Bolivia conmocionada por la sublevación campesina

porLBenLMD

 

En la gravísima crisis que sacude a Bolivia se prefigura un cuadro económico y sociopolítico extensible a casi todo el continente, mientras peligra la estabilidad del gobierno de Hugo Banzer. La oposición, no obstante, se muestra dividida.

 

¿Caerá el presidente boliviano Hugo Bánzer? Los campesinos movilizados desde hace tres semanas sostienen que con esta embestida -la tercera que en el último año adopta la modalidad de bloquear los acesos a la capital y sitiar las principales ciudades del país- lograrán su objetivo, que ya no se limita a defender los últimos sembradíos de coca restantes, sino que apuntan a derrocar al gobierno. «Coca o muerte» , entonan mientras marchan y se enfrentan con las fuerzas represivas.

La legendaria COB (Central Obrera Boliviana) oscila entre la huelga y la negociación, pero afirma también la necesidad de derrocar al Presidente. El alicaído MNR (Movimiento Nacionalista Revolucionario), mediante un sesgo legalista -acortamiento del mandato presidencial- confluye no obstante en la misma demanda. Y hasta la Confederación de Empresarios Privados emplazó al ex dictador a resolver la crisis económica antes de fin de mes…

Banzer estaba en la cumbre de las Américas, realizada en Quebec del 20 al 22 de abril, cuando las columnas de campesinos llegaron a La Paz luego de una semana de marcha sorteando el accionar represivo. La policía y las fuerzas armadas actuaron con extrema dureza y la capital boliviana fue escenario de una batalla campal. Otro tanto ocurría en el interior. El país se incendió y las fuerzas represivas ocuparon las calles. Con los campesinos a la delantera, acompañados por obreros, empleados y hasta una singular organización que agrupa a «deudores de bancos» , la mayoría de la población se aunó tras la consigna «Fuera Banzer» . El lunes 23 el presidente estadounidense George W. Bush emitió un comunicado de respaldo al Presidente boliviano, en el cual expresó su voluntad de que éste termine su mandato. Por esas horas, con obreros y empresarios del transporte sumados a la movilización. y con la muerte de dos ciudadanos por el accionar represivo, la crisis planteaba precisamente la cuestión de quién y cómo gobernará Bolivia.

Cuando el miércoles 25 arribó a La Paz de regreso de Quebec, Banzer declaró que no renunciará; respondió al alud opositor clausurando una instancia de negociación con los partidos reconocidos y anunció que impediría los bloqueos de rutas con policías y militares.

Hasta el momento de redactar estas líneas, el 26 de abril, tales palabras no reflejaban la realidad: «A pesar de la presencia de policías y militares armados hasta los dientes en varios tramos estratégicos sobre la carretera, los productores de coca consolidaron más de una veintena de puntos de bloqueos relámpago» en la región del Chapare(1). El mismo corresponsal describe el clima imperante: «Con los rostros pintados en señal de guerra (a diferencia de otras intervenciones), los conscriptos enfundaron sus bayonetas en los cañones de sus fusiles FAL para defenderse de cualquier tipo de agresión física por parte de los cocaleros» . También el periodista da la palabra a Julio Salazar, dirigente de la central campesina: «No somos locos para estar bloqueando la carretera Cochabamba-Santa Cruz. El pueblo de Bolivia tiene que entender que es por necesidad, pobreza, hambre y falta de empleo porque el desarrollo alternativo no existe y los convenios firmados nunca se hacen realidad».

 

Una realidad latinoamericana

Pobreza, hambre, falta de empleo… y generalizada impotencia política. Con su crisis Bolivia configura un caso paradigmático de la realidad latinoamericana. La propia existencia de Banzer como presidente constitucional después de su sanguinario pasado como dictador militar refleja el callejón en que se halla el país. Banzer y quienes los sostuvieron como dictador o «demócrata» no pueden ni relanzar el crecimiento del país ni contener el descontento masivo. Tampoco el partido de la revolución de 1952, el MNR. Como todas las expresiones del populismo tercerista que condujeron a las masas durante el siglo -desde el PRI mexicano hasta el peronismo argentino, desde el aprismo peruano al varguismo brasileño- el MNR ha agotado absolutamente su capacidad para concitar el apoyo activo de las mayorías y no se diferencia en nada sustantivo de otros partidos tradicionales.

Sin embargo la verdadera gravedad de la situación estriba en la fractura social y la confusión -incluso la degeneración- ideológica de las organizaciones que canalizan los sentimientos de los desposeídos y acosados por la crisis. Hace ya mucho tiempo que la COB no es la que enarboló el Programa de Pulacayo, que proponía un plan económico y político de corte anticapitalista. También es cierto que la clase obrera boliviana no es la que inervaba el poderoso y combativo movimiento minero. Esa ausencia ha dado lugar a un corte vertical en el campesinado, con la derivación de una fracción hacia un indigenismo francamente reaccionario corporizado en el dirigente Felipe Quispe, quien no sólo propone echar de Bolivia a todos quienes no sean indígenas, sino que opone la nacionalidad aymara a las demás etnias aborígenes. Esa fractura logró que Banzer pudiera imponerse en noviembre último y fue el propio Quispe quien acordó por separado un cese de hostilidades. Desde entonces, las fuerzas militares, respaldadas por Estados Unidos, avanzaron en la destrucción de los últimos reductos de plantación de coca y los campesinos parecen haber dado cuerpo a la advertencia del otro líder con mayor predicamento, Evo Morales, quien entonces advertía que no le dejaban otro camino que la lucha armada «como en Colombia»(2).

No será un discurso falsamente indigenista el que pueda encaminar la solución de esta gravísima crisis, cuyo origen puede remontarse al fracaso de la revolución de 1952. Pero todo lo que tiene Banzer para ofrecer es la «cláusula democrática» pomposamente votada en Quebec.

  1. «Chapare: lluvia de bloqueos y una carretera militarizada» ; Los tiempos, La Paz, 26-4-01.
  2. Luis Bilbao, «Colapsa en Bolivia la estrategia de Washington» , Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur, noviembre 2000.

Aumenta la inestabilidad política en Paraguay

porLBenLMD

 

Asunción es el centro de tensiones que exceden la gravitación de ese pequeño y empobrecido territorio. En el marco de una profunda crisis, en Paraguay se resumen hoy las claves de una situación regional que oscila y vacila, mientras encumbradas voces hablan de guerra civil y retorna el fantasma de la intervención militar extranjera.

Guerra civil, intervención militar extranjera, son conceptos presumiblemente ajenos para los habitantes del Cono Sur de América Latina y aplicables sólo a países distantes. Es un signo a tener en cuenta que hayan comenzado a resonar en referencia a Paraguay.

«Los obispos de Paraguay alertaron al presidente Luis González Macchi que se están dando los síntomas preliminares de una revolución civil, similar a la de 1947″informaba un diario asunceño al que se supone próximo a las posiciones del general Lino Oviedo -actualmente detenido en Brasil- mientras arreciaban los rumores de golpe de Estado(1).El otro matutino de la capital paraguaya, opuesto en todo al anterior, reconocía al día siguiente: «Monseñor Pastor Cuquejo reiteró ayer que efectivamente podría darse una guerra civil, a partir de las explosiones sociales que están ocurriendo en nuestro país»(2).

La alarma hizo eco, aunque algo tardío, en Buenos Aires, antigua metrópoli celosa y temerosa de aquel Paraguay desarrollado e independiente del siglo XIX: «Hoy los principales sindicatos se reunirán para definir el inicio de una huelga general contra la política económica del gobierno y para exigir un aumento del 20% en el salario mínimo»(3).

Simultáneamente se informaba del arribo anticipado de efectivos militares estadounidenses, avanzada de un contingente de 400 que, con otros tantos soldados de países latinoamericanos -entre ellos Argentina- se emplazaron en la ciudad de Concepción, cercana a la frontera con Brasil, donde a partir del 1 de abril y hasta el 30 de junio desarrollarán maniobras militares encuadradas en el operativo denominado «Nuevos Horizontes»(4).

 

Los detonantes

Esta situación se daba en las vísperas de la marcha campesina que, como desde hace ocho años, lleva a Asunción la demanda de la clase social más relevante y a la vez más postergada del país y en el marco de un pico extremo de la permanente crisis en la que vive el gobierno del presidente Luis González Macchi. La debilidad del actual gobierno parte de su origen5 : González Macchi asumió luego del asesinato del vicepresidente Luis María Argaña y la destitución del presidente Raúl Cubas Grau, acontecimientos ocurridos en el marco de la movilización campesina de 1999. Un año después hubo comicios para elegir vicepresidente y resultó electo Julio César Franco, el candidato del Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA), que poco antes había abandonado la coalición gobernante. Absurda en sí misma, la existencia de un Vicepresidente respaldado por una elección frente a un Presidente apoyado sólo en una de las innumerables facciones del tradicional Partido Colorado, recrudeció este año con motivo de la nueva marcha campesina y de un factor adicional que en realidad transformó y aceleró el carácter de la crisis política paraguaya: González Macchi se alineó con Brasil en la pugna de este país por revitalizar el Mercosur, mientras Franco, cuyo partido no oculta sus conexiones con la embajada estadounidense, propugna la inmediata consumación del ALCA (Alianza de Libre Comercio de las Américas).

 

Perfil de las fuerzas en pugna

En la tarde del martes 13 de marzo, horas antes de que arribaran a la capital paraguaya los contingentes de sin tierra y pequeños productores agrícolas que desde todo el país marchaban hacia Asunción convocados por la Federación Nacional Campesina (FNC), llegó a la redacción de Le Monde diplomatique la reproducción facsimilar de un comunicado oficial del Comando de las fuerzas militares cuyo texto no requiere explicaciones: «Comunicado Nº 32

El comando de las fuerzas militares informa a la ciudadanía en general que por directiva emanada del excelentímo señor presidente de la Repúbica (…) las unidades militares permanecerán en apresto operacional y en condiciones de poner en ejecución planes de contingencia, a partir de las 18 horas del día de hoy y hasta nueva disposición, a fin de cooperar con las fuerzas policiales si fuera necesario, durante el desarrollo de la marcha campesina prevista para el día miércoles 14 del corriente».

Minutos después recibimos la réplica de la FNC, un documento inusual que en uno de sus párrafos señala: «No somos una amenaza a nuestra integridad territorial ni a nuestra soberanía, somos el sector mayoritario de la nación paraguaya (…) De mantenerse estos Aprestos Operacionales, necesariamente debemos concluir que la mayoría del pueblo paraguayo son fuerzas extranjeras o que la minoría armada responde a intereses de otra nación. Por si no están enterados, les informamos que más de 400 militares de otro país se encuentran movilizándose libremente en nuestro territorio, específicamente en el Departamento de Concepción; y probablemente tanta preparación y solemnidad sería mejor aprovechada en relación a la presencia de ellos y no a una marcha de paraguayos»(6). Declaración de la Federación Nacional Campesina.

Carta abierta a las fuerzas militares

«La Federación Nacional Campesina ante el comunicado Nº 32 de las fuerzas militares, expresa cuanto sigue:

a) que la marcha campesina para el día miércoles 14 del corriente está compuesta en su totalidad, desde la dirigencia hasta el último niño que estará presente, por paraguayos que están aportando día a día con su trabajo y esfuezo a nuestra nación; es claro que es la parte más sufrida y la más expoliada de esta nación, pero la que mantiene la dignidad (que falta a muchos de los gobernantes), para que defendiendo el pan de cada día y otros derechos de los cuales fuimos despojados planteamos la lucha por la soberanía nacional como centro. Soberanía que mantuvimos hasta el año 1870 y que para despojarnos, ejércitos extranjeros tuvieron que llegar hasta el genocidio de nuestro pueblo. Resultado del mismo, hasta hoy todo el pueblo sufre la barbarie del latifundio, la vergüenza de la dependencia y la humillación de la miseria. En ese sentido, (aunque ya nada nos sorprende), el comunicado Nº 32 de las fuerzas militares en su actitud nos parece muy similar a la de esos ejércitos que no dudaron en destruir nuestra nación para liquidar nuestra soberanía;

b) Aunque ya lo aclaramos muchas veces, la FNC es una organización de masas compuesta por pequeños, medianos productores y sin tierra con una política propia que tiene como base: Primero, que las conquistas de los pobres es resultado de la lucha de los mismos; Segundo, que la única fuerza que podrá transformar las condiciones políticas, sociales y económicas perversas de nuestro país es la unidad de la clase obrera, el campesinado y todos los sectores mayoritarios que sufren la miseria; Tercero, que la lucha del campesinado entronca con nuestra historia de independencia y se proyecta hacia un futuro digno sin amos de adentro ni de afuera y con justicia social.

c) Por lo tanto, Señores Oficiales de las Fuerzas Militares, no somos una amenaza a nuestra integridad territorial ni a nuestra soberanía, somos el sector mayoritario de la nación paraguaya por lo cual no hay ninguna necesidad de aprestos operacionales ni preparar planes de contingencia. De mantenerse estos Aprestos Operacionales, necesariamente debemos concluir que la mayoría del pueblo paraguayo son fuerzas extranjeras o que la minoría armada responden a intereses de otra nación. Por si no están enterados, les informamos que más de 400 militares de otro país se encuentran movilizándose libremente en nuestro territorio, específicamente en el Departamento de Concepción; y probablemente tanta preparación y solemnidad sería mejor aprovechada en relación a la presencia de ellos y no a una marcha de paraguayos;

d) Una vez más, aclaramos que la FNC, dirigencias y bases no somos rehenes de una «democracia» formal que mantiene al pueblo en la miseria y gobierna para la minoría explotadora y mucho menos instrumentos de alguna que otra fracción de la minoría explotadora y mucho menos instrumentos de alguna que otra fracción de la minoría golpista que manipulando las necesidades del pueblo intentan tomar el gobierno.

Esta carta, Señores, no es porque estamos asustados, ni para justificarnos ante ustedes. Tiene la única intención de dejar clara la posición de la FNC ante el pueblo y la historia

La lucha continúa… Venceremos

Eladio Flecha, presidente

Alberto Areco, Secretario de Organización

Asunción, 13 de marzo de 2001.

 

Durante las movilizaciones de 1999 y de 2000, la FNC logró eludir las maniobras que intentaban capitalizar la masiva presencia campesina a favor de una u otra de las fracciones en pugna por el poder. Y en ambos casos aprovechó para arrancar importantes concesiones al gobierno, que redundarían en un fortalecimiento de esta organización. Pero en esta oportunidad la FNC fue más allá. Dejó sentado que «no somos rehenes de una democracia formal que mantiene al pueblo en la miseria y gobierna para la minoría explotadora, y mucho menos instrumento de alguna que otra fracción de la minoría golpista que manipulando las necesidades del pueblo intenta tomar el gobierno»(7). Pero simultáneamente y a través de la fuerza política hegemónica en esta organización campesina de masas, el Partido Popular Revolucionario Paraguay Pyahurá (PPRPP), lanzó la alternativa de «Un gobierno patriótico de emergencia nacional».

Consultado por «el Dipló», el secretario general de este partido, Eris Cabrera, sostuvo que «No se puede tolerar más esta situación. Sin excepción, los políticos de la oligarquía deben ser desalojados del poder por medio de la presión popular. Los campesinos, los obreros, todos los sectores oprimidos, tenemos que constituir un gobierno patriótico de emergencia y llamar a verdaderas elecciones, no a esta farsa que denominan democracia» . Cabrera agregó que en su país se percibe como nunca antes la confrontación entre representantes de grandes intereses estadounidenses y europeos. «El Citicorp acaba de denunciar falta de garantías en las privatizaciones y se retiró de las negociaciones, mientras que bancos de Alemania y Holanda sostienen que todo está muy bien. Es curioso que al mismo tiempo Estados Unidos manda tropas militares para hacer maniobras en nuestro territorio» , agregó el dirigente paraguayo.

 

Una solución inestable

En la noche del miércoles 14, mientras decenas de miles de campesinos se retiraban de Asunción tras una impresionante demostración de fuerza y sin que se produjera ningún incidente, González Macchi anunciaba la recomposición de su gabinete y un nuevo plan económico cuyas medidas se conocerían el viernes (en significativa concidencia con los anuncios en Buenos Aires). Se espera una devaluación de la moneda. González Macchi prometió al presidente y al secretario de organización de la FNC, Eladio Flecha y Alberto Areco, inversiones de 200 millones de dólares para elevar del 5 al 30% la industrialización de la cosecha de algodón. Ambos dirigentes ingresaron a la casa de gobierno protegidos con chalecos antibalas y se retiraron para anunciar a la asamblea el compromiso del Presidente.

Otra cosa es que éste pueda cumplirlo: el domingo 18 el PLRA realiza una reunión especial de sus autoridades para definir si reclama o no la inmediata renuncia del presidente y la asunción de Julio César Franco.

  1. «Alerta episcopal sobre ciertos síntomas de una guerra civil» ; «ABC Color» ; Asunción, 05-03-01.
  2. «Reafirman posible choque armado» ; «Noticias» , Asunción, 06-03-01.
  3. «Se agrava la tensión en Paraguay con una ola de protestas» ; «La Nación» , Buenos Aires, 12-03 01.
  4. «Genera suspicacias presencia de militares norteamericanos» ; «ABC Color» , Asunción, 06-03-01.
  5. Luis Bilbao, «Un pequeño país desbordado» , Le Monde diplomatique Edición Cono Sur, marzo de 2000.
  6. El texto íntegro es el siguiente:
  7. Ibíd.

 

El mundo en los ´70

porLBenLMD

 

¿Es lo mismo avanzar que huir hacia delante? La respuesta es no, y aplicada a la política estadounidense desde mediados de los ´70 permite inteligir lo ocurrido en Argentina y el mundo durante el último cuarto de siglo, pero sobre todo extraer conclusiones respecto del momento actual y las perspectivas futuras.

 

Tanto discurso alabando o condenando la «victoria occidental» en la guerra fría, tanta producción literaria celebrando o lamentando «el fin de las utopías», acabó por desdibujar para unos y encubrir para otros no ya el estado de ánimo, sino la realidad objetiva que vivía el mundo 25 años atrás. A la sazón, Estados Unidos se hallaba poco menos que acorralado en el terreno político y la economía mundial había ingresado en una zona de turbulencia -luego del larguísimo y para muchos inagotable ciclo de crecimiento de posguerra- que replanteaba en términos concretos la necesidad y posibilidad de superar el sistema en la parte del mundo donde su reinado declinaba: un tercio del planeta estaba fuera del capitalismo.

Es muy difícil, en el clima social e intelectual de hoy, que los jóvenes perciban el momento histórico que predominaba en todos los ámbitos y que para unos era motivo de temor y para otros -los más- de alegría y esperanza. Es igualmente difícil proponer que quienes vivieron conscientemente ese período, depongan hoy la actitud de nostalgia o satisfacción, según los casos, para asumir, si no una mirada de rigor científico, al menos de objetividad y sentido común: ¿qué ocurría en el mundo en los años ´70? ¿y por qué?

 

El Imperio pierde una guerra

El planeta crujió cuando Estados Unidos huyó de Vietnam, derrotado militar, política e ideológicamente. Pero esa humillación era apenas la parte visible del témpano que parecía avanzar contra el corazón de lo que entonces se denominaba sin remilgos imperialismo.

Bastante antes de eso, en mayo del «68, una insurrección estudiantil en París había terminado con la ilusión de que la inestabilidad política y social era cosa del Tercer Mundo. El «mayo francés», además de poner en retirada al presidente Charles de Gaulle, símbolo de la Francia de posguerra, y de conmover los cimientos de lo que entonces se denominaba «Occidente», detonó un movimiento juvenil de alcance internacional y aceleradísima radicalización. Desde México a Japón, desde Bonn, Praga o Roma hasta Córdoba, Argentina, los estudiantes y -más alarmante aún- los obreros, se sublevaban no para demandar un aumento de salario, sino para denunciar la explotación y la enajenación, con la explícita intención de abolirlas. El «otoño caliente» de Italia en 1969, con millones de obreros lanzándose a las calles con banderas rojas y arrastrando al movimiento estudiantil y al conjunto de la sociedad, fue mucho más que un llamado de atención: una estructura social se estaba derrumbando; una fase crucial de la historia contemporánea mostraba su agotamiento.

En 1973, una coalición de los partidos Socialista y Comunista encabezada por Salvador Allende, ganaba las elecciones en Chile. Simultáneamente la irrupción de la Organización de Países Productores de Petróleo (OPEP) y el aumento del precio de esta materia prima vital fue el factor visible del fin de un ciclo económico de crecimiento y el ingreso a otro, cuya primera manifestación fue la llamada «stagflation» (estancamiento con inflación), frente a la cual Estados Unidos había puesto en 1972 la primera columna de lo que sería luego su política económica, al abandonar el patrón oro. En 1974, un año antes de que los ejércitos comandados por el general Vo Nguyen Giap hicieran morder el polvo a los hasta entonces invictos marines, la cadena imperialista se cortaba por su eslabón más débil: caía el dictador portugués Antonio de Oliveira Zalazar en Lisboa, se liberaban sus colonias en Africa y en Angola, Mozambique y Cabo Verde comenzaba un ensayo anticapitalista, poniendo en jaque estratégico a la potencia imperialista continental: la Sudáfrica del apartheid. Por interés, mezquindad o cretinismo un hecho sin precedentes en la historia fue silenciado o minimizado entonces y hasta ahora: Cuba envió un ejército voluntario de 10.000 hombres al continente africano para respaldar la revolución antimperialista en curso. Tal vez el subrayado del hecho permita intuir cuál era el mundo de entonces: Fidel Castro envía un ejército revolucionario a través del Atlántico y Estados Unidos, la potencia militar con armas suficientes para destruir 80 veces el planeta ¡no puede hacer otra cosa que enviar dinero para crear ejércitos mercenarios y presionar a Moscú para que le niegue apoyo a Cuba! Es que el movimiento antiguerra dentro de Estados Unidos y el odio antimperialista en todo el mundo por los inenarrables crímenes cometidos en Vietnam habían amarrado las manos de Washington. Y como corolario de este cuadro global, en América Latina nacía y se fortalecía el movimiento de sacerdotes del Tercer Mundo, munido de una «teología de la liberación», que introducía el herramentaje marxista para analizar la economía y proponía el socialismo como única respuesta válida a la crisis social.

Era apenas el prólogo. A comienzos de 1979, un movimiento de masas con pocos antecedentes en la historia acorraló y derrocó al Sha Reza Pahlevi, un títere puesto por Estados Unidos mediante un golpe de Estado(1) en un país clave en términos geoestratégicos para la confrontación Este-Oeste: Irán, gran productor petrolero y por entonces el quinto ejército más poderoso del mundo, equipado y teledirigido por Estados Unidos. En julio de ese mismo año, otra marioneta del Departamento de Estado caía derrotada por un ejército guerrillero: Anastasio Somoza, tercero de una dinastía criminal y corrupta, huía de Nicaragua y los sandinistas tomaban el poder. Poco antes, una pequeñisima isla caribeña mostraba que el fenómeno se manifestaba en las más diversas circunstancias: Maurice Bishop, un marxista educado en Inglaterra y muy próximo a Fidel Castro, encabezó una insurreción y tomó el poder en Granada, punto invisible en el mapa, pero cargado de símbolos: de población negra de habla inglesa (en momentos de gran efervescencia negra en Estados Unidos) y tierra de los ancestros de Malcom X, el revolucionario estadounidense que de la reivindicación racial había llegado a la idea de revolución social, por la cual fue asesinado.

Una hebra intangible, una fuerza invisible a los ojos pero muy sensible a la percepción de los grandes centros capitalistas unía de algún modo estos acontecimientos: la tasa de ganancia media había caído en los siete países de mayor envergadura a niveles que ponían en cuestión el mecanismo de reproducción del sistema.

 

Reacción defensiva

Es en este punto de tensión extrema, con Estados Unidos en situación de franca defensiva, cuando se pondrán en juego las reservas de las fuerzas en pugna. En su carácter de principal potencia capitalista, Estados Unidos asumió la vanguardia de un combate frontal, totalizante, sin tregua y sin improvisación, contra el conjunto de causas que minaban los cimientos de su imperio. Ese pujo histórico fue global en el sentido de que abarcó todos los ámbitos de la vida social -ideológico, económico, militar, cultural, religioso, político- y tuvo como escenario la totalidad del planeta. Washington puso a sus aliados ante la imposible opción de sumarse u oponerse a esta estrategia de largo alcance y a sus enemigos ante la exigencia histórica de mostrar si estaban o no en condiciones de resistir su contraofensiva en todos los planos.

La historia inmediata posterior mostró el veredicto: aquellas condiciones no existían. Estados Unidos logró una rotunda victoria en todos los ámbitos. El éxito fue más allá de lo esperado incluso por sus gestores, cuando se desmembró el llamado «mundo socialista» y desapareció la Unión Soviética, un hecho inimaginable para la casi totalidad de los estudiosos y analistas de la realidad mundial.

Antes de que cobrara forma acabada la contraofensiva estadounidense prevalecía todavía la doctrina de la llamada «seguridad nacional», según la cual el enemigo estaba fronteras adentro y la tarea de las fuerzas armadas era combatirlo, incluso tomando en sus manos el poder político. Pero estaba a la vista que por esta vía, con eje exclusivo en la violencia, el imperio se desangraría a la vez que alimentaría hasta límites incontrolables la oposición interna en Estados Unidos. Desde luego, esto no significaba en modo alguno resignar la utilización de la violencia, incluso en formas y niveles desconocidos hasta entonces, para sostener el poder. Allí están, para verificarlo, las dictaduras en Chile, Uruguay y Argentina, implantadas entre 1973 y 1976. El hecho es que mientras promovía y teledirigía golpes militares y la violación masiva de los derechos constitucionales en estos y otros países, el Departamento de Estado ponía a punto un mecanismo complementario en lo esencial, pero radicalmente opuesto en apariencia, diseñado por un think tank encabezado por quien luego sería Secretario de Estado, Zbigniew Brzezinski. A partir de 1977 le tocaría al presidente James Carter desplegar una campaña planetaria destinada a mostrar que, en realidad, Estados Unidos era el paladín de los derechos humanos y el nuevo gobierno demócrata llegaba para hacer que todo el poder estadounidense se volcara a favor de la democracia, las libertades públicas y los derechos civiles.

Para un observador objetivo, el intento podía parecer grotesco: hasta el menos avisado habitante del planeta conocía en detalle el genocidio en Vietnam, Laos y Camboya; era pública y notoria la responsabilidad directa del gobierno de Estados Unidos (y de Henry Kissinger en particular), en el golpe de Estado en Chile y el respaldo a las aberrantes políticas represivas de Augusto Pinochet; aunque de manera menos ostensible, era universalmente sabido que la embajada estadounidense fue una pieza clave para el golpe de Estado en Argentina y en la política de desaparición masiva de personas. ¿Cómo podría entonces la Casa Blanca presentarse ante la opinión pública mundial como inmaculada defensora de los derechos humanos y garantía de procesos de apertura política en todo el mundo? Más que un acto de hipocresía, el gesto podía parecer un total desatino.

No lo fue. Si bien la posición de Washington era muy débil en ese punto, la de la mayoría de sus adversarios lo era aún mayor. Durante décadas, la corriente por lejos más poderosa de las fuerzas que se proclamaban defensoras del socialismo marxista había desestimado el lugar de la activa y libre participación de la ciudadanía en la vida social. El sistema soviético llevaba medio siglo negando a los ciudadanos la participación en las decisiones políticas, pero además el stalinismo había cometido atrocidades represivas sin límites y su legado era una Unión Soviética (y por extensión el área de los países integrantes del Pacto de Varsovia bajo su férula) donde no existían derechos civiles y garantías individuales. Peor aún: los partidos comunistas de todo el mundo se negaban a reconocer esa realidad y se identificaban con ese «socialismo». E incluso en las débiles filas de la oposición marxista al stalinismo, cuando se trataba de ir más allá de las palabras se desestimaba por completo el ejercicio de libre participación del individuo y las clases en la toma de decisiones.

Así aparecen en el escenario ideológico político internacional el rescate de la palabra democracia y la reinvención de un concepto antiguo como la sociedad pero nuevo por su contenido y utilización: los derechos humanos.

Corresponde poner en la cuenta de Brzezinski el descubrimiento de que ésta era el arma más poderosa, la primera, con la que Estados Unidos podía afirmar su contraofensiva estratégica en un momento de gravísimo peligro para su predominio mundial. Fue una táctica brillante: la identificación de los derechos humanos con el ejercicio de los derechos constitucionales y las libertades civiles, puso en manos de Estados Unidos un ariete ideológico de extraordinaria potencia en lo que se presentaría como «lucha contra el comunismo». Era ésa la única posición sólida de Washington en aquel momento. No lo entendieron así quienes, con dogmática ceguera, siguieron negando que dentro de las limitaciones que impone el sistema socioeconómico, en el llamado Occidente -y particularmente en Estados Unidos- esa democracia existía y con vigor.

Desde luego esta era sólo una de las armas del arsenal montado para la contraofensiva. Mientras esta política comenzaba a desenvolverse la Junta Militar tomaba el poder en Argentina para que su ministro de Economía José Martínez de Hoz aplicara las políticas económicas previstas en aquella estrategia (ver pág. 6 ). Así, «democracia» y «derechos humanos» fueron consignas que ganaron vertiginosa y contradictoriamente terreno político e ideológico con tanto más vigor cuanto más se las violaba.

La implementación de los restantes componentes de la contraofensiva chocaba, desde luego, con la propaganda. Carter parecía creer en su propio discurso y muchas voces, entre ellas la de Fidel Castro, han dado crédito a su sinceridad. No cabe duda de que incontables funcionarios, intelectuales, periodistas, religiosos o ciudadanos comunes estadounidenses obraron convencidos de estar contribuyendo a terminar con los crímenes y la brutalidad: precisamente allí estriba el poder de un sistema político que incluye conquistas que la humanidad sólo abandonará para superarlas, jamás para dejarlas atrás.

Es igualmente evidente que los hombres que encarnaron la reivindicación de Estados Unidos como paladín de la democracia no podían asumir ellos mismos lo que venía, sin destruir rápidamente su propia obra. Carter fue reemplazado en 1980 por un actor de películas de pistoleros y el lugar de Brzezinski lo ocupó la señora Jeanne Kirkpatrick, jefa del equipo que redactó el Documento de Santa Fe, donde se teorizaba el concepto de «guerra de baja intensidad». Según el guión, a Ronald Reagan le correspondía asumir sin cosmética el programa económico ya ensayado por Margaret Thatcher en Inglaterra (destinado básicamente a revertir la caída de la tasa de ganancia mediante el aumento de la explotación relativa y absoluta de la fuerza de trabajo, la baja de los precios de las materias primas y una mayor succión de riquezas del Tercer Mundo por medios financieros); volcar cifras millonarias a un proyecto denominado Sistema de Defensa Estratégico (bautizado por la prensa como Guerra de las Galaxias) y frenar la revolución centroamericana con eje en la Nicaragua sandinista mediante ejércitos mercenarios comandados por la CIA y el Pentágono. Todo ello sin dejar de enarbolar las banderas ya bien plantadas de los «derechos humanos» y la «democracia». Se resumía en estas medidas la necesidad de responder al desafío ideológico, político, militar y económico.

Mientras tanto, la nunca bien aclarada muerte súbita de Juan Pablo I había permitido que el Opus Dei colocara a su hombre en el trono de Pedro: un polaco de mente lúcida, grandes ambiciones y décadas de entrenamiento en la «lucha contra el comunismo». Su embajador en Estados Unidos, monseñor Pio Laghi (antes había ocupado el mismo cargo en Buenos Aires, como buen amigo del general Jorge Videla y el almirante Emilio Massera, con quien jugaba al tenis), confesaría años más tarde en un extenso reportaje publicado en el semanario Time, que se reunía una vez por semana en «desayunos de trabajo» con William Casey, legendario jefe de la CIA, para discutir dos temas: Polonia y Nicaragua.

 

Pirro en el siglo XXI

No es preciso narrar los acontecimientos posteriores. La contraofensiva de Estados Unidos fue victoriosa en todo: desde el desmembramiento de la Unión Soviética a la flexibilización absoluta de la fuerza de trabajo; desde el aplastamiento de la «teología de la liberación» hasta la imposición de pautas culturales clonadas de su decadencia para todo el planeta; desde la caída brutal en los precios de las materias primas a la asunción, como religión incuestionable, de una ideología que reduce los derechos humanos a votar regularmente y ofrecer a una proporción considerable de la población libertades civiles y garantías constitucionales.

A fines de los «80 la suerte de la batalla estaba echada y en la última década del siglo pasado Estados Unidos pudo proclamar su victoria con el respaldo poco menos que unánime de quienes conducen partidos, medios de comunicación, universidades, sindicatos… Con raras excepciones, el mundo -y sobre todo los jóvenes- se convenció de que aquella victoria era definitiva. Esa convicción obró además como fuerza suplementaria en respaldo de la estrategia estadounidense y se tradujo en pautas culturales que signaron la última década del siglo XX. Pocos distinguieron entre avanzar y huir hacia delante. Sin embargo la confusión duraría apenas una década. Al cabo de ese lapso quedó a la vista que, como el mítico general Pirro, para ganar la guerra Estados Unidos había destruido sus ejércitos amigos. Y el siglo XXI comenzó con evidencias ya inocultables de que la crisis conjurada con la contraofensiva lanzada un cuarto de siglo antes reaparecía multiplicada en todos los planos(2). Y con agravantes que la hacen cualitativamente diferente: ya no está el stalinismo para ser identificado con el fracaso de toda alternativa al actual orden social; han desaparecido los grandes movimientos populistas que durante décadas desviaron las esperanzas de millones de personas; los sindicatos que contuvieron, frenaron y desviaron a los trabajadores están vacíos; la reducción de salarios, el aumento de las horas y la intensidad del trabajo, la suba de la desocupación, dieron como resultado, tras una breve y limitada reversión de la curva en la caída de la tasa de ganancia, la reaparición de la sobreproducción a escalas siderales y la aceleración del círculo vicioso que aumenta la desocupación, reduce el consumo y vuelve a trabar el mecanismo de reproducción del sistema. Y como corolario no menor, la evidencia de una falacia insostenible por más tiempo: no hay derechos humanos sin trabajo, educación, vivienda y salud para todos. Y eso es precisamente lo que Estados Unidos, sin ninguna limitación ni desafío a su poderío, no ha podido garantizar. A la inversa, desde hace un cuarto de siglo, en todo el mundo -incluso en los países más ricos- las mayorías viven cada año en peores condiciones que el anterior. Y en la ex Unión Soviética, donde bajo un régimen de represión política no había un desocupado ni un pordiosero en la calle, la educación, la salud, la vivienda y la educación estaban garantizados para todos, hoy el panorama es pavoroso: 50 millones de rusos no pueden satisfacer sus necesidades mínimas; un 34,7% de la población tiene ingresos inferiores a los 40 dólares mensuales; 23% recibe entre 40 y 100 dólares; 20% no llega a los 200, un 14,6% gana menos de 300 y sólo un 7% supera esa cifra, mientras un minúsculo sector acapara fortunas fabulosas provenientes exclusivamente de la corrupción y el delito(3).

La conclusión resulta obvia: el socialismo sin democrática participación de las mayorías no sólo no puede ser llamado socialismo, sino que no puede sostenerse. Pero a su vez el sistema de mercado no puede garantizar la satisfacción de las necesidades mínimas de la humanidad, pese al fantástico desarrollo de la ciencia y la tecnología, que por primera vez en la historia hacen materialmente realizable ese objetivo. Por lo mismo, al cabo este sistema no puede garantizar la democracia.

 

Referencias bibliográficas

Arthur Mac Ewan and William Tabb, «Instability and change in the world economy», Monthly Review Press, Nueva York, 1989.

Zbigniew Brzezinsky, El gran fracaso, Vergara, Buenos Aires, 1989.

Paul Johnson, Tiempos modernos, Vergara, Buenos Aires, 1983

Paul Kennedy, Hacia el siglo XXI, Plaza y Janes, Barcelona, 1993.

Rafael Cervantes Martínez, Felipe Gil Chamizo, Roberto Regalado

Alvarez, Rubén Zardoya Loureda, Transnacionalización y desnacionalización, Tribuna Latinoamericana, Buenos Aires, 2000 (ver comentario en página 39).

Paul R. Krugman, De vuelta a la economía de la Gran Depresión, Norma, Buenos Aires 1999.

Pierre Bourdieu, La miseria del mundo, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1999 (ver comentario en Le Monde Diplomatique Edición Cono Sur, octubre 1999).

Luis Bilbao, Crítica de Nuestro Tiempo, (Nº 1, 2, 4, 17, 18, 21, 25).

Daniel Yergin y Joseph Stanislaw, Pioneros y líderes de la globlización, Vergara, Buenos Aires, 1999 (ver comentario en Le Monde Diplomatique Edición Cono Sur, abril 2000).

  1. Mark Gassiorowski, «La CIA en Irán», Le Monde diplomatique Edición Cono Sur, octubre 2000.
  2. Luis Bilbao, «Los misiles de Washington apuntan a todo el mundo», semanal de Le Monde diplomatique Edición Cono Sur en internet, http://www.eldiplo.org; 23-02-01.
  3. Luis Matías López, «Las dos caras de Rusia», El País semanal, Madrid, 18-02-01

 

Aumenta la inestabilidad política en Paraguay

porLBenLMD

 

Asunción es el centro de tensiones que exceden la gravitación de ese pequeño y empobrecido territorio. En el marco de una profunda crisis, en Paraguay se resumen hoy las claves de una situación regional que oscila y vacila, mientras encumbradas voces hablan de guerra civil y retorna el fantasma de la intervención militar extranjera.

 

Guerra civil, intervención militar extranjera, son conceptos presumiblemente ajenos para los habitantes del Cono Sur de América Latina y aplicables sólo a países distantes. Es un signo a tener en cuenta que hayan comenzado a resonar en referencia a Paraguay.

«Los obispos de Paraguay alertaron al presidente Luis González Macchi que se están dando los síntomas preliminares de una revolución civil, similar a la de 1947″informaba un diario asunceño al que se supone próximo a las posiciones del general Lino Oviedo -actualmente detenido en Brasil- mientras arreciaban los rumores de golpe de Estado(1).El otro matutino de la capital paraguaya, opuesto en todo al anterior, reconocía al día siguiente: «Monseñor Pastor Cuquejo reiteró ayer que efectivamente podría darse una guerra civil, a partir de las explosiones sociales que están ocurriendo en nuestro país»(2).

La alarma hizo eco, aunque algo tardío, en Buenos Aires, antigua metrópoli celosa y temerosa de aquel Paraguay desarrollado e independiente del siglo XIX: «Hoy los principales sindicatos se reunirán para definir el inicio de una huelga general contra la política económica del gobierno y para exigir un aumento del 20% en el salario mínimo»(3).

Simultáneamente se informaba del arribo anticipado de efectivos militares estadounidenses, avanzada de un contingente de 400 que, con otros tantos soldados de países latinoamericanos -entre ellos Argentina- se emplazaron en la ciudad de Concepción, cercana a la frontera con Brasil, donde a partir del 1 de abril y hasta el 30 de junio desarrollarán maniobras militares encuadradas en el operativo denominado «Nuevos Horizontes»(4).

 

Los detonantes

Esta situación se daba en las vísperas de la marcha campesina que, como desde hace ocho años, lleva a Asunción la demanda de la clase social más relevante y a la vez más postergada del país y en el marco de un pico extremo de la permanente crisis en la que vive el gobierno del presidente Luis González Macchi. La debilidad del actual gobierno parte de su origen(5) : González Macchi asumió luego del asesinato del vicepresidente Luis María Argaña y la destitución del presidente Raúl Cubas Grau, acontecimientos ocurridos en el marco de la movilización campesina de 1999. Un año después hubo comicios para elegir vicepresidente y resultó electo Julio César Franco, el candidato del Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA), que poco antes había abandonado la coalición gobernante. Absurda en sí misma, la existencia de un Vicepresidente respaldado por una elección frente a un Presidente apoyado sólo en una de las innumerables facciones del tradicional Partido Colorado, recrudeció este año con motivo de la nueva marcha campesina y de un factor adicional que en realidad transformó y aceleró el carácter de la crisis política paraguaya: González Macchi se alineó con Brasil en la pugna de este país por revitalizar el Mercosur, mientras Franco, cuyo partido no oculta sus conexiones con la embajada estadounidense, propugna la inmediata consumación del ALCA (Alianza de Libre Comercio de las Américas).

 

Perfil de las fuerzas en pugna

En la tarde del martes 13 de marzo, horas antes de que arribaran a la capital paraguaya los contingentes de sin tierra y pequeños productores agrícolas que desde todo el país marchaban hacia Asunción convocados por la Federación Nacional Campesina (FNC), llegó a la redacción de Le Monde diplomatique la reproducción facsimilar de un comunicado oficial del Comando de las fuerzas militares cuyo texto no requiere explicaciones: «Comunicado Nº 32

El comando de las fuerzas militares informa a la ciudadanía en general que por directiva emanada del excelentímo señor presidente de la Repúbica (…) las unidades militares permanecerán en apresto operacional y en condiciones de poner en ejecución planes de contingencia, a partir de las 18 horas del día de hoy y hasta nueva disposición, a fin de cooperar con las fuerzas policiales si fuera necesario, durante el desarrollo de la marcha campesina prevista para el día miércoles 14 del corriente».

Minutos después recibimos la réplica de la FNC, un documento inusual que en uno de sus párrafos señala: «No somos una amenaza a nuestra integridad territorial ni a nuestra soberanía, somos el sector mayoritario de la nación paraguaya (…) De mantenerse estos Aprestos Operacionales, necesariamente debemos concluir que la mayoría del pueblo paraguayo son fuerzas extranjeras o que la minoría armada responde a intereses de otra nación. Por si no están enterados, les informamos que más de 400 militares de otro país se encuentran movilizándose libremente en nuestro territorio, específicamente en el Departamento de Concepción; y probablemente tanta preparación y solemnidad sería mejor aprovechada en relación a la presencia de ellos y no a una marcha de paraguayos»(6)

Declaración de la Federación Nacional Campesina.

Carta abierta a las fuerzas militares

«La Federación Nacional Campesina ante el comunicado Nº 32 de las fuerzas militares, expresa cuanto sigue:

a) que la marcha campesina para el día miércoles 14 del corriente está compuesta en su totalidad, desde la dirigencia hasta el último niño que estará presente, por paraguayos que están aportando día a día con su trabajo y esfuezo a nuestra nación; es claro que es la parte más sufrida y la más expoliada de esta nación, pero la que mantiene la dignidad (que falta a muchos de los gobernantes), para que defendiendo el pan de cada día y otros derechos de los cuales fuimos despojados planteamos la lucha por la soberanía nacional como centro. Soberanía que mantuvimos hasta el año 1870 y que para despojarnos, ejércitos extranjeros tuvieron que llegar hasta el genocidio de nuestro pueblo. Resultado del mismo, hasta hoy todo el pueblo sufre la barbarie del latifundio, la vergüenza de la dependencia y la humillación de la miseria. En ese sentido, (aunque ya nada nos sorprende), el comunicado Nº 32 de las fuerzas militares en su actitud nos parece muy similar a la de esos ejércitos que no dudaron en destruir nuestra nación para liquidar nuestra soberanía;

b) Aunque ya lo aclaramos muchas veces, la FNC es una organización de masas compuesta por pequeños, medianos productores y sin tierra con una política propia que tiene como base: Primero, que las conquistas de los pobres es resultado de la lucha de los mismos; Segundo, que la única fuerza que podrá transformar las condiciones políticas, sociales y económicas perversas de nuestro país es la unidad de la clase obrera, el campesinado y todos los sectores mayoritarios que sufren la miseria; Tercero, que la lucha del campesinado entronca con nuestra historia de independencia y se proyecta hacia un futuro digno sin amos de adentro ni de afuera y con justicia social.

c) Por lo tanto, Señores Oficiales de las Fuerzas Militares, no somos una amenaza a nuestra integridad territorial ni a nuestra soberanía, somos el sector mayoritario de la nación paraguaya por lo cual no hay ninguna necesidad de aprestos operacionales ni preparar planes de contingencia. De mantenerse estos Aprestos Operacionales, necesariamente debemos concluir que la mayoría del pueblo paraguayo son fuerzas extranjeras o que la minoría armada responden a intereses de otra nación. Por si no están enterados, les informamos que más de 400 militares de otro país se encuentran movilizándose libremente en nuestro territorio, específicamente en el Departamento de Concepción; y probablemente tanta preparación y solemnidad sería mejor aprovechada en relación a la presencia de ellos y no a una marcha de paraguayos;

d) Una vez más, aclaramos que la FNC, dirigencias y bases no somos rehenes de una «democracia» formal que mantiene al pueblo en la miseria y gobierna para la minoría explotadora y mucho menos instrumentos de alguna que otra fracción de la minoría explotadora y mucho menos instrumentos de alguna que otra fracción de la minoría golpista que manipulando las necesidades del pueblo intentan tomar el gobierno.

Esta carta, Señores, no es porque estamos asustados, ni para justificarnos ante ustedes. Tiene la única intención de dejar clara la posición de la FNC ante el pueblo y la historia

La lucha continúa… Venceremos

Eladio Flecha, presidente

Alberto Areco, Secretario de Organización

Asunción, 13 de marzo de 2001.

Durante las movilizaciones de 1999 y de 2000, la FNC logró eludir las maniobras que intentaban capitalizar la masiva presencia campesina a favor de una u otra de las fracciones en pugna por el poder. Y en ambos casos aprovechó para arrancar importantes concesiones al gobierno, que redundarían en un fortalecimiento de esta organización. Pero en esta oportunidad la FNC fue más allá. Dejó sentado que «no somos rehenes de una democracia formal que mantiene al pueblo en la miseria y gobierna para la minoría explotadora, y mucho menos instrumento de alguna que otra fracción de la minoría golpista que manipulando las necesidades del pueblo intenta tomar el gobierno»(7). Pero simultáneamente y a través de la fuerza política hegemónica en esta organización campesina de masas, el Partido Popular Revolucionario Paraguay Pyahurá (PPRPP), lanzó la alternativa de «Un gobierno patriótico de emergencia nacional».

Consultado por «el Dipló«, el secretario general de este partido, Eris Cabrera, sostuvo que «No se puede tolerar más esta situación. Sin excepción, los políticos de la oligarquía deben ser desalojados del poder por medio de la presión popular. Los campesinos, los obreros, todos los sectores oprimidos, tenemos que constituir un gobierno patriótico de emergencia y llamar a verdaderas elecciones, no a esta farsa que denominan democracia» . Cabrera agregó que en su país se percibe como nunca antes la confrontación entre representantes de grandes intereses estadounidenses y europeos. «El Citicorp acaba de denunciar falta de garantías en las privatizaciones y se retiró de las negociaciones, mientras que bancos de Alemania y Holanda sostienen que todo está muy bien. Es curioso que al mismo tiempo Estados Unidos manda tropas militares para hacer maniobras en nuestro territorio» , agregó el dirigente paraguayo.

 

Una solución inestable

En la noche del miércoles 14, mientras decenas de miles de campesinos se retiraban de Asunción tras una impresionante demostración de fuerza y sin que se produjera ningún incidente, González Macchi anunciaba la recomposición de su gabinete y un nuevo plan económico cuyas medidas se conocerían el viernes (en significativa concidencia con los anuncios en Buenos Aires). Se espera una devaluación de la moneda. González Macchi prometió al presidente y al secretario de organización de la FNC, Eladio Flecha y Alberto Areco, inversiones de 200 millones de dólares para elevar del 5 al 30% la industrialización de la cosecha de algodón. Ambos dirigentes ingresaron a la casa de gobierno protegidos con chalecos antibalas y se retiraron para anunciar a la asamblea el compromiso del Presidente.

Otra cosa es que éste pueda cumplirlo: el domingo 18 el PLRA realiza una reunión especial de sus autoridades para definir si reclama o no la inmediata renuncia del presidente y la asunción de Julio César Franco.

  1. «Alerta episcopal sobre ciertos síntomas de una guerra civil» ; «ABC Color» ; Asunción, 05-03-01.
  2. «Reafirman posible choque armado» ; «Noticias» , Asunción, 06-03-01.
  3.  «Se agrava la tensión en Paraguay con una ola de protestas» ; «La Nación» , Buenos Aires, 12-03 01.
  4. «Genera suspicacias presencia de militares norteamericanos» ; «ABC Color» , Asunción, 06-03-01.
  5. Luis Bilbao, «Un pequeño país desbordado» , Le Monde diplomatique Edición Cono Sur, marzo de 2000.
  6. El texto íntegro es el siguiente:
  7. Ibíd.

reseña

Transnacionalización y desnacionalización. Ensayos sobre el capitalismo contemporáneo

porLBenLMD

 

De Rafael Cervantes Martínez, Felipe Gil Chamizo, Roberto Regalado Alvarez, Rubén Zardoya Loureda

Editorial: Tribuna Latinoamericana
Cantidad de páginas: 240
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Agosto de 2000

 

No abundaron en la última década textos como éste. Ante todo por el objetivo: “someter a una crítica científica la metamorfosis por la que atraviesa el imperialismo contemporáneo”. Luego por el método asumido para acometer la empresa: “no en la forma de generalidades abstractas, desligadas del objeto de investigación, sino como automovimiento de determinaciones objetivas del proceso que analizamos”. Finalmente, por la base filosófica que no temen explicitar: “la concepción materialista de la historia, su consustancial dialéctica materialista, la teoría económica y política de Marx y Engels y la teoría leninista del imperialismo”. Un rasgo distintivo adicional: los cuatro autores son cubanos, comprometidos con su país y con la elaboración y aplicación de las politicas del gobierno presidido por Fidel Castro.

Con tales bases, se proponen “callar y permitir al objeto contar su propia historia y revelar sus determinaciones lógicas e históricas esenciales”. Esto puede ser entendido como un acto de humildad de los autores. Pero al avanzar en el texto el lector descubrirá que es mucho más: es la plasmación de una concepción teórica según la cual no son los “principios” los que encuentran confirmación en los hechos, sino que son éstos los que dan forma y contenido a aquéllos. En otras palabras: los cuatro autores cubanos se proponen, además de lo que explicitan, utilizar y revalidar un marxismo olvidado, oculto o desconocido.

Además de los previsibles escozores que causará la reivindicación del materialismo dialéctico (en choque frontal con la moda que manipuló a Gramsci para encubrir una reivindicación del pensamiento idealista), este libro obligará a no pocos autores y comentaristas a replantear la utilización de términos y conceptos tan habituales como “globalización”, “nuevo paradigma”, “posfordismo”… entre tantos otros. Pero lo más importante es que a lo largo de este ensayo se reinterpreta la historia reciente porque se debaten las causas de los grandes acontecimientos de la última década y, por lo mismo, se presenta la realidad actual bajo un prisma diametralmente opuesto al dominante en claustros y redacciones desde que se derrumbó el muro de Berlín.

El valor propedéutico de este texto, la interpretación que ofrece de la realidad económica mundial y su dinámica, superan por lejos las omisiones y limitaciones que, paradojalmente, constituyen a su vez un aliento para quienes pretenden -con prescindencia incluso de posicionamientos ideológicos- acometer el estudio científico y el debate riguroso del mundo actual.

reseña

Cuentos escogidos

porLBenLMD

 

De Andrés Rivera

Editorial: Alfaguara
Cantidad de páginas: 334
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Noviembre de 2000

 

Vacación: ausencia de ocupación y, por extensión, vacío. Tomar vacaciones equivale a ingresar en un intervalo vacuo. Hoy, primer verano del tercer milenio, en su vida corriente cada individuo está en el punto de mayor distanciamiento -o enajenación, si se prefiere- respecto de sí mismo, de quienes lo rodean y de la naturaleza. La inercia oculta ese estado. Fuera de ella -en vacaciones- otra fuerza comienza a operar, con efectos potencialmente riesgosos. Conscientemente elaboradas o no, hay respuestas para eludir ese peligro. Y así como con los calores del verano brotan desde la costa del mar programas televisivos con fórmulas que Kafka no habría atisbado en sus peores pesadillas, otros niveles de demanda se satisfacen con lo que se ha dado en llamar “libros de verano”.

Hay opciones. Es decir: hay esperanza. Hacia fines del año pasado aparecieron tres libros -en todo diferentes- que, por significativa coincidencia, libran un combate literario-filosófico precisamente contra la enajenación, contra la vaciedad de la vida sin objetivos humanos, contra la estupidez alimentada, contra el temor a bucear en las profundidades de la especie humana. Y a favor de la inteligencia, el coraje, la belleza.

Saramago no requiere presentación. Un premio Nobel lo llevó a la celebridad y su obra es difundida. Difícil dar a luz textos que sigan una línea ascendente después de El año de la muerte de Ricardo Reis, Historia del cerco de Lisboa, Todos los nombres, Ensayo sobre la ceguera o su impar El evangelio según Jesucristo. El autor portugués lo ha logrado. Más honda y consistente que La balsa de piedra (1999), La caverna, su última novela, es una pieza conmovedora por la fuerza de la denuncia -de la enajenación, claro, aunque no sólo-, el coraje de la búsqueda y disputa filosóficas, la tersura de una prosa a la vez clásica e innovadora, y por un rasgo que supera en esta obra sus propios antecedentes: casi sin respiro, Saramago tiene al lector preso de situaciones donde la intensidad de los sentimientos profundos se sobrepone a la atrapante narración. Cuando Cipriano Algor encuentra un perro sin dueño, o cuando tras un amago de discusión con su hija y las disculpas de ésta -una escena, como casi todo el libro, para llevar al teatro- responde “si estuviéramos menos tristes no hablaríamos de esta manera” –imposible reproducir tantos otros fragmentos- Saramago descuella en una empresa infrecuente: exponer una visión materialista (en sentido filosófico) del mundo a través de personajes de una calidez y una sensibilidad capaces de estremecer las manos que sostienen el libro. Sí: pese a la incuria de quienes han trasladado la alusión a la caverna de Platón como identificación con el filósofo griego, esta novela expone, en alto nivel literario, la visión inversa del mundo y del hombre.

Rivera, a quien tampoco es necesario presentar, entrega en este libro una selección de relatos. El autor consagrado por La revolución es un sueño eterno y celebrado luego por El amigo de Baudelaire, La sierva, El farmer, El verdugo en el umbral y Nada que perder, retoma en este volumen textos de obras anteriores como Una lectura de la historia, Mitteleuropa, La lenta velocidad del coraje y Preguntas. Su escritura es acaso la contracara de los otros dos autores aquí propuestos. Todo en él es economía y síntesis (“Las palabras son opacas. O dicen aquello que no se lee o desaparecen”, revela en Tránsitos, tal vez la más desgarrada de las nouvelles de este volumen). Sin embargo todo lo dicho acerca del escritor portugués vale para este argentino que tras su máscara de pesimismo (“Quien escribe vive en estado de insensatez. Quien hace la revolución también”) no ceja en su combate, explícito mediante situaciones y personajes directamente involucrados en la lucha social.

Thomas Mann, pese a ser también él un elegido por el Nobel, tal vez deba ser presentado, sobre todo a los jóvenes. Se trata de un autor portentoso; de vastísima erudición y espíritu exquisito, capaz de atrapar para siempre a quien supere la barrera inicial de un estilo (un gran estilo) riguroso y a la vez de ubérrimo y libérrimo vuelo. Imposible reseñar aquí sus innúmeros títulos, o siquiera éste, el primero de los cuatro volúmenes de Las historias de Jaacob, obra escrita en su madurez y reeditada ahora, tras una demora injustificable. Refiriéndose a individuos capaces de asumir las consecuencias de aquello que inste a “disidencia y rebelión”, Mann alude en esta obra a los “hombres de la incomodidad interior”.

Cada uno desde su estilo y su circunstancia, Mann, Rivera y Saramago son precisamente eso: “hombres de la incomodidad interior”. Para ese período del año donde el vacío puede cobrar sentido, nada mejor que recurrir a lo que aquella incomodidad gesta y alumbra cuando coincide con el talento.

Los misiles de Washington apuntan a todo el mundo

porLBenLMD

 

Los misiles que Estados Unidos arrojó el viernes 16 sobre Bagdad definen un nuevo panorama mundial, cuyo rasgo esencial había logrado disimularse hasta hoy: Washington está decidido a llevar a adelante su política aun al precio del aislamiento internacional. América Latina deberá tener en cuenta estos desarrollos en la definición de sus alianzas.

 

Duda, rechazo y temor signaron la respuesta generalizada de quienes en América Latina habitualmente acompañan las decisiones de la Casa Blanca: «Sin el menor embozo o tapujo (Estados Unidos y Gran Bretaña) han asumido con entera naturalidad el papel de gendarmes globales (…) Mal que le pese a la tradición política de Occidente, hoy están plenamente impuestas la libre injerencia en función del poder militar y la noción de supranacionalidad como trasunto de un arbitrio extranjero proporcionado a la fuerza necesaria para aplastar a quien se ha resuelto que no merece existir (…) siglos de lucha por constituir un mundo más justo y más racional han terminado creando un sistema que sin apelar a creencias, leyes ni conveniencias limita sus aspiraciones a la aplicación de la ley del más fuerte», dice el editorial de «La Nación» de Buenos Aires, un medio a quien nadie osaría calificar de izquierdista(1).

Tan brutal, injustificada y extemporánea ha sido esta enésima agresión contra Irak (conviene recordar los bombardeos ordenados por William Clinton en septiembre de 1997 y en diciembre de 1998 y registrar que desde esta última fecha ha habido 29.209 incursiones aéreas estadounidense-británicas con base de partida en Turquía, Kuwait y Arabia Saudita), que las voces de condena no ocultan la confusión respecto de los verdaderos móviles de la Casa Blanca, pero coinciden en la alarma por la dinámica que presupone el hecho en sí y, sobre todo, el modo en que se llevó a cabo.

El Consejo de Seguridad de la ONU no fue consultado y ni siquiera informado. Lo mismo ocurrió con la OTAN, lo cual expone con crudeza sin precedentes la fractura entre Estados Unidos y la Unión Europea. Al parecer, tampoco el presidente ruso Vladimir Putin fue advertido por Washington con antelación. El Ministerio de Exteriores ruso emitió un comunicado en el que sostiene que «esta línea de acción contradice la Carta de la ONU y otras normas de derecho internacional, y agudiza la ya explosiva situación en Oriente Próximo». Hubo algo más elocuente que la declaración del Kremlin: ese mismo día Rusia disparó tres misiles estratégicos que desde un submarino nuclear en el Mar de Bárents, una base terrestre cercana a Moscú y un avión cuya posición no fue informada, recorrieron una distancia equivalente a la que separa las capitales de Rusia y Estados Unidos, aunque en esta oportunidad dieron en el blanco de un polígono de pruebas, en la península de Kamchatka. El amenzante despliegue fue explícitamente presentado como réplica a los planes estadounidenses de replantear el escudo espacial antimisiles, calificado por el general Leonid Ivashov como medida contra Rusia y China, frente a la cual «encontraremos una respuesta simétrica». La simultaneidad del ensayo con el ataque a Bagdad permite creer que los sucesores de la KGB continúan bien informados y Putin ha resuelto tensar los músculos.

Ante la difícil opción diplomática la Unión Europea dejó a París el centro del escenario. Horas después del ataque, el ministerio de Relaciones Exteriores de Francia hizo pública su «sorpresa e indignación» y declaró a la prensa que estaba «a la espera de explicaciones de la administración estadounidense». El gobierno chino condenó el bombardeo y sostuvo «la necesidad de respetar la soberanía, la integridad territorial y la independencia de Irak». La Liga Arabe, que agrupa a 22 países, reprobó con énfasis «este ataque que no tiene justificación, al tiempo que infringe las resoluciones y bases de la legalidad internacional». Desde las propias filas laboristas del primer ministro británico Anthony Blair, el líder Anthony Benn calificó el ataque como «un acto de terrorismo de Estado». En este concierto y pese a su reconocida preocupación por los derechos humanos, el canciller argentino Adalberto Rodríguez Giavarini no emitió ninguna declaración.

 

Hechos y argumentos 

Los hechos son conocidos: 24 aviones de la US Air Force y la RAF británica atacaron Bagdad durante 50 minutos, escoltados por otras 26 naves de apoyo. El flamante presidente estadounidense, George Walker Bush, dio la orden desde México, donde visitaba a su par Vicente Fox, estupefacto por el inocultable mensaje que tal simultaneidad conlleva. Las bajas reportadas por el gobierno iraquí son tres muertos y 30 heridos, todos civiles, aunque según Washington el objetivo fueron cinco centros militares de radares, comunicaciones y control aéreo, situados en la capital iraquí. La operación fue explicada por un portavoz del Pentágono -hasta la hipocresía está en decadencia- como «un acto de autodefensa».

«Fue una misión de rutina», dijo Bush. El jefe de operaciones del Estado Mayor estadounidense, lo contradijo. Según el general Gregory Newbold, nuevos radares «aumentaron la eficacia» de la defensa antiaérea iraquí, poniendo en peligro a los aviones que garantizan el bloqueo aéreo. Esto, según la lógica de Washington, constituye «una provocación» y «una amenaza intolerable». El Pentágono se escudó en la ONU para legitimar el mantenimiento de la prohibición que aísla a Irak. Pero no hay tal base de justificación, como se encargó de subrayar el diario español «El País», que al igual que la totalidad de la prensa liberal internacional dejó en claro su rechazo a la escalada de Bush: «Las zonas de exclusión aérea sobre Irak no se fundan en ninguna resolución de la ONU. Fueron decididas por Estados Unidos y algunos de sus aliados en la guerra del Golfo»(2).

El citado editorial de «La Nación» duda entre «que verdaderamente no hubo motivo alguno para hacer lo que se hizo (…) o bien que esa acción haya obedecido a razones que no se juzgó prudente dar a conocer». Para explicar el ataque desde otros ángulos, se apela al sencillo recurso ofrecido por los singulares rasgos intelectuales del Presidente estadounidense, hijo además de quien una década atrás desató la guerra contra Irak. Pero el simplismo no aventaja a la lógica del Pentágono cuando se trata de explicar un punto en el que se resumen múltiples y complejísimos cambios en las relaciones económicas, políticas y militares del mundo de hoy.

Si el hecho dominante aparece al comparar las reacciones actuales con el mundo encolumnado tras Estados Unidos en la guerra de 1991, no es menos significativo que tras diez años de destrucción y bloqueo y pese al desmesurado costo humano de esta política, Saddam Hussein continúe al comando de Irak. Una especulación sobre este nuevo ataque alude a la inminencia de un avance de la oposición interna, a cuya victoria apostaría Washington con el bombardeo. Los despachos de la prensa occidental desde Bagdad, sin embargo, coinciden en que la agresión ha abroquelado aún más a la población en torno a Hussein y contra Estados Unidos. Está a la vista, además, que el mundo árabe, aliado a Washington en 1991, está ahora sin fisuras con Hussein, con la explicable excepción de Kuwait y Arabia Saudita.

La amenaza de Hussein de «bombardear Kuwait y Arabia Saudita» y atacar a Estados Unidos «por cielo, mar y tierra» debe entenderse en un contexto en el que se hunde el plan de paz estadounidense para Medio Oriente (resultante precisamente de la guerra de 1991) y recrudece la posibilidad de una guerra regional. Esa perspectiva fractura con más radicalidad que nunca al mundo árabe de la alianza israelí-estadounidense. Y el hecho es que Hussein no sólo recupera el apoyo árabe, sino que se eleva como líder de los palestinos. En este sentido, no cabe tomar a la ligera la decisión de Bagdad de formar, el día siguiente del bombardeo, «21 nuevas divisiones de voluntarios para la lucha por la liberación de Palestina»(3).

Que este ex aliado de la Casa Blanca -demonizado luego por crímenes que ya cometía contra kurdos y shiitas en la época en que coincidía con el Departamento de Estado en la guerra contra Irán- amenace transformarse en el líder de uno de los más explosivos movimientos antiestadounidenses en el mundo, es también un signo objetivo de la dinámica global. Como lo es el hecho de que pese al insólito despliegue de fuerzas militares para garantizar el bloqueo y las increíbles medidas destinadas a evitar el ingreso de fondos a Bagdad(4), en estos diez años Hussein no sólo ha logrado perforar el bloqueo en todos los sentidos imaginables, sino que ha recompuesto su posición diplomática, económica y militar. El 18 de enero Irak firmó un tratado de libre comercio con Egipto y el 1º de febrero hizo otro tanto con Siria; están previstos acuerdos similares con Jordania y Yemen. Desde noviembre último se reabrió el oleoducto entre Siria e Irak. Turquía (integrante de la OTAN y esperanza clave de Washington para su estrategia militar hacia Europa del Este, además de Medio Oriente), ha elevado la voz porque alega haber perdido 35.000 millones de dólares a causa del bloqueo a Irak.

«Saddam ha maniobrado respecto de las restricciones financieras contrabandeando petróleo. Pronto puede comenzar a desafiar la prohibición de importar armamento, porque sus fronteras son porosas y pocas naciones hacen esfuerzos por bloquear la venta y transporte de armamentos hacia Irak» reconocía un editorial de «The Washington Post» tres días antes del bombardeo(5). Falta agregar que entre esos países «despreocupados» por el bloqueo están algunos -y no los menos importantes- que acompañan a Estados Unidos en el Consejo de Seguridad de la ONU: China, Rusia y Francia (en ese orden y seguidos por Egipto), son los principales socios comerciales de Irak. Existen fundadas denuncias de que Ucrania, alentada por Rusia, provee los recursos técnicos y armamentos que al parecer resultan «intolerables» para el Pentágono.

 

¿Advertencia para América Latina? 

Con todo, es conjeturable que la causa circunstancial más candente del conflicto de Estados Unidos con Irak resida en otro punto, incluso en otras latitudes. Desde hace dos años, el alza del precio del petróleo se ha convertido en acelerador de una crisis económica que, determinada por otras causas, perdió de este modo un factor clave de neutralización temporaria. Esa mudanza estuvo directamente provocada por una decisión política puesta en movimiento por el presidente venezolano Hugo Chávez, antes incluso de asumir su cargo, a inicios de 1999. La reactivación de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y el posterior reanimamiento de diversas expresiones de lo que fuera el Movimiento de Países No Alineados, que culminarían el año pasado con la reunión de presidentes sudamericanos convocada en Brasilia por el presidente Fernando Henrique Cardoso, son otras tantas manifestaciones de un fenómeno inocultable ya por más tiempo: la gravedad sin precedentes de la crisis económica mundial provoca a la vez el creciente encono entre los tres grandes centros del poder (Estados Unidos, la Unión Europea y Japón); lleva al fracaso los ensueños de un dulce retorno al liberal-capitalismo de la ex Unión Soviética y China; induce un acto reflejo de unidad para la autodefensa en el conjunto de países subdesarrollados y dependientes… y empuja a Estados Unidos hacia un progresivo asilamiento.

Ya pueden leerse en los titulares de cada día, como cosa normal, datos reveladores de un drástico cambio mundial ocultados con celo hasta ayer: «Brasil relanza el Mercosur mientras Bush aprieta el acelerador a favor del ALCA»(6); «Tras su visita a México, Bush se concentra en América Latina»(7); «Chávez plantea un desafío mayor que Castro para los intereses estadounidenses» (8); «Repensar el liderazgo estadounidense para un mundo diferente»(9); «La Alianza (Estados Unidos-Unión Europea) se encuentra nuevamente dividida»(10); «Estados Unidos sospecha que Chávez intenta exportar su proyecto bolivariano»(11); «La UE asume como realidad el proyecto (de escudo antimisiles) de Bush»(12); «Rusia dispara tres misiles estratégicos en abierto desafío al escudo nuclear de Estados Unidos(13); «Revisando la guardia»(14); y como resumen de una lista inacabable de signos de los nuevos tiempos, la conclusión del ya reiterado editorial de La Nación: «estos trastornos entrañan el gran riesgo de generar un malestar que acaso un día resulte incontrolable, quizá conformado por partes parejas de hartazgo de los eternos perdidosos y descomposición moral de los perpetuos ganadores».

El diario liberal argentino asume que los misiles apuntan a todos quienes actual o potencialmente se nieguen a aceptar las decisiones de la Casa Blanca. Más aún, revela que, ideologías aparte, el peso de la crisis resulta insoportable ya no sólo para los desposeídos, al tiempo que reaparece como factor político el temor a eventuales desafíos al poder por parte de «los eternos perdidosos», que no son precisamente las clases gobernantes.

En Oriente Medio este cuadro se expresa en la dramática figura de los habitantes de Israel recurriendo nuevamente a las máscaras antigás, en previsión de un contragolpe iraquí, mientras las fuerzas armadas israelíes y estadounidenses realizan prácticas con los misiles Patriot. En América Latina la apariencia es menos trágica y aunque no hay espacio para ensoñaciones (mientras acelera la marcha del Plan Colombia y presiona desde todos los ángulos para imponer la dolarización, Bush acaba de designar como embajador en la ONU a John Negroponte, el organizador de la llamada «contra» nicaragüense), se multiplican los signos de un cambio en la actitud de los más diversos sectores sociales y en las relaciones de fuerza a todo nivel. El desembarco de David Rockefeller en La Habana en el mismo momento en que Bush escuchaba a Fox advirtiendo: «soy partidario de un acuerdo continental pero tenemos que consolidar primero los muchos acuerdos que tenemos» (adelanto de lo que se verá el 20 de abril en la reunión de presidentes americanos en Canadá), más que la impotencia del bloqueo a Cuba y la resistencia a las impiadosas condiciones del ALCA, mostró que la grieta entre Estados Unidos y el mundo tiene también una línea de prolongación interior.

La política exterior de Estados Unidos respecto de América Latina (cuya peor variante llevaría al límite el conflicto con Cuba; agravaría la situación en Colombia y podría desembocar en un enfrentamiento abierto con Venezuela), dependerá sobre todo de la conducta que definan los propios países latinoamericanos.

 

  1. «Bombas sobre Bagdad»; editorial de «La Nación», Buenos Aires, 19-02-01.
  2. «Exclusión aérea, una medida sin sanción de la ONU», El País, Madrid, 17-02-01.
  3. «Irak amenazó con tomar represalias», «La Nación», Buenos Aires, 18-02-01.
  4. Alain Gresh, «¡Irak pagará!», «Le Monde Diplomatique» edición Cono Sur, octubre de 2000.
  5. Anti-Saddam Tactics; International Herald Tribune, 13-02-01
  6. Juan Arias, «El País», Madrid, 17-02-01.
  7. María O’Donnell, «La Nación», Buenos Aires, 18-02-01
  8. Jim Hoagland, «Chávez Poses a Bigger Challenge to US Interests Than Castro», «International Herald Tribune», 03-02-01.
  9. Chester a. Crocker and Richard H. Solomon, «Rethink US Leadership for a Different World»; «International Herald Tribune», 26-01-01.
  10. Antonio Polito, «E l´Alleanza si ritrova nuovamente divisa», «La Repubblica», Roma, 18-02-01.
  11. Juan Jesús Aznarez, «El País», Madrid, 11-02-01.
  12. Bosco Esteruelas, «El País», Madrid, 17-02-01.
  13. Rodrigo Fernández, Ibíd.
  14. «Reviewing the Guard»; editorial de «The Washington Post» referido a los planes de rearme del gobierno Bush; «International Herald Tribune», 13-02-01.

reseña

José y sus hermanos. Las historias de Jaacob

porLBenLMD

 

De Thomas Mann

Editorial: Ediciones B
Cantidad de páginas: 430
Lugar de publicación: Barcelona
Fecha de publicación: Junio de 2000

 

Vacación: ausencia de ocupación y, por extensión, vacío. Tomar vacaciones equivale a ingresar en un intervalo vacuo. Hoy, primer verano del tercer milenio, en su vida corriente cada individuo está en el punto de mayor distanciamiento -o enajenación, si se prefiere- respecto de sí mismo, de quienes lo rodean y de la naturaleza. La inercia oculta ese estado. Fuera de ella -en vacaciones- otra fuerza comienza a operar, con efectos potencialmente riesgosos. Conscientemente elaboradas o no, hay respuestas para eludir ese peligro. Y así como con los calores del verano brotan desde la costa del mar programas televisivos con fórmulas que Kafka no habría atisbado en sus peores pesadillas, otros niveles de demanda se satisfacen con lo que se ha dado en llamar “libros de verano”.

Hay opciones. Es decir: hay esperanza. Hacia fines del año pasado aparecieron tres libros -en todo diferentes- que, por significativa coincidencia, libran un combate literario-filosófico precisamente contra la enajenación, contra la vaciedad de la vida sin objetivos humanos, contra la estupidez alimentada, contra el temor a bucear en las profundidades de la especie humana. Y a favor de la inteligencia, el coraje, la belleza.

Saramago no requiere presentación. Un premio Nobel lo llevó a la celebridad y su obra es difundida. Difícil dar a luz textos que sigan una línea ascendente después de El año de la muerte de Ricardo Reis, Historia del cerco de Lisboa, Todos los nombres, Ensayo sobre la ceguera o su impar El evangelio según Jesucristo. El autor portugués lo ha logrado. Más honda y consistente que La balsa de piedra (1999), La caverna, su última novela, es una pieza conmovedora por la fuerza de la denuncia -de la enajenación, claro, aunque no sólo-, el coraje de la búsqueda y disputa filosóficas, la tersura de una prosa a la vez clásica e innovadora, y por un rasgo que supera en esta obra sus propios antecedentes: casi sin respiro, Saramago tiene al lector preso de situaciones donde la intensidad de los sentimientos profundos se sobrepone a la atrapante narración. Cuando Cipriano Algor encuentra un perro sin dueño, o cuando tras un amago de discusión con su hija y las disculpas de ésta -una escena, como casi todo el libro, para llevar al teatro- responde “si estuviéramos menos tristes no hablaríamos de esta manera” –imposible reproducir tantos otros fragmentos- Saramago descuella en una empresa infrecuente: exponer una visión materialista (en sentido filosófico) del mundo a través de personajes de una calidez y una sensibilidad capaces de estremecer las manos que sostienen el libro. Sí: pese a la incuria de quienes han trasladado la alusión a la caverna de Platón como identificación con el filósofo griego, esta novela expone, en alto nivel literario, la visión inversa del mundo y del hombre.

Rivera, a quien tampoco es necesario presentar, entrega en este libro una selección de relatos. El autor consagrado por La revolución es un sueño eterno y celebrado luego por El amigo de Baudelaire, La sierva, El farmer, El verdugo en el umbral y Nada que perder, retoma en este volumen textos de obras anteriores como Una lectura de la historia, Mitteleuropa, La lenta velocidad del coraje y Preguntas. Su escritura es acaso la contracara de los otros dos autores aquí propuestos. Todo en él es economía y síntesis (“Las palabras son opacas. O dicen aquello que no se lee o desaparecen”, revela en Tránsitos, tal vez la más desgarrada de las nouvelles de este volumen). Sin embargo todo lo dicho acerca del escritor portugués vale para este argentino que tras su máscara de pesimismo (“Quien escribe vive en estado de insensatez. Quien hace la revolución también”) no ceja en su combate, explícito mediante situaciones y personajes directamente involucrados en la lucha social.

Thomas Mann, pese a ser también él un elegido por el Nobel, tal vez deba ser presentado, sobre todo a los jóvenes. Se trata de un autor portentoso; de vastísima erudición y espíritu exquisito, capaz de atrapar para siempre a quien supere la barrera inicial de un estilo (un gran estilo) riguroso y a la vez de ubérrimo y libérrimo vuelo. Imposible reseñar aquí sus innúmeros títulos, o siquiera éste, el primero de los cuatro volúmenes de Las historias de Jaacob, obra escrita en su madurez y reeditada ahora, tras una demora injustificable. Refiriéndose a individuos capaces de asumir las consecuencias de aquello que inste a “disidencia y rebelión”, Mann alude en esta obra a los “hombres de la incomodidad interior”.

Cada uno desde su estilo y su circunstancia, Mann, Rivera y Saramago son precisamente eso: “hombres de la incomodidad interior”. Para ese período del año donde el vacío puede cobrar sentido, nada mejor que recurrir a lo que aquella incomodidad gesta y alumbra cuando coincide con el talento.

La tenaza de Washington

porLBenLMD

 

Compelido por intereses más sólidos que los circunstanciales ocupantes de la Casa Blanca, Estados Unidos coloca a América Latina ante una opción inaplazable: la autonomía o la sujeción. Mientras tanto la guerra recrudece y se extiende, merced al Plan Colombia. La militarización de la política regional y las presiones para conformar un Área de Libre Comercio Americana (ALCA) conforman la tenaza con que Washington pretende paliar su propia crisis, acallar todo gesto de rebeldía y cerrar el paso a sus competidores por el mercado de la región.

 

Como en un Aleph del universo político, la elección del nuevo gobierno estadounidense -y la reacción interna e internacional que provocó- contiene el cuadro de situación mundial y en particular latinoamericano. Sin excepciones, la prensa internacional ha lanzado dardos envenenados contra George Walker Bush, sea apuntados a sus definiciones ideológicas, a su coeficiente intelectual, o a ambos. Habrá que reconocerle al 43º Presidente de Estados Unidos, sin embargo, una cualidad infrecuente: logró que puedan verificarse a simple vista las hondas diferencias que fracturan a los intereses económicos y sus representaciones políticas en el conturbado tablero político latinoamericano. Y puso al rojo vivo la necesidad de definirse ante los dos ejes de la Casa Blanca para la región: la aceleración en la creación de «un mercado único de Alaska a la Patagonia» con el dólar como alambrado para cerrar ese área mercantil a sus competidores de Europa, Japón y China; y las medidas políticas y militares para prevenirse contra la múltiple reacción -ya detonada y en curso- que después de una década de ensueño vuelve a poner a Washington como causa de los males que azotan a la región. En otras palabras: la eventual imposición del dólar como moneda nacional al sur del Río Bravo y la militarización del hemisferio.

Vienen tiempos turbulentos. Pero es una injusticia -y un error- atribuir esta perspectiva a la asunción de Bush. Durante su período en la Casa Blanca se agudizarán conflictos múltiples en el planeta, mas no es un individuo quien provocará ese efecto, sino las causas profundas de la crisis. Por eso carece de sustento el clima de espanto creado por quienes interpretan la asunción de Bush (es decir, la derrota de su contrincante demócrata Albert Gore), como un acontecimiento que tuerce el curso del mundo en sentido negativo. Esto equivale a reivindicar la continuidad de la política aplicada durante los últimos ocho años por William Clinton e implica también desconocer que el titular del ejecutivo tiene cada vez menos la capacidad de definir el rumbo de Estados Unidos. Las políticas estratégicas del Departamento de Estado no dependen de los rasgos particulares del Presidente. «Los intereses económicos financian no sólo a los ganadores de las elecciones sino a todos los posibles perdedores (…) Un gobierno de Gore se habría diferenciado del que ahora comienza principalmente en el tratamiento de las denominadas cuestiones culturales: raza, homosexuales, feminismo, aborto. Se habría mostrado más amistoso con los trabajadores, pero no tanto como para distanciar a las empresas «(1).

Los gestos de preocupación frente a la asunción de Bush pueden hacer perder de vista algunos hechos fundamentales para caracterizar el actual momento político internacional. Bush no estrena su cargo con ventaja. Asume después de haber ofrecido a la historia una prueba cabal del tipo de civismo y democracia sobre el que se asienta el poder político estadounidense. ¿Cómo sostener de ahora en más la impostura consistente en proclamarse modelo y garantía de la democracia en el mundo?

«Donde tengo que dejar de ser moral no tengo ya ningún poder», advertía Goethe. Y a esto se suman otros síntomas: a la par de la revelación del fraude y la cretinización de la política se anuncia que en California… hay apagones. ¡George W. Bush presidente y Silicon Valley sin electricidad! ¿Es ésta la representación simbólica de un poder moral, económico y político que se consolida?

Con todo, éste es el costado anecdótico. Por debajo, el hecho es que el nuevo gobierno se inicia en el momento en que la curva económica cambia de sentido y Estados Unidos pasa del crecimiento sostenido durante casi una década a una recesión cuya profundidad potencial pone en vilo a banqueros, empresarios y políticos (ver pág. 10 y 11). El crecimiento sostenido de los últimos años, presentado como prueba irrefutable de la victoria final del «pensamiento único», tuvo una cara oculta que ahora salta a la vista y lo hará con mayor vigor en el futuro inmediato: la precarización del trabajo, la inseguridad que hizo presa de millones de estadounidenses respecto de su futuro y el hecho estadísticamente incontrastable de que la masa asalariada (y se trata del más importante proletariado del mundo), perdió en los últimos 20 años, según los casos, entre un 5 y un 20% de sus ingresos reales.

Son estos factores lo que estallaron en movilizaciones masivas como la que en 1999 frustró en Seattle la reunión de la Organización Mundial de Comercio y se proyectó dentro y fuera de Estados Unidos con extraordinaria potencia. Bush asume no sólo sin consenso nacional, sino con una sociedad que ha perdido en una medida todavía imprecisa, pero sin duda crucial, la cohesión que sostuvo el sistema político interno del imperio más poderoso de la historia.

Más aún: como queda registrado en esta misma edición, el conjunto de nociones ideológicas defendidas por las personas que sostienen al flamante Presidente estadounidense (equipos de asesores con las máximas calificaciones, que en ese sentido hacen irrelevante la alegada inepcia de Bush, como en su momento la de Ronald Reagan), han sido desafiadas en Porto Alegre por un bloque policlasista y multinacional que representa un salto cualitativo en la oposición a la política impuesta por Estados Unidos desde hace dos décadas.

 

El ojo del huracán

Antes de que un terremoto devastara a El Salvador, otro sismo, menos dramático pero no menos letal en sus consecuencias de largo plazo se hizo sentir a lo largo del continente y repercutió en todo el mundo. El epicentro estuvo el 3 de enero pasado en la mesa de trabajo de Alan Greenspan, cuando el presidente de la Reserva Federal estadounidense redujo la tasa de interés en medio punto. «Circula la especulación de que Greenspan encubrió algo sucio en el sistema financiero», afirma The Economist(2).

Tal convicción fue alentada por la forma en que se llevó a cabo la reducción y por el monto del recorte. «Algo hizo entrar en pánico al jefe usualmente impasible», dice el semanario británico, que a continuación describe noticias para entonces difundidas en todos los medios (de hecho, The Economist sigue paso a paso el análisis de un editorial de The New York Times del 4 de enero titulado «The Fed moves first»): el año bursátil había comenzado con ventas sin precedentes de acciones de fondos mutuales -13.100 millones de dólares-; la recesión en la economía estadounidense era admitida ya sin subterfugios por los más reconocidos economistas del santuario de las finanzas y, como se sabría horas después, el American Bank afrontaba el riesgo de un default por un derrumbe de sus acciones que le hizo perder en una sola rueda, el 5 de enero, 6.500 millones de dólares(3).

Si el American Bank caía, el efecto dominó hubiese sido imparable. Tras la corrida vendedora estaban los datos inobjetables del giro bursátil durante el año 2000: todos los índices terminaron con saldo negativo; el Dow Jones perdió el 6,2%; el Standard & Poor´s cayó un 10,1%; la famosa «nueva economía», medida por el índice Nasdaq, se desplomó un 39,3%(4).

La trascendencia del artículo de The Economist, sugestivamente titulado «El extraordinario nerviosismo de las multitudes» estriba en las dos proposiciones que implícitamente admite: una decisión de tal magnitud de un organismo de la envergadura de la Reserva Federal es adoptada en función de la necesidad de una entidad financiera privada; el conjunto de la gran banca internacional está expuesto a un derrumbe en cadena: «El mercado de derivativos está mostrando ciertamente signos de stress; y el mercado de créditos derivativos (es decir, los bancos que prestan a las empresas embarcadas en ese juego), que ha crecido rápidamente en los últimos años, exhibe signos de stress en grado extremo. Cuáles instituciones están soportando el peso del riesgo en estos contratos no es algo claro para el público y puede no estar claro incluso para la Reserva Federal. Es posible que ciertos bancos hayan utilizado recursos de ingeniería financiera que les permiten afrontar riesgos que no aparecen en sus balances, en su mayoría aparentemente saludables (…) Cualquiera haya sido el peligro que asustó a Greenspan, el mercado piensa que no fue conjurado todavía»(5).

Algunas cifras más respecto de la mágica «nueva economía»: «Crayfish (…) saltó un 414% el 7 de marzo, cuando comenzó a negociar sus papeles. Desde entonces cayó un 99% en relación con el cierre del primer día -un 96% de su precio de oferta (…) Internet Capital Group (cuya cotización había subido el 2733% en 1999), cayó un 98% en el 2000, terminando un 45% por debajo de su precio original»(6). Algo similar vale para la «vieja economía»: la venta de automóviles en Estados Unidos «cayó un 18% respecto del nivel de un año atrás. Los fabricantes extranjeros, sin embargo, salieron casi ilesos y ganaron espacio en el mercado»(7).

Sobreproducción, caída de la tasa de ganancia, derrumbe de los mercados, riesgo de colapso financiero internacional. He aquí una de las razones -pero sólo una- por las cuales los primeros anuncios del gobierno Bush, antes de asumir, afirman el propósito de aumentar el presupuesto militar estadounidense, actualmente fijado en 310.000 millones de dólares anuales.

 

Ganar mercados a cualquier costo

El dato citado respecto de la venta de automóviles en Estados Unidos adelanta dos conclusiones obvias: la agudización de la competencia mercantil entre los grandes bloques económicos y el efecto que necesariamente tendrá la recesión estadounidense sobre la Unión Europea (UE) y Japón. Este último país, tras diez años de infructuosos esfuerzos para que su economía remonte, terminó el año 2000 con síntomas de agravamiento: «El índice Nikkei, que a comienzos de año estaba por sobre los 20.000 puntos, oscila ahora en torno a los 14.000″(8). La UE, trabada con Estados Unidos en durísimo combate por los mercados en su propio territorio, en el de su contrincante y cada día con mayor beligerancia en América Latina, tiene pronósticos de un crecimiento del 3% para el año en curso. Incluso si se cumple esta previsión, se trata de un nivel demasiado cercano al estancamiento, lo que explica que además de la competencia ultramarina, se haya desatado la rivalidad entre los propios integrantes de la UE, como quedó claro en la reciente conferencia de Presidentes, donde se impuso sin cortapisas la ley del más fuerte: «La cumbre de Niza, la más larga de la historia de la UE, consolida a Alemania como el país con mayor poder en su seno»(9). También se aceleró otra forma de la competencia: la fusión y absorción de grandes empresas. En las dos últimas décadas «el crecimiento de estas fusiones-adquisiciones ha sido del 42% anual y transitó de unos 100.000 millones de dólares en 1987 a 720.000 millones en 1999″(10). En el 2000, Pepsi Cola compró Quaquer Oats (alimentación), America On Line (cuyo directorio, casualmente, integra Colin Powell), deglutió a Time Warner (comunicaciones), y otro tanto ocurre entre Chevron y Texaco (petróleo), Daimler Benz y Chrisler (automotriz), entre tantas otras operaciones que, a su vez, coronan procesos previos de centralización de capitales a escala nunca vista.

En este contexto ¿qué lenguaje podría utilizar un presidente estadounidense, sino el de la guerra? La diferencia entre Bush y su antecesor William Clinton es paradojal. La administración saliente impuso la noción de «guerra humanitaria», mientras que el cerebro visible de la política internacional de Bush, la señora Condoleezza Rice, sostiene una doctrina aparentemente contraria: «Cuando la política internacional está centrada en valores, explica Rice, el interés nacional es reemplazado por los intereses humanitarios o los intereses de la comunidad internacional. La creencia de que Estados Unidos está ejerciendo su poder legítimamente sólo cuando está haciéndolo a favor de alguien o algo exterior, está hondamente arraigada en el pensamiento wilsoniano, del cual hay fuertes ecos en la administración Clinton. Por cierto no hay nada malo en hacer algo que beneficie a la humanidad, pero esto es, en un sentido, un efecto secundario».

Basado en esta cita, el autor de un documentado análisis publicado en The New York Times Magazine concluye que la administración Bush «tendrá el tipo de política exterior que le gusta a la comunidad corporativa: menos foco en derechos humanos, más en libre comercio»(11). La premisa es, claro, que las guerras de Clinton (incluso la devastación de Yugoslavia y el Plan Colombia) son acciones humanitarias. El problema con Bush es que se negaría a tales actos de generosidad…

Pero no hay motivo de alarma. Por intermedio de su secretario de Estado, el general Colin Powell -célebre por su papel en la guerra contra Irak como comandante de las fuerzas armadas estadounidenses- la nueva administración propone relanzar la idea del escudo espacial, denominado «guerra de las galaxias»en tiempos de Reagan. Con toda razón, los críticos estadounidenses de esta política -como el senador demócrata Joseph R. Biden, que interrogó a Powell en el comité del Senado que debía confirmar su designación como secretario de Estado- advierten que ese escudo no sólo planteará una crisis con Rusia y demolerá el acuerdo de desarme de 1982, sino que además llevará al punto de riesgo extremo las ya tensas relaciones con la UE. Pero además de condenar a Bush porque supuestamente no enviará marines allí donde se encienda una hoguera, tales críticos pasan por alto que la primera aseveración firme de Powell fue la ratificación del Plan Colombia y la determinación de continuar acosando a Cuba.

Tal omisión no ocurre por falta de evidencias: «El nuevo gobierno apoyará el Plan Colombia» dijo Powell ante el comité del Senado. «Nunca debemos descuidar nuestro propio vecindario (…) Apoyo las estrategias del presidente (Andrés) Pastrana para enfrentar a los narcotraficantes y su política con la guerrilla; y también estoy de acuerdo en que (el Plan Colombia) debe ser una política regional»(12). De modo que los críticos de Clinton no tienen argumentos contra Bush en relación con su política hacia América Latina; y quienes se desgarran las vestiduras por la asunción de Bush no tienen modo de diferenciar en este plano al nuevo Presidente del anterior. La política internacional estadounidense continúa idéntica a sí misma. Y esto se prueba hasta en los detalles más curiosos: el director de tesis de doctorado de Condoleezza Rice fue Josef Korbel… el padre de la secretaria de Estado Madeleine K. Albright.

 

Desestabilizar, militarizar

Desde estas páginas se han expuesto con abundancia los hechos que muestran al Plan Colombia como un despliegue militar mediante el cual Estados Unidos adelanta posiciones para acentuar aún más la dependencia de las clases gobernantes de la región respecto de Washington, desalentar todo intento de rebeldía y enfrentar a quienes, pese a todo, intenten romper el cerco (ver págs. 8 y 9). Falta agregar que, compelido por el cuadro interno y regional que augura el ingreso de Estados Unidos a una etapa recesiva, la política delineada durante la administración Clinton será aplicada con mayor intensidad durante el mandato de Bush. En todo caso, el gobierno republicano parte de un escalón muy alto: la guerra ya se ha expandido en la región. En Colombia el accionar represivo aumentó en todas sus formas, en especial a través de las formaciones paramilitares, que asesinan a un promedio de 20 civiles diarios desde octubre pasado. El terror empuja contingentes humanos hacia los países vecinos. Pero en lugar de hallar salvación, se transforman en el vehículo que lleva la guerra más allá de las fronteras. La violencia está en pleno auge: «Llegan a manos de los combatientes (guerrillas y paramilitares) armas de Francia, Austria, Alemania, Suecia, China, Portugal, España, Japón, Taiwán e Italia (…) colonos e indígenas denuncian casi a diario que aviones colombianos y estadounidenses están incursionando el espacio aéreo ecuatoriano»(13). El obispo de Sucumbíos, monseñor Gonzalo López explica la realidad de su región: «mientras a Colombia le llega la vietnamización, al Ecuador nos llega la colombianización»(14).

En tanto se suceden las maniobras militares de fuerzas multinacionales, comandadas por Estados Unidos: las realizadas en Córdoba (Argentina) en septiembre último se complementan con las programadas para marzo en Misiones y las que de modo regular se realizan en territorio paraguayo. Brasil, que no participa de esos operativos conjuntos, realiza sus propios operativos en previsión de lo que espera en su frontera amazónica. Venezuela -el otro país sudamericano ausente en las maniobras programadas y conducidas por el Pentágono- sufre una ofensiva desestabilizadora con base en sectores de las fuerzas armadas y la iglesia, con visible respaldo exterior. «Bush tomará probablemente una posición más dura contra el líder populista (…) la fricción es cada vez más difícil de ignorar», dice un analista atribuyendo la afirmación a un asesor del nuevo gobierno(15). «Conocemos de dónde proviene la conspiración, tanto la interna como la externa» dijo por su parte Hugo Chávez, sin entrar en detalles, en su programa radial del domingo 14 de enero.

 

La moneda como lanza y escudo

La guerra, sin embargo, se expresa sobre todo en otro frente. El 20 de abril próximo Bush tendrá en Canadá su primer encuentro con los presidentes de todo el continente, excepto el de Cuba. Cabe recordar que estas «Cumbres de las Américas» fueron dispuestas de apuro para contrarrestar los encuentros anuales de Presidentes iberoamericanos (donde sí participa Cuba) que España, como subrogante de la Unión Europea, realiza desde hace 8 años con ostensible éxito para sus objetivos de ganar espacio en el mercado latinoamericano. Para el encuentro en Québec el Departamento de Estado ha fijado como objetivo la eliminación inmediata de las barreras al comercio continental y el adelanto de los plazos para formalizar el ALCA. La palanca para imponer esa unidad de mercado -y a la vez cercar el área a los competidores- es la dolarización.

Esta línea de acción fue lanzada tentativamente en enero de 1999, cuando la devaluación en Brasil preanunció el tipo de conflicto en curso. Un año después fue asumida por Washington -aunque no abiertamente todavía- cuando en condiciones de crisis política extrema se apeló a ese recurso en Ecuador. Hacia fines del año pasado, llegó la hora de difundir esta propuesta, de manera oficial, para todo el continente. El 1 de enero pasado la asumió formalmente El Salvador. Costa Rica la puso también en su agenda inmediata, al igual que los restantes países centroamericanos. Ahora ingresa como agresiva propuesta en la campaña electoral en curso en Perú. En Argentina hay grupos de poder -entre ellos el propio presidente del Banco Central- que insisten con esta línea de acción.

Hasta abril, un tour de force de la nueva administración estadounidense intentará consolidar una relación de fuerzas favorable a un vuelco decisivo. Se trata de una necesidad imperiosa de Estados Unidos para facilitar el flujo de sus mercancías hacia el Sur, probada la caída de la demanda en el Norte, y para tender un cerco a su más peligroso competidor en el área, la UE. Ocurre que desde las capitales centro y sudamericanas, llegan voces por demás divididas, vacilantes y confusas: «Ecuador y El Salvador optaron por esa vía (la dolarización), pero otros países pueden perseguir los mismos objetivos (…) por otros caminos igualmente válidos y conducentes», balancea Enrique Iglesias, presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, en una larga entrevista en la que sistemáticamente elude una definición: «La dolarización soluciona unos problemas y crea otros (…) Si las circunstancias que debe atender (Estados Unidos) difieren de las prevalecientes en el país dolarizado, la política monetaria emergente puede resultar la opuesta a la deseable. Esto no significa que el país pierda completo control sobre la política económica»…(16). Las evasivas de Iglesias traducen la perplejidad de las clases dominantes latinoamericanas.

La fractura ante la decisión exigida no es entre países -con excepción de Brasil, homogéneamente definido contra la dolarización- sino entre bloques internos de poder. La presión de Washington contribuye a ahondar esa división, lo cual deriva en debilitamiento y constante amenaza de desestabilización política, a su vez utilizada por Estados Unidos a favor de su estrategia. En la primera semana de abril los ministros de Economía de «las Américas» se reunirán en Buenos Aires para medir las fuerzas que se expresarán luego en Québec. Los resultados calamitosos del primer año de dolarización en Ecuador y la coincidencia del inicio de esa experiencia en El Salvador con un terremoto que lleva al paroxismo las urgencias económicas de ese país se suman a los muchos argumentos contrarios a la voluntad de la Casa Blanca. Es previsible un fortalecimiento del bloque anti-dolarización. La respuesta de Bush ya la dio su secretario de Estado: «no debemos descuidar nuestro propio vecindario… el Plan Colombia debe ser una política regional».

La oposición al involucramiento en una guerra regional fue resumida en un editorial titulado «Para Estados Unidos es hora de evitar en Colombia el síndrome de Vietnam». El autor, tras hacer el paralelismo entre la escalada en Vietnam y la actual, registra que «los vecinos de Colombia no quieren esto», y cifra su esperanza en que el Plan Colombia contraría todos los conceptos de la llamada «doctrina Powell»: «no hay claridad de objetivos, no hay un programa convincente de éxito, no hay salvaguarda contra la escalada y no hay estrategia. ¿Será esto suficiente para cambiar de política?»(17).

No lo es. De modo que a los países latinoamericanos le restan pocas opciones ante la encrucijada: someterse a la dolarización y al Plan Colombia, admitir la pérdida definitiva de la soberanía e ingresar a una guerra impuesta según la divisa «divide y reinarás», o impedir que la tenaza de Washington estrangule la esperanza de un futuro sin miseria y sin guerra.

  1. William Pfaff; «Estados Unidos S.A. da la bienvenida a su nuevo presidente ejecutivo», El País, Madrid,19-01-01.
  2. La extraordinaria agudeza de las multitudes; The Economist; Londres, 13-01-01.
  3. Financial Times, reproducido por Clarín,06-01-01.
  4. Gretchen Mongenson; «Missing de mark in 2000, stocks look for a steadying hand ahead». The New York Times,02-01-01.
  5. The Economist, 13-01-01.
  6. Flyd Norris, «The hottest new issues grow cold». The New York Times, 02-01-01.
  7. Keith Bradsher, «Vehicle sales fell sharply in December», The New York Times 04-01-01.
  8. Paul Krugman, «We»re not Japan», The New York Times, 27-12-00.
  9. El País, Madrid, 11-12-00.
  10. Joaquin Rivery; œLas fusiones como síntoma». Granma, La Habana, 05-01-01.
  11. James Trub, œW.»s World»; The New York Times Magazine, 14-01-01.
  12. œBush regionalizará el Plan Colombia» La Nación, Buenos Aires, 18-01-01; The Washington Post, Washington, 18-01-01.
  13. œGuerrilleros y «paras» se arman hasta los dientes»; La Hora, Quito, 08-01-01.
  14. Ibid.
  15. Christopher Marquis, œBush could get tougher on venezuela»s leader» The New York Times, 28-12-00.
  16. Pulso Latinoamericano (suplemento publicado por 12 diarios latinoamericanos), Diciembre de 2000-Enero de 2001.
  17. William Pfaff; œTime for the US to avoid the Vietnam Syndrome in Colombia» International Herald Tribune, 06-01-01.

 

reseña

Historia económica, política y social de la Argentina (1880–2000)

porLBenLMD

 

De Mario Rapoport y colaboradores

Editorial: Ediciones Macchi
Cantidad de páginas: 1148
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Agosto de 2000

 

Sólo las ambiciones pequeñas son detestables. Y casi invariablemente hay logros de envergadura en las grandes. El profesor Mario Rapoport se propuso, nada menos, ofrecer una descripción interpretativa del acontecer económico, político y social entre 1880 y 2000 de un país tan difícilmente reductible a trazos gruesos como Argentina.

Eduardo Madrid (profesor de historia y licenciado en filosofía), Andrés Musacchio (licenciado en economía) y Ricardo Vicente (licenciado en sociología), acompañaron al autor en esta empresa, cuyo resultado es una referencia ineludible para universitarios y estudiosos de la realidad nacional.

Si bien el texto puede ser tomado como un manual de uso múltiple, su valor mayor reside en la posibilidad que ofrece de aprehender como conjunto inseparable el devenir argentino, precisamente en un momento en que los anuncios de fin de época reclaman el conocimiento objetivo y totalizador del pasado para comprender no sólo la complejidad del cuadro actual, sino sobre todo su dinámica.

Por regla general, desde hace demasiado tiempo la producción académica tiende a parcelar el saber. Si la abstracción (del latín tomar de) es imprescindible en el proceso de conocimiento, la verdad, como sostuvo Hegel, “es siempre concreta” (en el sentido etimológico que el filósofo alemán le daba al término). La economía es política, la historia es social, la política es la historia de una sociedad en su lucha por obtener y distribuir los bienes necesarios. Cualesquiera sean las objeciones y debates que pueda suscitar este trabajo, su mérito consiste en que asume como punto de partida esa necesidad de develar la concreción de la sociedad argentina. El esfuerzo sistemático de los autores es una conquista en esa tarea.

Como ejemplo de las objeciones posibles, se puede mostrar el siguiente párrafo: “El Partido Peronista se constituyó cuando Perón se encontraba en el ejercicio de su primer mandato presidencial. Su creación respondió a la necesidad de superar las rencillas internas entre los componentes del frente que lo respaldó en las elecciones presidenciales” (pág. 365). Aquí la extensión atenta contra la profundidad, la síntesis quita piezas fundamentales del acontecer real y la óptica de los autores como mínimo bloquea el conocimiento de un momento crucial. De hecho, el “partido peronista” (aunque con otro nombre) se formó cuando Perón, en su primer acto de gobierno, tras asumir el 25 de mayo de 1946, ordenó la disolución del Partido Laborista (un partido obrero, surgido de los sindicatos a partir del 17 de octubre de 1945 y que con sus solos votos ganó las elecciones en febrero del año siguiente), inició la persecución de sus dirigentes y la represión de todos quienes lucharon por impedir el aplastamiento del partido clave en el nacimiento del peronismo y a la vez menos conocido de la historia argentina.

Aunque ésta no sea la única objeción posible, este libro es una contribución valiosa y recomendable para quien intuya cuán necesario es hoy conocer la historia económica, social y política de Argentina.