partido socialista unido de venezuela

Puntal para la revolución latinoamericana

porLBenCR

 

 

 «El Psuv no nace para enfrentar una coyuntura.
Nace para hacer una revolución.
Y no cualquier revolución:
la revolución socialista».
Hugo Chávez
(19/4/08)

 

Con la elección de una dirección nacional compuesta por 15 miembros y otros tantos suplentes, culminó el 9 de marzo el Congreso Fundacional del Partido Socialista Unido de Venezuela. Durante seis sesiones del Congreso a lo largo de 8 fines de semana, 1681 delegados fueron responsables de debatir y aprobar una Declaración de Principios, Programa y Estatutos. La elección se realizó por el voto de todos los voceros (titulares de los Batallones Socialistas, de hasta 300 miembros), los suplentes de voceros y los siete comisionados de cada BS; un total superior a 92 mil personas, en representación de alrededor de 1 millón 200 mil miembros activos, sobre 5 millones 770 mil inscriptos como aspirantes a militantes. Antes, en sesión plenaria, el Congreso había proclamado a Hugo Chávez como presidente del Partido.

El proceso de organización del Psuv, iniciado en enero de 2007, había sido interrumpido en dos oportunidades: por un mes durante el desarrollo de la Copa América de fútbol y durante otros dos meses, antes del referéndum realizado el pasado 3 de diciembre para reformar la Constitución, la primera consulta popular perdida por Chávez en 8 años, por la abstención de cuatro millones de quienes lo habían reelegido Presidente un año antes, en diciembre de 2006.

Pocos días después de aquella reelección, Chávez convocó a la formación de un partido que uniera a todas las organizaciones y corrientes que apoyaban a la Revolución Bolivariana. Como explicaron estas páginas en su momento, las tres principales formaciones Partido Comunista, Patria para Todos y Podemos- se negaron al llamado. Las tres sufrieron una fuga de militantes y dirigentes hacia el partido en formación, que los dejó reducidos a su mínima expresión. En cuestión de días, Podemos confirmó con acciones explícitas el secreto a voces de que, en realidad, estaba contra la Revolución. Su principal dirigente pasó a integrar con fruición el bloque de enemigos golpistas teledirigido desde el Departamento de Estado y la embajada estadounidense en Caracas. Los otros dos partidos mantuvieron sus posiciones anteriores, pero recrudecieron las críticas a Chávez centrando sus dardos en cuestiones metodológicas, desdibujando así (con mayor o menor intencionalidad consciente) la verdadera naturaleza de sus diferencias, pero sobre todo, en el momento de la gran partición de aguas, embarcándose en un rumbo equívoco que un año después no han corregido completamente y de manera sostenida (1).

Crítica estuvo presente en el desarrollo del Congreso, así como durante los pasos previos de inscripción, constitución de los BS y elección de voceros y comisionados en estos organismos. Con base en los hechos, puede afirmar que el proceso en su conjunto es el acontecimiento de mayor y más democrática participación de masas en la constitución de una herramienta política definida en su llamamiento como antimperialista y anticapitalista. Se trata de un hecho sin precedentes de educación político-ideológica llevado a cabo con la participación libérrima de cientos de miles de hombres y mujeres de toda edad y condición, en cada rincón del país.

Cabe reafirmar ahora, con hechos a la mano, lo que sostuvimos un año atrás en estas mismas páginas:

«Con la irrupción de un partido que provisionalmente se denomina Socialista Unido de Venezuela, puede darse por clausurada una fase de reacción sin precedentes en la historia e inaugurada la que le sigue, en la que se retoma la marcha, pletórica de promesas y, por supuesto, también de riesgos» (2).

 

Historia y coyuntura

Dos factores coinciden con el comienzo formal de la vida política del Psuv, al fin del primer cuarto de 2008: el recrudecimiento de la crisis general del capitalismo altamente desarrollado y el arribo a un punto crítico en procesos políticos latinoamericanos encabezados por conducciones u organizaciones de carácter centrista, con matices de izquierda o derecha según los casos.

No nos extenderemos aquí respecto del primero. Explicada la crisis estructural desde la primera edición de Crítica, son ahora los teóricos y los órganos de prensa del capital quienes se ocupan de confirmar la inutilidad final de los paliativos aplicados durante años para postergar la caída. Baste decir que una eventual retomada circunstancial del ritmo económico en los tres centros del imperialismo no resolvería en absoluto las causas de fondo que hoy hacen temblar los mercados y levantan voces insospechadas advirtiendo sobre los riesgos de un colapso más grave que el de 1929. Baste decir que, con prescindencia de un desmoronamiento o no del sistema financiero internacional a corto plazo, la crisis continuará ahondándose, golpeará inexorablemente a las economías subordinadas, y acabará con el ensueño de esa tramoya semántica que hace a muchos autodenominarse «países emergentes».

El segundo factor, sin embargo, requiere algunas líneas, aunque su estudio demanda igualmente un trabajo específico.

Sin excepción, América Latina está sacudida por las turbulencias de un nuevo punto en la crisis de arrastre de las grandes formaciones políticas que han gobernado durante el siglo XX como instrumentos de las clases dominantes. Aunque en diferentes puntos de desarrollo en cada caso, desde México a Argentina se despliega un panorama con rasgos comunes: asunción por los liderazgos tradicionales del programa anticrisis del capitalismo (denominado neoliberalismo); distanciamiento de las masas respecto de los partidos y de la política en general; transmutación de la política en marketing y de los partidos en estructuras rentadas (y rentables), en todo y por todo prescindentes de las necesidades y la participación de las masas, consideradas sólo como clientes en los momentos previos a una elección. Luego, ante el colapso general de aquel supuesto «neoliberalismo», la adopción pragmática y en estado de desesperación de un pastiche salvador denominado ahora «neo-keynesianismo».

El espectro muestra casos muy diferentes. En México, el PRD, nueva formación creada en respuesta a la degeneración del PRI, formó una suerte de gobierno paralelo luego de que el poder constituido le escamoteara la victoria electoral en 2006. Acaba de estallar. En Argentina, mediante un gambito para muchos inesperado, el matrimonio Kirchner decidió refugiarse en el corrompido y desprestigiado Partido Justicialista. (No cabe sorprenderse, sin embargo; cinco años atrás desde estas páginas se sostuvo que el Frente para la Victoria era «un aguantadero temporario»). En Brasil, desde una organización originalmente obrera y socialista el gobierno asumió el programa de la burguesía industrial paulista. Sin embargo tanto en estos casos como en Chile, Uruguay o Perú (y más allá, siempre guardando las diferencias, en Costa Rica, Honduras y Guatemala), con el trasfondo siempre agravado de las necesidades económicas irresueltas para las mayorías, la progresión del deterioro en las relaciones políticas entre gobiernos y masas anuncia una tormenta en el horizonte cercano. La eventual imposibilidad de contrarrestar la recesión estadounidense antes de fin de año -para no hablar del riesgo de un colapso financiero internacional, en modo alguno descartable- aceleraría y magnificaría esa tormenta política en ciernes. Pero además plantearía el problema en otra dimensión al agregar un elemento clave: la simultaneidad.

Más tarde o más temprano, simultánea o sucesivamente, el destino de todas estas estructuras políticas y sus respectivos gobiernos es de impotencia frente a la tenaza formada por la crisis del capital y las demandas de las masas. A la impotencia le seguirá la disgregación y la ingobernabilidad.

Mientras tanto, en Bolivia y Ecuador el problema de la organización política de las masas se presenta con características muy diferentes, pero no menos perentoria. Otro tanto ocurrirá en Paraguay a partir de la victoria electoral de la Alianza Patriótica.

De manera que hoy América Latina está compelida por una necesidad inaplazable: la edificación de herramientas adecuadas para unir social y políticamente a las grandes masas, en función de apremiantes exigencias que no reclaman identidades ideológicas, pero sí cohesión y determinación para llevar a cabo transformaciones que chocan de frente con el imperialismo y el capitalismo.

Ése es el significado trascendental de la irrupción del Psuv en el panorama latinoamericano: desde que a fines de los años 1960 se hizo evidente el agotamiento de los aparatos partidarios de las clases dominantes latinoamericanas, es la primera vez que surge una formación política no sólo con definiciones generales de carácter socialista, sino con fuerza de masas, con participación multitudinaria, con netas definiciones estratégicas y, ante todo, con la decisión de llevar a cabo una revolución (el PT, máximo exponente previo de una formación de masas con definición socialista, no tuvo nunca el vigor revolucionario que le imprime al Psuv el liderazgo de Hugo Chávez, ostensiblemente identificado hacia dentro y fuera del país con Fidel Castro).

Su sola existencia modifica el panorama hemisférico: el ejemplo de un movimiento de masas que asume una estrategia y un programa de acción para la revolución socialista acorrala sin posibilidad de fuga a los dos flancos que, invariablemente, en momentos de auge de las luchas revolucionarias, levantan una barrera contra la revolución: el reformismo oportunista y el infantoizquierdismo. Si nunca hubo argumentos teóricos para sostener que es preciso marchar a remolque de fracciones burguesas porque la asunción por las masas de una línea de acción anticapitalista es inviable, ahora tampoco hay argumentos prácticos para defenderlos; tampoco hay modo de sostener en la teoría o en la práctica que una línea de acción anticapitalista presupone la identificación y subordinación orgánica de las masas a algunas de las sectas que pretenden ser la encarnación del socialismo científico.

Frente a la inminencia de grandes cataclismos económicos, frente al estallido de los aparatos políticos de las clases dominantes y la volatilización de organizaciones revolucionarias que durante las últimas décadas no hallaron el camino de las masas, ahora existe un ejemplo de organización de masas para luchar por el socialismo. Ese ejemplo necesariamente impactará en la conciencia de las grandes mayorías y, sobre todo, de las juventudes. Por una compleja suma de causas, desde el Río Bravo a la Patagonia el activismo político se desperdigó y tendió a negarse a sí mismo por la vía del conciliacionismo reformista y el infantoizquierdismo. Ante el espectáculo de direcciones corrompidas, doblegadas por el sistema y entregadas a él, o, enfrente, propuestas ajenas a toda racionalidad, atrapadas por un momento histórico en el que la supuesta muerte del socialismo se combinó con atractivos de extraordinaria potencia histórica, como son las manifestaciones en la vida cotidiana de la revolución científico-técnica, las juventudes tomaron distancia de la política. Los más capaces buscaron refugios individuales, cuando no se desbarrancaron por las numerosas ofertas hacia la enajenación ofrecidas por una sociedad en la cual la irreversible decadencia se oculta tras espejismos de progreso. Pero la causa determinante de esta deriva social contribución decisiva para la sobrevida del sistema durante las últimas décadas- fue la ausencia de alternativas que aunaran la racionalidad y la osadía, la rebeldía y la inteligencia, la imposibilidad de conquistar la conciencia y el corazón de millones para luchar por un futuro deseable y creíble. Esa impotencia terminó con el Psuv.

 

 Hora de actuar

En suma, ha llegado la hora de emprender la marcha hacia la recomposición de la unidad social y política de nuestros pueblos en todos y cada uno de los países de América Latina. Es decir, ha llegado la hora de edificar partidos antimperialistas y anticapitalistas, de masas, con el máximo de participación democrática en todos los niveles. Ya no es sólo necesario; también es posible.

Esta deberá ser una empresa coordinada, que parta de la visión de América Latina como un todo, inserto además en un mundo en crisis. Como ya ha reiterado Crítica, Chávez ha sido explícito respecto de la necesidad de construir una internacional en América Latina. En un discurso ante los propulsores del Psuv, el 25 de agosto de 2007, Chávez sostuvo que 2008 será el momento de «convocar a una reunión de partidos de izquierda en America Latina y organizar una especie de Internacional, una organización de partidos y movimientos de izquierda de América Latina y el Caribe (…) Hay un resurgimiento de la conciencia de los pueblos; deben seguir creciendo los movimientos, líderes y liderazgos de una izquierda nueva, de un proyecto nuevo».

El severo traspié con el referéndum por la reforma constitucional y el hecho de que éste es en Venezuela un año electoral, donde se disputará con directa participación de Estados Unidos la victoria para gobernaciones y alcaldías, limita la disponibilidad del Psuv para impulsar ya mismo esa tarea, de acuerdo con los planes de Chávez. Pero no hay razón alguna para que esto se demore en la región y, sobre todo, en cinco países donde la realidad urge respuestas de fondo: Bolivia, Ecuador, México, Argentina y Paraguay.

Sin esta condición estarían en riesgo mortal los procesos revolucionarios en marcha en Bolivia y Ecuador, podría debilitarse y extinguirse la potente movilización en México, Argentina pasaría a la ingobernabilidad primero y a una restauración del predominio del capital financiero después (ver Documentos para la Militancia, pág. 184) y la expectativa en Paraguay se vería frustrada.
Partido y conciencia

Aunque difuminado en una zona entre los sentimientos y la razón, el rechazo a «los yanquis» es generalizado. Resulta muy difícil medir hasta qué punto ese sentimiento -muy profundo y extendido en nuestras sociedades- supone ideas políticas claras y definidas. En Argentina, la dificultad estriba en la extraordinaria degradación de las organizaciones políticas y las estructuras sindicales. Tanto aquellas sumadas al gobierno como las recluidas en el mundo fantasioso del sectarismo, desprecian la capacidad del movimiento de masas y distorsionan su verdadero estado. No obstante, contando el ánimo y la conciencia colectiva como factores objetivos necesarios para la edificación de grandes partidos antimperialistas y anticapitalistas, es seguro que ambos están dados en toda la región y, pese a la distorsión apuntada, también en Argentina.

Pero la conciencia no es un valor homogéneo y constante. Todo lo contrario. En una misma lucha sindical, por ejemplo, se aúna toda una gama de niveles de comprensión y asunción del significado inmediato y mediato de ese combate, pero además ese conjunto se transforma en uno u otro sentido según una cantidad de factores, entre los que predominan el resultado mismo de esa lucha y el papel de dirigentes y organismos que ésta genere. En el caso específico argentino, desde hace muchos años el papel de las dirigencias y organizaciones ha sido todo lo contrario al necesario para elevar y consolidar la conciencia, pero además ha llevado sistemáticamente a duras derrotas que necesariamente contribuyeron a la retracción de trabajadores y jóvenes.

Desde la fuga del Congreso de los Trabajadores Argentinos hacia una ficción de central sindical en 1996, que daría como resultado el direccionamiento de toda la fuerza obrera y juvenil hacia el Frepaso-Alianza y el vaciamiento patético de la actual CTA, hasta los desvíos cometidos en diciembre de 2001 y los meses siguientes, todo sumó para provocar derrotas sucesivas, desmoralizar, confundir y paralizar a la clase obrera y el conjunto del pueblo. Pero si esta deriva sepultó cuadros y organizaciones que pretendieron erigirse como dirigentes de la voluntad de masas, en la misma medida en que las clases dominantes no lograron resolver uno solo de los problemas que aquejan a la sociedad argentina, no acaba con la necesidad de las mayorías de buscar un nuevo rumbo político y la actitud expectante, aunque pasiva, de decenas de miles de activistas sociales y políticos.

Para una clase, tanto más para el conjunto heterogéneo que supone un pueblo, no hay conciencia sostenida en el tiempo sin una organización que la exprese y, a la vez, revierta sobre ella, motorizada por el choque cotidiano en la lucha de clases, para afirmarla y sin cesar modificarla en una constante negación dialéctica.

Simétricamente, no hay organización revolucionaria sostenida en el tiempo sin un sustento de masas que, sin pausa, le insufle a los conceptos generales de una teoría revolucionaria el oxígeno de lo particular, su concreción.

La tragedia de la revolución socialista en el siglo XX fue la ruptura en la Unión Soviética, a partir de la segunda mitad de la década del ’20, de esa interrelación virtuosa entre las masas explotadas y oprimidas y el Partido con y por el cual ellas habían accedido a la conciencia, la organización y el poder en 1917.

Durante sesenta años aquella ruptura se propagó por diferentes caminos al proletariado mundial y a través de éste a todas las organizaciones obreras y revolucionarias, incluyendo a las que intentaron resistir aquella fuerza destructiva, simplificada en el término stalinismo.

Esta última afirmación tiene una excepción, relativa pero crucial: el Partido Comunista de Cuba. Tal excepcionalidad es la que explica en última instancia la sobrevivencia más aún, el fortalecimiento- de la Revolución Cubana tras el derrumbe ignominioso de la Urss y la capitulación aún más vergonzosa de su Partido Comunista. En Cuba, por el contrario, se avanzó en la identificación de la clase obrera y el conjunto del pueblo con el Partido Comunista de Cuba, galvanizando conciencia y organización en mutuo fortalecimiento.

A la vuelta de este período histórico, el nacimiento del Psuv viene a aparejar el hecho saliente de la política mundial contemporánea, asumido ya por las voces más diversas, a saber: la vanguardia de la política mundial está en América Latina. Con todas sus falencias y no obstante las inmensas amenazas que penden sobre el Psuv, su importancia histórica radica en que comienza a traducir la estrategia de la revolución socialista mundial al lenguaje latinoamericano, en el sentido de representar con mayor aproximación y genuinidad la realidad social, la formación económica y el acervo histórico de la región.

Lejos de las habituales tilinguerías que rechazan lo pasado por viejo y se limitan a pontificar sobre novedades para las que nada aportan, en América Latina está planteada hoy la insoslayable necesidad de elaborar y aplicar una teoría del partido revolucionario adecuada al tiempo y las circunstancias. En esta tarea, es tan nociva la propensión al calco como la fanfarronería de quien cree que todo comienza con él. No podrá darse un paso adelante si no se incorpora el acervo histórico de 200 años de luchas de clases del mundo contemporáneo. La construcción del socialismo requiere de voluntad colectiva organizada, pero sobre bases científicas. Esas bases fueron sentadas por la labor teórica de Marx y Engels, y desarrolladas por innumerables luchadores desde entonces.

Sin embargo, los partidos para esta época de transición deben tener también un carácter transicional. En sentido estricto, no pueden definirse como marxistas. Porque deben incluir en todos los sentidos a decenas y cientos de millones de personas que en abrumadora mayoría son portadoras de la contradicción entre la exigencia objetiva de la lucha anticapitalista y la ideología (la falsa conciencia) del capitalismo, incluida -y en lugar relevante- la religión, que bajo la forma ya no sólo de la iglesia católica sino de infinidad de iglesias evangélicas, se ha constituido en las últimas décadas en el reemplazo político-organizativo de los derruidos partidos del capital.

Eso no se resuelve con desplantes, ni con grititos enronquecidos de tribunos de utilería. Requiere una labor sistemática de alcance histórico, que comienza por la alfabetización de decenas de millones de analfabetos totales y funcionales, sigue por la politización en el sentido más general y culmina en la formación ideológico política de las masas, lo cual supone la rigurosa educación de los cuadros de vanguardia.

La revolución no viene después de este proceso. Éste es parte de aquélla. El auge en las luchas antimperialistas y anticapitalistas predomina ya en América Latina. Esto configura una situación revolucionaria en términos generales, complementada con grados de desarrollo menor en países de gravitación mayor, especialmente Brasil y Argentina. Por eso mismo, por su desigualdad, se trata de un proceso en pleno desarrollo, de manera alguna definido en términos históricos, que da lugar a una batalla feroz en todos los terrenos, y cuyo desenlace no es fatal: depende de la capacidad de la vanguardia revolucionaria para comprenderla y afrontarla.

Aparecen aquí dos problemas principales: cómo sostener el actual punto de desarrollo de la comprensión colectiva de las luchas sociales en curso y cómo hacerla avanzar a la conciencia revolucionaria anticapitalista o, lo que es lo mismo, cómo impedir que el imperialismo y las burguesías regionales consigan desviar, dividir y derrotar a las masas.

Desembocamos por este camino otra vez en la relación entre conciencia y organización: si en plazos perentorios no se constituyen organizaciones de masas que comprendan, estimulen y desarrollen la conciencia actual, el enemigo logrará su objetivo, comenzando por el primer escalón: la división de las masas. No es preciso abundar en ejemplos; están al alcance de la mano en cada país.

Como lo fuera el PT en su momento, con un grado de radicalidad incomparablemente mayor y desde el ejercicio del poder del Estado, el Psuv es hoy el punto más alto en la plasmación de un determinado desarrollo de la conciencia y la lucha de clases en organización política.

 

Atraso y conciencia

A la par de esta afirmación, que supone defender las definiciones de principios, programáticas y estatutarias del Psuv como prototipo válido para toda América Latina tras el objetivo de alcanzar la unidad social y política de las masas, es preciso subrayar un punto nodal para el futuro de este partido.

Ya a comienzos de la década de 1920, al calor de la victoria de la revolución en Rusia y del fracaso de la revolución en Alemania, apareció la tentación teórica de ensalzar el atraso. En un libro tan citado como desconocido, Historia y conciencia de clase (1923), George Lukacs confirió ciudadanía intelectual a este desvío: «el carácter de indesarrollo de Rusia (…) le dio al proletariado ruso la oportunidad de resolver la crisis ideológica con mayor prontitud». Según esta interpretación «la influencia más débil ejercida por los modos capitalistas de pensamiento y sentimiento sobre el proletariado en Rusia» habría permitido la formación del partido revolucionario y la toma del poder, a diferencia de lo ocurrido en los vecinos de mayor desarrollo capitalista (3).

Mucho después, en 1967, Lukacs diría de su propia obra que había sido el resultado de un pensamiento idealista: «más hegeliano que Hegel». Pero también eso es discutible. Porque en aquella interpretación no sólo había idealismo, sino mecanicismo. La glorificación del subdesarrollo lo llevaba al «optimismo romántico», como acertadamente dice Métzáros. La autocrítica, en cambio, conduce a desconocer el hecho real: ocurrió la Revolución Rusa, se constituyó el partido revolucionario, en el país más atrasado de Europa; mientras que ambas cosas fueron imposibles en Alemania, el más desarrollado de entonces.

Conviene retener esta experiencia histórica para comprender desde una perspectiva más amplia el momento que atraviesan la Revolución Bolivariana y el estado de efervescencia en América Latina. En comparación con Brasil, México y Argentina, Venezuela es el subdesarrollo en el subdesarrollo. No fue ésta la condición determinante que dio lugar a que la retomada de la revolución ocurriera en aquel país (4). Pero fuera de duda, a menos que se piense en términos idealistas, ese atraso gravitará necesariamente sobre forma y contenido del Psuv. En contraste, el desarrollo capitalista brasileño fue capaz de engullirse al PT y el de Argentina llevó a este país, en medio de una crisis convulsiva del capitalismo, al punto de mayor atraso, confusión y parálisis política de los explotados en toda su historia.

Un refrán asegura que hay que tener cuidado con los errores de las personas inteligentes. En efecto, hay que tener cuidado con aquel garrafal desvío de Lukacs. Porque no comprender que reflejaba una contradicción real, conduce a dejarse arrastrar al «pesimismo romántico», una vez confirmado que el atraso da lugar a fenómenos aberrantes como el stalinismo. La ley marxista del desarrollo desigual y combinado permite aprehender esa dialéctica de una manera más próxima al desenvolvimiento histórico.

Dicho de otro modo: hoy el eje de la revolución mundial se ha desplazado a América Latina, una de las áreas atrasadas del mundo, subdesarrollada en términos industriales, dependiente de los centros imperiales. Y dentro de ese fenómeno, como centro y motor que lo explica, está Venezuela. ¿Qué harán los revolucionarios? ¿Fugar al ‘optimismo romántico’ o guarecerse en el ‘pesimismo romántico’? El hecho es que los cambios objetivos que dan lugar a este momento histórico son «independientes de la voluntad, no sólo de determinados grupos y partidos, sino también de la voluntad de determinadas clases» (5). Ahora y aquí, como en cualquier momento y lugar, ser revolucionario significa comprometerse con una acción que dé respuesta a las necesidades de los explotados y oprimidos, en toda circunstancia y muy particularmente en una situación revolucionaria.

El primer punto es comprender la desigualdad y bregar por una combinación positiva. Asumir el papel decisivo del Psuv y la necesidad de que los proletariados más avanzados de la región (por mayor desarrollo industrial y experiencia política), concurran en el menor tiempo posible a ensamblar, mediante herramientas políticas propias hoy inexistentes, con esa vanguardia política continental que es el Psuv. Esto vale sobre todo para Brasil, México y Argentina por su peso objetivo y, por razones diferentes, para Cuba y Bolivia, respectivamente vanguardias ideológica y social de la revolución hemisférica.

Chávez, receptor del poder delegado voluntaria y fervorosamente por millones de hombres y mujeres, ha querido y ha logrado transferir ese inmenso poder a la única instancia capaz de gestionarlo sana y sostenidamente: un Partido. Sin embargo no es por acaso que éste haya debido ser el camino. Es un hecho a todas luces evidente que la clase obrera venezolana no es la vanguardia efectiva de la Revolución Bolivariana y, en consecuencia, tampoco el centro de gravitación del Psuv. A esto se suma el hecho de que las organizaciones de mayor peso que apoyan a Chávez y su MVR, no ingresaron al Psuv.

Es un dato elocuente que, en el momento en que se juramentaba a la Dirección Nacional del Psuv en Caracas y Chávez iniciaba su discurso reivindicando a Marx como «el más grande de los pensadores en la lucha por la emancipación humana», en el Oriente del país, la mayor concentración proletaria en Venezuela mantenía una vigorosa lucha contra la empresa Sidor con un programa estrictamente sindical. Sólo pequeños sectores de vanguardia defendían la reestatización de la empresa. No obstante, esa resistencia sostenida y creciente fue reprimida por la Guardia Nacional del Estado Bolívar. Esta circunstancia, la intransigencia de la empresa y la persistencia de la movilización obrera aunque siempre con carácter estrictamente reivindicativo, e incluso en buena medida manipulada por un sector burocrático con el objetivo de desgastar al gobierno con vistas a las elecciones- dio oportunidad a Chávez para decidir la expropiación de Sidor.

Pocos casos reflejan tan claramente como éste el cuadro estructural de la Revolución Bolivariana.

Más que en otros países suramericanos, para utilizar la expresión de Marx, en Venezuela existe una importante «clase obrera en sí», pero no una «clase obrera para sí», es decir, con conciencia del lugar que ocupa en la sociedad y la historia. La omisión de las dirigencias sindicales en la construcción del Psuv, fruto del economicismo y la confusión ideológica, se manifestaba así en una contradicción práctica entre la estrategia socialista y los conflictos propios de una sociedad en el umbral de la transición al socialismo. En perspectiva, sólo un proletariado consciente y organizado puede resolver esa contradicción. La labor de constitución de una «clase obrera para sí» es por tanto uno de los principales desafíos para el Psuv. Pero una vanguardia consciente en el resto de América Latina debería tomar esa tarea como suya propia. El lugar que finalmente decida ocupar el activo sindical venezolano gravitará sobre el curso de los acontecimientos. Pero ese lugar depende en buena medida del papel que decida asumir la vanguardia latinoamericana respecto del Psuv y de la Revolución Bolivariana. Esta es una tercera razón y en modo alguno menos importante que las anteriores- para no perder un día en la tarea de construir herramientas políticas de masas, antimperialistas y anticapitalistas: confluir desde proletariados con mayor desarrollo objetivo y, en algunos casos, con mayor acervo político, en una organización internacional que combine positivamente las desigualdades. De tal manera, contribuir a un desarrollo positivo del Psuv, es una tarea inseparable de aquellas obligadas para garantizar la continuidad del desarrollo revolucionario en países como Bolivia y Ecuador, impedir que el inexorable colapso de las fuerzas centristas dominantes en Argentina, Chile, Brasil, Uruguay y Paraguay conduzca a la disgregación social y a seguras derrotas a manos del capital, y afirmar el actual nivel de conciencia para avanzar hacia una conciencia socialista a escala hemisférica.

Permítasenos en este punto una digresión necesaria: al hablar de organización y conciencia es insoslayable un tema altamente controversial, a saber: ¿de dónde viene la conciencia? La primera piedra del escándalo la puso Lenin:

«Hemos dicho que los obreros no podían tener conciencia (socialista). Ésta sólo podía ser traída desde fuera. La historia de todos países demuestra que con sus propias fuerzas la clase obrera está en condiciones de elaborar exclusivamente sólo una conciencia tradeunionista, es decir, la convicción de que es necesario agruparse en sindicatos, luchar contra los patrones, reclamar al gobierno la promulgación de tales o cuales leyes necesarias para los obreros, etc. En cambio, la doctrina del socialismo ha surgido de teorías filosóficas, históricas y económicas elaboradas por intelectuales, por hombres instruidos de las clases poseedoras. Por su posición social, los propios fundadores del socialismo científico moderno, Marx y Engels, pertenecían a la intelectualidad burguesa» (6).

Los abusos de que ha sido objeto el pensamiento de Lenin, sobre todo en relación con la teoría del partido, exigen volver sobre este concepto en momentos en que se replantea, con bases objetivas como nunca antes, la posibilidad de edificar partidos revolucionarios de masas.
El caso venezolano es una comprobación de la actualidad de aquella aseveración de Lenin. La espontaneidad de las masas en rebeldía contra las iniquidades del capitalismo dio lugar en 1989 al Caracazo e inauguró una nueva etapa en la historia venezolana. Pero una de las consecuencias de aquella rebelión, la formación del Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR-200), un grupo de militares encabezados por Chávez, sería el punto de partida para que la fuerza de aquellas masas insurrectas no se perdiera en el vacío o, peor aún, fuera recuperada por alguna fracción capitalista.

Convertido Chávez en un ídolo y llevado por elecciones al gobierno, un dato para muchos folklórico, el programa dominical Aló Presidente, se convirtió en la llave para educar a las masas. Luego vino el programa de alfabetización completado con misiones destinadas a que toda Venezuela se pusiera a estudiar, cada uno desde el nivel de instrucción en que estuviera. A medida que el enemigo mostraba las garras, Chávez sumó al Aló interminables discursos dados en las circunstancias más diversas y no menos prolongadas cadenas de radio y televisión donde con la mayor naturalidad, y con la pasión y las condiciones didácticas que les son propias, incursionaba en los aspectos más complejos de la política nacional e internacional. El salto en nivel político y conciencia que experimentó en pocos años la sociedad venezolana (incluida la oposición), difícilmente tenga parangón en otro proceso revolucionario. Como sea, nadie podrá discutir que esa conciencia que hoy es patrimonio social, que ha dado vuelta como un guante la realidad venezolana e internacional (y a la cual le falta todavía mucho camino por recorrer), «vino de fuera», para decirlo con la fórmula de Lenin. 

Sólo personas ganadas por la ignorancia y la pedantería podrían deducir de aquí una actitud altanera, de fatua superioridad ante las masas (de hecho eso ocurre en no pocas sectas de infantoizquierdistas). El conjunto del pueblo, la clase obrera en particular, es una fuente inagotable de saber. Nadie que no quiera o no sepa beber en ella podrá ser un verdadero dirigente. Nadie que desconozca la necesidad de establecer una relación continua entre aquella sabiduría y el socialismo científico podrá sostener por mucho tiempo el carácter científico de una propuesta revolucionaria. Del mismo modo, la negativa a reconocer la justeza de la teoría de Lenin condena al economicismo, al espontaneísmo, en definitiva a la derrota de las masas y sus vanguardias.

Nada más elocuente que el hecho de que un hombre con el lugar alcanzado por Chávez ante las masas, que podría haber perpetuado un liderazgo personalista, con rasgos autoritarios (e incluso se hubiera ahorrado enormes dificultades, entre ellas, muy probablemente, la derrota en el referéndum), se dispusiera a transferir el poder a través de los consejos comunales y el Psuv.

Ese paso puede medirse desde una perspectiva subjetiva. Efectivamente, no hay prueba mayor de la intencionalidad de Chávez. Pero también puede hacérselo desde la teoría de la relación vanguardia-masa y, tanto más, individuo-historia: cientos de miles de personas introducidas en el desconocido y fascinante universo del debate político, donde toda voz debe ser escuchada, donde cada paso ha de basarse en el razonamiento y la decisión en la voluntad mayoritaria, la democratización efectiva del poder; millones de personas ingresando en ese mundo después de haber sido develada su conciencia por las ideas de la revolución y la explicación incansable de lo que produce el capitalismo y la necesidad del socialismo, constituyen una superación, si bien no teorizada, de las malinterpretaciones y manipulaciones del célebre Qué hacer. El Psuv es, en ese sentido, expresión de esa superación.

 

Valores y antivalores

Tal afirmación no debe llevar a una interpretación apologética. Sin esfuerzo se podrán encontrar en el Psuv fallas y transgresiones a una estricta metodología democrática, así como conductas individuales o grupales apuntadas precisamente a lo contrario del libre protagonismo de las bases. Fraccionalismo, maniobras e intrigas no son patrimonio exclusivo de la izquierda en Argentina. Pero, en primer lugar, esos lunares se pueden hallar con toda facilidad precisamente porque el proceso mismo de construcción partidaria se ha llevado a cabo a la luz pública.

Más aún: ciertas conductas burocráticas a menudo no exentas de autoritarismo, el desinterés funcionaril, la falta de empeño en la pulcritud metodológica, la conducta camarillista, entre otros rasgos negativos que sería posible apuntar en este proceso, no son sino la paradojal comprobación de que no pocos de los y las protagonistas de este fenómeno, cargando con una cultura política de arrastre, han sido envueltos e inconscientemente involucrados en un proceso de construcción que los incluye como parte inseparable de la Revolución Bolivariana, destila y utiliza sus capacidades y las pone al servicio de un fin mayor que niega y supera aquellas miserias. El conjunto, movido y guiado desde un centro vital por una clara estrategia de revolución socialista, ha puesto el signo y sobredeterminado el papel de las partes, dando lugar a un círculo virtuoso. Tal vez con el tiempo más de un cuadro activo de este mecanismo descubrirá hasta qué punto ha sido valiosa su participación, cuando ahora la considera simplemente una obligación laboral.

El rescate de los valores de cada individuo, la superación de sus debilidades y deformaciones individualistas alimentadas por una sociedad de competencia que entroniza antivalores y mediocridades, es un resultado no menor y prueba irrefutable del carácter genuino de un proceso revolucionario. Se trata de la dinámica exactamente opuesta al proceso que sufren las formaciones partidarias de la burguesía, también experimentado por las sectas sedicentemente revolucionarias, donde las capacidades individuales en lugar de conjugarse se contraponen, en lugar de potenciarse se dividen, en lugar de honrar envilecen.

Desde luego, como en todo organismo vivo, el desenlace siempre estará en disputa. En la misma medida en que la historia reaparece constantemente y se reconstituyen conceptos, metodologías y conciencias propios de la sociedad capitalista, el destino de un partido revolucionario es inseparable del destino de la revolución misma. Al cabo prevalecerá lo peor o lo mejor de los seres humanos que componen el Psuv según prevalezca, no en Venezuela sino en América Latina y el mundo, la barbarie o el socialismo. Pero temer esa ambivalencia es como temblar ante la vida, es decir, escabullirle a la historia.

En este momento histórico de Venezuela, en pleno empeño por llevar adelante la transición del capitalismo al socialismo, el Psuv espeja esa realidad y se constituye en herramienta igualmente transitiva, incorporando los rasgos positivos y negativos de la mayoría social y las vanguardias que ensayan este asalto al cielo.

 

Rescate histórico

Otro rasgo positivo sobresaliente del Psuv y su dialéctica virtuosa, es el rescate de cuadros militantes provenientes de los más diversos intentos de reivindicación social. Los 30 miembros de la Dirección Nacional, en sí misma síntesis de edades, condición social, formación etnocultural y proveniencia política, son apenas una muestra mínima de los miles de cuadros con voluntad y capacidad para asumir posiciones dirigentes a todos los niveles.
Instancia de unidad social y política de una mayoría abrumadora compuesta por trabajadores de todos los sectores, campesinos, juventudes, profesionales y pequeños productores del campo y la ciudad, en el marco de un proceso revolucionario, el Psuv ha obrado como fuerza centrípeta conjugando experiencias e individuos de disímiles trayectorias. Aquí también se verifica una dinámica inversa a la que puede constatarse en las filas revolucionarias en otros países, donde fuerzas centrífugas, impulsadas por el retroceso de las ideas revolucionarias en las últimas décadas, causan la constante destrucción de capacidades encarnadas en militantes dispersos.

Guerrilleros y militares, jóvenes y veteranos, comunistas y cristianos, revolucionarios y reformistas, entre otras tantas dicotomías que lo son y de manera taxativa en otro cuadro sociopolítico, convergen en Venezuela sobre el único eje que puede dar lugar a semejante agregación en cualquier parte del mundo: la revolución socialista.

Se verifica así en los hechos la más osada novedad política en mucho tiempo, realizada por Cuba, esgrimida por el Che, asumida y propulsada por Chávez, en choque frontal con tirios y troyanos y a contracorriente de la opinión predominante en partidos y academias: la vigencia de un programa anticapitalista y de la noción de Partido revolucionario como ejes para la agregación social y la recomposición de fuerzas políticas. Esta comprobación, que será más nítida y abarcadora en la etapa histórica que ella misma inaugura, golpeará sobre la conciencia y el accionar de decenas de miles de luchadores en todo el continente. El espectro político regional habrá cambiado. En ese sentido, el Psuv es un nuevo y poderosísimo eje gravitacional en América Latina.

 

(1).- Información pormenorizada y paso a paso de estos acontecimientos puede hallarse en «El gran debate», América XXI Nº 24, marzo de 2007; «Tomar partido», América XXI Nº 25, abril de 2007; «Movilización nacional para la construcción de un nuevo partido», América XXI Nº 26, mayo de 2007; «Un partido construido por las masas», América XXI Nº 31, octubre de 2007; «Un paso atrás», América XXI Nº 33, diciembre 2007-enero 2008;»Retroceder, detenerse o avanzar en pos del socialismo», América XXI Nº 35, febrero de 2008 «Para la transición al socialismo, un Partido de transición», América XXI Nº 36, marzo de 2008; «Un faro para América Latina», América XXI Nº 37, abril de 2008.
(2).- «Nuevos tiempos, nuevas tareas», Crítica de Nuestro Tiempo Nº 35, mayo octubre de 2007.
(3).- El respetado autor István Métzáros focaliza este error en su libro «Más allá del Capital».
(4).- Trato este tema en un libro de próxima aparición, por lo que aquí sólo queda enunciado.
(5).- V.I. Lenin; Obras completas, T XXII, pág. 310; Ed. Cartago.
(6).- V.I. Lenin; Qué Hacer? Obras escogidas. Editorial Progreso; T II; pág. 28

confrontación entre el alca y el alba

El Sur gana otra partida

PorLBenAXXI

 

Vértigo:  inmediatamente después del ingreso de la Revolución Bolivariana al Mercosur, el encuentro de Hugo Chávez, Carlos Lage y Evo Morales en El Chapare y La Paz consolidó con rotundos acuerdos la integración de Cuba, Bolivia y Venezuela en el marco conceptual y programático del Alba. El proyecto de construcción de un sistema energético mediante dos gasoductos troncales: Norte-Sur y Este-Oeste; la propuesta de rápida incorporación de Bolivia al nuevo Mercosur; el acuerdo entre Bolivia y Venezuela para impulsar una Confederación Andina, eje motor de la todavía inane Comunidad Suramericana de Naciones, son otros tantos factores de un combate estratégico en el cual Estados Unidos no logra recuperar la iniciativa y en cada aparente victoria sufre una derrota mayor.

 

Nadie como Homero en La Ilíada describió la cambiante suerte de la guerra y el significado relativo de presuntas victorias. Esa visión dialéctica del devenir histórico es apropiada para observar los últimos movimientos en el tablero hemisférico, donde se libra una sucesión de batallas entre el Alca y el Alba, es decir, entre el intento de anexión imperialista y el propósito de alcanzar la unión suramericana.
El anteúltimo combate ocurrió en Buenos Aires, el 23 de mayo pasado en reunión de ministros de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, donde Venezuela fue reconocida como miembro pleno del Mercosur.
Los mecanismos propios de esta forma sui generis de convergencia regional prevén 180 días para ajustar la incorporación de un nuevo miembro, más 180 días adicionales para completar el proceso. De modo que el plazo en el que se concretó la formalización de ingreso del quinto componente es ya indicativo de que algo singular sucede en la región: 24 horas.
En los días previos Estados Unidos había dispuesto sus fuerzas para impedirlo, esta vez en coincidencia sin fisuras con la Unión Europea. El vehículo más visible de la operación fue el diario argentino La Nación, que en primera plana y con gran despliegue difundió cuatro días antes una diatriba del ex ministro de Economía Roberto Lavagna, quien en una disertación ante 1300 asistentes, la mayoría empresarios, organizada por la universidad Austral del Opus Dei, presentó la posición común del gran capital internacional: «creo que la posible salida de Uruguay, de socio pleno a asociado, si ocurre, y el ingreso de Venezuela cambiarían la imagen de economía de mercado y de democrático que tiene el bloque. Es decir, el Mercosur va a ser menos democrático y va a tener menos economía de mercado con esos cambios». La Nación afirmaba en ese brulote del 19 de mayo que “la posibilidad del ingreso de Venezuela como miembro pleno del Mercosur llevará años, pero está en proceso de concretarse”. No se trata de un error de apreciación: es una batalla perdida.

 

Vaivenes de la integración

Las batallas se ganan con un plan de acción. Con una apreciación objetiva de las fuerzas en juego. Y con coraje.
Los propios funcionarios de las cancillerías argentina y brasileña, atónitos ante lo que había ocurrido ante sus ojos con la incorporación plena de Venezuela al Mercosur en dos tensas jornadas, lo admitían con una sonrisa nerviosa: la Revolución Bolivariana tuvo esos atributos y supo qué hacer en ese recinto de negociación habitualmente burocrática. El ministro para la Integración y el Comercio Exterior de Venezuela, Gustavo Márquez, había llegado a Buenos Aires con instrucciones precisas y perentorias. Y cuando las trabas parecían insuperables, el propio Chávez intervino en la discusión mediante prolongadas charlas telefónicas.
Es que allí plasmaba una confrontación que venía desarrollándose en todo el hemisferio. Y el costado mediático de esa prueba de fuerzas, gracias al concurso de la prensa comercial, parecía haberlo ganado ya la dinámica de disgregación regional alentada por Estados Unidos. Con eje en el artificial conflicto entre Argentina y Uruguay, más las noticias de una fuga del gobierno del Frente Amplio hacia la firma de un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos -equivalente a su salida del Mercosur- configuraban un cuadro que no pocos interpretaron como éxito de la abarcadora contraofensiva lanzada por Washington después de su estrepitosa derrota en Mar del Plata, cuando George Bush vio impotente cómo se hundía el Alca.
Ocurrió lo contrario, sin embargo. El cónclave de ministros en Buenos Aires no sólo ratificó y amplió el Mercosur, sino que abrió la posibilidad de que en la próxima cumbre, el 21 de julio en Córdoba, Argentina, se replantee la estrategia general de este ente regional e incluso se sume un miembro más: Bolivia. Es esta misma dinámica la que asegura un esfuerzo adicional –que como se verá utiliza más de un recurso– del Departamento de Estado para intentar torcer otra vez la dinámica de los acontecimientos: en la primera quincena de junio las presiones se redoblarán sobre el gobierno de Tabaré Vázquez para que Uruguay firme un TLC y pase, como indicaba Lavagna cuando advertía sobre el peligro de que Venezuela ingresara al Mercosur, de miembro pleno a miembro asociado. No hay espacio aquí para someter a la prueba de los hechos la argumentación del ex ministro, ahora pre-candidato a presidente. Pero se puede entender mejor la dinámica general si se tiene en cuenta lo que está ocurriendo en el mismo momento en que se redactan estas líneas: Chávez arriba a Ecuador, invitado por el presidente Alfredo Palacio, quien luego de un fallido intento por firmar un TLC, tras una oleada de movilizaciones de masas, un conflicto con una empresa petrolera y el consecuente bofetazo del gobierno estadounidense que elevó sus exigencias para firmar el acuerdo, acudió a pedir ayuda a Venezuela para refinar petróleo por fuera del perverso mecanismo que le hacía exportar crudo para importar combustible. La empresa petrolera venezolana (Pdvsa) hará de ahora en más las cosas de manera diferente: refinará el petróleo ecuatoriano y lo devolverá a origen, cobrando sólo el costo del proceso.

 

Otra batalla

Al mediodía del 26 de mayo el avión de la Presidencia de Venezuela aterrizaba en el aeropuerto de Chimoré, en El Chapare, corazón del trópico cochabambino en Bolivia. El dato no tendría relevancia si no fuese por un detalle: la pista de aterrizaje fue construida por Estados Unidos para operar desde allí sus fuerzas represivas disfrazadas tras la lucha por la erradicación de la coca.
Antes habían llegado allí el presidente Evo Morales, el vicepresidente Alvaro García Linera y varios ministros. El alcalde de Chimoré y otros funcionarios tuvieron dificultad para ingresar a la pista de aterrizaje, rodeada por una multitud ansiosa por saludar a los dos mandatarios. Difícil describir en poco espacio el fervor, el universo de esperanzas pintado en las miradas de esa multitud que luego se prolongaría a la vera del camino en los doce kilómetros hasta Shinahota, donde se haría el acto público.
Allí, ante decenas de miles de campesinos, obreros, jóvenes y niños con sus guardapolvos escolares, hablaron Chávez y Evo. Lo menos importante fue el anuncio de los acuerdos de integración que se firmarían horas después en el Palacio Quemado, en La Paz (ver recuadro), o incluso la entrega simbólica de una de las 520 computadoras con conexión a internet que donó el gobierno venezolano a 52 escuelas de la zona. Lo que ocurrió en Shinahota podría dejar sin aliento a un académico de las ciencias políticas: en sendos y prolongados discursos, bajo un sol ardiente y con la multitud concentrada en los conceptos y los programas de acción que se les presentaba, Chávez y Evo describieron la situación mundial, explicaron en detalle el cuadro político suramericano, las bases conceptuales y programáticas del Alba, la convergencia estratégica de Cuba, Venezuela y Bolivia, el significado de la Asamblea Constituyente y la inminente amenaza golpista de Estados Unidos contra el gobierno del Movimiento al Socialismo.
Chávez fue explícito: la embajada estadounidense está susurrando en los oídos de militares bolivianos. Acudió al acto con altos jefes militares venezolanos, como los generales Raúl Baduel, titular del Ejército, y Julio Quintero Viloria, comandante de las Fuerzas de Reserva, proyecto de pueblo en armas. Chávez sostuvo que si ocurriera un golpe como en Venezuela en 2002, todo el pueblo boliviano debería salir a defender la institucionalidad. Y explicó con todo detalle por qué la Asamblea Constituyente debía ser plenipotenciaria y por qué era imprescindible una gran movilización nacional para que la fuerza encolumnada con Evo Morales ganara por abrumadora mayoría en las elecciones constituyentes del 2 de julio próximo.
Apenas horas, después, en el bello salón de actos del Palacio Quemado y ante otra audiencia, el presidente venezolano fue todavía más explícito: hay una conspiración contra el gobierno. Si ocurriera un golpe, sangre venezolana correría otra vez, como hace doscientos años, en Bolivia. Evo fue más allá y explicó, desde la sede del gobierno nacional, que al bloque constituido por Cuba y Venezuela, ahora se sumaba Bolivia. Con el tono llano, firme y profundo de un líder indígena que asume la realidad del mundo contemporáneo y se mueve en ella con la seguridad de quien sabe adónde va, Evo Morales desplegó el plan de acción de su gobierno, explicó la significación estratégica de los 13 acuerdos que firmaban ambos mandatarios, hizo público que informes de inteligencia aseguraban la existencia de una conspiración golpista y adelantó la necesidad de tomar el poder mediante la Asamblea Constituyente. Antes, el vicepresidente cubano había resumido los fundamentos incuestionables de la crisis capitalista en el mundo y la región.
No son los discursos habituales en otras capitales de la región. El posibilismo, probadamente imposible, ha dado paso a un nuevo liderazgo y un nuevo programa. Y por supuesto enfrente está el gendarme desplegando sus prácticas intervencionistas, antidemocráticas, apoyadas ya primordialmente en proyecciones belicistas.
Para sorpresa de muchos, al día siguiente se supo que Chávez prolongaba su estada en Bolivia y el domingo 28 realizaría su habitual programa Aló Presidente desde Tiwanaku, la ciudad sagrada de la más remota civilización aborigen en América. Sólo en los altos círculos del gobierno se sabía por entonces que desde la embajada estadounidense y con respaldo de sectores oligárquicos bolivianos, se preparaba para ese fin de semana una sublevación policial en La Paz, apuntada a prologarse con una rebelión en Santa Cruz. A la par de las denuncias públicas de Evo y Chávez, llegó a las manos apropiadas un listado con los nombres, cargos y ubicación de altos mandos policiales y militares involucrados en la intentona. La prueba de que estaban al descubierto disuadió a los conspiradores. Al menos en la fecha prevista, sábado 27 y domingo 28, no osaron dar el zarpazo.
Para rematar, durante el Aló Presidente el comandante general del Ejército Boliviano, general Freddy Bersatti, tomó la palabra e hizo un anuncio explosivo: el 6 de junio de 2005, cuando estaba a punto de caer, el ex presidente Carlos Mesa formuló dos propuestas alternativas: entregar el gobierno a una junta militar, o disolver el Congreso y mantenerse en su cargo con respaldo de las fuerzas armadas. Bersatti aseguró que desde su puesto de jefe del Colegio Militar enfrentó al alto mando, que apoyaba la posición de Mesa (a su vez indicada por la embajada estadounidense). Y completó su intervención asegurando que su posición institucionalista y democrática seguiría siendo invariable.
Luego y sin respiro, incorporado Evo al programa transmitido en Venezuela y Bolivia por los respectivos canales oficiales y repetido a todo el mundo por Telesur, llegó otro anuncio. Chávez leyó fragmentos del discurso de Simón Bolívar con el cual presentó su proyecto de Carta Magna a los constituyentes bolivianos en 1825. Allí Bolívar propuso una Confederación Andina, que uniera a Colombia (por entonces conformada por Panamá, Venezuela, Colombia y Ecuador), Perú y Bolivia. Como de rayo, Morales dijo que ése era el programa para hoy, que la nueva Constitución boliviana debía afirmarlo explícitamente y que mientras los pueblos se daban los gobiernos que asumieran tales objetivos, Venezuela y Bolivia podían echar los cimientos de Confederación Andina que, además, revitalizara sobre bases sólidas los propósitos expuestos por la Comunidad Suramericana de Naciones. “No es otra cosa que realizar el Tawantisuyo en nuestro tiempo”, concluyó Evo, aludiendo a un antecedente ineludible: el movimiento que hacia 1438 se expandió desde el corazón de la Cordillera de los Andes y con centro en el Cuzco, plasmó un proceso de expansión cultural, económico y militar que abarcaría lo que hoy se conoce como Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile y Argentina.
Sin contener la emoción, un veterano luchador presente en ese acontecimiento singular confesó a América XXI: “no sólo hemos abortado el golpe; aquí está la columna fundante del futuro latinoamericano. Estamos tocando la Historia pasada y podemos sentirnos parte de la Historia futura”.
A pocos metros la Puerta del Sol registraba con milenario rigor científico la caída de un día memorable.
Enviado especial a Bolivia

el difícil arte de enhebrar un frente mundial antimperialista

Recado a Europa

PorLBenAXXI

 

Carlos Lage, Evo Morales y Hugo Chávez ocupan la tribuna ante un inmenso salón colmado. La mayoría de los asistentes son jóvenes, venidos desde diferentes países de la Unión Europea. El acto se desarrolla en Viena, la bella ahíta, bucólica, indiferente capital austríaca. Fuera del recinto, una multitud se acomoda ante pantallas que transmitirán las palabras del vicepresidente de Cuba y los presidentes de Bolivia y Venezuela, quienes rendirán cuenta de lo ocurrido el día anterior, 12 de mayo, en la Cumbre de la Unión Europea con América Latina-Caribe, presuntamente un encuentro de integración birregional.
En el aire vibra una onda invisible que exalta los espíritus. Se percibía lo mismo en sendos actos donde concurrió Chávez en las dos noches anteriores, uno en la Universidad, para una abigarrada y expectante multitud de profesores e intelectuales; el otro en una vieja fábrica abandonada, recuperada por jóvenes contestatarios y transformada en centro cultural, que por una noche abandonan sus actividades habituales y, desbordando toda previsión, acuden a escuchar al presidente venezolano.
Lage, Evo y Chávez repiten lo que se les escucha en sus intervenciones habituales. Pero la contundencia demoledora del vicepresidente cubano, la honda, simple e implacable verdad del indígena boliviano ahora líder de un pueblo, el fuego inspirado e inspirador del revolucionario venezolano, suenan de manera diferente en aquellos escenarios. Un mensaje a la vez esperado e imprevisto, cruza el Atlántico desde América Latina y llega a Europa sin maquillaje ni subterfugios: el sistema capitalista mundial está en crisis, no puede sostenerse, es preciso actuar para salvar la humanidad, puesta en peligro por la irracionalidad descontrolada de un mecanismo diabólico basado en la búsqueda del lucro y el consumismo enajenado; es preciso evitar la guerra y detener el saqueo. Y nada de esto puede ser alcanzado sin recuperar el significado profundo de una palabra olvidada en la vieja Europa: Revolución.

 

Dos mundos

No se trata de un micromundo extrapolado para ocultar la realidad. Por el contrario: es la realidad que pugna por emerger e imponerse al pesado manto de hipocresía, cobardía y decadencia en todos los terrenos que domina el escenario político europeo, cuyo horizonte intelectual ha quedado limitado a la formación de gerentes capaces de manipular montañas de dinero, vender más teléfonos celulares, televisores, automóviles, o lo que sea que permita absorber trabajo ajeno y acumular riqueza.
Frente a ese prototipo de ejecutivo al que el sistema le ha arrancado el alma, esos gerentes de marketing ahora calzando trajes de jefes de Estado, el nuevo liderazgo de América Latina, con su llamado a la Revolución, se abre paso en la conciencia y los corazones de las juventudes europeas.
No es fácil enhebrar un frente de todos quienes, por razones a menudo opuestas, ven con aprensión el curso del planeta. Aparte los alineados sin disfraz con el sistema, abundan quienes aportan indicaciones de “sensatez”, a la vez que otros se ven a sí mismos como profesores de la revolución cuya misión es influenciar a quienes han tomado la vanguardia. Pero entre todos sobresalen jóvenes visceralmente opuestos al mundo en que viven, a la búsqueda de una alternativa raigal. Había que verlos cuando en una magnífica noche de luna, en la antigua ciudad imperial, a orillas del Danubio y a pocos metros del lugar donde se apagaba la deslucida, infértil reunión de presidentes y jefes de Estado, tras resumir la situación del mundo y la respuesta que no había dado la cumbre, Chávez los invitaba a empuñar la antorcha de la conciencia y salir a incendiar la pradera.
Y no fue un momento, un lugar: antes Chávez había estado en Roma y el Vaticano, y al día siguiente Evo estaría en París, mientras el presidente venezolano producía un terremoto político en Londres.

 

Cercar al imperialismo, impedir la guerra

A diferencia de las innumerables reuniones que Chávez mantuvo en la gira que en diez días lo llevó de Roma a Viena, Londres, Argel y Trípoli, su encuentro con el papa Benedicto XVI fue a solas y hermético. Pero a nadie cupo dudas que el centro de la entrevista fue la amenaza de un inminente ataque estadounidense en Irán, programado con armas atómicas. Días después, durante su visita al campo de concentración de Auschwitz, el Papa exclamó, para sorpresa del mundo: “¿Por qué, Señor, has callado? ¿Por qué has podido tolerar todo esto?”. Alguien bromeaba con seriedad comentando esa insólita expresión: “Chávez lo puso en crisis al Papa”.
Chanzas aparte, lo cierto es que el presidente venezolano atravesó Europa con un objetivo inequívoco: anudar el mayor arco de alianzas posible para detener la mano asesina de la Casa Blanca. Sólo que en el empeño, apareció con fuerza inusitada aquella realidad sepultada de Europa, plasmada no sólo en las juventudes del más amplio arco ideológico imaginable, sino en las propias estructuras políticas de la cuna del capitalismo, Gran Bretaña, adonde acudió invitado por el alcalde de Londres Ken Livingston y medio centenar de congresistas del Partido Laborista, en medio de un durísimo enfrentamiento con el primer ministro Anthony Blair.
Hace bien la prensa comercial en ocultar lo ocurrido en el salón del Camden Town, al día siguiente en la Alcaldía de Londres y, horas después, en el mismísimo Westminster, bastión del parlamentarismo británico. La acogida fervorosa que ya no sólo las juventudes, sino líderes sindicales y cuadros políticos del añejo laborismo inglés le dieron a Chávez, sus gestos al escuchar conceptos claros y frontales respecto de la realidad mundial y el papel de los poderes centrales, son signos de un malestar profundo en la sociedad política europea, que busca un camino tras el desfalco moral llevado a cabo por quienes, con banderas supuestamente progresistas, asumieron en las dos últimas décadas el programa anticrisis del capitalismo.
Cuba, Venezuela y Bolivia, tres revoluciones que están dando vuelta como un guante la realidad suramericana, llevaron su mensaje a Europa. Y éste cayó como lluvia fresca tras una sequía que pudo parecer eterna.

seis cumbres en dos semanas; colapso de la can; crisis del mercosur

Un volcán político sacude el mapa suramericano

PorLBenAXXI

 

Aceleración: el 19 de abril en Asunción un insólito cónclave presidencial detonó un maratón de reuniones cimeras: Lula y Kirchner el 25 en San Pablo; ambos presidentes más Chávez al día siguiente, también en la capital paulista; Vázquez y Fox el 26 en México; Evo, Fidel y Chávez el 28 en La Habana. Y luego Vázquez y Bush el 4 de mayo en Washington. Mientras tanto estallaba la CAN y el Mercosur parecía incapaz de resistir a la eclosión de  conflictos cruzados. Ritmo no apto para cardíacos ni para columnistas encolumnados, revela sin embargo una lógica consistente, inaugura un período de drástica recomposición en la geografía política hemisférica y deja a la vista un saldo provisional: en la batalla entre el Alca y el Alba, se desmoronan los cimientos del intento estadounidense mientras gana espacio y cobra fuerza la propuesta asumida ahora formalmente por Cuba, Venezuela y Bolivia.

 

Llegó el momento. Fuerzas subterráneas, tan poderosas como difíciles de percibir e interpretar, salen a la superficie. Es sólo el comienzo, pero como en los primeros signos de la erupción de un volcán, cunde el pánico y el primer acto reflejo es huir. Hacia cualquier lugar.

No deja de ser un espectáculo divertido observar el espanto en ciertas cancillerías del hemisferio. Y las reacciones espasmódicas de veteranos diplomáticos, como por ejemplo el embajador de Estados Unidos en Asunción, al día siguiente de una cumbre presidencial que, en sí misma, era un escándalo geopolítico: Bolivia, Paraguay, Uruguay y Venezuela con el canciller cubano como invitado. Escándalo no sólo por los participantes, sino en primer lugar por los ausentes: Evo Morales, Nicanor Duarte, Tabaré Vázquez, Hugo Chávez y Felipe Pérez Roque se reunían sin la presencia de los presidentes de Argentina y Brasil, Néstor Kirchner y Luiz Inácio Lula da Silva.

Como era de esperar, el centro de atención recayó sobre Chávez y sus denuncias a Estados Unidos por la labor conspirativa para torpedear la unidad suramericana. Desconcertado, Mr. James Cason accionó todos los medios para hacer sentir que no se invade su domicilio sin consecuencias (ver Presencia…). El esfuerzo tuvo sus frutos y el embajador apareció en diarios, radios y televisoras denostando al presidente venezolano, mientras repetía “siempre apoyamos la integración en América Latina, como integración física y si es comercio mejor” y negaba cualquier intervención de su país para exacerbar las tensiones del Mercosur. En cuanto a la cumbre que acababa de realizarse, el representante de George W. Bush dijo “me informé ayer, leyendo los diarios”.

Hasta un embajador estadounidense puede ser sincero una vez en la vida; a su modo Cason revelaba el verdadero significado político de esa reunión de presidentes: en medio de una contraofensiva exitosa Washington había perdido otra vez la iniciativa.

 

Contraataque fallido

Seis meses atrás, en Mar del Plata, el Mercosur ya integrado también por Venezuela sepultó el Área de Libre Comercio de las Américas (Alca) y humilló a Bush ante sus pares de todo el hemisferio. Inmediatamente después de ese trago amargo Estados Unidos lanzó una operación múltiple destinada a recuperar el terreno perdido. Y hasta la inesperada reunión de Asunción, venía lográndolo. La firma de TLCs (Tratado de Libre Comercio) con Colombia, Ecuador y Perú; exitosas operaciones encubiertas apuntadas a crear fricciones secesionistas en Venezuela y Bolivia; exacerbación de las disputas comerciales entre Brasil y Argentina; aumento del volumen en las críticas de Uruguay y Paraguay contra sus vecinos mayores y, sobre todo, la escalada fuera de control en el conflicto entre Argentina y Uruguay por la edificación de dos plantas productoras de celulosa, a la vez daban vida a un sucedáneo del Alca y desarticulaban al Mercosur, punto de apoyo de aquella convergencia de pesadilla para el Departamento de Estado.

Parecía llegada la hora de la estocada final y el restablecimiento de la hegemonía sin disputa. Hubo ostensibles movimientos en el damero diplomático del extremo Sur sólo explicables por la presunción de que la suerte estaba echada y era preciso reacomodarse. No faltaron traductores de papeles del Departamento de Estado –más conocidos como columnistas de la gran prensa– que proclamaron la victoria de Washington. Fue en ese momento que Evo Morales anunció la heterodoxa junta presidencial que, para debatir el tendido de un gasoducto desde Bolivia a Paraguay y Uruguay, reunía a los socios relegados del Mercosur en un marco diferente, del que participaba Venezuela como punto de apoyo técnico y financiero.

Extraña coincidencia: mientras ajenos a estos movimientos en el remoto Sur, el mercado mundial se estremecía por la suba de tasas del Tesoro estadounidense y el precio del oro se disparaba a las nubes, en Asunción ocurría un estallido geopolítico sin precedentes. El malestar de Uruguay y Paraguay con el Mercosur explotó en la capital guaraní. Y mostró una inequívoca dinámica de desintegración del bloque. Las intervenciones de los presidentes Vázquez y Duarte, los titulares rotundos de la prensa, las declaraciones de dirigentes políticos y sindicales de todo signo, no dejaron lugar a dudas. Por esas horas, además, trascendía el enojo de Brasilia y Buenos Aires por esta iniciativa que hacía trizas una tradición de dos siglos respecto del papel de ambos países en relación con sus vecinos subordinados. Simultáneamente estalló la Comunidad Andina de Naciones (CAN, integrada por Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia). Chávez anunció desde la cumbre que su país se retiraba del bloque andino. Con la firma de TLCs por parte de tres de los cinco miembros, explicó Chávez, “la CAN está herida de muerte. La mataron. No existe (…) Lo lamentamos mucho pero eso ya no sirve, lo destruyó el imperio”.

 

Desintegración o recomposición

A la inversa de lo que interpretó la mayoría de los observadores, sin embargo, en Asunción no se asistía a la desintegración de Suramérica; y Venezuela no estaba cumpliendo un papel rupturista. Por el contrario, con el apoyo al gasoducto Bolivia-Paraguay-Uruguay, esa base material de integración establecía otra vez una dinámica de convergencia. Claro que sobre bases diferentes. Y el enojo inicial de la Casa Rosada y el Planalto (comidilla de la chismografía ataviada de periodismo) no tendría las consecuencias imaginadas con ligereza. Desde Asunción, Chávez promovió una reunión para el día siguiente, jueves 20, en la zona de la Triple Frontera, con Kirchner y Lula. No fue posible con tal inmediatez, pero ocurrió a la semana siguiente.

Quienes alientan la interpretación del decurso político por los humores presidenciales, además de desinformar a la población, se impiden comprender los acontecimientos y prever su dinámica: Lula, Kirchner y Chávez ratificaron en San Pablo la decisión de construir el otro gasoducto proyectado, el que con un tendido de Norte a Sur desde Venezuela y ensamblado con el que va de Oeste a Este desde Bolivia deberá unir estructuralmente a Suramérica en torno al factor clave del mundo contemporáneo: la energía.

La combinación de un sistema de integración energética y decisión política (ver Infraestructura…) constituye una fuerza poderosa, que en medio del estallido de tendencias centrífugas restableció una dinámica de convergencia. La detonación de la crisis era inevitable, porque intereses económicos para muchos inapelables radicados en Brasil y Argentina chocan entre sí y a la vez ahogan a Uruguay y Paraguay. Ese Mercosur, creado por multinacionales para mejor succionar riquezas locales, aun cuando por exigencia de la crisis mundial se transformó en baluarte para la resistencia limitada frente a los centros imperialistas, está estructuralmente impedido de ser un eje de unidad suramericana. “Para que funcione –dijo Chávez con una feliz metáfora– debe ser formateado”. En rigor, además de recuperar virgen la base de su valor originario –la convergencia de sus componentes– el Mercosur debería cambiar incluso el nombre. Porque el mercantilismo no es el motor adecuado para el proyecto de unión suramericana.

 

Nuevas bases para la unidad

Como quiera que sea, lo cierto es que al compás del estallido de Asunción comenzó la recomposición de otro tipo de unidad. Aún en ciernes y con formidables obstáculos por delante, esta confluencia tiene otros vectores y diferentes relaciones de fuerzas internas. Si al cabo plasma, los países de menor envergadura geográfica y económica no serán mero territorio de disputa para beneficio de los más grandes. La comprensible reserva de Lula y Kirchner tras la reunión de San Pablo dio lugar a especulaciones e infundios; pero nadie se atrevió a sostener que el resultado era la reversión de la dinámica de convergencia entre los tres países de mayor peso en Suramérica, ni que el saldo era favorable a Estados Unidos. Rumbo hacia el Norte, Vázquez aprovechó su escala en México para aclarar que Uruguay no se va del Mercosur. Esta página cierra antes de la reunión del mandatario uruguayo con Bush; pero no hay duda sobre el resultado: Uruguay no será arrastrado al proyecto timoneado por Washington y si Estados Unidos redobla la presión para continuar utilizando a ese país en su papel tradicional de Estado tapón, lo que obtendrá será una inesperada radicalización de Uruguay en sentido contrario.

Del mismo modo, es conjeturable que a partir de ahora las declaraciones de la presidenta chilena Michelle Bachelet –subrayadas en la edición anterior de América XXI– a favor de ingresar al Alca, pudieran morigerarse y aun girar en redondo: Chile tiene una perentoria necesidad energética que no puede resolverle el proyecto anexionista estadounidense. Fenómenos análogos se verán en Perú y Ecuador e incluso en Colombia. La guerra, claro, no ha terminado; pero Estados Unidos perdió otra batalla.

 

Clave en La Habana

El volcán que sacudió el mapa geopolítico en la segunda quincena de abril tuvo su punto culminante en La Habana. En el primer aniversario de la fundación del Alba, hasta ahora conformado por Cuba y Venezuela, se sumó formalmente Bolivia. Es una instancia superior, diferenciada pero inseparable, en el proceso de convergencia suramericana. Los datos del primer año de vida de la antítesis del Alca son elocuentes. Como señaló Fidel en el acto público de clausura, el viernes 29, Cuba y Venezuela fueron las naciones latinoamericanas de más alto crecimiento en 2005, con el 11,8% y el 9,3% respectivamente. En diciembre de 2004 el acuerdo comenzó con 199 proyectos por un total de 874,6 millones de dólares, pero durante 2005 el intercambio bilateral de bienes y servicios llegó a los 2.400 millones de dólares. Contra todo lo dicho, en las exportaciones venezolanas prevalecieron las no-petroleras, con un crecimiento del 255%. Con la ayuda cubana Venezuela pudo ser declarada en noviembre último como territorio libre de analfabetismo. La Misión Milagro resultó en que 220.571 pacientes de bajos recursos de 25 países de la región, el mayor número de ellos venezolanos, recuperaran o mejoraran su visión sin gastar un centavo. Tres mil 328 jóvenes venezolanos estudian Medicina en Cuba y en 2006 esa cifra llegará a 10 mil. Aún antes de sumarse formalmente, Bolivia ya siente los efectos del Alba: hay allí 44 asesores cubanos y 18 venezolanos, para ayudar a organizar la campaña de alfabetización, además de asegurar sin costo dos mil paneles solares a instalar en parajes donde no llega la electricidad. Para afrontar el desastre provocado por recientes lluvias en aquel país, Cuba envió una brigada médica con 62 especialistas que han atendido a más de 410 mil pacientes y salvado la vida de 748 personas. Otros 105 médicos cubanos trabajan en Bolivia como parte de la Misión Milagro, en tres centros oftalmológicos abiertos con cooperación cubana y donde han sido atendidos 4.800 pacientes, enumeró Fidel, para explicar enseguida que hoy estudian en Cuba 4.512 bolivianos, pero pronto esa cifra crecerá también gracias a los recién firmados acuerdos del Alba.

Se trata de algo cualitativamente diferente a las discusiones de los fabricantes de autos, zapatos y heladeras disputándose a dentelladas el mercado del Cono Sur.

Evo Morales no fue sólo a sumarse a un acuerdo ya en marcha. Llevó a La Habana la propuesta de enfrentar los TLC con los TCP (Tratados de Comercio de los Pueblos). “Así como el Alba derrotó al Alca, el TCP tiene que derrotar al TLC”, dijo. Y acaso para responder a vanas especulaciones que pretendieron enfrentarlo con Chávez por la salida de Venezuela de la CAN, el presidente boliviano propuso cambiarle el nombre a ese bloque, manteniendo la sigla: Comunidad Antimperista de Naciones. Y comprometió al presidente venezolano a regresar a esa CAN.

Risas y aplausos pudieron dar lugar a una errónea interpretación: es en esa dirección que marcha Suramérica.

 

Enviado especial a Asunción y Montevideo

 

Reivindicación de la política

PorLBenAXXI

 

Tres acontecimientos del último mes resumen la coyuntura: primeros pasos de un drástico realineamiento en Suramérica; incorporación de Bolivia al Alba y acuerdo firmado por Evo Morales, Hugo Chávez y Fidel Castro en La Habana, para llevar a cabo un plan de acción que rompe el molde capitalista de relación entre naciones; la orden dada por George W. Bush al director nacional de inteligencia, John Negroponte, para que con las 16 agencias de espionaje a su cargo y un presupuesto de 40 mil millones de dólares anuales, aumente el número de agentes de espionaje y operaciones encubiertas en América Latina.
“Los ejes de preocupación (estadounidense) son varios: el presidente Hugo Chávez, la Triple Frontera, Cuba, los vínculos entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia y el narcotráfico, la porosidad de la frontera terrestre con México”, explicó con inusual despliegue el diario La Nación, de Argentina. En honor a la verdad, la precisión y la síntesis, podría decirse de otro modo: las democracias tuteladas ya no le sirven a Washington, que cambia la estrategia y apela a la violencia como último recurso.
En rigor, ese viraje estratégico lo dio el Departamento de Estados después de que la hipócrita bandera de la democracia cayó de sus manos con el fracaso del golpe contra la Revolución Bolivariana, en abril de 2002. El hecho es que ahora la Casa Blanca admite públicamente que multiplica los ejércitos de espías y provocadores que desde siempre actúan encubiertos en todos los ámbitos (prensa, partidos, sindicatos, asociaciones civiles, etc).
No cuenta en ese presupuesto el costo de los ejercicios militares conjuntos realizados por la marina de guerra de Estados Unidos con efectivos de República Dominicana, ni la posterior gira de una escuadra encabezada por el portaaviones de propulsión nuclear George Washington, que incluyó al crucero Monterrey, el destructor Stout, la fragata porta-misiles Underwood y 6.500 soldados. Será “una ocasión para prestar atención a la zona”, declaró el general de brigada Kenneth J. Glueck, jefe del estado mayor del Comando Sur. El citado despacho de La Nación precisó la idea: “Aviones, barcos, satélites y radares móviles fueron desplegados por el Caribe para monitorear, entre otras tareas, las rutas clandestinas que usan las avionetas que trasladan droga”.

 

Política por otros medios

Como en Irán, Washington prepara su escalada bélica planetaria. Está a la vista que el descontrolado déficit gemelo que corroe las entrañas de la economía estadounidense no impide este despilfarro demencial: 40 mil millones anuales para espionaje. Del mismo modo carece de fundamento la esperanza de que la Casa Blanca no abrirá otro frente de guerra porque se hunde día a día en Irak. Zbigniew Brzezinski dice en su último libro: “La capacidad para intervenir rápida y decisivamente es más importante para la seguridad estadounidense que la insistencia (un tanto teórica) de algunos planificadores militares en que Estados Unidos mantenga la capacidad suficiente para implicarse en dos guerras locales (de duración indeterminada) al mismo tiempo”. El alter ego de James Carter aboga por la decisión rápida, es decir, el uso de armas atómicas. Ahora que un imprevisto Caballo de Troya sacude el entramado político doméstico, con la entrada en escena de millones de inmigrantes, los jefes imperialistas serán menos reflexivos ante lo que sientan como amenaza en cualquier parte del mundo. A la vez, acelerarán en una dirección ya adoptada: el estrechamiento de las libertades democráticas y los derechos civiles dentro de Estados Unidos.
Es preciso mirar de frente esta realidad. Y entender en toda su dimensión la necesidad de pugnar por la convergencia suramericana, que a la vez que se profundiza en el sentido demostrado por Cuba, Venezuela y Bolivia con su trascendental acuerdo, asume banderas unificadoras de miles de millones de seres humanos en todo el planeta: paz y democracia. Basta ver el manifiesto de 1800 científicos contra la utilización de bombas atómicas para confirmar el enorme potencial educativo y aglutinante que tienen estas consignas.
Pero tal estrategia requiere un rescate de la política. Convertida en sinónimo de trampa y latrocinio, reducida a variantes de la argucia y enaltecida con el calificativo de pragmática, desde hace más de un cuarto de siglo la política se transformó en mala palabra. Fue rechazada por las mayorías y puesta al margen por quien debiera ser su musa mayor: la juventud. No podría minimizarse la contribución que para semejante desenlace se hizo desde las izquierdas. Es hora de acabar con eso. El pensamiento político riguroso, la integridad moral, la audacia revolucionaria, con cimas como Bolívar, Martí, el Che, reaparecen en el nuevo escenario latinoamericano. Encarnados en nuevos líderes y en ideas que no tienen edad, esos valores deben ser enarbolados de manera intransigente. Porque la democracia y la paz, en este difícil momento de la Historia, sólo pueden ser alcanzados acorralando y venciendo al imperialismo. Y dando paso al socialismo del siglo XXI.

Rediseño del mapa suramericano

porLBenLMD

 

La imprevista reunión, a finales de abril pasado en Asunción, entre los presidentes de Uruguay, Paraguay, Bolivia y Venezuela, seguida de otra en San Pablo, de la que participaron los de Argentina, Brasil y –una vez más– Venezuela, suponen un punto de inflexión en la historia del Mercosur y de la Unión Suramericana. Hugo Chávez asume el protagonismo ideológico y ejecutivo ante las vacilaciones de los demás.

 

Siete años atrás el Dipló adelantó que la brújula suramericana había girado para fijar un nuevo eje, con apoyo en Caracas y Brasilia, que cambiaría por completo el rumbo de la región(1). Algunos años después, la aguja dio un salto brusco y Buenos Aires pasó a ser también un soporte del eje gravitante desde entonces sobre la totalidad del sub-hemisferio, que arrastraría incluso a aquellos países y gobiernos explícitamente opuestos a los postulados y perspectivas de esta novedad geopolítica. La creación de la Comunidad Suramericana de Naciones y el ingreso de Venezuela al Mercosur comenzaban a dar carnadura al nuevo proyecto(2). El Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) cayó demolido durante este vertiginoso período. Pero a partir de allí un impulso contrario proveniente del Norte se introdujo en el complejo juego de fuerzas regionales. Uno de los instrumentos de esa cuña poderosa fueron los Tratados de Libre Comercio (TLC) impuestos por Estados Unidos a países suramericanos, aunque no faltaron las presiones extremas del Departamento de Estado ni las acciones conspirativas de la CIA. Era la contraofensiva de Washington, que en Mar del Plata, en la Cumbre de las Américas, había sufrido una humillación intolerable. La brújula comenzó a oscilar sin sentido; el movimiento centrípeto se descompuso; la dinámica de convergencia se convirtió en lo contrario.

 

 Una dinámica diferente

La cumbre de Presidentes que el pasado 19 de abril reunió en Asunción a Nicanor Duarte Frutos, Evo Morales, Tabaré Vázquez y Hugo Chávez, con la inédita composición que supone el encuentro de Paraguay, Bolivia y Uruguay con Venezuela, sin Brasil ni Argentina, puede ser tomada como quiebre definitivo de aquel eje de convergencia. O, a la inversa, también puede ser interpretada como punto de partida para una dinámica diferente, basada no ya en tres gobiernos, sino en un polígono de fuerzas que, sin desechar aquella base de sustentación, se proyecta sobre planos de naturaleza diferente: países de menor envergadura, gobiernos provinciales y movimientos sociales.

Como quiera que sea, lo cierto es que en Asunción ocurrieron tres acontecimientos llamados a conmover los cimientos del cuadro geopolítico regional y la estrategia de todos sus componentes: además de afirmarse un sub-bloque con países relegados hasta ahora en el rediseño del mapa hemisférico, Chávez anunció el retiro de Venezuela de la Comunidad Andina de Naciones (CAN) y, a la vez que ratificaba la importancia del Mercosur, dijo aquello que todo el mundo sabe: «el Mercosur debe ser ‘formateado’ para que funcione, porque nació bajo la sombra del neoliberalismo y tiene problemas para trabajar como instrumento de integración; (…) el neoliberalismo y el capitalismo no son elementos de integración, sino de desintegración»(3).

 

 «Urupabol» más Venezuela

En la década de 1970 hubo un efímero intento de trazar una línea que conectase Uruguay, Paraguay y Bolivia. Se lo llamó Urupabol y no prosperó. Ahora, la capacidad gasífera de Bolivia y la amenazante situación energética mundial (Sarkis, pág. 14) le dan un nuevo impulso, que aparece realizable por el hecho de que Venezuela podría aportar capacidad técnica y financiera para respaldar la construcción de un gasoducto que una a los tres países.

Es una suma inesperada. Y además integra un factor que cambia el signo de la ecuación: Chávez actúa en función del programa estratégico denominado ALBA (Alianza Bolivariana para los pueblos de América), cuyo deus ex machina es la complementariedad solidaria, en un proyecto de integración suramericana no amarrado a transnacionales y grandes grupos económicos. Venezuela no busca rédito económico con este movimiento estratégico que cayó como un rayo sobre los socios mayores del Mercosur; lo que busca -y obtiene- es rédito político. Con prescindencia del interés que mueve a cada uno de los tres gobiernos del Cono Sur (y no hace falta decir que están claramente diferenciados), se establece un nuevo centro de gravitación que no busca confrontar con Argentina y Brasil, pero les hace sentir que deben ser tenidos en cuenta. La dinámica cambia por el simple hecho de que no está ya sujeta a la voluntad de Buenos Aires y Brasilia, que han llevado a límites por demás mezquinos y poco inteligentes su escasa consideración hacia los dos socios de menor envergadura en el Mercosur. Basta observar la discusión sobre la posibilidad de que el gasoducto se convierta en hidrovía entre Paraguay y Uruguay para comprobar hasta qué punto ha llegado el rechazo a los vecinos hegemónicos: se trata de que el gasoducto no toque territorio argentino ni brasileño.

 

 Los TLC matan a la CAN

Estados Unidos ganó varios puntos en su arremetida post-Mar del Plata. Esgrimiendo TBI y TLC (Tratados Bilaterales de Inversiones y de Libre Comercio), consiguió clavar cuñas importantes no sólo en aquellos países de antemano subordinados a su voluntad anexionista a través del ALCA. Sin embargo, cada victoria tuvo costos enormes, inmediatos y de mediano plazo. En Ecuador la firma del TLC levantó una oleada de movilizaciones masivas que difícilmente dejará de traducirse en las próximas presidenciales del 15 de octubre. En Perú, el descarado gesto de Alejandro Toledo, que se abrazó con George Bush y luego firmó el TLC en medio de la campaña electoral que designará a su sucesor, contribuyó en no poco para que el candidato anti-establishment se alzara con la mayoría en la primera vuelta. Y hasta en Colombia, donde no se esperan cambios dramáticos, grandes capas medias de agricultores y comerciantes que se saben afectados por el TLC han girado su preferencia electoral y, en detrimento de Alvaro Uribe, pasan a engrosar el previsto caudal de un recientemente formado frente de izquierdas. Pero nada de esto es comparable con el imprevisto golpe sobre la mesa que dio Chávez en el inmejorable escenario ofrecido por la cumbre de Asunción: Venezuela se va de la CAN y ésta, irremediablemente, ingresa en la fase final de su decadencia: «La Comunidad Andina de Naciones está herida de muerte y hoy puedo decir que está muerta. La mataron. No existe. Venezuela se sale de la Comunidad Andina. No tiene sentido. Hay que hacer otra cosa», dijo Chávez a los Presidentes reunidos. Y ratificó que esa decisión era irrevocable: «no hay marcha atrás. (…) Lo lamentamos mucho, pero eso ya no sirve, lo destruyó el imperio»(4).

De inmediato, la ministra venezolana de Industrias Ligeras y Comercio (Milco), María Cristina Iglesias, ofreció argumentos de naturaleza estrictamente económica: «bajo la tutela ejercida de los TLC sobre la CAN tendríamos inmediatamente desregulaciones de mercado que implican abrir a importaciones que vendrían trianguladas a través de Colombia, pero procedentes de Estados Unidos»; y agregó: «salir de la tutela de esos concentrados de malignidad que son los TLC es absolutamente saludable para la industria nacional»(5).

No menos contundente fue la argumentación del canciller venezolano Alí Rodríguez, quien detalló los efectos negativos de los TLC: «la flexibilización laboral que desmejora al trabajador, nuevos fenómenos de concentración de capital, renuncia del Estado a la generación de políticas públicas, daño al desarrollo agrícola autónomo por la entrada de productos altamente subsidiados y bloqueo del desarrollo endógeno que impulsa Venezuela»(6).

Contra quienes imaginaron una impensada decisión circunstancial de Chávez, Rodríguez anunció de inmediato la decisión a la Unión Europea en Bruselas, mientras Iglesias informaba que a partir del lunes siguiente se iniciarían reuniones de trabajo con los sectores productivos del país y se programaría una agenda de reuniones bilaterales con las otras naciones de la CAN, para analizar la posible firma de tratados en el marco de la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI). La primera de estas reuniones tratará sobre el sector automotor.

El país que se verá más afectado por la decisión venezolana será Colombia, que exporta unos 2.000 millones de dólares anuales a Venezuela y sólo le compra por alrededor de 1.000 millones de dólares. Las exportaciones de Venezuela a los otros tres países (Perú, Ecuador y Bolivia) ascienden a unos 800 millones de dólares y sus importaciones a más de 500 millones de dólares. El comercio intrarregional de la Comunidad Andina asciende a 8.000 millones de dólares, de los cuales la mitad corresponden a exportaciones de Colombia. De allí la perplejidad y los lamentos en Bogotá, Lima y Quito.

Chávez, quien gusta repetir que «la política va adelante», se vale de la economía para llevar a cabo el proyecto «bolivariano», precisamente porque tiene y ejecuta un plan político.

 

 Mercosur formateado

Mientras hacía estos anuncios en Asunción, el Presidente venezolano intentó una reunión con sus pares de Brasil y Argentina al día siguiente, jueves 20, en Iguazú. Se trata de la reunión que debía llevarse a cabo en Mendoza un mes atrás, en coincidencia con el viaje que los Presidentes debían hacer para asistir a la asunción de Michelle Bachelet en Chile, destinada a avanzar sobre el proyectado gasoducto que atravesará de Norte a Sur el sub-hemisferio y se proyecta como eje material de integración económica y política. Al parecer por problemas de agenda, Néstor Kirchner demoró la respuesta hasta que, por fin, anunció que le resultaba imposible. De todos modos, un día después convino con Chávez y Lula un encuentro la semana siguiente en Brasilia (ver recuadro).

De la anécdota se pueden extraer muchas interpretaciones, pero el hecho es inequívoco: cuatro Presidentes se reunieron en Asunción y tres en Brasilia con una semana de diferencia, en ambos casos en torno de un proyecto de integración suramericana cuyos contenidos, lejos de contraponer a los seis países involucrados, los impulsa hacia la convergencia.

El dato nuevo es que esta dinámica, ya vigente desde hace más de un lustro, tiene bases nuevas: es la ratificación de un «Mercosur formateado», es decir, puesto a cero para recomenzar sobre terreno limpio. Es improbable que Argentina y Brasil quieran y puedan negarse a tal empresa. En Uruguay y Paraguay la confrontación con los socios mayores no podría ser más beligerante. Enfrentados entre sí en todo y por todo, los medios de prensa paraguayos tuvieron una única voz para expresar ese álgido estado de ánimo, con titulares estridentes: «Presidentes expresaron malestar por trabas de los socios del Mercosur»(7); «Los países chicos se rebelan contra Brasil y Argentina»(8); «Tabaré fustiga a sus dos vecinos»(9); «Acuerdo con Uruguay y Bolivia tiene fórmula inversa al Mercosur»(10). Ganada por el espíritu atípico de la reunión, la canciller paraguaya Leila Rachid afirmó que el acuerdo consiste en «una nueva fórmula de integración: integrar a los países sobre sus recursos naturales, bajo su propia soberanía y territorialidad»(11), aunque luego morigeró sus palabras y aclaró: «esto no es una fórmula alternativa al Mercosur»(12).

Es pues evidente que en este clima, un paso errado de Itamaraty o del Palacio San Martín provocaría daños imprevisibles en la construcción del Mercosur.

En cualquier hipótesis, la duda mayor está centrada en el curso de acción que tome el gobierno argentino, atenazado por un conflicto hasta el momento fuera de control con Uruguay en torno a las fábricas de celulosa. A este escenario se sumó la flamante Presidenta chilena, que introdujo definiciones nuevas para las relaciones de ambos países. El viaje de Michelle Bachelet a Buenos Aires fue precedido por la difusión de una propuesta inédita: «alianza estratégica» entre Chile y Argentina. Luego, al hacer el balance de su gira la primera magistrada sostuvo: «el Mercosur nos haría retroceder (…) por eso es que nosotros empujamos el ALCA»(13).

Insuficientes para cualquier interpretación sólida, estas declaraciones plantean como mínimo una incongruencia: consumar una alianza estratégica de Chile y Argentina rechazando el Mercosur y empujar el Área de Libre Comercio de las Américas con Argentina, el país que encabezó el rechazo a esa exigencia estadounidense en Mar del Plata. Aceptar en estos términos la oferta chilena supone para Kirchner girar en redondo y abandonar el Mercosur. Es más coherente suponer que se hará lo necesario para restañar heridas con Uruguay y reanudar el trabajo con el nuevo Mercosur.

  1. Luis Bilbao, «La revolución pacífica del comandante Hugo Chávez», Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, noviembre de 1999.
  2. Luis Bilbao, «En busca de un lugar en el mundo»,
    Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, diciembre de 2004; Luis Bilbao, «Luces y sombras ante la
    Comunidad Suramericana de Naciones», Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, enero de 2005.
  3. «Chávez pide ‘reformatear'», ABC, Asunción, 20-4-06.
  4. Ministerio de Comunicación e Información; Caracas, 20-04-06.
  5. Entrevista con el autor.
  6. Ibid.
  7. La Nación, Asunción, 20-04-06.
  8. Última Hora, Asunción, 20-04-06.
  9. Ibid.
  10. ABC, Asunción, 21-04-06
  11. Ibid.
  12. Última Hora, Asunción, 21-04-06
  13. Inés Capdevila, «Bachelet: el Mercosur nos haría retroceder», La Nación, Buenos Aires, 25-3-06.

Intervención de Luis Bilbao

porLBenCR

 

Buenas noches. Vamos a darle la clausura de esta introducción al seminario al compañero Eduardo Fuentes, que hablará en representación de lo que es, ha sido y seguirá siendo el gran faro en nuestro continente respecto de la cuestión central de este seminario: la construcción del socialismo o si lo queremos poner de otra manera, la abolición del capitalismo.

Realmente fue muy oportuno hacer este esfuerzo de organizar un seminario que se propone continental para pensar, debatir y elaborar el socialismo del siglo XXI. Cuando, como contaba el compañero, discutimos esto el 2 de marzo, pusimos como fecha mediados de junio (17, 18 y 19), lo realizamos en Montevideo; y entre la decisión de hacerlo y el momento en que lo hicimos se habían caído dos presidentes en América del Sur y estaba tambaleando un tercero, que todavía sigue tambaleando. Esperemos que no caiga; pese a todo tenemos que trabajar para que no caiga.

Luego, entre Montevideo y Buenos Aires los acontecimientos se han sucedido con una velocidad y una profundidad, que verdaderamente se entiende que a muchas personas les produzca vértigo. Me pregunto si hemos sacado todas las conclusiones respecto de lo que ocurrió en Mar del Plata. De manera que yo voy a centrar mi intervención en esto para que el día de mañana podamos extraer hasta lo último respecto de qué hacer después de lo ocurrido en Mar del Plata. Porque no se trata de un acontecimiento cualquiera; y no se puede dar cuenta de semejante acontecimiento sin apelar a todo el bagaje teórico y a toda la decisión militante que se supone reunimos en este conjunto.

Se fracturó el continente el 4 de noviembre. Se partió en dos. Si ustedes ven la última edición (número 11) de América XXI, mi nota editorial tiene como título “Acorralado, Bush embiste en el Cono Sur”. En esa editorial lo que hacía era detallar cómo Estados Unidos, después de 6 años de retroceder sistemáticamente en todo el hemisferio, de haber perdido la iniciativa política y de mostrar incapacidad para recuperar el control estratégico del hemisferio, había lanzado una campaña feroz que implicaba una cantidad de factores, pero que estaba centrada en torno de uno: la violencia. Cundo yo decía esto, tomaba como primer hecho de esa contraofensiva bélica, aunque tenía todos los demás elementos, un acontecimiento del cual hoy se cumple un año. Hoy en Venezuela están conmemorado un año del asesinato de un fiscal revolucionario, a quién le pusieron una bomba, lo hicieron volar por los aires, en la certeza de que era la gota que derramaba el vaso de la paciencia revolucionaria y lanzaba a la revolución bolivariana una cantidad de medidas que podrían haber sido tomadas precisamente como la provocación para continuar con el proyecto intervencionista-militar de Estados Unidos sobre Venezuela. Les falló. Era el 18 de noviembre de 2004.

Un mes y medio después hicieron otra provocación de dimensiones extraordinarias: secuestraron a un dirigente diplomático de la FARC en el centro de Caracas. Lo hicieron con un grupo de militares y paramilitares colombianos, y con un grupo de militares venezolanos. Era el intento de provocar una situación bélica ya no simplemente interna, sino con Colombia. Volvieron a fracasar y este fracaso fue todavía más grave (aunque no me referiré a eso esta noche).

Pero donde sí empezó Estados Unidos a hacer pié en su contraofensiva fue precisamente aquí, en el Cono Sur. ¿Cuáles fueron los instrumentos utilizados?

El militar, tal vez el más conocido, tuvo eje en Paraguay, con la decisión de hacer pública una base que tenían hace 20 años. Además comprometieron ostensiblemente al gobierno con la inmunidad para las tropas estadounidenses que están actuando y seguirán actuando durante todo el año en Paraguay, a 200 kilómetros de la frontera con Bolivia, y a muy poca distancia de la Triple Frontera.

Pero, hubo factores de otro orden, que constituían esa contraofensiva generalizada de Estado Unidos y que fueron menos visibles. Ustedes habrán leído con estupefacción el 2 de mayo pasado, cuando Clarín publicó un artículo firmado por el canciller argentino defendiendo el Alca, sabiendo además que ese artículo fue enviado desde Washington, dónde el canciller había hecho una reunión de embajadores para definir la política internacional de Argentina. Y mientras tanto se aceleraba lo que ya estaba resuelto pero de todas maneras debía replantearse en Uruguay, que era el Tratado Bilateral de Inversión, firmado por el presidente saliente en acuerdo con el presidente entrante, pero que sin embargo debía aprobar el parlamento. Esto formaba parte, entre otra gran cantidad de hechos que no voy a sumar para no agobiarlos, de una contraofensiva que tenía como objetivo restar a estos países del bloque objetivo que estaba conformándose en América del Sur, en contra de las decisiones centrales del imperialismo estadounidense.

Bueno compañeros, esa embestida en el Cono Sur fracasó el 4 de noviembre. Fracasó completamente después de tener éxito en sus pasos preparatorios. Nosotros tenemos que reflexionar sobre este punto; mucho y muy cuidadosamente. Propongo que éste sea uno de los temas de discusión en la cuestión estratégica de la transición.

Para quien vive en Argentina, en Paraguay, en Brasil o en Uruguay, esta descripción dramática que hace el compañero uruguayo de la situación en su país, no tiene dudas respecto de cuál es la naturaleza de los gobiernos que le dieron tamaño golpe al imperialismo. No tiene ninguna duda.

Ahora: fracasó la embestida. ¿Y qué quiere decir esto? Quiere decir que nosotros tenemos que recuperar el instrumental revolucionario, sobre todo en aquello que es su nudo, que es el método de pensar. El marxismo, si es algo, es la recuperación de lo más puro del pensamiento en la historia humana, que nació materialista y nació dialéctico, pero que en el siglo XIX con esas dos grandes cabezas revolucionarias, no solamente pensantes, que fueron Marx y Engels, toma la capacidad de reconocer la realidad en toda su cambiante contradicción.

El desenlace en Mar del Plata muestra a protagonistas que habían cedido frente a la embestida estadounidense, enfrentando al imperialismo en el momento en que pretendía consumar la contraofensiva. ¿Qué pasó para que, habiéndose entregado, en la reunión de presidentes tomaran la decisión de resistir?

Los estrategas de Estados Unidos no son tontos; son personas que, con todos los recursos del mundo, están en capacidad de medir milimétricamente cuál es la situación. Y ellos dijeron: en Mar del Plata, lanzamos el golpe, imponemos el Alca, aislamos a Venezuela, se terminó.

Luego estaremos en condiciones de invadir Venezuela, de invadir Cuba. Esto estaba en juego en Mar del Plata compañeros. No nos confundamos. Y la forma de hacer eso era la imposición del Alca. La preparación llevó tres años, particularmente los últimos dos. Recuerden que esta reunión en Argentina debía hacerse en 2004, pero se hizo un encuentro especial, fuera de agenda, en Monterrey, en febrero de 2004 para preparar este encuentro, ir minando el terreno y dar el remate. Fue una línea de acción estratégica, milimétricamente medida, y exitosa. Excepto en el norte del Sur, exitosa. Sin embargo, cuando vienen a dar el paso decisivo, se encuentran con algo completamente fuera de lo planeado.

El presidente Néstor Kirchner hace un discurso diciendo: “al Alca, no”. Kirchner; no Lenin. No sé si perciben la diferencia…

(Risas)

Kirchner hace un discurso diciendo “no al Alca” y el Mercosur se pliega: no al Alca. Quedaron tan desconcertados los estrategas y los empleados del imperialismo que se produjo una situación inmanejable en la propia Cumbre. Perdiendo todo sentido de la realidad inmediata el presidente Vicente Fox -el presidente de Coca Cola, entiéndanme-

(Risas)

…dice nada más y nada menos que ellos son 29 contra 5. Se acabó. Era precisamente lo que no debía decir. En primer lugar por el sentido del número; porque de esos 29 hay tres, son ellos, Canadá, Estados Unidos y México que obviamente quieren el ALCA. De los otros 26 hay más de 22 que no quieren saber absolutamente nada con el Alca, pero son países sin gravitación desde el punto de vista geográfico, el número de habitantes y el peso económico. Y por lo tanto en una circunstancia de tanta presión, de tanta violencia, como la que se dio en la cumbre (al punto que Kirchner, -otra vez, no fue Trotsky, sino Kirchner!- tuvo que decir que no le gustaba que lo patotearan, porque eso es lo que estaban haciendo); en tal situación estos 22, 24 países no pueden sencillamente votar en contra.

De hecho no votaron en contra ni a favor. Pero Fox los puso a todos como propios. Frente a eso el presidente Hugo Chávez les dijo: si somos democráticos, entonces hagamos un referéndum, país por país, a ver quién quiere el ALCA, desde Canadá hasta Argentina, quién quiere el Alca.

Se fue el señor Bush, se levantó y se fue. Después Chávez bromeaba en una conferencia de prensa, diciendo que se había ido con la derrota pintada en la frente. Y no hay duda. El papelón que han hecho no tiene nombre. Y tenían ganada la batalla…

Ahora, precisamente por eso es importante comprender la contradicción. Porque no son los gobernantes, no son los gobiernos, no son los partidos; es una fuerza que los maneja a ellos, que no les deja escapatoria, entre otras cosa porque ya han probada una conclusión muy clara, que nosotros decíamos y veíamos en el Seminario de Montevideo, cuando consideramos la caída de Mesa en Bolivia y la caída de Lucio Gutiérrez de Ecuador. ¿Por qué se cayó Lucio Gutiérrez? Porque se entregó a la voluntad imperialista. Y una vez que lo tienen… como señala un antiguo refrán: “Roma no paga a traidores”. Una vez que lo tienen, lo tiran. Y esto lo saben ahora todos los presidentes tentados a subordinarse: están entre la espada y la pared.

Creo que acá, en este punto, está el gran desafío para que una verdadera fuerza revolucionaria pueda pasar de la idea y los cuadros a la acción y a las masas. Porque esto se acelera. En este momento debía estar aquí para hablar después de mí y dar un panorama milimétrico de Venezuela, el embajador de Venezuela. ¿Por qué no está el embajador de Venezuela? Porque de pronto, después de la Cumbre en Mar del Plata, y en medio de una pelea de Kirchner con Fox que se prolongaría multiplicada por mil entre Chávez y Fox, el gobierno argentino le pidió de emergencia una audiencia al gobierno venezolano. Y allá se va Kirchner. Naturalmente el embajador venezolano tuvo que viajar también. ¿Qué irá a hacer Kirchner a Venezuela? Lean el diario la Nación, la desesperación de esta gente es para divertirse. Nosotros también tenemos derecho a la diversión. Lean La Nación, eso es diversión pura.

(Risas)

Yo creo que entonces el gran desafío del pensamiento revolucionario es ser capaz de recuperar una noción clásica, forjada en lo que fuera el laboratorio de ideas revolucionarias más poderoso en la historia de la humanidad, la III Internacional en sus cuatro primeros congresos. Son textos completamente desconocidos, desestimados por la mayoría de los cuadros. Pero ha llegado la hora de recuperarlos.

Crítica de Nuestro Tiempo publicó hace ya tres años los cuatro primeros congresos de la Internacional, para ponerlos en manos militantes precisamente como un instrumento, como parte de un instrumental imprescindible de los revolucionarios; para poder pensar la realidad no copiando aquello, sino tomando el ejemplo. Porque ¿qué era lo que resolvían los revolucionarios de comienzos del siglo XX reunidos en la III Internacional? La transición; los problemas de la transición. Estaba claro que el mundo se hundía en una crisis capitalista gravísima; la que llevaría a la II Guerra Mundial; y que estaba planteado el propósito y la posibilidad concreta, alcanzable, visible, de la revolución socialista; el derrocamiento del capitalismo en todo el mundo. Estaba planteado. Sería motivo de otro seminario discutir por qué eso no fue.

Pero lo cierto es que en esos cuatro congresos, los revolucionarios de todo el mundo, conducidos por los revolucionarios que habían obtenido una victoria y que estaban haciendo la primera revolución anticapitalista del mundo, forjaron consignas, criterios y metodologías que hoy serán muy valiosas para nosotros si podemos entenderlas y asimilarlas. Y una de las cosas que se cambió en aquella oportunidad, no me canso de repetirlo, fue una consigna histórica. La III Internacional Comunista cambió la consigna clásica del Manifiesto Comunista: “proletarios del mundo, unios”. Ante la eclosión de la crisis a escala planetaria, con la revolución rusa ya vigente, en una situación de tener que liderar la transición, la III Internacional forja la consigna “proletarios y pueblos oprimidos del mundo, unios”.

Vean esto: a un marxista serio nadie puede darle lecciones respecto de la búsqueda de la más amplia forma de unidad para enfrentar al imperialismo y al capitalismo. ¡Nadie! Pero claro, son pocos los marxistas serios, quiero decir teóricamente sólidos… si es que acaso hay alguno que esté fuera de Cuba.

Por eso hay muchísimo espacio para otras recetas. Por ejemplo, hagamos un frente muy amplio. Claro porque entre la locura sectaria del llamado frente de izquierdas, que es una locura sectaria porque deja al país, sobre todo en la Argentina -también en Uruguay, pero en Argentina ni hablar- fuera de ese frente. Discutimos esto con los compañeros que defendían la noción teórica de izquierda unida: si nosotros consiguiéramos unir a todas las izquierdas, cosa absolutamente imposible (y no deseable, además, ya vamos a ver por qué), si lo lográramos, el país entero queda fuera de ese frente. Cuando de una manera u otra esto se comprueba, naturalmente viene el contragolpe: ¿por qué no podrían participar la UCR y sus dirigentes en el frente que necesitamos? Esta es una discusión de hoy y es una discusión para nosotros también.

Pues bien: los revolucionarios del mundo, en el tercer y cuarto congresos de la Internacional Comunista, forjaron una noción programática y un concepto organizativo para dar respuesta a este dilema. Y no una respuesta polar: unidad de las izquierdas o todos, no importa de qué partido, somos hermanos y vamos para adelante. Eso se llamó Frente Único Antimperialista. El programa era lo que la III Internacional, entiéndanme bien, por favor, denominó “programa de transición”. Luego, una corriente que tras el asesinato de su líder degeneraría de manera escandalosa en prácticamente todas sus versiones y fracciones, haría de esto una especie de oración religiosa. La fetichización de un programa para la revolución.

En esas manos el programa de transición no respondía al hecho de que el mundo vive un período de revolución y contrarrevolución, de capitalismo en agonía y socialismo que no nace, por lo tenemos que tener formas programáticas y formas organizativas ad doc, sino que era una receta. El que no estaba de acuerdo con eso era un contrarrevolucionario.

Un chiste de mal gusto; resultante de cosas que no tenemos por qué considerar ahora, pero que sin embargo quiero enunciar: una derrota muy profunda de los trabajadores en todo el mundo, un retroceso político, teórico y, naturalmente, organizativo.

Es éste el punto de partida para nosotros. Debemos arrancar desde una realidad en la cual aquella consigna, “proletarios y pueblos del mundo, unios”, no tiene donde apoyarse, no tiene la instancia desde la cual nosotros podamos decir unámonos. ¿Cómo se unen los proletarios si no hay sindicatos, si no hay partidos proletarios en el sentido lato de la palabra? ¿Y cómo se unen los pueblos cuando sus dirigentes, resultantes de esa tremenda derrota, sus representaciones políticas, son hoy todas instancias completamente entregadas al capital, y en la mayoría de los casos al imperialismo? Todos los movimientos nacionalistas burgueses, en su estructura central se han entregado, traicionando la voluntad de sus propias bases que no necesitan ser marxistas para enfrentarse al imperialismo y al capitalismo: Y que lo hicieron en todo el mundo bajo banderas nacionalistas. Nosotros tenemos que encontrar esta respuesta ahora, sin partidos de masa, sin sindicatos de masa, sin movimientos nacionalistas articulados de masas; sin nada de eso, debemos sin embargo dar respuestas.

A mí no me extraña que los jóvenes no vengan en grandes contingentes a este Seminario. Aparte de que llevamos un período muy largo de frustraciones ideológicas, nosotros acabamos de tener elecciones hace menos de un mes. ¿Qué pasó en las elecciones? Bueno, Alicia lo decía, 7 diputados de distintas formas de izquierda no pudieron renovar sus mandatos. Y Moria Casán sacó más votos que todas las izquierdas sumadas en la Capital. Por algo ocurrió eso; y si no reconocemos ese algo; si no reconocemos que las cosas son así, pues no avanzaremos.

Este es el punto de partida y no me asusta. ¿Por qué? Porque yo mismo recibí una dura lección en Mar del Plata. Yo veía los dos fenómenos, inclusive alguno de ustedes me habrá escuchado o acaso me habrá leído, explicando que la fuerza objetiva era mucho mayor, etc. Pero yo no preví que Kirchner iba dar el discurso que dio.

Y me parece que una persona seria -no digo un revolucionario, un marxista, digo una persona seria- cuando se equivoca o no acierta totalmente, tiene que decirlo. A mí me golpea que haya personas que han empapelado Buenos Aires con su cara para pedir un voto y, después de no obtenerlo, hablan de otra cosa como si no hubiera pasado absolutamente nada. ¿Cuál de los candidatos ha llamado a un gran debate para asumir que los trabajadores, las juventudes, la sociedad en todas sus clases y sectores, les dio la espalda? Ninguno de ustedes me iba a pedir cuenta de esto, porque la mayoría de ustedes no sabe qué pensaba yo de esa Cumbre.

Pero el hecho es que yo decía “Acorralado, Bush embiste en el Cono Sur”. Y la frase con la que terminaba ese artículo es la siguiente: “resta saber cuál será la respuesta desde Buenos Aires, Montevideo y Brasilia”. Lo dejé en la duda.

Pues bien: alguien no tenía dudas de cuál sería el desenlace de la cumbre de las Américas, porque tiene más información en primer lugar; porque tiene más formación; y porque tiene un partido. No estuvo presente en ese lugar, porque está prohibido para él; pero yo creo que de verdad fue la persona más presente, junto con Hugo Chávez: saben que estoy hablando de Fidel Castro.

La victoria en Mar del Palta tuvo una conducción estratégica. Y esta capacidad para medir y para actuar sobre los acontecimientos reales debe ser lo que nosotros midamos y pongamos a punto en nuestra discusión de mañana y pasado. Espero que lo hagamos así. Gracias a todos.

(Aplausos)

 

 

reseña

Hugo Chávez sin uniforme

porLBenLMD

 

De Cristina Marcano, Alberto Barrera Tyszka

Editorial: Debate
Cantidad de páginas: 416
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Noviembre de 2005
Precio: 36 pesos

 

Entre tapa y contratapa hay dos libros en este volumen. El primero se titula “Prólogo” y lo firma Teodoro Petkoff, aspirante a candidato de consenso del arco opositor para las presidenciales venezolanas de diciembre próximo. Su texto es una diatriba feroz contra el presumible vencedor de esa contienda cercana. Petkoff no se hace honor como intelectual: “Chávez es un hombre de buena suerte. (…) La suerte existe. Unos la tienen, otros no; (…) estuvo a punto de perder el poder el 11 de abril de 2002 porque él mismo cavó el hoyo donde cayó y de donde casi por pura casualidad, o mejor, por pura buena suerte, pudo salir”. Se refiere al fallido golpe de Estado contra Chávez…
El otro se presenta como una biografía equidistante y objetiva. Sus autores pertenecen a El Nacional, vanguardia en el conjunto mediático opositor. Con innumerables fuentes –que no excluyen al autor de estas líneas– construyen una narrativa vivaz. La objetividad resalta: el capítulo referido al golpe de Estado se denomina “los enredos de abril” y el manotazo fallido es aludido como “la crisis” o “los sucesos” de abril; el aplastante resultado del referendo que ratificó a Chávez en agosto de 2004 es una “controvertida victoria”; y en la más benévola calificación, el Presidente es “un provocador de primera línea”, que “ha creado ese país donde todo es legal pero inadmisible”.
Resulta obvio que Petkoff, Marcano y Tyszka no comprenden la honda transformación social en curso en Venezuela. Por eso no logran siquiera rozar la verdadera personalidad y la historia de Chávez o la reciente de Venezuela. La biografía declina así hasta transformarse en una olvidable telenovela.

indio, cocalero y socialista, toma el poder en un país clave

Victoria estratégica para toda América Latina

PorLBenAXXI

 

Otro MAS: los vencedores de las elecciones del 18 de diciembre en Bolivia tienen objetivos limitados pero claros: las riquezas naturales (petróleo y gas ante todo) serán nacionalizadas; habrá una Asamblea Constituyente que tendrá la función de rediseñar drásticamente la estructura sociopolítica del país; las multinacionales deberán someterse a los intereses del país. Evo Morales dio señales antes de asumir: el viaje a Cuba y Venezuela, rubricado por acuerdos clave para acabar con el analfabetismo, garantizar atención sanitaria a las mayorías marginalizadas y acelerar los pasos para lograr la soberanía energética en todos los planos, son otros tantos signos de determinación estratégica, como lo son los dados en Madrid, París, Johannesburgo y Pekin. En cualquier interpretación, a partir del vertiginoso proceso inciado con la asunción de un indígena al poder en Bolivia, Estados Unidos es el gran perdedor. Y el gran peligro.

 

“¡¡Causachun coca!! ¡¡Wañuchun yanquis!!”. Era la medianoche del 18 de diciembre. Una inesperada avalancha de votos imponía al candidato presidencial del Movimiento al Socialismo (MAS). Anonadados, desinformados por sus propias encuestas, los partidos del statu quo y la embajada estadounidense perdían reflejos y quedaban limitados a reconocer su derrota. Habían preparado un aceitado mecanismo para arrebatar una vez más el poder en el Congreso: la diferencia entre los dos principales rivales sería ínfima y una coalición de los partidos del sistema se encargaría de designar al Presidente. Obreros, campesinos, desocupados, sectores activos de las clases medias, se aprontaban para evitar el manotazo. Pero los resultados fueron de tal manera abrumadores que la maniobra legal se hizo inviable. Imposible negar lo obvio sin detonar una confrontación social de inimaginables proporciones. En Cochabamba, frente a una asamblea espontánea, Evo Morales concluía un breve discurso de la victoria con aquella consigna en quechua: “¡¡Viva la coca!! Abajo los yanquis!!”. Bolivia ingresaba así, con cuatro palabras, en otra era.

 

Las cifras 

Contra todo pronóstico Evo Morales no sólo obtuvo la mayoría absoluta de los votos: produjo un terremoto político que desmoronó la totalidad del espectro partidario tradicional. El conteo final le dio a Morales un 53,7% contra el 28,6% de su principal contrincante, Jorge Quiroga, del Partido Podemos, una fabricación de emergencia en función de los intereses de la oligarquía local teledirigida desde Washington. Más lejos aún quedaron Unidad Nacional (UN), con el 7,8% y el histórico Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), con el 6,5%. Otros cuatro partidos perdieron la personería legal por no haber alcanzado el 3% de los votos: Movimiento Indigenista Pachakuti (MIP), Nueva Fuerza Republicana (NFR), Frente Patriótico Agropecuario de Bolivia (FREPAB), y Unión Social de los Trabajadores de Bolivia (USTB). Una formación con historia, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), eludió la pérdida de la personería jurídica mediante un recurso original: no se presentó a las elecciones. Felipe Quispe, quien desde posiciones indigenistas situó a Evo Morales como “el enemigo principal”, además de perder la personería del MIP vio frustrada su elección como diputado.

Además de la presidencia, el MAS ganó 12 de los 27 senadores, 72 de los 130 diputados y 3 de las nueve gobernaciones. Pero estos datos no dan todavía una visión ajustada de los resultados: en los Departamentos de La Paz, Oruro y Cochabamba, el MAS obtuvo 66,6%, 63% y 65% de los votos respectivamente. Y en Santa Cruz, supuesto bastión inexpugnable de la derecha el MAS alcanzó el 33%, contra el 42% de Podemos. Esto sin contar dos hechos que califican aún más tales resultados: 872.974 ciudadanos no pudieron votar por haber sido “depurados” de los padrones por la Corte Nacional Electoral; y en muchos distritos los antiguos aparatos electorales apelaron a su más conocido recurso para ganar alcaldías: el fraude.

No fue suficiente. Evo Morales, indígena, cocalero y socialista, es presidente de Bolivia.

 

Clave del triunfo 

Tal como lo repitió la prensa en todo el mundo hubo una avalancha de votos, una victoria arrolladora, que llevó a Evo Morales al gobierno. Pero conviene no confundir el efecto con la causa. Hubo avalancha de votos porque, antes, tuvo lugar un fenómeno de naturaleza diferente: la unidad social y política de los explotados y oprimidos en Bolivia.

Una victoria electoral puede ocurrir por factores en extremo aleatorios. Por ejemplo, cuando Gonzalo Sánchez de Losada, como candidato de un exhausto MNR y pese a su tonada gringa al hablar, ganó la presidencia en 1993, apelando a los viejos pergaminos de su partido, a los que sumó el imán de un vicepresidente indígena. En 2002 recuperó el cargo, pero esta vez había un signo claro de los cambios en curso: incluso admitiendo los resultados dados oficialmente, “el Goni” obtuvo un 22,46% de los votos contra el 21% de Evo Morales. Cuando Sánchez de Losada huyó del Palacio rumbo a Miami el 17 de octubre de 2003, la inconsistencia de aquellos triunfos quedó a la vista: no es lo mismo obtener el favor en los comicios que forjar la unidad social de un pueblo y darle a ésta una expresión política.

Hay Historia remota y presente tras la consagración de Evo Morales como presidente. El MAS suma a su nombre un complemento en el que habitualmente no se repara: “Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos” (IPSP). Ocurre que IPSP fue el nombre originario de la fuerza hoy victoriosa. Había adoptado esa denominación en un momento clave: el pasaje del movimiento reivindicativo-social, con predominancia de campesinos cultivadores de coca, a la acción política. En 1995 la Confederación de Campesinos de Bolivia, en su congreso, decidió crear el Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos, formado sobre la base de organizaciones sindicales unidas. Antonio Peredo, hoy figura relevante del MAS, lo explica así: «Buscaban lo que llamaban ‘nuestro’ instrumento político. Constituyeron un brazo político, que intentó terciar en las elecciones. Sin embargo el IPSP no pudo cumplir con las obligaciones que imponía el código electoral. Entonces se tuvo que acudir a un partido pequeño que tenía su sigla legalizada ante la Corte Electoral para las elecciones de aquel año. En esas elecciones el instrumento político participó con el nombre de Movimiento al Socialismo. Logró elegir cuatro diputados, uno de ellos, Evo Morales. En este proceso, el MAS fue ‘recogido’ por las seis confederaciones del trópico cochabambino, organizaciones representativas de los productores de coca, quienes decidieron trabajar con mayor profundidad este instrumento”.

He aquí el origen de esta organización, hoy conocida como MAS. Resulta ilustrativo comparar su dinámica con la verificada en Argentina, donde desde bastante antes de 1995 convergían luchadores de diferentes vertientes empeñados en construir una “herramienta política” a la que jamás pudieron dar forma. Pero si en Argentina dirigentes sindicales y populares trastabillaron y cayeron una y otra vez ante la exigencia de ese paso decisivo, en Bolivia ocurrió lo contrario: “el MAS fue ‘recogido’ por las seis confederaciones del trópico cochabambino”, para reiterarlo con las palabras de Antonio Peredo. Y la miríada de luchas reivindicativas urbanas y rurales en Bolivia tomó cuerpo en el combate político, en el derrocamiento de presidentes desde 1997 y en la imposición de uno propio ahora, en diciembre de 2005.

Además de explicar la verdadera naturaleza del MAS esta “herramienta”, o “instrumento”, aparece como factor insoslayable al indagar las razones de su victoria; y, más aún, revela la huella por la cual se abre paso la lucha social en el actual contexto histórico de América Latina y el mundo: huérfanas de partidos en la concepción tradicional del término, es decir, formaciones homogéneas con programa de acción, estrategia de poder y cuadros para alcanzarlo, huérfanas igualmente de formas movimientistas de carácter nacionalista (ya entregadas sin tapujos al imperialismo), las víctimas de la crisis sistémica que multiplica la pobreza, la marginalidad y la explotación, necesitan, reclaman y eventualmente construyen una “herramienta política propia”: como ellas heterogénea ideológicamente, difusa y hasta contradictoria en términos programáticos, con cuadros seleccionados no por su formación teórica y su experiencia política, sino por el hecho simple e intransferible de ser dirigentes reales de movimientos reales. “El 80 por ciento de nuestros candidatos fueron elegidos por las organizaciones sociales. Algunos, cerca de un 40 por ciento, no pertenecían al MAS. Todo esto es un nudo de contradicciones, que hacen la riqueza y vitalidad del MAS», explica Peredo.

Sorprende que quienes ahora saludan alborozados la victoria boliviana persistan en negar lo obvio: una etapa histórica de transición requiere, sin atenuantes, instancias organizativas de transición.

 

Historia y lucha de clases

Pero no fue la potencia teórica de la vanguardia boliviana lo que permitió construir ese puente, sino la fuerza ancestral de la lucha de los de abajo. Hay que remontarse a fines del siglo XVIII, cuando Julián Apaza (Tupac Katari) sublevó a las comunidades aymaras en consonancia con el levantamiento quechua liderado por Tupac Amaru. En febrero de 1781 comenzó una rebelión que cercó a la ciudad de Chuquiago, actual La Paz. Durante siete meses más de 40 mil indígenas  sostuvieron el cerco a la ciudadela imperialista. Tupac Katari y su esposa, Bartolina Sisa, ella también combatiente del ejército de liberación aymara, fueron capturados y asesinados: él por descuartizamiento y ella por ahorcamiento tras la tortura. La victoria española de entonces fue sólo el prólogo de su derrota final en 1825. Ya por entonces la reivindicación del ayllú, forma comunitaria de organización social indígena en toda la región, mostraba la capacidad de poner en pie de combate a bravos ejércitos de oprimidos. Es posible que la oligarquía boliviana no tuviera exacta noción de sus actos cuando en marzo de 2004 aceptó, como mero gesto concesivo, la declaración de héroe y heroína nacionales a Julián Apaza y Bartolina Sisa, otorgada por el Congreso a propuesta de un senador del MAS,  .

Dos siglos después Bolivia vivió una genuina revolución contemporánea. El indio transmutado en obrero minero empuñó en 1952 su herramienta de trabajo -cartuchos de dinamita- y destruyó el andamiaje político de entonces. Empujado por esa fuerza organizada y politizada como ningún otro movimiento proletario en América Latina, el gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario encabezado por Víctor Paz Estenssoro se vio arrastrado a nacionalizar las minas de estaño, reemplazar las fuerzas armadas por milicias populares e iniciar la reforma agraria. Por segunda vez las masas indígenas y populares habían logrado la unidad tras un objetivo político. Y, como inexorablemente ocurre en tales circunstancias, la sociedad sufrió un vuelco fundamental. La deriva de aquella formidable revolución es materia de otro análisis; pero en la Historia, como en el mundo físico, nada se pierde… todo se transforma.

La voluntad rebelde reaparecería en la década de 1960, cuando Ernesto Guevara intentó desde Bolivia extender la llama de la revolución a todo el Cono Sur. En ese momento histórico no ocurrió, entre otros factores, la congregación social masiva que debía producir la guerrilla. Llegó primero el imperialismo y el proceso abortó. En Bolivia todo quedó en manos de los súbditos del Departamento de Estado durante mucho tiempo. Con el amparo de Washington se sucedieron incontables golpes de Estado, operaciones represivas y sistemático desmantelamiento de las conquistas logradas por la revolución de 1952, para dar paso a la entronización política de bandas narcotraficantes, condición para que la Casa Blanca pudiese invocar el fantasma de la droga y así adueñarse del país para transformarlo en uno de los puntos de apoyo de su estrategia contrarrevolucionaria continental. En coincidencia con una exitosa contraofensiva imperialista en América Latina -y en el mundo entero- Bolivia pasó a la categoría de país inviable.

 

País clave en la estrategia yanqui 

La voluntad rebelde reaparecía en la década de 1960, cuando Ernesto Guevara intentó desde Bolivia extender la llama de la revolución a todo el Cono Sur. En ese momento histórico no ocurrió, entre otros factores, la congregación social masiva que debía producir la guerrilla. Llegó primero el imperialismo y el proceso abortó. En Bolivia todo quedó en manos de los súbditos del Departamento de Estado durante mucho tiempo. Con el amparo de Washington se sucedieron incontables golpes de Estado, operaciones represivas y sistemático desmantelamiento de las conquistas logradas por la revolución de 1952, para dar paso a la entronización política de bandas narcotraficantes, condición para que la Casa Blanca pudiese invocar el fantasma de la droga y así adueñarse del país para transformarlo en uno de los puntos de apoyo de su estrategia contrarrevolucionaria continental. En coincidencia con una exitosa contraofensiva imperialista en América Latina -y en el mundo entero- Bolivia pasó a la categoría de país inviable.

Todo fluye, sin embargo. En el primer año del siglo XXI la fuerza subterránea desestimada y olvidada, reapareció. Quien suscribe estas páginas redactó entonces una nota para Le Monde diplomatique Edición Cono Sur, titulada “Colapsa en Bolivia la estrategia de Washington”. La magnitud que se le atribuía a la irrupción de este país en un escenario regional cualitativamente diferente al cuarto de siglo anterior era nada menos que ésa: chocar de frente con Estados Unidos y poner una barrera insuperable a su plan general para la región. Decía aquel reporte: “Una sublevación de masas sacude a Bolivia desde mediados de septiembre. La Paz, Cochabamba y Santa Cruz fueron sitiadas durante semanas por columnas indígenas que bloquearon todas las vías de acceso a estas ciudades, las tres principales del país, mientras se multiplicaban las movilizaciones de estudiantes, maestros, periodistas y hasta policías en huelga. Gobierno y partidos de oposición quedaron paralizados. Las fuerzas armadas postergaron una y otra vez la orden de ataque para despejar las rutas y romper el asedio. Mientras los líderes campesinos advertían que resistirían con las armas en la mano, grupos de empresarios comenzaron a organizar una fuerza armada civil”.

Con aquella confrontación neta, afirmaba el texto, “culmina un largo período de estabilidad basada en la pasividad y la sumisión, durante el cual Bolivia pareció haber dejado definitivamente en el pasado las grandes luchas sociales que, desde la rebelión de Tupac Katari dieron lugar a la revolución obrero-campesina de 1952 y las grandes huelgas mineras (…) El antecedente inmediato de esta sublevación está en las masivas movilizaciones de abril pasado en Cochabamba, conocidas como ‘la guerra del agua’. Aquella confrontación aunó a todas las clases sociales contra el consorcio Aguas del Tunari, registrado en las islas Caimán e integrado por grandes capitales de Estados Unidos (50%), Italia y España (25%) y cuatro grupos bolivianos (…) Ahora el detonante fue el éxito alcanzdo en la erradicación de las plantaciones de coca, que hace de Bolivia un simple eslabón en la cadena del Plan Colombia. El descontento se tradujo en explosión porque los partidos y estructuras gremiales, por completo subordinadas a los centros de poder económico, carecen de toda representatividad real y son incapaces de responder a los reclamos de las mayorías. Las instituciones se mostraron vacías, las fuerzas armadas divididas”. Aquel artículo apuntaba otro factor de peso: “La fractura entre los indígenas aymaras del altiplano encabezados por Felipe Quispe y los cocaleros del trópico cochambambino conducidos por Evo Morales permitió a Banzer llegar a un acuerdo con el primero y terminar con el cerco a La Paz”.

Precisamente cuando estaba a punto de consumarse la victoria estadounidense, reapareció la fuerza subterránea y buscó recomponerse como unidad social y política. El obrero expulsado de las minas por la crisis del capitalismo es campesino y cocalero en el año 2000. Y siempre, como en 1781, es indígena. En el período posterior a la revolución de 1952 el MNR apeló en muchas oportunidades a la división objetiva entre obreros y campesinos (estos últimos beneficiados por la reforma agraria) para enfrentar la revolución mediante la fractura social. Pero en el siglo XXI es socialmente más sencillo comprender que obrero, campesino e indio tienen más en común que en discordancia. Comprender y responder a ese punto de unidad posible es la ciencia y el arte de la política.

Virtudes individuales al margen, sin embargo, la cualidad estuvo en bregar por la unidad social y política. Ése fue el acierto del MAS. Tanto cuando se negó a negociar unilateralmente con el carnicero Hugo Banzer, en septiembre de 2000, como cuando en 2004, ante una embestida encabezada por el MIP y sectores importantes de El Alto, optó por continuar la búsqueda del poder político en el marco que entendió propio de la coyuntura: las elecciones. Por eso pudo el MAS congregar a la inmensa mayoría, incluso entre aquellos luchadores que habían tomado por otro camino.

Es un tema que consumirá todavía muchas horas de reflexión y debate. Porque jamás un resultado político -menos un porcentaje electoral- tiene signo inequívoco. Pero la consumación de la unidad social y política de 6 de cada 10 bolivianos sí es un signo inequívoco. Y allí reside el futuro de Bolivia.

 

De aquí en MAS

Sorprende el nivel del debate político en Bolivia. La Historia toma cuerpo actual y provoca una mezcla de nostalgia y envidia en el observador extranjero. Basta comparar los comentarios en las calles de París respecto de la rebelión de los jóvenes de origen árabe (para no aludir a las reflexiones intelectuales), o las consideraciones al uso en Buenos Aires sobre el pago de la deuda con el FMI -para poner sólo dos ejemplos actuales- y el testigo queda obligado a un ejercicio de humildad. Hay alegría contenida y temores sólidamente argumentados en las calles de La Paz. ¿Qué hará Evo? ¿Cómo reaccionará Estados Unidos? Reflexiones serenas, profundas y de alguna extraña manera, sabias. Es que el indio, el obrero minero y el campesino cocalero se han fundido en una instancia político-social que hoy permite el accionar unitario y la recuperación militante de una larga historia de luchas. Ése es el papel del Movimiento al Socialismo, que no es un partido revolucionario clásico y, en rigor, no es un partido: es el instrumento político para la marcha conjunta hacia algunos objetivos precisos, todos centrados en la recuperación de la soberanía y, por ende, en la lucha antimperialista. Paradojalmente fueron estas características, que permitirían alcanzar la unidad social y política plasmada ahora en la victoria electoral, las mismas que en momentos cruciales de la lucha social dejaron al MAS sin capacidad de iniciativa, como pudo verse en varias oportunidadees en los últimos años. Esta contradicción volverá a manifestarse una y otra vez con el MAS en el gobierno. Ya se observan, en Bolivia tanto como en el extranjero, tendencias a encontrar virtudes maravillosas, permanentes e insuperables en esta forma original de organización de masas, para denostar otras en las que prevalece la homogeneidad ideológica y la capacidad de acción inmediata y efectiva ante circunstancias difíciles. Pero absolutizar y unilateralizar aquellos rasgos del MAS resultará tan dañino como negarse a ver sus virtudes. Porque ahora comienza una fase difícil de interpretar y más difícil aún de conducir: la situación revolucionaria que madura en Bolivia desde hace un lustro tenderá a resolverse. No será difícil confundir victoria electoral con revolución; así como resultará fácil creer que la victoria electoral exime de la revolución. La verdadera dificultad que afronta la dirigencia del MAS es encontrar el programa y el ritmo para aplicarlo en un tránsito sin escalas hacia la superación del capitalismo y la afirmación del socialismo del siglo XXI.

Son tareas de magnitudes oceánicas; pero no cabe el temor ni, mucho menos, el pesimismo. Entre los hombres y mujeres que ocuparán los cargos principales del gobierno hay un puñado de objetivos claros y precisos. En el terreno directamente económico, nacionalizar el petróleo y el gas; recuperar las refinerías de manos privadas extranjeras; revitalizar YPFB; impulsar la reforma agraria; replantear y relanzar el aparato productivo del país. Simultáneamente, convocar una Asamblea Constituyente y echar nuevas bases para la organización política nacional. Y en el plano social, acometer de inmediato y con el máximo de energía la alfabetización del elevado porcentaje de la población hoy excluida de la educación, a la vez que se encara un plan de atención médica masiva y gratuita en todo el territorio nacional.

 

Bloque antimperialista continental

Todo esto ha tomado cuerpo ya con los primeros pasos de Evo Morales antes de asumir el poder. Los viajes a Cuba y Venezuela son mucho más que un gesto, aunque como gesto valen más que cien programas. Fidel Castro y Hugo Chávez firmaron con Evo compromisos de asistencia técnico-financiera en materia de salud, educación y recuperación de la soberanía sobre las riquezas minerales de Bolivia. Con las dificultades propias de todo comienzo, a corto plazo esos planes económicos y sociales estarán a toda marcha y comenzarán a cambiar el rostro de Bolivia. Evo Morales y el MAS ganarán mayor espacio político y tendrán la oportunidad de avanzar en la organización de obreros, campesinos, estudiantes y clases medias.

Por todo un período la oligarquía local y el imperialismo estadounidense estarán a la defensiva y con poco menos que ninguna capacidad de acción política. Desde luego eso no significa pasividad de la contrarrevolución, que ya articula nacional e internacionalmente una campaña mediática apuntada a atacar la figura de Evo Morales, mostrándolo como un indio bruto, instrumento de Chávez y Fidel Castro.

En cuanto al imperialismo europeo, predominante en la materia más sensible hoy en Bolivia: los yacimientos petrolíferos y gasíferos, adelanta una posición negociadora, que presumiblemente incluirá la aceptación no beligerante de la nacionalización del petróleo, el gas y las refinerías. Las concesiones a que se verá empujado el nuevo gobierno para evitar un choque frontal con las petroleras europeas (Repsol de España y Total de Francia en primer lugar), traerá aparejados debates y conflictos dentro y fuera del gobierno. Ya los pasos dados respecto de los yacimientos mineros de El Mutún producen airadas polémicas. Pero todo indica que esa fase se cumplirá con un saldo neto a favor de la soberanía boliviana, la capacidad de absorción de riquezas que permitirá la realización de los planes sociales y la industrialización programados y el consecuente fortalecimiento del gobierno.

Mientras tanto habrá tomado cuerpo una nueva y cualitativamente superior tríada antimperialista en el escenario mundial: Cuba, Venezuela y Bolivia son a partir de 2006 la avanzada de un combate destinado a lograr, más temprano que tarde, la emancipación de América Latina.

Esta novedad modifica las relaciones de fuerzas -y no sólo a escala continental- siempre en detrimento del imperialismo en general y de Estados Unidos en particular. A su vez potenciará la convergencia suramericana sobre bases cada día más amplias de resistencia y confrontación con las multinacionales y el capital financiero internacional. La asunción en Bolivia de un gobierno basado en los obreros y campesinos es una victoria estratégica para toda América Latina. Hay buenas razones para comenzar el año con optimismo…

Washington trastabilla

PorLBenAXXI

 

A mediados del año pasado el secretario de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld, vistó Asunción y Lima. Viaje inusual para un cargo de su jerarquía. Con el gesto altanero que lo caracteriza -alentado además por las sonrisas aprobadoras que lo rodeaban- advirtió que Cuba y Venezuela estaban desestabilizando a Bolivia, Perú y Ecuador.
No todo era mentira y tergiversación en aquella advertencia. Algún asesor le había acercado un dato cierto a Rumsfeld: desde el punto de vista imperialista, Bolivia, Perú y Ecuador, ingresaban a un área de “desestabilización”. O para decirlo en otras palabras: era previsible que los tres países salieran de la órbita de Washington.
Seis meses después, la mitad de la profecía se ha cumplido. Bolivia giró 180°; Perú ya anuncia si no la certeza de una victoria antimperialista, sí el inexorable derrumbe del régimen actual; y Ecuador asegura que retomará de una u otra manera el camino truncado por la inconducta de su último presidente electo.
En el período transcurrido, sin embargo, ocurrió mucho más: en Mar del Plata el arrogante jefe del imperio sufrió una humillación sin precedentes. Todavía no se han medido las consecuencias del saldo en la Cumbre de las Américas.
No se ha medido ni proyectado la significación del centro gravitacional alternativo constituido por la Cumbre de los Pueblos y su colofón, el acto con más de 40 mil personas en el que Hugo Chávez describió los términos de la batalla en curso y concluyó que la alternativa histórica planteada es “socialismo o barbarie”. Y tampoco el acontecimiento paralelo, inesperado para muchos y en primer lugar para George W. Bush, cuando ante la embestida imperial para imponer el Alca en la reunión de 34 presidentes, emergió un bloque integrado por Brasil, Paraguay, Uruguay, Argentina y Venezuela, representado en el cónclave por los presidentes Néstor Kirchner y Tabaré Vázquez, que le dirían sencillamente No al emperador desnudo.
¡Qué falta de energía, de reflejos -y de coraje- en las fuerzas políticas de la región que desde entonces siquiera se han propuesto asumir el desafío y darle carnadura y vida propia desde los pueblos a semejante desplante frente al imperialismo! ¿Cómo condenar a éste o aquél gobierno vacilante si no se pone el pecho en la primera línea de este combate histórico?
Como quiera que sea -y en las páginas de esta edición están las pruebas- Washington trastabilla más aún que algunos de los gobernantes que, tras el desplante de Mar del Plata, sienten que el piso quema bajo sus pies y ensayan gestos de reconciliación.
Luego de la fallida Cumbre vino la incorporación de Venezuela al Mercosur. Y Estados Unidos pudo medir cómo aquella sistemática pérdida de terreno en Suramérica adoptó forma institucional.
La naturaleza dispar del bloque en gestación se manifesta en uno y cien signos. Pero ninguno llega, hasta el momento, a negar la dinámica de convergencia. Allí está, por ejemplo, el pago de las deudas con el FMI por parte de Brasil y Argentina. Para quienes desde hace un cuarto de siglo denuncian el ilegítimo e ilegal endeudamiento externo como un instrumento de saqueo y sumisión (Lula estuvo en la vanguardia de esa batalla aún inconclusa), pagar de una vez y sumados 25 mil millones de dólares es un acto injustificable: ¿cuánto podría hacerse con esa riqueza invertida en trabajo, educación, salud, en un territorio con 200 millones de personas en extrema pobreza y exclusión?
Ésa es, dicen en Brasilia y Buenos Aires, la manera que han hallado ambos gobiernos para quitarse el dogal del FMI. Bien, entonces ahora viene el resto: redireccionar drásticamente el sistema financiero de cada país, crear un fondo común suramericano, retirar hasta el último centavo de los bancos y centros financieros del Norte, avanzar hacia una moneda única regional, fortalecer un centro político que rompa la inercia de la Comunidad Suramericana de Naciones…
Estas decisiones urgen. El imperialismo trastabilla, pero no cae y sigue ejerciendo su poder con inteligencia y brutalidad. He allí, entre mil datos, el resultado de la reunión de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en Hong Kong, en diciembre pasado.
La OMC es la mesa de negociaciones donde los tres centros imperialistas de la economía mundial disputan, negocian y compensan su cada día más aguda batalla campal por los mercados. Y donde las burguesías subordinadas buscan intersticios para respirar. En Hong Kong, con la promesa de terminar con los subsidios al agro en el año 2013, Estados Unidos, la Unión Europea y Japón arrancaron mucho más que concesiones para liberalizar el intercambio mundial de servicios, obviamente en detrimento de los países subdesarrollados. Lo que en realidad obtuvieron fue un desplazamiento de países como Brasil e India del bloque que en el último período, con la formación del G-20, había puesto a la OMC al borde del estallido y la extinción.
El verdadero sentido de ese desplazamiento es que atenta contra la consolidación de un área autónoma en Suramérica. Washington lo sabe y ataca también por ese flanco con anzuelos para burguesías ambiciosas. Pero no es a los gobiernos -ni a sus cancilleres- a quien cabe la advertencia. La gran empresa de la unidad americana no tendrá destino si no es asumida por las víctimas del mecanismo triturador hoy dominante.