relanzamiento del grupo de los 15 en caracas

El Sur busca respuestas propias frente a la crisis mundial

PorLBenAXXI

 

Desafío: Luiz Inacio Lula da Silva y Néstor Kirchner pudieron comprobar la magnitud de la responsabilidad que les cabe cuando se vieron, junto a otros 17 países del hemisferio Sur, ante la posibilidad de relanzar un bloque alternativo mundial. Vieron además con sus propios ojos la brutal respuesta estadounidense contra el presidente Hugo Chávez por impulsar esa línea de acción. El fracaso rotundo en el intento por llevar a cabo un tercer golpe de Estado mientras se realizaba la Cumbre del G-15 y el ambicioso programa acordado por éste para el próximo año, resumen rasgos nuevos de la situación internacional. Queda a la vista, igualmente, que en el concierto de países de Asia y Africa de enorme gravitación económica, política y militar, el papel de América Latina es clave y en ese ámbito le cabe una responsabilidad decisiva a tres países cuyo curso puede decidir el rumbo del conjunto: Brasil, Venezuela y Argentina.

 

Un vuelco en las relaciones de fuerza internacionales tomó impulso en Caracas en los últimos días de febrero pasado, con el relanzamiento del Grupo de los 15.
Cuando el embajador Rubens Ricupero, veterano director de la UNCTAD (sigla inglesa por Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Comercio y el Desarrollo) y actuando como delegado personal del secretario general de las Naciones Unidas, terminó de leer el texto enviado por Kofi Annan a la inauguración de la XII° Cumbre del Grupo de los 15, quedaba firme la conclusión de que el mentado «mundo unipolar», si acaso alguna vez existió realmente como tal, era ya cosa del pasado. Si la consumación de un nuevo centro de poder efectivo con base en el hemisferio sur del planeta es todavía un proyecto en ciernes, impulsado enérgicamene por algunos países, desestimado por otros y combatido fieramente desde el polo opuesto, la sola realización de la reunión y el tenor de los discursos y sesiones de trabajo prueba la irremediable fragmentación del mundo económico actual y la voluntad de resistencia encarnada en países de porte mayor en todos los sentidos.
Aplausos atronadores con el público de pie en el Teatro Teresa Carreño rubricaban frases de inesperado tono, dado el cargo del firmante de la carta. Con estilo sereno y sólido, sin estridencias, tan típicamente brasileño, Ricupero leyó un saludo en el que Kofi Annan señaló al presidente Hugo Chávez como digno representante contemporáneo del Libertador Simón Bolívar y vindicó a Venezuela por su actitud solidaria con Cuba en materia de abastecimiento energético.
Ensimismado, al centro de una larga mesa con otros ocho presidentes y diez altos funcionarios representantes de los diecinueve países integrantes del G-15, Chávez parecía esforzarse por aprehender la magnitud del acontecimiento en curso, potencialmente trascendental sobre todo por el contexto en que ocurría: a pocas cuadras una exigua marcha opositora se disgregaba luego de que un grupo armado se adelantara para chocar con el cordón de uniformados que cerraban el paso hacia el Teatro donde se inauguraba el cónclave presidencial; a escasos kilómetros atravesando el Caribe, tropas estadounidenses desembarcaban en Haití y los gobiernos de Washington y París colaboraban para cargar por la fuerza al presidente Jean Bertrand Aristide a un avión que, contra su voluntad y en completo secreto, lo trasladaría a la República Centroafricana; Richard Clarke, ex asesor en contraterrorismo de tres presidentes estadounidenses, incluido George W. Bush, acusaba a este último de haber desoído días antes del 11 de septiembre de 2001 el aviso de que un atentado gravísimo estaba a punto ocurrir en territorio estadounidense; y como colofón, en el Partido Demócrata se imponía John Kerry y su figura subía de hora en hora en las encuestas, amenazando la continuidad de Bush en la Casa Blanca.

 

Opciones extremas

Desde la perspectiva del Departamento de Estado estadounidense Caracas era, por esos días, el lugar menos apropiado para realizar la Cumbre de los 15. De hecho, la reunión en la que Venezuela pasaría la presidencia rotativa a Argelia, debía haberse realizado a comienzos de 2002. Los prolegómenos y el golpe de abril primero, el sabotaje petrolero y sus efectos devastadores luego, postergaron la gestión dos años. Ya era un dato elocuente que los restantes integrantes desestimaran el procedimiento de rigor en tales casos: realizar la Cumbre en otra Capital. Dado el involucramiento directo del gobierno estadounidense en los sucesivos intentos por derrocar a Chávez, ese simple gesto anunciaba una actitud predominante en los integrantes de mayor peso del grupo.
Por otra parte, Washington venía de sufrir una sucesión imposible de sonoros reveses en el terreno internacional y específicamente hemisférico: el fracaso de la reunión de la Organización Mundial de Comercio en Cancún, en septiembre de 2003; los resultados de la Cumbre Iberoamericana y el paralelo Encuentro Social Alternativo en noviembre en Santa Cruz de la Sierra y la imposibilidad de hacer despegar el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) ese mismo mes en Miami. Como colofón, Bush sufrió un fiasco en Monterrey, en enero último, tanto más gravoso porque ocurrió en un escenario montado por propia decisión -la reunión ordinaria tendría lugar en Buenos Aires en 2005- y bajo su estricto control. La Cumbre Extraordinaria de las Américas debía sofocar la desobediencia generalizada en un ámbito hasta no hace mucho sumiso a las órdenes de Washington. Pero terminó con una polarización entre Bush y Chávez y, salvo los casos de Colombia, Chile y Uruguay, el rechazo o la toma de distancia de los restantes países. Para colmo, luego de reclamar un referendo continental para resolver si Cuba debía o no asistir a las cumbres de las Américas, en un acto de inusual determinación política Chávez voló de Monterrey a La Habana y completó a su modo la Cumbre con Fidel Castro.
Todo había ocurrido en el lapso de tres meses. Con tales antecedentes una exitosa reunión de los 15 era más de lo que podía admitir la Casa Blanca. Por otra parte, en esos días el Consejo Nacional Electoral (CNE) venezolano debía anunciar si la oposición había reunido o no las firmas suficientes para convocar a un referendo revocatorio contra Chávez. Numerosos datos, entre ellos la confesión de dos altos dirigentes de la Coordinadora Democrática, fundaban la certeza de que no habría referendo. El bloque opositor que tomó el poder por 36 horas en abril de 2002 y desde entonces no ha dejado de disgregarse y perder terreno, quedaba expuesto en su impotencia.
Pero todo esto significaba el afianzamiento interno de Chávez y la convergencia de su línea de acción hacia el Sur del continente, pero también hacia países de enorme gravitación en Asia y Africa.
Pálido, nervioso, solitario y taciturno el embajador estadounidense en Caracas, Charles Shapiro, hundido en una butaca sin siquiera ubicación destacada, era la representación cabal del aislamiento del presidente Bush en el mundo y el debilitamiento de sus bases de sustentación en Venezuela.
Las apariencias, sin embargo, a menudo engañan. La oposición marchaba en esos momentos hacia el Teatro y los desplazamientos bélicos en Haití no ocurrían por acaso. Tapoco fue casual la medida tomada por Chávez el día anterior: su ministro de Defensa, el general Jorge García Carneiro, anunció por cadena de radio y televisión que para garantizar la seguridad de los altos dignatarios de los 18 países invitados y el normal desarrollo de la reunión, el gobierno había decidido montar un esquema de defensa terrestre, aérea y naval de la zona, además de ratificar que la marcha opositora no podría llegar al lugar del cónclave.
La significación de estos datos, la magnitud de lo que estaba en juego, ciertamente no fue informada al mundo por los medios de difusión internacionales. Y en Venezuela, los canales comerciales estaban exclusivamente empeñados en convocar a la marcha del 27. Pero bastaba seguir las declaraciones de altos funcionarios estadounidenses desde comienzos de enero y la campaña mediática desplegada por las grandes cadenas de difusión mundial, para comprobar la escalada injerencista del gobierno estadounidense en Venezuela y la decisión de crear un clima en el cual una grave conmoción interna, sobre todo con la presencia de tantas delegaciones extranjeras de alto nivel, justificara la intervención de «fuerzas de paz» para garantizar el «orden» y la «democracia».

 

El tercer golpe

El equipo dirigente de la Revolución Bolivariana tenía claro, desde comienzos de enero, que estaba ante un tercer intento de golpe de Estado. Y que la fecha elegida coincidiría con la reunión del Grupo de los 15. La contraescalada encabezada por Chávez, incluía su recurso mayor: la Cumbre culminaría el 28 y al día siguiente estaba convocada una concentración masiva, frontalmente anunciada como respuesta del pueblo venezolano a la injerencia estadounidense, bajo la consigna «Venezuela se respeta».
Pocos, si acaso alguno, tenían conciencia de la magnitud de lo que estaba en juego en esos días. Esa incomprensión, abonada por el papel distorsivo hasta niveles repugnantes de la prensa internacional, desdibujó igualmente el saldo de la crucial jornada que va del 27 de febrero al 2 de marzo. El resumen es simple: despliegue de la Fuerza Armada Nacional a partir del 27; culminación exitosa de la cumbre el 28; al día siguiente la concentración inabarcable (6.5 kilómetros de autopista cubiertos por una muchedumbre abigarrada) y el discurso neto de Chávez; anuncio del CNE el lunes de que 800 mil firmas presentadas por la oposición debían someterse a revalidación por presentar vicios insanables; y agotamiento al día siguiente del farsesco montaje insurreccional protagonizado en los barrios elegantes de Caracas por grupos mercenarios armados y minúsculos grupos de opositores que se apartarían rápidamente al ver el curso de los acontecimientos. En suma: Estados Unidos había lanzado desde comienzos de enero una ofensiva total contra la Revolución Bolivariana, contra la consolidación de Chávez en Venezuela y la proyección hemisférica de una línea antimperialista. Y había fracasado.

 

El G-15, Brasil y Argentina

Sería erróneo desestimar los acuerdos con los que culminó el G-15. La creación de un Banco del Sur podría significar un mazazo decisivo en el corazón desgastado y arrítmico del sistema financiero internacional; una Universidad del Sur sería la respuesta estratégica que el mundo reclama después de haber descubierto que la historia continúa y los académicos del Norte permanecen enmarañados en artificios banales a los que denominan «nuevos paradigmas»; un sistema multimediático del Sur, hecho a la altura de las necesidades y capaz de reunir los talentos desviados por la irracionalidad vendedora y falaz de los medios comerciales, sencillamente conquistaría en poco tiempo la atención de cientos y miles de millones de personas hartas de manipulación, mediocridad y decadencia enlatada; planes económicos tendientes a suturar la sangría de la deuda externa, promover el intercambio científico-tecnológico, buscar formas de intercambio complementario y de comercio Sur-Sur, permitiría ingresar a un nuevo período histórico.
Para concretar estos planes el G-15 conformó un Triunvirato con los presidentes del país que entregó la presidencia (Venezuela), el que la recibió (Argelia) y el que la tomará el año próximo (Irán). Los mandatarios representados por sus cancilleres deberán preparar a contrarreloj la realización de los planes aprobados. Luego los presidentes integrantes del Triunvirato se reunirán en Argel hacia agosto, para verificar lo hecho y dar el impulso necesario, de modo que en la cumbre del año próximo, el proyecto esté en marcha. India propuso dividir por países el tratamiento de grandes problemas, por ejemplo el Sida en Africa y el tema de los medicamentos en el mundo, para lo cual dispuso un fondo de 100 millones de dólares. Chávez aplaudió la idea, propuso a Venezuela para asumir el tema Educación y sumó 20 millones al fondo común.
Todo esto constituye un programa de acción que, llevado a la práctica, sacudiría al planeta. Pero la oposición a tales planes no está sólo en el Norte, sino dentro mismo del G-15. Los mandatarios de México y Chile no concurrieron. El presidente colombiano Álvaro Uribe, quien llegó tres horas después de instalada la reunión y estuvo apenas una horas, intervino sólo para hacer una reivindicación del neoliberalismo, propuso el ingreso de su país y Venezuela al Plan Pueblo-Panamá y dijo, probablemente traicionado por su subconsciente y confesando la raíz de tal propuesta, que se sentía allí «como un astronauta». La lista no termina allí, aunque no debe excluirse que, precisamente por la asunción de tales conductas, más de un gobierno de este sub-bloque cambie en el futuro cercano. Por el contrario, naciones como India, Indonesia e Irán, para poner a los integrantes más densamente poblados, movidos por poderosas razones objetivas y definida voluntad política tendrán sin duda un papel relevante en el curso y la suerte del relanzado G-15. El discurso de tono universalista, integrador, democrático y a la vez fuertemente antimperialista del iraní Mohammed Hatami, las intervenciones del canciller indio Sinha Yaswant, o las ponencias del zimbabweño Robert Mugabe y el jamaiquino Percival Patterson, así como la carta enviada por la presidenta de Indonesia Megawati Sukarnoputri, fueron otras tantas expresiones de alarma frente al cuadro económico internacional, el curso político de Estados Unidos y otras potencias metropolitanas y de reclamo por un efectivo centro de accionar común de los países de economías subordinadas.
Sin embargo, el rumbo que finalmente decidan adoptar Brasil y Argentina más allá de las comunes demandas comerciales, tendrá necesariamente un peso vital sobre el curso de América Latina y, por esa vía, sobre este nucleamiento del Sur que ya ha proclamado su intención de sumar más países.
Lula y Kirchner abandonaron Caracas antes del final de la Cumbre. Dejaron su firma en la Declaración final y alegaron causas incuestionables para su partida anticipada. Más aún, antes acudieron ambos al Palacio de Miraflores, donde se reunieron a solas con Chávez. Ellos mismos y sus portavoces ratificaron los ambiciosos objetivos del encuentro y adicionalmente anunciaron nuevas medidas de impulso a las relaciones energéticas entre Brasil y Venezuela, a través de Petrobras y PDVSA, las petroleras estatales de ambos paises. Pocas semanas después una comunicación telefónica entre los presidentes de Argentina y Venezuela extendió la colaboración en ese terreno a causa de la crisis energética acentuada en el país austral como palanca de presión de las empresas privatizadas sobre el gobierno de Kirchner (quedaría así como anécdota insignificante el hecho de que el presidente argentino recibiese a la cúpula golpista antes de subir al avión en Caracas). La decisión de que Venezuela y Ecuador se sumen al Mercado Común del Sur en el primer semestre de este año en una próxima reunión presidencial, así como los planes de extensión y profundización de los acuerdos a llevarse a cabo en junio próximo en San Pablo, en ocasión de la reunión de la UNCTAD, son otros tantos signos del compromiso de Brasilia y Buenos Aires con el fortalecimiento de una instancia Sur.

 

Dificultades y voluntad política

La sinceridad y profundidad de estos acuerdos no alcanza a ocultar sin embargo la existencia de dificultades objetivas considerables y de interpretaciones y conductas diferentes para superarlas. Entre las primeras sobresalen conflictos de intereses sectoriales dentro mismo de cada bloque. Para poner sólo un ejemplo: las disputas comerciales entre Brasil y Argentina contrarrestan una y otra vez los esfuerzos por darle vigencia efectiva y a menudo provocan marcados retrocesos. El director de Comercio de la Comisión Europea, Karl Falkenberg, con marcada intención señaló recientemente que el bloque «a veces, parece más una visión que una realidad». En la raíz de estas dificultades, que se proyectan y amplifican cuando la escala se extiende al hemisferio Sur y con países de la envergadura económica de India, Irán o Indonesia, está el efecto anarquizante, disgregador, conflictivo y destructivo de la ley del valor, tema teórico complejo y desdeñado, sobre el cual ponen los ojos más y más funcionarios y técnicos a medida que observan perplejos cómo sus esfuerzos integradores son de pronto neutralizados en un segundo.
El otro dilema remite a concepciones y voluntad políticas, sobre las cuales gravitan fuertemente relaciones de fuerzas internas e internacionales. Las desembozadas presiones del Fondo Monetario Internacional interviniendo directamente en las decisiones de política interna a través de la gestión de las deudas externas, así como las maniobras de la Unión Europea para sacar ventaja de los traspiés del ALCA en Suramérica, son algunos entre muchos de tales factores. En la reciente reunión entre Kirchner y Lula en Río de Janeiro, por ejemplo, ambos mandatarios aceptaron como definitiva la necesidad de superávit fiscal primario (y de un nivel mínimo del 3%), y afirmaron que el pago de la deuda externa no compromete el desarrollo económico de ambos países. En otro orden puede señalarse una reunión de trabajo en Buenos Aires de la senadora Cristina Fernández de Kirchner y un grupo de técnicos y políticos chilenos. Estos hechos son elocuentes signos de ambos factores -concepciones y presiones de enorme potencia- ejerciendo impulsos invisibles y no necesariamente queridos por los propios protagonistas, que marchan sin embargo a contramano de un G-15 capaz de crear un Banco del Sur, un centro propio de comunicación de masas a escala planetaria y un replanteo profundo del comercio, el flujo de finanzas, los planes de intercambio, integración y desarrollo.
Como quiera que sea, después de un eclipse de tres lustros durante los cuales los tres grandes centros económicos internacionales -Estados Unidos, la Unión Europea y Japón- impusieron la idea de que todo futuro imaginable comenzaba por aceptar la subordinación a sus conceptos y sus planes, aquello que antaño se denominaba Tercer Mundo reaparece con una nueva forma, nuevos componentes y, sobre todo, en un mapa político diferente al que le atribuía una tercera vía entre el imperialismo y el socialismo, por entonces identificado con la Unión Soviética. El doble fracaso de la Casa Blanca cuando lanzó al ataque a los restos descompuestos de la oposición venezolana con el objetivo explícito de impedir el éxito de la XII Cumbre del G-15, es indicativo de que el progresivo cambio en las relaciones de fuerzas internacionales está a punto de plasmar en un nuevo cuadro político planetario, en el que el saldo no deja lugar a dudas: Estados Unidos es el gran perdedor.

 

ESMA y deuda externa

PorLBenAXXI

 

Ocurrió en Argentina, pero las fuerzas que lo generaron provienen de toda América Latina y, presumiblemente, devolverán el impacto a escala regional: el pasado 24 de marzo la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) fue transformada en «Espacio de la memoria». Ese día se cumplía el 28° aniversario de la toma del poder por una junta integrada por los jefes de ejército, marina y aeronáutica.
En la ESMA funcionó un centro clandestino de detenidos-desaparecidos entre 1976 y 1982. No era uno más de los muchos campos de concentración donde se torturó y asesinó durante ese período. Allí un ala supuestamente populista de la junta gobernante ensayó una operación de recuperación de militantes capturados para alimentar un proyecto que, en la enajenada imaginación del almirante Eduardo Massera, sería una fuerza política que uniera bajo su conducción a secuestradores y secuestrados, torturadores y torturados.
Hay datos suficientes para probar que Massera no contaba para ese proyecto sólo con sus comandos de secuestradores; el delirio tenía puntos de apoyo al otro lado de la grieta de sangre que dividió al país. Ese es un hecho cuyo esclarecimiento pleno será tarea de la historia; ahora sólo cabe como factor a tener en cuenta para la comprensión global de las relaciones entre ideología y política, así como los desdoblamientos que esa relación puede producir en la conducta humana.
Hoy, nada debería desdibujar el trascendental significado del acto donde, en presencia del presidente Néstor Kirchner, dos jóvenes nacidos durante el cautiverio de sus madres en ese lugar tenebroso, dos hijos de desaparecidos, hicieron la denuncia más desgarradora entre las innumerables que el país y el mundo conocieron desde 1983.
Nada debería desdibujar tampoco el contenido potencial de algunos párrafos del discurso del propio Kirchner ni las derivaciones del hecho en sí: el comandante actual del ejército arrancando del Colegio Militar los cuadros de dos generales que ocuparon la presidencia durante la dictadura y la transmutación de la ESMA en “Museo de la Memoria”.

 

Dos décadas cruciales

Esto no comienza ahora. Bajo la presión de un poderoso movimiento ciudadano a favor de la democracia el presidente Raúl Alfonsín promovió en 1983 el juicio que enviaría a prisión a los comandantes que en tres sucesivas juntas gobernaron al país. Un hecho sin precedentes en la historia universal. En rigor el juicio a los comandantes tiene una dimensión histórica mayor que la conversión de la ESMA (las derivaciones posteriores de aquella conducta remiten, también, a la aludida relación entre ideología y política).
No obstante, hay razones reales y simbólicas que le dan a este 24 de marzo un relieve sin precedentes. Es un símbolo mayor que, mientras en 1983 ocupaban el centro del escenario teóricos, dirigentes y militantes provenientes de las luchas de la década de 1960 y 1970 pero ganados en los ´80 por el posibilismo, esta vez hablaron dos jóvenes. Sus palabras retumbarán en el futuro argentino. Entre ambos, cada uno con su estilo y desde experiencias personales diferentes, presentaron una plataforma inversa a la defendida por las voces predominantes en aquellos años de Alfonsín: el posibilismo… es una quimera. O un deliberado engaño, según quién lo sostenga.
Por las voces de esos jóvenes habló la experiencia de los 20 años transcurridos. Y ocupó el palco la fuerza invisible que surca superficie y subsuelo desde el Bravo a la Patagonia.
El mismo Kirchner actuó movido por esa fuerza. Dos semana antes había cedido ante la presión extrema del Fondo Monetario Internacional, accediendo a pagar intereses con reservas, en línea de continuidad con los acuerdos firmados el año pasado. Pero allí, ante 25 mil personas que lloraban de dolor y alegría y vociferaban desbordados una esperanza otra vez renacida, denunció el sistema político argentino. Y se sumó al reclamo por un país nuevo, diferente y mejor.
Un eslabón de acero amarra esa esperanza al mecanismo de sujeción y saqueo resumible en la deuda externa de nuestros países y las imposiciones del Fondo Monetario Internacional para pagarla. En su momento Alfonsín no se decidió a cortarlo apelando a la única fuerza capaz de hacerlo: el accionar consciente y organizado de las víctimas. Luego vinieron sus patéticos sucesores, siempre con el posibilismo como bandera. Día a día Argentina se hundió más en la ciénaga de la degradación social y la corrupción y disolución políticas.
Es la historia de cada país de la región, con apenas rasgos diferenciales. Y sería pueril atribuirla exclusivamente a un individuo o un partido. Tan pueril como desdeñar lo ocurrido con indiduos y partidos que no optaron por cortar de un tajo la dependencia respecto de los centros imperialistas. Condenar a los asesinos es imprescindible. Tanto como detener el mecanismo que los necesita para sobrevivir y volverá a crearlos una y otra vez.
El palco del 24 de marzo en Buenos Aires indica que el punto de inflexión en esa historia ya quedo atrás en Argentina. A escala continental, el desafío está planteado.

américa latina en el final de una etapa histórica

Qué viene después

porLBenCR

 

Sucesivos reveses políticos de Estados Unidos acompañan el agravamiento de una crisis económica estructural compartida con la Unión Europea y Japón, que continúa su marcha inexorable pese a los esfuerzos por negarla o camuflarla. El inesperado fracaso estadounidense en la reunión de la Organización Mundial de Comercio realizada en Cancún en septiembre pasado, dejó como saldo la constitución de un bloque de países (el Grupo de los 20, al que ahora anuncia su adhesión China) capaz de plantarse como límite ante las exigencias de Washington. Como prolongación de la sublevación boliviana y la destitución del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada, la denominada Cumbre Iberoamericana produjo a mediados de noviembre una declaración opuesta a los ejes fundamentales de la política estadounidense, bajo la presión de un “Encuentro Social Alternativo”, que simultáneamente y en el mismo escenario de Santa Cruz de la Sierra, reunió organizaciones populares y revolucionarias de 15 países. Esa misma fuerza potenció las contradicciones intercapitalistas que desde hace un lustro traban el desarrollo del Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y provocó un fracaso apenas disimulado de Estados Unidos en la reunión de cancilleres del ALCA, realizada en Miami la semana siguiente(1).

Como se verá, el fracaso estadounidense en su intento de imponer el ALCA es paradojal en más de un sentido: Washington no logró la aceptación de los mecanismos mediante los cuales pretende de un lado cerrar el continente a sus competidores de ultramar y de otro absorber de sus socios menores una mayor cuota de la plusvalía hemisférica. Sin embargo, en la medida en que Brasil, a la cabeza de un bloque de países dispuestos a negociar en mejores términos con la Casa Blanca, al no clausurar de modo terminante la posibilidad de que el nuevo tratado en discusión (ALCA ligth, descafeinado o alquita, como se lo ha llamado) avance sobre la soberanía de cada Estado nacional, deja abierta la posibilidad de que las burguesías locales involucradas en aquel bloque pierdan en poco tiempo (2004, el período de discusión antes de la activación, o no, del ALCA) el terreno ganado entre la Cumbre de presidentes suramericanos, en agosto de 2000, y la reciente reunión de Miami. Más importante aún es el hecho de que con ALCA o ALCA descafeinado, los trabajadores y las masas populares cargarán sobre sus hombros la crisis que tratan de contrarrestar con estos recursos los dueños del capital, metropolitano o local.

En todo caso, más visible que estos dos acontecimientos y con mayores consecuencias inmediatas de carácter político es el curso de la invasión a Irak, donde Estados Unidos comienza a sufrir los efectos de una guerra de resistencia que acelera y agudiza los sentimientos antimperialistas ya reinstalados como factor de peso en el escenario político internacional.

Otro factor revelador del curso de la situación mundial es la reversión notable operada en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Crítica subrayó en su momento la peligrosidad extrema del paso dado cuando este dispositivo militar imperialista anunció un drástico cambio de naturaleza y carácter precisamente en el momento en que cumplía medio siglo de existencia. En aquella oportunidad, durante la celebración del aniversario en Washington se anunció que la OTAN pasaba de estructura regional defensiva a mecanismo ofensivo y con jurisdicción internacional. Esto significaba no sólo la creación de un aparato militar imperialista único, sino su legitimación para actuar, obviamente bajo el mando inapelable de Estados Unidos, en cualquier punto del planeta. Alemania y Francia no replicaron. Sin embargo, después de septiembre de 2001, cuando Washington intentó utilizar a la OTAN según su designio, obtuvo resultados exactamente inversos: la OTAN planetaria -es decir, la subordinación directa de las fuerzas armadas europeas a Estados Unidos- se mostró inviable y la Unión Europea aceleró hacia la articulación de una fuerza armada propia, de hecho contrapuesta a la OTAN. La invasión a Irak, realizada por Estados Unidos sin legitimación por parte de las Naciones Unidas, con la oposición explícita de Francia y Alemania y acompañada militarmente sólo por Gran Bretaña y España, subraya esta dinámica.

Frente a esta suma de factores que golpean con dureza la hegemonía ideológica y política de que gozó Estados Unidos durante los últimos veinte años, los estrategas imperialistas tratan ahora de engañar a la opinión pública internacional respecto del curso de la situación económica planetaria. Mediante la exhibición equívoca de cifras de reactivación económica se pretende contrarrestar la conciencia cada día más extendida respecto de la crisis que vive el capitalismo altamente desarrollado.

Esta nueva contraofensiva comunicacional se apoya en la recuperación de los niveles de actividad de la economía estadounidense: 7,2% en el último trimestre de 2003. En Argentina, donde la euforia ha hecho perder todo sentido de las proporciones a los apologistas del nuevo gobierno, se toma el dato como el fin de toda preocupación. Sin embargo, esa reactivación está alimentada por una situación fiscal que pasó de un superávit del 2,4% durante el último año de gobierno de William Clinton, a un déficit del 3,5% en 2003 y un estimado del 4,3% para 2004 (el mismo período para el cual se impuso a Argentina un superávit del 3%) y por los gastos de guerra, a lo cual corresponde sumar la escandalosa manipulación de índices.

Basta un ejemplo: “Si una computadora tiene ahora el doble de capacidad de otra que costaba lo mismo un año atrás, se calcula que el precio ha caído el 50% (…) la inversión en computadoras ha subido en un 54% en términos reales desde 2000. En términos de dólar, el gasto cayó un 8%”(2). No es el objetivo de esta nota analizar en detalle la marcha de la economía mundial. Es preciso decir, sin embargo, que lejos de contradecir el análisis indicativo de una crisis estructural, estos datos lo reafirman en un nivel superior: el párrafo citado, además de revelar la manipulación estadística, indica a las claras cómo evoluciona el verdadero nudo del problema: el aumento de la productividad, la caída del valor de la masa de bienes producidos, provoca el derrumbe de la tasa de ganancia y lleva al paroxismo la competencia interimperialista. Un índice menos manipulable reafirma esta evidencia: el Nasdaq, con 5000 puntos y en alza hacia el año 2000, está hoy en 1200 puntos… y en baja.

Por otra parte, en los últimos cinco años Estados Unidos aumentó el gasto a un promedio del 7,7% anual y el plan de incremento en gastos militares de George W. Bush supone un aumento real del 20% para el 2020. De acuerdo con estos cálculos, incluso tomando como válidas las proyecciones más optimistas de crecimiento, en los próximos diez años “el presupuesto estadounidense es mucho peor de lo que las previsiones oficiales indican. Entre los expertos independientes de Washington, el consenso es que las cifras oficiales no contemplan un déficit acumulativo de alrededor de 5 billones (5.000.000.000.000). Más que un presupuesto que retorna al superávit hacia 2012, Estados Unidos verá probablemente déficits promedios del 3% durante la próxima década”(3).

Para financiar este desbalance fuera de control, Estados Unidos depende más y más del endeudamiento externo. De allí que tenga una particular significación el hecho de que “el ingreso neto de inversiones en bonos y acciones estadounidenses cayó de 50 mil millones en agosto a sólo 4 mil millones en septiembre, el nivel más bajo desde la crisis causada por el colapso de Long Term Capital Management en octubre de 1998”(4). Esta situación está traduciéndose en un sostenido incremento del precio del oro (400 dólares la onza a fines de noviembre), una caída del dólar frente al euro y podría estar augurando un nuevo colapso bursátil. Alemania, Francia y Japón no distan cualitativamente de este panorama.

Habrá que seguir paso a paso el desenvolvimiento económico en los tres centros imperialistas durante el futuro inmediato y extraer de los hechos conclusiones que revaliden o no la afirmación de que, lejos de iniciar su superación, la crisis del capital se agrava a paso acelerado y sin control. De hecho, economistas desarrollistas sostienen la hipótesis contraria a la nuestra(5). Como quiera que sea, tanto las políticas económicas aplicadas en los centros imperialistas como los resultados y las consecuencias de todo orden en curso en América Latina, llevan a una coincidencia sin fisuras: el neoliberalismo está sepultado: en Estados Unidos, Francia, Alemania y Japón, se apela de manera desenfrenada al déficit fiscal para contrapesar la caída en tirabuzón; en el resto del mundo, si no se hace lo mismo -por imposición del FMI- gobernantes y opositores sostienen siquiera retóricamente la necesidad de hacerlo.

 

Desafío histórico

América Latina transita el fin de la etapa denominada neoliberal por caminos marcadamente diferenciados pero con factores comunes que obrarán a favor o en contra del imperialismo según quién conduzca su dinámica: las burguesías locales o genuinos gobiernos de los trabajadores y el pueblo. La batalla por esa preeminencia estratégica está en curso ahora mismo. Entre tantos otros, hechos tales como la realización del Congreso de la Internacional Socialista en San Pablo (ver artículo siguiente), o la designación de un funcionario de la Central de Trabajadores Argentinos como representante oficial del gobierno ante el Vaticano, deben ser interpretados como movimientos de piezas en el ajedrez de la batalla entablada. Mientras tanto, este año no tuvo lugar el encuentro correspondiente del Foro de São Paulo. El Encuentro Social Alternativo, realizado en Santa Cruz de la Sierra del 12 al 15 de noviembre, tampoco llegó a articularse como bloque antimperialista capaz de gravitar en la contienda señalada, con todo el valor que tuvo esta convocatoria, por primera vez planteada como contraparte frente a la Cumbre Iberoamericana, la instancia prohijada por la Unión Europea.

El vacío provocado por esa ausencia está siendo ocupado por propuestas desarrollistas de actualización capitalista. Pero fracasado en los años 1960, cuando todavía estaba en auge la economía mundial de posguerra y Argentina no había enajenado las palancas fundamentales de su aparato productivo, el desarrollismo no tiene hoy siquiera la chance de intentar un despegue sin antes romper los lazos de sujeción al imperialismo y tomar como punto de partida una muy drástica redistribución de ingresos en favor de las clases desposeídas. No sólo la historia, sino la comprobación cotidiana permite aseverar que nada de esto puede llevar a cabo un gobierno del capital, siquiera en su versión más progresista.

La recuperación de la iniciativa política por parte de la burguesía en Argentina (analizada en la edición anterior de Crítica) no podría ser exitosa a mediano plazo sino al precio de un mayor empobrecimiento del país y una sangrienta derrota de las masas. El cuadro actual deberá necesariamente resolverse en favor de la clase obrera y el arco más amplio de sus aliados estratégicos, o en favor del imperialismo y los socios que se le sometan sin condiciones.

Así, se presenta de manera descarnada la urgencia por resolver en los hechos la dialéctica entre clase, organización de masas y dirección revolucionaria, a partir de una realidad determinada por la ausencia de toda instancia de unidad social, ausencia de un genuino partido de los comunistas y sostenida ofensiva local y regional por parte de estructuras y cuadros al servicio de la socialdemocracia y el socialcristianismo.

Por todo un período la contradicción entre una crisis sin precedentes del sistema capitalista y el retroceso también sin precedentes en la conciencia y la organización del proletariado internacional, se levantó como una muralla para la acción política revolucionaria. El reinado ideológico del capital ya no es lo que fue en los años 1990. De hecho, convulsiones de los más diversos géneros muestran a escala mundial un dato nuevo y determinante: el imperialismo ha vuelto a aparecer ante las masas -y específicamente ante las juventudes- como el gran enemigo. Esa contramarcha puede computarse como una recuperación de terreno por parte de las fuerzas revolucionarias; no obstante, la confusión persiste y la distancia ganada está todavía lejos de plasmar en el terreno político. El agotamiento del llamado neoliberalismo y la reasunción de una conciencia de lucha por parte de sectores sociales afectados replantean aquella contradicción, aunque sigue gravitando con fuerza decisiva el hecho de que el proletariado, a escala mundial y en cada país, lejos de ocupar la vanguardia ideológica y política, o bien se mantiene paralizado, o bien marcha tras otros estamentos sociales, cuando no directamente de la burguesía dependiente del imperialismo. Con excepciones que no rompen la regla, la teoría que se reivindica marxista no da cuenta de esta realidad. Y en no pocos casos se niega a sí misma en un proceso de constante degradación.

La propia idea dominante respecto del carácter de la crisis que atravesamos prueba estas afirmaciones. Por convención, la etapa histórica cuyo convulsivo fin se observa a escala mundial y en todos y cada uno de los países de América Latina, se ha dado en llamar neoliberalismo. Ninguna fórmula convencional es inocente. Esta fue impuesta desde los grandes medios de comunicación, pero adoptada con fruición en la mayoría de los ámbitos de izquierdas y, sin reparo de ningún tipo, por la academia y el periodismo. En la imposición de aquella fórmula, había ya una contundente victoria ideológica de las clases dominantes, que a su vez indicaba qué estaba ocurriendo al otro lado de la frontera social, en las clases explotadas y oprimidas.

Se denominó neoliberalismo a un conjunto de medidas apuntadas a contrarrestar la caída de la tasa de ganancia que le carcomía los cimientos y lo acorralaba ideológica y políticamente en todo el mundo. Era el medicamento extremo, de destructivos efectos secundarios, aplicado a un cuerpo agónico. Una nueva y más drástica expresión de lo que Marx denominó autofagia del sistema capitalista. No obstante, fue presentada y aceptada por las masas como expresión de vigor del sistema y prueba de que no era posible rebelarse contra él.

Una respuesta fácil para explicar este resultado aparentemente insólito es atribuírselo a los medios de comunicación, potenciados por el formidable salto tecnológico del último cuarto de siglo. Imputar a la prensa comercial el curso de la política fue uno más de los rasgos culturales que predominarían desde entonces en la intelectualidad: justificación del statu quo, teorización de la impotencia, elaboración minuciosa del “cambio puntual”. En otras palabras: elogio de la irracionalidad y la cobardía(6).

Pero la imposibilidad de los escasos equipos revolucionarios marxistas para explicar lo obvio y lograr que esto se transformara en acción política tuvo otras razones, de carácter histórico y alcance global, que permitieron convencer al mundo, atravesando clases sociales, culturas y posiciones ideológicas, de algo que sí resultaba evidente para miles de millones de personas: la muerte del socialismo y la victoria definitiva del capitalismo. Como la evidencia del Sol girando en torno de la Tierra, aquélla invertía la realidad. Pero llevaría tiempo descubrir el engaño. Y el capitalismo en su conjunto utilizó al máximo ese plazo extra.

Hay una siniestra ironía en el curso de esa inflexión histórica: el “neo” liberalismo no venía a reemplazar al socialismo, sino al keynesianismo. Y éste, se sabe, había sido el antídoto utilizado in extremis en un cuerpo envenenado por el liberalismo(7). ¿Por qué reemplazar al salvador de Occidente precisamente cuando éste se mostraba vencedor y qué tenía de “neo” este sustituto respecto del liberalismo que, a fines del siglo XIX, mostró con crudeza su impotencia hasta desembocar en la Revolución Rusa en 1917? Inútil preguntarlo: los cultores del flamante comodín verbal -defensores y detractores- se negaron siquiera a tratar el punto.

Ahora, menos de dos décadas después, habrá que hacerlo. El neoliberalismo es un perro muerto y a él se le atribuye el cataclismo que sacude al mundo. Ni siquiera altos funcionarios de las finanzas internacionales se privan de denostarlo(8). Pero es precisamente en este punto que recobra fuerza la tramoya lingüística, la victoria ideológica inicial y de gran alcance que permite tergiversar nuevamente el punto de partida para la comprensión de la realidad: el ciclo agotado es… el del neoliberalismo.

El paso siguiente está a la vista: en reemplazo se propone algo que teóricos presurosos y buscadores de frases de impacto denominan ya, oh sorpresa, neokeynesianismo; una fórmula menos inocente aún que la anterior, y de más peligrosas consecuencias.

Por motivos de comunicación directa con las víctimas de este desenlace puede resultar efectivo apelar a la fórmula neoliberalismo para explicar su derrumbe. La dialéctica entre las palabras y las cosas obra en uno u otro sentido; y si antes el vocablo encubrió la realidad ahora, arrastrado por ella, puede muy bien obrar como pseudónimo del sistema mismo, cosa que está ocurriendo en diversos escenarios del mundo. Pero la respuesta es diferente cuando el objetivo consiste en afirmar un programa de acción para afrontar la crisis. Sea que se trate de un equipo de propaganda marxista, una fuerza de oposición con peso real o un gobierno empeñado en resolver la demanda de las masas, el diagnóstico de la situación no puede eludir ni maquillar la realidad a la hora de definir qué respuesta habrá de darle; qué medidas de orden económico habrá de proponer o adoptar.

Precisamente porque el mundo no asiste al fracaso del neoliberalismo, sino al agotamiento de un recurso del imperialismo frente a la crisis; porque ésta no es otra cosa que la reiteración cíclica de la caída de la tasa de ganancia y la sobreproducción capitalista, no hay espacio objetivo para reformas positivas en la relación entre las clases y la organización social. Y es también por las razones que determinaron el profundo retroceso del proletariado mundial en todos los planos, que toda respuesta deberá partir de un dato decisivo: la ausencia de un factor objetivo clave para abolir el capitalismo: la subjetividad de las masas. Sí: la subjetividad de las masas (y su traducción en formas organizativas y conductas políticas) es un factor objetivo a la hora de definir qué hacer ante la crisis del sistema.

En cualquier hipótesis, reforma o revolución no es una opción. No hay espacio real para conquistas duraderas en la actual coyuntura histórica. Lo inverso es verdad: repitiendo en escala ampliada la encerrona de la gran crisis que desembocaría en la II Guerra Mundial, la dinámica del capitalismo actual cierra toda chance de mejoras y replantea la dramática alternativa asumida por los revolucionarios de entonces: socialismo o barbarie. Después del neoliberalismo no viene la simple reiteración de una economía regulada en un cuadro estable de democracia liberal. En Argentina, esa ilusión arrastró a buena parte de la militancia hacia el Frente Grande-Frepaso-Alianza. Cuando tuvieron el gobierno en sus manos, cuadros comprometidos y experimentados no podían comprender el rumbo en que eran arrastrados, resumido en el hecho de que su gobierno convocara como ministro de Economía a Domingo Cavallo, artífice del gran viraje neoliberal. Pero había una lógica consistente detrás de aquella designación, cuya base es la ya señalada: en el actual contexto de crisis mundial la democracia liberal sólo es sostenible para llevar a cabo el plan del gran capital imperialista. Salir de éste implica necesariamente superar aquélla. Por estos días una fantasía semejante a la de la Alianza en Argentina hace estragos en la cúpula del Partido de los Trabajadores de Brasil (en el mismo sector interno que, no por acaso, apoyó públicamente la candidatura de Fernando de la Rúa en Argentina e hizo viajar a Lula a Buenos Aires para comprometerse con semejante posición). Y el fenómeno se repite en Argentina con el gobierno de Néstor Kirchner.

La imposibilidad de reformas progresistas duraderas estaba ya planteada desde comienzos de lo 80, cuando las dos grandes corrientes de la izquierda se alinearon tras la doble falacia que cerraría el camino a la comprensión de la coyuntura histórica que se abría: adaptación “progresista” al capitalismo triunfante, o adhesión a la ofensiva proletaria mundial encabezada por los obreros soviéticos… mientras el capitalismo veía avanzar su crisis estructural y los obreros de los países del ex Pacto de Varsovia, en masa, pedían el retorno al capitalismo.

La interpretación de esta coyuntura excepcional y la consecuente conducta de partidos y cuadros que se reivindican marxistas contribuyó a que las masas fueran ganadas ideológica y políticamente por las clases dominantes. Nada de lo que ocurre hoy puede ser comprendido sin esa victoria del capital. Argentina es también en ese sentido un modelo puro(9).

De tal manera, podría decirse que la crisis del sistema penetró en el propio pensamiento anticapitalista, primer paso de una dinámica que en pocos años pulverizaría partidos y organizaciones sociales y produciría volteretas grotescas en dirigentes e intelectuales. No ha faltado nada en este período: desde la formulación pseudoteórica que propone hacer la revolución sin tomar el poder, la presentación en sociedad de un nuevo pensamiento para tomar el poder y no hacer la revolución, hasta la propuesta de crear un partido piquetero. Cuando esta suma de desvíos culminó en el resultado electoral de abril pasado (véase la reseña e interpretación en la anterior edición de Crítica)y en la fulgurante aparición de Kirchner, organizaciones, dirigentes y comentaristas que contribuyeron a la confusión y la parálisis no se hicieron cargo de su responsabilidad.

 

Lo viejo reaparece travestido en las nuevas condiciones

En semejante panorama, las clases dominantes ocuparon todo el escenario político y aprovecharon al máximo la ausencia de una estrategia alternativa y la progresiva desaparición o marginalización de las estructuras sindicales y políticas de la clase obrera. Puesto que en definitiva no hay muro capaz de detener la lucha social, ésta se expresaría entonces determinada por la espontaneidad, sin conciencia ni objetivos propios, lo cual en términos leninistas supone que los combates dados no constituían, en rigor, lucha de clases. En términos electorales esto se tradujo en monopolio absoluto del voto proletario por parte de los partidos burgueses tradicionales y la nueva corriente travestida que obraría como red para pescar en aguas revueltas y retornar luego al puerto de partida. Helos allí, en torno al Partido Justicialista.

Al otro lado de la barricada, de modo más o menos articulado, más o menos consciente, innumerables tendencias impregnadas por una historia plagada de desvíos, incomprensión y frustraciones, encarnaron la voluntad revolucionaria. La mayoría de éstas comenzaron por tomar distancia de la teoría marxista, identificada (por obra de las mejores y las peores intenciones), con aberrantes experiencias organizativas y políticas. A partir de allí se abriría un abanico de posiciones con la predominancia de dos: la adaptación reformista y la búsqueda revolucionaria por caminos diferentes a los hasta entonces tenidos como tales.

La negación de la negación, esperable y posible, no tuvo lugar sin embargo: prácticamente la totalidad de las nuevas fuerzas sociales y políticas de masas, aparecidas y consolidadas durante este período, convencidas de estar renovando el anquilosado espectro de las izquierdas, en realidad dieron un fantástico salto atrás, para caer en posiciones teóricas, organizativas y políticas que el movimiento revolucionario internacional experimentó, combatió y superó desde comienzos del siglo XIX(10).

Un caso diferente fue el de las corrientes doctrinaristas que invocando a Marx, Lenin o Trotsky (o a los tres), se elevaron al cielo -al mundo metafísico de fórmulas literariamente emparentadas con lo mejor del pensamiento revolucionario, pero enajenadas de la realidad en la misma medida en que se negaron a ver la fase histórica que atravesaba el proletariado mundial- desconocieron las tareas centrales de la época y cayeron en la trampa de sostener que todo estaba dado para la revolución, excepto el Estado Mayor. De allí a considerarse el jefe en torno del cual se aglutinaría ese Estado Mayor, mediaba un paso que más de un cuadro valioso estaría dispuesto a dar, sin comprender la dinámica en la que se vería atrapado(11).

Como quiera que sea, lo cierto es que la aceleración de la crisis del sistema capitalista no se vio acompañada por un desarrollo teórico, político y organizativo, de la voluntad revolucionaria. Ese retraso explica a su vez la incorporación de innumerables cuadros a la variante reformista y plantea problemas tácticos y estratégicos de cuya resolución depende la evolución y eventual desenlace de esta coyuntura histórica.

 

Tareas de la etapa

Por todo lo dicho, la coyuntura histórica en que ocurre el fin del neoliberalismo, excluye a la vez reformas significativas y duraderas y una inmediata victoria socialista. Esto no se resuelve exigiéndole a un líder, un partido o un gobierno que rompe amarras con el sistema capitalista. La norma impuesta en no pocas organizaciones izquierdistas (en el sentido que Lenin da a esta palabra) según la cual la sociedad no se divide en explotadores y explotados, sino en traidores y traicionados, es una caricatura grotesca de posiciones revolucionarias. El cambio de posiciones por poses, ha contribuido en mucho al vaciamiento ideológico del que han sido objeto las vanguardias en los últimos años. Así, la defensa intransigente de una estrategia revolucionaria en coyunturas complejas se ha transformado en actitudes histéricas, de incalculable irresponsabilidad, frente al momento crucial que vive el planeta y específicamente América Latina.

El cuadro coyuntural condiciona tipo, modo, profundidad de las decisiones, plazos y caminos para cumplirlas. A una fuerza política fehacientemente comprometida con los intereses de las masas nadie podría negarle un margen muy amplio de acción. Esto, que es un axioma en cualquier circunstancia, resulta vital en el inédito período histórico que atraviesan las masas explotadas y oprimidas del mundo. El marxismo no es un catálogo de principios(12), del mismo modo que el pragmatismo no es prueba de mayor capacidad para “hacer política”.

De allí se desprende una crucial tarea teórica y militante para el próximo período: impedir que la respuesta al ultraizquierdismo sea el pragmatismo, y que éste ocupe el lugar de la comprensión científica de la sociedad y la historia. Si las relaciones de fuerza aconsejan medidas transitorias de contenido ambivalente o directamente impiden en una determinada coyuntura la adopción de decisiones que resuelvan en términos prácticos aquella oposición entre remendar el sistema o reemplazarlo, ello no deberá ser eludido con frases grandilocuentes y conductas irresponsables, carentes de toda traducción posible en una política de masas con sentido antimperialista y anticapitalista, pero tampoco asumido como plataforma programática y tanto menos como definición ideológica. El pragmatismo es la tumba de todo proyecto revolucionario. La capacidad para responder de manera concreta a situaciones concretas, la flexibilidad política, no es patrimonio del pragmatismo, así como enarbolar principios frente a la demanda quemante de la realidad no tiene punto de contacto con el marxismo. La única estrategia consistente para quienes se comprometan hoy con una respuesta anticapitalista a la eclosión de la crisis consiste en reivindicar y desarrollar la teoría científica de la revolución social (esto es, según la expresión leninista, hacer propaganda; o sea educar a las masas y acerar una vanguardia), y aunar esa labor con los dos corolarios inseparables que de ella se desprenden: formar cuadros y organizarlos en un partido revolucionario que -cuando las masas se muestren dispuestas- quiera, sepa y pueda encabezar el combate por la toma del poder real y el ataque frontal al corazón del sistema. Esta generalidad toma cuerpo en situaciones concretas, diferentes en cada país y aun cada momento. Descubrirlas, intepretarlas y darles respuesta: he allí la tarea de una dirección revolucionaria.

 

Base social y transición política

Todo lo anterior conduce a definir la situación actual como período de transición. Este no tiene ni puede tener plazos ni formas predeterminadas; por el contrario, podrá cubrirse en un lapso brevísimo o en largos períodos según el desarrollo de acontecimientos imprevisibles que serán diferentes en cada país. En sustancia, se trata del recorrido necesario para que el proletariado pase, según la expresión de Marx, de “clase obrera en sí, a clase obrera para sí”. No hay manera de transponer con éxito y de manera duradera la barrera del sistema capitalista sin esta transformación. Quienes creen que la conciencia de clase es un factor dado se equivocan tanto como quienes suponen que sin esa conciencia se puede llevar a cabo una revolución socialista.

Dos cuestiones enmarcan esta afirmación. La primera, alude a las formas y plazos que supone la asunción de una conciencia “para sí”. La segunda, a la definición misma de clase obrera. En debate con los hoy eclipsados creadores de un nuevo pensamiento (es difícil alcanzar una síntesis superadora del saber humano mientras se maniobra por obtener una banca de diputado), en agosto de 2000 citábamos en Crítica la definición que Marx da sobre la condición obrera:

“Dentro del capitalismo, sólo es productivo el obrero que produce plusvalía para el capitalismo o que trabaja para hacer rentable el capital. Si se nos permite poner un ejemplo ajeno a la órbita de la producción material, diremos que un maestro de escuela es obrero productivo si, además de moldear la cabeza de los niños, moldea su propio trabajo para enriquecer al patrono. El hecho de que éste invierta su capital en una fábrica de enseñanza en vez de invertirlo en una fábrica de salchichas, no alterna en lo más mínimo los términos del problema. Por tanto, el concepto de trabajo productivo no entraña simplemente una relación entre la actividad y el efecto útil de ésta, entre el obrero y el producto de su trabajo, sino que lleva además implícita la relación específica social e históricamente dada de producción, que convierte al obrero en instrumento directo de valorización del capital”. (El Capital, T I, pág. 426).

 “(…) el carácter específico del trabajo productivo no se halla vinculado para nada al contenido concreto del trabajo, a su utilidad especial, al valor de uso determinado en que traduzca. Cuando Milton, por ejemplo, escribía El Paraíso perdido, era un obrero improductivo. En cambio, es un obrero productivo el autor que suministra a su editor originales para ser publicados. Milton produjo El Paraíso perdido como el gusano de seda produce la seda: por un impulso de la naturaleza. Después de lo cual, vendió su producto por 5 llibras esterlinas. En cambio, al autor que fabrica libros –manuales de economía política, por ejemplo- bajo la dirección de su editor, es un obrero productivo, pues su producción se halla sometida por definición al capital que ha de hacer fructificar”. (Carlos Marx, Historia Crítica de la Teoría de la Plusvalía, Editorial Cartago, Tomo IV, pág. 220).

Complementaba Marx estas definiciones con lo siguiente:

“El campesino, considerado como propietario de los medios de producción (esto vale para todos los cuentapropistas, LB) es un capitalista; considerado como obrero, es su propio asalariado. Como capitalista, se paga a sí mismo su salario, obtiene una ganancia de su capital, se explota a sí mismo como asalariado y se paga con la plusvalía el tributo que el trabajo adeuda al capital (…) Es, gracias a ello, su propio capitalista y su propio obrero asalariado. La separación de estos dos papeles constituye el estado normal en este tipo de sociedad. Cuando no existe, como en este caso, se da por supuesta su existencia, y con razón; la unión se considera puramente accidental, reputándose el desdoblamiento como normal, aunque ambas funciones aparezcan reunidas en la misma persona. En situaciones como éstas vemos de manera tangible cómo el capitalista no es sino el funcionamiento del capital y el obrero el funcionamiento de la fuerza de trabajo. Por lo demás, la ley del desarrollo económico exige que éste asigne estas funciones a distintas personas”. Así, la reversión de aquel desdoblamiento –el aumento en flecha del cuentapropismo- expone una retrogradación muy aguda del sistema como tal.

Pero falta todavía voltear otro mito:

 “En una fábrica, los peones no intervienen directamente en la elaboración de la materia prima. Los obreros encargados de vigilar a los que trabajan en esa faena son ya de una categoría un poco superior; los ingenieros trabajan principalmente con la cabeza. Pero el resultado es el producto de ese conjunto de obreros, que poseen fuerzas de trabajo de distinto valor. Consideran como fruto simple del proceso de trabajo, este resultado se expresa en mercancías o en productos materiales. Y todos en conjunto, en cuanto obreros, son como máquinas vivas que fabrican estos productos. Del mismo modo, si enfocamos el proceso de producción en su conjunto, vemos que cambian su trabajo por capital y reproducen como capital, es decir, con una plusvalía, el dinero del capitalista. El tipo de producción capitalista se caracteriza, en efecto, por el hecho de separar y encomendar a personas distintas los diversos trabajos, intelectuales y manuales; lo cual no impide que el producto material sea el producto común de todas estas personas ni cada una de estas personas sea, con respecto al capital, un obrero asalariado, un obrero productivo en el sentido más elevado de la palabra” (Ib. Pág. 222 et. pas.).

Marx no deja una idea sin exprimirla hasta el final y agrega:

 “Un actor, incluso un clown, puede ser, por tanto, un obrero productivo si trabaja al servicio de un capitalista, de un patrón, y entrega a éste una cantidad mayor en trabajo de la que recibe de él en forma de salario. En cambio, un sastre que trabaja a domicilio por días, para reparar los pantalones del capitalista, no crea más que un valor de uso y no es, por tanto, más que un obrero improductivo. El trabajo del actor se cambia por capital, el de sastre por renta. El primero crea plusvalía, el segundo no hace más que consumir renta” (Ib. Pág. 137)

Es a partir de estas bases teóricas que hablamos de proletariado. Basta trasladar la definición al entorno inmediato para comprobar datos determinantes de nuestra realidad contemporánea: en primer lugar, la clase obrera ha aumentado numéricamente; en segundo lugar, ha elevado cualitativamente su nivel de instrucción y capacitación técnica, teórica y cultural. El hecho de que un ingeniero, un profesor de literatura, un abogado, un periodista o arquitecto no se sientan obreros no cambia en absoluto el lugar que objetivamente ocupan en el sistema de producción capitalista en su actual estadio de desarrollo. Tampoco es menos cierto que en condiciones de estabilidad socioeconómica, la falsa conciencia de los técnicos en computación, los ingenieros industriales, los físicos atómicos o cualquier otro profesional proletarizado, tiene un peso relevante, eventualmente decisivo a favor del capitalismo, en el devenir político. De hecho, no hay modo de realizar un cambio revolucionario socialista mientras esa situación se mantenga.

Sin embargo es un error grave suponer que esa falsa conciencia requiere un período histórico para transmutarse, alcanzar una conciencia de clase y asumir las consecuencias políticas que esto supone. A la vez, parece obvio que tales estratos, en el camino de asunción de su realidad social y política, pasen por las estaciones del nacionalismo desarrollista, el reformismo socialdemócrata u otras propuestas que camuflan con llamados al cambio la idea de preservar el sistema capitalista.

Desde luego, la degradación teórica de ciertas organizaciones y autores que se reivindican marxistas no contribuye para que estos contingentes numérica y cualitativamente decisivos del proletariado tomen conciencia de su condición y se sumen a una propuesta revolucionaria. La debacle teórica de quienes, en busca de lo que denominan “nuevos actores sociales”, recalan en la invención de la categoría “piquetero”, puede medirse por el hecho de que en una actitud demagógica frente a las víctimas más castigadas del capitalismo están proponiendo como vanguardia estratégica al sector más atrasado y socialmente inconsistente del proletariado, enajenando a las franjas obreras con la verdadera capacidad de cambiar el sistema por el simple hecho de que en sus manos está el funcionamiento del mecanismo de producción y distribución de bienes. Semejante política sólo puede conducir a la profundización de las divisiones en el seno de la clase obrera, prólogo de un dramático fracaso que golpearía en primer lugar a los desocupados y de allí al conjunto social.

La redención de las masas arrojadas a la marginalidad por la crisis del capitalismo es inviable sin la revolución socialista. Esta a su vez es impensable sin el protagonismo dirigente de los estratos más avanzados del proletariado industrial. El hecho cierto de que grandes contingentes de desocupados estructurales y marginalizados tienen ocasionalmente sectores dispuestos a movilizarse -incluso cuando la clase obrera con empleo elude la lucha, como es el caso en Argentina desde hace una década- no puede confundirse con su capacidad para sostener la movilización, para asumir un programa revolucionario y encabezar a una sociedad que busca convulsivamente alternativas ante el flagelo de la crisis. Por el contrario, como se ve por estos días en Argentina, la dependencia directa y extrema de los desocupados respecto de los subsidios manejados por el Estado, incluso cuando alcanzan algún nivel de organización, los hace víctimas de la manipulación destinada a dividirlos, a servir de base de maniobra a aparatos del capital o ser utilizados como instrumento de provocación. El fenómeno inverso está en curso en Venezuela, donde los obreros petroleros -incluyendo técnicos de máxima calificación, ingenieros, científicos, economistas, abogados, etc- recorren rápidamente el camino hacia la conciencia de clase (véase en esta edición “Los trabajadores asumen la Revolución Bolivariana, pág. 35).

Entre ambos extremos puede hallarse toda la gama en los países restantes. El desafío para los revolucionarios marxistas no consiste en ver quien repite más veces que es necesaria la revolución socialista, sino en encontrar los factores comunes que permitan unificar fuerzas sociales y recorrer, tan rápido como sea posible en las condiciones dadas en cada momento y lugar, el camino de la constitución del nuevo proletariado, que resultará de la incorporación de todos sus componentes objetivos. El proletario medio del siglo XXI no es un peón textil o metalúrgico, sino un técnico altamente calificado o profesional con título universitario. Esto, desde luego, reclama organizaciones, métodos y dirigencias necesariamente nuevos, entendiendo por tales una superación efectiva de aquellos a que diera lugar el estadio anterior. La noción de partido leninista no queda abolida, como sostienen quienes abjuran de la revolución social, de la lucha por el poder o de ambos objetivos. Vencer al capitalismo, más centralizado que nunca, requiere instrumentos a la altura del perfeccionamiento alcanzado por el Estado burgués. El nuevo proletariado está en condiciones de forjarlos. Pero es claro que organizar y encabezar este nuevo proletariado requiere algo más que gritos destemplados o buenos afiches electorales con el rostro de quienes se proponen como vanguardia.

El impacto del derrumbe de la Unión Soviética (resultado de una derrota con raíces en la década de 1920, pero realizada plenamente recién a fin de siglo), sobre la conciencia de los trabajadores y las juventudes es un factor mayor para comprender la realidad política mundial, regional y nacional. Recuérdese la frase de Marx, tantas veces citadas aquí: “a una fuerza material sólo puede vencerla otra fuerza material, pero las ideas, cuando penetran en las masas, se transforman en una fuerza material”. Ocurre que en esta fase histórica se materializó como poderosísima fuerza política la idea de que el socialismo era peor que el capitalismo, combinada con el viraje de innumerables cuadros hacia la convicción de que a un capitalismo todopoderoso e invencible sólo se le podía contraponer la lucha por reformas parciales.

El mundo está frente al resultado paradojal de aquella contraofensiva global estratégica, que precisamente por haber sido exitosa en todos los terrenos y por haber llevado a casi punto cero la resistencia económica del proletariado industrial mundial, liberó todas las fuerzas inmanentes, autodestructivas, del sistema capitalista, conduciéndolo a la más profunda y extensa crisis general en toda su historia. La destrucción de partidos y sindicatos obreros en todo el mundo, tiene un doble contenido: plasmó y aceleró la desmoralización y desmovilización de los trabajadores con empleo, y a la vez mostró la necesidad histórica -y abrió la oportunidad- de crear nuevas organizaciones a la medida de los nuevos tiempos.

 

 Transición y programa

En América Latina el agotamiento del neoliberalismo, en los términos que lo hemos definido, da lugar a una nueva configuración política regional, con Brasil encabezando, no sin grandes dificultades, un conjunto de países constituido por Argentina, Paraguay, Bolivia y, desde un ángulo propio, Venezuela. El gobierno del presidente Luiz Inácio Lula da Silva ha asumido sin rodeos la estrategia del gran capital brasileño relativa a la política económica consistente en negociar con Washington desde posiciones de fuerza, limar las aristas más gravosas del ALCA y lanzarse a la búsqueda y consolidación de un mercado para los productos brasileños y suramericanos que, a los ya existentes en Estados Unidos y la UE, sume países de Asia y Africa. Desde la posición de debilidad determinada por la heterogeneidad de su gobierno y la ausencia de base propia, el presidente Néstor Kirchner acompaña ese rumbo. Esta línea de acción encarna la necesidad y única posibilidad de las burguesías suramericanas para afrontar a la vez la descontrolada voracidad imperialista y la demanda creciente de las masas en todos los terrenos. Cuenta además, dentro de ciertos límites, con el respaldo de la UE frente a Estados Unidos. No sin ingenuidad, un alto ejecutivo de una empresa europea define desde su ángulo de visión la tarea planteada:

«(Con Lula y Kirchner) los relojes de las dos naciones mayores del sur americano parecen sincronizarse en el proyecto de fortalecer y engrandecer el bloque regional del Mercosur (…) Si bien no faltan sectores que imaginan este nuevo lanzamiento del bloque como un proyecto de proteccionismo ampliado, un amurallamiento destinado a desconectar a la región del vasto proceso de integración económica planetaria que se conoce como globalización, todo hace pensar que no será ésa la resultante real de este nuevo intento, sino, más bien, la búsqueda de un globalismo arraigado en las lógicas productivas de las naciones del Mercosur, de un universalismo en el que éstas no resignen la especificidad de sus culturas e intereses y del que puedan sentirse sujetos, no meras piezas de un ajedrez ajeno”(13).

En efecto, el Mercosur es la palanca elegida para negociar desde posiciones de fuerza con Washington y abrir nuevos horizontes a las burguesías locales. Y no cabe duda de que se trata de la única vía posible para huir hacia delante. Conviene en este punto recordar la caracterización y la línea de acción trazadas por la Unión de Militantes por el Socialismo en su IV Congreso, en noviembre de 2002:

 “Si se confirma la victoria del PT en segunda vuelta el continente estará ante una múltiple derrota de Estados Unidos. La segunda de gran envergadura en cuatro meses en Sudamérica. La burguesía brasileña había trazado ya con el gobierno de Fernando Henrique Cardoso una línea roja contra el ALCA. Esa línea se engrosará a partir de ahora, pese a que un sector del PT está, desde hace tiempo, a la derecha del actual gobierno en relación con este dilema estratégico.

“La lucha contra el ALCA debe ser cuidadosamente definida porque allí se presenta el punto en el que la lucha antimperialista en sus términos más amplios es tangencial a la política de conciliación de clases. Para los revolucionarios marxistas la oposición a la unificación continental que plantea el imperialismo estadounidense no tiene el mismo carácter, la misma dinámica ni el mismo contenido puntual que tiene para las burguesías regionales. Además de la fractura que las divide entre socios menores de Washington y defensores de la industria y el mercado propios, éstas se dividirán en el próximo período entre quienes adoptarán un discurso nacionalista y quienes, con la Unión Europea detrás, pretenderán sostener el marco liberal. Esta será una prueba de fuego para los revolucionarios marxistas, que tendremos que defender la nación frente a lo que sin duda será una cada día más acentuada presión imperialista -que antes de no mucho se traducirá abiertamente en el terreno militar- y al mismo tiempo tendremos que levantar el estandarte de la democracia de masas como continuidad dialéctica de la democracia liberal burguesa.

“Para nosotros lo opuesto al ALCA no es el Mercosur. Esa noción, hoy popularizada en filas de izquierda, carece de todo y cualquier fundamento desde el punto de vista de la clase obrera. Lo contrario al ALCA es hoy la defensa de todo aquello que contribuya a instaurar una dinámica en cuyo desenlace histórico aguarda la creación de una Confederación Socialista de las Américas. El Mercosur puede sí ser un ámbito en el que se abroquelen las burguesías regionales para resistir la embestida de un Estados Unidos minuto a minuto más acuciado por su crisis económica. La coincidencia antimperialista, sin embargo, deberá proyectarse en una estrategia y un conjunto de tácticas propias, todas contrapuestas en fundamento y diferenciada en la acción ante las masas a los intereses y políticas burguesas. Es dudoso que el PT pueda resolver eso correctamente en una primera fase. Lo más probable es que se limite a la diplomacia de “un Mercosur ampliado”. Esto deberá ser apoyado por los revolucionarios marxistas, pero entendido como vía de transición hacia formas políticas (Confederación, moneda única) y económicas (planificación de grandes emprendimientos comunes) de asociación sudamericana en la cual la clase obrera deberá constituirse como tal y disputar el poder político a esa escala. De modo que, además de bregar con el máximo de nuestras capacidades por darle forma concreta a un bloque antimperialista continental -es decir, que incluya a los trabajadores y los pueblos de Estados Unidos y Canadá, como también propusimos cuando participamos en la fundación del Foro de São Paulo- debemos asumir esas dos magnas tareas históricas: la constitución de la clase obrera latinoamericana como clase para sí, y la conformación de todos los instrumentos necesarios para la lucha por el poder. Ese camino no vamos a comenzar a recorrerlo ahora. Es el que venimos trazando y andando desde nuestra fundación”(14).

Dos años después es evidente quiénes, cómo y cuánto han andado aquel camino. Y la relación de fuerzas resultante de las líneas de acción asumidas están a la vista: tiene más de un significado que el Mercosur haya resuelto designar un Presidente y que el cargo le haya sido entregado a Eduardo Duhalde(15). Mientras se redacta este artículo llega la noticia de que Lula parte en una larga gira comercial hacia Oriente y lleva como invitado especial al ex presidente argentino. Que Duhalde acompañe al titular del Partido de los Trabajadores de Brasil inmediatamente después de haber expuesto con claridad la necesidad de reprimir las manifestaciones de los desocupados, es un símbolo de la dinámica impresa en esta alianza de clases definida por el PT como única salida a la solución de los problemas de nuestros pueblos.

No es menos significativo, sin embargo, el curso tomado desde entonces por la Revolución Bolivariana y su proyección como fuerza actuante a escala suramericana, pese a la imposibilidad verificada hasta el momento de articular sobre bases genuinas y con dinámica de masas un bloque antimperialista continental.

La resultante es la pérdida de la iniciativa política por parte de Estados Unidos en América del Sur y la conformación de dos grandes corrientes que sin choques públicos pero no por ello con menor crudeza, se disputan la primacía como conducción estratégica efectiva: el gobierno brasileño, acompañado por el gran capital local y respaldado por la socialdemocracia y el socialcristianismo de un lado; y el gobierno del presidente Chávez, sin retorno enfrentado con la clase dominante de su país, respaldado por los movimientos revolucionarios y populares de todo el continente y, naturalmente, por Cuba. En este cuadro de disposición de fuerzas, Washington torpedea con el máximo de brutalidad al gobierno de Chávez y presiona con instrumentos diplomáticos y financieros a Lula, mientras la UE ataca con sordina a la Revolución Bolivariana y saluda con alborozo la “madurez y sensatez” del PT. A su vez, en instancias claves como la reunión de la OMC en Cancún y del ALCA en Miami, opera el eje objetivo Brasilia-Caracas e impide a Washington lograr sus objetivos, obligándolo a un retroceso sistemático en esos terrenos. Mientras tanto, la ausencia de Lula en el Encuentro Social Alternativo en Santa Cruz de la Sierra y el discurso programático de Chávez en esa reunión, proyectan en otro plano la diferencia estratégica entre ambas concepciones.

Dividir estas dos corrientes de proyección histórica es un objetivo del imperialismo, buscado igualmente por la socialdemocracia y socialcristianismo. Impedir esa división, buscar sistemáticamente la unidad social y política a escala continental, dar constantemente la batalla ideólogica, política y organizativa, es una tarea estratégica para los revolucionarios marxistas de todo continente.

Es por estos vericuetos que discurre la transición. Las masas obreras, campesinas, desocupadas y juveniles, no tienen banderas comunes más allá del reclamo de trabajo, tierra, justicia. Hay sí una creciente identificación de un enemigo común: Estados Unidos. No el concepto abstracto de imperialismo, sino la imagen despreciable de Bush. Las masas explotadas y oprimidas no enarbolan como conjunto social una propuesta de sociedad alternativa, ni aun en sus más elevadas formas de lucha, como quedó claro en Ecuador y Bolivia. En Brasil, resulta obvio que los trabajadores y las masas desposeídas que llevaron a Lula al gobierno confíen en él, crean en sus argumentos para pedir paciencia y le den tiempo para obtener los cambios esperados; en Argentina, después de la prueba de fuego que expuso la desubicación e incapacidad de las izquierdas, no puede sorprender que el discurso de Kirchner genere expectativas positivas en una mayoría de la sociedad; en Bolivia, no asombra que las mismas masas que depusieron a Sánchez de Lozada le den tregua a su vicepresidente, Carlos Mesa, y que incluso no rechacen de plano la idea de que éste termine su mandato en 2007, para entonces buscar un gobierno propio; en Ecuador no cabe sorprenderse por el hecho de que el poderoso movimiento de masas que catapultó al poder a Lucio Gutiérrez esté ahora desmovilizado y acaso ceda la iniciativa política a sectores del capital que disparan contra el militar tránsfuga; en Venezuela, aun con las pausas y desvíos de la ofensiva revolucionaria lanzada por Chávez, es el único país donde se constata un avance sistemático de las masas en términos políticos e ideológicos y también el único país de la región donde la clase obrera industrial, desde sus estratos más avanzados, comienza -lenta y contradictoriamente, como podía ser de otra manera- a recorrer un empinado camino de autoorganización y asunción de una conciencia de clase.

Cuba, mientras tanto, al precio altísimo pagado a comienzos de año para frenar una nueva embestida contrarrevolucionaria estadounidense, con la que consciente o inconscientemente contribuyeron todos quienes condenaron el fusilamiento de tres mercenarios, continúa en su papel de vanguardia ideológica en medio de este panorama donde por un lado resalta la reaparición generalizada de la movilización de masas y por otro el atraso y desagregación.

Es a esta transición y en esta coyuntura que los revolucionarios marxistas debemos responder. No se trata de una consigna. Sino de un concepto. Lo elaboraron los máximos dirigentes de la Revolución Rusa -en un cuadro por completo diferente, aunque con muchos puntos en común- en el Cuarto Congreso de la Internacional Comunista, en 1922. La noción de Frente Antimperialista allí afirmada es hoy la única herramienta común a los trabajadores y los pueblos suramericanos capaz de permitir pasos concretos hacia la unidad social frente a Estados Unidos, un enemigo que, sin iniciativa política, sumando derrotas y atenazado por la crisis, tiene no obstante un enorme poder destructivo, ya desplegado y a punto de poner en funcionamiento con toda su fuerza letal.

No se debe dejar el menor espacio a los charlatanes irresponsables que hablan del socialismo inmediato y dificultan la unidad de las masas. No se debe ceder un milímetro en la lucha ideológica y política con las innumerables expresiones de la burguesía y el imperialismo travestidas de progresistas, populares o nacionaldesarrollistas que muestran los dientes a los yanquis, pero no muerden y, sobre todo, impiden que los trabajadores adquieran independencia política, organizativa y programática para dar la batalla. El frente único antimperialista es la única instancia de unificación de grandes masas, a escala nacional y suramericana, de organización y concientización de millones de víctimas de la crisis capitalista. Todas las demandas democráticas y económicas que las masas esbocen, serán consignas reivindicables en el programa de los revolucionarios marxistas. Sólo nos diferenciaremos en la tenacidad e intransigencia con que las defenderemos y en el hecho clave de que, en cada instancia y en todo momento, propugnaremos la organización democrática, plural y antimperialista de las masas como base de sustentación de un gobierno de los trabajadores y el pueblo.

 

1.- Desarrollo y significado de ambas reuniones fueron analizadas en “América Latina esboza su propuesta”, Luis Bilbao, Le Monde diplomatique edición Cono Sur; Buenos Aires, diciembre de 2003.

2.- “Altogether now”; The Economist, London 22 de noviembre de 2003.

3.- “A flood of red ink”; The Economist, London, 8 de noviembre de 2003.

4.- “Boom or gloom?”; The Economist; London, 22 de noviembre de 2003.

5.- En un texto periodístico, el economista brasileño Theotonio dos Santos sostiene que la economía mundial está en “la primera fase de un nuevo ciclo de crecimiento”. Aun sin explicitarlo ni referirse al tema, parecen coincidir con él economistas argentinos como Eduardo Amadeo y Rubén Lo Vuolo, quienes en sendos libros de reciente aparición (La salida del abismo; Planeta, Buenos Aires, noviembre 2003 y Estrategia económica para la Argentina; Siglo XXI, Buenos Aires, noviembre 2003, respectivamente), desconocen la base internacional sobre la cual edifican sus propuestas para la economía local.

6.- Un texto hecho a la medida de esas funciones (y no por acaso recientemente reeditado), fue La sangre derramada –Ensayo sobre la violencia política-, una suerte de justificación pseudofilosófica del espíritu de derrota, claudicación y conversión ideológica que tomaría cuerpo en el Frente Grande-Frepaso-Alianza. Véase por ejemplo este postulado teórico: “Marx, hoy, al no existir el proletariado revolucionario superador, sólo podría enaltecer a la burguesía revolucionaria desde sí misma, como parte de ella”. José Pablo Feinmann, Seix Barral, Buenos Aires 2003.

7.- “Yo las defiendo (las medidas que acentúan la participación del Estado en la economía) porque son el único medio practicable de evitar la destrucción total de las formas económicas existentes” (John M. Keynes; Teoría general del empleo, el interés y el dinero; Planeta-Agostini; Buenos Aires, 1994).

8.- Es el caso de, entre otros, el Sr. Joseph Stiglitz, prototipo de la irracionalidad del pensamiento económico burgués al que se aferran en su naufragio teórico, político y moral demasiados expertos y comentaristas de la materia. “Aunque nadie estaba satisfecho con el sufrimiento que acompañaba a los programas del FMI, dentro del Fondo simplemente se suponía que todo el dolor provocado era parte necesaria de algo que los países debían experimentar para llegar a ser una exitosa economía de mercado, y que las medidas lograrían de hecho mitigar el sufrimiento de los países a largo plazo. Algún dolor era indudablemente necesario, pero a mi juicio el padecido por los países en desarrollo en el proceso de globalización y desarrollo orientado por el FMI y las organizaciones económicas internacionales fue muy superior al necesario”, dice Stiglitz en su best seller mundial El malestar en la globalización, Taurus, Buenos Aires, 2002. El autor de esta nueva versión de Caperucita Roja es Premio Nobel de Economía. Por su parte, en 1998 escribía Paul Krugman en El teórico accidental: “A finales del siglo XX casi nadie cree que haya alguna buena alternativa a una economía de mercado; a lo sumo podemos esperar aliviar a la gente de los aspectos más crueles de la economía” (Ed. Crítica; Barcelona 1999). Un año después el mismo autor diría: “Olvidamos el asombro que sentimos cuando estos modelos ejemplares comenzaron a perderse en el camino, un asombro que de hecho era totalmente apropiado porque no era de ninguna manera obvio, incluso ahora, cómo pudieron salir tan mal las cosas” (De vuelta a la economía de la gran depresión; Norma, Buenos Aires 1999).

9.- Los textos de Crítica donde se encontrará nuestra posición en aquel debate pueden hallarse en www.geocities.com/nuestrotiempo. Está disponible asimismo la colección completa de 29 volúmenes.

10.- Ver “Qué frenó la construcción política de masas”; Cristina Camusso, Crítica N° 28, agosto-octubre 2003; y “La gran prueba”, Crítica N° 25, diciembre 2000.

11.- Una penosa parábola arrastró a este tipo de organizaciones y sus dirigentes, que combinaron desviaciones electoralistas y virajes conceptuales y contribuyeron al vaciamiento teórico y el colpaso político: poner a secretarios generales de partidos que se proclaman revolucionarios e internacionalistas a disputar un cargo de Concejal (y festejar como victoria histórica la obtención de ese puesto); aferrarse a una categoría sin fundamento, a la que se denominaría “piquetero” y se le atribuiría la capacidad de crear un partido; utilizar toda expresión de lucha genuina para producir una victoria propia (manipulación en las Asambleas barriales que irrumpieron en diciembre de 2001, intervención ultrista y divisionista en las escasísimas luchas obreras de resistencia). El desenlace está a la vista: rotundo desastre electoral (expresión patética de esto fue que los dos cargos en la Legislatura de Buenos Aires obtenidos por el PC y el PO en la figura de sus secretarios generales fueron perdidos), multiplicación de las luchas intestinas, fraccionamiento extremo de los aparatos “piqueteros” (con injerencia enorme del Estado mediante el manejo de los fondos con los que se pagan subsidios), degeneración que lleva, como en el caso de la empresa Sasetru, a choques entre obreros donde quienes se suponen vanguardia emplean armas de fuego contra los propios trabajadores.

12.- “Los principios no son el punto de partida de la investigación, sino su resultado final, y no se aplican a la naturaleza y a la historia humana, sino que se abstraen de ellas; no son la naturaleza ni el reino del hombre los que se rigen según los principios, sino que estos son correctos en la medida en que concuerdan con la naturaleza y con la historia”. Federico Engels, Anti-Dühring, Obras de Marx y Engels, T 35; Grijalbo, Barcelona 1977.

13.- “Integrarnos al mundo, arraigarnos en el Mercosur”; Luis Ureta Sáenz Peña, Director general de PSA de Peugeot-Citroen Argentina. Archivos del presente, Buenos Aires, 2003.

14.- IV Congreso de la UMS- Resolución internacional. Eslabón N° 41, Buenos Aires, diciembre de 2001. www.geocities.com/ums_ar

15.- Prueba adicional de nuestra afirmación, en la edición anterior de Crítica, de que el de Kirchner es por su base social y partidaria una continuidad lineal del de Duhalde, respaldado por Raúl Alfonsín.

 

 

Bush, última carta de la oposición

porLBenLMD

 

El Consejo Nacional Electoral venezolano debe anunciar si la oposición obtuvo o no la cantidad de firmas necesarias para intentar revocar el mandato de Hugo Chávez. Mientras se cruzan las acusaciones de fraude, el gobierno estadounidense interviene sin tapujos y el Presidente venezolano acusa a George W. Bush con dureza sin precedentes. La estrategia opositora apunta a impedir la gobernabilidad.

 

Durante sus cinco años de gobierno -cumplidos el 2 de febrero último- Hugo Chávez pasó por momentos de extrema tensión en su relación con la Casa Blanca, pero nunca como ahora. El pasado 17 de febrero Chávez descargó acusaciones de inédito calibre: «El gobierno de George W. Bush apoyó el golpe de Estado (de abril de 2002) contra el pueblo venezolano y tiene una responsabilidad ante el mundo al respecto. El gobierno de George W. Bush tiene responsabilidad en la masacre del Puente Llaguno. Ellos tienen que responderle al mundo por la sangre que corrió aquí el 11, 12 y 13 de abril del año 2002. Ese gobierno tiene que responderle al mundo y al pueblo venezolano», dijo Chávez y agregó: «no hay ninguna duda sobre eso. Se reunieron con militares golpistas; militares estadounidenses actuaron aquí en el golpe de Estado. Tenemos fotos, evidencias».

Chávez apuntó personalmente a Bush cuando éste atraviesa su peor hora ante la opinión pública interna e internacional y pone en juego su reelección en ocho meses. Sobre todo, mientras transcurre el último tramo de una instancia trascendental para la política venezolana: el pronunciamiento del Consejo Nacional Electoral (CNE), respecto de si la oposición ha reunido o no la cantidad de firmas suficientes para realizar un referendo revocatorio contra Chávez.

 

Acusación de fraude

La nueva Constitución venezolana permite consultar a la ciudadanía sobre la posibilidad de revocar el mandato presidencial (también los de gobernadores y legisladores) una vez transcurrida la mitad de su período. Para ello hacen falta 2,4 millones de firmas. Cumplido ese requisito se realiza el referendo, en el que para lograr su objetivo la oposición debe obtener al menos un voto más de los que en su momento llevaron a Chávez a la primera magistratura. En ese caso debe llamarse a nuevas elecciones, en las que el jefe de Estado así revocado puede volver a ser candidato.

El primero de estos pasos se llevó a cabo a comienzos de diciembre pasado, luego de una ardua lucha entre gobierno y oposición para consensuar la composición de los cinco miembros del Consejo Nacional Electoral. Al cabo de los cuatro días acordados para recoger las firmas, la oposición, agrupada en la denominada Coordinadora Democrática (CD), presentó planillas con 2.921.000 firmas. De inmediato, el Comando Ayacucho, centro de reunión de todos los partidos y agrupamientos que apoyan a Chávez, denunció un gigantesco fraude. Poco después un portal informativo(1) reprodujo una conversación telefónica entre dos dirigentes de la Coordinadora Democrática. En ella, Ramón Escobar Salóm y su hijo Ramón Escobar León comentaban que no llegaban a 1.900.000 firmas(2). El periodista Ernesto Villegas reprodujo la grabación en su columna del semanario opositor Quinto Día y poco después invitó a Escobar León a su programa de televisión en el canal estatal. Durante más de una hora le dio la palabra y logró que admitiera la veracidad de la grabación(3).

La táctica opositora no carece de fundamento: si el gobierno no consigue demostrar de manera fehaciente que muchas firmas son falsas, Chávez sería denunciado por antidemocrático. Adelantándose a los hechos, la consejera de Seguridad Nacional del gobierno estadounidense Condoleezza Rice, había dicho en los primeros días del año: «ahora Chávez tiene la oportunidad de demostrar que es un Presidente democrático».

Para ese entonces Chávez se había hecho eco de las denuncias de fraude, aunque afirmando que aceptaría la resolución del CNE, lo que fue ratificado luego por todos los miembros de su gabinete. La CD, por su parte, comenzó a atacar con virulencia al CNE, a pesar de que ese organismo se conformó con su aprobación y de que al menos tres de sus cinco miembros no son chavistas.

Fuentes próximas al CNE informan que el número de firmas válidas es inferior al necesario y que es posible probar el fraude. Ahora, según esas fuentes, el gobierno se esfuerza por evitar el estallido del organismo arbitral, donde por lo menos dos integrantes sufren presiones extremas por parte de la oposición. Por su parte, la Organización de Estados Americanos (OEA) podría desconocer la decisión del CNE. Ante esta posibilidad, el gobierno definió una posición clara: sólo tendrá en cuenta el pronunciamiento del CNE.

Si éste indica que las firmas no son suficientes, se desatará sin dudas una campaña mundial denunciando fraude y Chávez no habrá probado su «condición de demócrata», según Condoleezza Rice. Dirigentes oficialistas alertan sobre la preparación de manifestaciones y golpes armados y en las últimas semanas organismos de seguridad del Estado capturaron armas y municiones que ingresaban desde el exterior. Por el contrario, si el anuncio del CNE condujese al referendo, la oposición debería aún imponerse en las dos instancias señaladas: el referendo mismo y la elección posterior. Al margen de juicios de valor, no existe actualmente un analista de la realidad venezolana que suponga tal posibilidad.

Es por esto último que la estrategia opositora no consiste en desplazar a Chávez por la vía constitucional, sino en continuar obstaculizando su tarea de gobierno: tras seis elecciones entre 1999 y 2001 (todas ganadas por Chávez, cada vez con mayor margen), el golpe de Estado en abril de 2002, el sabotaje petrolero en diciembre y ahora las campañas de recolección de firmas, un referendo y nuevas elecciones en el horizonte inmediato continuarían trabando el salto económico que el gobierno procura y que técnicamente está al alcance de la mano. Después del brutal impacto del sabotaje petrolero, el Producto Interno Bruto (PIB) subió un 9% en el cuarto trimestre de 2003, con una expansión de la industria del 15,7%; del 12,2% el comercio y del 10,1% el transporte)(4) .

Es que pese a tanta postergación y retroceso, los cambios en el ámbito social son de enorme impacto. Los planes de alfabetización, de salud comunitaria, construcción de viviendas, distribución de tierras y beneficios mediante mercados comunitarios que reducen verticalmente los precios de los alimentos, involucran a millones de personas hasta hace poco excluidas en todo sentido de la sociedad.

Los verdaderos propósitos opositores apuntarían entonces no a una evolución constitucional, sino a impedir mediante un largo proceso de desgaste que el gobierno consolide y organice su base social. El peor de los escenarios para la oposición sería que el gobierno gane el referendo y, sobre esta nueva relación de fuerzas, ataque el último verdadero bastión opositor: el aparato del Estado, aún cubierto por funcionarios del viejo régimen.

 

Intervencionismo

Es esta dinámica de debilidad de la oposición interna lo que acelera la ingerencia de Estados Unidos. El 16 de febrero pasado desembarcó en Caracas el subsecretario de Asuntos Hemisféricos de Estados Unidos, Peter DeShazo, para hablar a nombre de la oposición. DeShazo dijo que para evitar el referendo se estaba apelando a «excesivos tecnicismos». Este fue el detonante del citado discurso de Chávez, quien sin embargo apenas aludió al funcionario. «El gobierno de Estados Unidos arremete una vez más contra el pueblo venezolano, como arremetió contra el pueblo de Irak. Allí están los resultados; todos los días hay bombas en Irak, todos los días hay niños, mujeres y hombres muertos, y casi todos los días hay soldados estadounidenses inocentes muertos. Los mandaron engañados para allá, les dijeron que los iban a recibir como héroes. Les dijeron que había armas químicas de destrucción masiva. Engañaron al mundo y al propio pueblo estadounidense, engañaron a los pueblos de Europa. Igual están tramando un engaño en torno a Venezuela.»

En el mismo momento en que comienza la campaña electoral en Estados Unidos, la opción para Washington en Venezuela está entre el clásico método de desestabilización mediante la violencia terrorista de opositores locales y mercenarios extranjeros si no hay referendo y, si lo hay, postergar toda acción hasta después de las hipotéticas elecciones. Si es dudoso que cualquier futuro Presidente estadounidense respete la soberanía y la democracia de un país latinoamericano empeñado en reformas de fondo (para colmo uno petrolero), parece seguro que no sería ésa la opción para Bush.

  1. www.Aporrea.org
  2. La conversación puede escucharse acá.
  3. La conversación está disponible acá.
  4. Informe del Banco Central de Venezuela, Venpres-RNV, Caracas, 23-02-04.

reseña

El respeto – Sobre la dignidad del hombre en un mundo de desigualdad

porLBenLMD

 

De Richard Sennet

Editorial: Anagrama
Cantidad de páginas: 300
Lugar de publicación: Barcelona
Fecha de publicación: Diciembre de 2003
Precio: 49 pesos

 

En montañas de papel encuadernado, no abundan los libros pletóricos de ideas originales, enhebradas con inteligencia. He aquí uno.
Esta afirmación no supone compartir la tesis del autor, esforzado por alcanzar la dignidad individual y el respeto mutuo en un momento histórico en que cunde lo contrario, sin poner como requisito previo una mudanza de la estructura socioeconómica. Pero la sensibilidad y la penetración de Sennet dejan al lector un saldo gratificante, educativo, y la posibilidad de mirar el mundo con mayor amplitud y claridad. “La sociedad moderna carece de expresiones positivas de respeto y reconocimiento de los demás”, dice el autor en las primeras páginas. Y adelanta: “Al igual que muchas hambrunas, esta escasez es obra humana; a diferencia del alimento, el respeto no cuesta nada. Entonces ¿por qué habría de escasear?”.
Acaso en esas líneas se resume la filosofía del autor. Sin embargo el desarrollo muestra con rigor las dificultades de un mundo en el que el “Estado de bienestar” se derrumbó, lo que vino luego (bajo el marbete de “neoliberalismo”) agravó todo el cuadro social y cultural, y ahora la incógnita sin respuesta es cómo recuperar lo perdido sin recaer en las falencias, brillantemente descriptas, del añorado “Estado de bienestar”.
En su recomendable libro anterior, La corrosión del carácter, Sennet había logrado una fórmula equilibrada para explicar ese fenómeno en el mundo contemporáneo apoyándolo constantemente en su experiencia propia. Casi un retrato de época con finos intrumentos de interpretación y una biografía como telón de fondo. Aquí se repite el recurso, pero con menos fortuna. Hay por momentos una cierta artificialidad, como si la inclusión de la anécdota fuera un pedido del editor y no una exigencia del pensamiento del autor, quien por cierto alude él mismo a esta limitación. Sin embargo, la traba mayor de este formidable esfuerzo es que para Sennet, quien se enorgullece de su familia comunista y acaso se considera a sí mismo un neomarxista, en el horizonte de la humanidad sólo hay un libro de Keynes. Y también, por cierto, aquel dictum de Hegel, para quien no hay peor ofensa a la verdad que defenderla mediante una anécdota.

reseña

¿Por qué estamos en guerra?

porLBenLMD

 

De Norman Mailer

Editorial: Anagrama
Cantidad de páginas: 124
Lugar de publicación: Barcelona
Fecha de publicación: Diciembre de 2003
Precio: 36 pesos

 

Escrito antes de que se consumara la invasión a Irak, este breve texto del celebrado escritor estadounidense, que la daba por segura, indaga en el momento histórico que vive Estados Unidos luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001. “Todos los norteamericanos padecimos una crisis de identidad colectiva y nuestra reacción fue totalmente comprensible. Nos sumimos en un patriotismo febril”, explica Mailer, y adelanta su mayor preocupación: “el simple hecho de que hayamos sido una gran democracia no garantiza que lo sigamos siendo”.
Esa advertencia es en realidad el núcleo del libro. El periodista brillante, ya octogenario, adopta una mirada filosófica. El resultado es un pantallazo de la coyuntura histórica y una valiente toma de posición política. Perlado de observaciones profundas y reflexiones inteligentes, el texto no llega a responder la pregunta del título. El autor no mira al sistema mismo, no busca en la lógica económica, pero ve con lucidez que “esta guerra (…) podría resultar peor que ningún conflicto que hayamos conocido hasta ahora”. Mailer recuerda que “no tenemos las raíces que tienen otros países. Comparativamente, carecemos de tradiciones profundas. Así que la transición de la democracia al totalitarismo podría producirse rápidamente”. El autor no escatima diatribas contra el presidente George W. Bush, cuyo origen ilegítimo subraya. Y machaca con un alerta que merece audiencia: “Creo que estamos en una situación pretotalitaria, (…) la situación es grave. No sé qué va a sostener al país si sufrimos una depresión o una crisis económica terrible; (…) el patriotismo en un país en apuros tiene una tendencia lógica a tornarse fascista”.

Todos contra uno en Monterrey

porLBenLMD

 

En Monterrey se fracturó el continente político a la altura del canal de Panamá. EE.UU. quedó aislado y enfrentado con un nuevo liderazgo regional, encabezado por los Presidentes de Brasil, Venezuela y Argentina. La reunión extraordinaria convocada por el Departamento de Estado puso en evidencia la dificultad que enfrenta el gobierno de George W. Bush para imponer el Área de Libre Comercio de las Américas, mantener a sus aliados y controlar militarmente la región. Los Presidentes latinoamericanos tienen una cargada agenda este año.

 

Fue un escenario insólitamente adecuado para la obra que allí se representaría, cuyo título bien podría haber sido «El fin de una era». La Cumbre de las Américas tuvo su sesión inaugural el 12 de enero, en una sala de paredes desnudas y sillas de chapa, sin mínimas comodidades para los escasos invitados y con un sistema de sonido propio de una sociedad de fomento barrial. No obstante, estaban allí los 34 Presidentes del hemisferio (todos menos Fidel Castro), con George W. Bush, Vicente Fox y Néstor Kirchner en el centro de una larga mesa.

Citada fuera de agenda por Estados Unidos, un año antes de la que deberá realizarse según el cronograma regular en Buenos Aires, la Cumbre de Monterrey fue concebida por el Departamento de Estado como palanca para recuperar la iniciativa política perdida y adelantarse a males mayores en lo que deberá ser su cuarta reunión ordinaria, el año próximo. Pero estuvo signada por los dos motores que impulsan en los últimos tiempos a la Casa Blanca: la urgencia por contrarrestar las fuerzas centrífugas del mecanismo imperialista y el pánico desmesurado a un ataque terrorista.

Esto último explica el insólito lugar escogido para una reunión de tal jerarquía: Parque Fundidora es un centro deportivo-cultural distante del centro de esta vigorosa ciudad industrial del noreste mexicano, aislado y pasible de ser rodeado con sucesivos anillos de seguridad que, mediante la labor de 5.300 uniformados e incontables agentes civiles, filtraran a algún discípulo intrépido de Al Qaeda pero, ante todo, disuadieran y mantuvieran a distancia a las movilizaciones anunciadas por partidos y organizaciones sociales mexicanas.

Las medidas de seguridad comenzaron dos semanas antes, con el control de todos los aeropuertos de México por parte de agentes especiales del FBI, lo que levantó una oleada de protestas en un país tradicionalmente celoso de su soberanía(1) . Un airado funcionario del gobierno local explicó a este enviado que para evitar vías de filtración a operaciones terroristas se habían cortado las conexiones de cloacas, electricidad, teléfono, gas y televisión por cable, reemplazándolas por instalaciones especiales bajo control de agentes estadounidenses. La prensa fue enviada a un estadio aledaño, distante 400 metros del lugar donde se reunirían los Presidentes, quienes sólo tenían derecho a concurrir con cuatro acompañantes a las sesiones de trabajo. Rechinando los dientes, corresponsales de todo el mundo debieron informar a partir de pantallas alimentadas por un único equipo de filmación bajo control de los organizadores. Luego expresarían su sorpresa cuando se les comentó que excepto el primer orador, el chileno Ricardo Lagos, los cinco restantes (Bush, Jean Chretien de Canadá, Fox y los titulares del FMI y el BID, Horst Köhler y Enrique Iglesias) fueron inaudibles para quienes estaban a pocos metros de ellos. El Presidente estadounidense leyó su discurso -extraordinariamente amenazante y despectivo, como se vería después en la versión escrita- sin énfasis alguno, a medio camino entre la displicencia y el desgano, en tono bajísimo. El ruido ambiente, la nula acústica del lugar y la pésima amplificación imposibilitaron que Bush fuese escuchado. Inquieto, Fox se colocó los auriculares, confundiendo a quienes creyeron que el ex presidente de Coca-Cola necesitaba traducción del inglés. Los expositores siguientes no hallaron apropiado hablar en un tono más alto que el monarca republicano, por lo que la ceremonia siguió como una suerte de ritual grotesco en el que nadie entendía más que frases sueltas de las personalidades designadas para inaugurar la Cumbre, cuya selección, de por sí, era ya toda una definición de los objetivos buscados.

 

La política como show mediático

La puesta en escena inicial, exclusivamente pensada para la televisión mundial con Bush predominando en un panel sin voces disonantes (todo sobre la plataforma conceptual del FMI), se transformó en lo inverso inmediatamente después, en la primera sesión de trabajo. El malestar predominante en la mayoría de las sociedades del hemisferio se corporizó en Monterrey en un conjunto espontáneo de países afectados por la crisis y objetivamente confrontados con los discursos de apertura. Los presidentes Hugo Chávez, Luiz Inácio Lula da Silva y Néstor Kirchner aparecieron, acaso involuntariamente, como un frente unido contra Washington. En choque frontal con las loas de Bush y Köhler al libre comercio, Kirchner diría al día siguiente, en la clausura de la Cumbre: «Si la desigualdad gana la batalla no existe desarrollo sustentable. Sin desarrollo sustentable las crisis institucionales y las caídas de gobiernos democráticos seguirán siendo moneda corriente en nuestro continente. (…) En ningún país ningún programa puede convivir mucho tiempo con altas tasas de pobreza, desempleo e informalidad. El mundo necesita un nuevo paradigma de desarrollo inclusivo, equitativo. (…) Se trata de que se aumenten la producción, la inversión y por ende la creación de riqueza, y de ayudar a distribuir mejor la riqueza que se crea. La teoría del derrame o del goteo no ha funcionado, los organismos multilaterales deben tomar cuenta de ello. Resulta inaceptable, desde la más objetiva racionalidad, insistir con recetas que han fracasado».

Para medir el fiasco del Departamento de Estado, basta recordar que la Cumbre Extraordinaria se hizo primordialmente para realinear al gobierno argentino e impedir su aproximación al eje alternativo ya afirmado en Caracas y Brasilia. El Presidente estadounidense sólo cosechó en Monterrey animadversión y fracasos. La evaluación es unánime: «(Los 34 Presidentes) se reunieron sin una visión común para el futuro del hemisferio Occidental. (…) Las expectativas de grandes progresos eran bajas y altas las fricciones sobre propuestas importantes; (…) sólo hay posibilidades marginales para la agenda estadounidense respecto del comercio, seguridad y control de migraciones», registraba The New York Times(2) ; «Hay una tremenda carga de descontento en América Latina con Estados Unidos, dijo Arturo Valenzuela, alto funcionario del Consejo Nacional de Seguridad durante la administración Clinton»(3); «Estados Unidos, que quería ver figurar la fecha de inicio de 2005 para la conclusión de negociaciones del ALCA en la declaración final, chocó con la oposición de Brasil y Venezuela»(4); «(La cumbre se inició) bajo el signo de una división creciente entre Estados Unidos y los países latinos. (…) El presidente Bush se enfrenta a un paisaje nuevo en el hemisferio Sur, con líderes izquierdistas y con voz propia en Brasil, Argentina y Venezuela»(5); «La otra América, la Latina, se muestra poco dócil hacia Bush. En la cumbre de las Américas se ha encontrado con una resistencia a sus planes de crear una zonal continental de libre comercio para 2005 y a su intento de castigar a los países corruptos. La distancia entre ambas Américas ha crecido desde la última reunión, en 2001″(6) «Los gobiernos latinoamericanos están más distantes de Estados Unidos de lo que han estado desde hace mucho tiempo»(7).

 

Nuevo liderazgo regional

Con todo, hay un punto más negativo para Washington de lo que registran estos comentarios: en Monterrey no sólo apareció un amplio bloque de países opuestos por el vértice a la política expuesta por Bush. Los estrategas del Departamento de Estado no previeron que, precisamente por el creciente descontento con Estados Unidos, cobraría relieve mayor quien ocupara el lugar más definido en la oposición. Al poner el foco sobre una reunión de tal magnitud, ineludiblemente las miradas del mundo se posarían en las dos posiciones polares: el monótono discurso amenazante de Bush y la neta alternativa delineada por Chávez, convertido en centro de atención del encuentro. No bien arribado al aeropuerto de Monterrey, el Presidente venezolano trazó los ejes de su participación: «el ALCA está muerto; sueño con bañarme en el mar de Bolivia; debemos crear un Fondo Humanitario Internacional».

El propio Bush, en su intervención de apertura, agravaría el cuadro creado por esta polarización machacando sobre las supuestas virtudes del ALCA: «el año pasado, cerca del 83% de las exportaciones latinoamericanas hacia Estados Unidos, aproximadamente 176.000 millones de dólares, entraron en mi país libres de impuestos. Mi país está empeñado en el comercio libre y justo para este hemisferio a través del Área de Libre Comercio de las Américas», dijo, antes de poner en el centro del escenario a aquél a quien se le había negado el ingreso a la Cumbre: «debemos continuar al lado del bravo pueblo de Cuba, que por casi medio siglo ha sufrido tiranías y represión. Las dictaduras -continuó Bush en un susurro- no tienen lugar en las Américas. Debemos todos trabajar por una rápida y pacífica transición hacia la democracia en Cuba. Juntos lo lograremos, porque el espíritu de libertad se mantiene incluso en los más oscuros rincones de las prisiones de Castro». Al parecer ajeno al sentido provocativo de sus palabras, Bush completó el discurso comparando la situación política venezolana con las de Bolivia y Haití.

El presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva había adelantado con tono cortante antes de partir hacia México que no iría allí a discutir nuevamente sobre el ALCA. Kirchner, menos renuente a incluir una mención respecto del inicio del ALCA en la Declaración de Nuevo León, en su discurso de clausura subrayaría sin embargo: «no servirá cualquier Acuerdo de Libre Comercio de las Américas. Firmar un convenio no será un camino fácil ni directo a la prosperidad. El acuerdo posible será aquel que reconozca las diversidades y permita los beneficios mutuos. Un acuerdo no puede ser un camino de una sola vía, de prosperidad en una sola dirección; un acuerdo que no se haga cargo ni resuelva las fuertes asimetrías existentes no hará más que profundizar la injusticia y el quiebre de nuestras economías. Un acuerdo no puede resultar de una imposición en base a las relativas posiciones de fuerza». Por lo demás, la cancillería argentina había anunciado poco antes una visita presidencial a Cuba.

Para completar la frustración de los asesores de Bush, el presidente boliviano Carlos Mesa rompió las reglas y en una sesión de trabajo puso en discusión la salida al mar de su país, tema tabú y por supuesto fuera de agenda. Ricardo Lagos reaccionó violentamente, diciendo que su país «no tiene cuestiones pendientes con Bolivia» (ver pág. 10); Bush quedó así entre la necesidad de apoyar a su único aliado significativo en el Cono Sur o sostener al frágil gobierno boliviano, facilitando el único punto que podría darle el oxígeno necesario para completar el mandato de su antecesor y llegar a 2007.

Pero el Presidente estadounidense no sólo agudizó las contradicciones con lo que se perfila como un bloque latinoamericano contra la estrategia de Washington. Al salir de su encuentro bilateral con el anfitrión, Vicente Fox, colocó en una situación imposible a su más firme aliado, el gobierno mexicano: «el presidente Fox y yo (…) vamos a trabajar con la Organización de Estados Americanos (OEA) para asegurar la integridad del proceso de referéndum presidencial que se está llevando a cabo en Venezuela», dijo ante el gesto estupefacto de su colega. Al día siguiente Fox declararía ante Chávez y la prensa que en modo alguno se proponía intervenir en la situación interna venezolana. Y para contrarrestar el daño que en su lucha interna con el Partido Revolucionario Institucional podría provocarle el compromiso forzado por Bush, días después envió a su canciller a Caracas para considerar la posibilidad de aplicar en México el «Plan Robinson» de lucha contra el analfabetismo. Este Plan es un método cubano, aplicado en Venezuela con colaboración de maestros y maestras isleños.

De tal modo, por obra de la contumacia de Bush y sus asesores, Cuba estuvo en el centro de los principales debates. En la primera sesión de trabajo, horas después de su discurso inaugural, Bush escucharía de boca de Chávez una respuesta explícita a su ataque contra Fidel Castro, no registrado por la prensa porque, curiosamente, se interrumpió el audio de la transmisión: «los grandes avances comprobables en Venezuela en materia de salud y educación, contaron con la colaboración desinteresada del gobierno y el pueblo de Cuba y del presidente Fidel Castro». Con la mirada perdida, el Presidente más poderoso del planeta mantuvo silencio.

Los países caribeños marcaron también distancia respecto del ALCA y de la ofensiva contra Cuba. El presidente de Paraguay, Nicanor Duarte, se inclinó por su parte a favor del amplio espectro opositor; y hasta el peruano Alejandro Toledo evitó alinearse con Bush. En suma: exceptuando Colombia, Chile y Uruguay, Suramérica no se encolumnó con la Casa Blanca. El objetivo mayor del Departamento de Estado en esta Cumbre Extraordinaria 8, retomar la inciativa política, resultó malogrado. En Monterrey se fracturó el continente político a la altura del canal de Panamá; México y Canadá mantuvieron una prudente equidistancia y Estados Unidos quedó completamente aislado. La nota patética en ese nuevo mapa hemisférico la dio el presidente colombiano Álvaro Uribe, cuando pidió que su país sea integrado al Plan Puebla-Panamá, la extensión del Tratado de Libre Comercio (que incluye a Canadá, Estados Unidos y México) hacia el istmo centroamericano.

 

Buenos Aires en disputa

El año en curso será pródigo en encuentros de máximo nivel, pero de naturaleza muy diferente al de Monterrey. A fines de febrero, una reunión en Venezuela del Grupo de los 15 (Argentina, Brasil, Chile, Jamaica, México, Perú, Venezuela, Argelia, Egipto, Kenia, Nigeria, Senegal, Sri Lanka, Zimbabwe, India, Indonesia y Malasia) será seguida de un encuentro Chávez-Lula-Kirchner. En junio, la XI reunión de la UNCTAD, en San Pablo, servirá como catapulta para una extensión del Mercosur proyectada hacia India, África del Sur y Egipto. También hacia mediados de año deberá reunirse el Mercosur, probablemente a nivel presidencial, para definir el ingreso pleno de Venezuela y la articulación concreta de la convergencia con la Comunidad Andina de Naciones. Para septiembre está programada una cumbre de mandatarios suramericanos con sus pares de países árabes. Si los planes se cumplen éste será el año de articulación de un Parlamento del Mercosur y de pasos efectivos hacia una moneda única. Las expectativas de máxima incluyen asimismo una reunión extraordinaria de Presidentes para formalizar la creación del espacio de integración política regional.

Frenar esta dinámica, replantear el ALCA y retomar el camino de una fuerza militar interamericana para «defender la democracia» en la región, eran los objetivos del Departamento de Estado con esta Cumbre Extraordinaria, cuyo éxito hubiese permitido afrontar en mejores condiciones la reunión regular en Buenos Aires, el año próximo. Una semana antes de Monterrey, el secretario adjunto para Asuntos del Hemisferio Occidental del gobierno estadounidense, Roger Noriega, acusó al gobierno argentino de ser casi un émulo subversivo de Fidel Castro. «He notado que la política argentina parece haber hecho un giro hacia la izquierda. Y es desconcertante, porque Argentina es un país importante que debería estar con nosotros en la promoción de los derechos humanos y la democracia -señaló-. Cuando el canciller Bielsa (Rafael) viajó a La Habana y no se reunió con ninguno de los disidentes eso envió una muy mala señal para la política exterior argentina»9. Es difícil imaginar un grado mayor de presión abierta sobre un Presidente. Que no haya resultado es indicativo de que Washington ya no ostenta la hegemonía incontestable de otros tiempos. Kirchner acabó pronunciando un discurso contrario a lo defendido por Bush en materia económica; y una semana después de la Cumbre, tras haber suspendido un viaje a Cuba anunciado para febrero, se comunicó con Fidel Castro y le aseguró que visitará la isla este año. Inmediatamente después Noriega declaró que «Kirchner es un buen socio de Estados Unidos» y a través de los medios habituales se redobló la coacción para que Argentina cambie su voto de abstención en la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas y condene a Cuba.

 

Momento histórico

Los reveses estadounidenses sumados en los últimos meses (septiembre en Cancún con la Organización Mundial del Comercio; una semana después en Miami, en la conferencia de cancilleres del ALCA; ahora en Monterrey), tienen como contrapartida la lenta y sinuosa gestación de un proyecto y una dirección política alternativas en América Latina. Por sobre las diferencias de todo orden entre quienes sobresalen como líderes de esta nueva etapa, hay elementos comunes que tienen como columna mayor la necesidad de poner freno a las exigencias económicas y la penetración militar estadounidense en la región. La obsesión de Washington con el gobierno cubano tiene un efecto paradojal: al recrudecer las amenazas contra este símbolo de la resistencia durante 45 años, obliga a las nuevas dirigencias a incluirlo en el diseño de un nuevo mapa geopolítico. En conferencia de prensa luego de clausurada la Cumbre, Hugo Chávez planteó la cuestión de manera directa: «¿por qué se ha excluido a Cuba de estas reuniones? Si hablamos de democracia ¿por qué no convocamos a nuestros pueblos a un referéndum para saber si quieren o no que Cuba esté aquí? En África, cuando en una oportunidad se quiso reunir desde Europa a todo el continente pero excluyendo a Zimbabwe, un grupo de países dijo: ‘si no invitan a Mugabe, no vamos nosotros’. ¿Por qué no podemos hacer lo mismo los gobiernos latinoamericanos y caribeños?». El Presidente venezolano unió la acción a la palabra e, inesperadamente, voló de Monterrey a La Habana. En la madrugada del 14 Fidel Castro esperaba en el aeropuerto a Hugo Chávez y su comitiva. La prolongada reunión entre las dos figuras más odiadas por el Departamento de Estado hizo las veces de una sesión complementaria de la Cumbre de las Américas, rediseñada por un complejo conjunto de fuerzas que Washington ya no logra controlar.

  1. Oscar Cantón Zetina, «Otra vez Fox viola la Ley: el FBI vigila nuestros aeropuertos», El Porvenir, Monterrey 13-1-04.
  2. Tim Weiner y Elisabeth Bumiller, «Friction hangs over Mexico talks», International Herald Tribune, París, 13-1-04.
  3. Ibid.
  4. Marie Delcas, «Un sommet pour resserrer le liens entre les Ameriques», Le Monde, París, 13-1-04.
  5. «La división entre EE.UU. y América Latina marca la cumbre de Monterrey», El País, Buenos Aires, 13-1-04.
  6. «Desencuentro americano»; El País, Buenos Aires, 14-1-04.
  7. «Bush foreign failures», International Herald Tribune, París, 22-1-04.
  8. Ver «Bush a la carga en Monterrey», Informe-Dipló, enero de 2004.
  9. Alberto Armendáriz, «Denuncia EE.UU. un ‘giro a la izquierda’ de la Argentina», La Nación, Buenos Aires, 7-1-04.

Suramérica tercia en la guerra comercial

porLBenLMD

 

Fuera de libreto, un actor saltó con ímpetu de protagonista a un escenario donde nadie logra imponerse como Director: el de la cada vez menos larvada guerra comercial planetaria entre Estados Unidos, la Unión Europea y Japón. A mediados de diciembre pasado, en Montevideo, convergieron dos bloques regionales que dan nueva entidad económica y política a Suramérica, con Brasil al comando. El vuelco de Argentina en favor de esta perspectiva es un paso acaso decisivo para la conformación de un nuevo factor de poder internacional en el conturbado inicio de 2004. Se esboza un mercado común Sur-Sur.

 

Cuando el 12 de diciembre pasado Luiz Inácio Lula da Silva clausuró la reunión del Grupo de los 20 (G-20) en Brasilia, quedó a la vista que un prolongado y sinuoso movimiento del eje sobre el que se desplaza el hemisferio había calzado en un nuevo cuadrante geopolítico: «Creo que podemos ser más osados y pensar en lanzar un área de libre comercio entre países del G-20, abierta a otros países en desarrollo», dijo el Presidente brasileño. Y agregó: «muchos de nuestros países ya están comprometidos individual y colectivamente en procesos de este tipo en América del Sur, África y Asia. ¿Por qué entonces no intentar llevar esa lógica a sus consecuencias naturales y tratar de hacer una gran área de libre comercio de países del Sur?»(1).

Aunque imprevista en ese momento, la propuesta de Lula (quien en el último año y medio expuso diferentes posiciones públicas frente al Área de Libre Comercio de las Américas, ALCA, propuesta por Estados Unidos), no es una frase más en un discurso, sino el eslabón de una cadena de medidas desplegadas desde hace años por la política exterior brasileña. Ahora, sin embargo, aquella línea de consecuente accionar adquiere otra dinámica y un carácter diferente. Presumiblemente impulsada por la magnitud de las urgencias internas e internacionales que acosan al gobierno del Partido de los Trabajadores (PT), la estrategia de Itamaraty toma forma de escalada: tres días después, en Montevideo, la reunión de presidentes del Mercosur, tras incorporar a Perú como Estado asociado (la misma categoría que ya tienen Chile y Bolivia), aprobó una convergencia con la Comunidad Andina de Naciones (CAN), integrada por Venezuela, Colombia, Ecuador, Bolivia y Perú.

La significación de este acuerdo no podría exagerarse: a partir de que los textos aprobados sean protocolizados, se habrá formado una zona de libre comercio en toda América del Sur. A un milímetro de romper la tradicional circunspección de la diplomacia brasileña, el canciller Celso Amorim interpretó el acuerdo Mercosur-CAN como «un hecho verdaderamente histórico (…) que cambia la geografía económica de la región». No hay exageración en esa frase. Faltaría subrayar qué significado tiene, para una economía mundial signada por la guerra comercial entre los tres centros del capitalismo mundial, la aparición de otro, que desde Suramérica se proyecta hacia el resto del Sur planetario.

 

 Nuevo factor geoestratégico

Como entidad geopolítica, América del Sur es una noción reciente. Por regla general ha sido desconocida o desestimada para la interpretación del curso de los acontecimientos en la región y su proyección exterior. Durante años fue un tópico habitual afirmar que este rincón del globo carecía de valor económico y estratégico para el mundo altamente desarrollado, específicamente para Estados Unidos. Hasta no hace mucho podía escucharse, desde tribunas y cátedras supuestamente progresistas, que Washington no estaba interesado en el ALCA, que éste era en cambio una necesidad para los países del Sur, por lo cual, para no malquistarse con la Casa Blanca y perder la oportunidad, era necesario sobrecumplir los requerimientos de las autoridades estadounidenses en materia de liberalismo económico y sujeción a las pautas del Fondo Monetario Internacional (FMI).

La historia desmiente, claro, ese supuesto desinterés de Estados Unidos por América Latina. Mucho más lo harían los acontecimientos que, sin respiro, se suceden desde la victoria de Hugo Chávez en Venezuela en 1998 y su convergencia con el entonces presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso, caracterizada en aquel momento como punto de partida de «un brutal giro de los ejes geopolíticos del hemisferio (que) pone en cuestión el significado estratégico del Mercosur para proyectar una nueva línea, con apoyo en Brasilia y Caracas» (2).

De entonces a ahora la Casa Blanca apeló a todos los recursos imaginables (Plan Colombia, dolarización, promoción de golpes de Estado en Venezuela, instalación de bases militares y maniobras conjuntas, injerencia en cada país por medios financieros y diplomáticos) para evitar que la dinámica centrípeta que con apoyo en aquel eje gravitaba sobre la región, se consumara dando lugar a un nuevo bloque internacional. El más sólido punto de apoyo de Washington en la primera mitad del quinquenio fue Argentina. Pero ya en diciembre de 2001 caía en Buenos Aires el último gobierno-bastión y, atravesada por múltiples fuerzas, la clave del extremo sur fue alejándose en zigzag de la línea trazada por el Departamento de Estado. Es por eso que el discurso de Néstor Kirchner en la reunión presidencial del Mercosur cobra particular relieve: «Desde Montevideo convoco a todos los pueblos de América Latina, más allá del Mercosur, a integrarnos los países de América del Sur y construir un pensamiento interbloque regional, para hablar con la Unión Europea y con la potencia unipolar desde una posición de dignidad. Y esperamos construir una integración con un marco de fortalecimiento de los derechos humanos, la lucha contra la corrupción y el combate a la exclusión social, y no bajar los brazos ante los más poderosos» (3).

De su parte, Lula resaltaba en su saludo presencias para muchos inesperadas en el cónclave: Pascal Lamy, comisario de Comercio de la Unión Europea, Fernando Piedade Dias dos Santos, primer ministro de Angola e… Igor Ivanov, ministro de Relaciones Exteriores de la Federación Rusa. Para completar la dimensión global propuesta ahora para el Mercosur, Lula aludió a su propuesta de crear a partir del G-20 un área de libre comercio, «que puede ser la extensión natural de los entendimientos en curso con India y África del Sur, a los cuales quiere asociarse Egipto». El mandatario brasileño propuso «reflexionar sobre esas ideas y tomar decisiones en la XI reunión de la UNCTAD, que se realizará en junio en San Pablo». Pero fue más allá: «También podremos profundizar esa discusión en la Cumbre que reunirá presidentes de América del Sur y de los países árabes en Brasil», en septiembre próximo. Para aventar dudas, Lula subrayó que «ya instruí a mi ministro de Relaciones Exteriores para que inicie de inmediato las conversaciones con los cancilleres de los demás países involucrados, y espero que podamos tener una reunión preparatoria de altos funcionarios hacia finales de enero, posiblemente en Ginebra»(4).

 

 Institucionalización de la nueva entidad 

La tupida urdimbre de intereses en conflicto continúa trabando las negociaciones dentro del Mercosur y de éste con el resto de Suramérica. Un dato no menor es que algunos de los principales funcionarios de la cancillería argentina involucrados en la tarea actúan sin disimulo movidos por la férrea determinación contraria de Washington. No obstante, los planes son ambiciosos y perentorios: de aquí hasta 2006, crear un Parlamento del Mercosur, completar la unión aduanera, avanzar en las bases para un mercado común e iniciar una nueva agenda de integración en las áreas de la producción y el desarrollo tecnológico, según resumió Lula con el asentimiento de Kirchner. A esto se suma el propósito de dar paso a una moneda única, objetivo que va más allá de aceitar el comercio intrasuramericano. La creación de una Comisión de Representantes Permanentes del Mercosur pareciera indicar que existe la voluntad de superar la inercia burocrática y avanzar efectivamente hacia esos objetivos. Mientras tanto, la designación del ex presidente argentino Eduardo Duhalde como titular de esa Comisión -y su viaje a cinco países árabes acompañando a Lula en una incursión particularmente irritante para Estados Unidos- avala las conjeturas que, en contradicción con la difusión de supuestos enfrentamientos entre el ex y el actual Presidente argentinos, indican una línea de continuidad esencial en cuestiones de política internacional.

Como quiera que sea, Kirchner asumió en Montevideo la presidencia pro tempore del Mercosur y Duhalde, con encomiástico aval de Lula, tomó las riendas de un organismo ejecutivo, que deberá articular la institucionalización de esta instancia. Un punto oscuro todavía es el ámbito preciso de esta nueva entidad en su forma institucional. El Mercosur está integrado por cuatro países (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay), más tres Estados asociados (Chile, Bolivia y Perú); los dos últimos forman parte de la CAN; Venezuela reiteró su propuesta de sumarse también al Mercosur con ese status. Las dificultades políticas para alcanzar una institucionalidad supranacional más allá de los cuatro miembros originales son obvias. Sin embargo, también resulta evidente que sin el concurso pleno de Venezuela, el área es vulnerable a la fuerza que, como una cuña poderosa martillada desde el Norte, se opone punto por punto a todos los objetivos señalados en Montevideo. El hecho mismo de que en la capital uruguaya no estuviera presente Chávez tuvo diferentes interpretaciones. Fuentes confiables de la Casa Rosada indicaron que partió de Argentina, contra la opinión brasileña, la negativa a cursar la invitación al Presidente venezolano.

 

 Incógnitas y certezas

Por sobre los escollos previsibles, es un hecho que el bloque Mercosur-CAN ha dado lugar a una nueva instancia geoeconómica. Sobre esta base ampliada de sustentación Brasil proyecta un área de libre comercio en el ámbito del G-20. Itamaraty prepara la anunciada reunión de presidentes de América Latina y el mundo árabe en Brasil; Lula explicitó la inclusión de países africanos no árabes en el mismo proyecto. Y la presencia del comisario de Comercio de la Unión Europea en Montevideo, así como la del canciller ruso(5), indican una articulación objetiva, donde el gran ausente es Estados Unidos. Mientras se desarrollaba esta reunión en Montevideo, al otro lado del Atlántico, en Roma, tenía lugar una reunión de la CAN con la Unión Europea.

En la coyuntura política internacional, definida por la rivalidad comercial entre los tres principales centros de producción de mercancías del mundo capitalista, un área de libre comercio en el ámbito del G-20 vale ante todo por lo que no es. Y no es el ALCA. Antes bien, es exactamente lo inverso al objetivo por el cual se esfuerzan sucesivos gobiernos estadounidenses desde 1994. Dicho de otro modo: la proyección geoeconómica de la reunión de Montevideo es un choque frontal con la política de Washington en la región y más allá del hemisferio. Pero es imposible separar la economía de la política: desde el 1 de enero Brasil integra el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas como miembro no permanente. Lula invitó a Kirchner en Montevideo a designar un alto funcionario para compartir la banca en el organismo internacional. La decisión, calificada como «histórica» en la cancillería argentina, potencia la preocupación estadounidense: «Allí se lo podría ver (a Brasil) votando contra Estados Unidos respecto de Irak. Si así fuera, habría que tener cuidado para evitar una ruptura en la frágil relación brasileño-estadounidense. Si eso sucediera, en América comenzarían a aparecer dos campos rivales, regañando uno contra otro», alerta el máximo portavoz del capital financiero internacional(6). Pero el reloj analítico del decano de la prensa mundial atrasa: hace ya por lo menos cuatro años que en América se han delimitado dos campos rivales. Y no sólo en la disputa económica y la lucha política. Recientemente el ministro de la Casa Civil del gobierno brasileño, José Dirceu, en su exposición ante el Cuarto Foro Iberoamericano, realizado en Campos de Jordao, convocó a los gobiernos suramericanos a «la integración militar de la región». Dirceu planteó el problema colombiano en términos dramáticos, alegando que si los gobiernos suramericanos no intervienen, aquel país «será ocupado por Estados Unidos»; continuó su razonamiento el ministro explicando que la eventual ocupación de Colombia «significa que estarán ocupando el Amazonas», y que si esto ocurre, Estados Unidos «no saldrá más de allí»(7). No era una reunión de subversivos comunistas: entre los presentes estaban el ex ministro de Economía argentino Domingo Cavallo, el ex presidente uruguayo Julio María Sanguinetti, el empresario mexicano Carlos Slim y el ex presidente español Felipe González. Estaba también el empresario Gustavo Cisneros, a quien Dirceu le recomendó no insistir en el intento de derrocar a Chávez. Haciéndole eco al ministro de Lula, Arthur Virgilio, un alto dirigente del Partido Socialdemócrata de Brasil (PDSB, dirigido por el ex presidente Fernando Henrique Cardoso), sostuvo la necesidad de que Brasil se desarrolle como potencia militar: «tenemos que defendernos de quien sea que no quiera la bandera de Brasil en el Amazonas»(8).

Como se ve, no se trata de una amenaza socialista al predominio estadounidense. La evidente distancia de cualquier proyecto revolucionario anticapitalista por parte del fenómeno expresado en Montevideo con la afirmación del Mercosur, su convergencia con la CAN y la proyección hacia lo que bien podría denominarse una reedición cualitativamente superior de lo que fuera en los años ’60 y ’70 el Movimiento de los No Alineados (NOAL), no hace menos gravosa su dinámica para Estados Unidos. Sobre todo porque, puede conjeturarse, quienes piensan y actúan en la arena política internacional habrán sacado conclusiones respecto de las causas y consecuencias de que aquella poderosa fuerza, conocida también como Tercer Mundo, se desintegrara sin pena ni gloria para dar paso al neoliberalismo que hoy se trata de reemplazar.

  1. «Lula propuso un área de libre comercio entre países del G-20», La Nación, Buenos Aires, 12-12-03.
  2. L. Bilbao, «La revolución pacífica del comandante Hugo Chávez», Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, noviembre de 1999.
  3. Hernán Mena Cifuentes, «CAN-Mercosur, hacia la inclusión socioeconómica latinoamericana», Venpres, Caracas, 20-12-03.
  4. Página Internacional, Boletim da Secretaria de Relações Internacionais do Partido dos Trabalhadores, San Pablo, 19-12-03.
  5. Inmediatamente antes se conocía una declaración del presidente Vladimir Putin favoreciendo «un mecanismo de consultas políticas y colaboración entre Rusia y el Mercosur», Agencia Nova Nacional, Buenos Aires, 18-12-03.
  6. «Between rivalry and co-operation», The Economist, Londres, 29-12-03.
  7. Eleonora Gosman, «Brasil quiere una integración militar de América del Sur», Clarín, Buenos Aires, 11-11-03.
  8. Ibíd.

reseña

Testamento político. Y otros escritos sobre política y filosofía

porLBenLMD

 

De György Lukács

Editorial: Herramienta
Cantidad de páginas: 190
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Octubre de 2003

 

Puede parecer anacrónico publicar en estos tiempos una recopilación de textos de Lukács, el célebre marxista húngaro. No lo es, por más de una razón. Ante todo porque las hondas conmociones en curso en todo el mundo –y específicamente en Suramérica– ponen de nuevo a la orden del día temas que una rara combinación de superficialidad y cobardía enviaron prematuramente al desván (en primer lugar el tema del poder, de la organización capaz de alcanzarlo y sostenerlo y de la relación de ésta con las clases sociales). Pero también porque replantea una cantidad de temas polémicos en las filas multifacéticas de quienes se reivindican marxistas. Entre ellos la revalidación –o no– de la dialéctica materialista, el lugar de Engels en la conformación del corpus teórico marxista, la llamada “filosofía de la praxis”, o los entrelazamientos entre clase obrera, conciencia y partido revolucionario.

Lukács es una figura singular. En 1919 se unió al PC de Hungría y poco después sería ministro de Cultura del efímero régimen de Bela Kun. Crítico literario y dueño de una vastísima cultura, fue sin embargo defensor del realismo socialista. Es autor además en los años 1920 de una obra de relieve, Historia y conciencia de clase, cuyas tesis dominantes autocriticaría luego por haberla concebido “en términos puramente hegelianos”, errando en la naturaleza de la relación objeto-sujeto y confundiendo objetivación con alienación, lo cual daría lugar, según sus palabras, “a una construcción puramente metafísica”. Por ese entonces, se oponía fieramente a Lenin desde la izquierda en las filas de la recién fundada Internacional Comunista. El Lukács maduro, tomada ya distancia filosófica del idealismo, se lamenta de que “son precisamente aquellas partes del libro que yo veo teóricamente falsas las que han tenido mayor influencia”. Por ejemplo, aquello que se daría en llamar “filosofía de la praxis”.

Esta recopilación no da cuenta de tales debates pero tanto el “Testamento” mismo (penoso alegato contra Trotsky destinado a recuperar la afiliación al PC), “Las tareas de la filosofía marxista en la nueva democracia”, “Más allá de Stalin”, o el intercambio de cartas con János Kádár, permiten adentrarse en ellos a condición de recuperar el contexto histórico y el tenor de los debates teóricos y políticos que atravesaron el pensamiento revolucionario durante la prolongada y prolífica vida de Lukács.

América Latina esboza su propuesta

porLBenLMD

 

En apenas una semana, la Casa Blanca sufrió dos reveses severos. Ocurrieron entre el 14 y el 21 de noviembre, durante la XIII Cumbre Iberoamericana en Santa Cruz de la Sierra, y días después en la reunión de cancilleres del Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA), realizada en Miami. Después de un cuarto de siglo de arrollador empuje e indisputada hegemonía en todos los terrenos, Estados Unidos choca hoy en América Latina con un grupo de países que, encabezados por Brasil, comienzan a delinear su respuesta.

 

En la fuerza que se opone al gigante bulle un entresijo de intereses diversos y hasta contrapuestos; todavía informe, sin liderazgo ni rumbo definidos, pero no por ello menos eficiente en un aspecto clave para definir la coyuntura histórica que atraviesa la región: su negativa a aceptar los dictados de Washington. Hugo Chávez predominó en Santa Cruz de la Sierra con su impronta de aristas cortantes; y el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva ocupó –por primera vez con toda nitidez– el lugar de liderazgo suramericano en Miami. Néstor Kirchner, por su lado, conmocionó en Bolivia por su aproximación a la dirigencia opositora, pero en Miami se eclipsó (al punto que su Canciller ni siquiera llegó al cónclave), conducta que, más allá de todo protagonismo individual, supone un alineamiento tras Brasil.

Las dificultades no empezaron ahora para Estados Unidos. La instancia misma del ALCA (34 países, el hemisferio entero, excepto Cuba), precedida por el llamado “Consenso de Washington”, fue ya en 1994 una reacción defensiva contra la Cumbre Iberoamericana, expresión de la Unión Europea (UE) en Latinoamérica, a través de España. Desde fines de los años ’80, cuando se gestaron ambas líneas de acción estratégica, podía entreverse la dinámica hoy en franca colisión: la disputa entre la UE y EE.UU. por el mercado latinoamericano y el hecho de que Europa tomara la delantera.

Pero hubo un relámpago, anuncio de la gran tormenta, en la Cumbre Iberoamericana del mes pasado. De súbito, apareció el perfil de una propuesta que no provenía de la “cumbre”, sino del abismo social al que fueron arrojadas cientos de millones de personas en ese período: traduciendo en términos políticos la sublevación que en Bolivia puso en fuga el 17 de octubre al presidente Gonzalo Sánchez de Lozada(1), Evo Morales, dirigente cocalero y titular del Movimiento al Socialismo (MAS), convocó a la formación de “un Bloque Antimperialista Continental” y a la realización simultánea en Santa Cruz de la Sierra de un Encuentro Social Alternativo. Morales invitó a Fidel Castro, Hugo Chávez, Lula y Néstor Kirchner a participar también de este encuentro. El Presidente venezolano aceptó inmediatamente.

La realización de la reunión cimera en Bolivia era un riesgo al que nadie pudo sustraerse. Para los organizadores, cambiar la sede a última hora equivalía a sacrificar al flamante presidente Carlos Mesa. Para éste, mantenerla significaba asumir el riesgo de una multitudinaria protesta que podría encender nuevamente el polvorín. Su decisión final reprodujo en Bolivia la obligada dualidad de conducta visible en más de un jefe de Estado por estos días: anunció que iría a hablar al Foro Social, si lo invitaban, y que él por su parte invitaba a un representante del encuentro paralelo a exponer en la Cumbre.

Entre el 12 y el 15 de noviembre más de quince mil participantes provenientes de 15 países de la región debatieron temas candentes en el Encuentro Social. No faltó nada: desde un panel denominado “Primera cumbre mundial de médicos tradicionales, naturistas, indígenas y originarios” (la noción de cumbre, inevitablemente, transvasa), hasta debates teórico-políticos sobre “Movimientos sociales contemporáneos”, “Bolívar y la unidad de América Latina y el Caribe”, “ALCA” (el que tuvo mayor concurrencia), “Asamblea Constituyente”, entre otros, todos anudados con la reciente experiencia de lucha en Bolivia.

La suerte estaba echada. En la inauguración de la Cumbre las máximas autoridades de Iberoamérica se encontraron con la voz del abismo. Un aborigen tomó la palabra y dijo: “He aquí nosotros, hablando frente a ustedes”. Un escalofrío cortó el aliento de los mandatarios, con apenas dos o tres excepciones. El documento leído por Carlos Eduardo Medina desgranó demandas contundentes y culminó con el mismo tono de rara firmeza que destilaba cada palabra: “Señores presidentes, esperamos que se hayan sentido a gusto en nuestra tierra, que realizó un esfuerzo enorme por recibirlos, acorde a lo que nuestra dignidad manda. Este es nuestro país, nuestro espacio y nuestro tiempo. Sean todos bienvenidos”.

Nuestro tiempo… No sólo el rey Juan Carlos, allí presente, habrá sentido en aquella afirmación, más que el obvio anacronismo de su presencia, una definición política tajante y trascendente.

 

Declaración conflictiva

Convocada la Cumbre para debatir el problema de la exclusión social, ésta gravitó de modo decisivo sobre el texto aprobado por los mandatarios. Es improbable que el documento pase de la enunciación de buenas intenciones, pero su importancia estriba en que sepulta explícitamente el discurso dominante durante casi dos décadas: “la superación de la pobreza requiere la aplicación de políticas integrales definidas y desarrolladas por el Estado”, dice, para inmediatamente subrayar la voluntad de luchar “contra la pobreza y las causas que la originan” y sostener “el principio de no intervención, la prohibición de la amenaza o el uso de la fuerza en las relaciones internacionales, el respeto a la integridad territorial”. Sólo faltaba poner el nombre del Presidente estadounidense como destinatario de la demanda. Desde luego, también se rubricó el compromiso de “lucha contra el terrorismo”. El documento igualmente propone “una amplia reforma” de la ONU; demanda un cambio de conducta del Fondo Monetario Internacional (FMI) y acoge la propuesta de crear “un Fondo Humanitario Internacional” (Chávez); reconoce que las “reformas estructurales (…) no han producido resultados suficientes sobre la disminución de las desigualdades y de la exclusión social, e incluso en algunos casos han significado un retroceso o una profundización de estos fenómenos”.

Pero no son los 54 puntos de la “Declaración de Santa Cruz de la Sierra” los que marcan la inflexión en estos cónclaves, sino el hecho de que todos ellos espejaron la demanda plasmada en el Encuentro Alternativo, resumida en el recinto del lujoso Hotel Los Tajibos por el representante indígena, a nombre de “esos cientos de millones que pensamos, creemos y deseamos más o menos lo mismo. Cosas que de tan repetidas parecen infantilismos. Y no lo son. Por ejemplo que la tierra es nuestra y todo lo que hay debajo de ella también”. U otro tramo de texto donde se afirma: “Señores Presidentes, escuchen a los pueblos de América. Suspendan las negociaciones del ALCA”. No es de extrañar que el eco de esta voz retumbara en Miami la semana siguiente.

Antes, cumpliendo su compromiso, el presidente Mesa había salido de la cumbre para atisbar la reunión paralela. Una mujer lo recibió en el palco: “En este encuentro –dijo con respetuoso énfasis– pensamos que su gobierno debería proponer la suspensión de todas las negociaciones del ALCA en la próxima reunión de cancilleres en Miami; que debe derogar el decreto supremo que transfiere la propiedad de los hidrocarburos a las transnacionales; que la Asamblea Constituyente tiene que ser convocada el próximo año y que todos puedan proponer candidatos a ella sin necesidad de inscribirse en los partidos”…

Mesa no perdió la compostura. Acometió a la asamblea expectante y logró arrancar aplausos a poco de empezar su discurso, cuando sostuvo que era preciso “construir una mirada distinta de democracia de la que teníamos hasta hace muy poco”. Debía, no obstante, entrar en materia. Y allí el clima cambió: anunció una Constituyente no para los próximos meses, como se le demandaba, sino “para antes de terminar mi mandato”. Hubo gritos de protesta y silbidos. “No vine a hablarles con demagogia –dijo– no puedo hacerles promesas imposibles”. Los últimos minutos de su intervención fueron inaudibles: la asamblea respondía airadamente cada una de sus palabras. Cuando terminó el Presidente, fuera de programa, tomaron la palabra Roberto de la Cruz, dirigente de la Central Obrera Regional de El Alto y Jaime Solares, de la Central Obrera Boliviana, quienes acusaron a Mesa de ser “la misma chola con diferente pollera”.

En la noche del sábado, un gran acto reunió en clima festivo a los participantes del Encuentro Social Alternativo. Allí acudieron Hugo Chávez y el vicepresidente de Cuba, Carlos Lage, en representación de Fidel Castro, quien esta vez no concurrió a la Cumbre Iberoamericana.

Al igual que Lula, Kirchner no estuvo allí; no obstante levantó oleadas de recriminaciones en los custodios del statu quo: “No fue afortunado el relieve que se le dio, desde ciertas esferas oficiales, a la entrevista del presidente Néstor Kirchner con el líder contestatario boliviano Evo Morales, cuyos antecedentes no son precisamente tranquilizadores desde el punto de vista de la preservación del orden público y la paz social. No sería bueno para nuestro país –y tampoco para la región– que gestos de esa naturaleza se tornasen habituales”, se alarma un editorial(2).

El mismo matutino registró no obstante un punto al que atribuye mayor trascendencia en la fugaz estada de Kirchner en la Cumbre: “Más allá de sus coqueteos con el líder indigenista boliviano Evo Morales y otros gestos altisonantes, el presidente Néstor Kirchner coincidió ayer con sus pares de México, Vicente Fox; de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva y de Chile, Ricardo Lagos, en que han mejorado las perspectivas de las negociaciones del ALCA”(3). El error de caracterización sobre lo que estaba ocurriendo no podía ser mayor, como se vería pocos días después en Miami: “Las negociaciones para alcanzar un Acuerdo de Libre Comercio de las Américas estaban ayer en punto muerto por la oposición de Canadá, Chile y México a la propuesta acordada por Brasil y Estados Unidos, que consideran una versión ‘descafeinada’ del tratado”(4).

Esa información también distaba de la objetividad. El airado reclamo de los gobiernos de Lagos y Fox para que se mantuviese el proyecto originario, defendido con uñas y dientes hasta último momento por la Casa Blanca y su representante comercial, Robert Zoellick, indicaba que “la propuesta acordada por Brasil y Estados Unidos” era en realidad una lápida para el ALCA y, más significativo aun, ponía a la vista de todos el nuevo cuadro geopolítico en el hemisferio, con Brasil acaudillando a un conjunto heterogéneo de países y corrientes de pensamiento, aunadas por su oposición a la embestida estadounidense.

 

Ganadores y perdedores

A tal punto fue insostenible la posición de Washington que la reunión, pautada para dos días, concluyó en la primera jornada: además de impedir la filtración de las insalvables divergencias entre Estados Unidos y sus escasos aliados por un lado y Brasil con el resto por el otro, las autoridades estaban preocupadas porque decenas de miles de jóvenes, con la presencia de la central sindical estadounidense AFL-CIO, mantenidos a raya por una policía particularmente ruda, rodeaban al cónclave. El resultado es tan obvio que incluso los esfuerzos del canciller brasileño Celso Amorim por no evidenciar la derrota estadounidense aparecen como irónico alfilerazo adicional de una diplomacia reconocida por su ácida fineza. Otra cosa es definir, sobre todo para el mediano y largo plazo, quiénes serán los beneficiarios de este traspié estadounidense.

El “acuerdo” alcanzado (o “ALCA descafeinado”) remite el debate a febrero, desplaza los puntos más ostensibles de choque –como los subsidios agrícolas que Brasil quiere eliminar, o la protección de la propiedad intelectual que Estados Unidos quiere imponer– al ámbito de la Organización Mundial del Comercio (OMC), para dejar paso a acuerdos bilaterales que, por definición, son la negación del ALCA. Preguntado sobre qué parentezco tiene este ALCA con el original, el subsecretario de Integración Económica de la cancillería argentina, Eduardo Sigal, responde: “eso se verá al final de la negociación”.

Ese período, extendido durante 2004, implica consensuar sobre todo lo que en el documento original quedó entre corchetes (el modo de pasar a debate un tema sobre el que no hay acuerdo). Una mirada al texto elimina las dudas: no hay punto que no esté total o parcialmente entre corchetes, graficando la multiplicidad de intereses encontrados.

Sería erróneo sin embargo sacar conclusiones apresuradas: hay diferencias de peso entre quienes contestan a Washington. Más aun: sólo por excepción, se cuentan entre estos quienes coinciden con las necesidades y las estridentes demandas de las mayorías despojadas de América Latina.

Por otro lado, una oposición al ALCA sin propuesta de integración alternativa pierde todo carácter progresivo. El tema desvelaba ya a políticos y pensadores a mediados del siglo XIX, cuando el libre comercio tenía otra significación: “En general, hoy en día el sistema proteccionista es conservador, mientras que el sistema librecambista obra en forma destructiva. Desintegra las antiguas nacionalidades y exacerba el antagonismo entre el proletariado y la burguesía. En una palabra, el sistema de la libertad comercial acelera la revolución social. Sólo en este sentido revolucionario, señores, me pronuncio a favor del libre cambio”(5).

Si Santa Cruz de la Sierra albergó a todos los protagonistas de la gran disputa por definir de quién es, al fin y al cabo, “nuestro tiempo”, la reunión trunca de Miami mostró a 34 gobiernos atenazados precisamente por el carácter destructivo del librecambismo, las tendencias ultraconservadoras y la desintegración institucional (ver pág. 3).

En ese conjunto, Argentina mostró una vez más indefiniciones y contradicciones que permitieron a Zoellick decir que “en el seno del Mercosur existen las mismas diferencias que hay a nivel hemisférico entre los países que quieren avanzar en la apertura comercial más rápido que otros”. Y dijo también que su país los apoyará, mencionando concretamente a Argentina(6). La maniobra divisionista falló, pero Zoellick sabía el terreno que pisaba: un borrador que circula en la cancillería argentina traduce el clima de disputa interna: “Hemos ratificado el compromiso de concluir las negociaciones en enero de 2005 (…) si todos somos capaces de asumir estos compromisos, en la medida y con la obligación que le corresponde a cada uno de nosotros, tendremos en enero de 2005, el ALCA que queríamos en 1994 y que seguimos queriendo ahora”.

Otro es el caso de Venezuela, cuyo ministro de Producción y Comercio Wilmar Castro Soteldo puso el debate en un plano diferente al que propone la disputa por subsidios agrícolas: “Los compromisos que adquieran los países en el ALCA deberán ser compatibles con las doctrinas de la soberanía de los Estados y los respectivos textos constitucionales”.

En definitiva, Brasil impuso su posición y se elevó como contraparte continental de Estados Unidos. Lula, el gran vencedor en esta oportunidad, respaldado desde diferentes ángulos y con distinta consistencia por otros dos países clave de la región, Venezuela y Argentina, aparece así como el centro de una coalición de hecho que, si define sus perfiles y consolida su perspectiva, habrá redibujado el mapa político continental, dando cuerpo a un drástico cambio en las relaciones de fuerza, en detrimento del gigante del Norte.

  1. Walter Chávez, “Bolivia, una revolución social democrática”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, noviembre de 2003.
  2. “La XIII Cumbre Iberoamericana”, La Nación, Buenos Aires, 18-11-03
  3. “Mejoran las perspectivas para el ALCA”, La Nación, Buenos Aires, 16-11-03.
  4. “Canadá, Chile y México rechazan un pacto comercial ‘descafeinado’”, El País, Buenos Aires, 20-11-03.
  5. Karl Marx, “Discurso sobre la cuestión del libre cambio”, Bruselas, enero de 1848, en Obras de Marx y Engels, Tomo 9, Crítica Grijalbo, Barcelona, 1978.
  6. Ana Barón, “EE.UU busca dividir el Mercosur”, Clarín, Buenos Aires, 20-11-03.