Desaparecido

PorLBenAXXI

 

En Argentina se ensaya nuevamente el método de la desaparición de personas. Jorge Julio López, un obrero de la construcción, fue secuestrado el 18 de septiembre y hasta la fecha no se tienen noticias de él. López había sido secuestrado 30 años atrás por la dictadura militar de entonces. Su rastro se perdió el día en que daría el testimonio final para la condena a un esbirro que lo torturó y mantuvo detenido-desaparecido en aquella oportunidad. América XXI explicó el caso en su edición anterior. El comisario Miguel Etchecolatz fue condenado por genocidio. Pero López está otra vez secuestrado. Acaso asesinado.

La sociedad argentina no ha salido a exigir la aparición con vida de este hombre humilde y valiente. En un país donde son escasas las familias que desconocen el inmenso dolor de tener un miembro o allegado desaparecido, no ha habido una respuesta a la medida de la agresión. Hay omisiones menos admisibles aún que la de las mayorías desentendidas del rumbo nacional. El gobierno reaccionó con dura condena y compromiso de justicia desde el primer momento. Pero tres meses después no hay una pista, ni detenidos, ni exonerados en los órganos de inteligencia y seguridad, a los que se supone involucrados en el secuestro. Sólo una minoría sin impacto social o político persevera en el reclamo.

 

Todos somos López

Hay mucho más que un crimen individual en la desaparición de López. Desde la óptica de la política interna, se trata de una cruda advertencia al gobierno de Néstor Kirchner, que asumió la insoslayable exigencia de avanzar por el camino de la justicia contra los asesinos del pasado reciente. A la vez, el golpe impacta en la tímida vanguardia social que, aun morosa y vacilante, intenta dar un paso al frente aunque todavía está dominada por la confusión y sigue víctima de un miedo adentrado muy hondo en el cuerpo colectivo.

Sin embargo no es un caso estrictamente argentino. Antes bien, López es una víctima local de una estrategia regional, impulsada desde Washington para recuperar una iniciativa política que escapó de sus manos hace tiempo. Debieran entenderlo así los gobiernos del área, a cuya estabilidad apunta esta agresión. Claro que las características del episodio y la víctima son locales e involucran a asesinos que se ven acosados por el fantasma de una condena, tardía pero no menos temida. Pero ésa es la forma que adopta una línea de acción con formas de materialización muy diferentes y un mismo objetivo.

La conspiración para dividir a Bolivia y desestabilizar al gobierno de Evo Morales, por caso, o la cuña introducida entre Argentina y Uruguay para dinamitar el Mercosur, entre tantas otras vesanías cometidas en Suramérica, son expresiones diferentes de un mismo objetivo: revertir la dinámica de convergencia de gobiernos diferentes aunados por la necesidad de resistir la voracidad imperial. Aquel objetivo determina hoy cada paso de la diplomacia guerrerista de Estados Unidos al Sur del Río Bravo.

 

Bolivia bajo fuego

Es difícil aceptar que una táctica tan descarada y burda no sea interpretada por los gobiernos atacados ni ¡ay! por dirigentes y fuerzas políticas que se consideran de vanguardia. Dicho de otro modo: el intento de articular una contraofensiva imperialista pasa desapercibido para las víctimas potenciales. ¿Acaso no ven los gobiernos suramericanos que en Bolivia se está preparando la instalación de una cabecera de playa para que Estados Unidos pueda lanzar desde allí el contraataque estratégico que requiere su condición de fiera malherida? ¿Es posible que los presidentes del Mercosur, que en estos días volverán a reunirse en Brasilia, ignoren el dramático esfuerzo en el que está empeñado Evo Morales y continúen discutiendo sobre electrodomésticos y zapatos, o acerca de las bondades de las inversiones multinacionales para salir del abismo al que nos han arrastrado?

Son los sectores más concentrados del capital local, asociados con centros imperiales, quienes encarnan en cada país el intento de contraataque. No es sencillo enfrentarlos y vencerlos. Pero no existe otra alternativa. Allí está el ejemplo de Venezuela, para mostrar que ese único camino, es viable y más aún, es el camino de la victoria si se lo emprende con lucidez y coraje.

Estos valores no abundan. Pero si no es la visión estratégica y la determinación política, que sea siquiera el sentido de la supervivencia. Porque eso es lo que está jugándose en el secuestro de López, en el intento secesionista de las oligarquías del oriente boliviano, en la injustificable confrontación fratricida entre Argentina y Uruguay, en la mirada cegarrita de quienes ven en el Mercosur una oportunidad de superganancias…

Los gobiernos vacilantes sumados a la línea de convergencia suramericana están entre dos fuegos: el del imperialismo y el de sus propios pueblos. Estos anhelan definiciones netas y acciones en consecuencia. Aquél no perdona, incluso en el caso de sumisión total: “Roma no paga a traidores”.

 

 

unidad suramericana y partido socialista unido, claves de la revolución en venezuela

Después de la victoria

PorLBenAXXI

 

Avanzada: 48 horas después de confirmado su triunfo electoral, Hugo Chávez emprendió una gira que en cinco días lo llevó a Brasilia, Buenos Aires, Montevideo y Cochabamba. En esta última ciudad tuvo lugar la Cumbre Suramericana, que culminaría con un acto de masas convocado por Evo Morales, del que participaron los presidentes de Venezuela y Nicaragua. El Director de América XXI compartió como invitado especial ese raudo viaje por el Cono Sur. Y ofrece aquí informes y reflexiones acerca de un momento excepcional en el vertiginoso devenir de las transformaciones en curso en América Latina, acentuado ahora por la decisión de Chávez, anunciada el 15 de diciembre de disolver el Movimiento Vª República y edificar el Partido Socialista Unido de Venezuela.

 

Dos decisiones trascendentales había adoptado Hugo Chávez antes de que se confirmase su rotunda victoria en las urnas: una gira por el Cono Sur que debía culminar en la Cumbre Suramericana en Cochabamba, y la construcción de un partido único de la revolución.
En medio de la algarabía del triunfo del 3 de diciembre y tras su discurso bajo la lluvia, el reelecto Presidente saludó uno por uno a quienes lo acompañaban en el convulsionado interior del Palacio de Miraflores. Todavía vibraba la presencia de miles de hombres y mujeres vivando la victoria y respondiendo con inabarcable energía a la consigna con que el orador comenzó su discurso: ¡Viva la Revolución Socialista! La exultación lo dominaba todo y la epifanía de la lluvia torrencial contribuía con la emoción del momento. Pero sin sustraerse a ese estado colectivo, Chávez estaba instalado ya en sus pasos posteriores. En el fugaz intercambio de un saludo y una evaluación de la nueva coyuntura, el hombre que acababa de dar al mundo una impar lección de democracia y revolución, mientras cientos de personas pujaban por abrazarlo y felicitarlo, respondió con reflexiones propias de otras circunstancias y otro lugar. Como en una campana de vacío, se abrían espacio entre la alegría y los vítores la noción de Historia, la medición exacta del momento táctico y el conjunto de tareas planteadas.
Al mediodía del miércoles 6 un avión con el Presidente y su comitiva despegaba rumbo a Brasilia, para un encuentro con Luiz Inácio Lula da Silva. El día antes, en una conferencia de prensa para medios nacionales e internacionales, ya Chávez había ratificado su línea de acción estratégica en política interna y externa. Como inequívoco símbolo del conjunto de factores que recortan una nueva situación, dos flamantes aviones Sukhoi, llegados el día anterior desde Moscú, escoltaron a la nave presidencial hasta la frontera de Venezuela con Brasil.
Incidentalmente, poco antes el general Hal Hornburg, titular del Comando de Combate Aéreo de la Fuerza Aérea estadounidense, había afirmado que los aviones caza multifunciones Sukhoi, de fabricación rusa, superaban largamente a los F-15C/D Eagle en 90% de los simulacros de combate aéreo. Hornburg afirmó que Estados Unidos ya no aventaja en ese terreno al resto del mundo.
Tampoco en otras áreas, como queda en evidencia a la luz de la gira del presidente venezolano por el Cono Sur. Chávez cenó con Lula y al mediodía siguiente partió rumbo a Buenos Aires, donde por la noche fue recibido en la residencia presidencial de Olivos por Néstor Kirchner. Partió luego rumbo a Montevideo, en el tiempo exacto para compartir un almuerzo con Tabaré Vázquez y llegar al atardecer del mismo viernes a Cochabamba, donde ya arribaban los presidentes de los países integrantes de la gestante Comunidad Suramericana de Naciones.
El avión presidencial venezolano, un Airbus de última generación convenientemente acondicionado para su función, hierve de actividad. Ministros y altos funcionarios se turnan para asistir a reuniones en el camarote del Presidente. La victoria electoral parece lejana. No hay tiempo para celebraciones. Pocos conocen lo discutido en cada escala. Y esos pocos se mantienen herméticos: es una diplomacia en tiempos de revolución la que practica Chávez. Personal, franca, firme y flexible, siempre referida a los pueblos involucrados y con una particular atención a la prensa, que casi invariablemente le es adversa, pero debe doblegarse ante hechos y argumentos que el Presidente expone en detalle e incansable.
A los columnistas del statu quo no les queda sino respirar por la herida. “Hasta la oposición le reconoció al líder venezolano su inobjetable victoria”, admite un portavoz en el diario de Argentina La Nación. Y para resarcirse inventa sin límite moral o profesional alguno: “es probable que el presidente argentino le haya repetido que pierde el tiempo y el sentido cuando se enfrasca en peleas bíblicas con Washington ¿De qué socialismo estás hablando? lo interrogó Kirchner. Chávez garabateó entonces una imprecisa definición. Me parece que deberías cambiar la definición, le aconsejó el argentino”. Un periodista que escribe “es probable que…” y luego pone frases textuales en boca de un presidente, revela su estado de desesperación. Es la impotencia ante la desinformación y la zozobra que les produce a las clases dominantes de la región el saldo incuestionable de esta diplomacia revolucionaria: Venezuela reafirma y acentúa su perspectiva socialista, y a la vez mantiene y fortalece la urdimbre suramericana que avanza hacia la unidad regional y elude las múltiples trampas que llevan al aislamiento.

 

Las “cumbres”

Por infundada soberbia, las reuniones de presidentes comenzaron llamándose cumbres. Y por pereza continúan con el mismo nombre. El hecho es que se anunciaron dos cumbres en Cochabamba, entre el 6 y 9 de diciembre. Una, de los pueblos; la otra, de presidentes. Ambas en teoría apuntadas a la unidad y la integración suramericana. Homogénea y resuelta tras esos objetivos la primera (ver págs. 36 y 37), fracturada y confusa la segunda.
En la reunión de presidentes (a la que no asistieron los mandatarios de Argentina, Colombia, Ecuador, Guayana y Surinam), volvieron a plantearse los escollos que prácticamente paralizaron esta instancia unificadora desde su lanzamiento en Cusco, dos años atrás (ver recuadro).
Hubo sin embargo en Cochabamba una tercera “cumbre”. Ocurrió en las últimas horas del sábado en el Hotel donde se alojaba Chávez. Allí acudieron –con vestimenta y modos propios de militantes que asisten a una reunión más– Evo Morales y Daniel Ortega. Entre otros temas relevantes, allí se trató acerca de la Alternativa Bolivariana para las Américas (Alba), con la incorporación de Nicaragua y la multiplicación de programas de intercambio solidario (salud y educación en primer lugar), ahora con la participación de cuatro países y la perspectiva de que el quinto, Ecuador, se incorpore en breve.

 

Partido Socialista Unido de Venezuela

Como contraparte inescindible de ese internacionalismo militante, Chávez regresó de la gira y se abocó sin pausa a la afirmación de otro puntal para el proyecto bolivariano, adelantado durante la campaña: la creación de un partido que unifique las fuerzas revolucionarias.
Esta decisión fue recibida con diferente grado de aceptación en las 24 organizaciones que apoyaron la candidatura de Chávez. La Revolución Bolivariana ha ingresado en una fase cualitativamente superior y el período por venir requiere instrumentos de mayor eficacia.
En la militancia venezolana sin partido, sobre todo en la juventud, existe y se explicita el temor de que la nueva organización no sea sino una fusión de las actuales, a las que les atribuyen ineficiencia, formas no democráticas de actuación y parcelamiento del poder en beneficio de grupos o individuos. Una de las innumerables críticas a tales estructuras alude al propio resultado electoral: pese a la inédita contundencia de la victoria, se asegura, el resultado está por debajo de lo objetivamente esperable.
Este reproche tiene, en efecto, fundamentos reales. Aunque el respaldo de masas expresado en las elecciones no tiene precedentes y hace temblar de envidia a gobernantes de todas las latitudes, hay una distancia considerable entre la labor social realizada por la Revolución y su traducción en votos, explicable sólo por la insuficiencia de las organizaciones que debían darle a esa política un contenido revolucionario que permitiera avanzar en conciencia, organización y participación.
Aún justificadas y por tanto exigentes de drásticas respuestas, en tales críticas existe también un cierto grado de incomprensión de la marcha real del proceso de transformación social en curso en Venezuela. Un rasgo sobresaliente de la realidad venezolana en los últimos años es la omisión política de la clase obrera como tal. Si los trabajadores en su mayoría están involucrados en la Revolución, no lo están con sus propias organizaciones y actuando como clase. Es un hecho que UNT, la central sindical que reemplazó a la sigla vacía y corrupta del pasado, no logra real unidad en ningún terreno (programático, ideológico, organizativo). Es probablemente allí donde con mayor agudeza se observa la falencia de organizaciones y cuadros. Esta debilidad ha dado lugar incluso a la irrupción de teorías que minimizan el papel de la clase trabajadora en la revolución.
El hecho es que aún los más honestos y lúcidos cuadros, las organizaciones más eficaces y comprometidas con la revolución, resultan impotentes como fuerza gravitante sobre el conjunto social si quienes venden su fuerza de trabajo –desde el obrero industrial hasta el profesional asalariado, desde el ayudante de albañil hasta el más sofisticado técnico de la industria petrolera, es decir, el proletariado moderno– no toman conciencia de su lugar en la sociedad, asumen la lucha contra el capitalismo y toman la revolución en sus propias manos.
Pero esa distancia entre la aceleración de la Revolución Bolivariana y la clase trabajadora no es una singularidad venezolana, sino la expresión local de un momento histórico determinado por causas que se remontan a la degeneración de la Revolución Rusa. Es esto mismo lo que hace más dificultosa y dramáticamente urgente la edificación de un partido único de la Revolución. Porque esa omisión del proletariado, que no se resolverá en lo inmediato, es utilizada por el capital local y el imperialismo para minar, confundir, corromper y finalmente fragmentar a las fuerzas revolucionarias para vencerlas luego.
Chávez fue explícito en puntos fundamentales al lanzar el proyecto que provisionalmente denominó Partido Socialista Unido de Venezuela. En primer lugar, y superando un debate que todavía no logran zanjar teóricos y políticos en el resto del continente, rechazó la idea de un frente: “Necesitamos un partido, no una sopa de letras con lo cual estaríamos cayéndonos a mentiras y engañando al pueblo”, dijo. En segundo lugar, sostuvo la necesidad de la democrática participación de las bases en la selección y elección de dirigentes a todos los niveles. “Debemos acabar con la práctica de la designación a dedo… incluso del mío”, subrayó el Presidente. Y aclaró: “aquí no puede haber ladrones, corruptos, irresponsables ni borrachos”. Miles de militantes hicieron temblar con su ovación el Teatro Teresa Carreño.
La base inmediata para el futuro partido está en los Consejos Comunales, los Comités de Agua, el Frente Francisco Miranda, y otros organismos de participación de masas, en los últimos meses articulados, para la campaña electoral, en lo que dio en llamarse “batallones, escuadras, pelotones y patrulleros”, suman unos cuatro millones de hombres y mujeres. Chávez adelantó que “el partido tiene que trascender lo electoral. Deberemos llamarlos batallones socialistas, pelotones socialistas, escuadras socialistas, se trata de dar la batalla de las ideas, ya no es la batalla electoral. Debemos estudiar y leer mucho, discutir mucho, hacer reuniones”. Y para no dejar dudas, anunció que “los partidos que quieran, manténganse. Pero saldrían del gobierno. Conmigo quiero que gobierne un partido”.
Venezuela no será la misma a partir de estas definiciones ya transformadas en acción. Y la onda expansiva de este paso gigantesco sacudirá a todo el hemisferio.

Opciones

PorLBenAXXI

 

Cinco comicios en cinco semanas completan un año en el cual las relaciones de fuerza se expresaron a través de una inusual cantidad de elecciones en el hemisferio. Desde la reelección de Lula en el momento en que se redactan estas líneas, el 29 de octubre, hasta la segura victoria de Hugo Chávez el próximo 3 de diciembre, se suceden la elección presidencial en Nicaragua, el 5 de noviembre, las legislativas en Estados Unidos dos días después y la segunda vuelta en Ecuador, el 26.

En un sentido el panorama es incierto para dos de los cuatro comicios pendientes: Daniel Ortega tiene la mayoría en Nicaragua, aunque la descarada intervención de Washington a través de su embajador, chantajeando a la sociedad con el retiro de la supuesta ayuda económica al devastado país centroamericano, podría torcer el resultado. En Estados Unidos los sondeos aseguran que el Partido Republicano, arrastrado por el rechazo creciente de la población a la administración de George W. Bush, perderá la mayoría legislativa. Y en Ecuador está por verse si el conjunto de fuerzas antimperialistas logra impedir que el hombre del gran capital, Álvaro Novoa, se imponga a Rafael Correa. Nadie duda sobre el resultado en Venezuela.

 

Replanteo estratégico 

Más allá de los resultados, sin embargo, está en cuestión otro factor que sobresale al cabo de la sucesión de elecciones en 2006: qué y hasta qué punto eligen quienes votan.

Con la victoria de Hugo Chávez en 1998 se revalidó la posibilidad de afrontar cambios profundos por vía electoral. En el quinquenio siguiente la idea se afirmó, dejando a la vista una significativa transformación del mapa político suramericano. Pero un factor crucial se cruzó en el camino: en abril de 2002 Bush desechó una estrategia pergeñada por Zbigniew Brzezinsky desde el Departamento de Estado a fines de los años ’70, según la cual Estados Unidos se mostraba al mundo como abanderado de la democracia y los derechos humanos, e involucró abiertamente a la Casa Blanca en un golpe de Estado de inequívoca filiación fascista.

El manotazo falló, como se sabe. Pero la verdadera derrota estratégica de Washington en aquella oportunidad fue que abandonó una bandera de la cual había extraído cuantiosos beneficios: su hipócrita defensa de la democracia. No podría exagerarse la trascendencia de esa mudanza, que dejó ante el mundo al imperialismo estadounidense como promotor de la violencia golpista y a Chávez como defensor de la democracia.

En el período posterior este vuelco estratégico no volvió a manifestarse bajo la forma de un golpe de Estado. Pero se repitió una y otra vez en dos recursos sucedáneos: desestabilización y fraude comicial.

No hay modo de negarlo: hubo fraude en las elecciones en Perú, en México y ahora en Ecuador. En cada caso, tras los testaferros locales, estuvo la mano de Washington. Más aún: en los casos donde no se recurrió al fraude descarado ¿qué opciones tuvieron electores y candidatos? Aquéllos, escoger entre dos figuras predominantes en los medios de difusión; éstos, hacer todas las concesiones necesarias para lograr un lugar en esos medios. Los casos de transfiguración súbita de más de un candidato, o de corrupción extrema en sus aparatos políticos, son indisociables de aquella necesidad que iguala campaña electoral con sumas multimillonarias y subordinación a las reglas impuestas por los medios.

De modo que por vía del fraude o la corrupción intrínseca del sistema, las elecciones de 2006 dejan un saldo de inexorables consecuencias: victorias de opciones antimperialistas allí donde Washington no pudo neutralizarlas (Bolivia y Venezuela), frustración de las mayorías allí donde la plasticidad de los candidatos llevó a relegar programas originales (Brasil), descreimiento en las masas –y sobre todo en las juventudes- allí donde se apeló al fraude sin tapujos.

 

La bandera de la democracia 

El corolario es claro: donde pierde Estados Unidos apela a la desestabilización; y para no perder niega redondamente la democracia.

A un año de su estrepitosa derrota en la cumbre de las Américas, en Mar del Plata, los esfuerzos de la Casa Blanca por recuperar el terreno perdido tienen diferente resultado según cada país, pero una constante como línea estratégica: la contraofensiva en curso no está planteada en los marcos del sistema que formalmente defiende Estados Unidos: la democracia capitalista.

No es por acaso que el congreso estadounidense, casi sin oposición, votó una ley ignominiosa que retrotrae al mundo al medioevo al autorizar las detenciones sin juicio y la utilización de la tortura. Es la forma en que se traduce una política interna e internacional dictada por la realidad económica del centro imperialista, resumida en un dato: para sostenerse, el Tesoro estadounidense se endeuda a un ritmo de 3000 millones de dólares diarios.

A la inversa de lo ocurrido en la última coyuntura de crisis grave del capitalismo mundial, un cuarto de siglo atrás -culminado paradojalmente con el derrumbe de la Unión Soviética- en esta nueva instancia crucial Estados Unidos no tiene ni podrá ya tener en su arsenal estratégico la bandera de la democracia. Falta que al otro lado del precipicio que separa al imperialismo de quienes lo resisten, se asuma el inseparable entrelazamiento de democracia y revolución.

Confusiones

PorLBenAXXI

 

Es mucho más que una anécdota jocosa, aunque nadie debería privarse de reír y gozar con ella. El ridículo protagonizado una vez más por quienes interpretaron la enfermedad de Fidel Castro como punto de partida para la rebelión del pueblo cubano y el derrumbe de la Revolución, es un indicativo de la incapacidad de teóricos, políticos y panegiristas del imperialismo para comprender el momento histórico que atraviesa el planeta.

La inconmensurable confusión que produjo en todos los terrenos el desenlace de la Revolución Rusa, por cierto dañó malamente a las fuerzas revolucionarias. Pero ahora está revelándose otro aspecto de aquel desgraciado accidente histórico, iniciado en los años ’30 y concluido en 1991: las nuevas relaciones de fuerzas mundiales predominantes con la caída de la URSS, hicieron que la lógica inmanente del mecanismo imperialista promoviera nulidades a los máximos niveles del pensamiento académico, la política, los aparatos culturales y el periodismo.

Todo se degradó a ritmo acelerado. En las universidades la economía se desentendió absolutamente de la política. Ese proceso, que en el siglo XIX llevó a la mayoría de los economistas de la ciencia a la apologética, ahora los arrastró de la apología al absurdo, al punto que por estos días creen realizar una hazaña quienes redescubren las ideas de Keynes. Simultáneamente la teoría política, desprendida de la economía, se transformó en prestidigitación; y el ejercicio del poder fue confiado a equilibristas, cuando no a bufones. La moral, incluso la que corresponde a la ideología del capital, fue en todos los casos puesta en manos de ladrones, estafadores y asesinos.

Un lunar de la historia tapó el sol de los tiempos. Los intelectuales del capital confundieron eclipse con noche y noche con oscuridad eterna. Se instalaron en un universo de ficción y adecuaron todo a aquello que imaginaron real e infinito. Es comprensible entonces que un instante después, cuando el eclipse acabó, estén enceguecidos e incapaces de reaccionar sino con ideas dictadas por la inercia.

 

Prueba de fuego 

Confundir la salud de Fidel Castro con la Revolución cubana fue uno de los desatinos al uso. Hasta pocas semanas atrás no había periodista o analista inteligente que no preguntara o reflexionara sobre el futuro de la isla después de la muerte de Fidel. Pues bien, ahora que las circunstancias dieron lugar a una suerte de ensayo general, los teóricos de la “transición”, los periodistas que ilustraron la noticia de la transmisión de mando con fotos de la comunidad cubana de Miami y los políticos jugados a la perspectiva de debacle y contrarrevolución victoriosa, no consiguen asimilar el significado de lo ocurrido: no hubo insurrecciones anticastristas, no hubo conmoción en las cúpulas, y por el contrario las masas cubanas salieron a la calle a defender la Revolución. Más aún: el Partido Comunista de Cuba  se mostró en los hechos como el instrumento apropiado para la defensa y continuidad de la Revolución, lo cual se convierte en una reivindicación difícilmente rebatible de la noción misma de Partido. Un saldo adicional fue la evidencia del respaldo mundial con que cuenta la Revolución Cubana.

Faltaba algo, sin embargo, para que la perplejidad diera lugar a la desesperación. Y ocurrió: Fidel recuperó el equilibrio de sus 80 años y los 118 países que durante su convalecencia se dieron cita en La Habana para la XIV Conferencia Cumbre del Noal, lo eligieron presidente de ese bloque ahora acrecido, renovado y pronto a ocupar el lugar de protagonista mayor en el escenario mundial.

 

Bloque antimperialista 

Entre las muchas conclusiones a que da lugar la Declaración final del Noal (está en esta edición, porque nadie debería dejar de conocerla), la dominante revela el cambio de relaciones de fuerzas entre el imperialismo estadounidense y los países semicoloniales. Desde luego, la extrema heterogeneidad de los 118 componentes del Noal limitan su capacidad de acción efectiva. Pero discursos, debates y resoluciones en la XIV Conferencia confirman que este bloque será en la práctica, a partir de ahora, la concreción de un frente antimperialista de alcance global.

Que Fidel Castro sea el Presidente de este nuevo Noal no es un detalle. Estados Unidos ultima sus planes de invasión a Irán y avanza en las provocaciones destinadas a tomar represalias contra una Suramérica que escapa de sus manos (México es el último e imprevisto desastre de la estrategia del Departamento de Estado). En una instancia en que el mundo entero, a la luz de lo ocurrido en Líbano un mes atrás, comprende la gravedad de lo que puede ocurrir si no se detiene la demencia bélica de la Casa Blanca, por unanimidad el Tercer Mundo puso su voz en la palabra de Fidel. Es decir, en la voz de la Revolución Cubana, pero también de la Revolución Bolivariana, que apenas días después se haría escuchar con una contundencia que asombró al mundo en el recinto de las Naciones Unidas. En el discurso de Hugo Chávez ante la Asamblea General quedaron trazados los parámetros de la nueva situación internacional. A derecha e izquierda, ya no queda lugar para confusiones.

2006: nueva oportunidad para objetivos de siempre

porLBenCR

 

A comienzos de 2006 bulle bajo la superficie una Argentina diferente a la mostrada por los medios de difusión masiva y asumida como verdadera por dirigencias de todo género. Lejos de la consolidación de una perspectiva de estabilidad política, sostenido crecimiento económico y gradual mejoría de la situación social, es todo lo contrario lo que el país tiene por delante en un horizonte no tan lejano como suponen quienes centran su accionar en preparar candidaturas para 2007 y 2011.

Esta afirmación no parte de lo ocurrido en Las Heras, Santa Cruz, en la segunda semana de febrero. Aquella potente sublevación con base en una huelga obrera y derivaciones aún en curso, es un signo por demás elocuente; pero volverán a equivocarse quienes pretendan hacer de esa lucha el centro para interpretar la coyuntura y afirmar una estrategia.

A la vista de conductas recurrentes respecto de luchas importantes de los trabajadores, pero excepcionales y aisladas respecto del estado y el curso de la totalidad de la clase obrera y la sociedad argentinas, es obligado subrayar que el fenómeno al que aludimos es más amplio, más profundo y complejo que el mostrado por la huelga y movilización de Las Heras. Se trata del fin de un período histórico en toda América Latina, en un marco de crisis estructural capitalista a escala mundial que una vez más ingresa a una fase de agudización. En Argentina esa fuerza gravita con trazos propios, marcadamente contradictorios, al punto de desdibujar y confundir los rasgos determinantes de la coyuntura.

No hay manera de delinear y aplicar una política correcta en Argentina sin partir de aquella realidad mundial y regional. La vacuidad de discursos elaborados a partir de conceptos que apelan a supuestos principios, y eluden el análisis de la situación sobre la que se debe actuar, deriva de la inexistencia no ya de una organización internacional de los trabajadores, sino de la añeja deformación del pensamiento revolucionario que induce a relacionarse con la realidad a partir de supuestos «principios», en lugar de partir de ella observada con una metodología científica, es decir, materialista y dialéctica.

Un siglo y medio atrás Engels denunciaba con mordaz precisión esta deformación:

«el pensamiento no puede jamás obtener e inferir esas formas de sí mismo, sino sólo del mundo externo. Con lo que se invierte enteramente la situación: los principios no son el punto de partida de la investigación, sino su resultado final, y no se aplican a la naturaleza y a la historia humana, sino que se abstraen de ellas; no son la naturaleza ni el reino del hombre los que se rigen según los principios, sino que éstos son correctos en la medida en que concuerdan con la naturaleza y con la historia. Esta es la única concepción materialista del asunto, y la opuesta concepción del señor Dühring es idealista, invierte completamente la situación y construye artificialmente el mundo real partiendo del pensamiento, de ciertos esquematismos, esquemas o categorías que existen en algún lugar antes que en el mundo y desde la eternidad»(1).

El idealismo como concepción inconsciente domina el pensamiento y la acción no sólo de cuadros sindicales y sociales, sino y de manera sobresaliente, el de la militancia revolucionaria.

Argentina es el modelo perfecto de los resultados que semejante conducta por parte de cuadros y organizaciones revolucionarias produjo sobre la coyuntura nacional: en medio de una profunda crisis económica, con masas en la calle (aunque sin presencia del movimiento obrero como tal) en espontánea rebelión interclasista contra los fundamentos mismos del sistema, licuado el poder político burgués y con las clases dominantes carentes de aparatos políticos y sindicales con capacidad de tomar control de la situación, la coyuntura fue entregada sin disputa al capital, que logró recuperar la iniciativa, recomponer un aparato político e imponer un liderazgo a partir del PJ (con el apoyo silente de la UCR), en detrimento de cualquier variante que reivindique una revolución aun en el más amplio e indefinido de los sentidos de este concepto. Tal inesperado desenlace provocó una mezcla de desaliento en la militancia y confusión en los cuadros medios, y dio lugar a crisis y rupturas en los partidos y organizaciones sin excepción. Esta vez no se trata sin embargo de una crisis más en la inexorable dialéctica de una organización revolucionaria, que se renueva y depura al compás de la lucha de clases. Se trata de la prolongación aumentada de la crisis detonada con el derrumbe de la Unión Soviética dos décadas atrás y que ahora ha llegado a su punto terminal.

En Argentina la militancia revolucionaria organizada o semiorganizada en estructuras de tipo partidario suma decenas de millares de militantes formados y abnegados. Es una fuerza potencialmente decisiva frente a la eventual ruptura del equilibrio político entre las clases dominantes y la entrada del país en un estado de descontrol que pudiera derivar rápidamente en situación revolucionaria. Como veremos más abajo, esa perspectiva no es impensable y ni siquiera es lejana. Pensar y actuar la Revolución en Argentina es hoy, ante todo, pensar y actuar para articular de manera efectiva una respuesta política que permita recomponer esa masa militante, esa inmensa fuerza desperdigada y desnortada que, pese a ser una clave en cualquier desenvolvimiento de la vida social, carece de protagonismo político efectivo (y esto es así incluso para aquellas organizaciones y cuadros que se han sumado al gobierno), sencillamente porque carece de estrategia de lucha por el poder.

De modo que la búsqueda de una respuesta inmediata pero con largo alcance que resuelva el juego de fuerzas centrífugas, instalado en todas y cada una de las organizaciones que se definen a sí mismas como revolucionarias, constituye una tarea de primer orden de importancia.

 

Militante, partido y sociedad

Ninguna de las organizaciones y dirigencias revolucionarias, que en 2001 confundieron la operación estratégica de un sector burgués con una ofensiva revolucionaria del proletariado y sus aliados, ha hecho una revisión crítica de sus posiciones. El pasaje de aquella supuesta ofensiva revolucionaria a la victoria del PJ en 2003 y la desaparición electoral de las izquierdas, completada hasta la reducción de éstas a la nada en 2005, no ha merecido una línea de reflexión que busque la causa de estos errores inverosímiles. Tal conducta equivale a admitir que el predominio político de las clases dominantes es fatal; que una alternativa revolucionaria no puede disputar la ideología y la expresión electoral de las masas y que la revolución vendrá por arte de magia. Es el espontaneísmo economicista llevado a su máxima expresión de incapacidad e irresponsabilidad; es la base sobre la cual se crea en el militante un mecanismo de enajenación permanente, que le impide comprender el estado de la conciencia de la clase en un momento determinado y, por lo mismo, le cierra el paso a la elaboración y aplicación de tácticas capaces de ensamblar en el proceso vivo, contribuir efectivamente a la evolución positiva del conjunto y su vanguardia natural. En cambio, se produce el fenómeno contrario: militantes y dirigentes se distancian de los sentimientos y la comprensión del obrero, el estudiante o el vecino de un barrio en conflicto; al no comprenderlos es imposible educar, persuadir y organizar, tareas fundamentales de todo militante revolucionario. Así, para relacionarse con el movimiento vivo sólo queda hacerlo a través de imposición, sea por manipulación, maniobra de aparato o autoritarismo. Fatalmente esa conducta hacia el exterior se traslada hacia las relaciones internas de la organización, que en un proceso inconsciente para la mayoría de sus componentes se transforma en un aparato burocrático, ajeno a la noción de partido revolucionario leninista.

No importa cuánto se reivindique el nombre de Trotsky y se condene al stalinismo: eso es precisamente la reiteración, mutatis mutandi, del proceso de degeneración que sufrió en los años 1920 el Partido Comunista de la Unión Soviética.

Esta dinámica de inocultable degeneración, sin embargo, no admite una respuesta lineal, de contragolpe mecánico, a saber, la negación del papel de vanguardia y del concepto leninista de partido. Existe y debe existir una distancia subjetiva y objetiva del militante revolucionario respecto no sólo del ciudadano corriente, sino incluso de quienes se involucran circunstancialmente en un proceso de lucha. Las diferencias entre un revolucionario socialista y un hombre o una mujer resueltos o empujados a la lucha social, son muchas y muy hondas. La exterioridad del militante en relación con un movimiento de lucha social tiene una base objetiva y reivindicable: al asumir la perspectiva anticapitalista y dedicar su vida a la revolución, una persona cambia valores y conductas y se distancia del ciudadano común. Negar esa diferencia es propio de quienes encubren con retórica la cobardía o la falta de determinación para romper con el modo de vida burgués. Asumir una existencia de lucha afecta el lugar del individuo en la sociedad, sus relaciones familiares, su cotidianeidad en todos los sentidos, e inexorablemente lo diferencia de su entorno, excepto cuando está entre compañeros, ámbito por definición minúsculo en relación con el conjunto social. Un hombre o una mujer dispuestos a sumarse a una organización revolucionaria, a asumir las reglas que esto implica, a consagrar su vida a la lucha contra el sistema, no es -no puede ni debe ser- igual a quien, con mayor o menor conciencia de ello, trata de lograr un lugar en la sociedad capitalista; no es igual a quien incluso con conciencia de la explotación y la injusticia, en su vida personal está dispuesto a someterse al yugo diario del capital pero rechaza el concepto y la práctica de disciplina revolucionaria. Trazarse objetivos individuales es lo opuesto de asumir una perspectiva de vida revolucionaria. Determina conductas y forja caracteres diferentes. Un revolucionario, decía Rosa Luxemburgo palabra más o menos, vive con un pie en el presente y otro en el futuro. Es decir, vive en un desgarramiento constante.

El reformismo resolvió la contradicción integrando organizaciones y militantes al sistema. Ser socialista, desde esa perspectiva, es como no gustar del fútbol o negarse a pasar horas frente a un televisor: una extravagancia sin mayores consecuencias; uno es diferente del compañero de trabajo o del vecino, pero eso no se traduce en una práctica de vida diferente en lo sustancial a la de los demás.

Lejos de negar esa diferencia, una genuina dirección revolucionaria debe asumirla como virtud que a la vez es un riesgo constante para la relación del militante con la sociedad en su conjunto y con la clase obrera en particular. «El revolucionario es el escalón más alto en la especie humana», decía el Che. ¿Es incorrecta, o acaso arrogante, esta definición? Filisteos de diferentes congregaciones se apresurarán a decir que sí. Allá ellos, felices con sus pantuflas. Nosotros reivindicamos la superioridad de quien esté dispuesto a la generosidad, la entrega, el sacrificio de vida y muerte que supone esforzarse por comprender las causas de la explotación y la degradación y dedicar la vida a luchar contra ellas. No cejaremos en la tarea de convocar a la juventud a atreverse a ocupar un lugar en ese sitio, que lejos de todo privilegio, por el contrario sólo garantiza la satisfacción del combate colectivo y de una victoria que no es individual ni inmediata.

Esta reivindicación intransigente no supone ensalzar la diferencia, sino justamente lo contrario: exige entablar un combate sin tregua por igualar a las masas en la comprensión de las lacras del capitalismo, en la voluntad de luchar contra él, en la integración a instancias organizativas que permitan el desarrollo de la conciencia y la militancia de la clase obrera, las juventudes y el conjunto de la sociedad explotada y oprimida.

Una dirección revolucionaria debe saber que las virtudes que hacen excepcional a un militante, no lo eximen de los vicios y debilidades propios de cualquier ser humano; que la generosidad no excluye la mezquindad; que la humildad es lo contrario de la altanería pero que ésta anida en aquella. Y, sobre todo, que el indispensable conocimiento teórico de la realidad no supone la posesión de respuestas adecuadas en cualquier momento y lugar. A la vez, la respuesta espontánea de un movimiento vivo en situación de lucha puede ser el máximo punto de apoyo para interpretar la realidad y transformarla. La incomprensión de la naturaleza y dinámica de un conflicto determinado puede desatar una cascada de consecuencias aberrantes, en medio de la cual las condiciones distintivas de un militante se transformen en lo opuesto al valor positivo que implica asumir una posición de vanguardia. Eso ocurrió, por ejemplo, durante la erupción de Asambleas como consecuencia del estallido de la convertibilidad y la caída del gobierno de la Alianza, en 2001/2002. En aquella oportunidad el error garrafal de caracterización respecto de la coyuntura en curso -error en cuya base está la inconsistencia teórica y la irresponsabilidad política de direcciones autoproclamadas- puso literalmente a la militancia contra el pueblo. (Empleamos deliberadamente esta categoría equívoca para subrayar que en aquella formidable movilización no participó la clase obrera en tanto que tal).

Es inseparable la capacidad de la burguesía y el imperialismo de retomar el control de una situación escapada de sus manos, de la conducta de las dirigencias de organizaciones que se consideran revolucionarias. Hoy estructuras tales como Patria Libre (integrado al gobierno), Movimiento Socialista de los Trabajadores (fracturado y sin rumbo), Partido Comunista (reducido a su minimísima expresión luego del cataclismo electoral del cual fue voluntario artífice en las elecciones parlamentarias de octubre último), o Partido Obrero (capaz de celebrar un resultado del 0,4% de los votos como una victoria, porque en dos poblados obtuvo concejales con elevada votación, poco antes de que esos mismos concejales rompan con la organización lanzándole las peores pullas), están cada uno en un sitio por completo diferente del cuadro político actual. Pero todos estuvieron juntos en la realidad invertida del pensamiento idealista, que transformó las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001 en el prólogo del asalto al poder y, en lógica consecuencia de la concepción respecto del papel de la vanguardia en una revolución, los lanzó a copar la conducción de las Asambleas para barrer a alegados reformistas y traidores y alistar a las masas para ocupar la Casa Rosada.

Al menos las direcciones de Patria Libre y del recientemente autodisuelto Partido Comunista Congreso Extraordinario fueron consecuentes y ahora, bajo el comando victorioso del cavallista jefe de gabinete Alberto Fernández y la mirada escrutadora del duhaldista ministro de Interior Aníbal Fernández, entraron por fin a la Rosada y están llevando a cabo su revolución. El resto de aquel espectro se debate en la disgregación de sus filas mientras repite que Néstor Kirchner es idéntico a De la Rúa y toma cada expresión de lucha reivindicativa como prueba contundente de la voluntad de las masas por acabar «con todos» para declarar de inmediato la revolución socialista. En el paroxismo de la incongruencia, este conjunto se fractura a su vez en tres grandes corrientes: una pretende reeditar en Argentina el (hasta hace algunos meses) victorioso modelo frenteamplista uruguayo; otro definió con precisión teórica su objetivo y lanzó la consigna «frente de izquierda 100%»; y un tercero, más consciente de la magnitud de la debacle, trata de tomar distancia del ultraizquierdismo desenfrenado y oscila entre la reiteración morigerada de sus desvíos anteriores y la asunción de una estrategia revolucionaria marxista.

Este último sector ha abierto una posibilidad de debate, autocrítica y recomposición, al dar lugar a una «Autoconvocatoria por el reagrupamiento y confluencia política de los luchadores, las fuerzas populares y la izquierda». Aunque en la oscura noche ultraizquierdista todos los gatos son pardos, ésta es sin duda una oportunidad de debate serio en pos de la recomposición del pensamiento y la militancia marxistas. La participación leal en esa instancia tiene sin embargo como condición el rechazo, intransigente e igualmente franco, a la idea de que es posible alcanzar el objetivo clave de recomposición de fuerzas y fundación de un genuino partido revolucionario apelando a la suma aritmética de las concepciones pseudoteóricas y las conductas políticas con las cuales los equipos dirigentes se hicieron responsables del desastre actual. No hay nombres en el índex; pero hay conceptos, conductas, metodologías, que no tienen ni jamás tendrán lugar en un partido capaz de asumir y llevar a cabo las tareas de la revolución socialista en Argentina.

Esto es tanto más evidente, cuando aquellos mismos ejemplos se repiten en cada conflicto puntual, en los que el accionar de una línea de vanguardia transforma al militante en lo contrario de lo que debe ser. Allí está, como uno más entre innumerables ejemplos, lo ocurrido en Las Heras. Un conflicto reivindicativo de singular potencialidad, desembocó en lo que la militancia debe tomar como signo de alerta rojo: una vez más en la historia argentina las camarillas internas del peronismo utilizaron la lucha social para dirimir por la violencia sus conflictos internos por el reparto del poder. Una vez más, la mayoría de las fuerzas revolucionarias confundieron el significado táctico y estratégico de una batalla puntual. El resultado ha sido por enésima vez que el gobierno, en cuyas filas están los responsables del asesinato del policía, monopolizó la defensa de los derechos humanos y, a través de la burocracia sindical, transformó en victoria propia el resultado victorioso de la lucha reivindicativa.

Los capitanes de pacotilla que llevan una y otra vez a la derrota a sus soldados, no pueden ser comandantes. Tanto menos, si los combatientes son representantes de las nuevas generaciones de obreros que buscan un camino para sus anhelos de reivindicación social, no hay el menor espacio para la transacción con ellos. Una línea política de tal manera errada en medio de cualquier lucha social transforma al activista en irresponsable actor de una frustración con efectos letales para la clase obrera en su conjunto: divide a las bases, desmoraliza a quienes se embarcaron en la lucha, aísla a la vanguardia, fortalece a los aparatos burocráticos y sus dirigentes. La vanguardia se niega a sí misma en tales condiciones.

Si no asume y resuelve este conjunto de contradicciones, una dirección que se pretende revolucionaria no es lo contrario de aquellas que se asumen reformistas, sino la contracara gritona de la asimilación al sistema. En consecuencia, si esta contradicción no es resuelta correctamente desde una comprensión teórica ajustada y con una mano política férrea, el militante es arrastrado a la falsa opción de transformarse en un energúmeno que vocifera y condena mientras a su alrededor crece el vacío, o desistir de edificar una organización de vanguardia.

Las vacuidades con las que se condena el concepto y la práctica de vanguardia, haciendo el elogio mentiroso del democratismo y la horizontalidad, calaron en franjas demasiado anchas del activismo en todas partes, no sólo porque suenan como música de ángeles a los oídos de la pequeña burguesía conflictuada, impulsada a enfrentar las aristas más descarnadas del capitalismo pero renuente al combate frontal contra el sistema. La penetración de nociones tan primarias, es inseparable de la degeneración de la noción de partido revolucionario de vanguardia.

El resultado en la coyuntura actual es que la militancia se divide en dos grandes conjuntos: el que apartado de la realidad concreta de las masas se encapsula en un mundo virtual sostenido a fuerza de dogmatismo e irracionalidad, y el consustanciado con el movimiento vivo pero atrapado por él, negado a la organización y a la responsabilidad histórica de la vanguardia, incapaz de dirigir la fuerza espontánea hacia la lucha política de masas y la confrontación efectiva con el poder real. Aquél entrega por omisión la resistencia social a las garras político-ideológicas del capital; éste, reiterando el giro clásico del oportunismo y el centrismo, se subordina a las corrientes que, invariablemente, impulsan la burguesía y el imperialismo para afrontar situaciones de crisis extrema con medidas radicales por definición destinadas a impedir la ruptura con los límites del sistema.

De manera que la incomprensión del momento histórico, la corrupción organizativa, la degradación del papel del partido revolucionario ante la sociedad y la impotencia que deriva de esto, son aspectos inseparables de un mismo fenómeno. Se comprende así la negativa de ciertas dirigencias de izquierdas a observar la propia conducta a la luz de resultados calamitosos: corregir un milímetro en caracterizaciones y tácticas exige cambiar de cuajo todo el discurso táctico y estratégico, todas y cada una de las columnas sobre las cuales estas organizaciones y dirigentes se han sostenido durante décadas.

No parece probable esperar que esas dirigencias fallidas se suiciden. Pero es menos probable -y, desde luego, inaceptable- que innumerables cuadros revolucionarios sinceramente entregados a la causa del socialismo se inmolen por persistir en una actitud ya no acientífica, ajena al pensamiento marxista, sino directamente irracional.

Está planteada entonces una revisión profunda y franca de las caracterizaciones que derivaron en tácticas y resultados hoy a la vista de todos. La UMS propone a toda la militancia revolucionaria empeñarse en esta tarea. No para proclamar vencedores, sino para hallar explicaciones y respuestas. Para avanzar en la comprensión teórica de nuestro tiempo, del mundo y el país sobre el cual debemos actuar. No es posible que Kirchner y el PJ avancen en la recomposición del poder político de las clases dominantes, que un espejismo burgués conquiste la conciencia de los trabajadores y el pueblo, sin que la militancia (incluidos sectores revolucionarios hoy alineados con el gobierno) se disponga a articular una respuesta eficaz en función de una genuina revolución social.

 

Valor táctico de una estrategia basada en la clase obrera

Decíamos antes que pensar y actuar la Revolución en Argentina es hoy, ante todo, pensar y actuar para recomponer la inmensa masa militante revolucionaria neutralizada por su fragmentación y falta de conducción estratégica. Pero este propósito carece de cualquier perspectiva de éxito si se apoya en sí mismo. El llamado «frentismo de izquierda» (forma bastarda del sectarismo reducido a los límites de una estructura partidaria única), no resuelve una perspectiva para la militancia revolucionaria por la sencilla razón de que no es una solución para la perspectiva de la clase obrera.

No es posible organizar, galvanizar y conducir hacia la victoria revolucionaria una vanguardia, al margen de lo que ocurra con aquello que da sentido a ocupar un lugar en la primera línea: la fuerza social de la que se destaca. Aquí hay dos temas: en primer lugar, cuál es la fuerza social a la que se refiere una organización política; en segundo lugar, cómo se relaciona con ella.

En los últimos años en Argentina las organizaciones que se denominan marxistas no podrían haber estado más distantes del pensamiento y de la práctica que en su momento asumieron Marx y sus genuinos continuadores: tomaron como base social de la revolución a los desocupados; y con cuadros recién salidos de la Universidad, vestidos de pobres y con pretensiones de protagonismo, se plantaron ante ellos como jefes, para pedir «subsidios» (traducción apenas disimulada de limosna). Por añadidura, no pocas de las organizaciones que en fila pasaron a bautizar organizaciones «piqueteras» (otro dislate conceptual) con siglas idénticas a las de sus partidos y en más de un caso adoptaron el modus operandi propio de lo más corrupto de la partidocracia burguesa, cobrando un porcentaje de aquella limosna. Caricatura de una caricatura, los «movimientos piqueteros» en realidad arrastraron a los partidos que los habían creado.

Nadie podría minimizar o relegar la importancia táctica y estratégica de la masa de excluidos por la crisis del sistema. Una organización que incurriera en ese error, quedaría irremediablemente por fuera de una perspectiva cierta de lucha revolucionaria y toma del poder político. Con la aparición de organizaciones de desocupados se vieron expresiones de abnegada solidaridad, búsqueda sincera de formas alternativas para la sobrevivencia, y de formas organizativas que prefiguran una línea de trabajo fructífero para la concientización y organización de grandes contingentes humanos arrojados a la miseria extrema, la ignorancia y la degradación. Sin embargo, incluso esas expresiones nuevas e innovadoras de la lucha contra el sistema, fueron en más de un caso desviadas, manipuladas y esterilizadas por una combinación de desvío teórico y oportunismo político propiciado no sólo por individuos y pequeños grupos a la caza de notoriedad, sino principalmente por organizaciones que hallaron en esa base social la posibilidad de crecer como partidos revolucionarios y lograr un lugar en la vida política nacional. El camino recorrido en pocos años fue de la aparición genuina y espontánea de obreros desocupados y sus familias (principalmente como resultado de la privatización de YPF) que apelaron al corte de rutas para hacerse oír, al copamiento de los remanentes de esas luchas y la movilización de desocupados en torno de la demanda de subsidios. Contingentes de familias desesperadas por el hambre eran cotidianamente cargadas en ómnibus para ser trasladadas al centro de Buenos Aires a «hacer piquetes». Se teorizó la práctica de cobrar un porcentaje de los subsidios para sostener «la organización» y se legitimó la idea de que sólo quienes asistían regularmente a las actividades «piqueteros» tenían derecho a las bolsas de alimentos y las remesas concedidas por diferentes estamentos del gobierno.

Como cada partido creó su propio «movimiento piquetero» y la práctica contagió a pequeños agrupamientos militantes en el conurbano bonaerense, los cortes de calles y rutas se multiplicaron. Hubo un período en que literalmente todos los días se producían numerosos cortes de calles y accesos a la Capital Federal. Los trabajadores con ocupación no podían llegar a sus lugares de trabajo. En una ciudad donde diariamente se desplazan de 8 a 10 millones de personas son presumibles los conflictos creados por tal metodología de protesta. Una derivación de extraordinario valor potencial, como es la adopción de una identidad por parte del luchador social, se transformó en su contrario: la «identidad piquetera» tomó la forma de hombres y mujeres (la mayoría de ellos jóvenes, con indudable decisión de lucha) encapuchados y esgrimiendo palos que en no pocas ocasiones eran usados contra quienes reclamaban por el derecho a desplazarse y en cualquier caso amedrentaban a buena parte de la sociedad.

El hecho extraordinariamente positivo de que un excluido pueda afirmarse como individuo en una lucha colectiva, se transformó en rechazo individual a la sociedad excluyente mediante una conducta marginal. Lejos de condenarla, los partidos la enaltecieron como expresión de combatividad y desdeñaron cualquier esfuerzo por impedir la fractura social y política que este accionar aceleró.

El poder político burgués actuó con habilidad ante el fenómeno: para «mantener el orden», ordenó a la policía acordonar un área de varias cuadras alrededor de los «piqueteros», con lo cual a menudo una marcha de 50 ó 100 personas producía la paralización de sectores enteros de la ciudad, por regla general los centros de actividad comercial, administrativa y bancaria. El corte de los puentes de acceso a la Capital impedía o dificultaba el transporte de los trabajadores, que debían disponer de dos, tres o más horas adicionales para llegar a sus trabajos o regresar a sus hogares. Por supuesto y por razones obvias esto nunca ocurría en las zonas ricas de la ciudad, donde viven la burguesía y las clases medias altas. Con el tiempo, los servicios de inteligencia del Estado pasaron de la observación a la acción, armando sus propios grupos «piqueteros», que agredían a ciudadanos no ya como el resultado presumible de la situación, sino como método para ahondar y ampliar la fractura que el caos cotidiano producía en la sociedad en general y, marcadamente, en la propia clase trabajadora. Ajenas a los efectos ideológicos y políticos de mediano y largo plazo que esta deriva social generaría, las dirigencias supuestamente marxistas se aferraron al accionar irracional que promovía un «piquete» por hora y anunciaba un «argentinazo» por mes, mientras la clase obrera como tal, distante en todos los sentidos de los desocupados y cada día más enfrentada objetiva y subjetivamente con los «piqueteros», se mantuvo desmovilizada y por fuera de proceso político en marcha. Los medios de incomunicación social, en su salsa, condenaban a los «activistas» y clamaba por el «orden», echando nafta al fuego del malestar generalizado de una sociedad en la que se hizo patente la fragmentación extrema, al punto de que cada individuo asumió como y propia y normal una actitud de enfrentamiento constante con quienquiera tenga en su proximidad.

Ahora bien: esto no resultaba de la sublevación de los condenados de la tierra, sino de la práctica cotidiana de lo que dio en llamarse «movimiento piquetero», que en los hechos involucraba a una franja minúscula, proporcionalmente insignificante, de la masa de desocupados. Esta, mientras tanto, comenzó a invadir silenciosamente la ciudad en cada atardecer, para revolver la basura en busca de comida y restos vendibles. Ese ejército taciturno de seres humanos arrojados a un estado de indigencia y degradación sin mesura también recibió un nombre, que lo identificaría como nuevo actor del colapso argentino: los «cartoneros». Cuando al caer el día la ciudad salía del caos provocado por algunos cientos, a veces miles, de «piqueteros», surgían en las sombras decenas, probablemente cientos de miles de «cartoneros».

Inicialmente estos nuevos protagonistas de la cotidianeidad porteña provocaron el espanto del ciudadano común que en la puerta de su casa, en el país de las vacas y los trigales, veía personas comiendo de las bolsas de basura. Del horror a la compasión, y luego al rechazo por los efectos devastadores sobre la higiene urbana, los trabajadores ocupados y las clases medias pasaron finalmente a la indiferencia. El gobierno de la ciudad, progresista, como se sabe, tuvo la iniciativa de proponer que se separara la basura utilizable de la demás, para facilitar la labor de los «cartoneros», a los que además se les daría un uniforme y una credencial. Esta osada línea de intervención no prosperaría. Pero tuvo la virtud de mostrar la capacidad de respuesta social del capitalismo de nuestro tiempo, además de corroborar que, cuando irrumpe la crisis, los reformistas son tan ridículos e inocuos como quienes arrojan brújula y bandera y caen bajo los efectos de la enfermedad infantil del comunismo.

Mientras tanto, las usinas ideológicas y políticas del capital local e imperialista avanzaron sistemáticamente en sus planes. Al cabo de un período la propia práctica en las estructuras «piqueteras» hizo una selección a la inversa y los aparatos fueron ganados por el clientelismo. Quienes resistieron esa dinámica, quedaron aislados. Y la sesuda teoría del «partido piquetero» se reveló en toda su condición visionaria: las estructuras más significativas (y en más de un caso genuinas) de esa base social, se incorporaron al gobierno, donde son ahora el ala combativa de un partido que desesperadamente trata de construir la burguesía para salir del cementerio de sus aparatos políticos del pasado. Las que nacieron y existieron como apéndices de aparatos partidarios se disgregaron. Otros agrupamientos, inervados por militantes abnegados y honestos, buscan un camino de salida.

Al margen incluso de un juicio de valor, es innegable que el sector numérica y políticamente más significativo de lo que dio en llamarse «movimiento piquetero» fue cooptado por el gobierno y asimilado al sistema. Sus dirigentes son funcionarios; y sus bases clientes del aparato político que intenta formar el sector del capital que se hizo del poder con el golpe de mano de diciembre de 2001. En el otro extremo, los «cartoneros» -es decir, la masa de desocupados y excluidos- sin cesar creciente, es ya parte del paisaje natural de Buenos Aires, con apenas un dato diferenciador, provocado por la reactivación económica: en ese ejército inerme de miserables hay menos hombres adultos, más mujeres y, sobre todo, más niños.

Es el rostro espantoso, intolerable, insostenible, de la crisis capitalista. Sólo que, aunque golpea a los ojos de cada habitante, se oculta a la mirada por un fenómeno de negación colectiva y aparece como exactamente lo inverso y domina la percepción social en Argentina y más allá de las fronteras: la supuesta solución de la crisis, atribuida al gobierno Kirchner, sin considerar o comprender hechos tan obvios que subleva tener que repetirlos: el colapso político lo revirtió la burguesía durante el gobierno de Eduardo Duhalde; la crisis económica no resolvió ninguna de las causas estructurales que provocaron la explosión y… todo el cuadro político actual es inexplicable sin un factor decisivo: el papel de las dirigencias autoproclamadas revolucionarias.

Este desenlace, que pone en cuestión el curso de Argentina durante todo un período por delante, tiene responsables. No hablamos de individuos sino de concepciones encarnadas en organizaciones. Y no es posible achacar esa responsabilidad a aquellas que están descartadas por definición, es decir, las que no propugnan la revolución social. Por tanto, hay que buscarlos entre las que, desde los 80 hasta el último período reseñado más arriba, en lugar de procurar a todo precio y por todos los medios la unidad social y política de los trabajadores y sus aliados, por sobre las diferencias ideológicas, culturales y partidarias que naturalmente existen en los millones de explotados y oprimidos, propiciaron una respuesta revolucionaria mediante la incorporación de esa masa diversa en todos los sentidos a supuestos «partidos» o «frentes» de izquierda, que no son partidos porque no son parte real de la clase obrera; y por no ser partidos, no pueden tampoco ser un frente real aun cuando se presenten bajo una misma sigla.

Simultánea y paralelamente, aquellas líneas de acción chocaron con la tarea primera en medio de la crisis expresada en última instancia en el desmoronamiento de la URSS y sus derivaciones posteriores en todo el planeta: la recomposición de las fuerzas revolucionarias marxistas a escala nacional e internacional.

A cambio, la militancia ha asistido al espectáculo de «direcciones» que, tras interpretar que el proletariado mundial estaba a la ofensiva en 1990, en pos de la revolución y el socialismo, por sí y ante sí alumbraron aparatos insignificantes a los que denominaron Internacional. Con la misma técnica que luego se utilizaría en relación con el «movimiento piquetero», cada pseudo partido creó su propia internacional; envió cuadros a «influenciar» a revolucionarios subdotados de otros países, necesitados de la conducción incluso táctica de aquellas direcciones, cuya primera tarea consistió en mostrar que todas las demás eran, en realidad, contrarrevolucionarias al servicio del imperialismo. Cuadros talentosos, con acervo teórico de inmenso valor, resolvieron financiar un militante aquí, otro allá, para que su internacional orientara la revolución en cada país. Y de paso, que denunciara a Fidel y el PC de Cuba por su papel contrarrevolucionario dentro y fuera de Cuba. Cuando apareció Chávez en el escenario, se apresuraron a explicar que era un bonapartista al servicio del imperialismo…

Parece una mala comedia; pero es el entramado real en el que se formaron y actuaron millares de hombres y mujeres que, justamente, trataban de acceder al «escalón más alto de la especie humana». Las leyes inexorables de la dialéctica producen a menudo resultados crueles: cuanto más abnegado y esforzado el militante, más enajenado su accionar; cuanto más prolongada su vida de luchador y más intensa su participación en los combates de estos años, más consolidadas las deformaciones conceptuales y metodológicas.

No hay margen para la ilusión de que este resultado pueda revertirse con revistas de teoría, debates y reuniones. Aunque todo ello sea necesario, sólo la irrupción del movimiento obrero real en la lucha social y política podrá rescatar esa masa militante malograda por la encerrona histórica que tocó en suerte.

 

Rasgos de la nueva etapa histórica

El derrumbe de la URSS dio lugar a un fenómeno múltiple, incomprendido o no asumido en toda su magnitud hasta hoy. En apretada síntesis se puede resumir en dos aspectos determinantes:

  1. ruptura de todas las barreras objetivas y subjetivas que condicionaban y limitaban a los países centrales (imperialistas) en la economía mundial capitalista; imposición arrolladora de las expresiones más brutales de la ley del valor en todas las economías nacionales y en todos lo planos de cada sociedad; explosión del desarrollo de las fuerzas productivas mediante la revolución científico-técnica y, en consecuencia, crecimiento absoluto y relativo del proletariado industrial en la sociedad.
  2. dilución hasta la desaparición de la noción de socialismo como alternativa al capitalismo; proceso masivo y acelerado a escala mundial de pérdida de la conciencia de los trabajadores; consecuente debilitamiento y/o extinción de partidos obreros en todo el mundo; adaptación de los restantes (con apenas excepciones), a la idea y la práctica de que el capitalismo es invencible y sólo se puede intentar obtener mejoras dentro de él; desarme ideológico, organizativo y moral, de cientos de millones de trabajadores y decenas de millones de revolucionarios en todo el mundo; condena a la confusión, el individualismo y la enajenación a cientos de millones de jóvenes, precisamente en el momento de su incorporación al ejército proletario internacional numéricamente más poderoso de todos los tiempos y en una coyuntura de crisis sin precedentes del sistema. Más rápido aún que la proletarización masiva de profesionales antes independientes y la incorporación aluvional de nuevos proletarios en áreas extremadamente sensibles para el funcionamiento del sistema (como por ejemplo los técnicos y programadores en computación), se produjo el fenómeno de desideologización y alienación completa de más de la mitad de la población mundial, es decir, miles de millones de seres humanos. Mientras crecía a ritmo desconocido el proletariado en sí, menguaba hasta extinguirse el proletariado para sí.

La negativa a asumir ese momento histórico mundial y, a partir de allí, la coyuntura regional y nacional, redundó en la imposibilidad de comprender el papel objetivo del gobierno de Eduardo Duhalde primero y Néstor Kirchner después: la lucha interimperialista y el ahogo de las sub-burguesías locales asociadas, sobre la base de la completa ausencia de una opción teórica encarnada en la voluntad y la conciencia de millones de ciudadanos, le daba al capital una excepcional vía de escape.

El saldo inmediato está a la vista, como señala el reciente Congreso extraordinario de la UMS, publicado en Eslabón Nº 65: «la burguesía no sólo retomó el control social y la iniciativa política, sino que ganó a buena parte de las organizaciones sociales y políticas identificadas sinceramente con la revolución. A otro contingente, no menos sincero y no menos revolucionario, al menos en las formulaciones e intenciones subjetivas, la burguesía lo arrinconó en el aislamiento sectario».

Dejemos de lado en esta oportunidad lo ocurrido a las corrientes e individuos que se dejaron convencer por falacias tales como «el fin del proletariado», la «invencibilidad del capitalismo», la «crisis irreversible del socialismo», entre otras vaciedades dominantes durante los últimos años. Al otro extremo del derrumbe militante, las víctimas de la enfermedad infantil del comunismo, impedidas de comprender la extraordinaria complejidad del mundo real reprodujeron deformaciones históricas del pensamiento revolucionario: espontaneísmo (como vimos se llegó a proponer un ‘partido piquetero’); localismo llevado a límites absurdos (ahora Las Heras), idealismo mecanicista como base para el razonamiento (interpretación antojadiza de la realidad mundial, imprevisión primero y ceguera después ante un fenómeno de las dimensiones de la Revolución Bolivariana).

En suma, la transmutación del análisis de la realidad por el recurso sistemático al petitio principii, es decir afirmar aquello que se debe demostrar, apelar a formulaciones abstractas válidas para todo tiempo y lugar, impidieron comprender la extraordinaria complejidad de la coyuntura histórica, tanto a escala mundial como nacional. Pero, atención: ninguna complejidad debe oscurecer lo obvio y relegar o confundir el dilema que tienen ante sí las clases dominantes en Argentina.

Eduardo Duhalde y luego, en otras condiciones, Néstor Kirchner, llevaron a cabo una exitosa operación política que, en una paradoja sin precedentes, recuperó credibilidad por parte de una sociedad hastiada y en desesperada sublevación, mientras daba una nueva vuelta de tuerca en la traslación de ingresos a favor del capital. Sin embargo, contra la opinión predominante, hay que afirmar que esta operación exitosa carece de base material para prolongarse en el tiempo sin saldar de manera neta la confrontación esbozada en 2001/02. Las causas objetivas y subjetivas que produjeron aquel choque social espontáneo, abortado y transformado en su contrario por la inexistencia de organizaciones capaces de asumir las necesidades de las masas y la complejidad de la lucha revolucionaria, lejos de haberse resuelto, han agravado en todos los sentidos.

Por mucho que la realidad esté distorsionada y disfrazada, la tensión de fuerzas entre burguesía e imperialismo de un lado, trabajadores y conjunto de la población del otro, late en los cimientos de la sociedad; explota aquí y allá de los modos más diversos e inesperados; busca expresión y dirección política de clase; y no encontrándolas corre el riesgo estratégico de invertir su sentido y transformarse en fuerza contraria a la revolución social. Pero permanece bajo la superficie de las relaciones sociales y no deja por un instante de agravarse.

Para decirlo todo de una vez: enmarcada en la lucha interimperialista por el reparto de mercados mundiales, Argentina -indiferenciada en ese punto del resto de América Latina- está de lleno en una transición convulsiva dominada por una de las condiciones clave de una situación revolucionaria: los de abajo ya no quieren y los de arriba ya no pueden vivir como hasta ahora.

En su célebre clasificación, Lenin describió cuatro condiciones para reconocer una situación revolucionaria:

«Estamos seguros de no equivocarnos cuando señalamos los siguientes tres síntomas principales (de una situación revolucionaria): 1) cuando es imposible para las clases gobernantes mantener su dominación sin ningún cambio, cuando una crisis, en una u otra forma, en las ‘clases altas’, una crisis en la política de las clases dominantes, abre una hendidura por la que irrumpen el descontento y la indignación de las clases oprimidas. Para que estalle una revolución no basta, por lo general, que ‘los de abajo no quieran’ vivir como antes, sino que también es necesario que ‘los de arriba no puedan’ vivir como hasta entonces; 2) cuando los sufrimientos y las necesidades de las clases oprimidas se han hecho más agudas que habitualmente; 3) cuando, como consecuencia de las causas mencionadas, hay una considerable intensificación de la actividad de las masas, las cuales en tiempos ‘pacíficos’ se dejan expoliar sin quejas, pero que en tiempos agitados son compelidas, tanto por todas las circunstancias de la crisis como por las mismas ‘clases altas’ a la acción histórica independiente. Sin estos cambios objetivos, que son independientes de la voluntad, no sólo de determinados grupos y partidos sino también de la voluntad de determinadas clases, una revolución es, por regla general, imposible (…) la revolución no se produce en cualquier situación revolucionaria; se produce sólo en una situación en la que los cambios objetivos citados son acompañados por un cambio subjetivo, como es la habilidad de la clase revolucionaria para realizar acciones revolucionarias de masas suficientemente fuertes como para destruir (o dislocar) el viejo gobierno, que jamás, ni siquiera en las épocas de crisis, ‘caerá’ si no se lo ‘hace caer’»(2).

Toda clasificación -más si trata de relaciones sociales- tiene rigideces y limitaciones que la inhabilitan cuando en lugar de ser tomada como síntesis teórico-políticas se la adopta como fórmula matemática. Excluida esa actitud, estas reflexiones de Lenin no sólo constituyen una formidable guía para la acción, sino que, en los dos primeros puntos señalados, calzan con inusual justeza con la realidad argentina actual. Nadie podrá dudar que los de abajo no quieren vivir como lo hacen, y los de arriba no pueden sostenerse como hasta ahora (¡por eso Kirchner es Presidente y el diario La Nación se limita a repetir columnas insultantes, la más de las veces traducidas del inglés!). Sólo algunos propietarios de empresas periodísticas, algunos titulares de organismos encargados de estadísticas públicas y ciertos políticos enajenados, dudan que la segunda condición planteada por Lenin se verifica –en este caso sí- con precisión milimétrica en el país: «los sufrimientos y las necesidades de las clases oprimidas se han hecho más agudas que habitualmente».

Pero falta, y de manera absoluta, la tercera condición: no hay «una considerable intensificación de la actividad de las masas». Mucho menos está presente «la habilidad de la clase revolucionaria para realizar acciones revolucionarias de masas suficientemente fuertes como para destruir (o dislocar) el viejo gobierno».

 

Partido y dirección

La contradicción entre la aguda vigencia de las dos primeras condiciones y la no menos estridente ausencia de la tercera ha confundido una y otra vez a la militancia. En los años 70, con una lectura arbitraria y mecanicista de Trotsky, se concluyó que sólo faltaba «el factor subjetivo», entendido éste como el partido, el cual a su vez era entendido exclusivamente como la existencia de un equipo que se atribuía las capacidades de una conducción revolucionaria.

Ahora, cuando el dilema vuelve a plantearse y con mayor agudeza aun que cuatro décadas atrás, es literalmente de vida o muerte que la militancia revolucionaria no vuelva a incurrir en el mismo error de simplificación (para nada exento de interés individual y corporativo).

Es preciso asumir en toda su dimensión y múltiple proyección la afirmación de que «los cambios objetivos son independientes de la voluntad, no sólo de determinados grupos y partidos sino también de la voluntad de determinadas clases», y la certeza de que el «factor subjetivo» no puede ser reducido a un equipo de dirección autoproclamada, porque una dirección es inseparable de la masa a la que en teoría debe encabezar, y mientras ésta tenga una subjetividad ajena a la idea de revolución estará faltando un factor objetivo determinante, que cerrará el paso a una dirección revolucionaria real, es decir, real en el devenir diario de la sociedad, del movimiento de masas.

Los cambios objetivos son independientes de la voluntad de partidos y clases, pero no de la labor acumulada de los revolucionarios. Ésta, sedimentada en conciencia y organización, va sumando cantidades que en un momento (ése sí independiente de toda voluntad y difícilmente previsible) se transforma en calidad y produce el estallido revolucionario.

Hay que subrayar que ese momento teórico difiere en todo y por todo de las cacerolas que atronaron Buenos Aires el 19 de diciembre de 2001 y supuestamente voltearon al gobierno de la Alianza. El subrayado es una advertencia para nada irónica: la confusión de cualquier explosión con una situación revolucionaria acaba con la derrota del movimiento popular sublevado y el aniquilamiento de las organizaciones revolucionarias.

En algunos casos, como en los años 70 del siglo pasado, esto puede significar el aniquilamiento físico de la militancia. En otros, como el período vivido entre 1983 y 2003, significa el aniquilamiento organizativo de formaciones de definición revolucionaria, lo cual significa por extensión la destrucción, desmoralización o neutralización de una fuerza militante clave en la lucha social y política.

No es antojadiza la comparación de 1976 con 2003, aun cuando en más de un sentido se trata del desenlace inverso de un período de conmoción social. El 25 de mayo de 2003, con la asunción de Kirchner y la presencia en sendos actos masivos de Fidel Castro y Hugo Chávez, plasmaba un cambio volcánico en sentido positivo de lucha antimperialista y de emancipación social mientras simultáneamente ocurría un reacomodamiento ideológico-político que ubicaba al borde del abismo a las organizaciones asumidas como revolucionarias. A partir de ese momento, éstas se desplazarían para ingresar al gobierno u oponersele frontalmente y en todos los planos.

No es habitual asumir que un mismo fenómeno pueda concentrar trascendentales factores positivos en el mismo nido en el que ocupan lugares de prevalencia los huevos de la serpiente. Menos lo es afirmar que, o se comprende esa ambivalencia brutal, o se clausura el camino para toda comprensión. Sin embargo ése es el mensaje que necesitamos transmitirle a las y los revolucionarios que en Argentina han luchado y siguen luchando contra el capitalismo:

  • el gobierno de Kirchner con los fascistas Gustavo Beliz y José Bordón (para mencionar sólo a los más connotados del Opus Dei entre otros tantos innumerables) y una cantidad igualmente significativa de mujeres y hombres imbuidos de intenciones revolucionarias, abría el 25 de mayo de 2003 un paréntesis dentro del cual se dirimiría nada menos que el curso histórico del país;
  • Marx sostenía, en un texto citado una y otra vez en estas páginas, que si bien las sectas tienen justificación histórica en períodos de retroceso de las luchas proletarias, cuando éstas reaparecen, aquéllas son «reaccionarias en esencia»(3). La descripción que hemos resumido aquí no deja lugar a dudas respecto del papel reaccionario de las sectas en este período. Una conclusión lineal, por tanto, afirmaría que el colapso de las organizaciones de la izquierda revolucionaria en Argentina, entendido como destrucción de las sectas de izquierda y resultante de la irrupción del kirchnerismo, es un factor históricamente positivo.

El hecho es que la ambivalencia del oficialismo actual no niega su carácter de clase, de la misma manera que la relatividad del tiempo no impide que un hombre envejezca y muera. El principio de la indeterminación, fruto y motor del pensamiento idealista, traducido en formulaciones corrientes tales como «éste es un gobierno en disputa», empuja a franjas importantes de militantes revolucionarios a una trampa mortal.

No sólo por su origen y composición, sino ante todo por las relaciones sociales de producción de las cuales es heredero y constantemente reproduce en todos los planos y sentidos, el gobierno encabezado por Néstor Kirchner es un engranaje del mecanismo del sistema capitalista. Esto no supone una opinión respecto de las intenciones del Presidente y es tan obvio como el hecho de que el funcionamiento del sistema requería en medio de la crisis un engranaje con particularidades excepcionales. Esa misma excepcionalidad le será demandada al elenco gobernante por la reaparición, bajo la forma que fuere, de la crisis. Sólo que en la próxima vuelta, este equipo catapultado al poder por la crisis será puesto en cuestión por ésta.

Ni en conceptos teóricos o formulaciones programáticas, ni en los hechos puros y duros, durante tres años el gobierno no dio un solo paso destinado a cambiar las relaciones de clase. De manera sistemática ha ocurrido lo inverso; y está a la vista: desde la distribución del producto excedente hasta los alineamientos con la burocracia sindical, desde el destino de los resultados de la recuperación económica (fácilmente mensurable con el nivel del salario real y la salida de 10 mil millones bajo la forma de pago al FMI) hasta el curso de recomposición política que terminó subordinando cuadros combativos a los restos en descomposición del aparato mafioso del PJ, desde la relación con antiguos y nuevos grupos económicos hasta la que se verifica respecto de la población en los actos públicos del Presidente, no podrá hallarse un solo hecho que permita fortalecer ideológica, política, social o económicamente a los de abajo en relación con las clases dominantes. La idea de «dar poder a los pobres para acabar con la pobreza» no sólo no está en el léxico oficial: tampoco está en sus líneas de acción de corto, mediano o largo plazos.

Por eso crece la economía y la pobreza a la vez; aumenta la producción de riqueza y la marginalidad; se recompone el sistema institucional al compás de una degradación vertiginosa de la política: porque el curso del movimiento no va en el sentido de la participación consciente y organizada, en el mejoramiento económico y social, en la educación y el protagonismo de las mayorías, es decir, en el sentido del cambio de relaciones de fuerza y lugar entre las masas, sino en favor del statu quo ante.

Estas afirmaciones no encarnan problemas mayores para quienes por convicción, conveniencia o simple ignorancia, creen que la crisis del sistema ha sido superada y sólo resta mejorar los términos de la distribución y la calidad de las instituciones. Quienes tenemos la certeza de lo contrario, sin embargo, debemos poner manos a la obra para afrontar lo que inexorablemente viene.

Y aquí reaparece el dilema de qué hacer respecto de la legión dispersa de militantes revolucionarios. Pero falta reconocer que tanto la crisis como la respuesta y eventual solución tienen raíz y alcance internacional. Y por lo tanto no es posible dar un solo paso si no se analiza qué lugar ocupa el actual gobierno argentino en ese plano.

La contradicción que polariza a la militancia y la conduce a un callejón sin salida estriba en la imposibilidad de asumir que un dato esencial de la crisis que envuelve al planeta es la lucha interimperialista e interburguesa, que se desenvuelve en el marco de la desorganización y desideologización de la clase obrera mundial. Sin negar ninguno de los factores que hacen de este gobierno un defensor del statu quo ante, es preciso entender que surge como fruto de la lucha interburguesa en el plano interno y de la lucha interimperialista en el plano internacional. Ese origen es tan determinante de su condición como lo es su naturaleza de clase.

Para el pensamiento mágico, para pseudodirecciones irresponsables que no preparan la batalla contra el poder real, esas contradicciones carecen de relevancia. Pero quienes se propongan de verdad desafiar y vencer a la burguesía y el capitalismo no pueden desestimar las contradicciones del enemigo. La distancia entre la victoria y la derrota, entre la vida y la muerte no de una persona, sino de millones y sobre todo de una perspectiva histórica de emancipación y redención social estriba precisamente en la capacidad para intervenir con estrategia y fuerza propias en la múltiple confrontación que ocurre ahora mismo a escala planetaria.

De la misma manera que no es posible avanzar un milímetro en la recomposición de la vanguardia sin partir del estado y la evolución de la clase a la que ésta pertenece y se refiere, es igualmente imprescindible partir de la realidad internacional y regional de la clase obrera y sus aliados. Dar indicaciones para cada país desde un escritorio y enviar portavoces para «influir» en la revolución mundial, es algo más que una caricatura grotesca del internacionalismo: es una concepción y una práctica provinciana de la política. Eso y nada menos es lo que han practicado y siguen practicando los charlatanes irresponsables que desconocen realidades como la Revolución Cubana, encogen los hombros frente a la Revolución Bolivariana, se solazan con la deriva reformista de Lula, recuerdan que ya sabían cómo es Tabaré Vázquez, explican con suficiencia despectiva el vuelco de la situación en Bolivia y para interpretar lo que ocurre en Perú corren a buscar el ADN de un ex militar.

El provincianismo, en el mal sentido de la palabra, llega al punto de que preclaros dirigentes de la revolución mundial acaban postulándose como concejales… y salen chamuscados!

Basta con eso. El internacionalismo es en primer lugar pensar, comprender y actuar desde y para una realidad internacional. La acción revolucionaria internacional implica en primer lugar pensar, comprender y actuar para enfrentar y vencer al centro vital del sistema: el imperialismo estadounidense. En términos históricos, no hay ni podrá jamás haber una revolución victoriosa en un país sin la derrota del imperialismo. No hay ni podrá jamás haber recomposición de la vanguardia revolucionaria marxista sin la afirmación en el tiempo del desarrollo consciente y organizado de la clase obrera, lo cual supone al límite la derrota del imperialismo.

La dinámica de convergencia de gobiernos actuales no sólo en América Latina y el Caribe sino en el hemisferio Sur del planeta, es una clave para enfrentar a tamaño enemigo. Se trata de gobiernos de muy diferente naturaleza y condición, pero esa convergencia, aun en su contradictorio desenvolvimiento, va en detrimento del control, la base de sustentación y la capacidad de acción del imperialismo. La revolución necesita ese espacio para abrirse paso y defenderse, en momentos en que la crisis estructural lanza al gendarme mundial contra el mundo, con todo su poder destructivo: tras las invasiones a Afganistán e Irak, el Pentágono prepara una agresión atómica contra Irán (probablemente se habrá consumada cuando estas páginas estén impresas) y tiende líneas de inequívoca confrontación bélica hacia Suramérica y el Caribe. No es un problema que otro debe resolver. Es el principal problema de los revolucionarios resueltos a la revolución.

Ahora bien: no hay modo de adoptar una posición sólida frente al gobierno argentino sin asumir este cuadro internacional. Así como resulta transparente que la política oficial no cambió un ápice las relaciones de fuerza entre las masas y las clases dominantes, es igualmente evidente que sí hubo cambios en las relaciones internas de la burguesía y, por lo mismo, del país respecto del imperialismo estadounidense. El proletariado, las juventudes, la militancia, de uno u otro modo comprenden bien el papel del imperialismo, cuyos estrategas están dispuestos a arrojar una bomba atómica sobre Irán con el objetivo de golpear la conciencia de todo el mundo, para sostener su predominio mediante el único medio que le resta: el terror. La militancia revolucionaria en Argentina no podrá relacionarse con las masas sin ofrecerle una respuesta creíble a esta conducta del máximo enemigo de la revolución.

En un contexto análogo -aunque incomparablemente menos grave- se impuso entre la primera y la segunda guerra mundiales la noción teórica de Frente Antimperialista y el accionar político en función de ella; no es un descubrimiento reciente; es una elaboración de la Internacional Comunista en el momento de mayor vigor de la Revolución Rusa y con la participación dirigente de Lenin. Abandonar la política de Frente Antimperialista, sea para reemplazarla con los Frentes Populares o por el sectarismo, es ni más ni menos que abandonar la estrategia de los revolucionarios marxistas.

¿Alguien recuerda la Plaza del No, el 1º de mayo de 1990? Entonces existía Izquierda Unida, que con todas sus insalvables debilidades (4) era cualitativamente diferente de la caricatura patética que compusieron años después el PC y el MST y expiró por fin el año pasado. En aquella oportunidad, IU llevó unas 80 mil personas a la Plaza de Mayo. El país enfrentaba una embestida imperialista brutal, que mediante la figura de Menem devastaría la nación durante la década siguiente.

Pese a nuestra resistencia fueron designados como oradores quienes habían sido candidatos a presidente y vice meses antes. Habíamos planteado que ese punto era para nosotros condición de permanencia en la IU; y determinó nuestra ruptura con ella (5). En representación del MAS, Luis Zamora utilizó la tribuna para… condenar a Fidel Castro!! El otro orador expuso -acaso sin saberlo- la propuesta de lo que desde los años 30, con base en nociones defendidas por Dimitrov ante la ya devaluada Internacional Comunista, el stalinismo denominó Frente Popular (6).

No faltan quienes dos décadas más tarde, y a la luz del derrotero recorrido por Zamora desde entonces, sospechan que su discurso fue obra de un agente contrarrevolucionario infiltrado: ¿a quién si no se le ocurre, desde el interior de IU y como diputado de ese frente, ante una multitud inequívocamente identificada con la Revolución Cubana y su dirección, condenar a Fidel Castro y exigir «socialismo mas democracia» en Cuba? Es difícil enfrentar tal interpretación, pero nuestra respuesta es inequívoca: a un sectario. No hace falta ser agente de la CIA. Recuérdese la frase de Marx: «las sectas son reaccionarias en esencia».

Tampoco el orador impuesto en aquella oportunidad por el PC se libra de interpretaciones capciosas. Su trayectoria posterior contribuye igualmente a abonar la teoría conspirativa. Pero la respuesta es la misma: eso es el frentepopulismo.

No hace falta ser agente secreto del enemigo. El sectarismo y el reformismo desaguan inconscientemente en el territorio de la burguesía y el imperialismo (por eso, dicho sea entre paréntesis, pueden convivir contra toda lógica durante largos períodos en circunstancias determinadas). El hecho es que resulta inseparable lo ocurrido en el período posterior -la anomia de la sociedad, la parálisis de la clase obrera, la desorientación de la militancia ante lo que el mal periodismo denominaría «neoliberalismo menemista»- de lo ocurrido aquel 1º de mayo de 1990. Imposible comprender el vuelco masivo de militancia y grandes sectores del movimiento obrero y la juventud hacia lo que sería el Frente Grande, luego Frepaso y Alianza, sin el impacto divisionista, desmoralizador y confusionista que tuvo aquella Plaza del No.

Pero esto no es sólo pasado remoto e irreversible (perdimos la batalla y el imperialismo se alzó con la riqueza material y moral del país). Se repitió en Mar del Plata, con motivo de la contracumbre y el acto en el que habló Hugo Chávez; sólo que en esa oportunidad, y ante la imposibilidad de tener un protagonismo rupturista, un conjunto de organizaciones optó por hacer su propio acto (7). Y acaba de reiterarse, esta vez como un calco, semanas atrás, el 24 de marzo, en un escenario por completo diferente: en lugar de moverse tácticamente según la estrategia del Frente Antimperialista, las izquierdas súper revolucionarias provocaron un escándalo absolutamente innecesario y rompieron una concentración de mucha gente -tanta como en aquella nefanda Plaza del No- pero ante todo volvieron a actuar contra las bases existentes para un frente antimperialista de enorme y decisiva potencialidad.

Es sencillo cargar las culpas sobre columnas identificadas con el gobierno que montaron una provocación adelantándose a ocupar lugares privilegiados en la Plaza. Pero quejarse porque entren en la escena grupos provocadores, equivale a descubrir que existe un enemigo. ¡Resulta que no podemos estar tranquilos en la Plaza! El nudo de la cuestión, sin embargo, está en otro lado: la lectura de un documento -conocido o no por todos los participantes- que obviamente no representaba el común denominador, es una provocación, aun con el signo contrario, equivalente a la del ala oficialista que participó en el acto.

Hay que advertir de algo a los dirigentes que reivindican la conducta asumida el pasado 24 de marzo en la Plaza de Mayo: sin necesidad de aliados, y sin enemigos, tampoco es necesaria dirección alguna; sencillamente no hay batalla y mucho menos guerra. Una dirección y una vanguardia organizada son necesarios precisamente porque la revolución social, para ser exitosa, debe vencer poderosísimos enemigos, debe enfrentar innumerables batallas y ganar una guerra. Esto sí requiere la capacidad de sostener alianzas y lograr que, si de un lado éstas suman fuerzas en términos materiales, de otro no las resten en sentido estratégico. Es la ciencia y el arte de la política. «A una fuerza material sólo puede vencerla otra fuerza material», decía Marx. Pero este lenguaje es incomprensible para sectarios y reformistas, cada uno empeñado en su propio juego: enfrentar al enemigo con discursos y a los gritos.

 

El imperialismo a la carga

Lo ocurrido en la Plaza de Mayo el pasado 24 de marzo, así como la sublevación de Las Heras y la más reciente explosión en Subterráneos (que no hemos tocado en estas páginas) prefiguran el escenario nacional de corto y mediano plazos. Todo está envuelto en la ilusión sin fundamentos de que el país ha salido de la crisis económica y tiene un prolongado período de desarrollo y estabilidad por delante.

El único fundamento para esa ilusión es que las clases dominantes han recuperado la iniciativa en todos los terrenos y, paralelamente, la perspectiva revolucionaria y socialista se ha desprestigiado aún más al compás de los desvíos sectarios y sus efectos de fragmentación y debilitamiento tanto de las organizaciones revolucionarias como del movimiento sindical.

Incluso si el elenco gobernante se depurara de sus elementos corruptos, ultraderechistas, mafiosos y proimperialistas y la política oficial se afirmara en dirección a la unidad suramericana y la soberanía nacional, como creen muchos de sus componentes, no habría espacio para la estabilización de ese proyecto. Menos que nunca, en la fase agónica del imperialismo ninguna variante de toma de distancia y asunción de una línea de acción independiente tiene posibilidad de sostenerse sin transponer los límites del capitalismo.

Una corriente no articulada de pensamiento político sostiene que la magnitud de la crisis y la cantidad de frentes de combate que se le abren a Estados Unidos en todas las latitudes impedirá que Washington extienda sus garras para detener el proceso en curso en Suramérica, lo cual daría espacio a franjas del capital no monopolista, entrelazadas con otros centros imperiales y economías de gran porte en el mundo para afirmar un programa no subordinado al imperialismo yanqui. Nuestra opinión es la contraria: Estados Unidos se lanza a la guerra. En todo el mundo. Sea el que sea el costo interno y mundial que deba pagar.

Procesos históricos de este tipo no se desarrollan y resuelven de un día para otro. Y, puesto que su concreción sería extraordinariamente gravoso para el propio imperialismo, éste mismo intenta evitarlos. Pero no retrocediendo, sino tomando caminos que realicen la tarea de destrucción violenta sin su participación directa masiva. A través de los omnipresentes servicios de espionaje; volcando cifras fabulosas para comprar funcionarios, dirigencias políticas, intelectuales, periodistas; introduciendo cuñas en grietas reales del campo que se le opone (como ocurre ahora mismo con la parálisis del Mercosur a partir del choque entre Argentina y Uruguay y las disputas económicas entre Brasil y Argentina, o con el proceso de aceptación uno a uno de Tratados de Libre Comercio, o, peor aún, alentando situaciones internas tales como las que ocurren con el Estado Zulia en Venezuela o el Departamento de Santa Cruz en Bolivia, para dividir países y eventualmente provocar guerras civiles).

En Argentina este accionar tiene otro terreno donde apoyarse y ya están operando agentes visibles y encubiertos para explorarlos y detonarlos: se trata de la fractura social, no entre burgueses y proletarios, sino entre proletarios y proletarios, a partir de la cual es pensable una derivación de enfrentamientos irreparables por todo un período. Dicho en otros términos: el imperialismo y sus agentes internos promueve el fascismo; en el sentido preciso del término y no en la interpretación predominante que le atribuye sólo el rasgo de la violencia o la represión. Fascismo es el recurso del capital para enfrentar la sublevación del movimiento social con sectores de la propia masa oprimida y explotada. Como en la Alemania de los años 30, un sector de la izquierda contribuye inconscientemente con esa dinámica. Hay también en el gobierno franjas que, en este caso con plena conciencia, marchan en ese sentido.

No es la invasión de marines lo que amenaza a Argentina. Es la afirmación de una dinámica ya muy avanzada de disgregación social e impotencia política. Las y los revolucionarios marxistas podemos y debemos detener esa dinámica; enfrentar y vencer no sólo al enemigo de clase, sino a las deformaciones que contribuyen con él.

 

Plan de acción inmediato

A partir del panorama descripto, Crítica hace una propuesta a la militancia revolucionaria marxista que comprende las urgencias de la hora y está dispuesta a romper con los dos desvíos predominantes en las filas de izquierdas: frentepopulismo e izquierdismo.

Existe un arco muy amplio dentro de las fuerzas revolucionarias en el que hay acuerdo en términos programáticos. Esto es necesario, imprescindible, pero no suficiente. Un Programa no garantiza nada si no existen los acuerdos relativos a caracterización general de la etapa y demarcación de las tareas a realizar.

Las resumimos de la siguiente manera:

  1. unidad social y política de los trabajadores y el conjunto de sus aliados
  2. frente antimperialista (de manera diferenciada a escala nacional, latinoamericana y mundial)
  3. comando unificado de quienes reivindican ambos objetivos desde la perspectiva de la revolución socialista
  4. convocatoria en todo el país para, sobre la base del involucramiento en la realización de estas tareas, abrir de manera orgánica a partir del comando unificado un período de elaboración, debate y organización, apuntado a la realización de un Congreso Fundacional de un partido revolucionario marxista de los trabajadores.

Tanto la unidad social y política de las masas explotadas y oprimidas como el frente antimperialista son ante todo una política y no necesariamente una instancia organizativa. Determinan una línea de acción que propugna en toda y cualquier circunstancia la dinámica de convergencia como clase y expresión política unitaria. El eje inamovible en cada circunstancia es la no subordinación de la clase obrera y sus aliados potenciales a programas y/u organizaciones burguesas de cualquier tipo; tomando como punto de partida explícito la advertencia de que no es subordinarse a la burguesía asumir las tareas democráticas y antimperialistas que eventualmente encaren direcciones políticas, sindicales o sociales que respondan directa o indirectamente a intereses de la burguesía (y esto incluye en determinadas circunstancias al propio gobierno).

Por ejemplo: la invasión a Irak, la agresión en curso contra Irán y las amenazas crecientes contra Cuba y Venezuela (que se hacen ahora extensivas a Bolivia), exigen la realización de acciones conjuntas con todas las fuerzas dispuestas a oponerse a la guerra. Ese sólo punto basta para promover en el país acciones y, eventualmente, organizaciones coyunturales o regulares, en función de la noción frente antimperialista. Esa instancia, desde una perspectiva democrática, asumirá asimismo la lucha contra la Escuela de las Américas, las bases militares estadounidenses, las maniobras militares con Estados Unidos, etc, al tiempo que promoverá la investigación y la justicia en torno a operaciones represivas como el Plan Cóndor, el Plan Colombia, los programas de pseudo combate al narcotráfico. Asumirá asimismo campañas de información, debate y combate contra el Alca y los TLCs y contra el saqueo permanente de la deuda externa.

A escala hemisférica, con eje y base en Cuba y Venezuela y sus respectivas conducciones, promover un bloque antimperialista continental (que busque incluir a grandes sectores dentro de Estados Unidos, al calor de las movilizaciones de los inmigrantes latinos y la resistencia interna a la guerra), con eje en la Paz, la soberanía y la convergencia político-económica en torno de planes concretos como los que resume programa del Alba. Llamado explícito a los gobiernos de Cuba, Venezuela, Bolivia, Brasil, Uruguay y Argentina (probablemente en el corto plazo se puedan sumar Perú y Ecuador), a la convergencia efectiva para constituir la Unión de Naciones Suramericanas y emprender como punto de partida planes de alfabetización, de atención sanitaria a los excluidos, obras de infraestructura tendientes a la integración, instancias financieras propias e independientes de los organismos internacionales del imperialismo, instancias políticas comunes que con base en la elección directa avancen en la edificación de un andamiaje político unitario para Suramérica.

En el plano mundial, promover e integrar una fuerza plural y multifacética que a partir de un punto mínimo: Paz, explore constantemente la posibilidad de incluir además objetivos tales como Fondo Humanitario Internacional, Banco del Sur, etc.

En relación con los trabajadores y las juventudes en Argentina, el objetivo de unidad social y política se apoyará en la recuperación de la historia de lucha, organización y desarrollo político de la clase obrera y el movimiento estudiantil. Los programas de La Falda y Huerta Grande constituyen un punto de partida unificador desde el cual se promoverá la realización de encuentros locales, regionales y nacionales a fin de discutir la necesidad de superar la fragmentación paralizante del movimiento obrero, recomponer las estructuras sindicales de la clase, las instancias gremiales de los estudiantes y la expresión política unitaria de las mayorías.

En el fragor de la realización de estas tareas, el comando unificado impulsará un enérgico proceso de recomposición desde las bases. Un boletín de circulación interna llevará información y orientación al conjunto de los involucrados, y promoverá la creación de organismos de base que a partir del debate de las ideas que comiencen a circular, realice por si mismo la selección de delegados a encuentros locales, regionales y nacionales que deberán desembocar, en fecha a fijar por el propio comando unificado, en un Congreso Fundacional que apruebe un Programa, un Plan de Acción y un Estatuto y dé nacimiento al partido revolucionario marxista de los trabajadores, los estudiantes y el pueblo.

 

Notas

1.- Friedrich Engels; Anti Dühring. OME 35/Obras de Marx y Engels; Grijalbo, Barcelona 1977; pág. 36.

2.- Lenin, Obras Completas, T XXII, pág. 310; Ed. Cartago. Las bastardillas son nuestras.

3.- Marx a, carta a Bolte, Correspondencia Marx/Engels. Editorial Cartago; Buenos Aires 1987; pág. 260.

4.- No decimos esto ahora: como parte integrante de señalamos desde el primer momento su inviabilidad en la medida en que no cambiase conceptos y métodos elementales. Ver «El abismo y el horizonte»; Búsqueda, Buenos Aires 1994.

5.- Ibid. En ese libro se hallará un documentado relato completo del debate interno en la IU y el Fral.

6.- Véase entre otros «Discurso de resumen ante el VII Congreso de la IC, 13 de agosto de 1935. Jorge Dimitrov, Selección de trabajos. Ediciones Estudio, Buenos Aires 1972, con prólogo elocuentísimo de Victorio Codovilla (téngase en cuenta que este texto fue publicado mientras el PC afrontaba las elecciones del año siguiente con la fórmula Alende-Sueldo.

7.- «Teoría y práctica del frente único antimperialista». Crítica Nº 32; Buenos Aires, octubre 2005-marzo 2006.

xiv cumbre del movimiento no alineados

El Sur frente al sionismo y el belicismo imperialista

PorLBenAXXI

 

Guerra: Israel fue derrotado en términos militares en Líbano. Pero Estados Unidos, visto por el mundo entero como responsable de la agresión, sufrió una derrota política de enorme significación estratégica: el lugar de Washington como capital de la democracia y el futuro ha quedado definitivamente sepultado en la opinión internacional. Estos reveses no detienen la máquina bélica. Ya están en marcha agresiones contra Siria e Irán, siempre con el Estado sionista como punta de lanza. Reunido en La Habana del 11 al 16 de septiembre el Movimiento No Alineados (Mnoal) afronta la responsabilidad de impedir una guerra que plantea riesgos inverosímiles a la humanidad.

 

“Siento una leve sacudida en el avión, cuando se sueltan las bombas. Un segundo; y es todo. Eso es lo que yo siento”. Con este cinismo repugnante respondió el comandante de la fuerza aérea israelí, Dan Halutz, cuando un periodista inquirió sobre sus sentimientos luego de que un F-16 bombardeó, en la madrugada del 22 de julio, un edificio en Salah Shehadeh. La operación supuestamente destinada a destruir una base de Hamas, mató sin embargo a 15 civiles, 11 de ellos niños. Era sólo el comienzo de cinco semanas de bombardeos desde aire, mar y tierra sobre la población civil de Líbano.

Un editorial de The New York Times –hipócrita pero no por ello menos elocuente- agregó un dato clave: en Palestina y Líbano, Israel utilizó bombas de fragmentación, fabricadas por Estados Unidos. Estas armas, dice el NYT, “son útiles contra tanques, fuerzas convencionales masivas y otros objetivos estrictamente militares. Pero nunca deberían ser usadas en áreas pobladas. Por naturaleza, matan indiscriminadamente. Porque algunas bombas no explotan al caer, las víctimas continúan aumentando mucho después de que cesa la lucha. Estos objetos aparentemente inofensivos, a menudo no más grande que una pila, explotan cuando se los toca o mueve. Los niños los confunden con juguetes, con trágicos resultados”.

Pese a todo, Dan Halutz tiene su costado sensible: horas antes de iniciar la invasión, en el mismo momento en que enviaba a sus propios soldados a la muerte, este alto jefe militar se ocupó de vender acciones en la Bolsa de Tel Aviv, para evitar la pérdida financiera que resultaría de la guerra.

Halutz resume en la suya una degradación moral predominante en el alto mando israelí, que explica en buena medida el humillante fracaso de un ejército con reputación de invencible. Luego de un mes de salvajismo impar contra la población civil, Israel descubrió asombrada que la operación militar en sí misma había sido un descomunal desatino: “no teníamos agua. Olvidamos traer comida. Por varios días, sólo tuvimos una rodaja de pan. Fue la peor experiencia de mi vida”, explicaba ante los medios de comunicación Alon Gelnik, un avezado soldado de infantería.

No se trata de anécdotas. Estas conductas enajenadas expresan una realidad política y una ideología. Explican el carácter de la guerra desatada en Medio Oriente y el papel que Estados Unidos ha marcado para Israel en este capítulo que recién comienza. Con la sociedad partida al medio y bajo el doble impacto emocional de las atrocidades cometidas por sus fuerzas armadas y a imposibilidad de derrotar a Hezbolláh, Israel ya ha asumido un debate que urge. Las personas de origen o religión judía tienen ante sí una realidad que no admite subterfugios: el sionismo del siglo XXI es el nazismo. Por su brutalidad, ciertamente: por el desprecio absoluto frente al ser humano. Pero ante todo porque es la ideología con la que el imperialismo va a una guerra que plantea riesgos de catástrofe mundial.

 

A la búsqueda de justificación 

Jamás se ha marchado a una guerra sin justificación ideológica. En el período más reciente el Departamento de Estado apeló a la defensa de la democracia y la paz mundiales, supuestamente amenazadas por “el terrorismo internacional”, para invadir Afganistán e Irak. La exposición de las mentiras fabricadas por el goebbelsiano aparato de propaganda estadounidense, sumada a la situación sin salida para las tropas de ocupación en Irak, ha demolido en poco tiempo ese andamiaje: en un giro descontrolado de la situación, la red planetaria de intoxicación informativa montada por el imperialismo, mostró por televisión a miles de millones de personas, el verdadero papel de Estados Unidos en Irak, en Palestina, en Líbano: el bombardeo de ciudades, la muerte de nuños y civiles desarmados, la evacuación forzada de cientos de miles de personas. “La guerra en Irak le ha costado algo de popularidad a Estados Unidos” admitió en Alemania la secretaria de Estado Condoleezza Rice. Explicó que en el futuro se esforzará para que se entienda la política estadounidense, “Tenemos que hablar con la gente en Medio Oriente y no ofrecer monólogos. Necesitamos tener más contacto con la gente, en particular con los jóvenes” dijo con su rictus habitual.

Pero no hay modo de justificar la demencia belicista de Estados Unidos; a nadie y mucho menos a los jóvenes, en Medio Oriente o donde sea.

Es aquí donde viene a jugar su papel el sionismo: la supuesta defensa de un territorio para el pueblo judío es en el siglo XXI el instrumento imperialista para marchar a la guerra. Y si en el pasado hubo espacio para que personas de convicciones democráticas y progresistas confundiesen la defensa del Estado israelí con la causa del pueblo judío, de ahora en más la delimitación será tajante, porque como ha quedado claro en el último mes, los métodos empleados por las autoridades israelíes emulan las atrocidades nazis durante la segunda Guerra Mundial.

 

Fin de la etapa regresiva 

Con la caída de la Unión Soviética ganó espacio una regresión ideológica que venía de mucho antes y no dejó ninguna posición a salvo. En el umbral del siglo XXI el mundo parecía entrar a un segundo medioevo. Mientras sagaces vendedores de libros anunciaban el fin del imperialismo, el sinsentido de la lucha por el poder político, la caducidad de la acción política y por supuesto de los partidos, la victoria inapelable del capital sobre cualquier variante histórica, todo en nombre de la última modernidad, los “condenados de la tierra” crecían en número y recurrían a los instrumentos que en cada caso tuvieron a la mano para resistir. Reaparecieron formas de religiosidad extrema, presentadas como mero fanatismo por intelectuales asépticos, escépticos y, por supuesto, progresistas. La inviabilidad coyuntural de la revolución se manifestó en estridentes paradojas y contradicciones difíciles de desenmarañar.

Ese período ha terminado, o por lo menos ha dado un salto cualitativo hacia delante. La sorpresa del mundo por la capacidad militar de Hezbollá, la perplejidad de la sociedad israelí ante la evidencia de un fiasco inesperado, el fenómeno de agregación que la guerra produjo en Líbano uniendo a musulmanes, cristianos y laicos-socialistas en un frente único victorioso, permite medir a la vez la magnitud de la incomprensión respecto de lo que ocurría en el mundo durante los últimos 25 años y la distancia recorrida en pos de una alternativa histórica.

Aunque de manera apenas inteligible en la superficie embrollada de la realidad internacional, ya está en curso una dinámica de recomposición en todos los planos. Los términos lógicos están invertidos: delante suele ir una confrontación social sin organización, sin política, sin estrategia y por supuesto sin identidad ideológica. Lejos de condenar la racionalidad, sin embargo, este cuadro presenta la coherencia profunda de dos fuerzas en choque frontal a escala mundial, cada una procurando ejes teóricos y prácticos de recomposición para la acción. El motor que mueve a ambas es la crisis estructural del sistema capitalista mundial.

En esta inédita coyuntura histórica, la reunión de 116 países miembros y 20 observadores del movimiento seis décadas atrás denominados “no alineados” constituye un formidable punto de apoyo para trazar los rumbos de una nueva etapa. La necesidad de impedir la guerra será un poderoso punto de unión en ese conjunto de extrema heterogeneidad.

La reaparición de Mnoal, en un sentido anacrónica y en otro fundacional, es un hecho clave del futuro político mundial y los resultados que obtenga serán determinantes. Todavía no se sabe si Fidel Castro, el arquitecto de este encuentro, estará presente en las sesiones. Pero nadie duda que su ideología y su propuesta socialista están de nuevo en el horizonte de un mundo que busca respuestas.

15 años | 8 de octubre 1991 – 8 de octubre 2006

El Arma de la Crítica

porLBenCR

 

Presentación publicada en la primera edición de Crítica de Nuestro Tiempo, octubre – diciembre de 1991

 

Desde hace por lo menos cinco mil años la sociedad dividida en clases recibe sin cesar la crítica de los oprimidos y explotados por la vía de los hechos. En esa dimensión, en ese terreno, se ubica este intento de penetrar la realidad de nuestro tiempo.
La fusión de las luchas sociales del naciente movimiento obrero industrial con el pensamiento más avanzado de su época dio lugar al socialismo científico. Y plasmó un siglo y medio atrás en un cuerpo teórico denominado marxismo.
Por estos días, los sucesos que conmueven a la región del mundo donde por primera vez la humanidad intentó dejar atrás su prehistoria, son manipulados como argumento contra los principios forjados por aquella conjunción de lucha y reflexión.
No es la primera operación en gran escala contra la herramienta teórica del ansia ancestral del hombre por vivir sin cadenas. Y no será la última. Pero como las anteriores y las futuras, ésta mostrará a poco andar su irremediable impotencia. Porque no es teórica la base de la confrontación.
El argumento de los defensores del statu quo no puede ser explícito porque no reside en la razón, sino en la fuerza; no busca la perfección del ser humano sino que expresa la alineación del individuo enfrentado por definición con sus semejantes. Para ellos, por tanto, la teoría no existe y no debe existir. A cambio de razón teórica tienen recursos para expropiar antiguos sueños del hombre cristalizados en palabras hermosas: democracia, libertad, justicia, que en sus manos son árboles secos, espectros nocturnos, estériles, mentira.
En cambio la razón asiste a quienes sufren la naturaleza inhumana del capitalismo, a quienes se rebelan contra él. La interpretación racional de la realidad es por sí misma un himno contra la propiedad privada de los medios de producción, contra la economía de mercado, contra la doctrina y la práctica del capitalismo, contra el espectáculo horrendo del mundo contemporáneo.
Por eso los que sufren y los que se rebelan, deben adueñarse, aprender a emplear y empuñar con decisión el arma de la crítica. “Todo lo real es racional; y todo lo que es racional en la mente de los hombres será realidad”, decían los fundadores del socialismo científico. Los instrumentos teóricos legados por el pensamiento humano a través de miles de años y corporizados en el marxismo permiten que la razón desmenuce la realidad para interpretarla y hacen posible contraponerle una respuesta que no tiene nada de utópico, de sueño irrealizable, sino que es precisamente lo único real, aunque circunstancialmente parezca lejano e imposible.
Que lo digan si no aquellos que a la razón que analizó y condenó la realidad monstruosa del stalinismo –esa negación práctica y teórica del marxismo- le opusieron la fortaleza aparentemente inconmovible del PCUS y la Unión Soviética, la realidad.
Esa realidad de hierro y de granito, inapelable e invencible, se esfumó ante los ojos azorados de quienes le cantaban loas burlándose de los argumentos que anunciaban la inexorabilidad de su caída. Pues bien: ¡que se burlen ahora de los argumentos que prueban la inexorabilidad de la catástrofe a la que lleva el capitalismo!
No; la única verdad no es la realidad, como pretende el más ramplón de los postulados pseudoteóricos del pensamiento capitalista. La realidad se mueve, cambia sin cesar, se transforma constantemente. La única verdad es la que descubre las leyes de ese movimiento, interpreta la direccionalidad del cambio y, así, puede ser actor, protagonista de la transformación que, desde luego, la afectará a ella misma. Y esa es, también, la única libertad, fusionada con la verdad en un todo indisoluble de pensamiento y acción.
Claro que no es fácil descubrir las leyes que rigen el movimiento del mundo de hoy, interpretar el curso vertiginoso de los acontecimientos y actuar efectivamente sobre ellos. Tanto menos porque lo que fuera el marxismo oficial durante décadas, desvirtuó a tal punto la herramienta que a menudo parece inservible. La tarea exige esfuerzo, rigor, seriedad. No se parece en nada al papel de los pontífices que visten los oropeles del ritual y leen las sagradas escrituras. Y excede las fuerzas no ya de un individuo, sino de cualquiera de los equipos conocidos. La necesaria coincidencia entre quienes desde la defensa del capitalismo o la apología del marxismo oficial se opusieron, asistidos por siderales presupuestos y poderosos medios de difusión, al ejercicio de la crítica marxista, se combina con los reveses de la lucha revolucionaria concreta para dificultar al máximo la empresa.
Con esas limitaciones insalvables, ponemos esta arma en sus manos. O, más precisamente, esta parte incompleta y sin pulimento del arma que está en proceso de producción en América Latina.
En el marasmo contemporáneo se destacan factores que no caben en él, que no pierden la serenidad y no recurren a tirar convicciones por la borda con la vana esperanza de sortear la tempestad refugiándose en un rinconcito de la bodega en la nave pestilente del capitalismo.
Precisamente cuando el oleaje recién anunciaba su enfurecida embestida, los marxistas que tienen el mérito y la fortuna de encabezar un pueblo en la resistencia victoriosa contra el capitalismo, comenzaron a arrojar lastre y reforzar convicciones, afinar conceptos teóricos y a afirmar en el arma de la crítica –como proponían Marx y Engels- la crítica de las armas que en sus manos hoy ponen una barrera temible al imperialismo.
La reivindicación del pensamiento económico de Ernesto Guevara por parte del Partido Comunista de Cuba fue el prólogo de un consistente e ininterrumpido desarrollo de un marxismo vital, arraigado con impar firmeza en las masas y envarado en una decisión revolucionaria con pocos precedentes en la historia. Como hace tres décadas y media, cuando reorganizó a los sobrevivientes del Granma, Fidel Castro sigue siendo el alma mater –ahora de todo un pueblo- en ese salto al futuro de extraordinaria osadía y coraje. Y de extraordinario realismo.
Pero las islas, ya se sabe, son apenas la parte visible de montañas sumergidas. Hay decenas de marxistas, centenares de miles de revolucionarios y decenas de millones de obreros y campesinos en América Latina que, expresamente o no, van en la misma dirección que trazan los comunistas cubanos. Y que forjan organizaciones y obtienen victorias, como ejemplifica en el más alto nivel el partido de los Trabajadores de Brasil.
Esta Crítica de Nuestro Tiempo es fruto directo de ese fenómeno abarcador, bullente de incógnitas y contradicciones, de él depende y a él se remite. Nace justamente de la decisión de marxistas de todo el continente de pulir y aceitar el arma de la crítica; de interpretar la realidad con criterio científico; de afirmar los principios forjados en el duro yunke de la lucha de clases internacional, en el mismo momento en que por diferentes vías acometen la tarea de alcanzar la unidad social política de los trabajadores latinoamericanos y organizar a los pueblos del continente para la lucha antiimperialista y socialista. Se pone en movimiento para ser vehículo de búsqueda y afirmación, de investigación y debate, tras el objetivo de recomponer en un nivel superior las fuerzas humanas, teóricas y organizativas de los revolucionarios marxistas en América Latina y el Caribe y de allí a todo el mundo. Está en sus manos para resistir la ofensiva del enemigo y preparar la contraofensiva de nuestra clase y nuestros pueblos.

cordobazo suramericano

Dilemas estratégicos del Mercosur

PorLBenAXXI

 

No se equivocó Hugo Chávez cuando saludó la reunión de presidentes del Mercosur como “segundo Cordobazo”, y resumió el símbolo de aquella insurrección obrero-estudiantil en la figura del dirigente sindical Agustín Tosco. Así como el 29 de mayo de 1969 puso un hito inconmovible en la historia argentina, el 21 de julio de 2006 será punto de referencia para el inicio de una nueva etapa en la historia suramericana.
Tras la inclusión de Venezuela al Mercosur, y aun asumiendo la multiplicidad de conflictos entre sus componentes, todo indica para el futuro cercano la incorporación de nuevos países y el fortalecimiento de este bloque como centro de gravitación regional. En suma: una nueva derrota estratégica del imperialismo estadounidense.
Pero la analogía de la cumbre presidencial con aquella sublevación social ilumina la reunión del Mercosur desde otro ángulo. El contradictorio devenir del mundo y la región durante los 37 años que separan ambos acontecimientos, queda a la vista en la naturaleza social y política de ambos Cordobazos: si aquél fue una insurrección con eje en la juventud y el proletariado, a partir de la cual se desataría la crisis más profunda en la historia argentina, éste se produce por una convergencia de gobiernos diferentes, compelidos por la necesidad común de resistir la voracidad descontrolada del imperialismo en crisis.
Basta enunciarlo para situarse frente a la paradoja del desarrollo histórico: si en 1969 los métodos y el contenido social del Cordobazo lo mostraron como ensayo general revolucionario, muy próximo a los antecedentes más avanzados en la historia de la lucha social, en 2006 los protagonistas son predominantemente representantes directos o indirectos del capital, ubicados en una posición de resistencia frente al imperialismo e intentando sumar tras de sí a las restantes fuerzas sociales.
Plasma de esta manera a la vez el retroceso de las fuerzas revolucionarias, el cambio de relaciones de fuerza entre las clases y el agravamiento de la crisis. El desplazamiento de franjas de la burguesía hacia posiciones de resistencia limitada, el eclipse político de las juventudes revolucionarias y las clases obreras, dan lugar a una confrontación con el imperialismo sobre bases programáticas en las que prevalecen nociones desarrollista-keynesianas y una voluntad política mayoritaria resuelta a potenciar el papel del Estado, pero sin poner en tela de juicio los fundamentos socio-económicos del capitalismo.
Por un cúmulo de razones que no es el caso analizar aquí, el ciclo iniciado por el Cordobazo culminó con un severo retroceso de las masas en todos los terrenos. La paradoja estriba en que el ciclo inaugurado el pasado 21 de julio, pese a iniciarse sobre la plataforma descripta, cuenta con suficientes factores objetivos y subjetivos para abonar una acelerada marcha en el sentido inverso.
Ése es el significado del lugar excluyente ocupado por las figuras de Fidel Castro y Hugo Chávez en la cumbre del Mercosur, contradiciendo el contenido social, programático y estratégico predominante en el bloque. La inclusión de los presidentes de Cuba, Venezuela y Bolivia, cambia el signo estratégico del conjunto. Del mismo modo, el origen histórico-político de los gobiernos de Brasil y Uruguay suma su impronta específica que, oscilando en el centro, no resuelve las perentorias exigencias de la Casa Blanca. Por eso la cumbre del Mercosur realizada en Córdoba es una victoria neta frente al imperialismo y, a la vez, la inauguración de una pugna estratégica cuyo desenlace marcará, al fin y al cabo, la significación histórica de este acontecimiento: explícita e implícitamente en esa jornada quedó planteada una confrontación ideológica, cuyo desarrollo y perspectivas es hoy una incógnita a resolver.

 

Fidel y Chávez en dos escenarios

Todo y todos se eclipsaron ante la intervención de Fidel Castro en el recinto de la cumbre presidencial. Es pueril atribuir ese efecto al brillo del personaje. Fue la potencia de las ideas, del diagnóstico y las propuestas, lo que abrumó e impulsó a eludir el debate. En otras palabras: fue la irrupción de la Revolución Socialista Cubana en un ámbito en el que se buscan respuestas desde otras perspectivas. La supremacía del discurso refleja la incontrastable superioridad de Cuba en comparación con lo ocurrido en el resto del continente. Fidel retomó las ideas centrales de la intervención de Chávez y desplegó los términos de una alternativa real ante la crisis mundial y regional, descripta con precisión y profusión de datos.
Horas después, Fidel y Chávez hablaron ante padres e hijos del Cordobazo original. El presidente venezolano convocó al estudio y la conciencia de una realidad mundial que resumió en su ya habitual consigna: “socialismo o barbarie”. El gesto de calificarse a sí mismo como simple “presentador” de Fidel, no debería ser reducido a humildad de un hombre generoso: Venezuela es la vanguardia política incuestionable del continente, con creciente proyección a escala mundial; pero esa vanguardia política tiene a su vez una vanguardia ideológica, encarnada en el principal dirigente de la Revolución Cubana.
Como quiera que sea, el hecho es que ambos hablaron para las masas y a ellas se refirieron como matriz del futuro. Aquello que no estaba, o estaba insuficiente y desviadamente representado en la cumbre, lo buscaron a cielo abierto en una noche helada del invierno cordobés.
Tal vez no lo pensaron y formularon de esta manera, pero ambos dirigentes de la revolución contemporánea estaban buscando la naturaleza social y el contenido político del Cordobazo, para convocar a irrumpir en el escenario dominante en la cumbre presidencial. Toda la fuerza y todos los flancos débiles del momento histórico quedaron plasmados en ese acto, en el campo deportivo de la Universidad de Córdoba. No es responsabilidad de nadie en particular que protagonistas y vástagos legítimos de aquella insurrección no estuvieran allí, o fueran relegados, o estuvieran con ropajes que los hacen irreconocibles. Se trata de la expresión anecdótica de una carencia estructural: a diferencia de 1969, los trabajadores no asumen aún una posición política propia y explícita; las fuerzas revolucionarias no están todavía a la altura del desafío. El hecho es que si se consideran las muchedumbres volcadas a las calles para saludar el paso de las caravanas de ambos presidentes, mientras atravesaban de punta a punta la capital cordobesa en el trayecto del Hotel a la Ciudad Universitaria, puede concluirse que la fuerza social y el contenido político del Cordobazo advirtió el 21 de julio que está allí.

 

La carta de Kirchner

Es en este contexto que, sin aviso previo y a última hora, el gobierno argentino envió una carta a Fidel Castro, reclamando por los derechos humanos supuestamente restringidos de Hilda Molina, una médica cubana. A propósito de este hecho, convertido por la prensa venal en tema principal de un encuentro que partirá en dos la historia de Suramérica, el autor de esta columna se dirige al presidente de su país, Néstor Kirchner, para sostener dos afirmaciones que reclaman réplica: en Argentina no se respetan los derechos humanos; en Cuba sí.
Uno de cada tres habitantes de Argentina (la mayoría de ellos niños), está arrojado al abismo de la miseria y la exclusión. La mitad de los trabajadores está empleada ilegalmente y gana menos del salario mínimo, que a su vez es la tercera parte de lo necesario para cubrir la canasta familiar. Medio millón de niños de entre 5 y 13 años trabaja en jornadas de hasta 12 horas, de manera ilegal y sin protección de ningún género. Como esta revista demuestra desde su primera edición, el analfabetismo total y funcional llega a proporciones jamás conocidas en el país desde fines del siglo XIX; y aumenta vertiginosamente. Pese a lo que alguien pueda creer, no son sólo ni principalmente comunidades indígenas de remotas zonas fronterizas quienes carecen de agua, escuelas y hospitales: eso ocurre a millones de argentinos y argentinas, de todo origen étnico, hacinados alrededor de la Capital Federal. No cabe citar estadísticas: basta caminar por las calles de Buenos Aires. La Redacción de esta revista está a dos cuadras del Congreso de la Nación, es decir, en el corazón político del país. En un radio de un kilómetro, es posible hallar a cualquier hora del día a miles de seres humanos –y siempre la mayoría niños– sin techo, sin trabajo, sin otro recurso que la mendicidad y la degradación. Cuando cae el día, un ejército de hombres, mujeres y niños, invade la Capital desde los suburbios para revolver bolsas de basura, comer lo que encuentre y juntar desperdicios para venderlos a una mafia que, por si fuese poco, explota a esa gente desvalida sin que autoridad alguna intervenga para impedirlo. Hay que ver esos rostros de mirada enajenada, con la desesperanza marcada a fuego. Hay que detenerse un instante frente a los camiones donde, sobre los desperdicios, se apiñan estas personas transformadas en mercancía desechable. Una sensación de vértigo se apodera del observador impotente quien, a metros de distancia, pertenece a otro mundo. No hace falta conciencia política para comprender que una fuerza ciega arrastra hacia el abismo. Lo entienda o no, cada ciudadano es víctima de esta degradación colectiva. Porque es indeciblemente grave lo que ocurre a estos miserables del siglo XXI. Pero es peor el efecto en quienes participan de esta tragedia sin percibirla.
Nada parecido puede encontrarse en Cuba. No hay observador honesto que pueda contradecir esta afirmación.

 

Causas de fondo

No cabe atribuir a Kirchner responsabilidad directa por este cuadro dantesco de marginalidad y miseria en un país ubérrimo. Sería mezquino desconocer las medidas adoptadas por su gobierno y el anterior para paliar el desastre. Pero la realidad sigue allí. Y se agrava sin pausa. Mientras tanto, Argentina acaba de transferir 10 mil millones de dólares al Fondo Monetario Internacional en pago de una deuda probadamente ilegítima e ilegal. Es el sistema capitalista: más cruel aún, si cabe, en su imparable declinación.
El caso Hila Molina se trata de una operación mundial de la CIA; requiere por tanto espacio suficiente y exclusivo para ser desmontada como corresponde. Pero aun si el punto en cuestión pudiera ser interpretado por personas honestas como violación a los derechos humanos en Cuba, no hay comparación imaginable entre la vigencia de estos derechos en la isla y la realidad argentina. Por otro lado, el presidente Kirchner no entregó una misiva pública semejante a George W. Bush en Mar del Plata, durante la cumbre de las Américas el año pasado, para exigir el fin de la tortura y la detención clandestina de prisioneros de guerra en la base estadounidense de Guantánamo. Tampoco hubo acusación pública contra Nicanor Duarte por la represión sufrida por campesinos paraguayos apenas horas antes del encuentro en Córdoba, para no hablar de casos aberrantes en casi todos los países representados en esta reunión presidencial. De modo que la carta de Kirchner a Fidel tiene un significado político profundo.
Argentina ya conoció una corriente que, impedida de negar lo obvio pero buscando diferenciarse (aunque en aquel caso en sentido inverso al intentado por Kirchner), levantó en los años 1980 la consigna “Cuba + Democracia”. Para quien lee estas páginas en el resto del mundo, corresponde informar que el partido que levantó esa consigna se suicidó; y algunos de los dirigentes que intentaron sostenerla se hundieron en la ignominia hasta desaparecer, después de haber representado una esperanza para un sector importante de la sociedad. Las medidas tomadas por el presidente Kirchner en defensa de los derechos humanos violados durante la última dictadura, que tanto reconocimiento político le han valido, no merecen un destino semejante.
Y aquí está el punto: al condenar a Cuba, quien redactó la carta y la entregó al canciller cubano Felipe Pérez Roque, de hecho tendió un lazo bajo los pies de Kirchner. Nada más lucrativo en este momento para la Casa Blanca que desprestigiar y arrastrar al gobierno argentino hacia una posición contraria a la convergencia suramericana. La alusión al desprestigio no es una referencia menor: según una empresa insospechable de simpatías hacia la Revolución Cubana, a la pregunta sobre acuerdo o desacuerdo con la participación de Fidel Castro en la cumbre del Mercosur, la encuesta dio como resultado que 87,5% de la ciudadanía argentina sumó su adhesión a la presencia del presidente cubano. Entiéndase bien: nueve de cada diez argentinos, bombardeados con una constante propaganda contra Fidel, se pusieron de su lado.
En otro plano, pero no menos significativo, la misma estocada hiere a los sectores denominados “izquierda K”, entre quienes cuentan genuinos luchadores: denunciar la maniobra los coloca en situación de ruptura con su gobierno; callar, equivale a asumir el ataque contra Cuba. Una pequeña revancha de conspiradores agazapados ante la abrumadora derrota sufrida por los estrategas del imperialismo.
Nada de esto empalidece el saldo de la cumbre: en Córdoba se impuso la fuerza centrípeta que desde fines del siglo XX exige la creación de un bloque económico-político. Para sortear los múltiples conflictos que apenas dos meses atrás lo pusieron al borde del estallido, el Mercosur necesitaba sumar nuevos componentes y modificar drásticamente sus fundamentos originales. El papel sobresaliente de Fidel y Chávez en este encuentro, la perspectiva cierta de pronta incorporación de Bolivia, y sobre todo el empuje de la Cumbre de los Pueblos coronada por un acto de inequívoco contenido, indican que se emprendió ese camino. El punto de llegada no puede ser sino la fundación de una nueva entidad política continental, una República unificada de Nuestra América. Ese objetivo y las exigencias que implica en materia política, social, económica y militar, plantea los dilemas estratégicos frente a los cuales cada gobierno deberá tomar posición.

reseña

El dilema de EE.UU.

porLBenLMD

 

De Zbigniew Brzezinski

Editorial: Paidós
Cantidad de páginas: 264 páginas
Lugar de publicación: Barcelona
Fecha de publicación: Marzo de 2005
Precio: 55 pesos

 

Título y subtítulo hablan con notable elocuencia respecto del contenido de este libro. El autor comienza por admitir que Estados Unidos está ante un dilema. Y, desde su posición de elevado estratega en las cúpulas dominantes del imperio, reduce ese dilema a que éstas dominen o lideren.
Como se verá ya desde las primeras páginas,
Brzezinski asume con propiedad que las magnitudes del dilema son otras y no oculta su dramático alcance: “por primera vez en la historia, es posible contemplar un escenario no bíblico de ‘fin del mundo’, entendido no como un acto de Dios, sino como el desencadenamiento deliberado de una reacción en cadena global, un cataclismo obra del hombre”. No obstante, la respuesta del hombre clave del ex presidente James Carter no incluye otra opción por fuera de la abstracción –¿o debiera llamarse cinismo?– según la cual Washington debe dominar mediante la persuasión y no por la fuerza.
La receta ofrecida por el autor no espantará a George W. Bush: Estados Unidos “necesita fuerzas que dispongan de una capacidad decisiva de despliegue en todo el mundo. Debe mejorar sus servicios de inteligencia (…) y mantener una ventaja tecnológica integral”.
El verdadero dilema en el que intenta terciar Brzezinski, sin embargo, es el de embarcarse o no en invasiones y guerras prolongadas. Se pronuncia frontalmente en contra. Washington debe mostrar “la capacidad de ganar una guerra local con rapidez”, porque esto “constituye un factor de disuasión mucho más creíble”.
El lúcido estratega demócrata apenas disimula su opción: utilizar las armas atómicas para que Washington mantenga su lugar de predominio.

cómo afrontar la nueva coyuntura internacional

Formatear el Mercosur

PorLBenAXXI

 

Desafío: las dos reuniones cimeras del Mercosur durante el mes de julio tendrán lugar en un escenario internacional enrarecido: tiemblan otra vez las Bolsas en las metrópolis del capital, mientras recrudece la dinámica guerrerista de Estados Unidos. Ambos indicadores urgen definiciones al nuevo Mercosur: los tres grandes centros de la economía mundial están en el umbral de otra fase de recesión combinada. Los presidentes de Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Venezuela afrontan la tarea de transformar el bloque en instancia de unidad política, planeamiento económico y mecanismo de autodefensa frente a la escalada imperial.

 

En Caracas el 4 y 5 de julio, el 21 en Córdoba (Argentina), Suramérica afronta instancias decisivas para su futuro. La incorporación de Venezuela como miembro pleno del Mercosur habrá quedado sellada en la primera reunión. Néstor Kirchner, Luiz Inácio Lula da Silva, Nicanor Duarte, Tabaré Vázquez y Hugo Chávez rubrican una decisión indicativa de mucho más que la suma de un nuevo componente al bloque originario de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. El solo hecho de que el acto se realice en Caracas y en coincidencia con el aniversario de la Independencia de Venezuela, el 5 de julio, es indicativo del curso objetivo del nuevo Mercosur.

Con certeza Washington tomará buen registro del gesto simbólico. Apenas días después y más allá de los símbolos, sin embargo, en Córdoba los cinco presidentes deberán dar cuenta de lo que están dispuestos a asumir para cumplir con la responsabilidad histórica que les cabe.

Por lo tanto, ambas reuniones evidencian que la dinámica de convergencia se impuso a las fuerzas centrífugas predominantes durante los primeros meses del año. Una mirada ecuánime sobre los acontecimientos ocurridos desde entonces debe reconocer el papel de vanguardia política que le cupo al gobierno de la Revolución Bolivariana para contrarrestar una fragmentación impulsada por conflictos como el que enfrentó a Uruguay y Argentina, sumados a la táctica de la Casa Blanca de firmar Tratados de Libre Comercio (TLC) con varios países del área. Ese reconocimiento es, a la vez, una reivindicación de la política y la estrategia, frente a la tentación del pragmatismo con miras al rédito económico de coyuntura.

Ahora bien, en esta nueva fase, una estrategia política para el nuevo Mercosur no podrá eludir los estridentes indicadores de que el panorama internacional no es ya el mismo que predominó en la superficie durante un largo período.

 

La Bolsa y la vida 

La fantasía recurrente ha terminado. El crecimiento de la economía mundial en lo que va del siglo, interpretado arbitrariamente como indicador de buena salud del sistema, dio los primeros pasos rumbo a presentar la factura de su costo oculto. La manifestación inicial se tradujo en abruptas caídas bursátiles. En esa primea fase de una nueva eclosión de la crisis estructural, en la que la economía real comienza a repercutir sobre los centros de manejo financiero internacional, las metrópolis lograron recuperar buena parte de lo perdido en algunas semanas durante las cuales cundió el pánico. El costo mayor recayó –vaya novedad- sobre los países dependientes, denominados de manera aviesa “mercados emergentes”. La estrella de esta noción tramposa fue el paquete denominado BRICh (Brasil, Rusia, India y China). El diario inglés Financial Times registró la magnitud de lo ocurrido: “el índice MSCI (Metals Service Center Institute) de los mercados emergentes cayó un 14,8% en dólares desde el 9 de mayo, en Turquía la caída fue de un 30% y Brasil, Pakistán e India cerca de un 20%. Quienes habían comprado fiados en la tesis del BRIch han tenido ya ocasión de ver cuán fácilmente éste puede desplomarse.”

Aparte el impacto de esta caída sobre las economías de cada uno de tales países y el costo de quienes compraron “fiados en la tesis del BRICh”, hay otro costado en el asunto: el crecimiento de China y más tarde India durante las dos últimas décadas es, en buena medida, el punto de apoyo de la recuperación de la economía en Estados Unidos, la Unión Europea y Japón en el último sexenio y, en conjunto, factor del aumento en materias primas como petróleo, soya, cobre –entre otras- que permitirían la recuperación también a países dependientes de menor envergadura, sobre todo en América Latina.

Más significativo para la comprensión del fenómeno global, es que las razones que explican en última instancia tanto el auge ficticio del último período, como la actual amenaza de colapso, están en el corazón del sistema económico mundial: Estados Unidos.

Allí, tras el derrumbe bursátil de 1997 (el cual, dicho sea entre paréntesis, pulverizó la ficción de los “tigres del sudeste asiático”, equivalente en los 90 del efímero BRICh del nuevo siglo), el gobierno estadounidense sostuvo el giro económico con un conjunto de artificios entre los cuales, aparte la inversión de cifras siderales en armamentismo, sobresalieron la baja en la tasa de interés de la Reserva Federal y el recorte brutal de impuestos para el gran capital.

A corto plazo, esto derivaría en endeudamiento descontrolado y un déficit gemelo (fiscal y de balanza de pagos) de proporciones inauditas. El precio de evitar la recesión –que a su vez alimentaría el fuerte crecimiento chino- era nada menos que colocar una carga explosiva de inconmensurable potencia en los cimientos de la economía mundial.

Cuando la Reserva Federal recurrió al aumento de las tasas de interés para intentar revertir esta dinámica, las Bolsas se desplomaron. Ante la inminencia del colapso, los brillantes economistas del imperio dieron un volantazo y frenaron el aumento de tasas. Los mercados se calmaron. Pero el dilema es de hierro: con tasas bajas, el saldo negativo de la balanza de pagos se dispara y acelera la marcha del abismo; con tasas altas, sobreviene inexorablemente la recesión con estación intermedia en un colapso bursátil.

De manera que, en este cuadro general y aunque el Fondo Monetario Internacional (FMI) anuncia un crecimiento del 5% para 2006, los temblores durante mayo y parte de junio en los centros bursátiles están anunciando el fin de este ciclo. Y es altamente probable que ya se pueda dar por definitivamente concluida la novela de los BRICh, según la cual estos supuestos “mercados emergentes” eran la salvación definitiva para las fallas estructurales en el edificio del capitalismo mundial.

 

Respuesta política

Si en la fase de crecimiento de los últimos años el efecto social de la crisis estructural dio como resultado el saqueo descontrolado de los países subordinados y el empobrecimiento sin precedentes de miles de millones de seres humanos, es fácil deducir cuáles serán los efectos de un nuevo ciclo recesivo a escala planetaria.

No pueden caber dudas de que esta nueva coyuntura vendrá acompañada por profundas convulsiones sociales y políticas, en todo el mundo y muy particularmente en América Latina. Basta observar lo ocurrido en Chile en las últimas semanas, para advertir con qué rapidez se esfumarán las ilusiones de sostener la estabilidad con base en la superexplotación y la pasividad de la sociedad.

En este cuadro, y bajo presión estadounidense, las clases dominantes de Colombia, Perú y hasta cierto punto Ecuador, han resuelto huir hacia delante firmando TLCs. El caso de Perú es paradigmático: el Congreso votó el acuerdo de sumisión minutos antes de dar paso a los diputados recientemente electos y con el respaldo del partido que deberá asumir la presidencia, el Apra. No hacen falta condiciones de augur para afirmar que Alan García no podrá gobernar. Y si bien su par colombiano ganó con buen margen la reelección, no es menos cierto que la abstención del 56% del electorado y el malestar en las propias bases sociales del oficialismo por el impacto de TLC, a lo cual debe sumarse un abrupto salto electoral de las izquierdas colombianas, asegura un segundo gobierno turbulento para Álvaro Uribe.

Como quiera que sea, estos países constituyen un polo inequívocamente alineado con Estados Unidos para afrontar el próximo período histórico. Por otro lado, las corrientes socialdemócratas y socialcristianas que en diferentes carnaduras perviven dentro y fuera de los restantes gobiernos de la región, aun en los casos en que asumen una posición de resistencia a la voracidad estadounidense, lo hacen desde la perspectiva del statu quo y con el interesado respaldo de la Unión Europea. Pero la señalada crisis estructural, que acentúa la competencia interimperialista, a la vez excluye el margen para concesiones sociales, por lo cual aquellas políticas tendrán el mismo contenido antinacional que las impulsadas desde Washington.

Un verdadero bloque con base en el Mercosur formateado, además de convocar sin dilaciones a la integración plena en Bolivia y otros países, deberá asumir y realizar el debate ideológico-político implícito en este panorama. De allí la importancia superlativa de que a la reunión de Córdoba asista Fidel Castro, quien junto con Hugo Chávez y Evo Morales representan la estrategia del Alba, ya vigente y actuante, en el concierto latinoamericano.

Además de abrir sin mezquindades las puertas a otros países, el Mercosur formateado debe producir cambios radicales para estar en condiciones de enfrentar lo que viene. En primer lugar, dotar al cuerpo de un organismo estrictamente político: un parlamento común elegido en plazos perentorios por voto universal y directo en cada país. Para que esto no sea una formalidad burocrática más, los presidentes deberían acordar un programa de acción con objetivos muy simples: creación de un Banco del Sur, puesta en marcha de un plan gradual para adoptar una moneda única, definición de objetivos comunes tales como programas para acabar con el analfabetismo y garantizar salud gratuita a la población en cada uno de los países. Todo ello sobre la base de una planificación conjunta, democrática y con amplia participación social, destinada a resolver problemas estructurales inaplazables, como lo que hacen a la provisión de energía, la edificación de viviendas, la complementación de capacidades y necesidades de cada país para que no haya un solo niño en la calle, un solo excluido, un solo ser humano arrojado a la desocupación y el abandono.

Por último –pero en primer orden- está planteada la necesidad de debatir y realizar una instancia defensiva común, una mancomunidad capaz de hacerle saber al imperio que América latina no admite agresiones militares y está preparada para impedir la guerra.