zarpazo estadounidense a un año de gobierno de Néstor Kirchner

Coyuntura argentina en el nuevo cuadro internacional

porLBenCR

 

Entre el pasado 24 de marzo y el 2 de abril reapareció, bajo una nueva forma, la crisis profunda que azota a Argentina en las dos últimas décadas. El saldo inmediato, inestable y potencialmente reversible, devolvió la iniciativa política a las fracciones del capital desplazadas por el golpe de mano de diciembre de 2001. Desde entonces en la confrontación interburguesa hubo una tregua política, dictada por la amenaza de una situación económica explosiva y un movimiento social con derivaciones incontrolables para las clases dominantes si no se adoptaban medidas drásticas. Éstas vinieron mediante la alianza política del ex presidente Raúl Alfonsín y su fracción partidaria con el ala peronista encabezada por Eduardo Duhalde, con el respaldo de franjas del capital dependientes del mercado interno y la Unión Europea, todo bendecido por el Vaticano, que ubicó cuadros de la ultraderecha opusdeísta en puestos clave de los tres poderes(1). El grupo Clarín fue el poderoso portavoz y hasta cierto punto articulador de la operación estratégica, a la que se logró darle consenso popular.

Es esta alianza circunstancial la que se desgajó durante los idus de marzo y abrió un paréntesis que el presidente Néstor Kirchner -interrumpido además por una enfermedad quue calzó como un guante en la coyuntura política- no había resuelto hasta mediados de abril, fecha de cierre de esta nota.

En su significación profunda, la contraofensiva equivale a la explosión política del 19 y 20 de diciembre de 2001; el mismo fenómeno aunque a la inversa: un golpe de mano motorizado por las franjas del capital que en aquella oportunidad perdieron el control del Poder Ejecutivo y que ahora no intentaron recuperarlo cambiando nombres sino relaciones de fuerza. Terminó de esta manera el período de tregua. La operación de recooptación institucional ha concluido y el presidente Kirchner tiene ahora tres caminos ante sí: se somete repitiendo los pasos de Alfonsín, Menem y De la Rúa; es depuesto con la excusa y los medios que fueren; apela a la movilización de masas y a un bloque antimperialista continental. Cualquier forma híbrida entre estas tres variantes derivaría en una progresiva cesión de poder al imperialismo y sus socios y el posterior derrocamiento del gobierno (de hecho, este zarpazo teleguiado por el Departamento de Estado resulta de las ofrendas que en el plano económico hizo el gobierno ante el altar del Fondo Monetario Internacional). El desenlace no ocurrirá en tres meses, pero tampoco demorará tres años.

No cabría, por tanto, disimular la gravedad de la situación, pese a que ésta no aparece como expresión de las causas que la determinan. Todo precipitó en el breve lapso entre el 28° aniversario del último golpe de Estado militar y el 22° del desembarco en Malvinas. El 24 de marzo Kirchner produjo un hecho político de proporciones cuando presidió la ceremonia de transformación de la Escuela de Mecánica de la Armada en Museo de la Memoria contra la represión. Los discursos de dos jóvenes nacidos en ese campo de concentración y cuyos padres están desaparecidos, permitieron medir la distancia entre la reacción antidictatorial en los años 80 y la respuesta a la situación creada tras dos décadas de democracia burguesa(2).

En ese punto, la contraofensiva plasmó mediante una campaña de verdadero terrorismo mediático: la inminencia de una “emergencia energética”. Se auguró una catástrofe que cortaría el gas domiciliario, dejaría sin electricidad al país, paralizaría industria y transporte y, en consecuencia, abortaría lo que hasta pocos días antes era presentado como maravillosa recuperación económica de Argentina. La demanda de aumento de tarifas de combustibles y electricidad y el presumible temor a medidas tendientes a cambiar los criterios de liquidación de divisas para las petroleras, así como la intención (indefinida pero no por ello menos onerosa para los dueños de YPF) de crear una empresa petrolera estatal, transformaron la demanda económica en embestida política. Ésta ocurriría montada sobre un hecho de otra naturaleza que sacudió al país: el asesinato de un joven secuestrado, hijo de un empresario y alumno de una escuela de la Armada. En torno del padre de la víctima se formó una coalición amplificada por la prensa comercial. La “emergencia energética” pasó a segundo plano, se ocultó descaradamente el hecho de que el presidente de la empresa estatal petrolera venezolana, PDVSA, había firmado un acuerdo para la provisión inmediata de 700 mil toneladas de fuel oil y gas oil destinadas a reemplazar al gas en la producción de electricidad, y se centró la agitación mediática en la inseguridad. Acaso por primera vez los medios de difusión se lanzaron a ocupar el lugar dejado por partidos e instituciones del capital y convocaron con tonos histéricos a una marcha organizada por el padre del estudiante asesinado.

Un dato por demás elocuente, cargado de sugerencias: en los días siguientes se revelaría que altos jefes de las policías bonaerense y federal, responsables máximos de inteligencia y prevención antisecuestros, estaban directamente involucrados en la operación. Pero no hubo la menor conexión entre este dato y el hecho y el momento en que ocurrió y no cedió la presión de la propaganda enajenada exigiendo mayor represión contra la delincuencia común.

En ese clima el 1° de abril una movilización de más de 100 mil personas colmó la Plaza de los dos Congresos. El crimen catalizó un sentimiento genuino presente en la totalidad de la sociedad aunque en esta oportunidad se expresó especialmente en y a través de las clases medias. La concurrencia no encuadrada en aparatos y la masividad del reclamo, potenciado luego al infinito por los medios de prensa (que minuto a minuto aumentaban el número de concurrentes, hasta llegar a hablar de 300 mil), tomó envergadura política y, mediante el reclamo de mayor seguridad dejó la iniciativa en manos de la fracción del capital opuesta al gobierno de Kirchner. Argentina asistió al primer ensayo general de golpe de Estado conducido por los medios de difusión masiva. Y el dato político mayor fue que el grupo Clarín encabezó la campaña.
La crisis mundial angosta el margen de maniobra

La celeridad y el rumbo de estos acontecimientos parecen absurdos si se parte del inesperado éxito del gobierno Kirchner para reestabilizar la situación política y el extraordinario margen de maniobra con que cuenta hoy el presidente en el plano interno. Pero el aparente absurdo cobra consistencia lógica cuando se parte de la crisis mundial y específicamente de un imperialismo estadounidense jaqueado, buscando una y otra vez en el último año, sin éxito, a escala hemisférica y fronteras adentro de nuestro país, la recuperación de la hegemonía y la iniciativa políticas(3). Recuérdese ante todo que en enero próximo debe ponerse en marcha el ALCA. Y que, si no se produjera un cambio dramático, esto no sucederá.

Mientras presentaba el superávit del 3% sobre el presupuesto pactado con el FMI en septiembre pasado como un gesto de firmeza y de victoria, el pago de 3.100 millones de dólares de intereses el 9 de marzo como otro signo de fortaleza, para después esgrimir la Declaración de Copacabana como un frente Argentina-Brasil con pulso firme frente al FMI (hechos no sólo contrarios a la verdad sino enormemente gravosos para la economía nacional y el nivel de vida de las mayorías), el gobierno del presidente Kirchner resistía el alineamiento automático con Washington en materia diplomática y la adopción de medidas perentoriamente exigidas por el FMI, los monopolios transnacionales y el gran capital financiero internacional, además de actos simbólicos como la transformación de la ESMA en Museo o el retiro de retratos de los ex generales Jorge Videla y Reinaldo Bignone del Colegio Militar.

La economía es en última instancia el factor determinante de toda política. Pero como en tantos otros aspectos, el tramo entre la coyuntura y la última instancia puede ser una verdadera trampa para un análisis inmediatista y estrecho. El economicismo es una tara habitual en análisis supuestamente marxistas, sea para imaginar una situación revolucionaria o para interpretar el curso de un gobierno y comprender su dinámica. No puede haber el menor atenuante en la calificación de la concesión que los gobiernos de Argentina y Brasil hacen al capital financiero internacional, al imperialismo, cuando continúan pagando intereses, reconocen deudas fraudulentas ya pagadas y para colmo argumentan a favor de un superávit fiscal de tal o cual cuantía, que no sólo es una falsedad en sí misma sino que presupone cederle autoridad al FMI para intervenir en la determinación de políticas económicas nacionales.

Sin menguar un milímetro el carácter y sobre todo la dinámica que tales conceptos y decisiones imprimen a los gobiernos de Lula y Kirchner, sería de una ceguera imperdonable desestimar las líneas de resistencia objetiva ante la voluntad política de Estados Unidos, por parte de uno y otro gobierno, aunque los casos distan de ser idénticos. No votar contra Cuba en la comisión de derechos humanos de la ONU, no admitir explícitamente la necesidad de “llevar la democracia a Cuba” (como proclamó Bush en Monterrey), asistir a la cumbre de los 15 y por el contrario suscribir la Declaración de Caracas, no firmar ya mismo compromisos para vender los Bancos Nación y Provincia de Buenos Aires, no aumentar las tarifas en los porcentajes apuntados por las privatizadas, anunciar que tampoco este año se harán maniobras militares en territorio argentino con tropas estadounidenses… es más de lo que en términos políticos y económicos puede soportar el imperialismo. Es por eso que éste se lanza a la carga.

Es comprensible entonces que algunos de los principales exponentes del “capitalismo nacional” que el gobierno quiere revivir o inventar para luego tener dónde apoyarse (lo cual es por sí mismo toda una definición teórica y política), ya cambiaron otra vez de bando y se realinearon con Washington. Después de haber contribuido acaso de modo decisivo para crear un clima social de expectativa esperanzada en el gobierno y específicamente en el presidente, el grupo Clarín giró en redondo. Ni siquiera liberó a Página/12 como tubo de oxígeno para el gobierno. Y falta ver en detalle qué pasa con los capitales industriales propiamente dicho que ya licuaron sus deudas, recuperaron mercados y mejoraron sus términos de competitividad merced a la devaluación del 300% y el congelamiento de salarios.

De pronto, el subsecretario para asuntos hemisféricos de la Casa Blanca Otto Reich desembarcó en Buenos Aires, se reunió con el vicepresidente Daniel Scioli y simultáneamente el conjunto de la prensa comercial descubría que en las próximas semanas habría escasez dramática de gas y electricidad; la Sra. Anne Krueger advertía que sin energía el crecimiento previsto caería en por lo menos 2,5%; en el congreso del Partido Justicialista el peronismo insultaba a la esposa del presidente; y el mismo aparato policial que contribuyó de manera decisiva a los saqueos de diciembre de 2001, la bonaerense, apareció en el centro de una operación monstruosa que serviría, catapultada por los medios de prensa masivos en cadena, como instrumento utilizado para enervar a la sociedad y producir un hecho político mayúsculo: la movilización del 1° de abril.

Al día siguiente, Clarín tituló: “La gente dijo Basta”; dos días después la revista Noticias puso en tapa, trucando una foto de Kirchner: “Fin de la luna de miel”. En un suplemento especial La Nación remató el domingo: “El fin del comienzo”. Y todo el aparato abrumador de una prensa corrupta (radios, televisoras, diarios y revistas degradados a límites indecibles), se abalanzó sobre el cadáver de un adolescente para tener un instrumento de movilización cuya naturaleza y objetivos no pueden ser minimizados: la manipulación de un genuino y muy hondo sentimiento popular para articular un movimiento fascista.

No hay casualidades ni improvisación. El Departamento de Estado y la embajada estadounidense están detrás de esto. Aliados en este punto sin fisuras con la Unión Europea (como hicieron Estados Unidos y Francia para derrocar en febrero al presidente de Haití). Es el imperialismo actuando coyunturalmente al unísono sobre un punto, recuperando el apoyo directo y descarado de grupos de capital supuestamente nacional y de periodistas, políticos e intelectuales a su servicio. Es la totalidad de la gran prensa comercial. Todos reagrupándose nuevamente y otra vez con el único ejército disponible, la bonaerense, como palanca. El polo magnético nuevamente activado tiene tal poder de atracción que es de esperar que otros grandes núcleos empresarios cambien de frente. La Unión Industrial Argentina está una vez más a punto de fracturarse. Pero la ruptura no termina de consumarse: los representantes de Techint y Arcor (exponentes máximos del supuesto capitalismo nacional), están por estas horas ante la opción de presentar una lista que sería perdidosa en las elecciones internas de la UIA, o llamar a la creación de una nueva central empresaria. Y habrá que ver qué sucede con las dirigencias políticas, aunque ésta es una cuestión sólo de tiempo, no de definición final. El tiempo, en todo caso, es un factor decisivo para decidir el desenlace del enfrentamiento ya planteado.
Distorsión de la realidad

Es tal el grado de incapacidad de representación política real de la sociedad (se trate de partidos de cualquier signo o aparatos sindicales de cualquier color) que la realidad subyacente aparece distorsionada al punto de hacerse incomprensible ya no para la población, sino para la propia dirigencia política -sin excluir a las izquierdas- arrastrada como una hoja en el viento de otoño y obligada a debatir el tema de la inseguridad, de pronto impuesto como primer y principal problema del país: ¿habrá que dictar o no leyes más duras? ¿será necesario o no incrementar el número de policías en la calle y la contundencia de su accionar? ¿deben o no participar las fuerzas armadas en la represión a la delincuencia común? Deslegitimado por una sucesión excesiva de errores mayúsculos, el arco de izquierda en su expresión más amplia no podía tener -y no tuvo- respuesta ante la coyuntura.

Así, el ala del capital desplazado en 2001, recapturó el respaldo de instrumentos políticos clave que se habían desplazado en aquel entonces hacia el bando contrario, y recuperó la iniciativa política.

Mientras tanto, Kirchner viajó al extremo Sur del país para conmemorar el aniversario del desembarco en Malvinas, oportunidad en que pronunció un discurso con aristas conflictivas para la continuidad de la política sostenida hasta el momento por su gobierno:

“quería estar como presidente de la Nación aquí el 2 de abril para definir y asumir con claridad la adhesión a la conducta, a la defensa de la Soberanía Nacional, a la dignidad, a la calidad de héroes y mártires nacionales que deben ser honrados sin excusas en todo el ámbito de nuestra Patria (…) Cuando tengamos en cada momento que resolver nuestros problemas y nuestros compromisos externos, tienen que estar en claro los valores nacionales, los valores de argentinidad, los valores de los que viven en esta tierra, de los excluidos, de los que quieren volver a soñar con un país distinto (…) No nos engañemos más argentinos, las cosas que nos pasan también tienen intereses concretos, tienen que ver con la Argentina de la injusticia que quiere seguir persistiendo a costa de cualquier metodología o acción, y cuando hay argentinos que nos animamos a levantar la voz y a marcar otro rumbo esos intereses se vuelven a mover (…) Por eso es muy importante que estemos en claro. Cuando discutimos la crisis energética, somos casi el único país del mundo que no maneja su ecuación energética por aquella teoría iluminada de que el Estado iba a funcionar mejor regalando la producción y el trabajo Nacional (…) Hoy estamos sufriendo no poder manejar aquellos elementos y tenemos que dar una lucha desigual. Esos valores son los que significan también este 2 de abril (…) Por eso a todos los argentinos desde aquí, con el significado que tiene el 2 de abril, quiero decirles que no vamos a hacer otro país si no asumimos la realidad clara y concreta”.

Luego de este discurso el presidente enfermó y quedó recluido en Río Gallegos durante una semana, mientras la histeria por la inseguridad era alimentada por la prensa comercial en cadena permanente y el Congreso se reunía de apuro para votar una nueva legislación penal. El partido oficialista -respaldado por la UCR- asumió la causa, impidió el derecho de palabra a los diputados de oposición y sancionó lo demandado a gritos y bajo amenaza por una nueva coalición, que en torno del padre de un joven asesinado, recuperaba la capacidad de presentarse ante la sociedad.

Con la misma franqueza de siempre en momentos clave, el diario La Nación tomó la delantera en el diseño y preparación de un golpe de Estado que, en las condiciones dadas, no toma la forma tradicional de asonada militar, pero no por ello se contrapone menos al régimen institucional. Sus dos columnistas dominicales (por causas presumibles en constante sintonía con el Departamento de Estado), acusaron al gobierno de ser un reducto Montonero, enajenarse la simpatía de Chile y no tener respuesta para la inseguridad.

Esto no toma a nadie de sorpresa. Tal como se denunciara en estas páginas La Nación puso límite al gobierno de Kirchner, mediante un editorial publicado en primera plana, el mismo día del desistimiento de Carlos Menem a disputar la segunda vuelta. Allí, con significativo descaro, se le decía al presidente electo que aceptaba el plan de cinco puntos resumido en esa nota, o era un gobierno para dos años. Una porción significativa de oficialismo y oposición prefiere olvidar esa advertencia.

Quienes en los acontecimientos del 19 y 20 de diciembre de 2001 vieron la revolución en el umbral y las masas a la ofensiva estratégica y luego, a la luz de los acontecimientos, no revisaron las causas de tamaños dislates, han tomado uno de los dos caminos obligados por la lógica del absurdo: sumarse al gobierno o descubrir que el enemigo a batir en primer lugar es Kirchner puesto que, con su política de dureza discursiva y gestos progresistas es el único freno a la revolución. Estos han descubierto que Kirchner es la nueva derecha. Aquéllos, que Kirchner es la nueva izquierda.
Por nuestra parte definimos la coyuntura actual en línea de continuidad con caracterizaciones e interpretaciones realizadas en aquellos momentos, expuestas en la militancia y en los materiales citados. Nuestro punto de partida son las clases y no los individuos. Y el ámbito de análisis no parte de los avatares locales, sino de la realidad internacional y regional, expresada de modo siempre singular fronteras adentro (hay algo de patético en el viraje violento de ciertos cuadros y organizaciones que hasta hace poco más de un año no habían descubierto la Revolución Bolivariana -y en algunos casos hasta la vituperaban- y hoy trasladan la fórmula como si no hubiese particularidades decisivas entre Caracas y Buenos Aires. Conviene entonces recordar otra fórmula, la de Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar: “inventamos o erramos”, que no podría entenderse como desprecio por la ciencia universal acumulada, pero conmina de modo inapelable al análisis concreto de la realidad concreta).

Pero la confusión respecto de la coyuntura puede resultar más que gravosa si no se aclara a tiempo. Desde el punto de vista del capital, el próximo capítulo de esta historia no contempla el régimen democrático. Si el imperialismo consiguiera la adhesión del gobierno a sus demandas principales e impostergables, la confrontación con las masas podría tomar un curso gradual, que restrinja pero no quiebre los mecanismos de la democracia burguesa. Todo ocurriría tras la fachada del combate a la delincuencia y la seguridad ciudadana, ya montada. En caso contrario, se sucederán situaciones de ingobernabilidad que darán lugar a escenarios hoy impredecibles en sus rasgos precisos, pero inequívocos en su contenido: el reemplazo del consenso por la violencia directa como instrumento de control social y gobierno efectivo.

No se trata de prever qué hará en la coyuntura el gobierno presidido por Kirchner. Se trata de saber, con la certeza de la órbita lunar, que en un enfrentamiento entre el gran capital imperialista y sus socios de un lado, contra el capital local subordinado en Argentina (raquítico como pocos) y las capas medias del campo y la ciudad por el otro, no hay dos alternativas: sólo puede vencer el imperialismo.

Tampoco se trata de explicarle a Kirchner que para salvarse debe hacer la revolución socialista. O de proponer otro nombre para resolver así la encrucijada. Las explicaciones ofrecidas por teóricos de renombre que desde diferentes metrópolis -y también desde Buenos Aires- enseñan que en la última fase del imperialismo no hay solución sin abolición del capital son bienvenidas. Pero incluso si viene con etiqueta de Made in USA o en UE, es un acto de imperdonable irresponsabilidad dar por hecha la tarea ciclópea que la clase obrera y los revolucionarios tienen por delante como requisito para que la victoria sobre el capitalismo no sea simplemente una frase con la cual completar un artículo.

El primera paso es reconocer el cuadro de situación real. Hoy el conflicto social y político está enteramente en el campo del capital. Se ha llegado a este punto, luego de muchos recovecos dramáticos de la historia, por numerosas razones, que no excluyen la torpeza e incapacidad de autores y cuadros que se presentan como fuente de luz y energía para la revolución y en los hechos actúan como algo demasiado semejante a lo inverso. El gobierno es una de esas partes del capital en conflicto consigo mismo e incluso en su propio seno hay como mínimo cuatro fracciones de las clases dominantes y sus tentáculos. (Esta caracterización prescinde de la intencionalidad de no pocos de sus componentes y adherentes notorios). Si acaso se depurase de sus peores elementos (mafia, opus dei, gran capital dependiente en última instancia de uno u otro imperialismo), quedaría un gobierno del supuesto “capital nacional”, más o menos grande, mediano y pequeño, que en conjunto es exactamente nada frente al imperialismo.

Dicho de otro modo: con buenas o malas intenciones este gobierno no se sostendrá si no define el programa de acción capaz de congregar a las grandes mayorías contra el enemigo que ya apunta a su cabeza. Pero la tarea de los revolucionarios no consiste en decirle a los trabajadores con o sin empleo que deben apoyar -mucho menos integrarse- a este gobierno, sino que en primer lugar deben asumir los alcances de la crisis, debatir, resolver y adoptar su propio programa de acción. Es esto lo que definirá la relación con el gobierno de Néstor Kirchner. Si sus discursos son sinceros, en una política independiente de definida naturaleza antimperialista encontrará la única fuerza capaz de que no sean meras palabras. Si no lo son, la farsa quedaría expuesta de inmediato. Una organización -o un cuadro, o grupo de cuadros- revolucionaria no se comportaría con seriedad si adoptara una posición por confiar o no confiar en un individuo o grupo de individuos en la cúspide del poder, por mucho que haya argumentos y pruebas a favor o en contra. Es prueba de gran irresponsabilidad obrar según impulsos o corazonadas, para no hablar de quienes tienen como único argumento la mantención de sus aparatos.

El gran problema a resolver no consiste en juzgar las intenciones de quienes en el gobierno se proclaman defensores del pueblo y la nación, sino en que la clase obrera en Argentina no existe como clase para sí, es decir, consciente de su condición y de la naturaleza de sus enemigos. Los movimientos sociales estructurados (sindicatos, ciertas ONGs), con apenas alguna excepción están voluntaria o forzadamente integradas al aparato del Estado y económicamente dependientes de él. La mayoría de las organizaciones de desocupados o bien han sido directamente cooptadas por diferentes fracciones del gobierno -que tienen en sus manos los subsidios de los cuales éstas dependen en última instancia- o bien han tomado un camino de izquierdismo cuya insanable esterilidad está precisa y contundentemente explicada en el clásico de Lenin, “Izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo”.

De modo que, o bien se entiende la naturaleza contradictoria, transicional sin signo definido, de la coyuntura argentina actual, o bien se cae en los dos vicios señalados: el panegirismo pro-Kirchner o la incomprensión del doble papel que juega en esta fase su gobierno, dentro siempre del campo del sistema capitalista.

Cualquiera de estas desviaciones contribuye con la embestida de Washington y sus socios locales: enajenar una estrategia independiente para los trabajadores y el conjunto del pueblo redunda en el debilitamiento del gobierno al impedir que tome cuerpo una fuerza consistentemente comprometida con los derechos civiles y las garantías democráticas y con la defensa de los intereses de la nación frente a la voracidad imperialista. Por otro lado, peor aun que en experiencias anteriores el seguidismo a Kirchner atraerá al seno de las organizaciones que lo practiquen las fuerzas centrífugas que operan sobre el gobierno y alentará la autodisolución, la multiplicación de la confusión y las trabas para la organización de las masas. La enfermedad infantil del comunismo, por su lado, ofrece coartadas al enemigo mientras confunde y desarma a las masas (aunque acaso pudiera tener un costado positivo: mostrar como sectas minúsculas y estériles a grupos que circunstancialmente han podido aparentar otra envergadura).

Prueba de la desviación oportunista es el silencio -y en ciertos casos la defensa explícita- de cuadros y organizaciones autoproclamadas revolucionarias frente a temas tales como el Presupuesto, el pago de intereses al FMI, la continuidad de negociados siderales desde dentro mismo del gobierno, la vía libre para que privatizadas y grupos financieros continúen drenando las riquezas del país y enviándolas al Norte. Prueba del infantilismo izquierdista es el acto propio -«de izquierda»- el 24 de marzo (a su vez dividido), enfrentado al oficial en la ESMA, donde hijos de desaparecidos presentaron un programa de acción que brilló por su ausencia en la Plaza de Mayo horas después.

 

Fundamentos para el optimismo

Señalar los puntos débiles de la militancia revolucionaria frente a la coyuntura no presupone un balance negativo. La batalla no será fácil, pero hay bases reales para el optimismo. La ya aludida y reiterada crisis mundial del capitalismo concretada en pérdida de la iniciativa política por parte de Estados Unidos en América Latina; la estructuración todavía en ciernes, pero no por ello menos gravitante sobre la realidad de cada uno de nuestros países, de un bloque antimperialista donde las fuerzas revolucionarias concientes y consolidadas son menos que minoría, lo cual no obsta para que éste sea una dificultad potencialmente insuperable para Estados Unidos y otras metrópolis; el hecho clave de que el capital no tiene partidos con arraigo de masas capaces de aplicar no ya el programa que el imperialismo requiere hoy para sobrevivir, sino cualquier otro que pretenda mantener el statu quo, son la brecha por la cual una estrategia revolucionaria puede afirmarse, crecer y presentarse como alternativa real.

La movilización del 1° de abril reclamando seguridad mostró las bases objetivas y subjetivas para una salida fascista a la crisis, pero evidenció igualmente la muerte de los aparatos políticos de la burguesía (debieron apelar al padre de una víctima para montar su campaña) y la necesidad del imperialismo de tomar muy en cuenta los sentimientos democráticos de buena parte, acaso la mayoría, de las personas que acudieron al llamado de la “Cruzada Axel” y ahora contribuirán en todo el país con su firma a un proyecto que todavía no tiene ni puede tener conducción definida.

Se trata de comprender la necesidad de luchar por esa conducción. Es decir, de tener una política de masas. Es el fin inocultable de ese absurdo teórico y político denominado “frentismo de izquierda”, en muchos casos transformado ahora en “entrismo”. Asimismo es preciso tomar como punto de partida que, más allá de las vueltas que den, los aparatos del PJ y la UCR serán las columnas para que el caso Blumberg sea la catapulta de la reacción timoneada desde Washington.

La partición de aguas y la definición de cada uno (gobierno y organizaciones y corrientes que se proclaman revolucionarias) estarán dadas por el posicionamiento concreto ante esa avanzada reaccionaria. Sólo una miopía contumaz o deliberada impediría en esta coyuntura ensanchar el radio de acción de una perspectiva revolucionaria, que para lograrlo debe responder a la ofensiva estadounidense en Argentina, enarbolar un programa antimperialista y marchar con quienes lo asuman, a la vez que multiplica su labor educativa de las masas, organiza su fuerza en todos los planos, arma a sus cuadros y proyecta sus propios dirigentes.

 

NOTAS

1.- Esta caracterización está fundada y desarrollada en las tres ediciones anteriores de Crítica de Nuestro Tiempo.

2.- Ver “Esma y deuda externa”; América XXI, Buenos Aires, abril de 2004.

3.- Ver “El Sur busca respuestas propias frente a la crisis mundial”, América XXI, Buenos Aires, abril de 2004; y en esta misma edición, a continuación de esta nota, “Cumbre de las Américas en Monterrey: América Latina y el Caribe resisten a Estados Unidos”.

 

 

La espada de Bolívar

porLBenLMD

 

La reafirmación del presidente Hugo Chávez se proyecta hacia toda la región como decisivo impulso a una línea de acción convergente con otros gobiernos –sobre todo Brasil y Argentina– para avanzar desde Sudamérica en la unidad política y económica de América Latina y el Caribe, en términos de pluralidad y genuina democracia participativa. Los obstáculos a superar son inmensos, pero desde las gestas de la Independencia no se daban condiciones tan favorables.

 

Varios miles de hombres y mujeres, exhaustos y felices en el amanecer del 16 de agosto, frente a un minúsculo balcón del Palacio de Miraflores; entre ellos delegaciones y banderas de Argentina, Bolivia, Uruguay, Cuba, Brasil, Colombia, Ecuador. Un aguacero en la calidez de la madrugada tropical y un canto espontáneo hecho coro, que alude a la espada de Bolívar multiplicándose, otra vez, en América Latina. El instante congelado resume la nueva fase que comienza a recorrer la Revolución Bolivariana, ahora ratificada por el voto y la movilización sin precedentes de seis millones de ciudadanos: profundización de los cambios sociales y políticos en el plano interno, proyección hacia su entorno geopolítico inmediato: América Latina y el Caribe.

Si desde 1999 Venezuela ha sido motor de una dinámica regional tendiente a la convergencia tras el todavía vago pero no por ello menos plausible proyecto de unidad política transnacional, de ahora en más será factor de aceleración de ese proceso, por la sencilla razón de que, respondiendo a una necesidad universal e indiscutible de desarrollo económico y redención social, ha conseguido iniciar el camino en busca de soluciones con la participación democrática de las mayorías. La prensa internacional, los partidos y propagandistas que durante años describieron un Chávez tiránico, arbitrario y apoyado en una minoría manipulada, han debido tragar sus palabras y reconocer el ejemplo inédito de participación democrática de la ciudadanía en la implementación de un recurso constitucional sin par en el mundo: la revocatoria presidencial. «Hasta el gobierno de EE.UU. -con el que ayer Chávez buscó algún puente y dijo querer ‘retomar el nivel de relaciones’ que había con la anterior gestión de William Clinton- reconoció la legitimidad de los votos mayoritarios para Chávez»(1); «Hasta ahora todo sugiere que el triunfo de Chávez debe respetarse»(2); «El fracaso del referendo para echar a Hugo Chávez demuestra que, pese a sus reclamos, los adversarios no representan a la mayoría de los venezolanos»(3).

No es menos verdad que ahora Chávez afronta un punto crítico cuya resolución tensará todo el mecanismo. El sector más beligerante de la oposición interna pondrá más empeño que nunca -y no escatimará recursos- para evitar que su gobierno trasponga el punto de no retorno. El Departamento de Estado estadounidense alimentará a ese sector de la oposición interna, apelará a todos sus recursos, a escala internacional, para impedir la limpieza y reordenamiento del sistema judicial y la sanción de una ley de prensa -que impida la enajenante labor de ocultamiento, tergiversación y mentira llevada a cabo sin pausa por los medios de difusión de masas(4)-, y buscará presentar esas medidas como ataques a la democracia. La limpieza de las propias filas oficiales de focos de corrupción, despilfarro y autoritarismo, ya adelantada con énfasis por el propio Chávez, provocará conflictos que eventualmente podrán ser utilizados para poner en cuestión ante la opinión pública internacional el carácter democrático del régimen venezolano. Con todo, es improbable que estos recursos logren desdibujar el mensaje político enviado por la Revolución Bolivariana a los restantes gobiernos de la región: no se conquista el respaldo de las mayorías sin la adopción de medidas resistidas por los centros de poder locales e internacionales; no se afirma y consolida ese respaldo sin la participación democrática de aquellas mayorías en la gestión de la cosa pública.

Así, Venezuela aparece en el centro de un círculo virtuoso de medidas económicas y decisiones estratégicas relativas a la recuperación de la soberanía, la redistribución de la riqueza y la superación de las calamidades del atraso, mediante un replanteo conceptual y práctico de la democracia.

El fenómeno está lejos de limitarse a aquel país. De hecho, no es allí donde primero apareció y se puso en marcha esa dinámica en esta etapa de la historia, aunque sin duda es la figura de Hugo Chávez la que tomó el lugar de vanguardia política en el último período. En una perspectiva más abarcadora, es la Revolución Cubana la que puso en cuestión la cáscara vacía de la democracia representativa y ensayó una combinación de protagonismo de masas en la adopción de medidas radicales de transformación social. A partir de otra realidad, el nacimiento y desarrollo del Partido de los Trabajadores de Brasil encarna otra vía de búsqueda y formas diferentes de plasmación, para los mismos objetivos. La experiencia trunca de Salvador Allende en Chile o la expectativa ahora mismo planteada por el Frente Amplio de Uruguay son igualmente expresiones de una misma necesidad. No menos representativos de esa exigencia histórica son los convulsivos procesos políticos vividos en Argentina, Bolivia o Perú. Desde la primera Revolución del siglo XX, en México, hasta la dramática experiencia de Haití, Ecuador, Colombia o Paraguay, la búsqueda y la necesidad de aunar cambios revolucionarios y protagonismo democrático ha sido una constante; y la imposibilidad de combinarlas de manera eficiente una causa mayor para las desviaciones y fracasos que jalonan la historia continental.

Sin embargo, esta nueva oportunidad tiene rasgos diferenciales que en todos los casos favorecen la perspectiva de un desenlace positivo. La convergencia objetiva que a ritmo acelerado viene operándose entre países suramericanos desde la reunión extraordinaria de la Cumbre de las Américas en Monterrey -donde George W. Bush sufrió un sonoro fracaso en enero pasado-, hasta el encuentro de los 19 países integrantes del Grupo de Río, al que Brasil propuso el pasado 21 de agosto la incorporación de Cuba, ocurre en un cuadro internacional en todo y por todo diferente a cualquier otro del pasado reciente o remoto. Y esas diferencias operan en detrimento de los grandes centros del poder mundial y a favor de América Latina y el Caribe.

Cabe observar de cerca la aludida reunión del Grupo de Río. A través del canciller Celso Amorim, el gobierno brasileño presidido por Lula da Silva intentó dar un paso más en la recomposición del sistema político regional, proponiendo que Cuba se integrara al organismo. No se trata de un detalle: en 1962 Estados Unidos logró que la Organización de Estados Americanos expulsara a la isla de su seno. La sola gestión de Itamaraty es indicativa del cambio en las relaciones de fuerza. Con la oposición explícita de sólo seis países -México, Chile, Uruguay, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica-(5), quedó claro el nuevo realineamiento hemisférico. El desmentido inmediato de la canciller chilena(6), y el hecho de que el presidente de Uruguay, Jorge Batlle, termina su mandato en octubre, son indicativos de que Suramérica queda alineada con una propuesta que implica la recomposición de una instancia política latinoamericano-caribeña.

Con este movimiento sobre el tablero regional, el gobierno brasileño retoma un protagonismo menguado en el último período y lo hace en consonancia con los gobiernos de Argentina y Venezuela, aparte obviamente del de Cuba. Basta presumir un bloque semejante, plural en todos los órdenes, abroquelado tras un programa de progresivo avance tras una «Confederación Suramericana de Naciones» y de integración económica acelerada, para intuir el drástico cambio en ciernes (en todo caso, muy posible) en el mapa político regional y el impacto en las relaciones de fuerzas a escala mundial.

 

Paradojas de la victoria

A la inversa, es presumible que el proceso interno en Venezuela se vea influenciado por la gravitación de este nuevo bloque. Se trata de la paradoja de la victoria. La sucesión de fracasos estadounidenses en los intentos de derrocar a Chávez, impedir que Brasil salga de la órbita del Norte, poner bajo control a Colombia, deshacerse de Fidel Castro, mantener a Argentina como aliado incondicional, armar un nuevo esquema militar hemisférico bajo su mando directo e imponer el Área de Libre Comercio de las Américas, plantea un desafío estratégico: impedir que Washington recurra a su ultima ratio: la guerra.

Chávez es, probablemente, el líder regional más consciente de la magnitud de este dilema. Sobre Venezuela está constantemente latente la amenaza de intervención militar desde la vecina Colombia, en una reiteración ajustada a la nueva realidad del formato utilizado por la Casa Blanca contra la revolución sandinista en Nicaragua, en los años 1980. Mientras diariamente son asesinados campesinos venezolanos en la frontera con Colombia bajo el fuego de comandos paramilitares de ese país, los presidentes de ambos países firmaron una serie de acuerdos económicos y encararon la construcción de un gasoducto binacional. La flexión le costó caro al Presidente colombiano: como de rayo, una oportuna investigación periodística del semanario Newsweek descubrió y denunció, tarde pero seguro, supuestos vínculos de Álvaro Uribe con el narcotráfico.

Si éste es el caso más sobresaliente de las contradictorias fuerzas que operan sobre las clases dominantes suramericanas y hacen marchar en zigzag a más de uno de sus dirigentes, las dificultades no son menores en relación con otros países, cuyos regímenes son de naturaleza diferente pero no por ello menos heterogéneos en el conjunto regional. Los procesos sociopolíticos en curso sobre todo en Brasil y Argentina y un Mercosur integrado ahora también por Venezuela, vuelcan el equilibrio de la balanza suramericana a favor de un bloque regional con autonomía frente a Estados Unidos y, por ello mismo, contrapuesto a la voluntad de Washington. Toda brecha circunstancial o duradera en ese bloque en gestación, sin embargo, sería utilizada por la Casa Blanca. Así como el presidente Chávez no puede desconocer que su victoria el 15 de agosto incluye un 40% de los votos arrastrados por la oposición, en el plano regional cuentan las desigualdades y flancos débiles si se trata de impedir que el Departamento de Estado pueda siquiera imaginar una respuesta como la que aplica en Irak. Avanzar en la unidad política y la integración económica de América Latina y el Caribe supone, por tanto, un lugar predominante para la estrategia de paz en la región. Adelantándose a esa exigencia, en el conjunto de definiciones de Chávez luego de confirmada su victoria en el referendo, sobresalió la propuesta de debatir un nuevo concepto estratégico de seguridad para América Latina.

 

Otros cambios

Sea como sea que se desenvuelvan los acontecimientos futuros, este conjunto de cambios reales y potenciales configura ya un nuevo papel para Suramérica en el concierto mundial. Recientemente el ex secretario de Estado Henry Kissinger señaló «el alejamiento estructural estadounidense de Europa»; registró que «Rusia, China, India y Japón han tenido relaciones mucho menos belicosas con Estados Unidos que algunos aliados europeos» y, dado que «cada uno de estos países tiene interés, como mínimo, en alejar la posibilidad de una derrota estadounidense en Irak», propuso una orientación estratégica tendiente a tejer una nueva alianza con estos países: «la diplomacia estadounidense está llamada a crear los elementos de un nuevo orden mundial así como hizo con éxito en la década inmediatamente posterior a la Segunda Guerra» 7.

Aparte de la inconsistencia de emplazar otro «nuevo orden mundial» con uno de sus mayores rivales en disputa por los mercados mundiales, Japón (la segunda economía más grande del mundo, que después de recuperarse durante el primer trimestre a un ritmo del 6,6% volvió a caer un 1,7% en el segundo), la ilusión de una alianza estratégica con Rusia, China e India no es sino el reconocimiento de una fuga hacia adelante. Sin necesidad de adentrarse en los problemas estructurales, económicos y geopolíticos que contraponen al centro imperialista con Rusia y China, basta registrar la derrota sufrida por Estados Unidos en la Organización Mundial del Comercio en la reunión de Cancún, a mediados de septiembre del año pasado, y la creación del Grupo de los 20 con Brasil como eje, para comprobar cuál es la dinámica probada de aquellos tres países. Pero si Brasil pudo ser un centro de gravitación frente a ellos, tanto más lo sería un bloque suramericano con eje en Caracas, Brasilia y Buenos Aires (Calcagno, pág. 8) y la inexorable suma de los restantes países del área. El wishfull thinking del estratega imperial es revelador, por su simple enunciación, de un dato mayor: Estados Unidos está compelido a disputar con un bloque suramericano todavía invertebrado, que antes mismo de erguirse proyecta su fuerza a escala global. En febrero pasado se reunió en Caracas el Grupo de los 15. Allí estaban las grandes economías del Sur del planeta, entre ellas Brasil e India (potencia ésta tan codiciada por Kissinger, que sin embargo en la cumbre descolló por su determinación a favor de la estrategia Sur-Sur), pero también Nigeria, Indonesia, Irán y, por supuesto, Venezuela. Sin incorporarse todavía, China ha encaminado su diplomacia hacia una convergencia con el G-15.

Dada su extrema heterogeneidad ese conjunto de economías con peso decisivo para componer un equilibrio mundial contrapuesto al actual, para alcanzar la cohesión necesaria y ser un polo de poder mundial requiere sin embargo de un centro con suficiente fuerza de gravitación. Eso es potencialmente Suramérica. Y esa potencialidad toma cuerpo con la consolidación de Hugo Chávez, la reafirmación por parte de Lula de una línea de convergencia política e integración económica regional y los pasos, aún dubitativos y a veces contradictorios, del gobierno argentino.

Nunca en la historia, desde las guerras de la Independencia, hubo un contexto más favorable para la consolidación de una Confederación Suramericana de Naciones. Nunca fue tan necesaria la intervención de un centro político suficientemente lúcido y fuerte como para neutralizar la dinámica expansionista y eventualmente guerrerista de las grandes potencias. Resta saber si las dirigencias actuales o en gestación serán capaces de combinar, en la exacta medida y al ritmo de las exigencias, la capacidad de libre participación de las mayorías ciudadanas y la hondura de los cambios ineludibles. Las calles de Venezuela pobladas de hombres y mujeres con vestimentas y gorras rojas, las multitudes enforvorizadas en interminables colas para votar por Sí o por No; la victoria límpida y exultante de los humildes, son un inspirador punto de partida.

  1. «La oposición venezolana, aislada y dividida», Clarín, Buenos Aires, 20-8-04.
  2. Editorial, La Nación, Buenos Aires, 21-8-04.
  3. The New York Times, 18-8-04.
  4. Luis Britto García, Dictadura mediática en Venezuela, Ediciones Le Monde diplomatique, Buenos Aires, agosto de 2004.
  5. Juan Arias, «El gobierno de Brasil fracasa en su intento de integrar a Cuba en el Grupo de Río», El País, Buenos Aires, 23-8-04.
  6. «La canciller chilena Soledad Alvear afirmó que Santiago está de acuerdo con abrir un diálogo político entre el Grupo de Río y La Habana, desmintiendo así que su gobierno haya vetado una posible incorporación al mismo de ese país caribeño, como difundió la prensa brasileña», ANSA, Santiago de Chile, 23-8-04.
  7. Henry Kissinger, «Se desplazan los polos de poder», Clarín, Buenos Aires, 5-8-04.

suramérica como nuevo factor geoestratégico

Desplazamientos del poder mundial

PorLBenAXXI

 

Días atrás los habitantes de poblaciones cercanas a un reactor nuclear israelí recibieron pastillas antirradiación. Fue una medida preventiva adoptada por el primer ministro Ariel Sharon, quien poco antes amenazó con atacar a Irán y recibió la presumible respuesta de Teherán: «si lo intentan, barreremos del mapa a Israel».
Irán no tiene armas atómicas; y expertos en la materia sostienen que, en la mejor de las hipótesis, podría contar con ellas en tres años. Washington cree que el gobierno iraní apoya a la resistencia iraquí y ha resuelto alentar a Sharon contra Teherán. Por lo pronto, Israel ya ha desplegado misiles en posiciones capaces de alcanzar a Irán y calienta los motores de sus bombarderos F-15. Ante la explícita amenaza, el ministro de Defensa iraní Alí Shamkhani declaró el 18 de agosto a la televisión Al Yazira que algunos de sus comandantes consideran necesario golpear primero. Una hipótesis supone que esa táctica se llevaría a cabo mediante organizaciones islámicas como Hezbollah, operando desde Líbano. Este país quedaría en tal caso también como objetivo bélico para Israel, con el riesgo cierto de que la guerra se extendiera a Siria y arrastrara a Egipto.
El escenario está montado. En breve o a mediano plazo, la inexorable lógica de la guerra que Estados Unidos no puede ganar en Irak, se expande a la región. Y reaparece sobre el planeta la amenaza del uso de armas atómicas.

 

Gigante herido de muerte

No es George W. Bush quien empuja esta maquinaria diabólica. Es la crisis que atenaza el corazón del imperialismo. La guerra es una necesidad, un remedio que calma los síntomas, mientras acelera la enfermedad. Estados Unidos sufre hoy de un déficit gemelo de proporciones inconmensurables, que traba el funcionamiento del mecanismo capitalista y lleva a su destrucción. La sobreproducción de mercancías agudiza la competencia, acelera la caída de la tasa de ganancia y pone cada día en un escalón más alto la lucha por los mercados y el control geoestratégico. Estos son los motores de la creciente confrontación interimperialista.
El país más poderoso del mundo muestra saldo negativo tanto en su balance fiscal como en la cuenta corriente. Esta última tiene un déficit de 600 mil millones de dólares, equivalente al 6% del Producto Bruto Interno. Esto ocurre en parte por el desbalance comercial, pero también por una novedad: por primera vez en Estados Unidos, salen más divisas de las que ingresan. Los millonarios árabes, pero también los europeos y hasta los propios estadounidenses, no ven atractivos para invertir su dinero en Estados Unidos y optan por otras plazas. La Reserva Federal se ve obligada a subir la tasa de interés, pero debe hacerlo en proporciones homeopáticas para no acelerar la recesión. El punto medio hallado hasta el momento por Alan Greenspan tiene el raro mérito de provocar los dos efectos no deseados: aceleración del drenaje de divisas y enfriamiento de la economía.

 

Otro escenario

Para afrontar este descomunal déficit gemelo, Washington apela a un recurso de uso exclusivo: imprime moneda. Pero esto a su vez es un nuevo factor para empujar hacia abajo la moneda estadounidense: desde mayo pasado hasta hoy el dólar se devaluó un 5%. Y desde 2002 registra una caída del 23%.
Si por un lado aquella caída augura a término nuevos terremotos bursátiles, por otro produce fuerzas centrífugas entre los tres centros del imperialismo, con énfasis en la fractura entre Europa y Estados Unidos. Henry Kissinger traza una línea estratégica frente a ese fenómeno: «el alejamiento estructural estadounidense de Europa se está produciendo en un momento en que el centro de gravedad de la política internacional está trasladándose a Asia, donde las relaciones han sido de mucha menor confrontación (…) Rusia, China, India y Japón han tenido relaciones mucho menos belicosas con Estados Unidos que algunos aliados europeos». Sin explicitarlo, el ex secretario de Estado estadounidense reconoce que en Irak Washington confronta estratégicamente con la Unión Europea y quiere creer que Rusia, China, India y Japón «tienen interés, como mínimo, en alejar la posibilidad de una derrota estadounidense en Irak», mientras la UE necesita lo contrario.
Washington pretende, entonces, recomponer el cuadro político mundial colocando en su órbita a aquellos cuatro países, mediante una combinación de acuerdos y presiones extremas siempre basadas en su supremacía militar. Como alerta una y otra vez el comandante Fidel Castro, este curso de acción pone en peligro la subsistencia de la humanidad. Mientras tanto, en Suramérica se ha consumado en los últimos meses un bloque de gobiernos enfrentado con Estados Unidos. Gobiernos muy diferentes uno del otro en naturaleza y carácter, se ven compelidos a resistir de manera orgánica a escala continental; y al hacerlo cambian el cuadro de relaciones de fuerzas, no sólo latinoamericano y al interior de cada uno de los países de la región, sino a escala mundial: los acuerdos firmados en febrero último por la cumbre presidencial del Grupo de los 15, van exactamente a la inversa de las pretensiones estadounidenses. En otras palabras: frente al acelerado deterioro del sistema económico y político planetario, frente al belicismo estadounidense, hay una respuesta positiva desde América Latina. El fortalecimiento y la proyección de la revolución bolivariana tras el referendo que ratificó a Hugo Chávez coloca a Venezuela en la vanguardia política de esta respuesta a la crisis global. Y a Suramérica como una esperanza frente al curso desenfrenado del imperialismo.

El coraje de decir NO

PorLBenAXXI

 

Vencedores y vencidos: murió la 4ª República en Venezuela el 15 de agosto. Y George W. Bush sufrió su tercera derrota en dos años de constante acoso contra el presidente Hugo Chávez. Con el antiguo régimen cayeron aparatos partidarios y gremiales ya vaciados, en la última oportunidad que tuvieron -y malversaron- de representar a una masa social contraria al gobierno, que ya no los reconoce como dirigentes. El fortalecimiento de Chávez abre el camino para la profundización de la Revolución Bolivariana y afirma un cambio en las relaciones de fuerza a escala continental, a favor de los países al sur del Río Bravo y en detrimento del imperialismo con sede en Washington. En cinco semanas las elecciones por gobernadores, alcaldes y algunos diputados, auguran una nueva victoria para Chávez.

 

A las 5.30 de la madrugada del 16 de agosto culminaba una jornada trascendental para Venezuela: el presidente Hugo Chávez había ratificado con una ventaja de 20 puntos por sobre quienes pretendían sacarlo del gobierno mediante la figura constitucional del referendo revocatorio. La lluvia fría no aplacó el entusiasmo de la multitud exhausta, agolpada frente a un pequeño balcón del Palacio de Miraflores. Miles de hombres y mujeres acudían a celebrar una victoria de la que jamás dudaron, aunque hasta último momento temieron les fuera arrebatada por un nuevo fraude. Había fuego en sus miradas. El agotamiento de 27 horas de esfuerzo se esfumaba al calor de una energía que emanaba de cada uno, cobraba entidad propia y se derramaba sobre todos, produciendo un efecto excepcional: la individualidad se proyecta multiplicada por el ensamblaje espontáneo con otras muchas voluntades, extrae poderes desconocidos para rehacerse y recorrer otra vez el camino hacia todos, con todos.

Esa multitud abigarrada y feliz, hermanada por el objetivo alcanzado, se repetía en las barriadas pobres y en las capitales de todo el país. Durante el largo día anterior había dado una rara prueba de maduración política. Se había mostrado tenaz, valiente, dueña de una sorprendente cultura política. Desde las 3 de la madrugada del día anterior, según la consigna lanzada por el propio Chávez, había salido rumbo a su centro de votación, dispuesta a largas colas hasta llegar al temible aparato donde registraría su primer voto electrónico, que más tarde viajaría por el inescrutable mundo cibernético hasta llegar al Consejo Nacional Electoral (CNE). Luego la inexperiencia en esta manera de votar, la irracional disposición de los centros de votación, la sucesión de medidas para evitar el fraude, la ausencia -por desidia o premeditación- de numerosos operadores de las máquinas de votación y el aluvión sin precedentes de votantes, produjeron una aglomeración traducida en kilómetros de colas y hasta 12 o más horas de espera para emitir el voto.

En esas filas interminables, coloridas y prontas a explotar en algarabía, sonrisas y puños en alto al paso de una cámara de televisión o un grupo de periodistas, ocurrió el fenómeno acaso más significativo de la jornada: acérrimos partidarios del Sí e irreductibles defensores del No convivieron horas interminables en un clima de fraternidad y alegría. Conducta inexplicable ateniéndose sólo a lo que formalmente estaba en juego: cualquier observador al tanto del conflicto social que sacude a Venezuela recuerda qué ocurrió en abril de 2002, cuando la dirigencia opositora logró -aunque por escasas 47 horas- derrocar al presidente Chávez, abolir la Constitución, clausurar el Congreso, acallar el canal de televisión del Estado y encarcelar a cientos de dirigentes mientras el primer mandatario permanecía secuestrado. Sólo un incidente confirmó esta regla general: un joven de 21 años del Frente Francisco de Miranda fue asesinados de un balazo en la espalda en una cola de votación. Pero la conciencia y disciplina de este nuevo y acaso decisivo actor en el escenario político venezolano, redujo el crimen a un acto de provocación y evitó la confrontación que desde la cúpula opositora se estaba promoviendo.

Imposible saber cuántos electores y electoras, después de muchas horas de espera, renunciaron a llegar a la misteriosa máquina de votar. En 2000 la abstención había alcanzado un 43%. Ese elevadísimo nivel cayó esta vez al 27%, en un universo electoral que pasó de 10 a 14 millones de ciudadanos. Son cifras indicativas del giro copernicano en la participación política de la sociedad. Ciertos cálculos suponen que, de no haberse producido el cuello de botella que frenó el flujo de votación, la abstención hubiese estado por debajo del 15%.

Pero la irracionalidad del dispositivo comicial no es inocente: 7 millones y medio de ciudadanos -el 54% del total- vota en el 19% de los centros electorales. Esa aglomeración tiene, claro, líneas muy netas de división social: en los barrios elegantes, con centros electorales de 2 a 3 mil inscriptos, el trámite se completaba en pocos minutos. En el resto del país, a la hora de cierre de las urnas había miles de personas haciendo cola. El CNE extendió el horario hasta la medianoche. Llegada esa hora el panorama apenas si había cambiado y fue necesario extender nuevamente el plazo. El estoicismo de quienes soportaron 12 o más horas de espera avala la afirmación de un observador bien informado: “esos 6 millones por Chávez no son de votantes, sino de militantes: allí está la fuerza de la Revolución Bolivariana”. Cabe agregar que buena parte de los 3 millones 800 mil votos contrarios a Chávez mostró igualmente un inusual fervor cívico, disposición al sacrificio y, fuera de los barrios exclusivos de las clases altas, una actitud mayoritaria no agresiva ni despectiva respecto de lo que, claramente y a simple vista cuando se recorre Venezuela, constituye la mayoría abrumadora del país. Sin embargo, a esa misma hora, la sede del comando opositor estaba desierta: el llamado de los dirigentes que negaban la victoria del No y alegaban fraude, no fue escuchado. Junto con la derrota, se consumaba el divorcio definitivo de la oposición a Chávez y la dirigencia de la llamada Coordinadora Democrática.

 

Detrás de los números

América XXI fue testigo de horas dramáticas en el Palacio de Miraflores, durante la madrugada del lunes 16. Las cifras estaban claras desde la media tarde. Pero una bien tramada conspiración procuró hasta último momento oscurecer el resultado, alegar fraude y provocar el choque violento impedido antes y durante el referendo por obra de una eficiente labor de inteligencia disuasiva y la remarcable maduración política de la ciudadanía. Desde la media tarde, mientras una empresa encuestadora proveniente de Argentina comenzó a difundir de manera subrepticia a la prensa datos groseramente falsificados de los resultados que daban los sondeos en boca de urnas, la cúpula opositora de proclamó ganadora. Orgánicamente asociado durante largos años a la corriente política representada en Venezuela por Acción Democrática (el partido de Carlos Andrés Pérez, quien desde el exilio desestimó el referendo y llamó a “matar a Chávez como a un perro”), el conspicuo encuestador era apenas un engranaje del mecanismo destinado a desconocer el resultado del referendo, imponerle a Chávez una falsificación que lo mostrara con una diferencia favorable de apenas dos puntos o, en caso contrario, alegar fraude, obtener el respaldo de los observadores de la Organización de Estados Latinoamericanos (OEA) y el Centro Carter, y desatar la inexorable reacción violenta de la masa popular a favor del No que, movilizada en todo el territorio, esta vez no permitiría que se le arrebatara la victoria. Era el cuadro laboriosamente preparada por la Coordinadora Democrática (CD) a través de los medios de comunicación de masas en todo el mundo: Chávez no acepta la derrota, intenta un fraude, detonan choques sociales en todo el país y se hace necesario activar la Carta democrática de la OEA y enviar tropas de paz a Venezuela.

La clave formal de esta escalada residía en la OEA y el Centro Cartier. La CD repitió una y otra vez que sólo reconocería los resultados del referendo si estaban avalados por estas instituciones extranjeras. Lo mismo hizo, oficialmente, el gobierno de Washington. A la una de la madrugada, en el solemne salón de reuniones del gabinete ministerial de Miraflores la algarabía apenas contenida de un puñado de hombres y mujeres exultantes por la victoria mudó de pronto en pesado silencio y gestos de honda preocupación: alguien informó que la CD persistía en su alegación de fraude y el titular de la OEA, César Gaviria, se alineaba con ella. Carter callaba. Mientras tanto, en las barriadas pobres de Caracas decenas de miles aguardaban su turno para votar. Y quienes ya lo habían hecho, se desparramaban por la ciudad. Un general de alta responsabilidad dijo a este corresponsal: “nuestra única garantía es que el pueblo se mantenga en la calle”.

 

Prueba de fuego

Es en estas circunstancias donde se ponen a prueba las estrategias políticas, la capacidad para medir una coyuntura y el temple para afrontarla. Agentes multiformes de un pasado que se resiste a morir calzan un anillo de hierro en torno a la voluntad popular y chantajean con la rendición o la guerra. Cuando Chávez se retiró del salón, nadie supuso que la opción sería resignar la victoria.

Recién a las 4.30 de la madrugada cedió la tensión, cuando el presidente del CNE, Francisco Carrasquero, apareció en las pantallas de la televisión para anunciar un resultado ya irreversible, contabilizados el 94% de los votos emitidos por vía electrónica: No 58%m Sí 42%. De inmediato las televisoras privadas dieron paso a portavoces de la CD, que negaron el resultado, se proclamaron vencedores y convocaron a una concentración. De Carter y Gaviria no hubo noticias.

Desde fuera del Palacio llegaba el eco de ovaciones, estruendos y canciones. Dentro, explotó la alegría y a medida que ministros, altos funcionarios civiles y militares, se dirigían al bello patio central de Miraflores, hombres y mujeres sumándose desde pasillos y oficinas como vertientes de un río que sale de cauce, reían y lloraban, se abrazan sin dejar de argumentar razones que nadie podía oír, hasta que como siguiendo un llamado inaudible, todos comenzaron a cantar el Himno, sin dejar de reír y llorar y con los puños en alto.

Una hora faltaba todavía para que Hugo Chávez saliera a hablar desde el pequeño balcón colonial. La suerte estaba echada: vencía el No, lo aceptara quien lo aceptase. Una fuerza envolvente e irresistible conectó a la muchedumbre con el hombre solitario en el balcón. Estaba allí, concentrada y palpable, la energía desbordada que en el pasado reciente fue capaz de vencer un golpe de Estado y transformar un sabotaje petrolero sin precedentes en victoria igualmente inédita, pese a que por detrás de los golpistas y saboteadores estaban el poder inabarcable del gobierno estadounidense, los medios de comunicación y las instituciones de la república moribunda. La intensidad subía grado a grado mientras el presidente ratificado presentaba uno a uno, en silencio, a sus ministros y principales colaboradores en el Comando Maisanta, órgano directivo de la campaña por el No. También salió abrazado a sus hijos. Luego, con sus primeras palabras, comenzó la lluvia.

Y así prosiguió durante más de una hora, con un hombre explicando su plan de gobierno y miles de personas concentradas en grado máximo en cada concepto: ha muerto la 4ª República; ahora debemos hacer la revolución dentro de la revolución; profundizaremos el proyecto estratégico; tendemos una mano a quienes nos adversan, para vivir en democracia y en paz…

 

Dueños de la victoria

En el referendo que debía revocarlo, Chávez obtuvo 6 millones de votos; más del doble de los que en 2000 lo consagraron presidente. Ganó en 22 de los 24 Estados y en los dos restantes perdió por pocas décimas. Y esto a pesar de que, desde mediados de 2001, no tuvo un día de sosiego para gobernar. Pese a esto y a la suma de errores y debilidades de las políticas aplicadas en cinco años y medio, la afluencia de masas a favor de la Revolución Bolivariana no dejó de aumentar y consolidarse. El primero que se sumaría al conjunto popular inicial fue el proletariado industrial; luego, sectores significativos de las clases medias. Finalmente, franjas marginalizadas durante décadas y rescatadas del abismo por una consistente política de inclusión en todos los planos.

 

Otra democracia

La clave para esta operación de masas estuvo en una fuerza nueva, vital y de ilimitada proyección futura: el Frente Francisco Miranda, integrado por miles de jóvenes reclutados con el programa y la mística de la Revolución Bolivariana, educados a las prisas en los rudimentos de la comprensión teórica y el accionar político y lanzados hacia los cuatro puntos cardinales al encuentro con las mayorías desposeídas. Adolescentes varones y mujeres, tras recibir muchos de esos cursos de trabajo social en Cuba, fueron los motores de una serie de operaciones clave: cedular (ciudadanizar) a 3 millones de habitantes que no tenían documentos de identidad; promover y llevar a cabo la campaña de alfabetización denominada Misión Robinson (que enseñó a leer y escribir a 1 millón 250 mil personas); difundir y respaldar la Misión Barrio Adentro, mediante la cual con el concurso de médicos cubanos se llegó a dar atención sanitaria personalizada y gratuita a 17 millones de personas hasta entonces carentes de este servicio. Fue esta fuerza juvenil la que inervó las Patrullas (equipos de un mínimo de 10 integrantes), que dirigidas por las UBEs (Unidad de Batalla Electoral), tejieron una densa trama política extendida a cada rincón del país. En los días finales de la campaña por el referendo existían 118 mil Patrullas. Se trata de la protoestructura política que la Revolución Bolivariana no logró estructurar hasta ahora. Chávez insistió en que esa organización no se desactivará: ahora encara la campaña para ganar gobernaciones, alcaldías y diputaciones, en las elecciones programadas para el 26 de septiembre próximo.

Tan contundente, traslúcida y masiva, tan inobjetablemente democrática fue la jornada electoral del 15 de agosto, tan resuelta y potente la determinación de la mayoría de los venezolanos y de su gobierno, tan macizo el reconocimiento de dos centenares de personalidades de todo el mundo actuantes como observadores y testigos de la victoria del No, que el intento de desconocer los resultados no pudo ser avalado por James Carter; su pronunciamiento dejó sin opciones a Gaviria y el de ambos arrojó a la CD a un abismo en el que la derrota electoral es menos gravosa que el ridículo y el consecuente aislamiento dentro y fuera del país.

Sin ese lastre, Chávez se apresta a acelerar la afirmación de la Quinta República. Encara la recomposición del sistema judicial (corrupto hasta la médula, al punto de votar que el 11 de abril no hubo golpe de Estado en Venezuela); dará curso a una ley de prensa que pondrá límites a la manipulación monopólica y golpista de la información pública; se propone acelerar los planes de desarrollo productivo y descentralización administrativa y poblacional; asegura su voluntad de avanzar a paso redoblado hacia la unidad política de Suramérica y propone ya discutir una nueva doctrina de seguridad estratégica para América Latina y el Caribe, con los pueblos como protagonistas e incorporados masivamente a la toma de decisiones políticas; alude al comienzo de una fase poscapitalista y a un activismo internacional basado en la proyección del Grupo de los 15 a partir de afirmación de un bloque suramericano que, con apoyo en un eje energético común, medios conjuntos de comunicación de masas e instituciones financieras comunes e independiente de los centros del Norte, consolide un nuevo centro de poder mundial, sobre la base de la soberanía, la igualdad y la paz.

Desde sus primeras palabras en la madrugada del 16 de agosto, casi como si dejara atrás la victoria y pusiese todo su empeño en la nueva etapa, Chávez enfatizó una y otra vez la necesidad de profundizar la revolución y, como primer paso, combatir la corrupción “fuera, pero sobre todo dentro del Estado y el gobierno”. “Quienes quieran hacer negocios, deben irse de nuestras filas”, dijo con tono inequívoco.

Estas palabras, aquel programa y la victoria electoral que las avala, retumban más allá de la frontera venezolana. El triunfo del No puede ser una lección ineludible y una fuerza arrolladora en toda la América del Sur.

 

Uruguay frente a una elección trascendental

porLBenLMD

 

Menos de la mitad de los ciudadanos concurrió a votar en las primarias del domingo 27 de junio. Con un caudal inferior al esperado, la coalición de izquierda obtuvo el primer lugar, 42,8%, frente al 38,6% del Partido Nacional, donde se impuso Jorge Larrañaga. Se anuncia así una dura disputa para las presidenciales. Tupamaros alcanzó el 32% de las adhesiones al interior del Frente Amplio y el Partido Socialista superó los pronósticos, con un 20%.

 

Apenas se toma contacto con Montevideo, choca el contraste entre la magnitud de la opción en juego en las elecciones de octubre próximo y la apatía de una ciudadanía destacada en la región por su elevada cultura política. Ese clima social resulta tanto más paradójico si se tiene en cuenta que el país es víctima de un derrumbe económico sin precedentes y que, según todas las encuestas, es altamente probable que en los comicios presidenciales se imponga una coalición formada en torno del tradicional bloque de izquierdas denominado Frente Amplio (FA).

Podrían ser esas mismas razones, sin embargo, las que alimentan aquella sorprendente combinación de desidia y pasividad que al menos en la superficie prevalece en el conjunto social: la brutal contracción económica (Gargano, pág. 15) obra en determinadas condiciones como freno para todos aquellos que tienen siquiera un escuálido salario que perder y, al entrelazarse con la representación política que podría encarnar un cambio, a la vez permite y provoca en ésta la acentuación de sus rasgos conservadores. Este resultado a su vez quita todo entusiasmo y vigor a quienes, tanto por apoyar como por contraponerse a proposiciones más revolucionarias, encienden las pasiones de la sociedad. Desaparece o se achata así el debate ideológico y político. Un ejemplo basta: en 48 horas un precandidato del Partido Blanco, Luis Alberto Lacalle, y el candidato frenteamplista Tabaré Vázquez, propusieron a Enrique Iglesias como futuro ministro de Economía. La anécdota es más contundente si se tiene en cuenta que Iglesias es el actual presidente del Banco Interamericano de Desarrollo.

Como quiera que sea, Uruguay transita el último tramo hacia el 31 de octubre, fecha de las elecciones, en medio de una calma triste, una resignación apenas desmentida por la esperanza de la mitad de la población, convertida en convicción: los partidos tradicionales, Blanco y Colorado, gobernantes desde siempre, serán desplazados esta vez por la coalición Encuentro Progresista-Frente Amplio-Nueva Mayoría (EP-FA-NM).

 

No ceder el poder 

Resignación no es sin embargo la palabra que describe a todo el país ni resume la coyuntura política. Las dirigencias tradicionales no descansan. Conscientes de ello, tampoco lo hacen los cuadros de las incontables tendencias que componen el EP-FA-NM. Y tanto menos quienes desde las metrópolis del mundo desarrollado comprenden el papel que podría cumplir un gobierno progresista en el actual cuadro suramericano.

Ya estas páginas han aludido en otras oportunidades (Artículos publicados, pág. 14) al papel estratégico asignado en su momento por el imperialismo inglés a la «Banda Oriental». Tanto más que dos siglos atrás, Uruguay contradice ahora las magnitudes geográfica y económica del país con la posibilidad de obrar, según lo ubique quien gobierne, como «Estado tapón» o como factor integrador de una región atravesada en este período histórico por un complejísimo juego de fuerzas. En esta confrontación sobresale la pugna de Estados Unidos por imponer una anexión mediante subterfugios tendientes a conformar una fuerza militar única bajo su mando, imponer su moneda como divisa común y el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), frente a una multifacética resistencia a tales planes que tiene hoy punto de apoyo (y de inestabilidad) en Brasilia, Caracas y Buenos Aires.

El peso crucial que cabe al rumbo futuro de Uruguay reside precisamente en el carácter inestable y por demás enmarañado e irresuelto de la corriente que en Suramérica encarna la oposición al agresivo curso de Washington. Y es este mismo cuadro general de heterogeneidad lindante con la confusión el que desagua en la coyuntura uruguaya y se resuelve arrastrando a la coalición opositora hacia el centro del espectro político y a los partidos tradicionales, activamente respaldados por el Departamento de Estado -sin las sutilezas de Lord Ponsomby-, a multiplicar esfuerzos y argucias para evitar que el poder cambie de manos.

Un recurso es la asimilación por doble vía: mientras Lacalle propone un ministro de Economía avistado ya por el FA, otro precandidato, Jorge Larrañaga, se aproxima al discurso de Tabaré Vázquez al punto de tornarse formalmente idéntico. Si el primer camino esmerila las aristas contestatarias del FA (Iglesias es presentado como garantía para que los centros financieros internacionales no se asusten por el triunfo de la izquierda y faciliten la renegociación de una insostenible deuda externa), el segundo compite directamente sobre el terreno discursivo del EP-FA-NM. Por lo demás, nadie, a izquierda, centro o derecha, duda de que en el tiempo restante hasta los comicios la campaña del establishment no reparará en recursos y utilizará con inescrupulosidad los medios de difusión masiva para desprestigiar al FA y a las fuerzas que lo integran con la amenaza del desborde izquierdista y el caos generalizado, apuntado a lo que verdaderamente está en disputa en términos electorales: un sector de las clases medias urbanas y, sobre todo, el «paisanaje» del interior del país, por tradición y fuerza de aparatos amarrados a los partidos Blanco y Colorado.

 

Sociedad y representación 

La dirección del FA es consciente de los riesgos que esto implica. No se encontrará un dirigente de primera línea que asegure el triunfo en octubre, en la primera vuelta electoral. Y no es sólo la conducta obvia de quien no quiere que las bases den por cierta la victoria y retaceen esfuerzos militantes. Se trata de un temor real, confirmado por analistas de diferentes sectores. Sin las limitaciones de un dirigente político, Federico Fasano, titular de un multimedio alineado con el FA, sostiene sin rodeos que no habrá triunfo en primera vuelta, aunque asegura la victoria en el balotaje. «El FA está hoy entre el 46% y el 49% en las encuestas -dice-, pero para ganar en la primera vuelta se necesita alrededor del 53%, porque la mitad más un voto se calcula sobre los sufragios positivos.» Para el segundo turno, sin embargo, el director del diario La República descuenta una mayoría frentista, con base en la proyección de la elección anterior y en la histórica rivalidad de una franja blanca y colorada que, asegura, no votaría en ninguna hipótesis por el contrario.

Hay experimentados cuadros del FA que, si bien no propagan pesimismo, alertan sobre las dudas de que incluso en segunda instancia la victoria esté asegurada. «Por el contrario -dicen confidencialmente- el achatamiento de nuestro discurso está haciéndonos perder adhesiones e impidiéndonos conquistar otras nuevas.» Es curioso que esta opinión no provenga del extremo izquierdo del FA (donde predomina la confianza en el triunfo), sino de dirigentes tradicionales, un tanto perplejos por el curso de la evolución política nacional y su reflejo en el interior de la coalición.

Es que la transformación gestada por la prolongada crisis -situación que excede largamente a este país- impactó en las filas del FA. Hegemonizado en sus orígenes por los partidos Socialista y Comunista, tras la caída de la Unión Soviética el segundo lugar se desplazó a fuerzas consideradas de centro, como Asamblea Uruguay (AU) y Vertiente Artiguista (VA). En el último período, sin embargo, se produjo un vuelco notable de la situación interna. Los últimos sondeos son elocuentes: según la encuestadora Cifra, el Movimiento de Participación Popular (MPP) tiene el 30%, AU el 14%, la Alianza Progresista (AP) el 13%, VA el 11%, el Partido Socialista (PS) el 10%, la lista 99 (L99, corriente del senador Rafael Michellini) el 7% y luego el conjunto de las tendencias situadas a la izquierda del FA (Partido Comunista, Movimiento 26 de Marzo, Partido por la Victoria del Pueblo, etc.) suman un 4%(1).

El MPP fue en el pasado reciente un bloque de tendencias, pero desde hace tiempo expresa casi exclusivamente al Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros. Sus principales dirigentes, José Mujica y Eleuterio Fernández Huidobro, fueron dirigentes guerrilleros y sufrieron largos años de cárcel en régimen de excepción, dentro de las durísimas condiciones impuestas por la dictadura en el tristemente célebre «Penal Libertad».

Las explicaciones de este vuelco en las relaciones de fuerzas internas difieren según el interlocutor. Mujica, con modos campechanos y un lenguaje directo, es señalado en la mayoría de los casos como la clave del vuelco. Se apunta con mayor o menor énfasis, según el alineamiento de cada uno, a la incapacidad del PS para rejuvenecer sus filas, al aura de antiguos luchadores y sobre todo a la credibilidad personal de Mujica («el Pepe», como lo llaman todos), un hombre que vive y viste humildemente y apela a menudo a expresiones consideradas transgresoras, supuestamente atractivas para los más jóvenes.

Todo esto tiene, sin duda, su peso en este giro que de consolidarse cambiaría la naturaleza originaria del FA. Pero el hecho es que el MPP ha logrado captar dos actores nuevos en el arco de las izquierdas en Uruguay: los que provienen de la masa de desocupados y aquellos que emigran de los partidos tradicionales en el interior del país; «el paisanaje», los llaman los uruguayos con su lenguaje siempre colorido y afable.

Resulta evidente que, tanto en las filas del FA como en la dirigencia de blancos y colorados, esta transformación aún no ha sido caracterizada. Nadie acierta a decir si se trata de un giro a la izquierda o a la derecha. Nadie está seguro de si esto garantiza una mayor gobernabilidad en un eventual gobierno del FA, o todo lo contrario.

Ambas conclusiones tienen asidero formal. El MLN Tupamaros y su célebre dirigente fallecido, Raúl Sendic, son un hito de la lucha revolucionaria en Uruguay. Pero desde hace años esta organización autocriticó su pasado (eso, entre otras cosas, contribuye a su credibilidad: ningún otro partido hizo nada semejante) y en cada toma de posición desmiente cualquier acusación que pretenda señalarla como amenaza de izquierda en el gobierno.

Recientemente Mujica desató una fugaz tormenta teórico-política cuando afirmó: «Tengo que ser un país rico como condición. Entonces tiene que funcionar el capitalismo, pero un capitalismo como la gente, para que nos podamos agarrar bien de las greñas»(2).

Desde las páginas del semanario del PS, Manuel Laguarda entró al territorio conflictivo con dos largas notas tituladas «El gobierno del EP-FA ¿será ‘socialista’ o ‘capitalista’?»(3). El antiguo dilema de los revolucionarios en todo el mundo, tan actual como siempre, quedó por un instante en el centro de atención. José Díaz, ex dirigente del PS y actual titular de la Fundación Vivian Trías, expuso su punto de vista: «‘El Pepe’ Mujica no ha dejado de ser socialista desde el punto de vista de sus ideales, ni los compañeros que han hablado en nombre del Partido Socialista han abandonado la concepción del frente policlasista, expresión de distintos sectores sociales junto con la clase trabajadora. En realidad hay una gran confluencia ideológica dentro del FA que se define por el socialismo. Naturalmente, no son todos; el FA no tiene un programa socialista y tampoco capitalista. El Frente conjuntó corrientes político ideológicas diferentes en Uruguay y su gran virtud fue unirlas a través de una lucha social que precedió la unidad política y de un programa común, nacional, popular, de carácter democrático y avanzado»(4).

 

Desplazamiento del FA 

Cinco meses después, aquel debate no prosperó en términos teóricos y en el plano político el curso se definió por un corrimiento del conjunto de la dirección del FA (y por lo tanto de la coalición que encabeza: EP-FA-NM), hacia posiciones dominadas por la necesidad de ganar al centro del electorado y llevar garantías de gobernabilidad a una sociedad que, sin duda mayoritariamente, se las reclama: Tabaré Vázquez reanudó relaciones con el titular de AU, Danilo Astori (considerado ala liberal del FA), quien, según aguijonea la prensa del establishment, sería el único acompañante del candidato frentista en su viaje a Washington para entrevistarse con el FMI y el Banco Mundial(5). La derecha se regodea y busca ventaja electoral machacando sobre caliente: «Vázquez anunció a la central sindical PIT-CNT que, de llegar al gobierno el 1 de marzo, no aplicaría un salariazo»(6).

Un efecto colateral de esta evolución es la salida de muchos cuadros de las organizaciones de izquierda, quienes sin embargo se mantienen dentro del frente. Este corresponsal oyó las argumentaciones de algunos de ellos, en duda respecto de qué hacer en las elecciones internas. «Como la política se hace con los que quedan, y como los que quedan no se han planteado que el Frente Amplio también crezca hacia la izquierda, la izquierda ‘individuo’ se siente incómoda a la hora de las elecciones internas», apunta un comentarista(7). Los comicios primarios, no obstante, han ratificado que el EP-FA-NM se define ante todo por su capacidad para convocar a la totalidad de las izquierdas y la mayoría del electorado activo.

 

La incógnita de octubre 

¿Carece entonces de fundamento el marcado temor de las clases dominantes y los estrategas del Washington? Difícilmente. Mientras se declara «especialista en sentido común» y reclama un capitalismo serio, Mujica contrabalancea: «El socialismo no es ninguna utopía. Fueron utópicos los caminos por donde se lo buscó. El socialismo es la forma de vida natural del hombre sobre la tierra. (…) Para mí Lenin nunca fue Dios, pero menos mal que existió» 8. Esa ambivalencia reproduce con exactitud no sólo la realidad ideológica de un Uruguay ya diferente al conocido, sino la que se extiende más y más en Suramérica. Y aquí, como en la región, se verifica una gran distancia entre el pensamiento teórico y la profundidad política de la izquierda, lo que lleva a la desazón o el mero cálculo electoral.

En el caso de la dirigencia del FA, el cálculo inmediato empuja a buscar nuevos votantes en sectores que temen cualquier forma de cambio y por ello toman distancia hoy de los partidos responsables del desastre económico y social uruguayo. Al dar ese paso, el FA cuenta con la fidelidad, mal que le pese, de su electorado histórico. Pero ese movimiento lo acerca a tal punto a sus adversarios, que éstos ganan espacio para volcar la voluntad de esa franja inestable y temerosa de la sociedad mediante maniobras de cualquier género.

«Calcular no es intrínsecamente analizar», recordaba Edgar Allan Poe en su célebre cuento «Los crímenes de la Rue Morgue»; incluso un ajedrecista genial «lleva a cabo lo uno sin esforzarse en lo otro». Si el desenlace en octubre les da la victoria, los hombres y mujeres de la izquierda uruguaya no podrán eludir el análisis que dé respuesta inequívoca al tema que no apela a ideologías ni a tal o cual teoría de desarrollo económico, sino a una exigencia perentoria: cómo, cuándo y mediante qué medios políticos se reparte la riqueza actualmente existente. De eso depende el lugar que ocupará Uruguay a partir del año próximo en el torbellino del Sur.

  1. «La interna de las internas», La Juventud, Montevideo, 16-6-04. Este diario pertenece al Movimiento 26 de Marzo, por lo cual el párrafo con el cual completa la información resulta insospechable: «Las cifras de otras empresas encuestadoras tienen un parecido más o menos similar, (…) lo que induce a pensar que puntos más o puntos menos, éstas serán las opciones finales en la interna frenteamplista».
  2. Alberto Grille, Víctor Carrato, «Quiero un capitalismo que funcione, con burgueses como la gente», Caras y Caretas, Montevideo, 2-1-04.
  3. Correo Socialista, Montevideo, marzo y abril de 2004.
  4. Mario H. Peralta, «Noticia: la izquierda discute su identidad», Brecha, Montevideo, 16-1-04.
  5. «Vázquez y Astori rompen el hielo e inician el diálogo», El Observador, Montevideo, 15-6-04.
  6. «La cúpula de la izquierda decidió acentuar su viraje al centro en los próximos meses», Búsqueda, Montevideo, 17/23-6-04.
  7. Álvaro Rico, «La izquierda ‘individuo'», Brecha, Montevideo, 11-6-04.
  8. Néstor Carbelo, «5 años para un mundo nuevo», Caras y Caretas, 18-6-04.

Hacia la Unión de Naciones de Suramérica

porLBenLMD

 

Tan ambicioso como realizable, el proyecto de utilizar racionalmente las inmensas riquezas de América Latina y el Caribe gravita cada vez con más fuerza en la región. Y desata oposiciones a la medida de esta aspiración bicentenaria. La reunión ampliada de Presidentes del Mercosur fue un paso importante en esa dirección.

Razones de muy diverso origen hicieron que en la reunión de presidentes del Mercosur, realizada en Puerto Iguazú, Argentina, el 8 de julio último, se sumaran los mandatarios de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, con sus pares de Chile, Bolivia, Venezuela, México y el vicepresidente de Colombia. En representación de Perú estuvo el ministro de Comercio Exterior. Sólo Ecuador faltó a esta cita, en la que se concretó la inclusión de Venezuela como Estado asociado y se dio el anteúltimo paso para que el Mercosur y la Comunidad Andina de Naciones (CAN, integrada por Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia), converjan a corto plazo en un área de libre comercio que incluirá entonces a prácticamente la totalidad de América del Sur (sólo quedarían fuera, hasta el momento, Guyana, Surinam y la Guayana Francesa, que en total suman un millón y medio de habitantes).

Si el acuerdo económico cuenta, más significativo aún fue el carácter político que proyectó esta reunión. Por primera vez el interés meramente comercial dio lugar a un nuevo curso, al aprobarse un “Anteproyecto de Protocolo Constitutivo del Parlamento del Mercosur”(1) y ponerse sobre el tapete la posibilidad de una decisión que, de concretarse, transformaría el mapa político planetario: la constitución de una “Nación de naciones”, una entidad política nueva a la que el titular de la Comisión de Representantes Permanentes del Mercosur (CRPM), el ex presidente argentino Eduardo Duhalde, no vaciló en poner nombre: “Estados Unidos de Suramérica”.

Por su parte el presidente brasileño Lula da Silva dijo en su discurso oficial que “ampliar el Mercosur, crear una Comunidad Suramericana de Naciones, no son tareas que se pueda realizar de la noche a la mañana. Pero trabajamos duro en los últimos meses. Eso nos permitirá dar un salto extraordinario. Después de diez años de negociaciones, estamos caminando hacia una zona de libre comercio entre el Mercosur y la Comunidad Andina”(2).

En ese contexto, el ingreso de Venezuela al Mercosur y la presencia de México en el cónclave tienen una significación política de tal magnitud, que hacen de esta XXVIª reunión presidencial un hecho de relevancia histórica.

La desproporción entre el carácter trascendente de estos hechos y el escasísimo, casi nulo espacio que le otorgaron los grandes medios de prensa, es un dato mayor a la hora de analizar el desplazamiento de fuerzas implícito en la reunión de Puerto Iguazú. Las grandes cadenas informativas estadounidenses y los medios que en el hemisferio le hacen eco, se esforzaron por ocultar la verdadera dimensión del Encuentro. Y no erraban en su intención, porque, en efecto, puede afirmarse que la primera y más importante conclusión es que Estados Unidos ha sufrido un nuevo y trascendental revés en sus aspiraciones hemisféricas. No es un dato menor que el escenario de esta nueva batalla perdida haya sido la Triple Frontera, zona a la que desde hace meses Washington viene señalando como lugar de refugio del “terrorismo internacional”.

 

Victoria de Chávez 

Una razón de peso para que la reunión de presidentes en Iguazú ocupara un lugar marginal en la prensa fue el espaldarazo recibido allí por el presidente venezolano Hugo Chávez: a cinco semanas de un referendo que decidirá si permanece o no en el palacio de Miraflores, propagar el ingreso de su país al Mercosur y analizar la significación y consencuencias de este hecho hubiese sido marchar a contramano de la campaña en la que están empeñados los medios del hemisferio, amplificando la propaganda de la prensa venezolana, a saber, que Chávez ha aislado a su país del mundo.

Rechinando lo dientes, algunos diarios argentinos debieron darle espacio a un hecho complementario, tan inesperado como impactante: desde Iguazú Chávez viajó con el presidente argentino Néstor Kirchner en el Tango 01 hasta los astilleros Río Santiago, de Ensenada, en Buenos Aires, para anunciar una primera materialización de este ambicioso plan de integración económica: la reparación de barcos de la petrolera estatal venezolana PDVSA y el comienzo de una negociación para construir ocho buques petroleros en los astilleros argentinos(3). “Poderoso caballero es don dinero”, ironizaba Quevedo 450 años atrás. Un poco más cercano en el tiempo, cierto filósofo alemán de nombre Karl Marx descubría que un fenómeno al que denominó “fetichismo”, trasladaba al individuo poseedor de una mercancía las propiedades de ésta. Aun con el concurso de la poesía y la ciencia, no deja de provocar curiosidad la plasticidad de quienes condenan a Chávez por sus posiciones y a la vez se deshacen calculando el impacto económico de la construcción de ocho buques.

Como resultaba imposible criticar a Kirchner por haber hecho este provechoso acuerdo con su par venezolano, los medios arremetieron por otro ángulo: el gobierno cometió el crimen de darle a mandatario venezolano la posibilidad de hablar ante un millar y medio de obreros que lo ovacionaron y de transmitir este acto por las pantallas del canal oficial y la radio nacional.

Por si fuese poco, ambos Presidentes firmaron dos cartas de intención que en su realización presuponen un vuelco decisivo en el terreno político: la creación de una empresa conjunta de energía (Petroamérica o Petrosur; también el nombre está en duda); y un plan para aunar los canales estatales de ambos países (8 en Venezuela, 7 en Argentina) y las agencias oficiales de noticias Telam y Venpres.

Pero incluso antes de eso, el encuentro de Iguazú es un golpe duro para Washington tanto en relación con su beligerante política frente a Chávez, como respecto de hemisferio en su conjunto: más que por lo que es o pueda ser, el Mercosur Ampliado (o Comunidad de naciones suramericanas), se define por lo que no es. Y no es el ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas), proyecto estadounidense que supuestamente debía ponerse en marcha el año próximo y ahora confirma su inviabilidad tal como fue concebido.

 

El zorro y las uvas 

Allí reside el efecto paradojal del salto adelante verificado en Iguazú: una tensión extrema que, en las primeras planas de los diarios, alude a la ruptura y desaparición del Mercosur. Precisamente porque la consumación de una comunidad suramericana constituiría a su vez la consumación del fracaso estadounidense (incluida su política destinada a derrocar a Chávez), cuanto más cerca está aquella del punto de llegada, más se tensan las contradicciones y se agudiza el riesgo de un estallido.

Hay razones reales, inocultables, para las tensiones llevadas al extremo en los días previos y posteriores a la reunión de Iguazú. El conflicto de intereses entre empresarios argentinos y brasileños de diversos rubros, tiene bases objetivas: una mayor productividad en Brasil, menor paga por la fuerza de trabajo en aquel país y, en las últimas semanas, una progresiva devaluación del real. Sumados, estos factores pueden producir un vuelco drástico del curso mercantil entre ambos países. El caso candente antes de Iguazú -el freno oficial argentino a la importación de la llamada “línea blanca” de artículos domésticos- fue magnificado más allá de toda proporción por los medios, pero no pueden negarse las trabas -a término, insolubles- de un proyecto cuyo eje repose exclusiva o primordialmente sobre acuerdos comerciales. La gravitación objetiva e inexorable de la ley del valor (“los mercados”, según el lenguaje corriente) no impulsa a la complementación y mejoramiento de las diversas partes componentes del aparato productivo regional, sino exactamente a lo inverso: competencia feroz y mutua autodestrucción. Un párrafo de la Declaración de Iguazú se congratula porque en la reunión previa de ministros de Economía y presidentes de Bancos Centrales se habría avanzado en torno al controvertido tema de una moneda común, y porque en otras reuniones paralelas se afirmó la intención de “integrar procesos productivos, teniendo en consideración que la implementación de cadenas de valor en el ámbito regional dará mayor competitividad a los productos del Mercosur”(5). Falta decir que, de un lado, esa perspectiva requiere una voluntad política común cuyo vigor no está probado aún, que ese camino requiere niveles de planificación contrarios a la voluntad de multinacionales y grandes grupos económicos locales y extracontinentales, y que por eso mismo la oposición crecerá en proporción geométrica a toda evolución positiva hacia una comunidad suramericana.

Esa dinámica está ya a la vista. Los mismos medios que pusieron en sordina la información positiva del encuentro, transformaron los puntos de litigio en situaciones supuestamente insolubles.

Un portavoz del establishment argentino publicó un despacho desde San Pablo en el que afirma: “El Mercosur está siendo en Brasil blanco de una ola de críticas de sectores empresariales, sindicales y analistas económicos que consideran que el bloque regional se ha convertido en un lastre más que en una ventaja para el desarrollo brasileño. Voces críticas hacia el Mercosur, antes marginales, están teniendo ahora una repercusión inédita”(6). Esta fuente cita un artículo de su homólogo brasileño, O Estado de São Paulo, titulado «Mercosur, un proyecto frustrado». Según el cual el bloque «es un fracaso como unión aduanera, tambalea como zona de libre comercio y apenas hay una justificación para mantener su actual status: la discusión de un acuerdo con la unión aduanera». Y remata, con inequívoca intencionalidad política: «Como proyecto geopolítico, de la forma concebida por el presidente Lula y sus estrategas, el Mercosur es irrisorio».

Para apoyar esta línea de acción, el despacho informa además que “se realizará hoy una manifestación de trabajadores brasileños frente a la puerta del consulado argentino en San Pablo. El lunes pasado, trabajadores metalúrgicos se manifestaron frente a una planta de la empresa de heladeras BSH Continental con pancartas que decían: ’¡Lula, deje de ser débil! Vuelva a defender al trabajador metalúrgico’». Y busca más respaldo aún: “Folha de São Paulo tituló ayer: ‘Para los empresarios, al gobierno (Lula) le falta firmeza’»(7).

No es antojadizo atribuirle a estas manifestaciones periodísticas el carácter de campaña política. Y todo con apoyo en la suspensión de importaciones argentinas de productos de la línea blanca brasileños. Por detrás, están las industrias textil, del calzado y… automotrices.

Nada irreparable, como admitiría el sábado 17 otro diario empeñado en pronosticar el apocalipsis para el Mercosur: “Argentina decidió levantar las restricciones que había anunciado hace 10 días”(8). Pero el ejemplo vale como adelanto de lo porvenir.

Es en ese marco que se plantea el enigma de la presencia de Vicente Fox en Iguazú. El presidente mexicano es un defensor del TLC o Nafta (Tratado de Libre Comercio, North American Free Trade Agreement), que aúna comercialmente a su país con Estados Unidos y Canadá. Una parte de la explicación puede apoyarse en la poderosa fuerza centrípeta que pese a boicots varios de dentro y fuera del Mercosur, congregó la histórica reunión de Puerto Iguazú. Jaqueado desde todos los flancos en su país, Fox no puede continuar dando la espalda a América Latina sin acelerar un deterioro que trae malos presagios para las próximas presidenciales (el reciente restablecimiento de relaciones diplomáticas con Cuba va en el mismo sentido). Pero el ex presidente de Coca Cola y el sector del capital mexicano que representa, bien puede obrar simultáneamente como Caballo de Troya para poner una carga explosiva más en la ciudadela del Mercosur ampliado, a favor del ahora denominado “ALCA ligth”, es decir, acuerdos bilaterales sumados de países del Sur con el Nafta, presentados como alternativa ante eventuales conflictos que paralicen la concreción de la comunidad suramericana. Sólo el tiempo revelará el verdadero sentido de esta presencia que, no obstante, si tomara un curso positivo potenciaría a niveles muy superiores el conjunto que hoy aparece al alcance del corto plazo como nuevo bloque económico-político (y, claro está, a su tiempo, también militar), de una Liga de Repúblicas Suramericanas, como proclamaba Bolívar dos siglos atrás. Por su parte, Duhalde señaló que se trataría de “una superficie de 17,3 millones de kilómetros cuadrados; una población de 380 millones de habitantes (…) tercera nación del planeta después de China y la India (…) 8 millones de kilómetros cuadrados de bosques (…) el 27% del agua dulce del mundo (…) enormes reservas de minerales, de petróleo, de energía (…) el tercer bloque económico del mundo, después de la Unión Europea y el Nafta”.(9).

 

Un horizonte posible 

Los ataques mediáticos contra Lula y Kirchner tras la reunión de Puerto Iguazú demuestran cuántos obstáculos deberá sortear este ambicioso proyecto. Estos no serán, presumiblemente, de exclusivo orden comercial. Pero la rueda de negocios entre Venezuela y Brasil a llevarse a cabo en la isla Margarita, Venezuela, entre el 21 y el 23 de julio de 2004, coronada con un nuevo encuentro de Kirchner y Chávez, indican que el camino de potenciación del intercambio regional está en marcha.

Resta comprobar si los gobernantes suramericanos -o como mínimo un número suficiente de ellos para imponer el rumbo a la región- asumirán con la suficiente antelación las trabas objetivas que ese intercambio presupone en su desenvolvimiento normal y se dispondrán a contrarrestarlas por adelantado con los únicos instrumentos capaces de hacerlo: la gestión de una moneda única suramericana, un parlamento regional surgido de la voluntad democrática de cada pueblo, una Constitución común y, por fin, un poder político legitimado por la voluntad democrática, capaz de rearticular y proyectar las fuerzas productivas conjuntas de la región, planificar la satisfacción de las necesidades imperiosas de casi 400 millones de personas, alumbrar la Unión de Naciones de Suramérica y mostrar al mundo, en un momento particularmente dramático de la historia, que hay un horizonte a alcanzar.

 

 

1 Comunicado Conjunto dos Presidentes dos Estados Partes do Mercosul; Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil; www.mre.gov.br

2 “Discurso del Presidente Lula”, Boletim da Secretaria de Relações Internacionais do Partido dos Trabalhadores, San Pablo, 16 de julho de 2004 – Ano IV – no73

3 Eduardo Duhalde, “Hacia los Estados Unidos de Sudamérica”; La Nación, Buenos Aires, 13-7-04

4 “Crece la tensión en Venezuela: un sondeo prevé la derrota de Chávez”, pág. 2; “Anuncian un trato con Chávez para vender barcos a Venezuela”; pág. 8; La Nación, Buenos Aires, 9-7-04. “Kirchner y Chávez fueron juntos a Río Santiago y anunciaron obras”; Clárín, Buenos Aires, 9-7-04.

5 Comunicado Conjunto dos Presidentes dos Estados Partes do Mercosul

6 Luis Esnal, “Estalla en Brasil una ola anti-Mercosur”, La Nación, 13-7-04.

7 Ibid.

8 “Electrodomésticos: no rigen las limitaciones”; Clarín, 17-7-04. Aunque ésta era la noticia, la frase citada puede leerse recién después de una introducción que acentúa lo que se hace aparecer como traba fundamental, la importación de lavarropas. La técnica periodística en acción.

9 Eduardo Duhalde, op. cit.

reseña

Ensayo sobre la lucidez

porLBenLMD

 

De José Saramago

Editorial: Alfaguara
Cantidad de páginas: 424
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Abril de 2004
Precio: 26 pesos

 

¿Una novela sobre el Voto Protesta? Sí; por sorprendente que resulte, ése es el nudo narrativo de la última obra de Saramago. Pero el hecho electoral y sus consecuencias son más que un eje argumental. Se trata de una proposición. Este prolífico autor cambia el ángulo de mira de su obra anterior y dispara una alegoría sobre el recurso político que le resta a sociedades empantanadas en la ciénaga de la democracia formal. Desde luego, el autor de El año de la muerte de Ricardo Reis sigue siendo merecedor del Premio Nobel, obtenido en 1998. El hecho es que, por hartazgo o militancia, tal vez para reivindicar una rebeldía puesta en tela de juicio a propósito de oportunas manipulaciones de sus opiniones políticas, Saramago narra una ficción que ya ocurrió en un país bien conocido por él: Argentina.
Acaso por eso, explicita que el sujeto es Portugal. La novela comienza en una jornada electoral lluviosa, en la que los electores no concurren a las urnas. Por la tarde, ya con sol, el flujo se regulariza, pero al contar los votos emitidos en la capital del país, el resultado es tan insólito como inesperado: un 75% ha sufragado en blanco. Los representantes del pdd, el pdm y el pdi (partido de derecha, del medio y de izquierda), menos exasperados que perplejos, tratan de elucubrar cómo sacarán ventaja de la situación. El gobierno resuelve convocar a nuevos comicios en el distrito sedicioso. Resultado: el 85% votará en blanco.
Mientras tanto, Saramago se demora en detalles y observaciones. Esta morosidad descriptiva no es ajena a los textos del autor; por el contrario, es un signo distintivo y en ella estriban algunas de sus mejores páginas. Sólo que el punto de partida no es la fantasía o el ensueño. Sobre todo para lectores argentinos, se trata de historia reciente. Resulta, ¿cómo decirlo?… superfluo, incongruente, leerla como novela. Cuando la ficción llega, para imaginar el castigo oficial mediante una retirada del gobierno de la capital y el abandono de los habitantes a su suerte, rodeados por un cordón infranqueable, la narración ha perdido aquella tensión tan propia de Saramago. Hacia la mitad del texto, el autor revela conciencia del callejón al que ha entrado: “los acontecimientos, han seguido su marcha, y nosotros, en lugar de anunciar, como es la obligación elemental de los contadores de historias que saben su oficio, lo que sucede, nos tenemos que conformar con describir, contritos, lo que ya ha sucedido”.
Luego ocurre un giro brusco y Ensayo sobre la lucidez ensambla formalmente con Ensayo sobre la ceguera. Reaparecen los personajes de aquella celebrada obra anterior y comparten el escenario con los nuevos. La narración recobra, en el último tercio, el ritmo y la magia del gran escritor. ¿Qué ocurrirá con ese voto en blanco espontáneo y masivo? El desenlace sobreviene. Descartado el final feliz, Saramago no puede tampoco incurrir en la fácil opción del escepticismo o la proclama. Leer para juzgar. La pregunta es si la literatura puede dar cuenta por este camino de los grandes dilemas político-existenciales latentes en foros mundiales, a los que la juventud concurre masivamente y donde Saramago es ídolo.

Chávez cruzó el Rubicón

porLBenLMD

 

Confiado en la dinámica del decurso político, pero acuciado además por una ofensiva creciente explícitamente promovida desde Washington, el 16 de mayo pasado, ante más de un millón de personas concentradas en Caracas y hablando por cadena nacional de radio y televisión, Hugo Chávez definió como “antiimperialista” a la Revolución Bolivariana; sostuvo que el neoliberalismo fue la “máscara detrás de la cual se escondió durante casi dos décadas el viejo y perverso capitalismo, el viejo, perverso y asesino imperialismo” y convocó a la “defensa integral de la nación”. Auge económico y fractura de la oposición.

 

Esta aceleración es inseparable de un hecho, calificado por el Presidente como «invasión»: la detención en Caracas de un centenar y medio de paramilitares colombianos. «Lo ratifico aquí: la Revolución Bolivariana después de cinco años y tres meses de gobierno, después de haber pasado por varias etapas, ha entrado en la etapa antiimperialista. Esta es una revolución antiimperialista y eso la llena de un contenido especial que nos obliga al pensamiento claro y a la acción no sólo en Venezuela sino en el mundo entero. (…) Llamo al pueblo venezolano todo a incorporarse a la defensa nacional, la defensa territorial, la defensa de la soberanía nacional; (…) cada ciudadano debe considerarse un soldado, cada ciudadana debe considerarse una soldada», dijo el Presidente.

Constitución en mano, Chávez conminó a estudiar y debatir el Título VII° de la Carta Magna y remató: «Está dada la orden de operaciones. Que comience pues desde hoy mismo la organización popular y militar para la resistencia, para la defensa del país, porque esta revolución seguirá avanzando a paso de vencedores»(1).

A finales de mayo comenzaba en Venezuela el proceso de ratificación o rectificación («reparación») de firmas objetadas por el Consejo Nacional Electoral para definir si habrá o no referendo revocatorio contra Hugo Chávez. Seguro de que el «reparo» difícilmente contradeciría la dinámica política de los dos últimos años (seguro además de que la oposición no lograría vencerlo en consulta electoral), Chávez trazó su rumbo estratégico. Las circunstancias le tendieron la alfombra.

En la madrugada del domingo 9 de mayo, efectivos de inteligencia y de la fuerza armada irrumpieron en una finca en Caracas y detuvieron a 102 de un total de 135 paramilitares colombianos (organización denominada Autodefensas Unidas de Colombia), cuyo plan de operaciones debía iniciarse el martes 11. El factor clave era un grupo de militares venezolanos en actividad, un comando que tomaría posesión de aviones de guerra y bombardearía el Palacio de Miraflores. El lunes 10, en conferencia de prensa, el vicepresidente José Vicente Rangel indicaría que se trató de «una operación de alta inteligencia, porque desde hace más de tres meses el gobierno tenía información de lo que estaba sucediendo»(2). La caída inmediata de 6 altos jefes militares y la incapacidad de reacción de los conspiradores parece darle la razón.

La revelación de la presencia de paramilitares extranjeros en la capital del país llevó al extremo las tensiones que en los tres últimos meses aceleraron la fragmentación de la oposición, agrupada en la Coordinadora Democrática. Cualquier ciudadano venezolano sabe quiénes son los paramilitares colombianos. La televisión de ambos países se intercomunica, y si bien muestra a esa organización mercenaria como ente autónomo que opera por su cuenta y riesgo contra dos organizaciones guerrilleras, reporta diariamente atrocidades contra la población civil. La revelación de que dirigentes de la Coordinadora Democrática y un puñado de militares planearon un ataque en Caracas con esta fuerza mercenaria estremeció al país, provocó rechazo más allá de las filas bolivarianas y produjo un efecto de aglutinamiento contra la amenaza.

En línea de continuidad con la conducta mostrada desde mediados de 2001, la prensa comercial venezolana desconoció la realidad e intentó en un primer momento negar la veracidad del hecho, para luego restarle importancia(3).  Mientras tanto, la televisón oficial mostraba en vivo a los colombianos apresados, publicaba el escalofriante currículum de sus comandantes y anunciaba la detención de altos jefes militares venezolanos involucrados en la intentona. Una abigarrada red de medios alternativos, que prolifera desde hace dos años en Venezuela, llevó imágenes, informes y declaraciones a cada rincón del país. Con un sentido de la oportunidad que ni sus peores enemigos le niegan, Chávez convocó a una «Marcha por la paz y contra el paramilitarismo». Habitantes del Este, barrio exclusivo de Caracas, base social y centro de operaciones de la Coordinadora Democrática, reportaron a El Dipló que en la mañana del 16 de mayo, mientras las columnas chavistas atravesaban la zona, innumerables balcones se colmaban de personas que desplegaban banderas de Venezuela y aplaudían a los manifestantes.

 

Recuperación económica

Es que la intentona golpista fue para muchos opositores algo así como la mano que les desveló una realidad que se empeñaban en ocultar: la recuperación económica del país. Un dato basta: las reservas por 24.000 millones de dólares en el Banco Central -control de cambios mediante- superan el monto total de la deuda externa. En comparación con 2003 el PBI en la construcción pasó de menos 60,4% a más 19,5% en el primer trimestre; el sector no petrolero creció un 18,9%; el PBI privado saltó un 23,4%; la manufactura un 48%; las comunicaciones un 11,7%, según cifras del Ministerio de Planificación. El ministro del área, Jorge Giordani, indica que en conjunto la economía paso de menos 28 puntos tras el sabotaje petrolero de 2002, a 30 puntos positivos en abril pasado, y estima que en 2004 el PBI crecerá más del 8%. Otros pronósticos elevan esa cifra por sobre el 10%. Construcción de tres líneas de trenes subterráneos y ampliación de otras dos; un sistema ferroviario de alta velocidad de 221 kilómetros para unir Caracas con Puerto Cabello; obras para un sistema vial apuntado a integrar todas las regiones del país; puentes internacionales, acueductos, cloacas, escuelas, hospitales y un Plan Nacional de Viviendas que ya cuenta alrededor de 50.000 construcciones familiares, se suman a decisiones tales como crear una nueva empresa estatal de aeronavegación, invertir en astilleros para la construcción de barcos petroleros, entre otros emprendimientos. Este agresivo plan de desarrollo fue puesto en marcha a partir de febrero de 2003, después del brutal frenazo económico producido por la paralización de PDVSA, la empresa estatal de petróleos.

Por otro lado, el gobierno decretó en abril un aumento del 30% para el salario mínimo y un aumento general para los docentes. Ninguno de estos datos supera sin embargo la inversión económica y el impacto social de lo que Chávez denominó «misiones» (suerte de estructura estatal paralela destinada a sortear la morosidad, corrupción e incapacidad del antiguo régimen), mediante las cuales millones de marginalizados fueron alfabetizados y disponen de becas para completar la instrucción secundaria y universitaria, al tiempo que la Misión Barrio Adentro lleva atención médica gratuita a millones de personas. La Misión Vuelvan a Caracas (alusión a un célebre grito de guerra del General Páez, en el siglo XIX), para poner sólo un ejemplo, se propone resocializar a millones de desocupados y marginalizados dándoles trabajo, instrucción, maquinarias y capital para emprendimientos productivos en la industria y el agro.

El impacto social y político de estos hechos explica que la Coordinadora Democrática deba recurrir a paramilitares colombianos. Y que Chávez se sienta seguro para lanzar su desafío.

  1. El texto completo del discurso puede hallarse acá.
  2. José Vicente Rangel, rueda de prensa; Venezolana de Televisión, Caracas, 11-5-04.
  3. «Montaje paramilitar», El Nacional, Caracas, 10-5-04; «Chávez se dispara tremendo show mediático»; El Nuevo País, Caracas, 10-5-04. En la misma tónica o sencillamente desconociendo el hecho actuó la mayor parte de la prensa internacional. En Argentina, La Nación publicó un editorial el 19 de mayo, titulado «Hugo Chávez vuelve a la carga «, donde tras la afirmación de que «Chávez ha comenzado a avasallar sin disimulo a la prensa independiente y a la justicia misma», se omite absolutamente la invasión de paramilitares colombianos y se ignora la arrolladora respuesta de masas del domingo 16 así como la denuncia de Chávez de que su país está siendo invadido desde Miami y Colombia.

Argentina: desestabilización en marcha

PorLBenAXXI

 

No existe hoy una conspiración golpista en Argentina. Se trata de algo diferente de los clásicos golpes de Estado, aunque en las condiciones actuales, tan grave como aquéllos.
El presidente Néstor Kirchner lo ha definido correctamente: «no hablo de complot o conspiración, digo que algunos dentro de la democracia quieren volver a los privilegios de ayer». Dicho de otro modo: el capital financiero y la oligarquía terrateniente, con la Casa Blanca como numen inspirador y mano ejecutora tras bambalinas, pretenden cambiar las relaciones de fuerza dentro del actual régimen, para anular todo margen de maniobra al Presidente. Logrado ese objetivo, Kirchner vería agotarse la expectativa esperanzada que su gobierno despertó en la mayoría ciudadana, la protesta social -inexorable- se daría frontalmente contra él, se extinguiría su única fuente de poder y su fuerza política languidecería hasta desvanecerse. Más allá de las formas, entonces, Kirchner caería como pera madura, más o menos en el plazo fijado por el diario La Nación en nota de portada al día siguiente de que, tras la renuncia de Carlos Menem a disputar la segunda vuelta electoral, Kirchner fue consagrado Presidente: «un gobierno para dos años».
Esta estrategia calza como un guante en la política estadounidense para la región: mantener todo lo posible la fachada democrática, pero colocar piezas propias en cada casillero. En ausencia de partidos, sindicatos u otras instituciones tradicionales para el ejercicio del poder y la presión (todo está devastado en Argentina, aunque la jerarquía eclesiástica ayuda con su muy menguado prestigio), el papel dirigente ha quedado, aquí también, en los medios de prensa.
En febrero anunciaron un cataclismo inesperado, que paralizaría al país: la crisis energética. Salvado ese escollo -asistencia venezolana mediante- el eje de agitación pasó a ser la «inseguridad». Luego vinieron en cascada aumentos de precios en todos los rubros, especialmente combustibles.
Mediante estos tres recursos sucesivos y combinados, le fue arrebatada al gobierno la iniciativa política. La creación de una empresa de Energía estatal fue una aceleración en sentido inverso. Pero los medios, manipulando con destreza ocultamientos y tergiversaciones, desdibujaron la medida. Mientras tanto la estampida de precios, las concesiones en la renegociación de la deuda externa y la decisión de enviar tropas a Haití, contribuyeron a buen ritmo con aquel plan de desgaste de la figura presidencial.

Diplomacia de la incoherencia

PorLBenAXXI

 

¿Falta brújula o manos firmes sobre el timón? El interrogante se plantea al observar el papel de los países clave de Suramérica en la sucesión abrumadora de reuniones presidenciales que ha tenido lugar en los últimos ocho meses. La diplomacia de Brasil, Venezuela y Argentina tiene en el actual momento histórico una responsabilidad de enormes efectos inmediatos para Suramérica. Pero hay que decirlo sin rodeos: no la está cumpliendo.
Brasil parece haber confundido estrategia política con agresivo marketing global; Venezuela no logra traducir las definiciones de su presidente en línea de acción articulada y eficiente; Argentina zigzaguea como si no tuviese rumbo definido o careciera de la fuerza o habilidad para adoptarlo. El extremo es el acto suicida de Brasilia y Buenos Aires: enviar tropas a Haití para convalidar el injerencismo estadounidense.
La reciente reunión en Guadalajara de presidentes de América Latina-Caribe y la Unión Europea resume este desconcierto: cuando ya ha quedado sepultado el intento avasallante del Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) originalmente impulsado por Estados Unidos, los gobiernos del hemisferio se embarcan en una discusión cuyo eje es crear un área de libre comercio con el otro centro hegemónico planetario. Como si la opción fuese someterse a Washington o a Bruselas.
Aprovechar la durísima pugna entre ambas metrópolis imperialistas está en la base de cualquier estrategia consistente. La historia latinoamericana es rica en enseñanzas al respecto. Otra cosa es reducir la estrategia a un cambio de amo: también en este sentido es aleccionadora la gesta emancipadora del siglo XIX.
Los presidentes que acuden a estas cumbres debieran definir sin subterfugios el objetivo: ¿llevan allí el reclamo perentorio de cientos de millones de personas a quienes todo les está negado, o representan las urgencias de grandes terratenientes y empresarios industriales que gimen por menores aranceles para productos sin demanda suficiente?

 

Adónde va el Mercosur

De la respuesta a aquella definición, se desprende la tarea planteada: transformar presidentes en lobbystas, gestores de facilidades comerciales, o en estadistas resueltos a construir un mundo diferente.
Resulta irónico, no obstante, que los hechos confirmen una y otra vez el cortísimo aliento de quienes apelando al remanido posibilismo, fracasan en sus gestiones y, acaso sin percibirlo, retroceden de sus propios cicateros pasos para quedar acorralados. El encuentro de Guadalajara a fin de mayo es por demás elocuente: la negativa de la mayoría de los representantes del hemisferio a poner en el centro del debate la conducta brutal, militarista y anexionista de Estados Unidos hacia América Latina y el Caribe; la insólita omisión respecto de Haití (¿quién le preguntó al presidente francés por qué había participado en el secuestro de Aristide?); el temor a imponer sin tapujos la condena al crimen de la invasión a Irak, no hizo que los caballeros europeos cedieran un céntimo en los porcentajes de aranceles y subsidios en los cuales se centró el debate.
Del mismo modo, la reducción del Mercosur a cuestiones comerciales -lo que equivale a dejar su futuro en manos de quienes discuten cómo maximizan el lucro de sus empresas- ha producido en los últimos meses un deterioro y retroceso en las relaciones entre Brasil y Argentina sólo invisible para quien opta por la ceguera.
El encuentro de presidentes del Mercosur que tendrá lugar en Foz de Iguazú a comienzos de julio es una nueva oportunidad. Está anunciada la participación de prácticamente todos los mandatarios de la región. Hasta vendrá Vicente Fox, presidente de Coca Cola y de México. Es oportuno reunirse en la Triple Frontera, lugar fijado por Washington como zona de actuación del terrorismo internacional, (alegación no del todo infundada, puesto que desde hace años fuerzas conjuntas comandadas por Estados Unidos realizan allí maniobras militares).
Este encuentro tendrá lugar en un momento clave del intento estadounidense por lanzar un manotazo que le permita recuperar la iniciativa perdida en la región. La respuesta no puede ser un debate arancelario. Se trata de emprender o no el camino de una Confederación Latinoamericano-Caribeña sobre una plataforma de plena participación democrática y distribución equitativa de las inmensas riquezas por siglos robadas y malversadas.
No se trata sólo -ni principalmente- de un reclamo a los presidentes. Hay que demandar también a dirigentes e intelectuales que, por incomprensión o cobardía, desconocen la encrucijada dramática del hemisferio y confunden elevados sentimientos humanitarios con falta de resolución y coraje para enfrentar y vencer el brutal desafío imperialista. (Por ese camino se llega a condenar a la Revolución Cubana por defenderse, e incluso al extremo de identificar agresor con agredido). En última instancia, como en todo momento crucial de la historia, sin la participación protagónica y consciente de decenas de millones de hombres y mujeres, no habrá resolución positiva.