conformación de un bloque suramericano que encarase sin rodeos la resolución de los problemas crónicos de la región, hoy decuplicados todos y con amenaza de explosión en cadena, significaría un vuelco decisivo en las concepciones ideológicas y las conductas políticas predominantes en los últimos quince años, y a la vez daría lugar a un cambio en las relaciones de fuerzas a escala hemisférica. Uno y otro tendrían segura trascendencia global, en detrimento de Estados Unidos y, por lo mismo, a favor de un freno al belicismo y la prepotencia unilateral.

Como telón de fondo está la situación económica reseñada, pero el desafío histórico se sitúa en el terreno político. “Se está preparando una crisis de grandes dimensiones, cuya naturaleza se nos escapa. Todavía no sabemos cómo enfrentarla”, decía un eminente intelectual latinoamericano a comienzos de 2002(13). Y agregaba: “No conseguimos distinguir lo que se proyecta hacia delante y lo que va hacia atrás, como si el mundo estuviese siendo dirigido por fuerzas cuya comprensión se nos escapa”. Un año después ese futuro ya está aquí.

La perplejidad trasvasó del pensamiento teórico a la acción política. Pero también en el universo de las ideas el vacío es repelido por la naturaleza. Y a falta de un corpus teórico audible que diera respuesta a la encrucijada histórica, aquélla aparece hoy a lo largo de Suramérica de manera empírica, balbuciente pero a la vez potente, a través de fenómenos políticos sui generis, que con tono perentorio exigen el trazo firme de un proyecto abarcador. “Inventamos o erramos”, decía dos siglos atrás Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar, que había recorrido el mundo y asimilado toda la ciencia de su época para verterla en un proyecto político encarnado en su discípulo. Sabía por tanto que no hay invento sin apoyo en el sedimento dejado por la historia para el pensamiento y la acción. Sólo reclamaba que quienes sintieran el imperativo llamado de la realidad fueran capaces de dar el espacio que la creación requiere en todo gran proyecto histórico. La situación en la que la crisis coloca hoy al mundo hace impostergable “distinguir lo que se proyecta hacia delante de lo que va hacia atrás”.

  1. Véase Carlos Gabetta, “El Imperio y América Latina” y dossier “Vientos de cambio en América del Sur”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, septiembre y noviembre de 2002 respectivamente.
  2. “Breaking the deflationary spell”, The Economist, Londres, 28-6-03.
  3. J. Bradford Delong, “¿Sigue EEUU en recesión?”, El País, Buenos Aires, 4-5-03.
  4. Robert Reich, “The Economy is on the move… Downward”, Los Angeles Times, 1-5-03, reproducido en Clarín, 9-5-03 con el título “Bush no sabe cómo reactivar la economía”. El impactante dato sobre el desempleo aparece al contar empleados y reconocidos como buscando empleo (66,2%) en relación con el total de la población económicamente activa. Véase también la página web del autor (www.robertreich.org).
  5. “The euro, trade and growth”, The Economist, Londres, 12-7-03; y Carlos Gabetta, “Cambiar en democracia”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, junio de 2003.
  6. “Seeking the right medicine”, The Economist, Londres, 21-6-03.
  7. Paul Krugman, “Is the world stumbling into an economic quagmire?”, International Herald Tribune, París, 27-6-03.
  8. Luis Bilbao, “El mundo después de la guerra del Golfo y sin la URSS”, Crítica de Nuestro Tiempo, Buenos Aires, octubre de 1991.
  9. “La sorpresa por el cambio de Lula”, La Nación, Buenos Aires, 10-7-03.
  10. Jorge Elías, “Preocupa a EE.UU la posición sobre el ALCA”, La Nación, Buenos Aires, 15-7-03.
  11. Ibid.
  12. “Hacia el acuerdo con la Unión Europea”, Clarín, Buenos Aires, 20-7-03.
  13. Celso Furtado, En busca de un nuevo modelo, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, abril de 2003.

Lula, Fidel y Chávez

PorLBenAXXI

 

Buenos Aires fue durante dos días de vértigo espejo reductor de la nueva realidad latinoamericana. El 25 de mayo, aniversario de la Revolución de 1810, el Palacio del Congreso donde Néstor Kirchner debía jurar su cargo como presidente crujió hasta los cimientos cuando ingresaron Luiz Inácio da Silva, Hugo Chávez y Fidel Castro. Ocurrió literalmente: tal fue el estrépito de aplausos y vítores en el que se aunaron visitantes apretujados en los palcos y legisladores de todas la bancadas. Pero también en un sentido figurado: ¿qué se estaba saludando con tamaño énfasis en el mismo ámbito donde se sancionó paso a paso el camino por el cual Argentina cayó al abismo?
Es por demás fácil la argumentación que atribuye tal euforia a la frivolidad. Así como la hipocresía es el tributo que el vicio paga a la virtud, la inconsecuencia, la pusilanimidad, la falta de luces y coraje, se inclinan cuando resulta vencedor aquello a lo que se ha renunciado o incluso combatido.
Ocurre sobre todo en días de fiesta. Pero ocurre. Y en este caso tiene una significación trascendental: es tal la fuerza subterránea encarnada en los presidentes de Brasil, Cuba y Venezuela, tan evidente y poderoso el vuelco de la masa social hacia esas figuras representativas de lo otro, lo alternativo a la realidad circundante, que se produce un fenómeno de atracción difícil de vencer. Sin contar que, incluso por mero reflejo de supervivencia electoral, los parlamentarios argentinos debían celebrar con euforia estas presencias.
En otras palabras: se ovacionó a los vencedores.
Hay que sacar todas las consecuencias de este hecho. Y así lo hizo el Departamento de Estado estadounidense, cuyo representante sencillamente no existió en esta ceremonia. El contraste no podría ser más elocuente. Sobre todo si se tiene en cuenta que Washington envió un desconocido precisamente para que pasara inadvertido, por temor a la reacción que generaría cualquier representante reconocible de Estados Unidos.
Es el vuelco durante los cuatro últimos años en las relaciones de fuerza en América Latina lo que plasma en este episodio; el hecho -repetido en estas páginas- de que Washington ha perdido la iniciativa política.
No es por acaso que el Secretario de Estado Colin Powell viajara a Santiago de Chile dos semanas después para exponer, ante la plenaria de la Organización de Estados Americanos (OEA), el objetivo central visible de su gobierno en relación con América Latina: “acelerar la inevitable transición democrática en Cuba”. Esto significa, claro, derrocar a Fidel Castro. Para lo cual hace falta invadir la isla.
Obediente, el diario La Nación de Argentina publicó en primera plana al día siguiente el resumen político de la voluntad de Powell, en un artículo referido a la reunión de la OEA y la coyuntura latinoamericana, titulado “Estabilidad en riesgo”. Se trata del mismo diario que, al resultar presidente Néstor Kirchner tras la renuncia de su contendor a la segunda ronda electoral, publicó también en primera plana un pliego de condiciones -todas al gusto de Washington- y la insólita amenaza de que el nuevo mandatario sería “presidente por un año”. En Argentina -como ya se ha visto en Venezuela- ante la demolición de los partidos responsables del desastre nacional y la imposibilidad de apoyarse en las fuerzas armadas, son los medios de prensa quienes asumen la tarea golpista.

 

¿Qué estabilidad está
en riesgo?

Dice bien La Nación, aunque peca por omisión y timidez. La estabilidad que le preocupa es la del orden que usufructúa, la de una oligarquía depredadora asociada con amos inapelables. En rigor, el colapso de lo que se ha dado en llamar “neoliberalismo” la ha sepultado. Y ahora hasta socios de alto rango en aquella empresa de expoliación deben desplazarse, hacia inestables y riesgosos equilibrios, para impedir que la losa los ahogue. Pero el diario tradicional se refiere a otra cosa. Habla de la estabilidad institucional. Prolonga la voluntad de la Casa Blanca, que envía a Powell a explicitar la intención de invadir Cuba mientras en Montevideo programa una reestructuración de fuerzas militares y en Cuzco (todo ocurrió en 20 días) utiliza la reunión del Grupo Río para impulsar una operación militar conjunta para intervenir en Colombia y apuntar a Venezuela. Y advierte que todo eso no puede llevarse a cabo manteniendo, siquiera como hipócritas fachadas, mecanismos constitucionales donde haya espacio para derechos civiles y garantías democráticas.
La prensa dictada desde Washington ya levanta de manera sistemática esta línea de acción. Y coincide incluso en una táctica ridícula por obvia, aunque con buenos resultados en ciertos ámbitos: separar a Lula de este bloque que ha roto definitivamente la estabilidad -el rigor mortis- del saqueo permanente. Mientras pone a sus columnistas a ensalzar a Lula por su supuesta capacidad para adecuarse a las exigencias de los centros imperiales, afila el arma con el cual, más temprano que tarde, tratará de decapitarlo: ahora resulta que en Río de Janeiro el narcotráfico es narcoguerrilla. Ya los medios tomaron la línea y difunden el original descubrimiento geopolítico: Río de Janeiro es Colombia. Y Colombia es “la guerra que viene”.

Decisivo impulso a la integración regional

porLBenLMD

 

Al cabo de la exitosa rueda de negocios argentino-venezolana realizada en la isla Margarita, Venezuela, la integración suramericana dio un histórico paso adelante. Acuerdos empresarios por 80,4 millones de dólares y bases para proyectos mucho más ambiciosos en el futuro. Entrevistas exclusivas a los ministros de Energía y Minas de Venezuela, Rafael Ramírez, y de Planificación de Argentina, Julio de Vido.

 

La perspectiva de convergencia suramericana dio pruebas de vida real en el último mes. Ampliado el Mercosur en la cumbre de Puerto Iguazú(1); planteada días después en Quito la articulación efectiva del Mercado Común del Sur con la Comunidad Andina de Naciones (CAN), lo que nunca fue poco más que vana retórica se hizo tangible en la macro-rueda de negocios entre Argentina y Venezuela, realizada en la isla Margarita del 21 al 23 de julio pasado.

Hay un dato mayor en esa reunión inicialmente programada como encuentro empresario: el presidente Néstor Kirchner estuvo allí. Su presencia, inesperada, marca la diferencia entre una suma de exitosas operaciones comerciales y el trazado -si no la definición- de una línea estratégica para la política exterior argentina en un momento turbulento para el hemisferio y el mundo.

Esa diferencia se hizo visible cuando Kirchner y Hugo Chávez viajaron desde Margarita a la refinería de Pdvsa (Petróleos de Venezuela Sociedad Anónima) en Guaraguao, para afirmar la base conceptual y los acuerdos para la fundación de Petrosur. Allí, ante miles de obreros petroleros, Chávez y Kirchner ratificaron una política de complementación, cooperación y hermandad en el marco de «el nuevo Mercosur», como lo calificó el mandatario venezolano. Frente a un paisaje de estremecedora belleza y mientras un conjunto de buques petroleros sonaban sirenas que hacían vibrar el aire y cargaban la atmósfera con una rara sensación épica, Chávez señaló hacia el mar azul a pocos metros y explicó que el Mercosur «ahora se extiende por estas aguas hasta allá, hasta las costas de Puerto Rico», en alusión a la frontera implícita para todos los presentes: Estados Unidos. Kirchner cerró el acto agradeciendo al pueblo y el gobierno venezolanos por el envío de combustible en una circunstancia crítica para Argentina y ratificó su voluntad de fortalecer las relaciones entre ambos países.

 

Acuerdos palpables

Los dos mandatarios clausuraron la rueda de negocios con la firma de un paquete de acuerdos. El encuentro interempresario fue exitoso más allá de lo esperado: el ministro de Producción y Comercio de Venezuela, Willmar Castro Soteldo, informó que participaron 145 empresas argentinas y 355 venezolanas y se concretaron 157 negocios por un monto de 80,4 millones de dólares. El presidente del Bancoex de Venezuela, Víctor Álvarez, anunció a su turno la firma de una línea de crédito entre la entidad que dirige y el Banco de Integración y Comercio Exterior (BICE) y el Credicoop de Argentina, dirigida fundamentalmente a las microempresas, pequeñas empresas y cooperativas, e informó acerca de un memorando de entendimiento entre PDV Marina Venezuela y la Unión Transitoria de Empresas (UTE); otro entre la Compañía Diques y Astilleros Nacionales (Dianca) y los Astilleros Río Santiago de Argentina, además de una carta de intención entre los gobiernos del estado Nueva Esparta y los astilleros de Río Santiago, con el objetivo de construir un ferry para isla Margarita. Álvarez anunció asimismo la creación del Fondo Latinoamericano de Garantías Recíprocas para avalar a pymes cuando soliciten créditos y la introducción en Venezuela de tarjetas de crédito y débito especialmente diseñadas para las cooperativas.

De mayor envergadura aun es el acuerdo binacional para crear un Banco Sudamericano de Desarrollo Social (Bandesur), complementado por un Foro de Integración Venezolano Argentino (FIVA), y por un Memorando de Entendimiento en materia de cooperación financiera entre Venezuela y Argentina. Otra carta de intención apunta a medios de comunicación conjuntos, a partir de los canales y las agencias informativas estatales de ambos países.

 

Energía, eje de la convergencia

El ministro de Energía y Minas de Venezuela, Rafael Ramírez, expuso ante este enviado su evaluación de los acuerdos con Argentina, como parte de un fenómeno que alcanza a toda la región: «En más y más países hay un claro proceso de participación popular, de movilización; y eso va a tener su reflejo tanto en los nuevos gobiernos como en los pasos que estamos dando en la integración». Ramírez enlaza economía y política y subraya que «lo que estamos haciendo ahora con Petrosur, Petroamérica, Petrocaribe, no hubiese sido posible mientras estuviera al frente de la estructura petrolera la elite tecnocrática identificada con las propuestas neoliberales, que avanzaba hacia la privatización de la empresa. La nueva Pdvsa, además de reportar al fisco todo lo que corresponde, establece una nueva relación ética con nuestro pueblo y con los demás países de América Latina. Cuando Chávez asume el poder y replantea el papel de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), comienza una puja entre el nuevo Estado venezolano, la nueva Constitución, nuestro pueblo, los sectores más progresistas de un lado, y del otro los sectores internos tanto del país como de nuestra propia empresa petrolera, aliados con los intereses de las transnacionales. La vieja Pdvsa fue un elemento fundamental en el golpe de Estado de 2002. Esa pugna se resolvió con el desenlace del sabotaje petrolero(2). Sin aquella victoria que permitió la recuperación de Pdvsa no hubiera sido posible jamás desarrollar Petrosur». Ramírez sostiene que no había posibilidad alguna de convivencia entre ambas visiones respecto del papel de la empresa petrolera en relación con la sociedad venezolana y la política internacional del país. Ahora, continúa Ramírez, Pdvsa cumple una función social: «estamos aportando 800 millones de dólares para viviendas, 600 millones para la siembra (ayuda a los campesinos que recibieron más de 2 millones de hectáreas mediante la ley de tierras), 600 millones de dólares para los programas sociales conocidos como «Misiones» (que pudimos poner en marcha, hay que decirlo, con la invalorable ayuda de Cuba). Además de eso, la nueva Pdvsa ha constituido un Fondo para proyectos de inversión de más de 2.000 millones de dólares».

Ramírez no deja de insistir en que el gobierno de Chávez «pone por delante los acuerdos políticos» y ve con optimismo las perspectivas de Petrosur: «Argentina ha dado un paso muy importante al crear Enarsa. Firmamos un acuerdo integral de cooperación y tan pronto como Enarsa sea aprobada por el Congreso y tenga una figura jurídica con la cual actuar, el presidente Chávez ha dicho que vamos a acompañar ese proyecto. Nosotros creemos que el Estado debe controlar sus recursos fundamentales para ponerlos al servicio de su pueblo».

Ramírez no pierde de vista las dificultades: «Una idea tan ambiciosa como ésta, sobre todo con las disparidades de desarrollo entre nuestros países, va a requerir un tratamiento diferenciado. El Caribe, Argentina, Brasil, Bolivia, son casos diferentes, pero con todos estamos firmando acuerdos para ir conformando, poco a poco, paso a paso, la idea de Petroamérica». Y concluye el ministro: «A través de instrumentos energéticos estamos creando una cantidad de nexos de complementariedad y cooperación en otras áreas de la economía. Diferenciamos nuestra propuesta de integración del ALCA estadounidense. Por ejemplo: en Argentina existe una tremenda capacidad técnica instalada para el área de astilleros, construcciones navales; nosotros tenemos aquí la materia prima para hacer esos barcos: acero naval, aluminio, y la necesidad de construir una propia flota que puede incluso servir a los dos países. Pues bien, estamos firmando acuerdos con parámetros de cooperación, donde no competimos para obtener el máximo provecho comercial de Argentina y eso signifique que quebremos compañías, o compremos compañías quebradas, como ocurre en los términos del ALCA. Con nuestras necesidades, reactivar el empleo en los astilleros argentinos, pero a la vez que los insumos salgan de nuestras industrias básicas. Otro ejemplo: Argentina tiene una gran capacidad en tecnología nuclear para la medicina; nosotros tenemos grandes requerimientos aquí en ese área. A través del fideicomiso se hará una compensación en los pagos por el petróleo que estamos enviando. Pronto tendremos en Buenos Aires nuestra propia oficina de Pdvsa, esperando el nacimiento jurídico y formal de Enarsa para comenzar a hacer las alianzas que generen el marco de actividades petroquímicas».

 

«Petrosur existe»

No menos optimista y resuelta es la óptica desde el lado argentino. El ministro de Planificación, Julio De Vido, resumió para el Dipló, en su despacho frente a la Casa Rosada, sus conclusiones de las jornadas en Margarita: «El balance es doblemente trascendente. Primero, porque hubo una gran participación de pymes. Los negocios por 80,4 millones de dólares refieren sobre todo a carnes, vinos, frutas, jugos, textiles, calzado, etc. Son en su mayoría empresas de menor escala, para las cuales una transacción de 200.000 dólares es importantísima. Y por otro lado vemos que el producto de la venta de fuel oil a Argentina, que exigió un egreso de 240 millones de dólares, fue en definitiva utilizado para comprar productos argentinos. El fisco erogó -y el sector industrial, por aumento de precios- pero ese dinero tuvo un retorno a Argentina en trabajo, producción y desarrollo industrial. Esos son los dos principales éxitos de lo ocurrido en Margarita».

Para el ministro argentino es seguro que el intercambio «llegará a mil millones anuales. Hay 52 millones de dólares en equipo de radiología, hay dos obras importantes como la carretera en Táchira y una represa en Macagua (otros 200 millones de dólares), con lo cual prácticamente quedaría consumido el fondo fiduciario de este año y el del año próximo». En su opinión éste es «un primer paso» y no se limita a Venezuela: «Estamos planificando una nueva rueda con Venezuela para noviembre en Argentina y vamos a ver si para mediados de octubre hacemos otra con Bolivia (es una primicia: le estamos haciendo la propuesta al embajador) sobre la base de las importaciones de gas. Llevaríamos equipos de GNC para vehículos, productos alimenticios, maderas, etc. Buscamos que insumos que vienen a Argentina como resultado de una crisis de crecimiento favorezcan a los empresarios argentinos y también a los pueblos venezolano y boliviano, que van a recibir nuestros productos a mejores precios».

El impulso de Puerto Iguazú y Margarita ha echado a andar un plan ambicioso: «Antes de la ronda que programamos con Bolivia vamos a tratar de reunirnos en Caracas los ministros de Energía de Brasil, Bolivia, Venezuela y Argentina. Estamos programando esa reunión con Rafael Ramírez y Alí Rodríguez (el presidente de Pdvsa). Pretendemos que estén también los presidentes de las empresas: YPFB, Petrobras, Pdvsa y Enarsa». De Vido también asegura que Petrosur es un hecho: «Tengo una gran expectativa. Hasta ahora la relación funcionó maravillosamente bien. Tenemos comunidad de objetivos: el desarrollo energético de ambos pueblos. Enarsa es hoy sólo una semillita; Argentina produce hoy 700 mil barriles diarios y Venezuela 3 millones. Pero creemos que el desarrollo energético no tiene que ser un fin en sí mismo, sino una herramienta para el desarrollo industrial, que es lo que potencia el desarrollo social, económico, educativo de los pueblos. Petrosur ya existe. Nuestra tarea es tomar ese punto de partida y trabajar», concluye De Vido.

Esta certidumbre es compartida sin reservas por Kirchner. De regreso al país, a bordo del Tango 01, el mandatario mantuvo una charla distendida con los periodistas. En el intercambio aludió con un dejo de envidia al significado político que tiene para Venezuela el hecho de contar con los recursos de Pdvsa. Pero enfatizó el cambio que significará para Argentina la existencia de Enarsa, obrando como empresa testigo y recuperando una parte de la renta petrolera, además de ocupar un lugar, a través de Petrosur, en la OPEP. Un alto funcionario se entusiasmó además con el papel que Argentina podría jugar para moderar la política de Chávez en el complejo panorama político venezolano.

 

El pasado, presente

Puede haber sido casual el motivo que demoró la partida del Tango 01 en la mañana del jueves 22. El Presidente constató desde el helicóptero en el que se dirigía a Aeroparque que el dispositivo policial dispuesto ante una manifestación opositora programada para esa tarde no cumplía con la orden por él impartida de excluir las armas de fuego. Allí decidió destituir al jefe de la Policía Federal y desatar una crisis que culminaría 48 horas después con la primera renuncia en su gabinete. No es casual, sin embargo, que el viaje de Kirchner a Venezuela tensara la pugna entre dos líneas de acción opuestas por el vértice en el seno de las clases gobernantes y acelerara para unos la necesidad de minar la base de sustentación del Presidente (un episodio sangriento sería decisivo) y para otros la de defenderse. En todo caso, la simultaneidad de los acontecimientos es tanto más elocuente a la luz de los resultados de este nuevo encuentro entre el mandatario argentino y su par venezolano.

La historia suramericana y en especial la argentina ofrece innumerables ejemplos de ambiciosos objetivos frustrados a poco de ponerse en marcha. La escala que el Presidente hizo en Tarija para dar un espaldarazo al mandatario boliviano Carlos Mesa trajo a la memoria de este corresponsal uno de ellos. Mientras ambos jefes de Estado firmaban sendos acuerdos de exportación de gas y emprendimientos conjuntos («se reactivó una vieja modalidad de venta a través del gasoducto Pocitos-Campo Durán, y viene el otro gasoducto grande, en el NEA, sobre el que estamos trabajando duramente para que esté listo en el invierno de 2006», explicó De Vido), ante una muchedumbre que agitaba banderitas bolivianas y argentinas, imposible no recordar la batalla de Suipacha, ganada por las fuerzas patriotas de Tarija y Salta en dirección al corazón del poder colonial en el Alto Perú. Allí estaban Castelli y Güemes, entre tantos otros comprometidos con la Revolución nacida en el Río de la Plata seis meses antes. Pero Buenos Aires ordenó que no se avanzara. Y disolvió la formación militar vencedora, prólogo de la arrolladora contraofensiva realista y la clausura del proyecto de llegar al Alto Perú.

  1. «La unidad suramericana no es una quimera», Informe Dipló, www.eldiplo.org, Buenos Aires, julio de 2004.
  2. Chávez, después del golpe y el sabotaje petrolero; Conversaciones con Luis Bilbao, Ediciones Le?Monde diplomatique, Buenos Aires, marzo de 2003.

Causas de la invasión a Irak

PorLBenAXXI

 

En Irak caen las bombas sobre ciudades, poblados y sembradíos, mientras tropas terrestres con equipamiento propio de una novela de ficción inician la verdadera guerra y avanzan hacia Bagdad a un costo de miles, decenas de miles, de vidas humanas y daños al ecosistema de incalculable proyección: Washington vuelve a emplear, esta vez a escala masiva, uranio empobrecido en sus armas. En Ginebra, el gobierno de Estados Unidos Unidos acusa al de Cuba de violar los derechos humanos en la isla. La acusación no incluye condena por el campo de concentración en Guantánamo, territorio cubano ocupado desde hace un siglo, donde el presidente George W. Bush envió los prisioneros resultantes de su reciente invasión a Afganistán.
Hay mucho más de lo puede verse a primera vista en este aparente absurdo. La tentación es atribuirlo a las características intelectuales y morales del presidente estadounidense, quien lee un discurso diario anunciando a los iraquíes que el momento de la libertad, la democracia y el bienestar se aproxima al compás de sus tropas. Por facilismo, interés y necesidad combinados, la prensa en general apela a ese recurso. Pero el hecho de que Estados Unidos no pueda sostener razonablemente la idea de libertad, democracia y mejoramiento económico no tiene punto de contacto alguno con el Sr. Bush y su familia, incluidas sus propiedades petrolíferas.
Para decirlo de otro modo: Estados Unidos ha perdido la bandera de la democracia, la libertad, el desarrollo. La misma engañosa bandera con la que pudo conquistar una hegemonía ideológica planetaria tan rotunda como fugaz, a fines de los años 1980. Mucho trabajo será necesario para desmenuzar y proyectar esta ruptura histórica de alcance estratégico.
Irak, el espanto de la destrucción sanguinaria, es hoy el espejo de esta fractura. Aunque bien valdría recordar que la reaparición sin máscaras de Estados Unidos como avanzada de las fuerzas más retrógradas quedó a las claras el 11 de abril de 2002, cuando Washington reconoció al aspirante a dictador en Venezuela y quedó a la luz el papel del Departamento de Estado estadounidense en el diseño, preparación y realización del golpe. En aquel momento Washington sufrió una derrota estratégica sin la cual no se entiende cabalmente su situación actual.
El hecho es que tras esta conducta antidemocrática y belicista no se halla la voluntad de uno o un puñado de individuos, sino el imperativo inapelable de una necesidad económica. La brutalidad desmesurada de los gobernantes estadounidenses no se explica por sus rasgos individuales, sino a la inversa: el Sr. Bush o su asesora Condoleeza Rice se explican por la necesidad de recurrir a la violencia extrema como ultima ratio. En otras palabras: es la crisis la que produce un Bush, y no un Bush quien produce la crisis.

 

Consecuencias

¿Pero en qué consiste la crisis? Tras la complejidad del entramado económico mundial, la respuesta es sencilla: el mecanismo productivo -el sistema capitalista- produce más de lo que puede vender. Hay de todo (no importa si se habla de heladeras, aviones o bicicletas), en cantidades superiores a lo que es posible colocar en el mercado. Y como en este mecanismo el motor es el lucro, el problema es grave: para vender hay que bajar el precio, con lo cual cae la tasa de ganancia, razón de ser de todo el conjunto. El otro efecto, inseparable, es la agudización de la competencia entre los productores para conquistar mercados.
Reténgase por un instante esta afirmación, constatable a simple vista: el problema del mundo es que hay muchos bienes disponibles… y quienes los necesitan no los pueden comprar. Y a cada instante hay más productos o capacidad para crearlos, y menos personas en condiciones de adquirirlos.
La irracionalidad, el absurdo inabarcable del hecho de que haya excedentes inutilizables de trigo o computadoras cuando el hambre y el analfabetismo crecen en flecha en todo el mundo, aparece bajo la forma de argumentación irracional y cinismo desmesurado en los gobernantes.
Ahora bien, desde el punto de vista de los grandes productores de mercancías bajo estas reglas (Estados Unidos, la Unión Europea y Japón) la resolución del problema requiere bajar los costos (básicamente el precio de la mano de obra, de las materias primas y el transporte) y desplazar a los competidores de los mercados.
He allí las causas de la invasión a Irak, que en realidad es el intento de ocupar la totalidad de la región arábigo-persa. Allí están las causas de la confrontación entre Estados Unidos y la Unión Europea, lo cual plantea riesgos de extensión incontenible de las operaciones bélicas hacia los cuatro puntos cardinales. La confrontación no es de Bush con Saddam Hussein, sino de Estados Unidos con la Unión Europea. Y el choque, imprevisto para el común de los analistas, produjo una fragmentación múltiple: la Unión Europea está a su vez dividida y la fractura se ahonda incluso en la cúspide de las clases dominantes estadounidenses. Una institución clave desde 1945, las Naciones Unidas, ha estallado.
Como contrapartida, una fuerza social multitudinaria sin precedentes se ha levantado contra la guerra en todo el mundo. Jamás se ha visto una oposición a la política estadounidense de tal magnitud y extensión. Esa fuerza poderosísima es un actor nuevo y potencialmente decisivo para el curso de esta tragedia. Entender y explicar las causas que la producen es el punto de partida para que esa voluntad de cientos de millones no sea manipulada.
Asumir que las banderas de la democracia, la paz, la superación de la miseria que azota al planeta, ya no están ni estarán nunca más en manos del imperialismo estadounidense -factor de opresión, explotación, saqueo y degradación en todos los órdenes- invita a sacar conclusiones cargadas de optimismo y responsabilidad.

La alternativa política que no fue

porLBenLMD

 

En las elecciones del próximo 27 de abril los candidatos con mayores posibilidades encarnan la estructura tradicional del poder rechazada por la ciudadanía en diciembre de 2001. Los mismos que expusieron su impotencia y sus pústulas desde el retorno de la legalidad constitucional, en 1983. Los mismos individuos y aparatos sometidos a -o prefabricados por- centros de poder económico extranjeros y locales compelidos a succionar hasta la última gota las riquezas del país. Parafraseando una expresión que cobró notoriedad: se quedan todos. Por ahora.

 

¿Cómo pudo ocurrir? A lo largo de 2002 la energía social detonada en las jornadas del 19 y el 20 de diciembre de 2001, prolongadas luego en el vigoroso fenómeno de las asambleas barriales y el estado de conmoción popular, se desvaneció sin dejar saldo en términos políticos: la ciudadanía tiene varias opciones alternativas ante las urnas, pero ninguna logró unificar el repudio a las dirigencias tradicionales, ni mucho menos alcanzar una clara definición programática, capaz de suscitar apoyo social mayoritario.

Nada se pierde, asegura con rigor científico la primera ley de la termodinámica. Pero ¿dónde está, en qué se ha transmutado aquella formidable potencia contestataria? El punto de partida es un derrumbe total de los dos partidos, peronista y radical, que dominaron el escenario político argentino durante el siglo XX. No quedó de ellos nada semejante a sí mismos, uno por fragmentación y el otro por cuasi extinción. Y el saldo es la crisis política más grave en la historia argentina: por primera vez desde la organización nacional, las clases dominantes carecen de estructuras políticas –y en general de todas las instituciones que articulan el Estado– para ejercer de manera durable el poder, sea por medios pacíficos o violentos.

No obstante, un candidato de aquellos partidos repudiados por la ciudadanía será casi con certeza Presidente a partir del 25 de mayo. ¿Por qué no plasmó una opción distinta? Acaso las condiciones, pese al rechazo masivo, no facilitaban el camino: los movimientos obrero y estudiantil, protagonistas fundamentales de todas las grandes batallas políticas del siglo XX, se mantuvieron ausentes durante la década de 1990 y no se sumaron como tales a la erupción de diciembre de 2001. No es fácil edificar una fuerza política de envergadura social sobre la base de sectores de clase media, desocupados y empleados del Estado, los únicos movilizados.

En todo caso, hubo numerosos intentos desde la izquierda del espectro político. “Izquierda” es un concepto ambiguo, equívoco, como su origen histórico sugiere: el conjunto diverso de diputados que se ubicaban en ese flanco del recinto en la Asamblea Nacional en los primeros tiempos de la Revolución Francesa de 1789. Entendido hoy con la misma amplitud, ese arco iris ideológico y político argentino realizó –en conjunto y cada segmento por su lado– sucesivos movimientos tendientes a crear la “alternativa”.

El inédito vacío político y los bruscos cambios en la percepción y el ánimo de grandes sectores sociales inducían a creer que una gran mudanza estaba a la orden del día. Probablemente no hay otro ejemplo en el mundo –con excepción, en condiciones muy diferentes, del caso de Albania una década atrás– donde pudieran verse manifestaciones multitudinarias de iracundos ciudadanos gritando contra bancos y banqueros y esgrimiendo martillos, palos y ollas para golpear los majestuosos portales de los templos del dinero, desde entonces vallados y recubiertos con planchas de acero. Tampoco hay paralelos en la conjunción de dos sectores sociales refractarios: desocupados y clases medias se encontraron en las calles y enfilaron sus estentóreos reclamos contra el gobierno, el Fondo Monetario Internacional, los banqueros y “los políticos”.

Durante el primer tramo del gobierno de Eduardo Duhalde el ministro de Economía Jorge Remes Lenicov aportó leña para el fuego social. Su tarea fue sincerar el dato más brutal del desfasaje económico acumulado durante una década: la distancia entre la realidad y el peso convertible uno a uno con el dólar. Como era previsible, el costo del desmesurado ajuste se descargó sobre el conjunto de las capas medias, profesionales y asalariados, con la consecuente exacerbación de la virulencia opositora(1). El clima fue confundido con una “situación pre-revolucionaria” por organizaciones que, en lugar de buscar puntos en común de la creciente mayoría que comenzaba a salir del letargo, centraron su objetivo en ocupar puestos de comando en las asambleas populares. Lo lograron como el general Pirro: para vencer la batalla imaginada como prólogo del asalto final, contribuyeron a destruir el ejército que aspiraban a conducir. Un caso análogo ocurrió con los desocupados: prácticamente cada partido creó su propia estructura en ese ámbito y el movimiento social ingresó en un período de fragmentación que aún no ha terminado.

Esa dinámica se aceleró con el nuevo ministro de Economía, Roberto Lavagna, quien instrumentó planes de ayuda social en masa y paliativos para la retención de los depósitos bancarios, mientras aprovechaba políticamente la imposibilidad de pagar todo lo requerido por vencimientos de la deuda externa. El gobierno comenzaba a afirmar los pies sobre la tierra. Dividido y en parte cooptado el movimiento de desocupados, notoriamente menguada la masividad y el activismo de las asambleas, diluída casi la protesta de las clases medias, se esfumaba la posibilidad de hallar un punto de unión a gran escala sobre la base de las propias instancias gestadas por la ciudadanía ante la crisis.

Ya en otro clima social, todavía en tensión pero progresivamente desmovilizado, el vacío político indujo otro intento, plasmado en una foto que recorrió el país: el gobernador peronista de Santa Cruz Néstor Kirchner, la diputada ex radical Elisa Carrió y el jefe de gobierno porteño, Aníbal Ibarra, un ex de la franja de izquierda del gobierno de Fernando de la Rúa. El ala más moderada del flanco político izquierdo parecía dar la palada simbólica en los cimientos de un nuevo edificio. Aparte el registro gráfico, en unos días no quedó nada de aquello. No hay documentos, debates públicos, confrotación de programas, que permitan ir más allá de la conjetura para explicar el nulo resultado de aquella aproximación.

Meses después, en el cuadrante opositor al gobierno peronista la aguja giró hacia la izquierda con otra fotografía: Carrió ahora aparecía junto al titular de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA), Víctor De Gennaro, y al diputado Luis Zamora, líder de Autodeterminación y Libertad. “Que se vayan todos”, fue la consigna común, retomada del movimiento espontáneo de meses atrás. Duró más que el amago anterior; pero no demasiado. Apenas semanas más tarde las tres vertientes no sólo volvían a cauces individuales, sino que arreciaban en denuncias mutuas. Peor aún, en cada una de las partes se producirían fracturas: Carrió rompería con la que fuera base conceptual y política de su fracción, el Partido Socialista liderado por Alfredo Bravo; Zamora se enfrentaría en durísimos y poco políticos términos con el otro diputado –el único– de su equipo, José Roselli, lo que daría lugar al desencanto y la disgregación en las filas de su incipiente organización; De Gennaro comprobaría que su paso hacia una instancia política ahondaba las grietas en la CTA.

Con todo, una nueva instancia alentó expectativas en cuadros y activistas ansiosos por vislumbrar una salida: el IV Congreso de la CTA, del cual se esperaba la concreción de un “movimiento político-social”, la unificación de contingentes diversos en una herramienta política común(2). Alrededor de diez mil delegados y activistas invitados se dieron cita en diciembre pasado en Mar del Plata, donde el propósito fue formal y ruidosamente proclamado. Pero tras el impulso inicial, el movimiento se detuvo. Y como un río al que se le levanta un dique, derivó por multiplicados cauces de escaso caudal que, en lugar de afirmar un punto de unidad social y política para la mayoría de la sociedad que reclama un cambio, contribuye a aumentar la fragmentación, la confusión y el desánimo.

 

Frente a frente

Para ese entonces ya el gobierno había alcanzado éxitos impensables meses antes. El más importante –el más inverosímil– fue crear la impresión en el conjunto social, atravesando clases y sectores, de que Argentina había salido del tirabuzón que la arrastra al abismo. La negociación por los pagos de la deuda externa fue presentada como resistencia ejemplar a las exigencias del FMI; el impacto de la devaluación sobre las exportaciones y el fin de la invasión importadora se mostró como política de reactivación y crecimiento; la distribución de subsidios fue exaltada como solución a la pobreza…

Una ilusión de los sentidos explicable sólo por la ausencia de pensamiento crítico encarnado en dirigentes con autoridad ante la sociedad y por el papel de medios de comunicación en general complacientes, sin contraparte a escala masiva. El hecho es que se creó una suerte de realidad virtual, tan carente de sustento objetivo como obligadamente transitoria, pero no por ello menos eficiente en la coyuntura: pese a la drástica traslación de ingresos en perjuicio de asalariados, desocupados y demás sectores de ingresos fijos, pese a la permanencia de todos los factores por los cuales Argentina cayó, el gobierno logró desactivar la protesta social mientras la oposición se fragmentaba y, aunque en el límite de la fragilidad y el desprestigio, articular una oferta electoral apuntada a legitimar una administración que afronte la ineludible reaparición de la crisis económica y social.

Esa misma irrealidad, en su expresión invertida, afectó al segmento más radicalizado de las izquierdas. Al parecer sin percibir la parálisis que del proletariado industrial se extendía a los propios sectores medios y marginalizados, se puso fecha fija a “otro argentinazo”: el aniversario de las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001. Allí sí, se irían todos ¡incluso el gobierno transitorio! Inútil describir lo ocurrido. El “argentinazo” fue una marcha multitudinaria, quizá la más importante del período(3), pero en términos políticos fue otra muestra de fragmentación, debilidad, sectarismo, desarraigo social y ausencia de brújula. En cualquier caso, y una vez más, nada efectivo salió de esa convocatoria.

A partir de allí quedaba consumado el hecho decisivo del año: los responsables directos del desastre nacional habían retomado la iniciativa política. Sólo les restaba consolidar la división de los trabajadores, las clases medias y todos los sectores golpeados por la crisis. En este punto hubo otro intento unitario: el de Izquierda Unida con otros agrupamientos de mayor radicalidad verbal, en particular el Partido Obrero. Pero aquí no se trataba de un plan para ocupar el lugar vacante en la sociedad ni de acordar una propuesta para el conjunto social dispuesto al cambio, sino de una operación apuntada a los comicios ya instalados en el escenario más propicio para el establishment. El resultado era previsible: la discusión por candidaturas impidió la concreción de esta módica convergencia.

 

El revés de la trama

El hundimiento de los partidos tradicionales no es un fenómeno exclusivamente argentino. Brasil vio en 1989 la emergencia de dos fuerzas nuevas que ocuparon todo el espacio: una, creada a última hora por quienes avizoraban la debacle, llevó a la presidencia a Fernando Collor de Mello; la otra, derrotada con malas artes en la segunda vuelta, se afirmaría como oposición y trece años más tarde conquistaría el gobierno: el Partido de los Trabajadores (PT)(4). Pese a su derrota, la existencia del PT produjo la caída del corrupto gobierno de Collor de Mello y garantizó la afirmación del régimen constitucional. En Venezuela, también en 1989, el “Caracazo” trazó el límite definitivo para los partidos que se habían alternado en el poder durante casi medio siglo como directa prolongación de las fuerzas conservadoras tradicionales: el socialdemócrata Acción Democrática y el socialcristiano COPEI. En este caso hubo también un gobierno que prolongaría, con matices formales, el período anterior. Pero al cabo de una década la recomposición política tomó cuerpo con las sucesivas victorias electorales de Hugo Chávez.

La diferencia de Argentina respecto de estos procesos es que el movimiento social no halla cauce político, líderes que lo expresen, organización que lo articule, al menos hasta ahora. Esa carencia compromete el futuro del país, provoca desazón y afecta con rudeza a figuras políticas que apenas meses atrás se presentaban como posibilidad de recambio efectivo. Kirchner acabó siendo candidato del aparato justicialista comandado por Duhalde y otros señores feudales de la vieja política. Elisa Carrió pasó de las fotos aludidas a la designación de un liberal-conservador como acompañante en su fórmula. El Partido Socialista, único caso de convergencia (es la fusión de las fracciones PS Democrático y PS Popular), se enfrasca en la posibilidad de obtener algún punto más en el escrutinio, detrás y lejos de quienes disputarán el gobierno. Lo mismo ocurre con el otro extremo del arco de izquierda. Después de reiterar su disposición a crear “un movimiento político-social”, De Gennaro observa la diáspora de las partes componentes de la CTA, cada una apoyando candidatos diferentes (Partido Socialista, ARI, Izquierda Unida, un Partido de los Trabajadores limitado a una de las fracciones de la CTA y sólo a la provincia de Buenos Aires, más numerosas tendencias que optan por variantes de voto protesta o en blanco). “No soy quién para avalar o proscribir”, dice De Gennaro(5), en una confesión tácita de que sigue siendo el dirigente de una central de trabajadores, pero no del movimiento político que esperanzó a muchos en el congreso de la CTA. Zamora a su vez insiste con la consigna “que se vayan todos” pero elude la responsabilidad de construir los instrumentos para ocupar el espacio que quedaría vacío y hasta se compromete con la noción, última moda, de “hacer la revolución sin tomar el poder”.

Haber creído que a un régimen se lo derriba con cacerolas, desconocer la necesidad de unir, organizar y articular alianzas, desdeñando de ese modo a la fuerza que se enfrenta, son errores coyunturalmente decisivos para formaciones políticas en transición. En ausencia de la participación efectiva de los trabajadores con ocupación –y específicamente del proletariado industrial– y todavía en la estela de confusión teórica y desmoralización política dejada por el derrumbe sin honra de la Unión Soviética, la búsqueda de respuestas de alcance estratégico se manifiesta de este modo caótico.

El impresionismo que hizo creer en un “argentinazo” exitoso e inminente a comienzos de 2002 no debiera repetirse a la inversa, concluyendo que todo está perdido. Todo se transforma, sí; pero nada se pierde. El esfuerzo, la pasión, la esperanza, la energía enorme de las luchas del último año (incomprensibles sin las que vienen desde los orígenes mismos del país), pueden no expresarse, o hacerlo equívocamente, en las próximas elecciones, pero están allí. Las izquierdas perdieron su oportunidad en este tramo vertiginoso del devenir político argentino. Pero la oportunidad perdida es en última instancia la argamasa necesaria de un futuro diferente. No se trata de optimismo panglossiano. Los riesgos de desagregación social y consolidación de fuerzas ultrarreaccionarias son enormes y están a la vista. Para evitarlos se puede aún contar en Argentina con una singular –y en más de un sentido única por su riqueza y desarrollo– tradición de pensamiento, organización, capacidad de entrega y sacrificio, acumulada durante dos siglos de luchas sociales.

  1. Alfredo Eric y Eric Calcagno, “Que se vayan los dueños”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, octubre de 2002.
  2. Luis Bilbao, “Oportunidad para un gran debate”; Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, agosto de 2002.
  3. “Un acto multitudinario cerró la protesta…”, Clarín, Buenos Aires, 21-12-02.
  4. Luis Bilbao, “PT Brasil”; Búsqueda, Buenos Aires, septiembre de 1990.
  5. “D’Elía lanza el Partido de los Trabajadores”; Clarín, Buenos Aires 25-3-03.

Cómo afrontar la depresión económica y la encerrona política

porLBenCR

 

Por un camino tan sinuoso que pareciera llevar siempre al punto de partida, la crisis argentina se desliza hacia el momento de eclosión. La velocidad aumentó en los últimos meses para acelerarse en agosto, cuando el riesgo de la cesación de pagos puso en vilo al país y la solución hallada por el gobierno consistió en rebajar salarios de estatales y jubilaciones. Fracturadas, acosadas por el capital financiero de un lado y del opuesto por signos elocuentes de una movilización de masas con perspectiva creciente, las clases dominantes se ven empujadas a repetir el movimiento de 1989/90, cuando entregaron a Estados Unidos la capacidad de arbitrar entre sus irreconciliables fracciones. Sólo que la experiencia vivida desde entonces y la magnitud sideral de la crisis presente provoca arrestos de oposición en franjas del capital conscientes de estar amenazadas de muerte. Washington está lanzado en su propósito de crear un Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y presenta las cosas de modo tal que no restan dudas respecto de su intención de transformar en provincias a toda América Latina y el Caribe(1).

Así, a fines de agosto, con cuarenta meses de recesión, un abismo de miseria y la imposibilidad de pagar los compromisos de la deuda externa, el gobierno tambalea y las clases explotadas y oprimidas comienzan a despertar del letargo que las mantuvo fuera del escenario político desde la derrota de las grandes huelgas ferroviaria y metalúrgica de 1991.

En la rodada, voces y gestos se entremezclan y confunden: la Unión Industrial Argentina pide aumento general de salarios y seguro de desempleo; autoproclamados dirigentes de desocupados exigen “planes trabajar” por $120 pesos mensuales; conspícuos portavoces de la alta burguesía claman por una reprogramación (de hecho moratoria) de la deuda externa; funcionarios sindicales gimen explicando la necesidad de fortalecer el Estado para que éste pueda aplicar “políticas activas” que permitan a las patronales programar ganancias y así dar lugar a una efectiva reiniciación de la explotación a gran escala; representantes de dios con y sin sotana convergen en la necesidad de conciliar capital y trabajo para salir de la ciénaga; algún concejal con veleidades trueca habituales graznidos de difamación por propuestas de “unidad revolucionaria” en desesperado intento por ascender a diputado en las elecciones de octubre próximo; mientras tanto en las estructuras políticas burguesas el caos es total: los principales candidatos de la UCR hacen campaña en oposición a su propio gobierno; el partido Justicialista lleva en la Capital Federal a un hombre del riñón oficialista; los fragmentos del Frepaso están en todos lados y en ninguno se los ve como aquello que intentaron ser…

Está en curso y a máxima velocidad aquello que reiteradamente estas páginas señalaron como proceso de realineamiento social y político.

En este panorama, el clamor generalizado apunta a dos objetivos centrales: salir de la depresión económica y acabar con una dirigencia a la que acusa de corrupción y atribuye ineptitud y falta de energía.

Se trata por tanto de dar respuesta efectiva -en lo inmediato y con perspectiva estratégica- a estas dos demandas centrales. Y confrontar tanto como la realidad lo exija con las respuestas falsas y engañosas que por interés, ignorancia o desesperación, van a la búsqueda del consenso de las masas y sus vanguardias tras una política de conciliación de clases y cretinismo parlamentario. Se trata asimismo y simultáneamente de redoblar esfuerzos por evitar que el desmoronamiento en curso de la democracia burguesa arrastre las libertades democráticas y los derechos civiles.

 

Una vez más sobre el carácter de la crisis

Aun a riesgo de redundar, es preciso insistir acerca de cuáles son las raíces de la situación que hoy abate al país. En la primera edición de Crítica, hace diez años, el primer artículo comenzaba con la siguiente afirmación: “La crisis del mundo en la última década del siglo XX es la crisis del capitalismo”. En las páginas siguientes aquel artículo mostraba, con datos y cifras tomadas de la mejor prensa comercial internacional, que bajo una superficie de éxitos el capital sufría el mal irremediable descripto por Marx como baja tendencial de la tasa de ganancia, y que su aparente fortalecimiento al calor de lo que entonces denominamos “contraofensiva global estratégica”, no era más que el efecto pasajero de aquella contraofensiva a la cual el proletariado mundial no estaba en condiciones de ponerle límites -por causas que se hacían evidentes con el desmoronamiento de la Unión Soviética- y que era exclusivamente esa razón la que impedía que el muy avanzado grado de deterioro del sistema se manifestara como tal y en cambio tomara la forma de avasallante victoria, la cual era sin embargo el preludio de una muy cercana y extremadamente agravada reaparición de la crisis.

Hela allí. Ha transcurrido una década y quienes frente a estas aseveraciones soltaban con suficiencia adjetivos descalificantes como “apocalíptico”, “catastrofista”, o “dogmático”, tras haber bebido hasta la última gota el veneno de la adopción de fórmulas socorridas por bien promocionados intelectuales orgánicos de la burguesía, siempre a la mano para pergeñar argumentos a favor del escepticismo o la conversión, se muestran consternados ante el vuelco de la situación. A algunos el espanto les ha a agudizado a tal punto la percepción, que intuyen la magnitud de lo que viene, aunque se resisten a nombrarlo. Porque lo que hay por delante es una situación que, no importa cuánto se sostenga y qué caminos tome, desemboca inexorablemente en un colapso general, en una inmensa conmoción social cuyo desenlace tiene sólo dos alternativas: revolución o contrarrevolución. Mientras esta opción no se resuelva -y puede transcurrir mucho tiempo, porque estamos hablando de una etapa histórica, no de una coyuntura inmediata- el sistema sobrevive exclusivamente sobre la base de avanzar día por día en detrimento de las condiciones de vida y de trabajo del conjunto de la población.

Una crisis de sobreproducción, una crisis estructural del sistema como la que vive hoy el capitalismo mundial, precisamente en un momento histórico en el que ninguna fuerza social de envergadura se le opone organizada y conscientemente, puede resolverse mediante la destrucción masiva de bienes y mercancías excedentes (a propósito, cabe recordar que para el capital la fuerza humana de trabajo es una mercancía), o por la abolición de la propiedad privada de los medios de producción y la edificación planificada de una sociedad socialista. No hay espacio en estos períodos históricos para resolver el desempleo masivo, lograr aumentos de salarios, mejora en las condiciones de trabajo, reformas progresistas en la vida económica, política y cultural de la población. Los progresistas que no asumen esta realidad -que lo es al margen de cualquier juicio de valor sobre ella- se derriten en segundos o se pasan lisa y llanamente al campo enemigo. No es preciso dar ejemplos. Pero sí es preciso remarcar, para quienes durante los ’90 creyeron o quisieron creer que había una tercera vía, una alternativa menos exigente -conducta que dio lugar a la progresión fatídica Frente del Sur, Frente Grande, Frepaso, Alianza, Cavallo- que todo lo que venga, si se repitiera con el mismo molde, sería una caricatura trágica de esta comedia patética.

En lugar de alimentar falsas esperanzas y correr tras quimeras, corresponde hablar de frente a los trabajadores y la juventud. La verdad quema y puede ser repelida por muchos. Pero a esa temperatura se funde el acero necesario para encarar una lucha que no se limita a cambiar el precio de la esclavitud cotidiana ni a demandar limosnas para una sobrevivencia subhumana. No se trata de vituperar a quienes retrocedan ante ella. Se trata de organizar a quienes no la teman. Y seguir fraternalmente la prédica con los demás. La confianza, la esperanza, deben basarse en la verdad. Y es mentira que se pueda salir de la actual depresión y dar respuesta duradera a la desocupación, los salarios miserables, las jornadas de 12 horas de trabajo, la marginalización masiva, la decadencia social y cultural intolerables, con cualquier variante de intervención del Estado en la economía. Una militancia aguerrida sólo puede forjarse con la verdad como primera y principal arma de combate: que otros ganen votos con mentiras; que otros edifiquen aparatos con ilusiones. Los revolucionarios marxistas vamos a recorrer el duro camino que la clase obrera y la juventud tienen por delante con la verdad como estandarte.

 

Depresión, sindicalismo y política

En un marco histórico diferente la depresión empujaría a un fortalecimiento de las organizaciones de clase, tal como ha ocurrido en otros momentos de la lucha del proletariado mundial. Pero el impacto sostenido del derrumbe de la Unión Soviética, la destrucción paralela de los grandes partidos obreros y los sindicatos (comunistas, socialistas y cristianos) a escala mundial, con su correlato local sui generis de degradación extrema y liquidación del movimiento y el sindicalismo peronistas, produce sobre las masas trabajadoras el efecto inverso: desagregación y ensimismamiento. Este curso objetivo de la clase obrera se proyecta al conjunto de la sociedad con resultados devastadores. El aumento de la delincuencia no es sino la expresión de una lucha desesperada por el reparto de la renta nacional, de los arrojados a la marginalidad que no encuentran canales organizativos propios y reconocibles, sindicales o políticos. Al otro extremo de la clase trabajadora, la misma fuerza negativa corporiza en universitarios, profesionales e intelectuales, exacerbando el individualismo y la irracionalidad en todos los planos. Esta combinación degrada hasta límites intolerables las condiciones de convivencia cotidianas y hace extremadamente difícil la afirmación de un accionar político basado en la conciencia, la organización, la asunción racional de una estrategia común.

He allí la base social de conductas insólitas en cuadros políticos e intelectuales, incluso con trayectorias de lucha respetables –y en ciertos casos admirables- y de los propios partidos y organizaciones sociales y políticas que se proponen enfrentar la crisis. La fuga electoralista de prácticamente la totalidad de la izquierda considerada revolucionaria tiene su contraparte en la degradación sin freno de la dirigencia sindical poco tiempo atrás clasificable como honesta y combativa. Y en ambos casos la función determina los métodos y crea, si no los tiene, los órganos necesarios. No se trata por tanto de fenómenos individuales. Es la fuerza ciega de la crisis que arrastra a quienes no entienden su profundidad o, entendiéndola, no se deciden a afrontarla, o decidiéndose, repiten conductas dictadas por la costumbre. Valiosos luchadores sindicales que pocos años atrás resolvieron sumarse al Frente Grande y metamorfosear el Congreso de Trabajadores Argentinos en una central de dirigentes sin bases -es decir, resolvieron cambiar una política de clase que daba sus primeros pasos por una combinación de accionar político policlasista con el sindicalismo de aparatos-se ven hoy reducidos a la nada en el campo político y en sus sindicatos empujados a oficiar como gerentes de la crisis proponiendo rebajas salariales y listas de retiros voluntarios(2). El símbolo trágico de esta caída quedó graficado en uno de los actos más ignominiosos de la historia del movimiento sindical argentino: los dirigentes de Ctera y la CTA levantando la Carpa Blanca tras la victoria electoral de la Alianza, para marchar desde el Congreso al ministerio de Educación y entregarle la ofrenda al ministro Juan Llach (nadie menos que el segundo de Domingo Cavallo durante el gobierno peronista, y verdadero creador y gestor del “plan de convertibilidad”). El gesto era lógico porque Llach era entonces ministro del gobierno que esos mismos dirigentes integraban y por el que habían hecho campaña. Pero las consecuencias son obvias: ¿cómo, con qué propuesta, con qué autoridad, podrían estos mismos dirigentes oponerse ahora de manera efectiva a la gestión de Cavallo?

No obstante la magnitud de las responsabilidades individuales, es claro que la clave está en la incomprensión del momento histórico y la consecuente adopción de un camino político que llevaba inevitablemente al suicidio. En 1997 calificamos el fenómeno entonces en curso como “Segunda campaña de cerco y aniquilamiento”, en referencia al exterminio de cuadros sindicales y políticos llevado a cabo por la dictadura, repetido de manera incruenta bajo los gobiernos de la UCR y el PJ -los partidos que antes habían sido base política de aquel genocidio perpetrado por los militares- mediante la maniobra de José Bordón que dio lugar al Frepaso primero, y la constitución de la Alianza después(3). Basta recordar que la fracción hegemónica de la CTA hizo campaña por Bordón en 1995 y por De la Rúa en 1999 para medir la magnitud destructiva de ese período.

No se debería minimizar el efecto de esta cooptación general de cuadros sindicales y políticos por parte de la clase enemiga; de hecho, aun cuando ella misma se inscribe en y se explica por un momento histórico de extrema confusión ideológica y franco retroceso político del proletariado mundial, es el factor que explica la sobrevivencia de la convertibilidad y, ahora, la del propio gobierno.

Sin embargo, de aquí en adelante el problema no estriba en esa ausencia, así como tampoco en lo que haga o deje de hacer la dirigencia, que sin distinción de ningún género está como nunca alejada de las bases y desprestigiada ante los trabajadores, la juventud, los profesionales y el conjunto de la sociedad. Esto la hace política y sindicalmente débil en términos coyunturales y estratégicos, situación que debilita al movimiento obrero frente a las patronales y el gobierno, pero plantea perspectivas ciertas de superación de toda una etapa histórica. Por detrás del panorama directamente perceptible hay una clase obrera y una juventud que han roto históricamente con el peronismo, con los partidos de la burguesía, y lo expresan tomando distancia -la más de las veces de manera pasiva- rrespecto de los aparatos y sus dirigentes. Ahora la dificultad está en la afirmación de nociones completamente diferentes a las comúnmente aceptadas y sostenidas durante décadas, sobre todo en el trabajo sindical.

El punto de partida y la perspectiva se plantean de modo muy diferente al período 1992/94, cuando tres vertientes históricas del movimiento obrero convergieron en un llamado a edificar una instancia política denominada entonces Congreso de Trabajadores Argentinos y cuyas direcciones serían luego arrastradas por los partidos patronales. Salvo excepciones -que sin duda contarán sobremanera en la práctica- no existe en esta instancia aquella base organizada y con gran disposición de lucha que se manifestó en el congreso fundacional del CTA, cuando unos cinco mil activistas se reunieron fraternal y democráticamente en 1992 para iniciar un camino independiente. El curso adoptado por la mayoría en la dirección de la CTA provocó confusión, retraimiento y dispersión. Esto a su vez abrió resquicios para la aparición de corrientes manipuladas por la iglesia y por sectores del PJ -apoyadas sobre todo en franjas de desocupados- a la vez que dejó espacio para que la burocracia tradicional recuperara espacio sindical y político(4).

El fracaso de la expectativa cifrada en el CTA originario vino a acelerar y completar la pérdida de confiabilidad de los trabajadores en la dirigencia sindical. Siguiendo una tendencia que se verifica en todo el mundo, en Argentina los sindicatos pierden afiliados y los aparatos se sustentan en las Obras Sociales, desvirtuando a la vez una y otra función. Sólo por excepción un sindicato tiene arraigo en las bases. Si en un pasado no tan lejano la relación del activo militante con el aparato se caracterizaba por la dura oposición y las caracterizaciones rotundas, ahora el signo predominante es la indiferencia, la ajenitud.

En el mundo de los aparatos, debe necesariamente imponerse el más poderoso. Esto explica el relativo fortalecimiento de las fracciones de la CGT que además ahora, ante la previsible agudización de la crisis y tras el proyecto de “unión nacional”, apuntan a reunificarse. Como contrapartida ineludible se acentúa la volatilización de la CTA, incapaz de frenar la reducción de salarios y los despidos masivos de lo que constituye su principal base de sustentación, los empleados del Estado, y su involuntario desplazamiento hacia una base social que por definición no puede sustentar un aparato, aunque pueda ser víctima de él: los desocupados.

De aquí en más, por tanto, los trabajadores conscientes además de encarar la búsqueda -más urgente que nunca- de una expresión política que unifique como clase y frente al poder a todos los explotados y sus aliados, afrontarán la igualmente impostergable tarea de analizar y replantearse presupuestos históricamente afirmados como noble conducta sindical, que en realidad encubren una adhesión estructural al sistema capitalista y son en última instancia los que llevaron a transformarse en su opuesto a aquel esperanzado y potente esfuerzo de miles de hombres y mujeres provenientes de las más diversas experiencias que alumbraron el Congreso de Trabajadores Argentinos.

Es preciso preparar y llevar a cabo una embestida estratégica contra la sujeción de los sindicatos al Estado. Esto presupone enfrentar desde el descuento de la cuota sindical a través de las patronales, hasta la metódica subordinación a la maraña de leyes que en cualquier conflicto de envergadura dejan la última palabra al gobierno (es decir a las patronales) a través de las instituciones estatales. Entre otros muchos conceptos que el activo sindical deberá debatir a fondo están por ejemplo los de las Obras Sociales o la remanida “defensa de las fuentes de trabajo”. Bajo apariencia muy noble, maquilladas con palabras malversadas como solidaridad, la atención de la salud por parte de los sindicatos es una completa tergiversación que no sólo contribuyó a destruir el hospital público, una conquista histórica de los trabajadores, sino que dio lugar al fortalecimiento de aparatos en manos de pseudodirigentes que se enriquecen con la enfermedad de los trabajadores y utilizan ese poder para anclarse en las estructuras sindicales.

Del mismo modo, la noción “fuente de trabajo” encubre el hecho fundamental de que ninguna empresa existe para dar trabajo, sino para generar lucro. El absurdo de pretender que una empresa que da pérdida se mantenga para que sus empleados sigan cobrando un salario es insostenible, pero sobre todo es nefasto porque inocula en la conciencia del trabajador la noción de que él y su familia viven al margen de la marcha de la sociedad en su conjunto y, por lo tanto, no debe pensar en ella como tal, sino en su problema individual. Bajo una apariencia combativa, se sostiene en realidad una posición reaccionaria que defiende el atraso y la ineficiencia, colocando a la clase obrera a contramano de la historia y a remolque de burgueses que se presentan como portadores de lo nuevo y del futuro.

Hay una lógica profunda en la aceptación social del Cavallo del primer período y la expectativa, afortunadamente fugaz, que generó con su reaparición de la mano del Frepaso y la UCR: en ausencia de una conciencia propia (para sí, decían Marx y Engels) los trabajadores y con ellos todas las clases y sectores subordinados, expresaron con aquella adhesión su ruptura profunda aún no transformada en conciencia con el peronismo histórico, que inoculó en la ideología obrera estas concepciones de conciliación de clases y paternalismo burgués, según las cuales al trabajador no le cabe más que “ir de casa al trabajo y del trabajo a casa”, mientras de la economía, la sociedad y la política se ocupan otros. El trabajador debe limitarse a luchar por “sus derechos”; y estos serían cobrar como extras las horas excedentes a la jornada de 8, cobrar doble los feriados, ocuparse exclusivamente de su tarea desentendiéndose por completo de la función social y la marcha de la empresa donde deja su vida. Con apariencia combativa y de defensa de los intereses de los trabajadores, todo se pone así cabeza abajo. Estos son sólo algunos ejemplos de cómo bravos luchadores con sentimientos de solidaridad y fraternidad, son utilizados al servicio del sistema. El sindicalismo peronista (asumido inconscientemente por la casi totalidad de los luchadores sociales, aun cuando se consideren de izquierda o marxistas), debe ser combatido no simplemente ni fundamentalmente en la figura de sus dirigentes, sino ante todo y sobre todo en sus concepciones profundas. Y esta lucha hay que asumirla ya mismo y a gran escala, aunque muchos compañeros honestos y combativos que ocupan cargos sindicales se sientan inicialmente atacados cuando se les dice que deben rechazar la idea de tener batallones de funcionarios permanentes pagados por la cuota sindical que descuenta la patronal, que si es necesario deben abandonar los edificios lujosos, que contra la privatización de la salud no deben aferrarse a las obras sociales sindicales sino luchar por el hospital público, que ante el hecho concreto de un cierre de empresa o disminución de la producción y despidos, la incondicional defensa del empleo no puede exigir a la patronal la “defensa de la fuente de trabajo” sino que debe poner en cuestión la propiedad privada de la empresa, la gestión en función del lucro y por ese camino llegar al punto en cuestión: cómo se organiza una sociedad, en función de qué, y quién puede hacerlo en un rumbo contrario al que marcha actualmente.

No basta con “enfrentar el modelo”. No es un modelo lo que está en crisis, sino un sistema. Y no en este país, sino en el mundo. De nada valdrá cortar mil rutas si no se corta de un tajo y definitivamente con la ideología de la conciliación de clases y sus innumerables ramificaciones en todos los órdenes. En 1994, cuando ya el CTA torcía definitivamente su rumbo, un grupo de luchadores marxistas fundó la Universidad de los Trabajadores con una consigna que hoy, ante el avance acelerado de una crisis total, adquiere una actualidad de vida o muerte: “Cambiar desde la raíz la cultura y la política”. Es imperativo y urgente asumir esta exigencia. Porque el enemigo de clase ya tiene montado un muy completo dispositivo destinado a desviar nuevamente a miles de luchadores; para atrapar a unos en diferentes variantes defensivas del sistema capitalista; aislar a otros; y como última instancia, reprimir a todos.

 

Preparativos de recambio patronal

Todo indica que está en vías de consolidación una coalición compuesta por el ala alfonsinista de la UCR, el sector de Duhalde en el PJ, la UIA, las dos CGT y la jerarquía de la iglesia con sus múltiples tentáculos, destinado a consolidar un parapeto ante la inexorable explosión del actual esquema de poder. No tardará en formarse, explícita o solapadamente, una fracción militar que se adose a este bloque. Ya en nuestra Réplica a la Carta a los argentinos señalábamos que los alineamientos programáticos del capital no guardaban relación con las siglas de los partidos patronales y en cambio se entrecruzaban a través de las diferentes fracciones de cada uno de ellos(5). Tal parece que ha llegado la hora del realineamiento formal y acaso de conformación de nuevos partidos burgueses.

Para los que ahora se pronuncian como opositores, la tabla de salvación en el plano económico -aunque está en discusión y previsiblemente no dará jamás lugar a un acuerdo de fondo- consiste en variantes más o menos maquilladas de keynesianismo, es decir, la salvación del capitalismo por el aparato del Estado. A diferencia de lo que les sucedió en años anteriores, los defensores de esta línea de acción tienen a su favor el hecho de que esta tendencia está imponiéndose nuevamente en el mundo tras el estrepitoso fracaso del así llamado “neoliberalismo” y la ausencia de cualquier otra teoría que venga en su reemplazo, como no sea alguna variante de “neokeynesianismo” (la utilización del “neo”, una década atrás como prefijo de un supuesto corpus teórico para condenar al entonces fracasado y vituperado keynesianismo y ahora para sustituir a la panacea tan velozmente malograda, no es otra cosa que el certificado de indigencia teórica del capitalismo de frente a la crisis más grave de su historia).

Pero no será con los recursos teóricos y prácticos que desembocaron en la descomunal crisis planetaria reaparecida desde mediados de los ’70 y postergada por una contraofensiva global estratégica de la cual el “neoliberalismo” es sólo un aspecto, como se resolverá su reaparición decuplicada en apenas una década. Una mera intervención del Estado como agente económico no podría lograr más que una reactivación de cortísimo aliento, sin contar con que incluso esto se haría a expensas de los trabajadores: el programa que llevó la iglesia argentina a este cónclave preparatorio de la “unión nacional” propone, entre otras barbaridades, la extensión de la jornada laboral en dos horas, sin pago (“contibución solidaria” la denominan, con su habitual cinismo sin límites), para sostener la convertibilidad y evitar la cesación de pagos.

Si se lograra respaldo político para semejante “unión nacional”, habría pujos de reactivación económica, que tras 40 meses de recesión aparecerían ante la población como un regalo del cielo (esto mismo, dicho sea de paso, está planteado como posibilidad para el actual equipo gobernante si logra eludir la ofensiva de la oposición señalada). Pero incluso en esa hipótesis, la crisis reaparecerá de inmediato, corregida y aumentada, tanto por la lógica interna como por el impacto creciente y demoledor de la situación en los centros metropolitanos. Proponer o esperar la salida del desastre en el que está sumida la nación mediante una inyección keynesiana, incluso si está alentada por las mejores intenciones, es una quimera. Y en términos de accionar político, es una quimera reaccionaria: contribuir a una convergencia de las fuerzas sociales acosadas por la crisis con personajes como Duhalde y Alfonsín, tras un proyecto financiado por Techint y bendecidos por la curia, es mucho más que un error: si para los gerentes sindicales (de la central que sean) y los partidos de la burguesía es la única posibilidad de aferrarse a un madero en medio del maremoto, para los genuinos dirigentes sindicales (también: sean de la central que sean) y para el activismo sindical o político no comprometido con el capital, es una nueva forma de suicidio, más absurda y dolorosa aún que la de los “frentes” que desembocaron en la Alianza.

 

Reagrupamientos a la izquierda del espectro político

El desconsuelo de quienes por diferentes razones quieren persistir en la búsqueda de una “tercera posición” se manifiesta de las más diversas maneras tras la debacle de la Alianza. En los mejores casos, impulsa a personalidades y personajes de los más variado orígenes y trayectorias a la convergencia con la resistencia de las masas. La denominada Alternativa para una República de Iguales (ARI), pareció ser un eje de recomposición para estos sectores, al menos hasta el momento en que fue impostergable la discusión de candidaturas, que reiteró la historia del Frepaso con incorporación de oportunistas de última hora y la patética reincidencia en la búsqueda de figuras de la farándula, completada con la revelación de que el ex jefe del ex Frepaso está también en esa empresa, pero sobre todo con el ingreso formal del aparato vaticano en la persona de Mario Cafiero.

Como quiera que sea, esta fase de realineamiento general de fuerzas sociales y políticas presenta arduas exigencias tácticas para el activo militante y los nuevos contingentes de jóvenes y trabajadores que se suman a la lucha. Está planteada la necesidad de eludir las trampas del muy difundido pensamiento ultraizquierdista -es decir, el mecanicismo típico de un pensamiento ajeno al marxismo- que en última instancia desconoce la necesidad de vencer al enemigo y se solaza escuchando su propia voz. Vencer a las clases dominantes requiere definir con lucidez y exactitud el centro adonde golpear, y hacerlo minuto a minuto, dado que nada hay más mutable que un bloque sociopolítico en medio de una durísima confrontación de clases, y en función de esta definición cambiante buscar en todo momento y en el plano que corresponda las formas más abarcadoras de frente único, es decir, la unidad social y política de las masas.

Simultáneamente es preciso eludir otra trampa, no menos peligrosa, que consiste en desentenderse de los rasgos distintivos de aquellos nuevos individuos, grupos o sectores de clases que se suman a la resistencia, cuya condición de permanentes o transitorios sólo puede definirse en el curso de los acontecimientos.

Hay situaciones de sencilla resolución; pero otras requieren una caracterización correcta no ya de la situación nacional, sino del extraordinariamente complejo juego de fuerzas en el plano internacional, su dinámica general, el estado de cada uno de sus principales actores y el curso de la coyuntura paso a paso. Parece innecesario señalar qué tipo de organización qué calidad de cuadros podrán -y cuáles no podrán- responder a estas exigencias. Pero el desafío está ya sobre la mesa. En la edición anterior de Crítica publicamos una nota titulada “La gran prueba”. Aparte la comprobación del colapso de la Alianza, ese texto sostenía que

 “es previsible que la próxima fase de la evolución política en Argentina recupere el protagonismo (independiente o subordinado, pero protagonismo) de las masas como factor predominante. Esto puede ocurrir mediante pasos intermedios, como por ejemplo la irrupción del movimiento estudiantil, la juventud y los desocupados, cada uno por su carril en un primer momento. Pero fatalmente culminará con la reaparición del movimiento obrero y específicamente del movimiento obrero industrial en la lucha social y política, por fuera y en contra de las estructuras sindicales hoy extraordinariamente debilitadas. La historia antigua y reciente del la clase obrera de Argentina reaparecerá con todo su vigor y también con sus múltiples vertientes. Esto actualizará un muy duro combate ideológico y político que tendrá lugar ante todo en el seno de la vanguardia. Cualesquiera sean los ritmos de esta marcha inexorable, la burguesía no podrá de ahora en más ejercer su poder como clase limitándose a alquimias electorales. Este es el rasgo fundamental de la fase en que ingresa el país”(6).

Sobre la base de este pronóstico, a fines de noviembre de 2000, el texto afirmaba que la gran prueba planteada por la historia a los revolucionarios marxistas era encaminarse hacia la recomposición de sus fuerzas. Basta observar la conducta durante el último medio año de organizaciones, grupos e individuos que se identifican como tales, para comprobar cuán lejos están de haberla pasado satisfactoriamente: se trataba de dar respuesta práctica, en los hechos y para 30 millones de habitantes, a las exigencias de una aceleración brutal de la crisis. La constitución de bloques electoralistas -opuestos por el vértice no ya a la neceesidad de unidad social y política de los trabajadores y el pueblo, sino al nivel de conciencia y el estado de ánimo de la clase obrera, la juventud y el conjunto de la población- tales como el Polo Social, Izquierda Unida o Polo Obrero (cuyos componentes tienen como único acuerdo la calificación de Fidel Castro como contrarrevolucionario al que hay que derrocar); la apuesta ciega a una forma de lucha y un sector social -los piqueteros- como sucedáneo de organización y conciencia de masas; la fuga de pequeños equipos verbalmente comprometidos con la revolución hacia microespacios propios a los que se pretende reducir la realidad; la renuencia de agrupamientos y cuadros dispersos a dar el paso hacia la recomposición de fuerzas marxistas en un partido de los comunistas, desarma a la militancia y la deja librada al más crudo empirismo.

Aquí parados, se impone recordar que “sin teoría revolucionaria no hay acción revolucionaria”. Quienes han abandonado esta certeza y navegan aguas abajo llevados por la corriente, no están en falta. Pero quienes no desdeñan las enseñanzas de la historia de la lucha de clases ni se orientan con el último librito llegado de París o el próximo espasmo de una sociedad desesperada, debieran sacar conclusiones sin más demora y obrar en consecuencia. Porque los truenos y relámpagos a la vista anuncian que la tormenta se desata. Los que tienen el timón en sus manos reemplazan rápida y efectivamente sus cartas de navegación para afrontarla, mientras la militancia está a la deriva. Es fácil medir la distancia a salvar: ¡basta ver a revolucionarios esforzándose por llevar un cura al Senado o por acceder a cualquier precio a un carguito parlamentario frente a una realidad dominada por una catástrofe social, mientras las burguesías y el imperialismo responden con proyectos de dolarización hemisférica y maniobras militares e instalación de bases estadounidenses del Bravo a Tierra del Fuego!

No será el oportunismo que complementa su electoralismo desaforado con incremento de las horas (24, 48, 72) de la Huelga General que le pide a los gerentes sindicales; o con idéntica lógica promueve 24, 48, 72 horas de piquetes; no será saltando del gobierno a conglomerados de emergencia para salvar la cara como hace la cúpula de la CTA; o soltando la mano de la Señora Fernández para aferrarse a la de la Señora Carrió, como se dará respuesta válida a esta realidad inocultable.

Incluso para tomar las decisiones aparentemente más simples, como posicionarse frente a un paro, una concentración, una acción contra el hambre o la represión, hace falta mucho más que buena voluntad. Ni hablar del punto clave de un accionar de verdad comprometido con la revolución: la lucha por el poder. Pero incluso limitados a lo más simple, el problema es mayúsculo. Como prueba bastan ejemplos cotidianos: desde la cultura política empirista que predomina en las ideas y la práctica habituales, nadie se asombrará si un destacamento revolucionario denuncia determinados nombres de personeros del capital, sea en el espectro partidario o sindical, o converge tácticamente con otros cuya figura, por una u otra razón, es menos odiosa al activo militante. ¿Pero qué hacer si se trata de momentos inversos, cuando se imponen alianzas con fuerzas sin duda ubicadas del otro lado de la barrera de clases, o se hace necesario exponer públicamente a aquellos personajes del medio político o sindical que por convicción o por connivencia con el enemigo de clase, contribuyen a confundir, desviar y desarmar a las masas?

Estos problemas cruciales de una dirección política son por demás simples para la conducta izquierdista -nos referimos al izquierdismo condenado por Lenin como “enfermedad infantil del comunismo” en el famoso folleto así titulado, cuya lectura es siempre recomendable- habitual en los agrupamientos sectarios: de un lado están los revolucionarios y de otro los contrarrevolucionarios y “traidores”. Revolucionarios son, claro, cada uno de los grupos en cuestión. Contrarrevolucionarios y traidores, los demás. El acervo marxista asegura sin embargo que el izquierdismo es una cara de la medalla, cuya faz inversa muestra el rostro del oportunismo. Quien lo dude puede observar a prototipos de esta clase de revolucionarios, vociferantes durante años contra todo y todos, que hace diez años proclamaban que la clase obrera estaba a la ofensiva y la caída del capitalismo a la orden del día y ahora se deshacen en desdorosas contorsiones para obtener votos y acceder a algún cargo institucional, o incluso para poder simplemente participar de las elecciones.

La lucha contra el capital es una cosa seria. El enemigo es muy poderoso. Y así como no se lo puede vencer con grititos y desplantes, tampoco se lo podrá doblegar con votos. Tanto menos con desesperación vanguardista. Sólo la fuerza de las masas, conscientes y organizadas, podrá con él. Y aunque lo parezca, no es sencillo saber qué hacer y cómo, en cada momento histórico, para avanzar tras esta condición imprescindible de una estrategia revolucionaria consistente. Ese saber reclama una organización munida de capacidad teórica, hecha carne y militancia en un número suficientemente elevado de cuadros comprometidos con la abolición del capitalismo. Reclama, sin pérdida de tiempo, una concepción y una práctica internacionalistas -muy específicamente latinoamericana- de la confrontación de clases, la organización revolucionaria y el accionar cotidiano, ajena y contrapuesta del modo más rotundo a la verbosidad vacía de quienes desde hace décadas reemplazaron el internacionalismo con conductas irresponsables. La aparente paradoja de estas tareas urgentísimas estriba en que, para quienes proponemos la lucha por el poder y el socialismo, la condición inseparable para cumplirlas es encontrar y transitar de modo sistemático y sostenido el camino hacia las masas en tanto se realizan los máximos esfuerzos por avanzar en la efectiva recomposición de las fuerzas revolucionarias marxistas.

 

Lucha de clases, elecciones y libertades democráticas 

En suma, la tarea de la hora consiste en transformar las innumerables, crecientes y cada vez más resueltas luchas sociales, en lucha de clases. Una no implica necesariamente la otra: no hay lucha de clases sin conciencia de clase. Si el proletariado no se asume como clase opuesta a la burguesía, su lucha se limita a resistir los aspectos más inhumanos e injustos del capitalismo. Esto no es en ningún caso desestimable; pero, aparte la determinación que se tenga de luchar por la abolición de la explotación o por limitarse a reformarla, ocurre que en medio de una depresión económica a su vez integrada en una crisis mundial del sistema, no hay modo de obtener siquiera pequeñísimas victorias permanentes contra los peores excesos patronales. La participación en todas y cada una de las luchas que provoca la crisis es una exigencia fuera de discusión. Lo que sí está en discusión es la forma de participación. No es preciso hacer un tratado al respecto. La única fórmula necesaria es muy sencilla, aunque de difícil aplicación: propagar en todo momento, y siempre en el modo adecuado a la circunstancia específica, la idea de que no hay solución real y duradera sin un cambio de la clase que ejerce el poder político. Esta es la base, el mínimo común denominador. A partir de allí, se avanzará tanto como la circunstancia y las personas involucradas lo permitan.

En consecuencia, la lucha concreta (sea un corte de ruta para exigir un subsidio, una movilización para impedir despidos o una huelga para evitar rebajas salariales) será encarada como un paso en la gran tarea de armar la fuerza de masas capaz de arrancarle el poder a la burguesía. Todo lo que contribuya a la concientización, la unidad de la clase y sus aliados y la organización, será positivo. En cambio deberá ser rechazada toda conducta o posicionamiento que contribuya a confundir el objetivo y la conciencia que de él se tiene, a debilitar la confianza en la fuerza propia y la capacidad para obtener pequeños triunfos, a romper o postergar la unidad de las masas, a impedir la organización plural y democrática.

Las elecciones y los cortes de rutas que dominan hoy la coyuntura no escapan a estas exigencias. La carrera electoral en que se hallan empeñadas numerosas tendencias que se consideran a sí mismas revolucionarias y marxistas, lejos de contribuir a la unificación social de los trabajadores, la conciencia de clase y la organización de masas, son motor de todo lo contrario. Esta afirmación no presupone que una fuerza anticapitalista no deba participar por definición en una contienda electoral de la burguesía. Y no sufriría mella si, como todo hace prever, candidaturas de izquierda obtienen ventajas en los comicios. Es por demás obvio que en este cuadro general las fórmulas electorales genéricamente de izquierda obtendrán más votos que los habituales. Y esto no es negativo en sí mismo. El punto es que campaña y resultados no unifican, no concientizan y organizan. Tanto menos lo que viene luego de un éxito relativo. Y quien dude al respecto no tiene más que observar lo ocurrido con quienes no hace tanto festejaban lo que suponían un triunfo extraordinario en la elección de concejales por la Ciudad de Buenos Aires.

Pero es posible encarar una línea de acción que permita utilizar estas elecciones como herramienta eficaz para los objetivos señalados. A comienzos de año, antes de que se acelerara la crisis y con la previsión de que la demolición de la Alianza aumentaba las chances electorales de la izquierda, se conformó un Bloque de Rechazo apuntado a levantar sobre la base de una pluralidad de organizaciones, corrientes, agrupamientos y militantes no organizados, un Voto de protesta con un programa capaz de unir a millones y sin presentar candidatos. En el marco dado, ésta es la única táctica de intervención que puede incidir positivamente en los objetivos antes planteados. La propuesta de votar candidatos “revolucionarios”, incluso dejando de lado quiénes y qué son esos candidatos, como propaganda (es decir, como forma de educación de las masas) es exactamente lo inverso de lo que exige la orden del día. El amplísimo rechazo a la experiencia de los últimos 18 años con los partidos y la falsa democracia de la burguesía no puede ser encauzado con una foto diferente en un afiche más, por mucho que vaya acompañado de consignas altisonantes. El espectáculo ofrecido por el Polo Obrero e Izquierda Unida denunciándose mediante solicitadas en los diarios por no aceptar tal o cual lugar en las listas y frustrar la «unidad», es todo lo contrario de lo que una organización revolucionaria debe ofrecerle a las masas.

Mientras tanto, a la vez que multiplica su oferta electoral ocupando todo el espectro político, el capital avanza sistemáticamente en la captación del hastío generalizado respecto de las prácticas políticas vigentes. Expresiones de ultraderecha se apoyan en hechos y conductas por todos conocidos que prueban cuán lejos está el actual régimen de una genuina democracia; pero lo hacen para propugnar formas dictatoriales; y están ganando un enorme espacio en toda la sociedad con discurso que tiene como eje la oposición a la “política” -arteramente reducida a la farsa parlamentaria- y los “políticos”, término que está convirtiéndose en sinónimo de vago, aprovechado y ladrón.

Una política revolucionaria debe tomar cuenta de esta evolución negativa en amplias franjas de todas las clases y sectores. Y debe hallar el modo de contrarrestarla en su accionar cotidiano, pero muy especialmente en los momentos de campaña. El grueso de la clase obrera que mantiene su empleo, la masa de desocupados, la juventud que creció en medio de la mentira y la manipulación al servicio del robo y la explotación, las clases medias desesperadas, no pueden reconocerse en un candidato que pide votos, aunque lo haga con verborrea revolucionaria. La gran tarea es unir a esa masa diversa, en lugar de fragmentarla en supuestas opciones electorales, que además no lo son en ningún sentido. El rechazo palpable en las filas de los trabajadores y más ostensible aún en la juventud no debe quedar en manos de los fascistas. Es preciso mostrar un camino por fuera de estas elecciones amañadas en las que se derrochan fortunas incalculables y que parecen un festival sobre las ruinas de un país; un camino enderezado a forjar una fuerza de masas contra el imperialismo y el capitalismo. Y es posible hacerlo, con una campaña unificada que en lugar de poner a competir candidatos enarbole un programa de reivindicaciones sentidas por las masas; que en lugar de sostener que esos objetivos pueden alcanzarlos uno, diez o veinte diputados, explique hasta el cansancio que requieren la participación directa, consciente y organizada de las víctimas de la crisis. Y que pruebe en los hechos que todo esto lo afirma al margen y en contra de la repugnante disputa por un cargo.

Está claro que las organizaciones lanzadas por el camino del electoralismo no retrocederán. Pero el movimiento vivo está fuera de ellas. Y es posible darle cuerpo en un multifacético bloque de rechazo que levante una voto de protesta y de propuesta, con un programa básico común al que cada agrupamiento u organización puede articular además de acuerdo con sus características(7).

En cuanto a los cortes de rutas y calles, el primer punto es afirmar que los revolucionarios marxistas estarán siempre y en cualquier circunstancia en toda lucha genuina de los trabajadores con o sin empleo. Esto no supone el seguidismo y mucho menos la aceptación de conductas de ostensible manipulación de la desesperación de los desocupados por aparatos de diferente signo, sea la iglesia y el PJ, sea una organización ajena a los principios del movimiento obrero. Pero hay tantas realidades como casos de cortes de rutas y calles. Esa distinción ha de ser el primer paso para tomar posición ante una situación particular. No existe, no puede ni debe existir nada parecido a un “partido piquetero”, como proponen quienes han decidido arrojarse por despeñadero electoralista. El partido que debemos construir es el que aúne a los obreros con y sin trabajo. Un partido independiente de los patrones, el Estado, la burocracia y por supuesto de la iglesia.

Ha habido y seguirán levantándose ejemplos de piquetes que constituyen el punto más elevado hoy de la lucha de clases. Y los hay que expresan maniobras de partidos burgueses infiltrados (una metamorfosis de las “manzaneras” de Duhalde y el episcopado en la Provincia de Buenos Aires), entre otras falsificaciones de menor cuantía. Esto no importa en última instancia porque es claro que el enemigo tratará siempre de desvirtuar toda forma genuina de lucha de clases. Lo que de verdad importa es advertir a los luchadores sociales que formas insurreccionales sin fuerza y extensión para transformarse en tales con perspectivas de éxito se vuelven en contra de los objetivos buscados. Repitámoslo: la revolución es una cosa seria. Rechaza a la vez las fórmulas, los dirigentes prefabricados (por la iglesia o por quien sea), y los sabihondos con aspiraciones electorales. Y no es el método lo que está en discusión. Una organización revolucionaria no descarta ningún método útil para avanzar tras la victoria que busca. Se trata de saber cuándo éste es útil efectivamente, y cuándo opera contra la unidad social y política de las masas explotadas y oprimidas; cuándo empequeñece y encasilla los objetivos de quienes las asumen; cuándo aísla y socaba el respaldo del resto de la sociedad y abre espacio para la represión sin reacción de masas. Es por demás obvio que después de un límite en la lucha social, la burguesía responde invariablemente con la represión. El punto no es si ésta llegará o no, sino qué harán las masas en ese momento, porque de ello depende que los revolucionarios puedan articular la resistencia y buscar la victoria. Es preciso evitar a todo precio la repetición de políticas que extrapolan un método de lucha, lo aplican con prescindencia de los efectos que producen sobre los trabajadores y el pueblo y provocan así el aislamiento de la militancia más activa, dejándola a merced de la represión. Está a la vista el efecto que sobre los trabajadores con ocupación producen los cortes de ruta que les impiden llegar a su trabajo o prolongan sus ya intolerablemente largas jornadas. Hay que tener también en cuenta a las clases medias, empujadas a la desesperación por la guadaña de la crisis y más que proclives a aceptar propuestas de “mano dura” para “poner orden”.

Por otro lado, no hace falta argumentación para concluir que salvo casos muy excepcionales, un piquete de 30, 50 o 100 personas provocando reacciones negativas en decenas de miles que se ven afectadas sin saber siquiera de qué se trata, es un desatino que la militancia y la sociedad toda pagarán muy caro si no lo corrigen a tiempo. Una estrategia seria debe tender a aislar al enemigo. Y debe diseñar políticas cuidadosamente elaboradas para todos los aliados, posibles aliados y sectores que sin llegar a serlo nunca, pueden ser neutralizados. Todo accionar que contribuya a que la burguesía pueda sumar voluntades a favor de sus métodos en el ejercicio del poder está enderezada contra los intereses de las masas, no importa cuánto repita la palabra revolución. Los episodios que recientemente dieron lugar a acusaciones de infiltración policial hablan por sí mismos: carece por completo de importancia que alguien sea o no un agente provocador si realiza acciones que aparecen, o pueden ser presentadas ante los trabajadores y la juventud, como provocaciones.

 

Si además se apela a este método como recurso electoral, entonces el desvío es completo.

La lucha consecuente contra la desocupación, que sin duda debe reclamar subsidios para quienes carecen de todo ingreso, sólo puede cumplir una función históricamente positiva si se une a la de los trabajadores ocupados y exige -con los métodos de lucha que la realidad reclame, una vez que éstos son asumidos por las masas- la disminución de la jornada de trabajo de quienes tienen empleo (y trabajan de 10 a 16 horas diarias), por supuesto sin disminución del salario de bolsillo, y gradualmente encadena las demandas de modo tal que las masas comprendan por qué hay desocupación y cuál es el único camino para resolverla. Esta es la línea de acción que habrá de llevar la militancia consciente; y va de suyo que ella no se limitará a quedar sentada en volantes y periódicos, sino que será conducta y bandera en la lucha codo a codo con los hermanos de clase sin empleo.

 

Frente antimperialista continental 

Fenómenos como la quiebra de Aerolíneas Argentinas, el desfalco del denominado “megacanje” y la exposición ante las masas del papel que juega la deuda externa, han abierto un espacio nuevo a la lucha antimperialista. Las últimas exigencias del Fondo Monetario Internacional, que sin ocultamientos y luego de imponer la disminución de los salarios estatales sostiene la necesidad de reducir aún más los salarios en las empresas privadas y planea otro recorte presupuestario de 3000 millones de dólares para el próximo año, harán más amplio y candente ese espacio. Diez años de sumisión ante el saqueo, diez años de cerebros lavados en universidades y publicaciones supuestamente serias, se desintegran en pocas semanas para dar lugar a un sentimiento inverso, que coloca al imperialismo en general y específicamente al estadounidense, como lo que es: el enemigo público número uno. Si a esto se suma la escasamente difundida realización de maniobras militares con marines yanquis y la proliferación de bases militares en Argentina y la región(8), se concluye que un factor de primordial peso en las luchas por venir será la identificación del imperialismo como enemigo por parte de las masas.

Develar y denunciar el papel del imperialismo, y disponerse con energía a reunir el mayor arco de fuerzas posibles para enfrentarlo sea en su apariencia de gerentes del FMI, infantes de marina o demócratas al uso, es una herramienta clave tanto en la búsqueda del punto de convergencia de las ideas del socialismo científico con los sentimientos más directos de los trabajadores y la juventud, como en la impostergable tarea de frenar y revertir la ofensiva imperialista.

Tras estos objetivos, los revolucionarios marxistas chocarán con un obstáculo difícil de sortear. Ya está articulada la intención de partidos burgueses, burócratas sindicales, obispos reaccionarios y nacionalistas de todo pelaje dispuestos a manipular ese sentimiento. El frente contrarrevolucionario que ocupó el palco en la Plaza de Mayo el 31 de mayo de 2000, la primera vez que en la historia del movimiento obrero de Argentina la ultraderecha explícita encabezó un acto de los trabajadores, es un antecedente que de ningún modo debe ser olvidado, puesto que constituye una prueba insoslayable de la línea adoptada por el enemigo y el punto de desarrollo que ha alcanzado(9).

Aquí también, como respecto de la condena a las instituciones de la democracia burguesa, las fuerzas reaccionarias se montan en un hecho objetivo: el creciente sentimiento antimperialista en el conjunto de la sociedad. La omisión por parte de los revolucionarios frente a ese fenómeno equivaldría a empujar a las masas a la trampa tendida por franjas de la burguesía e incluso por el propio imperialismo a través de aparatos que manipula clandestinamente, haciéndolos aparecer como furiosos nacionalistas. Mientras que la simple adhesión a semejante aquelarre equivaldría a un suicidio.

No se puede desconocer que algunas expresiones del capital, incluso del gran capital, tienen contradicciones reales con Estados Unidos. Ese factor irrebatible será utilizado para intentar la repetición de la maniobra estratégica consistente en llamar a la “unidad nacional”, recomponer una alianza policlasista y colocar a la clase obrera bajo la dirección política de una supuesta “burguesía nacional”. No es algo a futuro: tal línea de acción ya está en marcha y con mucho más camino recorrido del que podría desprenderse de las paupérrimas exposiciones orales de Moyano. Buena parte del Polo Social articulado en torno al cura Luis Farinello forma parte de este proyecto.

Mantener la independencia respecto de estos engendros protofascistas no es sólo cuestión de principios, sino de lisa y llana defensa propia. Pero eso en ninguna hipótesis podría llevar a desconocer la lucha antimperialista y tanto menos a abroquelarse con el frente que previsiblemente se formará, con muy similares propuestas económicas para salir de la depresión, pero desde el flanco liberal conocido como “centroizquierda”, que puede eventualmente ser el ARI o adoptar otra conformación y denominación. De hecho, una política en la práctica revolucionaria deberá converger en un momento con aquéllos y en otro con éstos, porque así lo demandrá la necesidad de enfrentar al imperialismo y defender los derechos civiles y las garantías democráticas. Al margen de estos dos ejes de lucha no hay acción revolucionaria. Pero ni la defensa de la soberanía nacional frente al imperialismo, ni el combate por las libertades democráticas, pueden ser sostenidas con coherencia y continuidad si las masas no comprenden y asumen hasta sus últimas consecuencias la lucha contra el capital y por la victoria de un gobierno de los trabajadores y el pueblo.

El dilema está claro: sólo los revolucionarios marxistas pueden llevar hasta sus últimas consecuencias el combate cuyos primeros escarceos se muestran ahora. Pero ellos no son nada sin las fuerzas objetivas que, por las condiciones históricas dadas, están hoy comprometidas en la lucha contra el imperialismo y por las libertades democráticas.

No hay motivo para asustarse: siempre ha sido así para toda genuina organización revolucionaria. Y va de suyo que no hay recetario a seguir para orientarse día por día en la lucha política que este complejísimo escenario plantea. Sólo un colectivo múltiple, capaz de tener hondas raíces en la clase obrera, la juventud y los movimientos sociales de todo tipo a la vez que tiene ojos y cerebros para reconocer, evaluar y transformar en resoluciones ejecutivas -sobre todo eso: muy ejecutivas, mientras todas las demás corrientes vacilan y trastabillan- los cambios en las relaciones de fuerzas internacionales y locales, los estados de ánimos de la sociedad, los niveles de conciencia y organización del proletariado, podrá resolver satisfactoriamente este tránsito que exige eludir simultáneamente toda expresión de sectarismo y de adaptación al curso espontáneo de la sociedad.

En cualquier caso, para delinear y articular su respuesta a la depresión económica, la opresión imperialista, la defensa de las libertades individuales y las garantías democráticas, los revolucionarios marxistas deben salir necesariamente del marco nacional e instalarse en el contexto internacional y específicamente latinoamericano. No puede haber lucha antimperialista al margen de un programa con eje en la unidad latinoamericana, articulado mediante un programa con consignas tales como defensa incondicional de Cuba, enfrentamiento directo y militante con el Plan Colombia y la militarización del hemisferio, repudio a la deuda externa de la región y recuperación de las riquezas saqueadas a través de ésta en el último cuarto de siglo, lucha contra el anexionismo implícito en el ALCA.

La opción no es, no puede ser, optar por “el imperialismo menos malo”, como ya se dice en ciertos medios. No desconocer las brechas que abre la cada día más grave confrontación entre los tres centros del imperialismo mundial, de ningún modo supone alinearse con uno de ellos. Del mismo modo, los hechos trascendentales en curso en América Latina que muestran a sectores de la gran burguesía resistiendo frente a la voracidad estadounidense, no podrían dar lugar a reproducir en esa escala lo que negamos fronteras adentro: la subordinación al programa y la dirección política del capital nativo.

Esta perspectiva está siendo recorrida en prácticamente todo el continente por una avenida de doble mano: desde la socialdemocracia y un sector del aparato vaticano, a través de una subordinación total al capital asociado con el imperialismo europeo; desde el pseudonacionalismo, penetrado por grandes capitales locales, entre los que también se hallan tentáculos del Vaticano, mediante la búsqueda de coaliciones para una supuesta “salvación nacional”. La conflictiva relación Alfonsín-Duhalde grafica la tangencialidad de ambos proyectos al cabo incompatibles en términos políticos. La definición de la fuerza hegemónica en la conducción del Frente Amplio de Uruguay (véase esta misma edición), indica el curso adoptado ya con nitidez por una fuerza de masas con definición genérica de izquierda. Las turbulencias en el PT brasileño, exponen la lucha frontal entre las líneas de subordinación al capital, hoy hegemónicas, y los esfuerzos por definir una política propia de los trabajadores(10).

No hay modo de superar esta encrucijada sin posicionarse a la vez contra el imperialismo en todas sus expresiones, por la incondicional defensa de las libertades democráticas hoy muy frontalmente amenazadas y sin moverse un ápice de la estrategia apuntada hacia un gobierno de los trabajadores y sus aliados, es decir la más nítida definición en la palabra y en los hechos por la independencia política de los explotados y oprimidos.

 

Recomposición de fuerzas marxistas

Está a la vista la responsabilidad de la militancia marxista ante este desafío histórico. Desde su situación de debilidad y en un marco en el que todavía prevalece la retracción, desarticulación y confusión del proletariado a escala mundial, será necesario impedir que la manipulación de la sociedad acosada por la depresión económica lleve a una encerrona política. En su actual estado, las organizaciones que se reivindican revolucionarias marxistas no podrán afrontar tamaña responsabilidad. Sólo una recomposición de sus fuerzas -concepto distante por igual del sectarismo y el frentismo de izquierda- podrá presentarse ante las masas como una alternativa válida frente a los caminos que proponen las diferentes fracciones del capital.

No será con invocaciones como se recorrerá el camino hasta el punto en que la convergencia de cuadros y agrupamientos llegue a transformar cantidad en calidad y se arribe a una recomposición que pueda constituirse en el punto de partida efectivo en la lucha por el derrocamiento del sistema, la asunción del poder político por los órganos democráticos de las grandes masas y la construcción del socialismo. Por lo demás, está claro que nada de esto ocurrirá en el ámbito exclusivo de un país. Con todo, cabe conminar a los luchadores revolucionarios que habitan este país y no están dispuestos a someterse a la hegemonía del nacionalismo o el liberalismo burgués, a todos quienes -participen o no en campañas electorales- entiendan y asuman cuáles son los caminos reales de la historia, a esforzarse en el máximo de sus capacidades; a recorrer el tramo restante hacia la realización de un congreso fundacional del partido que el proletariado y el pueblo necesitan, para encarar el único camino posible: el de la revolución y el socialismo.

1.- Esta política ha acumulado contradicciones de diverso género y magnitud, al punto de provocar cambios muy significativos en el mapa político hemisférico, los cuales gravitan de manera directa sobre la situación argentina. Crítica adelantó esta perspectiva desde su primera edición. Ver específicamente El Cono Sur y la crisis mundial, ponencia al VII° Encuentro del Foro de São Paulo; N° 17, Agosto 1997. Un punto especial de cambio estuvo dado por la asunción de Hugo Chávez en Venezuela Crítica N° 21, mayo 1999. Los cambios producidos en los últimos dos años y el cuadro de situación actual serán analizados con detalle en la próxima edición.

2.- Un ejemplo es el reciente conflicto en Firestone. Ver cobertura en El Espejo N° 102, 103, 104, con crónicas y análisis de Diego Gutiérrez, Claudio Marín y Jorge Montero.

3.- Luis Bilbao, Segunda campaña de cerco y aniquilamiento, en Periodismo y Militancia, Búsqueda, Buenos Aires, mayo de 2001, pág. 119

4.- Antes de condenar a los activistas o dirigentes sindicales que recorrieron esta parábola, las organizaciones que se consideran marxistas y revolucionarias deberían preguntarse -y responder públicamente- para qué están los partidos, cuál es el cometido histórico que la teoría les asigna y qué estaba haciendo cada uno mientras esa masa de luchadores sindicales que fundó el CTA era arrastrada por la ideología y los aparatos de la burguesía. Luego de cumplido este requisito, por cierto será necesario exponer ante la clase trabajadora y el pueblo el papel que muchos de aquellos sindicalistas están cumpliendo hoy.

5.- Crítica N° 20, pag. 31. Texto reimpreso en Nº 25, pág. 14.

6.- La gran prueba, Crítica N° 25; pág. 6.

7.- El Bloque de Rechazo confeccionará una boleta de distribución masiva para votar con ella el 14 de octubre, con puntos tales como: Con 8 hs. de trabajo hay trabajo para todos; Salario mínimo igual a la canasta familiar; No al pago de la deuda externa; Contra el ALCA y el Plan Colombia; por la reestatización de las empresas privatizadas; defensa de la escuela pública y laica; anticonceptivos para no abortar, aborto libre para no morir; No al arancelamiento universitario; asambleas de trabajadores y jóvenes para discutir qué país queremos; gobierno provisional de los trabajadores y el pueblo, etc.

8.- Ver Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur, Buenos Aires, septiembre 2001.

9.- En esa oportunidad a Hugo Moyano, de la CGT 2, lo acompañó como orador el secretario del obispo Primatesta (el compinche en Córdoba del asesino general Menéndez durante la dictadura). En el palco estaban además Franco Caviglia (el segundo de Domingo Cavallo), Aldo Rico y Luis Patti (torturadores, representantes de la dictadura), Lorenzo Miguel (que desde la UOM colaboró con el secuestro de activistas clasistas) y una caterva de ladrones de ladrones y traidores imposible de enumerar. Ver El Espejo N° 84; Buenos Aires, 5 al 8 de junio de 2000; y Periodismo y militancia; op. cit, pág. 238.

10.- En diciembre próximo el Foro de São Paulo será escenario de este histórico combate ideológico y político. Crítica llevará allí, como lo hace con regularidad desde 1989, cuando su equipo participó en la fundación de esta instancia continental, una ponencia articulada frente a este cruce de caminos, en un marco internacional de crisis severa con pronóstico cierto de inexorable agravamiento. Esta ponencia será publicada en una edición extra de la revista.

Democracias latinoamericanas bajo la amenaza de Washington

porLBenLMD

 

El primer signo inocultable fue el golpe contra el presidente Hugo Chávez en abril de 2002. Pero a partir de allí, y acelerado al compás de los preparativos bélicos contra Irak, Estados Unidos parece dar por terminado el período histórico en el que su estrategia continental demandaba gobiernos constitucionales.

 

Entre las revelaciones a que dio lugar en las últimas semanas la embestida estadounidense para ocupar Irak, destaca con singular relieve el posicionamiento de los gobiernos latinoamericanos ante el dilema que afronta el planeta: la región enfrentó la voluntad de la Casa Blanca. Las excepciones brillan precisamente por su escaso valor geopolítico en el hemisferio. Y el saldo inmediato es inequívoco: Washington se ha quedado solo también en su área de influencia más directa.

No debiera sorprender. Que los presidentes Vicente Fox de México y Eduardo Duhalde de Argentina hayan tomado tan tajante distancia frente a la Casa Blanca es inesperado solo para quien no advirtió el fenómeno en curso en la región durante los cuatro últimos años. Aunque desde un ángulo diferente, la causa que contrapone a George W. Bush con gobiernos insospechados es la misma que produjo la irreparable hendidura entre Estados Unidos y la Unión Europea: la debacle económica con epicentro en las cúspides del sistema mundial lanza unos contra otros a los principales beneficiarios del orden actual.

Fox y Duhalde (y desde un ángulo diferente el presidente chileno Ricardo Lagos), no son Jacques Chirac y Gerhard Schroeder por lo mismo que los grandes empresarios de aquellas dos potencias imperiales no pueden compararse con sus homólogos transatlánticos. No obstante, a la hora de defenderse de la compulsiva voracidad del socio mayor, son explicables la altiva decisión del presidente francés de acudir él mismo a ejercer el derecho a veto que su país tiene en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y la tajante toma de distancia de Duhalde en su discurso de apertura del período legislativo.

Engañarse respecto de la naturaleza de los actores es tan grave y ominoso como negarse a admitir quién escribe, con mano invisible pero inapelable, el libreto que asombra a algunos y confunde a muchos más: la crisis verdadera; la que aún permanece camuflada por la tragedia iraquí; la que lanza unos contra otros a los máximos representantes de las potencias y sus subordinados en todo el orbe; la que se mide más fría y precisamente en los balances de las multinacionales, en la caída de la tasa de ganancia, en el derrumbe de los índices bursátiles.

 

Otros actores

En América Latina, sin embargo, gravita de manera decisiva un factor diferencial respecto de las posibles derivaciones de la coyuntura en el resto del mundo: los gobiernos de Brasil y Venezuela y, en otro plano, el de Cuba. Tras haber transformado los intentos golpistas de 2002 en contudente victoria y base para una ofensiva acelerada ya en pleno desarrollo, Hugo Chávez y la Revolución Bolivariana se proyectan en la región como puntal alternativo frente al descalabro y la ingobernabilidad. Lula da Silva y el Partido de los Trabajadores de Brasil, a la cabeza del Estado más poderoso al Sur del río Bravo, expresan a su vez una vuelta de campana en las relaciones de fuerzas hemisféricas y constituyen una plataforma hoy muy elevada para cualquier proyección política regional (la propuesta de Lula de convocar inmediatamente en la ONU a todos los países que se oponen a la guerra es revulsiva no ya para Bush, sino para Fox, Duhalde y decenas de otros jefes de gobierno en el mundo). Fidel Castro, firme pese a los pronósticos que aseguraban su caída 13 años atrás, es un baluarte moral y político para una mayoría abrumadora de los más de 400 millones de habitantes de la región. Las diferencias de todo orden entre estas tres instancias alternativas en el tifón de la crisis, no podrían desdibujar lo obvio: Fox y Duhalde (o quienquiera que lo reemplace), no podrían jamás torcer a su favor el eje apoyado en Brasilia, Caracas y La Habana.

Más importante es, con todo, verificar que lejos de operar en los hechos contra éste, Fox y Duhalde (y lo mismo ocurrirá con quien lo reemplace), fueron empujados a sumarse objetivamente a él, en un punto tan crucial como es hoy para el Departamento de Estado obtener apoyo político formal y público para avanzar hacia la invasión en Medio Oriente. Y este cuadro adquiere su verdadera dimensión cuando se toma cuenta del trasfondo: los índices elevadísimos de oposición a la guerra en todos y cada uno de los países del área.

 

Sentimientos anti-Estados Unidos

Todo lo que en términos ideológicos ganaron los defensores del sistema capitalista señoreado por Washington entre 1987 y 1997, lo perdieron en el lapso que va de aquel momento a la fecha. Sólo una pertinaz propensión a negar los hechos pudo ocultar que con el colapso bursátil de 1997, el derrumbe de los entonces ensalsados «tigres asiáticos» y la sublevación masiva que en Indonesia derrocó una dictadura de medio siglo, se iniciaba el canto del cisne imperial. A partir de aquel punto se comprobaban la imposibilidad de un «nuevo orden internacional», la certeza de un insondable e incontenible desorden, resumido por Chirac y Duhalde, hoy abanderados contra un objetivo irrenunciable para la Casa Blanca.

Desde el lejano Oriente la oleada antimperialista, supuestamente sepultada para siempre, cobró por entonces cuerpo de masas y se desplazó a las propias capitales del Norte, en un fenómeno mal representado por el concepto «antiglobalización». Ahora inunda al planeta entero. Y es tan poderosa que desde el Papa al New York Times deben pagarle tributo.

Al margen de las múltiples consecuencias estratégicas de este fenómeno, en América Latina plantea para Washington un desafío inmediato y de enormes proporciones. Y como frente todo lo que ya no puede resolver con ideología, promesas y dinero (porque aquéllas se revelaron hipócritas e inconsistentes y éste se agotó), el Departamento de Estado responde con violencia. Y opera directa, brutal y abiertamente contra los regímenes constitucionales en el área. Ya ha sido subrayada la significación inequívoca del pedido del presidente colombiano Alvaro Uribe para que Washington haga en Sudamérica «lo mismo que en Irak»(1). Pero en los dos meses subsiguientes la escalada se amplió.

El punto de aceleración ocurrió cuando ya estaba clara la dinámica de oposición mundial a la guerra y la imposibilidad de derrocar a Chávez: «Mañana, una delegación de funcionarios de alto nivel de EE.UU se reunirá aquí con representantes de la Cancillería para cruzar información y sobre todo, para evaluar de qué manera se puede atacar el financiamiento de organizaciones terroristas hacia Medio Oriente. Suponen, se realiza desde ese triángulo donde convergen Puerto Iguazú, Foz de Iguazú y Ciudad del Este»(2). Tropas estadounidenses ingresaban sigilosamente a sumarse a destacamentos ya instalados y operando en «prácticas conjuntas», en esa zona y, al misma altura hacia el Oeste, en la provincia argentina de Salta.

Diez días antes una voz insospechable constataba: «Una guerra de Estados Unidos con Irak echaría combustible a los ya considerables sentimientos anti estadounidenses, que han crecido pronunciadamente en muchos países islámicos en años recientes, y dividiría a los estadounidenses del público de algunos tradicionales aliados, revela un sondeo de opinión pública global»(3).

Otras voces confirmaron la escalada:

«Un grupo de 60 soldados estadounidenses se encuentra en la región petrolera de Arauca, al noreste de Colombia, para entrenar a militares de ese país en la protección de oleoductos contra atentados terroristas»(4). Nota bene: esto ocurrió una semana después de la demanda pública de Uribe y cuando ya en Venezuela el golpe petrolero se había vuelto contra sus ejecutores, transformándose en un poderoso motor de impulso a la Revolución Bolivariana.

«El general de EE.UU James Hill, comandante del Comando Sur en Miami, dijo que grupos islámicos radicales de Oriente Medio reciben ´entre 300 y 500 millones de dólares anuales desde redes criminales de Latinoamérica»(5).

Para colmo ocurrieron accidentes: «El presidente de EE.UU, George W. Bush, ordenó ayer el envío a Colombia de 150 soldados estadounidenses para asistir en la búsqueda de tres ciudadanos de ese país que permanecen como rehenes de guerrilleros de las FARC (…) una avioneta, que supuestamente hacía tarea de espionaje, cayó al Sur de Colombia el 13 de febrero. Viajaban cinco hombres de los cuales cuatro eran norteamericanos»(6).

Simultáneamente, periodistas reconocidos por su sagacidad para adelantarse en la interpretación de lo que el Departamento de Estados transformará en líneas de acción, comenzaron a machacar sobre dos nuevos y gravísimos riesgos que azotarían a Sudamérica: las «áreas sin ley», que reclaman «una fuerza regional multinacional», y el hecho de que «a Chavez le conviene» la invasión a Irak, por lo cual se debe impedir que la ocupación de aquel país mitigue la atención puesta en Venezuela(7).

El obvio impacto negativo sobre las economías sudamericanas y las actitudes de los respectivos gobiernos también ha sido considerado: «EE.UU necesita el apoyo de México y Chile en especial, ya que precisa sus votos en el Consejo de Seguridad, del que son miembros actualmente (…) ´Los países más grandes están sufriendo presiones grotescas´, que para el presidente de México ´representan amenazas´, dijo Joseph Tulchin, del Centro Woodrow Wilson. Bush sugirió esta semana que podría darse en EEUU una reacción contra los mexicanos como la que tiene lugar contra los franceses, y un diplomático estadounidense dijo a The Economist que la falta de apoyo de México en la ONU podría ´provocar sentimientos negativos´»(8).

Mientras tanto, se hacía público que «Brasil y Argentina pusieron ayer en marcha una ambiciosa idea para exportar juntos productos agropecuarios y coordinar estrategias comunes ante la Organización Mundial de Comercio»(9).

 

Democracia en peligro

Con un dispositivo militar creciente; con argumentos -casi nunca probados- tendientes a lanzar una caza de «terroristas» y «fuentes de financiación» de organizaciones islámicas en Medio Oriente; con presiones y descarada intervención de sus embajadores en cuestiones políticas internas; con la obsesiva idea de cambiar el concepto de fuerzas armadas de cada país por el de una estructura conjunta continental con mando en Washington, Estados Unidos está avanzando a paso acelerado contra la institucionalidad democrática, ya exhausta y transfigurada a menudo en su contrario tras una década de políticas anticrisis denominadas «neoliberalismo».

Si gobiernos elegidos democráticamente se suman a la oposición a la ofensiva económico-militar de Washington, y si para colmo apuntan a formas de unidad en diferentes planos para afrontar una crisis que no da -y no dará- respiro, cae de su peso cuál es el más reciente enemigo de Estados Unidos: las democracias latinoamericanas.

  1. Luis Bilbao, «El enemigo principal es Lula»; Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur, febrero 2003.
  2. «60 soldados de las fuerzas especiales de EEUU llegan a Colombia»; El País, Madrid, 19-1-03.
  3. Brian Knowlton, «A rising anti-American tide»; International Herald Tribune; París, 5-12-02.
  4. Guido Braslavsky; «EE.UU vuelve a poner su mira en la Triple Frontera»; Clarín, Buenos Aires, 15-12-02.
  5. «Nueva denuncia de EE.UU sobre la triple frontera»; Clarín, 10-3-03.
  6. EE.UU envía tropas a colombia para recuperar a sus rehenes»; Clarín, 23-2-03.
  7. Andrés Openheimer, «Las amenazas de las áreas sin ley», La Nación, Buenos Aires, 11-3-03, y Jorge Ramos Avalos, «A Chávez le conviene la guerra», Clarín, Buenos Aires, 8-3-03.
  8. «La guerra perjudicará las economías de América Latina»; Clarín, 11-3-03.
  9. Cristian Mira, «Brasil y Argentina quieren unirse para exportar alimentos»; La Nación, Buenos Aires, 11-3-03.

El enemigo principal es Lula

porLBenLMD

 

El llamado del presidente Alvaro Uribe a que Washington intervenga militarmente en América Latina y la forzada incorporación de EE. UU. al «grupo de países amigos» de Venezuela, originalmente programado por el gobierno brasileño, son movimientos destinados a recuperar la iniciativa política en la región. Tratando de utilizar a Lula para cercar a Hugo Chávez, Washington busca impedir que el liderazgo regional del Presidente brasileño catalice el descontento generalizado y consolide una relación de fuerzas adversa a Estados Unidos.

 

Lo hizo con gesto de monaguillo compungido, pío servidor de la iglesia al que un superior ha dado una reprimenda, aceptada con el placer intenso de los fanáticos. Por mucho menos, en otro momento de la historia semejante conducta hubiese levantado una marejada de indignación y su autor hubiese sido declarado “traidor a la patria”. Signo de los tiempos, apenas si hubo contenidos gestos de sorpresa e incomodidad cuando el presidente de Colombia pidió que Estados Unidos invada su país y descargue su poderío militar sobre el corazón sudamericano, la Amazonia.

Alvaro Uribe utilizó dos escenarios internacionales para publicitar su insólita demanda: el “despliegue en los cielos y mares de una fuerza multilateral liderada por Estados Unidos para combatir con toda fortaleza el narcotráfico y el terrorismo en Colombia, que potencialmente puede destruir la Amazonia e impactar en toda la región sudamericana”(1). En Quito primero, durante la ceremonia de asunción del presidente Lucio Gutiérrez, en Davos después, rodeado de las altas finanzas del planeta, Uribe repitió su argumentación: “Yo veo que es más grave el conflicto del narcotráfico y el terrorismo en Colombia para la estabilidad democrática del continente en el mediano y largo plazo, que el mismo conflicto en Irak. Este problema nuestro es una amenaza mayor”. Y agregó, para que no haya equívocos: “si Estados Unidos está movilizando al Golfo Pérsico miles y miles de hombres y toda la tecnología, pues lo que hay que hacer es taponar con la misma fuerza y con la misma decisión todas las vías por donde se surte el comercio del narcotráfico”(2).

Uribe pide decenas de miles de soldados estadounidenses y la panoplia ultratecnificada que hace posible “en las primeras 48 horas lanzar 800 misiles y arrasar Bagdad”, para lograr la “destrucción psicológica y la voluntad del enemigo”(3). Si resultare imprescindible para la alta misión de “combatir el narcotráfico”, esa tecnología permitiría asumir, como hace el Pentágono en estas horas respecto de Irak, que “sólo las armas nucleares pueden ser el camino eficaz para destruir objetivos altamente sofisticados”(4).

¿Sobreactúa Uribe y obran con sabiduría gobiernos, partidos e intelectuales latinoamericanos que se limitan a registrar con nerviosismo –si acaso lo hacen– tal propuesta? Ni lo uno, ni lo otro. Uribe no obra con mayor autonomía de la que podía expresar un presidente de Vietnam del Sur durante los años de la invasión estadounidense en el Sudeste Asiático. Su voz repite la indicación de quienes en los centros reales de poder en Washington observan, a mitad de camino entre la incomprensión y la alarma, que Estados Unidos ha perdido la iniciativa política y carece de instrumentos institucionales aptos para recuperarla en los perentorios plazos exigidos por la crisis global y su manifestación singular en el hemisferio Sur del continente.

No son improvisados los escenarios escogidos por Uribe. Por sobre los debates agendados, en Davos dominó la honda fractura producida entre la Unión Europea y Estados Unidos a propósito del ataque a Irak, cuyas causas sin embargo encuentran explicación de última instancia en el tema prohibido del cónclave: la recesión combinada de Europa, Estados Unidos y Japón y la certeza ya asumida de que, lejos de remontarla en 2003, la caída se acentuará, dándole amenazante corporeidad al fantasma de un colapso del sistema financiero mundial(5). En Quito, mientras tanto, el foco de todas las cámaras resumió involuntariamente el hecho político nuevo en el continente al apuntar, como había hecho diez días antes en Brasilia durante la asunción de Luiz Inácio Lula da Silva, a la imagen que para la prensa, sin excepción, dominó ambas ceremonias: el encuentro de Lula, Fidel Castro y Hugo Chávez.

Convergen aquí dos datos mayores del momento político internacional: ruptura de la alianza estratégica entre Europa y Estados Unidos –admitida ya a ambos lados del Atlántico(6)–, es decir, demolición de lo que fuera, junto con la ex Unión Soviética, viga maestra del equilibrio planetario dominante desde la Segunda Guerra Mundial; conformación de un bloque latinoamericano objetivamente confrontado con Washington, con centro de gravedad en Brasil y respaldo activo de Venezuela y Cuba.

Réplica caribeño-integrista del agnóstico británico Anthony Blair, Uribe fue encomendado para llevar la respuesta de Washington a los presidentes reunidos en Quito y, en Davos, a quienes pudieran aspirar, alentados por aquella fractura, a repetir el papel de Gran Bretaña frente a España durante la lucha americana por la Independencia, dos siglos atrás: si lo intentan, vamos como a Irak. La advertencia era también, y sobre todo, para el presidente brasileño, que acaso llevado por la misma lógica, estuvo en la localidad suiza donde Thomas Mann situara La montaña mágica.

 

Golpe de mano de Washington

En diciembre último, antes de asumir el Ejecutivo de Brasil, Lula envió un delegado personal a entrevistarse con el presidente Hugo Chávez, quien para entonces había ya quebrado el intento opositor de derrocarlo mediante una campaña de sabotaje masivo contra la empresa petrolera del Estado, PDVSA. El comisionado brasileño llevó una propuesta, consistente en formar un grupo integrado por países latinoamericanos y de la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo) que mediara entre el gobierno y la oposición venezolana y facilitara una salida a ambas partes, urgidas –por razones diferentes– a hallar una vía de rápida salida al fallido golpe de Estado detonado a comienzos de diciembre. A la sazón, el presidente saliente Fernando Henrique Cardoso, en acuerdo con el presidente entrante, había facilitado la utilización de barcos petroleros brasileños y el envío de gasolina a Venezuela, lo cual contribuyó a que Chávez superara la emergencia en el punto de mayor efecto de la campaña de sabotaje, que había provocado desabastecimiento de combustibles y gas. Según fuentes venezolanas, la propuesta de crear el grupo de países amigos era conocida por las autoridades estadounidenses. Sin embargo un portavoz del Departamento de Estado condenó la iniciativa en el mismo momento en que Lula asumía la Presidencia, el 1º de enero. La primera reacción fue formar otro grupo de países, presidido por Estados Unidos. Pero en la semana transcurrida entre esa fecha y la asunción de Gutiérrez, el secretario de Estado del gobierno de George W. Bush, Colin Powell, aplicó la antigua máxima del pragmatismo militar: si no puedes vencer a tu enemigo, únetele. En Quito, mientras Uribe hacía su provocativo pedido, se consumaba la incorporación de Estados Unidos, España y Portugal al grupo de “amigos”. La propuesta de Lula se daba vuelta como un guante. Y la mano de hierro que éste envolvía se cerraba en torno al cuello del presidente brasileño. Fuentes cercanas a la dirección del PT tradujeron el impacto paralizante de la primera gran prueba de fuerzas con Estados Unidos. En Miraflores hubo estupor y desconcierto.

El revés para Chávez resulta obvio. El involucramiento directo de la Casa Blanca y la CIA en el golpe de abril es cosa sabida, denunciada incluso por la gran prensa estadounidense. Los gobiernos de Estados Unidos y España fueron los dos únicos que en todo el mundo reconocieron formalmente el 13 de abril pasado a Pedro Carmona, el efímero dictador que en apenas 36 horas anuló la Constitución, disolvió el Parlamento, destituyó gobernadores y alcaldes y lanzó una persecución feroz en todo el país contra dirigentes chavistas, antes de huir con escala en Bogotá y destino Miami. Los dos intentos de golpe posteriores, en octubre y diciembre, contaron, como mínimo, con respaldo diplomático, político y comunicacional del Departamento de Estado.

Va de suyo que los delegados estadounidense y español en el “grupo de países amigos” reiterarán la conducta de abril, desconociendo la legitimidad de Chávez y el carácter anticonstitucional del accionar opositor. La aceptación inicial de esta instancia se transforma así en una trampa que puede dificultar la consumación de la estrategia de Chávez, quien ha logrado deslegitimar a la oposición en términos de legalidad constitucional y, en consecuencia, privarla de respaldo público por parte de gobiernos extranjeros. No obstante, dada la relación de fuerzas internas tras el fracaso rotundo de la intentona(7), el respaldo renovado y creciente de la población y los anuncios recientes del Presidente venezolano apuntados a profundizar la “revolución bolivariana” con medidas letales para el núcleo eficiente de la oposición golpista –todos datos conocidos de antemano por Washington– acorralar a Chávez no es en modo alguno el objetivo principal de la Casa Blanca en el “grupo de amigos”.

 

La clave es el ALCA

El centro estratégico de esta arremetida estadounidense son Brasil y su presidente. Las clases dirigentes del gigante sudamericano expusieron su oposición al ALCA (Area de Libre Comercio de las Américas) mucho antes de la victoria del Partido de los Trabajadores (PT). El justificado temor de franjas de la alta burguesía latinoamericana ante el ímpetu arrollador de Estados Unidos en su empeño por unificar un mercado de Alaska a la Patagonia, tomó cuerpo en la diplomacia de Itamaraty ya durante el gobierno de Cardoso. Fue este presidente, declarado socialdemócrata, quien consumó un vuelco del tablero político regional al convocar en julio de 2000 a una reunión de presidentes sudamericanos, es decir, excluyendo no sólo a Estados Unidos, sino también a México, su socio latinoamericano en el Tratado de Libre Comercio (TLC) y a los gobiernos subordinados a éste en América Central y el Caribe.

Para resistir la embestida estadounidense, Brasil necesita de un bloque regional que, desde la perspectiva de Itamaraty, sólo puede consolidarse en torno a la única burguesía industrial con existencia real en el área: la suya propia. El otro punto de apoyo de ese eje está hoy en Caracas. Y el tercero, potencial y por el momento altamente improbable, en Buenos Aires.

Si con la operación “grupo de amigos” los agentes de Bush logran distanciar en los hechos al proceso revolucionario venezolano del gobierno brasileño, debilitarán al extremo la estrategia diplomática delineada por el gran capital brasileño en su intento por levantar una barrera de resistencia frente al ALCA. También, y de un mismo golpe, acaban con el potencial revulsivo del liderazgo de Lula en la región.

El éxito inicial de la maniobra que ubicó a Lula en el imposible papel de gestor de la voluntad de Washington no debiera ocultar la sustancia del fenómeno: la Casa Blanca va detrás de los acontecimientos en Sudamérica. Tiene el poderío necesario para imponerse en circunstancias puntuales (es obvio que el gobierno del PT es chantajeado a partir de la gravísima situación económica que lo acosa), pero está a la defensiva. El recurso de la amenaza bélica, la carta Uribe, es prueba de una debilidad insanable que, vista del revés, inaugura una etapa histórica en América Latina: ahora la iniciativa política para la región está en manos de una singular alianza social –simbolizada por Lula y Alencar en el Ejecutivo brasileño–, todavía sin signo definitivo y, por ello, con el rumbo abierto en numerosos senderos, hoy inescrutables. Alguno de ellos lleva presumiblemente a los jardines de la Casa Blanca; otros entrevén el sentido inverso.

“Hacia donde se incline Brasil irá América Latina”, dijo Henry Kissinger en los años ’60, cuando teledirigía el golpe militar en aquel país. Sin duda el Departamento de Estado sigue hoy, con mayor énfasis aun, aquella noción estratégica (la cual, apoyada en lo obvio, desconoce por cierto la abigarrada complejidad del continente y el devenir desigual y combinado de la dialéctica de la historia). Como quiera que sea, desde el 1° de enero y por todo un período Brasil y Lula serán el fiel de la balanza en el Cono Sur y gravitarán sobre todo el continente, incluido Estados Unidos, donde el 70% de la población se opone a la guerra contra Irak y la primera minoría étnica, con 37 millones de ciudadanos, es de origen latino. Ocurre que precisamente el Cono Sur está hoy en una situación de inestabilidad sin precedentes en la historia de la región.

 

Bolivia, Paraguay, Argentina

En Bolivia, el presidente Gonzalo Sánchez de Lozada asumió hace apenas seis meses y ya afronta una insurrección de masas que, cualquiera sea su desenlace inmediato, revela una nueva y original reconfiguración política de las organizaciones indígenas, obreras y de las capas medias urbanas. Si la impotencia oficial revela el callejón sin salida de las políticas resumidas en el vocablo “neoliberalismo”, la creación de un Estado Mayor del Pueblo, al calor de una sublevación que desde el 13 de enero paralizó al país y desarticuló el poder político (con un saldo a fin de enero de 11 muertos y centenares de heridos), indica grado y carácter de una confrontación social cuyo horizonte no encuadra en el régimen actual, mucho menos con la participación del embajador estadounidense a la usanza de un virrey del siglo XXI.

En Paraguay, en medio de una campaña electoral para las elecciones generales del próximo 27 de abril, el mismo día en que el Congreso debía votar si destituía o no al presidente Luis González Macchi éste ordenó la salida a las calles de unidades del ejército para “apoyar a los efectivos policiales en la búsqueda de poner freno a la ola de delincuencia y alta inseguridad ciudadana”(8). Centrales sindicales y la poderosa Federación Nacional Campesina discuten mientras tanto la fecha y condiciones de una huelga general. También en este país, el conflicto real está físicamente planteado: hay tropas estadounidenses estacionadas en la Triple Frontera.

Pero acaso más que en cualquier otro país, Brasil gravita hoy sobre la coyuntura en Argentina. Tras el cataclismo económico y la volatilización de todos los partidos, la simpatía por Lula –que las encuestas miden en más de un 60%– revela que mientras un sector numéricamente considerable de las clases dirigentes se esperanza con el relanzamiento del desarrollo mediante una proyección local de la alianza Lula-Alencar, el grueso de los trabajadores y específicamente la juventud ven en Lula a “un compañero”. Aun antes de que comience a tomar forma la propuesta brasileña de crear una moneda única y revitalizar el Mercosur, este sentimiento cobra fuerza política, se extiende a toda la región y atraviesa líneas partidarias y definiciones ideológicas, mientras la explosiva situación económica, además de alimentar una coalición sin precedentes a escala continental plantea un riesgo que amenaza cada mañana: “América Latina podría proveer la chispa para que se produzca una debacle financiera mundial”(9). He allí la medida de la desazón estadounidense.

  1. “Uribe pidió un despliegue como en Irak”, La Nación, Buenos Aires, 16-1-03.
  2. “Uribe le pide a EE. UU. un bloqueo militar a Colombia”, Clarín, Buenos Aires, 16-1-03.
  3. “EE. UU. atacará Irak con una lluvia de misiles nunca vista”, Clarín, Buenos Aires, 26-1-03.
  4. Paul Richter, “La Casa Blanca analiza un golpe nuclear táctico”, Los Angeles Times, publicado por Clarín, Buenos Aires, 26-1-03.
  5. Pierre-Antoine Delhommais, “Qui peut croire encore à la reprise en 2003?”, Le Monde, París, 7-1-03; Jeffrey E. Garten, “The world economy needs help”, International Herald Tribune, París, 13-1-03.
  6. Javier Solana, “Las semillas de una posible ruptura entre EEUU y Europa”, El País, Madrid, 13-1-03.
  7. Luis Bilbao, “Dos semanas de fraude en Venezuela”, Info Dipló, Buenos Aires, 16-12-02 (www.eldiplo.org).
  8. “En busca de seguridad sacan militares a la calle”, Noticias, Asunción, 29-1-03.
  9. Jeffrey E. Garten, “The world economy needs help”, International Herald Tribune, París, 13-1-03.