Transición al socialismo como eje de la campaña electoral

PorLBenAXXI

 

Silencio: después de haber bombardeado a la opinión pública continental para convencerla de que Hugo Chávez tenía dos meses de vida y total incapacidad para asumir la campaña electoral, los medios comerciales del hemisferio se han llamado a silencio. El 11 de junio Chávez inscribió su candidatura para los comicios del 7 de octubre. Llegó al CNE rodeado por multitudes que inundaron Caracas. Luego subió a un escenario, cantó, bailó y durante tres horas y media expuso su plan de gobierno. Desmoralizada, la oposición admite que su candidato no se afirma y carece de toda chance. Como respuesta, adelanta que denunciará fraude.

 

Al momento de inicio formal de la campaña electoral, el 1 de julio, la evaluación positiva y regular del gobierno de Hugo Chávez suma 80% (63% positiva, 17% regular). Un 19% tiene una evaluación negativa. Por el contrario, la oposición tiene una valoración positiva del 22% contra una negativa del 45%. Así las cosas, si las elecciones hubiesen tenido lugar el día de arranque de la campaña, el 57.8% hubiera votado a Hugo Chávez y el 23% por Capriles Radonski, el candidato de la opositora Mesa de Unidad Democrática (MUD).

Con leves diferencias que no modifican el mensaje principal de estos números, el conjunto de las consultoras coincide con la última evaluación de GIs XXI. Véase: la consultora 30.11 marcó 57.8%; Hinterlaces, 51%; ICS, 59.4%; Datanálisis, 43.6%.

Tales datos producen un impacto demoledor en las filas opositoras. Nadie allí espera que en el lapso hasta las elecciones la estolidez de su candidato permita remontar la distancia actual. Esto redunda en creciente hostilidad entre las fracciones, pero también abre paso a una línea que propone desconocer el poder electoral, anunciar fraude por adelantado y optar a última hora entre boicotear los comicios o desconocer su resultado después.

Hay ya una escalada con ese objetivo. Rafael Poleo es un periodista pública y notoriamente involucrado en el golpe de 2002 que depuso a Chávez por 47 horas, antes de que una verdadera insurrección popular y una rebelión generalizada de las fuerzas armadas lo rescatara de manos de militares, burgueses y clérigos golpistas para restituirlo en el poder. Desde entonces no ha cejado de promover el derrocamiento del Presidente. Con fecha 29 de junio, Poleo publicó lo siguiente: “el fraude electoral está montado y el Gobierno no vacilará en ejecutarlo si es derrotado en las urnas el 7 de octubre. No queda de otra que enfrentarlo (…) Será la prueba de fuego para unos dirigentes políticos, los de la oposición, que todavía están por graduarse de tales, para un pueblo que tampoco ha demostrado que merezca la libertad”.

Si la dirigencia política no está graduada y el pueblo no merece libertad, es obvio por dónde pasa la solución para vencer en la prueba de fuego tras desconocer el resultado que en la noche del 7 de octubre anuncie el Consejo Nacional Electoral: la intervención extranjera. Ésa es, desembozadamente, la línea de acción asumida por el sector más resuelto de la oposición y publicitada por los medios de prensa, al mismo tiempo que denuncian al mundo la falta de libertad de expresión en Venezuela.

 

Economía, salud y política

El dato más trascendente -y para muchos sorprendente- es que durante el año de enfermedad y relativa ausencia de Hugo Chávez, el Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv) y, como parte integrante, el conjunto de ministros y altos funcionarios, lejos de ser presa de divisiones, desviaciones y parálisis, alcanzó un grado de coherencia y eficiencia netamente superador del desempeño anterior.

Es verdad que, aun en los momentos más difíciles, Chávez no disminuyó la atención ni se desentendió del mando por un momento. Pero hubiese sido imposible el funcionamiento del gobierno tal como se dio sin un alto nivel de homogeneidad ideológico y programático en los altos mandos, a su vez sólo articulable por un Partido. Como sea, el hecho es que durante el último año Venezuela, a contramano del mundo, amplió extraordinariamente los beneficios sociales de la economía, revirtió la caída del PIB resultante de la crisis de 2009 y la reducción en los precios del petróleo y, para sorpresa de extraños y propios, avanzó en un consistente camino de disminución de la inflación, elevada más allá de lo manejable en el período anterior.

Antes de observar esa dinámica, conviene acentuar que durante el período del socialdemócrata Carlos Andrés Pérez, el promedio anual de la inflación fue del 45%; durante el período posterior del socialcristiano Rafael Caldera, ese promedio subió al 60%, con picos del 100%. En la primera fase de su gobierno, Chávez redujo estos niveles al 14%. Luego, tras el paro petrolero y sus devastadores efectos económicos, la inflación volvió a subir y se instaló en picos de hasta el 30%. Pues bien, hasta mayo pasado, el índice de inflación mensual se redujo del 1,8 en el mismo período del año pasado al 1% este año, en tanto el crecimiento del PIB en el primer trimestre fue del 5,6% y la proyección anual no sólo deja atrás la caída anterior, sino que duplica como mínimo las estimaciones para las restantes economías principales de América Latina.

Esto indica que, en dinámica de crecimiento, la inflación anual rondará el 20% con tendencia a la baja. Las autoridades no descartan que el año próximo se pueda reducirla a un dígito.

Esto ocurría mientras la oposición anunciaba la inminente muerte del Presidente y éste avanzaba sin pausa en su recuperación física. A la fecha, aunque a ritmo menor al suyo habitual, Chávez está en campaña. En el último mes sus constantes apariciones públicas y una actividad sostenida en la función de gobierno han triturado la esperanza opositora, transmitida sin rubor, de que el cáncer por el que tuvo tres intervenciones quirúrgicas en el último año, más prolongadas sesiones de quimioterapia y radioterapia, dejarían al candidato opositor frente a otro representante de la Revolución Bolivariana. En una selección de opiniones tomadas en la calle sobre la salud de Chávez, un medio furiosamente opositor reprodujo la siguiente: “Él está muy saludable y gordo (…) cuando una persona está enferma no tiene capacidad para hacer lo que él está haciendo (cadenas), a menos que sea un extraterrestre”, expresó Reinaldo González citado por el portal Noticias 24.

A la vista de la apariencia y la actividad de Chávez, esa opinión del más llano sentido común predomina largamente en el conjunto de la sociedad venezolana, sin excluir a decepcionados opositores. Entre éstos no son pocos quienes creen que ha ocurrido un milagro. Después de haber alabado al cáncer como designio divino para “salirse de Chávez”, se preguntan con voz trémula si Dios, en definitiva, también está con el Dictador. Conversaciones de este género se repiten en los más dispares círculos de las minorías burguesas. Mientras tanto, en  el grueso del pueblo sucede lo contrario: para cientos de miles, probablemente millones, no cabe la menor duda de que Dios intervino con una cura milagrosa para que Chávez continúe conduciendo la transición al socialismo.

Como sea, lo cierto es que todo se alínea para que las encuestas lleguen a los resultados consignados. Para la oposición interna, pero sobre todo para el gobierno estadounidense, la cuestión no es que la oposición pierda otra elección –nadie serio creyó jamás en otra posibilidad- sino en la distancia que obtendrá Chávez frente a la oposición unida en una sola candidatura. Más claro que nunca, se enfrentan en Venezuela en la lid electoral capitalismo y socialismo. Seis años atrás la propuesta revolucionaria alcanzó el 63% de los votos. Después de 13 años de gobierno, cinco de ellos en proclamada transición al socialimo, ahora con un programa más rotundo y articulado en oposición al sistema capitalista, otra victoria de Chávez, incluso con prescindencia del porcentaje, dará al próximo mandato la fuerza y el espacio necesarios para acelerar en la transición y producir, como repite el Presidente, hechos sociales, económicos y políticos que hagan irreversible la Revolución.

Allí estriba el temor de Washington y sus vástagos locales. Allí estriba, también, la creciente certeza en medios oficiales de que un sector de la oposición estará dispuesto a “la prueba de fuego” de la que ya se habla públicamente: denunciar fraude, activar fuerzas mercenarias desde hace tiempo acantonadas y a la espera, desatar una campaña mundial y demandar la intervención de la OEA y Estados Unidos para derrotar al tirano.

Nada original, si se observa la conducta de la Casa Blanca en otras latitudes. Sólo que en Venezuela hay organismos de masas con elevada conciencia de la coyuntura, democráticamente organizados y acompañados por el grueso de la fuerza armada y por una milicia popular. Ésa es hoy la mayor garantía para la campaña electoral que comienza, para el ejercicio verdaderamente democrático del voto el 7 de octubre y para la continuidad institucional de la Revolución Bolivariana.

Recuperado y en campaña

PorLBenAXXI

 

Silencio: después de haber bombardeado a la opinión pública continental para convencerla de que Hugo Chávez tenía dos meses de vida y total incapacidad para asumir la campaña electoral, los medios comerciales del hemisferio se han llamado a silencio. El 11 de junio Chávez inscribió su candidatura para los comicios del 7 de octubre. Llegó al CNE rodeado por multitudes que inundaron Caracas. Luego subió a un escenario, cantó, bailó y durante tres horas y media expuso su plan de gobierno. Desmoralizada, la oposición admite que su candidato no se afirma y carece de toda chance. Como respuesta, adelanta que denunciará fraude.

 

Al momento de inicio formal de la campaña electoral, el 1 de julio, la evaluación positiva y regular del gobierno de Hugo Chávez suma 80% (63% positiva, 17% regular). Un 19% tiene una evaluación negativa. Por el contrario, la oposición tiene una valoración positiva del 22% contra una negativa del 45%. Así las cosas, si las elecciones hubiesen tenido lugar el día de arranque de la campaña, el 57.8% hubiera votado a Hugo Chávez y el 23% por Capriles Radonski, el candidato de la opositora Mesa de Unidad Democrática (MUD).

Con leves diferencias que no modifican el mensaje principal de estos números, el conjunto de las consultoras coincide con la última evaluación de GIs XXI. Véase: la consultora 30.11 marcó 57.8%; Hinterlaces, 51%; ICS, 59.4%; Datanálisis, 43.6%.

Tales datos producen un impacto demoledor en las filas opositoras. Nadie allí espera que en el lapso hasta las elecciones la estolidez de su candidato permita remontar la distancia actual. Esto redunda en creciente hostilidad entre las fracciones, pero también abre paso a una línea que propone desconocer el poder electoral, anunciar fraude por adelantado y optar a última hora entre boicotear los comicios o desconocer su resultado después.

Hay ya una escalada con ese objetivo. Rafael Poleo es un periodista pública y notoriamente involucrado en el golpe de 2002 que depuso a Chávez por 47 horas, antes de que una verdadera insurrección popular y una rebelión generalizada de las fuerzas armadas lo rescatara de manos de militares, burgueses y clérigos golpistas para restituirlo en el poder. Desde entonces no ha cejado de promover el derrocamiento del Presidente. Con fecha 29 de junio, Poleo publicó lo siguiente: “el fraude electoral está montado y el Gobierno no vacilará en ejecutarlo si es derrotado en las urnas el 7 de octubre. No queda de otra que enfrentarlo (…) Será la prueba de fuego para unos dirigentes políticos, los de la oposición, que todavía están por graduarse de tales, para un pueblo que tampoco ha demostrado que merezca la libertad”.

Si la dirigencia política no está graduada y el pueblo no merece libertad, es obvio por dónde pasa la solución para vencer en la prueba de fuego tras desconocer el resultado que en la noche del 7 de octubre anuncie el Consejo Nacional Electoral: la intervención extranjera. Ésa es, desembozadamente, la línea de acción asumida por el sector más resuelto de la oposición y publicitada por los medios de prensa, al mismo tiempo que denuncian al mundo la falta de libertad de expresión en Venezuela.

 

Economía, salud y política

El dato más trascendente -y para muchos sorprendente- es que durante el año de enfermedad y relativa ausencia de Hugo Chávez, el Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv) y, como parte integrante, el conjunto de ministros y altos funcionarios, lejos de ser presa de divisiones, desviaciones y parálisis, alcanzó un grado de coherencia y eficiencia netamente superador del desempeño anterior.

Es verdad que, aun en los momentos más difíciles, Chávez no disminuyó la atención ni se desentendió del mando por un momento. Pero hubiese sido imposible el funcionamiento del gobierno tal como se dio sin un alto nivel de homogeneidad ideológico y programático en los altos mandos, a su vez sólo articulable por un Partido. Como sea, el hecho es que durante el último año Venezuela, a contramano del mundo, amplió extraordinariamente los beneficios sociales de la economía, revirtió la caída del PIB resultante de la crisis de 2009 y la reducción en los precios del petróleo y, para sorpresa de extraños y propios, avanzó en un consistente camino de disminución de la inflación, elevada más allá de lo manejable en el período anterior.

Antes de observar esa dinámica, conviene acentuar que durante el período del socialdemócrata Carlos Andrés Pérez, el promedio anual de la inflación fue del 45%; durante el período posterior del socialcristiano Rafael Caldera, ese promedio subió al 60%, con picos del 100%. En la primera fase de su gobierno, Chávez redujo estos niveles al 14%. Luego, tras el paro petrolero y sus devastadores efectos económicos, la inflación volvió a subir y se instaló en picos de hasta el 30%. Pues bien, hasta mayo pasado, el índice de inflación mensual se redujo del 1,8 en el mismo período del año pasado al 1% este año, en tanto el crecimiento del PIB en el primer trimestre fue del 5,6% y la proyección anual no sólo deja atrás la caída anterior, sino que duplica como mínimo las estimaciones para las restantes economías principales de América Latina.

Esto indica que, en dinámica de crecimiento, la inflación anual rondará el 20% con tendencia a la baja. Las autoridades no descartan que el año próximo se pueda reducirla a un dígito.

Esto ocurría mientras la oposición anunciaba la inminente muerte del Presidente y éste avanzaba sin pausa en su recuperación física. A la fecha, aunque a ritmo menor al suyo habitual, Chávez está en campaña. En el último mes sus constantes apariciones públicas y una actividad sostenida en la función de gobierno han triturado la esperanza opositora, transmitida sin rubor, de que el cáncer por el que tuvo tres intervenciones quirúrgicas en el último año, más prolongadas sesiones de quimioterapia y radioterapia, dejarían al candidato opositor frente a otro representante de la Revolución Bolivariana. En una selección de opiniones tomadas en la calle sobre la salud de Chávez, un medio furiosamente opositor reprodujo la siguiente: “Él está muy saludable y gordo (…) cuando una persona está enferma no tiene capacidad para hacer lo que él está haciendo (cadenas), a menos que sea un extraterrestre”, expresó Reinaldo González citado por el portal Noticias 24.

A la vista de la apariencia y la actividad de Chávez, esa opinión del más llano sentido común predomina largamente en el conjunto de la sociedad venezolana, sin excluir a decepcionados opositores. Entre éstos no son pocos quienes creen que ha ocurrido un milagro. Después de haber alabado al cáncer como designio divino para “salirse de Chávez”, se preguntan con voz trémula si Dios, en definitiva, también está con el Dictador. Conversaciones de este género se repiten en los más dispares círculos de las minorías burguesas. Mientras tanto, en  el grueso del pueblo sucede lo contrario: para cientos de miles, probablemente millones, no cabe la menor duda de que Dios intervino con una cura milagrosa para que Chávez continúe conduciendo la transición al socialismo.

Como sea, lo cierto es que todo se alínea para que las encuestas lleguen a los resultados consignados. Para la oposición interna, pero sobre todo para el gobierno estadounidense, la cuestión no es que la oposición pierda otra elección –nadie serio creyó jamás en otra posibilidad- sino en la distancia que obtendrá Chávez frente a la oposición unida en una sola candidatura. Más claro que nunca, se enfrentan en Venezuela en la lid electoral capitalismo y socialismo. Seis años atrás la propuesta revolucionaria alcanzó el 63% de los votos. Después de 13 años de gobierno, cinco de ellos en proclamada transición al socialimo, ahora con un programa más rotundo y articulado en oposición al sistema capitalista, otra victoria de Chávez, incluso con prescindencia del porcentaje, dará al próximo mandato la fuerza y el espacio necesarios para acelerar en la transición y producir, como repite el Presidente, hechos sociales, económicos y políticos que hagan irreversible la Revolución.

Allí estriba el temor de Washington y sus vástagos locales. Allí estriba, también, la creciente certeza en medios oficiales de que un sector de la oposición estará dispuesto a “la prueba de fuego” de la que ya se habla públicamente: denunciar fraude, activar fuerzas mercenarias desde hace tiempo acantonadas y a la espera, desatar una campaña mundial y demandar la intervención de la OEA y Estados Unidos para derrotar al tirano.

Nada original, si se observa la conducta de la Casa Blanca en otras latitudes. Sólo que en Venezuela hay organismos de masas con elevada conciencia de la coyuntura, democráticamente organizados y acompañados por el grueso de la fuerza armada y por una milicia popular. Ésa es hoy la mayor garantía para la campaña electoral que comienza, para el ejercicio verdaderamente democrático del voto el 7 de octubre y para la continuidad institucional de la Revolución Bolivariana.

Paraguay, G-20 y Venezuela

PorLBenAXXI

 

«Conscientes de la importancia de la inversión para impulsar el crecimiento económico, nos comprometemos a preservar un entorno de negocios favorable para los inversionistas”. Así reza el punto 27 de la Declaración Final de la cumbre del G-20 realizada en Los Cabos, México, el 19 de junio.

Sería banal gastar tanto dinero y esfuerzo como implica reunir a jefes de Estado de cinco continentes, para concluir en la importancia de la inversión en el impulso al crecimiento. No se trata de un hallazgo de la teoría económica o la inteligencia política que justifique tamaño despliegue. Se puede suponer entonces que la parte importante del citado punto 27 es la que alude a la preservación de un “entorno de negocios favorable para los inversionistas”. Eso sí amerita el gasto.

Ese tipo de “entorno favorable” comenzaron a sentir apenas tres días después algunas transnacionales instaladas o por instalarse en Paraguay, cuando un golpe de mano acabó limpiamente con el gobierno de Fernando Lugo.

En aquel mismo escenario paradisíaco de la Baja California, el Fondo Monetario Internacional (FMI) anunció que obtuvo el compromiso formal de 12 países para aumentar a 456 mil millones de dólares sus recursos, en función de enfrentar o prevenir la crisis. Los países comprometidos son China, con 43 mil millones, Brasil, India, México y Rusia con 10 mil millones cada uno, Turquía con 5 mil millones, Sudáfrica con 2 mil, Colombia con 1.500 y Malasia, Nueva Zelanda, Filipinas y Tailandia con mil millones.

Los 20 mandatarios firmaron además el punto 26, que dice lo siguiente: “Estamos comprometidos firmemente con el libre comercio y la inversión, la expansión de los mercados y la oposición al proteccionismo en todas sus formas, condiciones necesarias para la recuperación económica global sostenida, el empleo y el desarrollo. Destacamos la importancia de un sistema de comercio multilateral, abierto, predecible, basado en reglas, transparente y nos comprometemos a garantizar la relevancia de la Organización Mundial de Comercio (OMC)”.

No obstante, apenas 10 días después, la suspensión de Paraguay de los organismos regionales permitió la incorporación formal y plena de Venezuela al Mercosur. Una medida que no condice exactamente con el compromiso ante los centros mundiales del capital para dejar fluir “el libre comercio y la inversión, la expansión de los mercados y la oposición al proteccionismo en todas sus formas”.

Estas incongruencias no empañan la victoria estadounidense en Los Cabos. Washington consiguió imponer a los demás miembros la filosofía general y los lineamientos económico-políticos concretos para contrarrestar la brutal crisis que sacude al sistema capitalista. Por si fuese poco, logró hacer financiar esa política de salvación capitalista con los recursos de los países irónicamente denominados “emergentes”.

Nada de esto garantiza ni por lejos que la Unión Europea consiga frenar el vertiginoso proceso que tras demoler Grecia ataca ahora a España, Italia y Francia, dejando a Alemania entre la espada y la pared. Mucho menos resuelve la dinámica interna de Estados Unidos, hundida en la que su vicepresidente Joseph Biden calificó como “la más grave depresión de la historia” de su país. Pero sí garantiza otra cosa: el G-20 circunscribe la respuesta a esa hecatombe no ya al marco exclusivo del sistema capitalista, sino incluso a su institución más repudiada: el FMI.

Con el aporte de países saqueados, el G-20 abrió incluso la puerta para un paliativo a la Unión Europea, que en su cumbre del 29 de junio resolvió aplicar inmediatamente los recursos obtenidos en Los Cabos: “Urgimos a la rápida conclusión de un Memorando de Entendimiento adjunto al apoyo financiero a España para la recapitalización de su sector bancario”.

 

Eslabón guaraní

Pese a las sucesivas victorias de la Casa Blanca en el G-20 desde 2008, antes y después de esa fecha el poder estadounidense no hizo sino retroceder en todos los sentidos en América Latina y el Caribe.

La reciente reunión de la OEA en Bolivia (pág. 28), las decisiones de los ministros de Defensa de Unasur en la propia capital paraguaya pocos días antes (pág. 14) son, entre otras, razones para que Washington apele a algo más que reuniones protocolares en lugares fastuosos y busque romper el eslabón más débil en la cadena regional con métodos adecuados a los nuevos tiempos, pero distantes de la rigurosidad institucional. Mientras los 20 presidentes sonreían para la foto ritual en Los Cabos, los tentáculos del Departamento de Estado ultimaban el derrocamiento de Lugo.

Pero el golpe no fue sólo ni principalmente contra Paraguay. El problema de Estados Unidos –en representación mundial del capital– es la dinámica preponderante en América Latina durante la última década y, sobre todo, el engranaje clave que mueve ese mecanismo hasta ahora irrefrenable: la Revolución Bolivariana en Venezuela.

Incluso algún estratega extraviado del Departamento de Estado creyó ver en el cáncer de Hugo Chávez la respuesta a sus desvelos. Pero pronto cedió en su opinión. Además de que en el período más duro de la enfermedad del presidente venezolano el proceso de transición anticapitalista se afirmó y aceleró, el 11 de junio Hugo Chávez inscribió su candidatura presidencial ante el Consejo Nacional Electoral. Y lo hizo derrochando señales de que está en condiciones para ganar nuevamente –y con mayor participación, y con mayor ventaja– las elecciones del 7 de octubre (pág. 16). De manera que la Revolución Bolivariana continuará ejerciendo el papel de engranaje motor de un complejo y extendido mecanismo que se prolonga en el Alba, Unasur y Celac, para proyectarse por sí y como conjunto sobre grandes actores del escenario planetario y adquirir categoría de factor eficiente en medio de la crisis mundial. Dado que los pronósticos de todo signo coinciden en afirmar que la crisis se agravará inexorablemente y caerá como tromba sobre los desposeídos, la palabra de Chávez, avalada por una enésima victoria electoral con todas las reglas de la institucionalidad democrática impuesta por la burguesía en Occidente, tiene un poder temible y creciente en medio del vendaval.

 

Estrategia de aproximación

No es posible hoy para Estados Unidos o cualquiera de sus aliados atacar y vencer en Venezuela. Dividir Unasur, mellar aliados firmes como Evo Morales o Rafael Correa (para restringir el cuadro al ámbito suramericano), desviar, desgastar, corromper o eventualmente desestabilizar a burguesías vacilantes de la región, son condiciones previas. Por eso el golpe en Paraguay, un país que incluso llegó a comprometerse con la Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América en un momento decisivo: cuando Lugo participó del documento que el Alba debatió y aprobó antes de presentarlo en la cumbre de las Américas en Trinidad y Tobago, en abril de 2009. Pero este bello y sufrido país reinició su marcha en condiciones por demás desfavorables, resultantes de una historia en la que los imperios le hicieron pagar caro su osadía del siglo XIX, combinada con el punto más bajo en conciencia, organización y capacidad política efectiva de las fuerzas revolucionarias a escala mundial.

 

Hora de prueba

Por lo mismo que fue elegido para dar el primer zarpazo, Paraguay es ahora un factor mayor a la hora de impedir que Estados Unidos monte allí su cabecera de playa, clave una cuña en Unasur, complete la paralización del Mercosur e intente seguir avanzando en su plan contrarrevolucionario continental. El respaldo a la resistencia del pueblo paraguayo, que ya ha dado un paso con la conformación del Frente por la Defensa de la Democracia (FDD), es una obligación solidaria, pero también una exigencia de autodefensa. Con las diferencias del caso, así parecen haberlo entendido los mandatarios de Unasur reunidos en Mendoza el 29 de junio, mientras en Europa se aprobaba un plan que centralizará como nunca antes el capital bancario y dará poder a Berlín en detrimento de Bruselas.

Vale volver a citar la Declaración final del G-20. Dice el documento: “Recibimos con agrado los compromisos firmes para incrementar los recursos disponibles del FMI. Éste es el resultado de un amplio esfuerzo de cooperación internacional que abarca a un gran número de países. Los compromisos exceden los 450 mil millones  de dólares y son adicionales al aumento de cuotas conforme a la Reforma de 2010”.

Restaurar la institucionalidad en Paraguay, frenar las provocaciones sucesivas en Bolivia y Ecuador, poner una barrera al drástico retroceso en las economías principales de la región –con excepción de Venezuela, que crecerá este año a más del 5%– son exigencias de autodefensa para gobiernos que, como consecuencia del deterioro económico, comenzarán a sufrir turbulencias sociales y políticas que Washington no dejará de usufructuar.

No hay dos maneras de eludir esta tenaza. Lo repiten y practican los países del Alba.

 

 

América Latina en el nuevo escenario tras el fracaso europeo

PorLBenAXXI

 

Estados Unidos está a punto de anotarse una victoria trascendental. En el próximo período el euro habrá perdido el significado que tuvo en la economía mundial desde su aparición. En la hipótesis de máxima –igualmente probable– habrá desaparecido la Unión Europea.

Medir como triunfo estadounidense el colapso europeo puede resultar extraño, aunque la Casa Blanca trabajó ostensiblemente por él, con la ayuda de renombrados economistas y de su brazo europeo: Gran Bretaña.

En el análisis de la marcha política mundial de las últimas décadas quedó excluido un factor decisivo: la competencia interimperialista. La omisión proviene de una visión general del mundo tras la caída de la Unión Soviética, según la cual ésta resultaba de un capitalismo vencedor, sano y proyectado al futuro. No fue sólo falta de rigor en las derechas. Con escasas excepciones, cayeron en la trampa las diferentes izquierdas, sin excluir a las que se suponen extremas.

Hoy, comentaristas de distinto signo se burlan de los economistas que diseñaron la moneda común europea. A la luz del colapso griego señalan con vacua suficiencia las incongruencias elementales de la economía europea y la cadena de desastres en los países de menor desarrollo en la eurozona.

Ocurre que al finalizar los 1980 no había un capitalismo lozano y victorioso. La realidad era bien diferente. La crisis ya había carcomido sus columnas principales. De allí que la salida de la Urss del escenario hizo que los centros mundiales del capital se alinearan más frontal e impiadosamente para disputarse el mercado y la plusvalía mundiales. Para eso nació la UE. Para eso fue creado el euro.

La feroz disputa interimperialista provocó guerras cerca y lejos de París y Berlín. Dio lugar a criaturas deformes tales como la Cumbre Iberoamericana y la Cumbre de las Américas, con sus nonatos proyectos de Alca y TLCs transatlánticos. También promovió incontables páginas de vaciedades pseudoteóricas repetidas ad nauseam de comentaristas empeñados en encomiar a la UE como modelo de civilización superior, de inteligencia política y supremacía cultural.

Nada de eso: pura y simple competencia para robarse mercados. Y bien que avanzó Alemania tras ese objetivo, usando a España, Portugal e Italia para ganar la partida a Washington en América Latina; a Francia –e incluso, hasta cierto punto, Gran Bretaña– para mejor disputar África; a todos para competir con Japón y Estados Unidos en el polígono asiático que va del Canal de Suez al Mar de Bering, de Indonesia a Sri Lanka.

Alguien pudo creer que lo habían logrado. Pero las leyes de la economía son implacables. Inflando la Unión Europea e imponiendo el euro, Berlín y París huían hacia delante. Bloqueaban mercados a Estados Unidos en el perímetro de la UE y lanzaban a países empobrecidos y de menor desarrollo a una carrera demencial por consumir productos alemanes y franceses. De paso, devoraban con fruición a través de sus bancos.

Las eternas cenicientas de la Europa capitalista se ensoberbecieron sin temor al ridículo. Ejecutivos españoles actuaban con altanería en Buenos Aires, Caracas, San Pablo o Lima, convencidos de que era su propio valor el motor del éxito que los ubicaba en situación preponderante. Los italianos no fueron a la zaga, seguros de que habían recuperado los esplendores del antiguo imperio. Helos allí, en poco más de dos décadas. Implorando salvataje financiero al Reichstag, que se niega a concederlo en la certeza de que sería cavar su propia tumba. Para colmo, el pensamiento político europeo –es decir, francés– revela en el torbellino que su intrincada sofisticación del último medio siglo es un tambor vacío.

Ya no existirá Bruselas como contraparte de Washington en la alianza contra cualquier ruptura del statu quo materializada en una nueva Otan con jurisdicción planetaria. Ya no será el euro el que dispute la primacía al dólar. La UE ingresa de lleno a la recesión. La lucha social y la forma política que adopte dirá si se posterga una vez más el pasaje de la retracción a la depresión; dictará si habrá muerte o pervivencia agónica del euro; y marcará el destino inmediato de la tan celebrada como ficticia Unión de 27 países y 8 aspirantes.

El hecho es que Estados Unidos derrotó a un aliado clave en la Otan y abrió paso en su lugar a enemigos de otra naturaleza, obligadamente más frontales y radicales, de menor peso económico para librar la batalla por la demanda mundial de mercancías, pero cualitativamente superior en materia militar.

Tras vencer al ejército de Roma con devastadoras pérdidas del suyo, un general griego exclamó tres siglos antes de nuestra era: “otra victoria como ésta y tendré que regresar solo a Epiro”. Si Barack Obama tuvo oportunidad de leer a Borges, podría enmendarle la plana a Pirro: “otra victoria como el derrumbe del euro y voy en coche al muere”.

 

Otros ejes, nueva fase

Durante las dos últimas décadas del siglo XX la competencia interimperialista fue el factor dominante para la marcha de la política mundial. Eso no negaba –sólo subordinaba temporalmente– otros ejes de confrontación: choque entre centros metropolitanos y economías dependientes, disputas interburguesas en cada país y región, constante combate que en sordina o con estridencias rige tendencialmente el curso de toda sociedad; la lucha de clases.

Si el conjunto de la economía mundial tuviera margen de maniobra, esta coyuntura abriría una fase de auge para los movimientos nacional-burgueses. Pero no lo tiene. La crisis estructural dispondrá las piezas de otro modo en el tablero internacional. Desde luego se verán –se ven en estos días–  hechos sobresalientes de resistencia por parte de burguesías nacionales o regionales y las consecuentes respuestas brutales de los centros imperialistas, frente a los cuales es obligado alinearse del lado de los débiles. Pero inexorablemente éstas quedarán subordinadas al único eje posible de respuesta a Washington y sus socios vencidos: la que propone enfrentar el colapso capitalista con el socialismo del siglo XXI.

El faro se reencendió en América Latina una década atrás. Hoy tiene carnadura en el Alba. Busca articular su limitada capacidad objetiva en la maraña de contradicciones antes señaladas, en la que alternativamente prevalecen o se someten fuerzas y programas ambiguos e incluso hipócritas, empeñados en restañar las heridas del capitalismo pero necesitados de respaldo de masas,  por lo que recurren al símbolo de la revolución representado por los países del Alba. Todo se transforma sin embargo con el ingreso al escenario de actores hasta hoy ausentes: juventudes y trabajadores de los países centrales; inicio de la radicalización popular en el Norte.

Ahora los países del Alba -y en especial Venezuela y Bolivia- son observados por las vanguardias en pie de combate en Grecia, España, Francia, Italia, Portugal, Gran Bretaña…

El mapa geopolítico mundial, en constante transformación durante la última década, está a punto de sufrir un cambio cualitativo. Pulverizado el unicato estadounidense, en su lugar domina la ausencia de hegemonía; Rusia en franca reorientación estratégica contra Estados Unidos y la Otan; China al fin de un vertiginoso período de crecimiento capitalista; India conmocionada por fuerzas centrífugas; Irán afirmando un espacio cuya eventual consolidación arrancará a todo el Asia Menor de manos imperiales; la Celac apuntada a reemplazar a la OEA, desplazando a Washington. La rosa de los vientos muestra como puntos cardinales el abismo de la crisis capitalista y el horizonte socialista. Esos serán los polos obligados de realineamiento internacional, sin espacio duradero para posiciones intermedias.

 

Práctica y teoría

Además de derrumbar como fichas de dominó una docena de gobiernos, las políticas impuestas en la Unión Europea para afrontar la crisis inervaron nuevos movimientos de masas. Son expresiones frescas de la lucha de clases. Para surgir han debido romper con aparatos partidarios, sindicales y culturales integrados a los Estados capitalistas bajo nombres utilizados como disfraz: socialistas, comunistas, sindicalistas. En esa ruptura reside su fuerza y su debilidad: comenzaron por fin a demoler los caballos de Troya del capital, pero carecen todavía de programa y estrategia, no pueden plasmar en nueva conciencia, unidad y organización para luchar franca y efectivamente por el poder.

Asumen, no obstante, que se trata precisamente de esto: el poder. El proceso es tan desigual como lo muestran Syriza en Grecia, los indignados de España, el Frente de Izquierda en Francia, entre tantas nuevas expresiones de combate, en la que irrumpen ahora los estudiantes canadienses, impiadosamente reprimidos por las muy democráticas autoridades de ese otro modelo derrumbado.

Al menos por ahora, el punto de combinación de semejantes desigualdades no está en Europa misma, mucho menos en Estados Unidos, donde también germina la semilla de la rebeldía frente a la brutalidad del sistema. Está en América Latina. El único eje posible de recomposición está en los avances revolucionarios de los países del Alba. Desafío histórico que tendrá un momento crucial cuando en julio se reúnan en Caracas los partidos y organizaciones políticas de todo el mundo que integran o simpatizan con el Foro de São Paulo. No confundir con el Foro de Porto Alegre. Se trata de una instancia partidaria, desviada hace ya tiempo de su rumbo original anticapitalista, tensada hoy al máximo por las exigencias de la nueva etapa. Las nuevas fuerzas de todo el planeta estarán allí representadas y con los ojos puestos en la marcha de la Revolución Bolivariana y las posiciones que expondrá ante ellas Hugo Chávez.

En ese recinto tendrá lugar un debate teórico y político trascendental. Es presumible que las posiciones antimperialistas se articularán a escala mundial y, en ese conjunto multifacético, avanzarán partidos, organizaciones y cuadros empeñados en echar los cimientos de una organización mundial por el socialismo del siglo XXI.

Alea iacta est

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Alerta: con el 73% de imagen positiva y un candidato opositor que no deja de caer en las encuestas, las elecciones en Venezuela no ofrecen duda sobre su resultado. Por eso mismo el riesgo se desplaza. Teledirigida por el Departamento de Estado, la llamada Mesa de Unidad Democrática toma un camino contrario al juego democrático. Con la prensa comercial machacando sobre la pronta muerte de Chávez la oposición prepara un plan de desestabilización y violencia con la intención de impedir la inexorable victoria electoral de la revolución.

 

La suerte –electoral– está echada. Hugo Chávez y la dirigencia del Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv), insisten en que nadie debe  bajar los brazos, que es preciso multiplicar esfuerzos para tomar contacto directo con cada ciudadano y hacer un esfuerzo supremo para alcanzar a aquellos sectores de la población explotada y oprimida que aún votan por sus verdugos. Pero eso no niega lo obvio: Chávez ganará, y a mucha distancia, las presidenciales del 7 de octubre.

Esta es la convicción que mueve también a la oposición y, sobre todo, a los mandantes del Departamento de Estado. Pese al abrumador despliegue propagandístico local e internacional apuntado a levantar la figura del candidato opositor, al contrario de aumentar su caladura social luego de haber sido proclamado como figura única del arco contrario a la Revolución Bolivariana en elecciones internas, Henrique Capriles Radonski pierde el espacio que inicialmente alcanzó. Esa dinámica, inequívocamente registrada por todas las empresas encuestadoras, se verifica antes de que la campaña comience formalmente, el 1° de julio.

No se trata sólo de la escualidez del candidato, aunque detalles como no haber podido contestar a una periodista adepta qué libros alimentaban su ideología, desde luego no avalan sus capacidades como representante del conjunto antichavista. Es que además de quedar expuesto por los medios de prensa de la revolución como golpista y cabecilla de la banda fascista que intentó asaltar la embajada cubana en Caracas, el 12 de abril de hace 10 años, han comenzado a trascender sus antecedentes como alucinado militante del grupo fascista Tradición, Familia y Propiedad, reemplazado luego, cuando esa secta internacional con sede en Buenos Aires y el Vaticano desapareció, por la adscripción al Opus Dei.

Probada la imposibilidad práctica de apuntalar semejante candidatura, los promotores de Washington y Caracas apelaron al recurso inverso: convencer a Venezuela y el mundo de que su contraparte no podrá asumir la campaña ni llegar a la jornada electoral porque el cáncer que lo aqueja lo sacará del escenario.

Ningún exceso fue ahorrado por periodistas y medios involucrados en esta campaña. Desde la reiteración de partes médicos fabricados por la CIA y expuestos ante la prensa por un ignoto médico radicado en Miami, hasta el extremo de hacer que analistas políticos digan sin ruborizarse que Chávez resignará su candidatura y lo reemplazará una de sus hijas (no saben indicar cuál). En todo el hemisferio se repiten a diario estas afirmaciones en diarios, radios y canales televisivos de amplia difusión. Repugna, desde luego, esta manera de encarar una campaña electoral. Pero sobre todo asombra por la extraordinaria debilidad que trasunta: el imperialismo, la burguesía venezolana, sus pares latinoamericanos, revolcándose en el fango de la degradación para lograr un puñado de votos que el mejor de sus candidatos no logra obtener por sí mismo.

Como era de esperar, el nulo desempeño de Capriles renovó las disputas internas en el bloque opositor y se llegó a plantear la necesidad de reemplazarlo con urgencia. Ese mismo conjunto hizo algo semejante en 1998, cuando verificó que ninguno de sus varios candidatos de entonces superaba al debutante Hugo Chávez: los hicieron renunciar en favor de un nombre unificador. El resultado es conocido.

 

El verdadero desafío

Ante la certeza de que el desenlace electoral le dará la victoria a la continuidad de la Revolución Bolivariana y además, por la magnitud estimada en más del 70% de los votos, significará un impulso democrático incuestionable para su aceleración y profundización inmediata y en todos los órdenes, el capital está lanzado ya por el único camino que le resta: la violencia. No ya la ejercida por medios de prensa. Sino aquella para la cual esta práctica viciada del periodismo pavimenta el camino: el desconocimiento de los resultados de los comicios, la irrupción de comandos armados, la campaña mundial denunciando fraude, la movilización violenta de los últimos reductos con capacidad que les queda a las dirigencias opositoras en cobijos policiales.

Éste es el verdadero desafío para el Psuv en las elecciones de octubre: impedir la violencia; alcanzar un número de votos tal que la proporción haga imposible ese recurso reiterado por Washington cuando no puede ganar en las urnas: denunciar fraude. Y, eventualmente, frenar en seco cualquier intento de sublevación violenta de un sector desesperado de la oposición.

Haciendo gala de una apariencia saludable y con su estilo y energía habituales, en un acto realizado el 29 de marzo en el Teatro Teresa Carreño, tras una semana de tratamiento con radioterapia en Cuba, Chávez alertó sobre el plan de violencia de la derecha venezolana. “Es un plan que hay que denunciar ante la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur). Nuestra responsabilidad es neutralizarlo para evitar la violencia y garantizar la paz en el país”.

Poco después el canciller Nicolás Maduro anunció que la denuncia se cursa a Unasur “y a otras instancias que permiten que este tema se debata, que los gobiernos de Suramérica estén absolutamente informados y alertas frente a esta conspiración que hay contra Venezuela”. Maduro dijo que la oposición prepara emboscadas políticas y mediáticas, para desestabilizar: “la derecha viene preparando un conjunto de emboscadas, y nosotros conocemos el guión”, afirmó.

Antes de partir de nuevo a La Habana para continuar su tratamiento, Chávez dio una pista clara del guión que conoce el gobierno: alertó a jefes policiales de Estados gobernados por la oposición y a banqueros que, según informes de inteligencia, los azuzan y financian. Y agregó: “El gobierno de los Estados Unidos está detrás de este plan”.

 

Operación combinada de magnitud contra la Revolución Bolivariana

PorLBenAXXI

 

Detonante: campaña envenenada de rumores respecto a la salud de Chávez; operación mediática a escala mundial; un juez corrupto fugado a Miami desde donde denuncia al Gobierno por connivencia con el narcotráfico; anuncio de que otro caso semejante aparecerá en pocos días; célebre dirigente opositor, comprometido con el golpe en 2002, desconoce al Consejo Nacional Electoral; insólito arribo del ministro de Defensa israelí a Colombia e imprevista gira latinoamericana del Secretario de Defensa estadounidense, son algunos de los indicios de una operación de envergadura con eventual desenlace militar de Estados Unidos contra Venezuela. El detonante de esta múltiple escalada belicista está a la vista: las encuestas indican que Chávez ganará las elecciones del 7 de octubre con más del 60% de los votos.

 

El clima político dominante en Venezuela contrasta fuertemente con el que describe la mayoría de los medios de prensa en el resto del mundo. La totalidad de las empresas encuestadoras adelanta el triunfo de Hugo Chávez en la elección presidencial del 7 de octubre próximo. Sólo alguna de ellas, a ojos vistas amañada, reduce la diferencia entre ambos contendientes. En las filas opositoras la expectativa se trastocó rápidamente en frustración al ver el desempeño de su candidato, Henrique Capriles, destacado por su ostensible dificultad para expresar ideas y propuestas.

Una mirada objetiva, basada en contacto con diferentes estratos de la población y con prescindencia de juicios de valor sobre la marcha política, llega sin demora a la conclusión de que las urnas darán una tercera presidencia a Chávez.

Pero esa conclusión está también avalada por análisis sistemáticos. De acuerdo con un sondeo del Centro de Medición e Interpretación de Datos Estadísticos (Cmide), cuando faltan seis meses para los comicios la gestión del Presidente es valorada positivamente por 79,5%, contra el 18,2 que la califica como negativa. Realizada a 1.300 personas mayores de edad a nivel nacional desde el 9 al 15 de abril, la encuesta tiene un margen de error entre 1,2 y 2,8%. El sondeo indica que 70,7% de las personas cree que Capriles no ganará en octubre, mientras que 17,7% considera que sí. “39% de los que manifiestan votar por Capriles, no cree que le gane las elecciones a Hugo Chávez”, informa la consultora, que también resalta un dato adicional: el 72,8% cree que Chávez garantiza la paz y la estabilidad en la República. En este punto el estudio resalta que 89% de los entrevistados pertenecientes a los sectores sociales A y B está de acuerdo con esa premisa. Cmide infiere de estos datos que la brecha de 31,5% en intención de votos en un escenario polarizado, indica la probabilidad de que Chávez gane con el 66%.

En la Casa Blanca, en las filas de la oposición burguesa, no caben dudas: con esta segura victoria la Revolución dará un salto cualitativo y emprenderá una nueva fase, superior y definitiva.

 

Confianza

Idéntica certeza anida en las mayorías. Lo admitan o no los enemigos internos y los medios que les hacen eco en todo el mundo, estos datos reflejan una realidad completamente ajena al clima de zozobra supuestamente dominante en la población a causa del cáncer que aqueja a Chávez. Nadie, en las filas revolucionarias, duda de la gravedad de la enfermedad del Presidente. Pocos, si acaso alguno, duda de su recuperación y de que continuará gobernando. Algunos confían en la ciencia. Los más, en la providencia divina. Este pueblo profundamente religioso sencillamente desecha la idea de que su Dios le arrebate al comandante en medio de la batalla. Aquí también, como al sopesar el clima dominante, carece de sentido apelar a juicios de valor: esa confiada expectativa mayoritaria, que simplemente descarta un desenlace negativo, es un hecho palpable, que en su lenguaje traducen también las empresas consultoras de la opinión pública.

También es un hecho que el grueso de la población toma en serio las advertencias del propio Chávez, así como de otros dirigentes y analistas políticos, sobre los riesgos de conspiraciones apuntadas a desestabilizar el equilibrio político con base en rumores alarmistas respecto de la salud del Presidente. Una vez más, antes de explicar conviene tomar nota de los hechos a la vista frente a estas denuncias y la conducta general: no parece existir la menor duda en el hombre y la mujer comunes de que cualquier intentona contrarrevolucionaria sería sofocada. Cuando el pasado 13 de abril, desde un pequeño balcón del palacio de Miraflores, en celebración del 10º aniversario de la insurrección que repuso a Chávez en el poder, el Presidente anunció que había ordenado conformar un Comando Antigolpe, una ovación coronó el llamado a responder a la eventualidad de una maniobra contra la continuidad democrática institucional “con el pueblo y los soldados en la calle”. Y dejó claro que aquella fuerza que derrotó a los golpistas en 2002 se ha extendido, organizado y fortalecido en todos los órdenes, incluso en conciencia política y capacidad militar.

 

Amenazas

Esta descripción no completa el panorama. Si bien es imposible hacer cualquier previsión definitiva sobre la salud de Chávez –más allá de la certeza de que recibe el tratamiento adecuado y las pruebas de recuperación en sus apariciones públicas– está igualmente a la vista que en Washington han decidido utilizar la salud del Presidente como palanca para intentar penetrar la maciza realidad venezolana, sensible en la calle y medida por las encuestas. Una operación combinada de gran magnitud se cierne en torno a la Revolución Bolivariana. Con apoyo en campañas mediáticas primero, luego en violencia a gran escala, Estados Unidos avanza en su plan de agresión. Ante la certeza de que electoralmente no será posible vencer o siquiera mellar la Revolución, el Departamento de Estado ensaya una operación consistente en afirmar que Chávez no sobrevivirá, que busca un sucesor, que está planteada la suspensión de las elecciones, que habrá fraude el 7 de octubre.

Dado que cualquier intento golpista tendría una respuesta masiva, la conspiración incluye operaciones terroristas, a cargo de comandos de paramilitares colombianos, desde hace mucho radicados en territorio venezolano. Para ese tipo de operaciones hay agentes de la CIA y el Mossad israelí, estacionados en las siete bases militares estadounidenses emplazadas en Colombia. Para formalizar y legitimar ese tipo de intervención llegó a Bogotá el ministro de Defensa de Israel el mismo día en que culminaba la cumbre de las Américas. Para recuperar espacios y articular la operación internacional, el ex jefe de la CIA y actual secretario (ministro) de Defensa estadounidense, Leon Panetta, visitó una semana después Colombia, Brasil y Chile.

Han ensayado el mecanismo en Libia y Siria. Exitoso en el país africano, devastador pero incapaz de llegar al objetivo en Siria, volverá a aplicarse en Venezuela si su propia fuerza y la de América Latina no detienen la mano asesina.

El Comando Antigolpe, el Consejo de Estado también erigido como puntal para la institucionalidad revolucionaria, junto a los organismos de masa, el Psuv y la Fuerza Armada, constituyen un conjunto poderoso para impedir la agresión. Pero ésta se afirma y despliega en la región. Y es allí donde se verá si puede pasar de la planificación a la acción.

 

 

 

Venezuela, 10 años atrás

PorLBenAXXI

 

Definiciones: exposición del autor en el Aula Magna de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, al día siguiente del golpe de Estado, el 12 de abril de 2002. La conferencia había sido programada por la revista Crítica de Nuestro Tiempo, con la presencia de altos representantes del gobierno venezolano: el profesor Adán Chávez, el gobernador de Mérida Florencio Porras, los diputados Tarek William Saab y Milagros Santamaría, y el por entonces titular del Comando Político de la Revolución, Guillermo García Ponce. La conferencia fue transformada en acto de solidaridad.

 

Buenas noches. Ante todo quisiera preguntar –porque hay tanta gente que no puedo ver a todos– si hay representantes de partidos políticos, sindicatos, asambleas e instituciones de cualquier tipo que quieran adherirse a esta manifestación de repudio al golpe de Estado en Venezuela. Todos tienen un lugar en la mesa. No es el acto de la revista Crítica que habíamos preparado. Es una circunstancia especial y especial tiene que ser la respuesta. De manera que si hay alguien y quiere pasar, pues con mucho gusto está invitado a sumarse a esta mesa.

Como ustedes saben el objetivo previsto de este acto era hacer una exposición por parte de varios altos dirigentes del Partido y del Gobierno. Varios altos dirigentes del Partido y del Gobierno debían estar sentados conmigo esta noche aquí. Ustedes saben por qué no ha sido posible. Uno de ellos, el diputado Tarek Saab, está preso. Los demás, decidieron a última hora cancelar su viaje.

No hay que decir que compartimos su decisión: ¡debían permanecer allá!

Yo no quisiera dramatizar sobre lo que pasa. Es dramático un golpe de Estado, la persecución, los muertos de ayer; pero me parece que tenemos que hacer un gran esfuerzo por mirar esto en todo su dramatismo pero con objetividad y con valentía. Porque no es un rayo en cielo sereno; no es una circunstancia que no pudiera haber sido prevista. Aunque de esta manera, como ocurrió, admito que yo jamás lo pensé.

Y debo comenzar por ese punto. Porque he escrito y he hablado mucho sobre Venezuela. Y he dicho, en muchas oportunidades, que un golpe de Estado estaba excluido. Y soy de los que creen que cuando alguien dice algo se tiene que hacer cargo de lo que dice. Yo no admito dirigentes políticos, ni dirigentes de ningún género, que hoy dicen una cosa y mañana dicen otra. Yo he dicho y he repetido que un golpe de Estado estaba excluido, y después voy a explicar por qué lo dije y cuál es la significación de eso hoy día.

Pero lo primero es que al analizar esta situación tenemos que entender que recién esta tarde se ha comenzado a hablar de golpe de Estado. Hasta ayer era “la renuncia de Chávez”. Hoy todavía en la mayoría de los medios de comunicación fue “la renuncia de Chávez”. Tuvimos que aparecer en cantidades de medios un grupo de personas haciendo hincapié en el hecho harto evidente –pero sin embargo ocultado– de que se trataba de un golpe de Estado contra un gobierno constitucional democráticamente elegido. Esto tiene una significación muy profunda.

Todos ustedes saben que había dos causas fundamentales que ponían a Estados Unidos contra el gobierno de Chávez de manera absolutamente inexorable.

Una de ellas era la más obvia, la que se ve todos los días: el precio del petróleo. Ya es suficiente para derrocar uno y cien gobiernos; para provocar una y cien guerras. Pero déjenme decirles que no era la causa más importante. El punto fundamental en mi opinión es que Estados Unidos después de 10 años de primacía en el mundo, ha perdido la iniciativa política en varias regiones del planeta. Y muy específicamente en América Latina. Perder la iniciativa política significa ni más ni menos que aquellas banderas con las que recuperó el lugar que había perdido en los años 1970 con la guerra de Vietnam; aquellas banderas con las que en última instancia enfrentó a la Unión Soviética y políticamente la venció, no las tiene más.

Esas banderas son: democracia y derechos humanos.

Como muchas corrientes de izquierda revolucionaria no habían asimilado en toda su profundidad el valor histórico de la consigna democracia, Estados Unidos tuvo la posibilidad en los 1980 de levantar una bandera –que no le pertenece, que ha mancillado permanentemente– y sin embargo mostrarse como representante ante el mundo de los derechos humanos y la democracia.

El absurdo más inconcebible: Estados Unidos acababa de devastar Vietnam, Laos y Camboya; y se presenta ante el mundo como el defensor de los derechos humanos. Había hecho golpes de Estado aquí y allá en todo el planeta, y aparecía como el representante de la democracia.

Y el mundo lo creyó; los académicos lo creyeron; los periodistas lo creyeron; los políticos, incluso muchos de izquierda que se dieron vuelta en el camino, si no lo creyeron dijeron haberlo creído. Y estafaron a quienes son mayoría esta noche aquí: ustedes, los jóvenes.

Los estafaron con la promesa de que el mundo iba a vivir en democracia, que el desarrollo y la garantía de los derechos humanos se conseguirían sobre la base de este sistema; que había que corregir, reformar, pero que era el único posible. Los estafaron. Y no podíamos, ante la opinión dominante en el mundo, hacernos oír por las masas y explicar que estaban siendo estafados. Hoy quien quiera verlo lo ve, sin ayuda. Y esto es lo importante en este golpe de Estado que no es el primero y no va a ser el último.

Estados Unidos no fue ni puede ser jamás –mientras sea capitalista, potencia imperialista, claro, porque también le va a llegar su hora– no puede ser el abanderado de los derechos democráticos, de las garantías constitucionales, de los elementales derechos de la humanidad. A todos los viola aunque hace con algunos una muestra, una exhibición pública, pero en determinados lugares y en determinados momentos.

La gravedad y la imposible solución de la crisis del capitalismo hace que el sistema y sus gobernantes no puedan garantizar ningún derecho humano. En primer lugar el más elemental: que todas las personas coman todos los días. Pero con el curso de los acontecimientos no pueden garantizar la Constitución, las leyes, no pueden garantizar la verdad. Hace 10 días o un mes hemos sabido –no se puede creer pero hay que creerlo, porque se publicó en todos los diarios, salió en la tapa del New York Times– que el gobierno de Estados Unidos había creado formalmente una comisión para mentir a la prensa del mundo. Lo nuevo era, desde luego, que formaban la comisión públicamente, pero fíjense hasta dónde se llega. Ahora dicen que la disolvieron; y todos decimos: ésa fue la primera tarea de la comisión (risas). Este es el significado de lo que está pasando. Para sobrevivir, el capitalismo, el imperialismo, con Estados Unidos a la cabeza, debe violar la democracia.

No hay en todo el planeta ningún gobierno que haya hecho en dos años y medio seis elecciones consecutivas; las haya ganado a todas, las haya ganado a todas con cada vez mayor cantidad de votantes y con mayor porcentaje frente a sus adversarios. Eso es el gobierno del presidente Chávez; eso es.

Y sin embargo, durante meses, meses y meses hemos asistido a una campaña sistemática de esos órganos de la mentira y de la antidemocracia que son los medios de incomunicación de masas, diciéndonos que había una dictadura en Venezuela. Contra toda lógica, contra toda evidencia.

Pérez Esquivel, que acaba de mandar la adhesión a este acto, ha dicho algo que yo comparto absolutamente. No he visto jamás, dijo Pérez Esquivel, jamás, una prensa nacional que atacara a las autoridades con la libertad y la brutalidad con que se lo hace en Venezuela.

Yo confirmo que esto era así, y hace mucho que es así. Desde que Chávez asumió no hubo un solo periodista preso, no hubo una sola radio cerrada, no hubo un solo canal intervenido. Y habrá que preguntarse si son aciertos o son errores políticos de Chávez. Pero lo que no se puede preguntar es si esto es democrático o no democrático.

Entonces éste es el primer gran factor que debemos despejar en la significación trascendental de este golpe: Estados Unidos vuelve a las únicas armas que tiene, la mentira, la violencia. Y no solamente para Venezuela. Pero hubo otro aspecto.

Cuando se trabaja con seriedad sobre los hechos hay que tener cuidado con los errores, porque en los errores hay una parte de verdad que puede ser muy importante. Puede sonar absurdo lo que yo les diré ahora, pero lo voy a decir porque es la base para comprender no sólo lo que pasó, ni tanto lo que pasó, sino lo que va a pasar en Venezuela de ahora en más.

La oposición política perdió todas las batallas en Venezuela, y antes de ayer y ayer mostró absolutamente su debilidad extrema. Lo estoy diciendo en el mismo momento en que tengo que admitir que hubo un golpe de Estado.

Miren, la secuencia es la siguiente. El 10 de diciembre… vamos a empezar un poquito más atrás. Me lo contó el propio protagonista de lo que les voy a explicar, el principal cerebro de la oposición, Allan Brewer, hace veinte días en Caracas.

El 5 de noviembre Brewer reunió a todos los sectores de la oposición, partidos, sindicatos y organizaciones de cualquier tipo en su casa, en su biblioteca. El es un hombre de la rancia oligarquía venezolana; ex ministro, ex senador, tiene el estudio jurídico más importante de Venezuela. No por acaso, fíjense, era el abogado de Enron en Caracas. Bueno, este señor, me dijo que reunió –o sea que tenía lugar en su casa, muy chica no debe ser– en su escritorio a toda la oposición, y descubrió que era la primera vez que se reunían en dos años. Entonces allí él presentó un programa de acción. Y se pusieron de acuerdo; se recompuso la oposición y plantearon un paro para el día 10 de diciembre.

Sobre la base de la CTV (Central de Trabajadores Venezolanos, asociada a la Socialdemocracia Internacional, a la Ciosl; brazo sindical de Acción Democrática que es el partido Socialdemócrata de Venezuela), y de Fedecámaras, que es una entidad empresarial que vendría a ser una instancia que agrupa a la vez lo que aquí en Argentina es el Consejo Empresario, la UIA, la Sociedad Rural y las entidades de banqueros.

Sobre la base de estas dos organizaciones se hizo un paro en el cual los patrones garantizaban a los trabajadores que les pagarían el jornal, y cerraron las fábricas. Eso se llama lock out, no se llama paro, no se llama huelga. Pero como quiera que se llame, y como quiera que sea, ese paro fue exitoso, muy exitoso el 10 de diciembre.

Así lo escribí. Yo estaba allá ese día, así lo escribí inmediatamente diciendo “fue exitoso el paro”. Ese mismo día Chávez hizo cantidad de movilizaciones y manifestaciones y lanzó una contraofensiva muy poderosa.

Hacia fines del mes de diciembre, montada en la gran experiencia positiva para ellos del 10 de diciembre, esa coalición contrarrevolucionaria le puso fecha a una Huelga General de 48 horas: el 18 de marzo. Entre comienzos de enero y comienzos de marzo hubo una sucesión de acontecimientos, fechas determinadas en las cuales la oposición convocó a sus bases e hizo manifestaciones importantes. Sobre todo el 4 de febrero, que era el aniversario de la sublevación militar de 1992, encabezada por Chávez. Y el 4 de Febrero la oposición juntó a 180 mil personas en la Plaza Francia, que está en el Este de la ciudad de Caracas, el lugar elegante, el lugar de los ricos de la ciudad. En ese momento –la prensa no lo decía, mostraba que había mucha gente contra Chávez (bueno, 180 mil personas es mucha gente), pero lo que no decía la prensa es que en ese mismo momento en Miraflores, que es el Palacio de Gobierno, en el centro de la ciudad de Caracas, había cientos de miles, algunos dijeron millones de personas. ¡¡Y la prensa internacional lo ocultó!! A partir de ahí, y de otras varias pruebas de fuerza, se trabajaba para el paro del 18 de marzo. Pero los resultados no eran auspiciosos para la oposición. Porque se percibía que las bases sociales se daban vuelta frente a sus dirigentes sindicales y se replegaban en relación con ellos.

Entonces para poder promover el paro, la huelga general, lanzaron una huelga de petroleros con un argumento claro. Toda la política de Chávez iba contra la política de la conducción de Pdvsa, que es la YPF de allá, sólo que mucho más importante. Es una empresa estatal que querían privatizar. Entonces largan la huelga petrolera –nuevamente me toca a mí estar ahí– largan la huelga petrolera en la semana del 11 al 15 de marzo y la huelga petrolera fracasa completamente. Se ven obligados a levantar la fecha de la huelga general del 18 de marzo y no le ponen fecha y se fractura la CTV; se fractura la burocracia sindical. Un sector importante, mayoritario, de las direcciones sindicales rompe con el presidente de la Central de Trabajadores, que por supuesto no es central y no es de trabajadores. Y no es venezolana.

En lugar de una huelga general el 18 de marzo, largan una huelga general por tiempo indeterminado de médicos en esa misma fecha. Fracasa totalmente, como me lo adelantó la ministra de salud, María Lurdes Urbaneja. Hay pruebas, hay argumentos dichos y publicados por la propia prensa de la oposición. No se puede ocultar que la huelga médica había fracasado. Y en medio de la semana lanzan una huelga docente. El ministro de educación es un maestro, un maestro que viene de una organización revolucionaria, Aristóbulo Istúriz. El sale a la calle a explicar los motivos del paro llamado por la conducción de CTV y la huelga docente fracasa.

Todo esto está comprobado, no son palabras. Es en esta situación que este líder de la oposición llamado Allan Brewer, me dice con todas las letras: “La oposición se ha fragmentado hasta lo imposible, no se puede hacer la huelga general”. Y dice más: “con una huelga general se termina, no se empieza”. Acuerdo total, aunque sea este señor quien lo dice.

Bueno, con este cuadro de fragmentación de la cúpula opositora, fragmentación dentro de Fedecámaras y fragmentación dentro de CTV; y con un vuelco masivo de la población en contra de estas conducciones aunque esto no necesariamente signifique que todo el movimiento sindical se alineó con Chávez, se lanza la huelga general finalmente para comienzos de esta semana.

¿Y qué ocurrió? Fracasó la huelga general. Absolutamente: fracasó la huelga general. Esta vez muchos de los patrones que cerraron las fábricas –que ya no eran tantos como lo fueron el 10 de diciembre– se encontraron con que los obreros iban a la puerta de fábrica a pesar de que tenían el día garantizado, la paga, la continuidad del trabajo y el día franco. Iban a la puerta cerrada de la fábrica, y en algunos casos las abrieron.

El comercio funcionó totalmente, el transporte funcionó totalmente, Pdvsa funcionó totalmente. Y todos los empleados del Estado trabajaban. (No dejen de recordar que los empleados del Estado siguen siendo los empleados del antiguo régimen). Todos fueron a trabajar. Por la razón que sea, pero todos fueron a trabajar. El paro fracasó absolutamente. Y sobre la base de ese fracaso ostensible, absolutamente imposible de negar, se lanzó la huelga general por tiempo indeterminado. Eso fue el miércoles. El jueves al mediodía los canales de televisión, todos en manos de la oposición, excepto Venezolana de Televisión que es del Estado –pero que no controlaba por completo el gobierno– esos canales de televisión ayer al mediodía anunciaron que Chávez había renunciado y que había que ir a Miraflores, a la Casa de Gobierno, para dar el empujón final a los militares para que derrocaran al Gobierno completo. Con esta argumentación, con esta mentira, los canales de televisión convocaron –militaron cabría decir– para la marcha a Miraflores. Pero Miraflores, como en todas las movilizaciones anteriores, estaba rodeado por decenas de miles de miembros de los círculos bolivarianos revolucionarios desde un día antes de la proclama de la huelga general. Es decir que llamar a una manifestación hacia Miraflores era llamar a la confrontación, al choque frontal con los círculos bolivarianos que rodeaban la Casa de Gobierno y que defendían a Chávez. Que defendían, vamos a ser más precisos, a la Revolución Bolivariana. Y que eran decenas de millares. En acuerdo, todos los medios de incomunicación anunciaron que Chávez había renunciado. Sobre la base de una mentira en cadena, llamaron a una manifestación para provocar un choque entre dos partes de la sociedad. Un choque obviamente armado. Mientras tanto había un agente de investigación, un espía del gobierno –seguramente había más de uno– en la marcha armada de esta manera, en la cubrieron y lo mataron. Fue la primera baja que hubo ayer. Después… los acontecimientos ustedes los conocen. En todo caso después puedo dar detalles. Pero lo que quiero subrayar es que no fue una movilización de masas y no fue la oposición política la que derrocó a Chávez. Fue otra fuerza, que no tenía y no tiene fuerza para gobernar políticamente a Venezuela.

¡¡No podrá gobernar!! Excepto sobre la base de la extrema represión, no hay la menor chance de que pueda gobernar.

La gran pregunta y que queda pendiente –yo al menos no puedo responderla hoy, pero voy a estudiar el punto sistemáticamente y apenas tenga una conclusión la transmitiré– es por qué Chávez no actuó de otra manera. Por qué a las cuatro de la mañana pueden detenerlo cuatro generales. La hipótesis más manejada es que hubo una amenaza de masacre de las personas que rodeaban Miraflores. Esto es lo que más inmediatamente está planteado como explicación.

Bueno: pero ¿por qué se llega a esa situación? Todo esto queda abierto y deberá ser respondido. Pero hay una cosa: Chávez no ha renunciado. Chávez está vivo y es un problema tremendo. Porque hay que matarlo, lo cual es un problema enorme. No les temblaría la mano, ustedes se dan cuenta, si no temieran las consecuencias inmediatas. Hay que matarlo pero no pueden. Hay que meterlo preso entonces en Venezuela. ¿Pero cómo se hace para tener preso en Venezuela, a un hombre que, no cabe la más mínima duda, tiene el apoyo de la inmensa mayoría de la población venezolana?

O hay que mandarlo al exilio. Nosotros desde esta mesa, aceptamos que venga a Argentina. Nos ponemos a trabajar con todo su equipo para organizar el Movimiento Bolivariano Revolucionario, en toda América Latina. ¡¡A ver si lo mandan a Argentina!! (aplausos) .

Además de Chávez y de Diosdado Cabello, que era el Vicepresidente, hay una cantidad de gobernadores, hay la mayoría de los diputados, hay cientos de intendentes o alcaldes, como se llaman allá. ¿Los van a meter a todos presos?, ¿Los van a matar a todos? Bueno, supongamos que sí (dice alguien: “la derecha no tiene escrúpulos). No es un problema de escrúpulos, es un problema de poder. Desde luego, coincido absolutamente: no tienen escrúpulos. Pero supongamos que se hace eso. ¿Qué se hace con los millones de personas que manifestaban constantemente a favor del gobierno en toda Venezuela? ¿También se la va a masacrar? (dice alguien: Franco en España lo hizo…)

No es mi intención dialogar, porque de ese modo se pierde el hilo de lo que estoy tratando de exponer, pero quiero decir que Franco primero tuvo que ganar una guerra. Y ése es el punto al que voy: si quieren hacer esto, van a comprar lo que no pueden comprar. Es una guerra. Este era el punto al que quería llegar.

Si Chávez hizo bien o mal, si pensó o no pensó que ante la inevitabilidad de la guerra estaría más legitimado no como el presidente que asume esa situación sino como el hombre al que se le ha impuesto lo que no quería, es una de las conjeturas, de las posibilidades. Se puede discutir. Lo que no se puede discutir es que ayer quedó cabalmente probado que la oposición política, la oposición social, no tenía fuerza para ninguna otra cosa que no fuera movilizar mediante argucias, mentiras y medios masivos, a entre 50 y 80 mil personas.

Ahora vamos a ver quién gobierna con esa base social, a un país en que, déjenme decir, hay 15 mil círculos bolivarianos con un mínimo de cinco miembros cada uno y hay un número considerable de ellos –no sé cuántos pero muchos– con inequívoca determinación de asumir la lucha en todos los terrenos y, presumiblemente, con armas.

Hay un sector importantísimo de las fuerzas armadas, sobre todo de coronel para abajo, que no está de acuerdo con esto y que está con Chávez. Estamos ante la división, ya en otro terreno, que habíamos visto muy claramente marcada en la sociedad venezolana. Pero ahora tiene que gobernar un señor que ha sido puesto en nombre de la democracia por tres personas. Desconociendo al Parlamento, ¿Qué van a hacer con el Parlamento? No estamos hablando de lo que quieren hacer; estamos hablando de lo que pueden hacer y pueden hacer sin consecuencias que los arrolle inmediatamente.

Entonces, he aquí mi visión de lo que esta pasando en Venezuela. El problema más grande que se planteó en el último período de la Revolución Venezolana es que Chávez y su equipo no tenían un partido, no tenían la herramienta política para encauzar a la masa que sí tenían y tienen.

Pero fíjense que en el último período Chávez aceleró precisamente en dos direcciones claves. En dos direcciones sobre las cuales nosotros desde nuestra revista Crítica, hemos repetido que se debe trabajar; lo hemos repetido una y otra vez, no para Venezuela –porque no damos línea para Venezuela– sino para Argentina: una herramienta política de masas que congregue a la totalidad de la población explotada y oprimida, más allá de sus definiciones ideológicas y políticas; y un partido político con un claro programa de lucha revolucionaria.

Los círculos bolivarianos son esa herramienta de masas. Y con el conjunto de organizaciones que apoyaban al gobierno el 11 de enero pasado se fundó el Comando Político de la Revolución, cuyo presidente debía estar hoy en esta mesa: el compañero Guillermo García Ponce, un viejo luchador, sin Partido ahora, pero siempre hombre de Partido y hasta hace unos cuantos años, cuando rompió con el Partido Comunista. Este compañero que deberíamos estar escuchando ahora es el responsable del Comando Político Revolucionario. Iba a estar con nosotros para informar, para discutir de este tema crucial del partido y para discutir la realidad venezolana. Estaba en marcha y hay que suponer que sigue en marcha la idea de la construcción de ese Partido, pero no dieron los tiempos.

Un viejo teórico de la revolución social lo dijo hace mucho tiempo: si no se lo construye antes, en el momento de la eclosión de la crisis no se puede construir el Partido capaz de garantizar la Revolución.

Esa es la gran lección. Yo creo –y con esto les voy a dejar ya la palabra a todos ustedes– que nosotros debemos transformar esto que inicialmente era un acto de ilustración y de debate, a partir del cual nos proponíamos formar un movimiento contra la guerra (porque estábamos hablando de un movimiento contra la guerra antes de esto y sin suponer que esto iba a ocurrir; porque la guerra no tiene que ver con esto. Al revés: esto tiene que ver con la guerra. Pero nosotros ahora estamos proponiendo –y ya tenemos muchas adhesiones– conformar hoy mismo un movimiento de solidaridad con Venezuela (Aplausos).

Y proponemos encargar desde ya al compañero Pérez Esquivel una misión internacional, para garantizar la integridad del presidente Chávez y de todos los detenidos y perseguidos por los golpistas.

Proponemos a todos ustedes y a los muchos que se sumarán una misión internacional que viaje de inmediato a Caracas, encabezada por Pérez Esquivel e integrada por muchas personas, varias de las cuales están aquí presentes. Para ir a Caracas, si es posible pasado mañana, con un aviso internacional de que se está yendo, con el acompañamiento de la prensa internacional que podemos garantizar y para decir esto: si quieren asumir que son represores no hablen de la democracia, y si quieren hablar de democracia cúmplanla; ¡¡cumplan con los requisitos elementales, el primero de los cuales es la restitución de Chávez en el poder!!

Tenemos que tener el máximo de audacia y de amplitud para formar esta comisión. Tenemos diferencias políticas y diferencias ideológicas a montones y ninguno se va a olvidar de ellas y a ninguno se le debe pedir que las olvide. Tendremos que ser capaces de entender el momento que vive América Latina y el mundo.

Estados Unidos, el 11 de septiembre pasado, le declaró la guerra a seis mil millones de personas sobre el planeta. Y el 29 de enero en el discurso denominado “El estado de Unión” el presidente Bush dijo con toda claridad que iba a la guerra. A la guerra en todo el mundo, y contra todos. Y hay que reconocerle un mérito: a las palabras las acompaña con la acción.

Bueno, pues eso es lo que hay que enfrentar. Entonces, llamamos a todos, ¡a todos!, cada cual con su bandera al hombro, con su bandera en alto, pero junto a quien quiera que sea que se oponga a la guerra; que se oponga al imperialismo y que se oponga a la dictadura.

Le dejo entonces, la palabra a la asamblea, no sin antes decir que quisiera que subieran a la mesa compañeros a los que veo y si hay alguien que no veo por favor que se haga ver porque hay mucha gente. Quiero invitar al compañero Julio Louis que es representante de la Corriente de Izquierda del Frente Amplio de Uruguay, quiero invitar a un compañero, coronel retirado del ejército, Horacio Ballester (..) me disculpo porque no había visto al decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, Dr. Federico Schuster y, por favor, si estoy cometiendo una omisión ayúdenme a enmendarla rápidamente. Tiene la palabra entonces el señor decano de la Facultad (Aplausos prolongados).

Saneamiento

PorLBenAXXI
Estados Unidos y la Unión Europea están articulando una nueva ofensiva global estratégica, análoga a la aplicada exitosamente desde los primeros años de los 1980. Conscientes de la gravedad de la crisis capitalista en el corazón mismo del sistema, los estrategas del imperialismo acometen el objetivo de sanear en profundidad el mecanismo trabado en la esperanza de reanudar la marcha. Por detrás hay una teoría y un plan, pese a marcados desacuerdos que dificultan su aplicación metódica.

Analogía no es identidad. Entonces había hegemonía neta en el mundo capitalista. Hoy no. La victoria expresada en la recomposición del G-20 en 1998 no alcanza para actuar de manera homogénea frente a la crisis.

Además, a diferencia del contraataque personificado por Margaret Thatcher y Ronald Reagan, esta vez el concepto global alude sólo al carácter planetario del proyecto. Centra con exclusividad en la economía y la geopolítica, sin apoyo ni proyección deliberados y sistemáticos en la cultura y la religión, como fuera el caso de aquella estrategia abarcadora, luego reducida en su interpretación banal a clichés tales como “Consenso de Washington” y “neoliberalismo”.

¿Qué significa sanear el sistema? En último análisis, restaurar la tasa de ganancia y destruir la mercancía excedente. Eso supone suprimir las conquistas económicas y sociales obtenidas por las masas explotadas a lo largo del siglo XX (esto es, reducir el salario directo e indirecto de los trabajadores, llave maestra para restaurar la tasa de ganancia); imponer la baja de precios a las materias primas; recomponer el esquema de alianzas internacionales poniendo en caja a los países subordinados; alcanzar un quimérico “nuevo orden internacional” (dado por hecho tras la caída de la Unión Soviética y revelado a la vuelta de pocos años como formidable descontrol planetario); y, ante todo, detener la marcha de la revolución allí donde ésta asome, sea cual sea su naturaleza, si va contra el orden imperial y sus exigencias actuales.

Hay que agregar, para marcar la diferencia, la agudización sin precedentes de la crisis y, en consecuencia, de la lucha interimperialista por los mercados en la fase abruptamente declinante de la demanda.

 

Ajuste y guerra

En los 1980 las contradicciones intercapitalistas estaban sobredeterminadas por la existencia de la Unión Soviética y una avanzada revolucionaria antimperialista (derrota estadounidense en Vietnam, victoria insurgente en Angola, Mozambique y Cabo Verde, revolución en Granada y Nicaragua, derrocamiento del Sha en Irán). Hoy no hay un sector del mundo por fuera de las leyes del mercado. Por lo mismo, la crisis es global, se expresa con mayor agudeza en las economías más poderosas y es allí donde debe ser atacada.

Es lo que está a la vista en la Unión Europea y Estados Unidos. Aún no hay una respuesta social a la medida de la agresión de los planes de saneamiento. Pero grandes luchas están ya en marcha.

No obstante, lo que se manifiesta sin tapujos en Grecia, Portugal, Irlanda, Italia, España, Gran Bretaña y de manera apenas disimulada en Francia, Alemania y Estados Unidos, es decir, el choque frontal del gran capital con la clase trabajadora, no agota la estrategia de saneamiento. La invasión a Libia y la dinámica de aniquilación y ocupación contra Siria e Irán es el otro costado de aquella embestida global: la guerra. Se trata de destruir el valor, alimentar el complejo militar-industrial, someter pueblos y gobiernos rebeldes.

No se limita a Medio Oriente la política imperial que determina esta dinámica. El informe del pasado 6 de marzo ante la comisión de las Fuerzas Armadas de la Cámara de Representantes estadounidense del general Douglas Fraser, jefe del Comando Sur del ejército, más que provocación es anuncio, y atañe a América Latina. En Cuba, Venezuela, Bolivia y Haití, dijo Fraser, pueden presentarse “turbulencias geopolíticas”. Agregó el profeta que el Comando Sur continúa “tomando en serio la actividad iraní en la región y vigilando de cerca sus actividades”. E informó a los diputados que sus fuerzas están prontas para actuar, dado que las turbulencias previstas podrían “impactar sobre ciudadanos y militares estadounidenses en la región”.

Se los detiene o llevarán la guerra a todo el orbe; sin excluir sus propios países.

 

Condiciones

 No habrá manera de frenar esta ofensiva global estratégica desde posiciones intermedias. Ahí está la lección de los 1980 y su colofón en los 1990. Por eso no yerra el Pentágono al preparar el Comando Sur para una agresión contra los países del Alba. A escala internacional, la contraparte estratégica del saneamiento capitalista es el socialismo del siglo XXI propuesto por el Alba. Las posiciones intermedias serán arrasadas.

Un conjunto de países de diferente rango en Europa, Asia, África y América Latina ensaya posiciones de relativa independencia respecto de los centros imperialistas. Ocurre que la mayoría de ellos integra el G-20 y se ha comprometido con la respuesta económica del gran capital. Esa dualidad tiene corta vida. La ofensiva timoneada desde Washington y Bruselas la acortará aún más. Se agotó el recurso equívoco del keynesianismo, camuflado de “progresismo”. El nudo comienza a ahorcar. Uno de los extremos de la cuerda está en manos del gran capital transnacional. El otro, en las de los trabajadores. Para sobrevivir y dar batalla, es preciso ponerse de uno u otro lado sin ambigüedades. O dejarse morir, con pena y sin gloria.

Todos los gobiernos que resistan el acoso imperial se encontrarán de un modo u otro en las múltiples formas de frente único tejiéndose actualmente a escala mundial. Al límite, sin embargo, no hay bloque internacional, por poderoso que sea, capaz de sostener un gobierno bajo fuego que no tiene el apoyo de su propio pueblo. Y éste no se sustenta con políticas de ajuste dictadas por la exigencia inapelable del capital.

 

Sin ellos

PorLBenAXXI
«Consenso sin Washington” es mucho más que una frase feliz del canciller venezolano Nicolás Maduro para sintetizar lo ocurrido en la Cumbre de las Américas. Es la descripción de un vuelco histórico: Estados Unidos y Canadá quedaron en Cartagena frente a frente con el conjunto latinoamericano-caribeño.

Algo decisivo se quebró para siempre en esa reunión. Aunque hay antecedentes, cuyo resumen muestra la lógica interna del acontecimiento.

El hecho decisivo había ocurrido tres años antes, cuando los gobiernos del Alba llegaron a la cumbre de Puerto España con la  Declaración de Cumaná, una proclama estratégica sin precedentes, con el socialismo del siglo XXI como horizonte.

Antes, en Mar del Plata en 2005, se había roto la hegemonía imperial, cuando quedó sepultado el Alca. Pero los nombres visibles de esa derrota neta del imperialismo (los 5 mosqueteros, los llamó Hugo Chávez –cuatro miembros del Mercosur y el propio presidente venezolano) no tenían programa ni estrategia comunes, como quedaría a la vista en los años posteriores.

Entre la cumbre en Argentina y la de Trinidad y Tobago la fuerza subterránea que acorraló a George W. Bush tuvo su plasmación programática y estratégica: el Alba se constituyó como alternativa regional.

Al evaluar el impacto de alcance mundial de la Declaración de Cumaná frente a los mandatarios del hemisferio decía América XXI: “Partió aguas y comenzó a gestar una nueva relación de fuerzas a escala mundial. Los presidentes del Alba rechazaron el borrador preparado por Estados Unidos e hicieron oír una voz nueva, fresca y potente”. Aquel balance llevaba a una conclusión tajante: “Ha fracasado la primera fase de la contraofensiva estratégica estadounidense en el hemisferio. Todo el despliegue que llevó a una victoria de la Casa Blanca en la reunión del G-20 el 2 de abril (de 2009) en Londres, donde 19 mandatarios se alinearon sin chistar con la voluntad imperial, se estrelló en la Vª cumbre de las Américas”. Tres años después, aquella esbozada nueva correlación de fuerzas globales tomó cuerpo en Cartagena.

A la luz de esta progresión histórica puede decirse que entre el 9 y el 15 de abril, con el debate de cancilleres primero y la cumbre como colofón, sufrió un severo traspié una segunda fase contraofensiva de Washington, combinada ésta con la Unión Europea y apuntada a sanear los cimientos del mecanismo capitalista.

El revés tendrá presumiblemente como resultado la muerte de esta herramienta de dominación creada por William Clinton en 1994 y denominada cumbre de las Américas. Obama condicionó la inclusión de Cuba en este organismo a los cambios que Washington exige en la isla desde hace medio siglo. Es decir, la rendición de la Revolución. El Alba adelantó que sin Cuba no participará en el programado encuentro de Panamá en 2015. Con menos relieve, Brasil y Argentina hicieron el mismo compromiso. No cabe considerar la posibilidad de que Cuba se arrodille. Y es poco probable que Obama o su eventual sucesor esté dispuesto en tres años a retractarse de semejante condición.

En cuanto a Malvinas, es claro que en el actual cuadro hemisférico el compromiso latinoamericano con la descolonización no puede dar marcha atrás, así como tampoco Estados Unidos puede romper su alianza con Inglaterra. No parece exagerado, por tanto, afirmar que la cumbre de las Américas irá a hacerle compañía a otra víctima de la potente fuerza subterránea que surca el continente: la Cumbre Iberoamericana, a lo que sólo resta extenderle el certificado de defunción.

Inédito es entonces el espacio con el que cuenta la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), para afirmar un nuevo cuadro institucional hemisférico.

Ahora bien: la propia dimensión de lo que está en juego garantiza respuestas duras de parte de la Casa Blanca. La aludida contraofensiva global estratégica del capital en crisis, aun debilitada por el revés en Cartagena, tuvo allí mismo un nuevo hito en su proyección.

No es por acaso que el presidente ecuatoriano Rafael Correa denunció días después una conspiración golpista en su país, anidada en cenáculos militares ya retirados del servicio activo. Está a la vista la escalada desestabilizadora contra el gobierno de Evo Morales en Bolivia. Y supera todo lo visto la campaña mediática para convencer al mundo de que Venezuela se desmorona por la enfermedad de Chávez (ver pág. 14). Como resultado de sus propios éxitos, América Latina afronta una riesgosa coyuntura.

 

Al sur del Río Bravo

En este punto, cabe sopesar la consistencia de este “Consenso sin Washington”. Ya ha sido subrayada la paradoja de que al mismo tiempo que se manifiesta una fuerza de convergencia alimentada por una voluntad todavía sin forma a escala continental, opera una potencia inversa, que tiende a replantear la fragmentación de la nación latinoamericana. Los ejemplos huelgan: el Mercosur empantanado; Argentina y Brasil se encuentran en el G-20 y se distancian en cada paso de su intercambio económico; Paraguay y Uruguay reclaman contra sus vecinos mientras en Montevideo se ensalza la perspectiva de un TLC con Estados Unidos…

Es que la crisis capitalista, con la inevitable consecuencia de achicamiento del mercado y agudización de la competencia, enfrenta a las fracciones burguesas.

El formidable logro en Cartagena deviene de una estrategia acaso sin pulimento ni expresión sostenida y visible, pero no por ello menos potente: el Alba obrando como artífice de un frente único antimperialista, como factor de unión por sobre agudas diferencias que libradas a su lógica irracional podrían neutralizar las conquistas de la última década y desintegrar la región.

Los estrategas del Departamento de Estado trabajan sobre eso. Nadie debería confundirse porque la secretaria Hillary Clinton haya ido a bailar y tomar cerveza la noche anterior a la culminación de la cumbre.

El sábado 14 hubo en Cartagena encuentros de algunos mandatarios con empresarios y la OEA contribuyó con una prefabricada reunión de ONGs. En ambos casos, y presumiblemente como decisión tomada por Washington antes de la realización de la cumbre para contrapesar el seguro fracaso que les aguardaba, se trata de líneas de acción que toman otros caminos para sortear el obstáculo levantado en la vía principal.

El domingo 15, masticando todavía el fracaso en la cumbre, Obama y Juan Manuel Santos no sólo participaron en una ceremonia de entrega de tierras (“foto-op” se llama en la jerga periodística este tipo de actividades exclusivamente apuntadas a embellecer la imagen de los protagonistas), sino que reflotaron el programa militar del imperialismo diseñado y aplicado por la administración de Clinton para extenderlo a toda América Central: “Acordamos con el presidente Obama ayudar a los países centroamericanos para luchar contra el narcotráfico. Nuestra larga experiencia en el Plan Colombia debemos compartirla con los países hermanos que hoy enfrentan ese problema”, declaró luego el presidente colombiano. Y no estaba solo con Obama: “Se trata de una responsabilidad compartida que se denomina Estrategia de Seguridad de Centroamérica”, dice un documento de los presidentes del Sica (Sistema de Integración Centroamericana). “Es necesario profundizar un análisis y un diagnóstico útil para combatir de manera más eficaz todas las dimensiones de este fenómeno (narcotráfico)”, remarcó el presidente mexicano Felipe Calderón, quien horas después condenaría al gobierno argentino por expropiar el 51% de la compañía petrolífera privatizada en los 1990. El imperialismo no se rinde. Y sabe que puede contar con más de un mandatario de la región.

 

Reto estratégico

No hace falta inteligencia sobresaliente para observar y condenar esa extrema heterogeneidad entre los componentes de la Celac. Inteligencia, lucidez y coraje hacen falta para sostener esa instancia de complejísima pluralidad en un momento histórico dramático, con el imperialismo a la carga y a partir del Alba.

No es tarea para hablistas. Es un reto estratégico que se apoya ahora en los gobiernos componentes del Alba y requiere con celeridad el respaldo de fuerzas políticas y sociales en toda la región. Porque ya se puede afirmar que está abierta la posibilidad de marchar sin ellos, sin los representantes orgánicos del gran capital transnacional con sede en el Norte. Pero se debe agregar que esa marcha será igualmente, por decisión irreversible de los centros del imperialismo, contra ellos.

En todos los órdenes. Para comenzar, en el plano económico. Las concepciones que imaginan el desarrollo a partir de “inversiones extranjeras” están sencillamente condenadas. La crisis estructural del mundo desarrollado hace más y más voraz y agresivo al capital. No hay modo de conciliar con él.

Ya lo han asumido los componentes del Brics, (Brasil, Rusia, India, China y Suráfrica) que anunciaron el 25 de abril su decisión de crear a partir de 2013 un Banco con capitales de los países que integran el bloque. Es la línea de acción del Alba; la prédica de Venezuela para crear el Banco del Sur, tan demorado y siempre postergado.

También está planteado el desafío en los ámbitos político, diplomático e incluso militar. Porque en definitiva la ultima ratio del capital es la violencia. Es preciso amarrarles las manos a los guerreristas, que no contentos con las siete bases emplazadas en Colombia continúan sembrando la región con centros de operaciones militares.

Alba, Unasur, Celac, es una escala virtuosa capaz de contrarrestar la demencial dinámica destructiva del capital. En la Revolución Bolivariana de Venezuela está la base material, la catapulta de esa poderosa fuerza que abatió las murallas imperiales en Mar del Plata, Puerto España y Cartagena. Pero su desafío mayor está en sostener el frente antimperialista continental a la vez que avanza en pos del socialismo del siglo XXI y alienta a las fuerzas capaces de multiplicar ese ejemplo en América Latina.

 

Masa, individuo y dirección

PorLBenAXXI

 

Teoría y política: publicado en 2008 por el director de América XXI, Venezuela en Revolución: Renacimiento del Socialismo(1)adelanta el análisis científico del significado de la figura de Chávez en el marco de la crisis capitalista internacional y regional. Opuesto a las interpretaciones personalistas de la historia y alejado del culto a la personalidad, este cuarto capítulo, titulado “Masa, individuo y dirección”, indaga el papel del individuo desde el materialismo histórico, retoma los aportes teóricos del ruso Jorge Plejanov y descifra el peso objetivo de Chávez en el mundo actual. La inesperada enfermedad del presidente venezolano exige una interpretación consistente del papel de esta figura excepcional en el conjunto latinoamericano y al interior de Venezuela.

 

“Debemos triunfar por el camino de la revolución y no por otro; el impulso de esta revolución ya está dado, lo que debemos hacer es darle buena dirección.”

Simón Bolívar

 Nada más sorprendente que la irrupción de aquello temido o anhelado durante mucho tiempo. Una revolución, por ejemplo. Nada más desconcertante e irritante que la aparición de actores políticos inesperados, aptos para cambiar el decorado previsto en el guión y ocupar el centro del escenario. La perplejidad ante el inicio de un movimiento revolucionario y el papel jugado en él por Hugo Chávez explica en buena medida que la burguesía local, así como la embajada estadounidense y los propios intelectuales, partidos y cuadros políticos de la izquierda venezolana, evaluaran tan erróneamente en su comienzo la aparición –entendida como intromisión– de un personaje ajeno a la izquierda y sin antecedentes partidarios.

Evaluar el papel de un individuo circunstancialmente prominente no es una cuestión menor y no está en absoluto vinculada con interpretaciones psicológicas. En el caso venezolano, la exigencia es más imperativa que en otros. Acaso por eso mismo, sobresalen tanto más los errores.

En materia de intelección inmediata de grandes acontecimientos la historia registra resbalones grotescos y el listado no perdona derechas ni izquierdas, deslucidas a la hora de distinguir en sus primeros pasos una revolución de una contrarrevolución. O viceversa. Contra lo que puede suponerse, no es sencillo reconocer la naturaleza de una transformación social en medio de las convulsiones que le dan origen. Tanto más difícil es prever la llegada de tales situaciones y, cuando suceden, ocupar en ellas un papel dirigente. Venezuela es ejemplo descollante de confusión teórica y política, a derecha e izquierda, desde el momento en que el statu quo recibió un golpe mortal con el Caracazo, luego con la abrupta aparición de un dirigente militar y finalmente con el recorrido de una revolución que en cinco años atravesó una sucesión de etapas hasta proclamarse socialista.

¿Qué papel le cupo a Hugo Chávez en esa marcha vertiginosa? ¿Es responsable del giro en 180 grados de la Venezuela del Pacto de Punto Fijo, o sólo es el emergente de un estado de cosas insostenible?

Con el paso de lo siglos han cambiado las formas de interpretar la gravitación real de quienes conquistan lugares prominentes en el devenir de la historia. Hacia el 1700 el sujeto individual lo era todo. Luego, por el contrario, se atribuyó a causas generales un destino fatal para la sociedad, ante las cuales el individuo no podía sino malearse y someterse. La primera cargaba todo el peso del desarrollo histórico al genio individual, a los “grandes hombres”. La segunda negaba por completo la capacidad humana individual para pesar sobre los acontecimientos trascendentales.

Más tarde el materialismo histórico vendría a dar basamento científico a una interpretación en la cual la libertad se conjuga con la necesidad y bajo determinadas condiciones el individuo cuenta en grado sumo, acaso de manera decisiva. Cupo a Jorge Plejanov desarrollar esa interpretación dialéctica que combinaba las causas generales con el papel del individuo en la historia:

“Las relaciones sociales tienen su lógica inherente: en la medida en que las personas viven en un determinado relacionamiento mutuo se comportarán, pensarán y actuarán de una manera dada y no de otra. Los intentos por parte de hombres públicos de combatir esta lógica serán infructuosos; el curso natural de las cosas (por ejemplo, esta lógica de relacionamiento social) reducirá todos sus esfuerzos a la nada. Pero si yo conozco en qué dirección están cambiando las relaciones sociales debido a determinados cambios en el proceso de producción socioeconómico, podré también saber en qué dirección está cambiando la mentalidad social; consecuentemente, estaré en condiciones de influenciarla. Influenciar la mentalidad social significa influenciar los acontecimientos históricos. De allí que, en un cierto sentido, puedo hacer historia, y no será necesario para mí esperar que ésta ‘sea hecha’”(2).

En los idus del siglo XX este andamiaje teórico legado por los dos siglos anteriores se disolvió en un eclecticismo insustancial. Arrastrada por la superficialidad periodística, la interpretación del papel del individuo en la historia dio lugar a una caricatura adaptada a cada necesidad: el sujeto individual remplazó a las clases sociales y fue investido de todos los poderes, a la vez que se daba por descontada la intangibilidad del sistema capitalista, con lo cual el lugar de los “grandes hombres” en la historia se limitó a la adquisición de aptitudes suficientes para lograr apariciones exitosas en televisión, ganar votos e impulsar, con la fuerza así obtenida, el “modelo” económico dictado por la coyuntura inmediata. Un mismo golpe de publicidad postmoderna desconoció el peso de las causas generales, es decir, de la necesidad, y eliminó toda libertad individual frente al devenir histórico. Los asesores ocuparon el lugar del pensamiento teórico, las consultorías reemplazaron a los partidos y la encuesta sustituyó la defensa de opiniones fundadas y la educación de las masas.

No es sorprendente que en semejante ambiente la aparición de Hugo Chávez fuera desdeñada, atacada o ensalzada, pero casi sin excepción incomprendida. Luego, ya con la dialéctica histórica a toda velocidad, esa misma incomprensión llevaría a la reacción internacional a identificarlo con la causa de todos los males, a la vez que una porción para nada desdeñable de las izquierdas transformaría su figura en poco menos que un ícono viviente, mientras que otra porción igualmente significativa continuó identificándolo con una mera variante de las incontables artimañas del capital para sobrevivirse. El factor común a todos, desde luego, es la incomprensión de la realidad mundial, del papel de América Latina en ese conjunto y del peso objetivo de Hugo Chávez sobre la marcha de la historia en este momento crucial de la humanidad.

En descargo de tanto desacierto hay que decir que errores de pareja magnitud fueron cometidos por no pocos “grandes hombres” a lo largo de la historia.

Ya se quejaba Robespierre de la incapacidad de los teóricos de su tiempo para reconocer una revolución cuando ésta aparecía:

“La teoría del gobierno revolucionario es tan nueva como la revolución que la ha traído. No hay que buscarla en los libros de los escritores políticos, que no han visto en absoluto esta Revolución”(3).

El propio Lenin, cuya perspicacia no era menor que su penetración teórica de los fenómenos cotidianos, malinterpretó el cuadro real de los acontecimientos en Rusia a comienzos de 1917 y desde su exilio en Suiza auguraba un prolongado período de retracción de las masas y retroceso político en su país. A diferencia de las dirigencias de izquierdas contemporáneas, Lenin corrigió muy rápidamente su error a la vista de la revolución que derrocó al Zar en febrero para dar paso al gobierno burgués encabezado por Kerensky. Para continuar con el juego de ironías de la historia, la corrección de la fugazmente errónea interpretación de la coyuntura en Rusia invirtió nuevamente los términos del debate: en sus célebres Tesis de abril Lenin mostró que aquel no era el desenlace de una revolución burguesa, sino el comienzo de una revolución proletaria y socialista. La totalidad de los miembros de la dirección de su partido, incluidos los hombres de su núcleo íntimo, formados en su escuela, aquellos en quienes más confiaba, entendieron lo contrario y se opusieron frontalmente a las propuestas políticas que Lenin deducía de su interpretación, luego sintetizadas en la famosa consigna “todo el poder a los soviets”.

A lo largo del tiempo estos casos de strabismo jamás resultaron inocuos. La confusión que se apodera incluso de hombres con larga experiencia y sólida formación en los momentos en que la historia tuerce su rumbo, invariablemente está asociada con el andamiaje teórico con el cual cada quien enfrenta la realidad, pero también con el carácter y las particularidades del individuo. De hecho, millones de ínfimos factores, innumerables determinaciones, concurren para que una persona sepa y pueda hacer lo necesario en el momento indicado. Y cuando esa persona existe, cambia el curso de los acontecimientos. La historia no es fatal. El individuo no es prisionero perpetuo de las condiciones generales.

Permítasenos seguir un instante más con el ejemplo citado. Pocos se interesan hoy en el hecho de que apenas horas antes de la insurrección que en octubre de 1917 diera lugar a la Revolución Rusa, Kámenev y Zinoviev, dos hombres del más íntimo entorno de Lenin, opuestos a la decisión de la acción armada, denunciaron en un diario dirigido por Máximo Gorki la insurrección programada y dirigida por Lenin y Trotsky, al comando respectivamente del Partido y los soviets. No menos indicativo de las vacilaciones, dudas y temores de cuadros teóricamente sólidos y fogueados en años de lucha clandestina, es que ante la indignada reacción de Lenin y su exigencia de que Kamenev y Zinoviev fueran expulsados del Partido, prácticamente nadie en el Comité Central tomó en cuenta su demanda y en el órgano partidario, dirigido por el entonces desconocido Stalin, éste abogó por la concordia.

Tales comportamientos, a primera vista incomprensibles, resultan menos impenetrables cuando se asume el peso que sobre la conducta humana tiene la fuerza combinada de una concepción consolidada y la habilidad para interpretar una situación dada. En el caso del inicio de la Revolución Rusa, pesaban la noción de etapa democrático-burguesa alegadamente insoslayable antes de la revolución socialista, tanto como la errónea caracterización del estado de ánimo de las masas populares. Para hacer más patente la dificultad en la toma de decisiones en tales momentos, hay que subrayar que quienes para oponerse a la insurrección alegaban la apatía de las masas, tenían muy sólidos argumentos en los que apoyarse: de hecho, durante los meses previos se había apoderado de las masas obreras y campesinas una combinación de retroceso y apatía que el gobierno provisional de Kerensky aprovechó para acusar a Lenin de agente alemán, obligando a que éste pasara a la clandestinidad. Como dato ilustrativo de las ironías de la historia, cuando Lenin discutía los últimos aprontes de la insurrección y exigía la expulsión de sus dos más próximos camaradas, lo hacía vistiendo aún el disfraz con el cual disimulaba su identidad al volver a San Peterburgo, para protegerse de la policía pero también de ciudadanos que pudieran reconocerlo.

La denominada historia contrafactual carece de consistencia. No obstante, es legítimo afirmar que sin la presencia de Lenin y Trotsky –aquél como jefe del Partido, éste como presidente de los sóviets– la insurrección no hubiese ocurrido, la Revolución Rusa hubiese tomado –si acaso tenía lugar– por muy diferentes caminos y el decurso de la historia mundial durante el siglo XX hubiese sido otro. He allí el papel del individuo en la historia.

Siguiendo con este caso, el desenlace inmediato de la controversia pudo quitarle la profundidad y el dramatismo que encerraba aquella interpretación opuesta de un mismo fenómeno, por parte de personas que, en principio, buscaban los mismos objetivos y, en términos formales, pensaban con las mismas categorías. Basta detenerse un instante en el episodio, sin embargo, para comprender que éste bien podría haber desencadenado una confrontación violenta en la cúpula revolucionaria; sólo la premura del momento y la generosidad de un proyecto de dimensiones históricas puede explicar que la actitud de delación de la insurrección ¡en un órgano de prensa del propio partido! no terminara con la defenestración –y aun el fusilamiento: téngase en cuenta que el país estaba hundido en la Primera Guerra Mundial y en un clima de brutalidad sin límites– de ambos dirigentes.

Una década más tarde, ya en ausencia de Lenin y en un cuadro por completo diferente, una divergencia análoga en el sentido de que el conjunto de políticas en disputa era interpretado como favorable o contrario al curso de la revolución, llevó a un choque frontal entre los mismos protagonistas, sólo que en esta oportunidad quienes habían errado en 1917 tuvieron en sus manos la fuerza para hacer prevalecer sus opiniones y la usaron no sólo para aplicar la línea que entendían correcta, sino para descargarla contra sus oponentes dentro del propio partido de la revolución: la intrincada madeja de razones que conducen a interpretar de una manera o la opuesta una coyuntura histórica dada dejó de dirimirse en el terreno de las ideas y pasó al de la fuerza. Fue el comienzo del fin de la Revolución Rusa. Y también esa circunstancia, definida por el papel de determinados individuos, gravitaría de manera decisiva sobre el curso de la historia mundial.

Cabe una pregunta sin respuesta posible: ¿qué hubiese ocurrido en Venezuela (y luego en Bolivia, más tarde en Ecuador) si Chávez hubiese sido asesinado durante las 47 horas en que estuvo secuestrado por los jefes del golpe fallido en abril de 2002?

Al objeto de aclarar más aún la causa por la cual sometemos al lector a este desmesurado salto entre Caracas y Petrogrado con un siglo de por medio, cabe subrayar que tanto en las disputas previas a la insurrección como en la brutal confrontación desenvuelta a partir de mediados de los años 1920, todavía no existían entre los contendientes fuerzas de naturaleza económica, mezquindades materiales, que dictaran sus conductas. En tales situaciones –y tantas otras que con parejo dramatismo registra la historia– los individuos aparecen como hojas secas arrastradas por un vendaval o, en casos excepcionales, como gigantes capaces de vencer fuerzas aparentemente desprovistas de toda lógica y con inmensa potencia. Basta seguir los pasos zigzagueantes de personajes con capacidades sobresalientes en momentos de gran convulsión social –como son los casos prototípicos de las revoluciones francesa y rusa– para comprobar cómo el talento, la energía y la entrega a una causa pueden resultar insuficientes para evitar no ya el error sino la más rotunda desorientación y aún su implicación en crímenes horrendos, que al cabo atentan contra los fines subjetivamente buscados. A la luz de los años, semejantes comportamientos resultan incomprensibles incluso, a menudo, hasta para los propios actores, que una vez atrapados por la lógica de su accionar pueden ser arrastrados a límites impensables. En el fragor de los acontecimientos todo luce diferente y son escasas las personas en las que ocurre la feliz combinación de fortaleza de carácter, lucidez para la aprehensión de la realidad inmediata y basamento teórico suficiente, como para actuar en el sentido profundo que trazan las fuerzas invisibles de la sociedad. Esos son los dirigentes reales.

Salvando todas las distancias, un fenómeno análogo de confusión, incomprensión y perplejidad operó sobre la conciencia y la inteligencia del mundo político venezolano, cuando un oscuro teniente coronel alzado contra el orden constitucional inició su metamorfosis como abanderado de una revolución social. Energías contenidas o desviadas durante décadas reaparecieron de manera tumultuosa, indefinida, corporizadas en la figura de Hugo Chávez. A esta altura del desarrollo del pensamiento sociológico, político y filosófico, no es difícil de entender la emergencia de tales representaciones. Pero en los cenáculos de los estrategas de Washington, en las cúpulas de la burguesía venezolana y en casi la totalidad de las organizaciones de izquierda fallaron dos aspectos en la evaluación. Primero, la hondura insondable, generalizada y de larga data de la crisis trasuntada en la identificación de millones de seres humanos con un personaje. Segundo, el personaje mismo.

Todos erraron redondamente en la interpretación de la coyuntura abierta en el país con el Caracazo, de las características personales de Chávez y de la dialéctica entablada entre la subjetividad de las masas descontentas y el teniente coronel bolivariano.

(…)

 

Causas generales y voluntad del sujeto

Como un huracán, el triunfo de Hugo Chávez en las elecciones venezolanas de diciembre de 1998 redujo a escombros el sistema político representado por socialcristianos y socialdemócratas. Anatematizado por la oposición interna y por el establishment internacional como golpista, dictador, caudillo populista, Chávez encarnó la esperanza de justicia para su empobrecida población. Pero lo hizo solo, huérfano de organizaciones políticas y sociales en capacidad de llevar adelante no se diga ya una revolución, sino un proceso de medianas transformaciones.

Si con la sublevación militar del 4 de febrero de 1992 Chávez había mostrado determinación para la acción pese a la más que evidente dificultad de la empresa, ya en una situación por completo diferente, obró de la misma manera, primero como candidato y luego como presidente electo. El 6 de diciembre de 1998 había obtenido el 56,3% de los votos, contra el 39,9% de todos sus enemigos aunados. Se desplomó así un régimen y comenzó una revolución política.

Bastará señalar que los derrotados fueron Acción Democrática (AD) y Copei, los partidos de Carlos Andrés Pérez, titular durante años de la socialdemocracia en América Latina, y Rafael Caldera, el más exitoso de los socialcristianos en el continente, para concluir que en ese caso se derrumbaba mucho más que el andamiaje de poder venezolano.

Frente a un cúmulo de fenómenos anunciadores de grandes acontecimientos, cuando hubiese sido lógico un esfuerzo por información genuina, análisis consistente y debate sin tramoyas que ocultaran la realidad, el tema excluyente pasó a ser la vocación democrática o dictatorial del individuo en cuestión. “Chávez lleva a Venezuela a una dictadura; pero su punto fuerte es que nos ha ganado con nuestras propias reglas” me explicaba en 1999 un alto dirigente de Acción Democrática, quien con gesto de resignación admitía: “nuestro partido está destruido”. Ya entonces, sin coraje para expresar su pensamiento a cara abierta ante su propio partido, este hombre daba por perdida toda resistencia desde las fuerzas internas y confiaba únicamente en una contraofensiva con base en la denuncia de deslizamiento hacia un régimen totalitario; el plan contraofensivo en que confiaba, supuestamente tendría efecto “desde el exterior hacia adentro; el mundo comprenderá más fácil que este pueblo ganado por el populismo y la demagogia”, explicaba, probablemente sin saber cuánto decía.

Esta suerte de rendición anticipada en el frente interno era perfectamente explicable. Las imputaciones de totalitarismo y el fantasma de la dictadura habían sido consignas centrales ya durante la campaña electoral de 1998. A medida que los sondeos indicaban el crecimiento de la candidatura de Chávez, sus contrincantes acentuaban el rasgo más conocido del naciente líder: su condición de militar alzado en armas contra el régimen institucional.

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No cambiaría el tono en 1998, cuando a la cabeza de una heterogénea coalición apoyada en el MBR-200 y numerosas fracciones de izquierda, Chávez decidió presentarse como candidato a presidente: apeló a la célebre noción de Clausewitz, según la cual la guerra es la continuación de la política por otros medios, pero invirtió los términos: “También podemos decir que la política es la continuación de la guerra por otros medios”. A la luz de los hechos, dos puntos quedarían fuera de discusión poco después: su capacidad para saber dónde estaba el país real y la rontal honestidad en la denuncia al sistema, clave sin duda del volcánico desplazamiento en la conducta política de las mayorías.

Con la totalidad de la prensa apoyándose para atacarlo en ésta y otras definiciones aún más crudas, el candidato crecía más cuanto más se lo condenaba como “enemigo de la democracia”, puesto que ésta era identificada por las mayorías con el régimen vigente.

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Intrincadas teorías respecto del papel de los medios de comunicación como barrera insuperable para ejercer una política de oposición radical cedieron ante el efecto arrollador de una realidad más dura que las muy duras expresiones de Chávez: en Venezuela, un país ubérrimo, con las mayores reservas de petróleo y entre los principales exportadores en el mundo, proveedor de la mitad del crudo que importa Estados Unidos, el 80% de la población estaba en situación de pobreza y pobreza extrema.

En ese punto las causas generales plasmaron en un nombre. Pero el individuo se eclipsa ante la magnitud del colapso político venezolano, la potencia de las fuerzas desatadas y el impacto previsible sobre la región.

El torbellino no ha cesado de crecer desde entonces. En la ceremonia de asunción del cargo, el 2 de febrero, el nuevo Presidente juró “por esta Constitución moribunda” y acto seguido convocó a un referendo para rehacerla: el 25 de abril obtuvo el 75% de los votos. En julio, cuando convocó a la ciudadanía a las urnas por tercera vez en seis meses para elegir diputados constituyentes, el 92% de los votantes, sobre la base de un 60% de abstención, se pronunció a favor de los candidatos respaldados por el presidente (127 sobre 132 integrantes de la Asamblea Nacional Constituyente, ANC). Un régimen inconmovible durante medio siglo hecho escombros en medio año.

 

Demiurgo esquivo

Acusado de fascista “carapintada” tanto en Venezuela, como en el exterior por casi toda la prensa, denunciado como “agente cubano” por el coronel Mohamed Seineldín (jefe de la corriente del ejército argentino denominada precisamente carapintada), satirizado e insultado por Mario Vargas Llosa, Carlos Montaner y otras muchas plumas reconocidas de la gran prensa internacional, descripto en Argentina como remedo del presidente Carlos Menem(4), identificado luego con el presidente peruano Alberto Fujimori y anatematizado por la mayoría de las corrientes de izquierda, no resultaba sencillo definir el carácter del fenómeno que lideraba en 1999 el ex teniente coronel, quien para completar el intríngulis afirmó el concepto de “revolución pacífica”.

El sujeto de diatriba, por lo demás, no facilitó la labor. Aparte sus pronunciamientos en el terreno ideológico, que durante años se atuvo exclusivamente al “árbol de las tres raíces”, su conducta de singular versatilidad dejó espacio para que cada quien creyera que estaba ante un pragmático sin contacto alguno con objetivos asimilables a una revolución, o frente a un hábil conductor, sensible a las relaciones de fuerzas contemporáneas.

La dificultad para abarcar el fenómeno en toda su dimensión se acrecentó porque la explosión de fuerza inocultable en las urnas no se correspondía con la movilización social y, en ausencia de un movimiento de masas organizado y militante, el ritmo y curso de los acontecimientos derivaban ante todo de las decisiones del Presidente y del círculo más íntimo de sus colaboradores, entre los cuales descuellan sus ex compañeros de conspiración en las fuerzas armadas.

Hacia fines de 1999, cuando se aproximaba la elección para aprobar la nueva Constitución y luego su propia reelección como Presidente, le pregunté a Chávez si no existía el riesgo de que la población no respondiera positivamente. Su respuesta:

“Siempre hay riesgos. Pero los riesgos se miden, se evalúan y se enfrentan. El pueblo venezolano ha venido elevando muchísimo su nivel de conciencia. Los engañadores de todas las horas, como los llamaba Gaitán, se estrellan de manera permanente contra una conciencia colectiva. Se han estrellado miles de millones de dólares en campañas de difamación, de terror. Esa conciencia se ha fortalecido mucho. Y tenemos pueblo para rato. Yo mismo estoy sorprendido con los resultados de las últimas encuestas, porque gobernar desgasta mucho. No es lo mismo estar en la oposición, en la calle, con el pueblo, protestando, que ser gobernante y recibir millones de quejas y no poder solucionarlas todas, en medio de una crisis espantosa. A pesar de eso, el apoyo popular al gobierno ha aumentado. Eso significa que aquella conciencia es roca; no es una espuma que subió en un momento determinado”(5).

Ninguna de estas afirmaciones es falsa. Sin embargo una de ellas debe ser puesta en su contexto: “aquella conciencia es roca”, sí, pero para defender al individuo en que ha depositado su esperanza. No había entonces –y no hay todavía– conciencia de clase, conciencia socialista. Eso significa, nada menos, que todo el inmenso poder, la fuerza inconmensurable de un pueblo de pie, descarga sobre los hombros de un individuo.

Yerrará quien prefiera entender esto como panegírico. El objetivo es desatar el nudo de un problema que va mucho más allá del lugar y la circunstancia donde ocurre. Lejos de la apologética, se trata de la necesidad de explicar el hecho objetivo que define la realidad venezolana y se expande hacia fuera: el renacimiento de la idea de revolución no reposa sobre masas con conciencia y organización, las cuales sin embargo han mostrado su voluntad de revolución y su disposición a movilizarse y entregar la vida en defensa de aquél en quien depositan su esperanza. Sólo a partir de esa certeza se podrá valorar el papel de Chávez en este proceso y medir las columnas de fortaleza y los puntos débiles en la estructura de la Revolución Bolivariana.

Siempre en función de ofrecer al lector pistas seguras para arribar a la conclusión que este capítulo pretende, interesa observar la respuesta de Chávez en 1999 ante la pregunta de cómo atacar los efectos sociales de la crisis:

“Nosotros tenemos una visión de largo plazo, pero no queremos caer en uno de los grandes defectos del pensamiento estructuralista, que tiene dificultad para mirar el corto plazo. Le ponemos mucha atención al corto plazo. Porque de eso dependerá que lleguemos al mediano. Y del mediano al largo. Un puente hacia el camino. Los paliativos tocan lo estructural, pero marchan sobre lo coyuntural. Por ejemplo el Plan Bolívar 2000, un plan de atención inmediata, de emergencia, a los más necesitados, a los que más han sufrido los nefastos resultados de las políticas neoliberales de los últimos 10 o 15 años. Se trata de utilizar todos los recursos del Estado, civiles y militares, científicos, tecnológicos, financieros, para atender a ese 80% de pobreza, de marginalidad, hasta donde podamos. Ya tenemos seis meses con ese plan. Se han incorporado unos cien mil militares y civiles, hombres y mujeres, especialmente jóvenes, voluntarios, profesionales, médicos, que colaboran los fines de semana sin cobrar un centavo; personas que tienen propiedades y están donándolas para construir viviendas, hospitales, ambulatorios, atención a los ancianos, a los marginales, a los niños de la calle. (…) El programa Bolívar 2000 es en resumen el gran proyecto social en la coyuntura”(6).

No había desmesura en la evaluación respecto de la efectividad de este plan articulado sobre la estructura de las fuerzas armadas en la calle y en función social. Allí estribó la popularidad del Presidente. Pero la operación tenía también otro objetivo: reeducar, elevar la conciencia de sus camaradas de armas, neutralizar la oposición interna militar, dificultar toda capacidad de reacción de aquellos mandos que en 1992 vencieron a Chávez y lo enviaron a la cárcel de Yare, pero también de otras franjas, ya claramente delineadas en la oposición. En la gestación y aplicación de aquel plan inicial para responder a la estridente demanda social, cuando apenas comenzaba la revolución política y debía actuar sin marco legal y sin fuerzas de masas organizadas, está la huella genética del individuo al mando; como lo está en la evaluación excesivamente esperanzada de la conducta de sus camaradas de armas y del conjunto social que lo acompañaba.

Al evaluar esas características no es posible eludir un rasgo principal, confesado desde antes de asumir la Presidencia:

“Siento la amenaza de las viejas tendencias, en todas partes, en gente que tú pensabas, creías, o creíste que tenían concepciones distintas y resultaron el mismo virus de los partidos tradicionales. Si a algo le tengo terror es a eso, a verme dentro de 20 años convertido en un gobernador, alcalde o presidente, utilizando lo mismo que tú creías combatir o que de verdad en una ocasión combatiste. Lucho conmigo mismo para no dejarme arrastrar por las corrientes”(7).

Para sumar otro trazo en el autorretrato vale repetir otra definición, ofrecida como al pasar en una conversación sobre otro tema, a bordo de su avión en un viaje internacional:

“¿Cómo concebir a un Bolívar sin la masa? ¿Cómo concebir a Lenin sin los bolcheviques? ¿Quién podría expulsar sólo, por sí mismo, un imperio como el español? ¿Sucre, Páez, Bolívar? Sin la masa jamás hubiese sido posible.”

Y allí cobra significación un párrafo recién citado, en el que Chávez corrige, para aumentar, el concepto de uno de sus maestros, Simón Rodríguez: “la fuerza material está en la masa, la fuerza moral está en el movimiento, y yo le agregué: la fuerza transformadora en la masa en movimiento consciente y acelerado”.

Pero al evaluar ese “movimiento consciente y acelerado” como base material, desde el comienzo mismo Chávez no se deja engañar por las apariencias y observa que, si bien la revolución política tiene una sustentación muy ancha, el caso es diferente cuando se piensa en una revolución social:

“Desde el punto de vista social hay un proceso mucho más pastoso, mucho más difícil, más engorroso que el político, mucho más lento por supuesto, perturbado, a veces impulsivo. Y sin embargo le estamos entrando a la transformación social, en lo que hemos llamado la cancelación de la deuda social, con el objetivo de elevar los niveles de vida de la población por encima de los umbrales humanitarios”(8).

En esa dificultad sugestivamente definida como “pastosidad”, Chávez está señalando la barrera existente entre la respuesta objetiva que unía y a la vez separaba dos partes subjetivamente muy diferenciadas de un conglomerado heterogéneo y ampliamente mayoritario: la negativa de los de abajo a continuar viviendo en la miseria y la marginalidad, y el rechazo al régimen político corrupto y brutal por parte de las clases medias. Por detrás de esos sentimientos colectivos está la contradicción entre el sistema y el desarrollo de las fuerzas productivas, pero que en la visión general es interpretada como choque con el régimen político.

Una parte de la sociedad –las clases medias y una franja de la burguesía– reacciona convencida de que la solución está en la adopción de medidas políticas más o menos radicales, tendientes a sanear el mecanismo, obturar grietas del gobierno y el Estado por donde fugan volúmenes desmesurados de riqueza y recomponer el entramado político que sostiene al Estado. Otra parte, mayoritaria, simplemente asume, para decirlo con una expresión clásica, que “ya no quiere vivir como hasta entonces”. Está compuesta por aquellos que según otra frase de resonancias conocidas, “no tienen nada que perder”. Son las víctimas de un proceso de desarrollo deformado y desprovisto de toda reflexión social y consideración humana, en el cual la economía petrolera polariza la riqueza y la pobreza extremas, empuja a millones de personas del campo a la ciudad y crea una arquitectura social insostenible, dramáticamente plasmada en las montañas que rodean al valle de Caracas con cientos de miles de viviendas precarias que, en elocuente metáfora de la realidad venezolana, penden literalmente al borde del abismo. Son los habitantes de los cerros, destinados a servir, limpiar y custodiar a una minoría privilegiada de burgueses grandes, medianos y pequeños. Carecen de todo derecho político; viven en condiciones miserables: no tienen asistencia sanitaria ni educación; sufren los efectos devastadores de la desocupación, los salarios ínfimos, la violencia, la delincuencia, la degradación acelerada por la invasión de la droga y sus estragos sobre la juventud.

Entre esa masa mayoritaria y la minoría elegida está la clase obrera industrial: relativamente pequeña pero compacta, tan poderosa como inconsciente de su fuerza, neutralizada y obnubilada por salarios y condiciones de vida que, en comparación con subempleados y buhoneros hacen sentir a sus miembros como una verdadera aristocracia entre los pobres.

El espectro político refleja linealmente esta estratificación social. Los partidos de la burguesía han cooptado a buena parte de los de abajo a fuerza de asistencialismo y corrupción. Ninguno de sus dirigentes ha comprendido que esa victoria equivale a congratularse por franquearle los muros de Troya al caballo hueco cargado de combatientes enemigos. Las izquierdas, después del fracaso de los intentos guerrilleros entre 1960 y 70, sufren el golpe combinado de la consolidación de las estructuras socialdemócrata y socialcristiana, la anomia del proletariado y la fuga de estudiantes e intelectuales hacia el ensueño postmodernista.

Bloqueo y disponibilidad, como un todo inseparable, para cualquier propuesta de cambio profundo.

Una singular combinación de factores, siempre con el Caracazo y el estrangulamiento económico como trasfondo, catapultó a Chávez al poder, con el respaldo clamoroso de los tres sectores señalados. La propia composición del gobierno tradujo inicialmente de manera directa esa realidad de heterogeneidad extrema: portavoces de una protoburguesía nacional, militares nacionalistas, políticos de diferentes vertientes empeñados en saltar exitosamente del naufragio anunciado de AD y Copei.

Si bien cada uno de estos sectores tenía sus propios objetivos, de mi experiencia directa no surge la conclusión de que hubiese una verdadera estrategia. Todo se limitaba –y esto vale también para el imperialismo– a la certeza de que, como tantos otros, en Venezuela y en todo el hemisferio, después de recorridas las dificultades iniciales, Chávez se adecuaría a las exigencias del sistema capitalista y, sin necesariamente dejar de esgrimir un lenguaje revulsivo, adoptaría las medidas que cambiarían algo para que todo siguiese igual. De paso, beneficiaría a quienes lo acompañaron en la aventura permitiendo la acumulación de capital en sus manos. Aunque sin precisiones y con contradicciones por momentos agudas, Chávez trasuntaba una perspectiva diferente:

“Si algo hay que subrayar es que en Venezuela hay proyecto de mediano y de largo plazo. Lo hemos llamado Proyecto Nacional Simón Bolívar. Estamos saliendo de la fase inicial; y encaramos cinco ejes de acción simultánea. Este es un proyecto holístico, integral, no es cartesiano, no es fragmentario, no es cortoplacista. Uno de esos ejes es la transformación política. Estamos en plena efervescencia de ese eje, a una velocidad endemoniada; una transformación política estructural, de fondo, a través de la Constituyente”(9).

¿Cuántos y quiénes compartían, en sus precisiones estratégicas, ese pensamiento en 1999? Seguramente no pasaban de un puñado de personas. Desde el punto de vista económico, el discurso de Chávez era todavía menos preciso, y tras algunas afirmaciones de carácter general desaguaba nuevamente en el terreno político-estratégico, reafirmando una noción que antes y después de aquel momento inicial permaneció invariable, la unidad latinoamericana:

“Estamos apenas sembrando las semillas de un modelo económico distinto, que hemos llamado humanista, autogestionario, sustentable, también competitivo, pero con la economía al servicio del ser humano. Un modelo diversificado, productivo, para salir del actual, rentístico petrolero, monoproductor, dependiente, excluyente, salvaje. Un cuarto eje, relativo a un desarrollo integral y equilibrado sobre el territorio, una visión geopolítica endógena, buscando el equilibrio a lo largo de ejes de desarrollo para salir de un país que creció de manera macrocefálica, con un gran país abandonado al Este y al Oeste, con un potencial gigantesco. Y por último el quinto eje de trabajo es el internacional. Creemos que el mundo del siglo XXI debe ser multipolar, entonces estamos marchando y contribuyendo a la conformación de un polo de fuerza en esta parte del mundo; la idea bolivariana, de integración de América Latina y el Caribe, para que en las próximas décadas sea un polo de fuerza. Por eso Venezuela está trabajando en prioridad estratégica internacional en tres direcciones geopolíticas: una hacia la fachada amazónica (Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay), luego hacia la fachada andina (Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile), y la fachada caribeña, el Gran Caribe. Tenemos una claridad estratégica de integración en esa área, porque debe ser el epicentro de un polo de fuerzas para que haya un mundo más equilibrado, donde tengamos relaciones de respeto mutuo con los demás centros de poder del mundo. En esa dirección vamos. Cuántos años demoraremos, no sé. Pero avanzamos en esa dirección”(10).

Ésa era la perspectiva de Chávez en 1999. Sin embargo su visión internacional comprometida con la emancipación del país de toda sujeción imperial, así como su consecuencia con el propósito de llevar alivio real a las inenarrables penurias de las masas, prevaleció en su accionar y guió consecuentemente su pensamiento.

El derrotero del grupo dirigente desde la sublevación de 1992 muestra un trazado zigzagueante y explica la desazón de ciertos políticos de derecha e izquierda que, en uno cualquiera de los segmentos, sacó conclusiones definitivas abstrayéndolo del proceso general. Sin pausa, el paso siguiente desmentiría esas conclusiones. Sea por no advertirlo a tiempo, sea por falta de reflejos e integridad para corregirse ante la población, para esos críticos el error se convertiría en distanciamiento respecto del fenómeno en curso y progresiva enajenación frente al conjunto social. Sin embargo, como se verá más adelante, ese zigzagueo que en términos históricos es ineludible y por ello resulta necesario, dado el cuadro general y la base social concreta del Presidente, cuya heterogeneidad se expresa desproporcionadamente en el gobierno revolucionario, en determinadas circunstancias confunde al movimiento de masas y a los cuadros medios, desvía o ralenta el desarrollo de la conciencia y la capacidad de intervención política. Con el transcurso del tiempo la línea de acción del gobierno toca y despega en relación con la conciencia mayoritaria (y lo hace para avanzar a grandes saltos o dar pasos atrás, sobre todo retóricamente), retrocediendo luego para reatar la propuesta estratégica con el estado de ánimo de las masas, apelando a pausas y desvíos más o menos planificados y calibrados, para inmediatamente replantearse retomando la marcha en un punto de definiciones más radicales en relación con el que se había abandonado, para proyectarlo a un objetivo mayor.

No se trata aquí de emprender un análisis de la persona desde un punto de vista psicológico o biográfico. Por el contrario, se trata de asir la singularidad de un fenómeno complejo, en el cual el individuo es, a la vez y en aparente paradoja, nada y todo, sujeto y objeto de la coyuntura histórica; fenómeno en el que intervienen innumerables determinaciones pasibles de derivar en uno u otro resultado, combinadas de tal manera en este caso que Hugo Chávez, por toda una etapa, resulta la clave de la continuidad y direccionalidad de un proceso revolucionario. Desde el punto de vista teórico general la dialéctica materialista ha explicado este fenómeno un siglo atrás:

“Un gran hombre no es grande porque sus cualidades personales le otorguen rasgos individuales a grandes acontecimientos históricos, sino porque tiene cualidades que lo hacen más capaz de servir a las grandes necesidades sociales de su tiempo, necesidades que surgen como resultado de causas generales y particulares (…) Un hombre grande es precisamente un iniciador porque ve más lejos que otros y desea más fuertemente que otros. Resuelve el problema científico planteado por el anterior proceso de desarrollo intelectual de la sociedad; apunta a la nueva necesidad social creada por el desarrollo previo de las relaciones sociales; toma iniciativas satisfaciendo estas necesidades. Éste es el héroe. Pero no es héroe en el sentido de que puede detener o cambiar el curso natural de los hechos, sino en el sentido de que sus actividades son la consciente y libre expresión de su inevitable curso inconsciente. Aquí reside toda su significación; aquí reside todo su poder. Pero su significación es colosal y su poder es terrible”(11).

 

Mirada estratégica

En el caso particular que nos ocupa, la posibilidad de ver más lejos y de desear con mayor intensidad el objetivo de la revolución, apoyados ambos factores en el ensamble del individuo y la masa, atravesando clases e ideologías, cuenta además con un elemento de extraordinario peso: la comunicación de Chávez con el conjunto social.

La capacidad de comunicarse con una muchedumbre es sólo una prolongación de la capacidad para comunicarse con un individuo, escuchándolo, entendiéndolo, ocupándose de él y empeñándose en explicarle el pensamiento propio y persuadirlo de su valor individual como parte de un pueblo. Chávez puede aquello porque hace esto. Difícil poner en cuestiones sus dotes de comunicador, pero lo verdaderamente extraordinario es su esfuerzo sistemático por elevar la autoestima de cada hombre y mujer de pueblo, incluso de aquellos arrojados a lo más hondo del abismo social: la Misión Negra Hipólita, destinada a rescatar de las calles a dementes, alcohólicos, drogadictos, ancianos y jóvenes, confirma la sinceridad y los extremos de aquel objetivo, logra resultados estremecedores con esa porción de la sociedad a la que los espíritus más solidarios habitualmente sólo le destinarían una dádiva paliativa, pero sobre todo se manifiesta con potencia redoblada en los efectos sobre esa masa inmensa de la sociedad venezolana que, sin haber llegado al grado de destrucción humana de los beneficiados por la Misión Negra Hipólita, está sin embargo hundida y degradada por la brutalidad de un sistema que la ha puesto al margen de la sociedad. Chávez –es preciso aquí aludir a él individualmente– se propuso rescatarlos y convertirlos en sujeto de la revolución. Es una traducción a la acción política del concepto con el que Plejanov completaba el párrafo recién citado:

“Este amplio campo de actividades no está abierto sólo para iniciadores, para grandes hombres. Está abierto para todos aquellos que tienen ojos para ver, oídos para oír y corazones para amar a sus semejantes. El concepto grande es relativo. En su sentido ético es grande el hombre que, para usar la frase bíblica, ‘ofrece su vida por sus amigos’”.

Es probable que la disposición de las masas a entregar la vida por Chávez sea, en última instancia, una singular combinación –a escala de millones– en la cual la percepción clara y distinta de la naturaleza social de la confrontación en curso, cede prioridad al sentimiento de que el dirigente por quien están dispuestos a marchar a la muerte puso antes su compromiso vital e inalterable con los de abajo. Sea como fuese, lo cierto es que el fenómeno social y político encarnado por millones de personas y un individuo, se despliega en la interacción entre la formulación de un objetivo, la satisfacción a menudo mínima de las necesidades proyectadas en el líder, la confianza que éste ha transmitido a sus seguidores y la labor sin precedentes de educación ideológica y política de un pueblo entero por parte de un individuo desde el cargo de Presidente.

Empeñada en destruir la imagen de Chávez, la prensa comercial lo condena por sus larguísimos discursos, pronunciados a veces en dos, tres, o cuatro oportunidades en un mismo día, además del programa dominical Aló Presidente, que suele durar cinco o más horas. Incluso seguidores y aliados leales condenan habitualmente esa conducta como una extravagancia, supuestamente basada en la necesidad enfermiza de un ego desmesurado.

He allí una fuente de errores constantes: es la estrategia, no la psicología, la disciplina que explica a Chávez. Desde el juramento del Samán de Guare, no ha cesado de transmitir, todo el tiempo, por todos los medios, ante cualquier auditorio, conocimientos, convicciones y propósitos. Éstos mismos han ido cambiando, desenvolviéndose, hasta transformar en ciertos casos su contenido original en lo contrario (el más notorio es su adhesión inicial a la “tercera vía”, formal y públicamente autocriticada años después). Pero la actitud invariable ha sido compartirlos, tal vez en la convicción de que enseñar es aprender, transformando la política en docencia permanente. Ocurre que enseñar es también aprender, transferir ideas a una o millones de personas equivale a recibir de ellas nociones, conceptos, valores. Chávez personifica esa dialéctica. La simbiosis resultante ha dado como saldo la elevación asombrosa en la conciencia de las mayorías venezolanas, así como la clave para explicar la propia línea de marcha del Presidente. Con el mundo entero empujando en sentido contrario a la revolución socialista, es un prodigio que el conservadurismo propio de ese sector especial de las clases medias, la fuerza armada, combinado con la lógica reformista de un movimiento de masas en el que prevalecen las mayorías desocupadas o cuentapropistas y un proletariado sin plena conciencia, sin dirección propia, no haya doblegado la voluntad de quien marcha en primera fila y ocupa el lugar de comandante. La dialéctica negativa que hizo de Lula y el PT, por ejemplo, un líder reformista y una organización capaz de sepultar su propio programa inicial, en Venezuela obró de manera inversa, alumbrando un proceso revolucionario que lejos de llevar a un remanso un torrente embravecido, produjo un salto cualitativo en la evolución política de la sociedad al darle a la mayoría sumergida un contenido programático y organizativo enderezado hacia la transición al socialismo.

Hacia 1902, con el célebre Qué hacer de Lenin se inició en Europa un debate teórico que aún perdura, ¿pueden por sí mismos los trabajadores, las masas desposeídas, transformar sus reclamos sociales en conciencia revolucionaria socialista? Sin teorizar Venezuela salda en los hechos el dilema: Hugo Chávez obra como motor y vehículo de la conciencia de millones. Pero si la buena teoría asegura que ningún partido puede sustraerse a la realidad de la masa cuyos sentimientos encarna, tanto más ha de valer esa certeza cuando se trata de un individuo. Es patente que la realidad social, cultural e ideológica de la masa y las vanguardias que apoyan a Chávez condicionan y hasta cierto punto determinan su accionar y explican buena parte de su conducta. Lo notable del fenómeno no reside en los pasos a menudo cruzados en el andar político de la Revolución Bolivariana, sino la resultante de ese movimiento en sus primeros 10 años de desarrollo: siempre adelante, invariablemente en el sentido de mayor radicalización, amplitud y profundidad.

He allí –para usar la expresión de Plejanov– la “significación colosal” de Hugo Chávez: en él vienen a expresarse la necesidad de un época, las causas generales que dan lugar a una crisis sin precedentes del sistema capitalista, el acervo político histórico de América Latina, el agotamiento de los instrumentos políticos de las clases dominantes para ejercer el poder. Con o sin Chávez, esa fuerza poderosa busca un cauce y al hacerlo descoyunta los regímenes burgueses de toda Suramérica. (…) El futuro depende de que la masa asuma conscientemente su condición de clase, el individuo complete su deliberada transmutación en Partido y quede conformada, como culminación de un proceso de rescate y recomposición, una dirección revolucionaria en Venezuela, con proyección y articulación internacionales. Esas tres tareas de dimensiones históricas tienen por tanto un punto de apoyo decisivo en la figura de Hugo Chávez, pero dependen en última instancia de la capacidad de las vanguardias para ensamblar el papel del individuo con el movimiento de las masas, lo cual estriba a su vez en la capacidad para interpretar la realidad internacional y saber actuar a partir de ella en la transición local. Sin el concurso de la ciencia como columna maestra para sostener y guiar la voluntad revolucionaria, masas y vanguardias tomarían por senderos que se bifurcan y dejan al individuo ante la fatalidad de las fuerzas ciegas de la historia, en momentos en que la crisis capitalista hace que éstas empujen en el sentido inverso a las necesidades humanas.

 

 



 1. Venezuela en Revolución – Renacimiento del Socialismo; Luis Bilbao, Capital Intelectual, Buenos Aires 2008. ISBN: 978-987-614-134-5

2. On the Role of the Individual in History, G.V. Plekhanov (1898), Selected Works of G.V. Plekhanov, Volumen II, Lawrence & Wishart, 1961, (hay traducción al castellano)

 3. Robespierre, La teoría del gobierno revolucionario

 4. “Chávez, el menemismo tardío”, Clarín, Buenos Aires, 15 de julio de 1999

 5.  Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Número 5, noviembre de 1999

 6.  Ibid

 7.  Habla el comandante, op. cit

 8.  Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Número 5, noviembre de 1999

 9.  Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Número 5, noviembre de 1999

 10.  Ibid

 11.  G.V. Plekhanov, op. cit