reseña

Conversaciones con Marx y Engels

porLBenLMD

 

De Hans Magnus Enzensberger

Editorial: Anagrama
Cantidad de páginas: 586
Lugar de publicación: Barcelona. Primera edición, 1973. Primera edición en castellano, 1974. Seguna edición en castellano,1999
Fecha de publicación: Enero de 2000

 

Conversaciones no es un título adecuado a la obra y puede dar una idea errónea respecto de su contenido al lector potencial. No hay asomo del recurso consistente en montar diálogos en los cuales el interlocutor elegido habla a través de sus textos, pero de acuerdo con el criterio del autor. Aquí el montaje es de otro tipo. Es una suma de cartas, apuntes, documentos, declaraciones y memorias -en la que no faltan jugosos informes policiales- que incluyen anécdotas, juicios personales o posiciones sostenidas respecto de los fundadores del socialismo científico.

Organizados por orden cronológico (entre 1823 y 1895) y con la única condición de que sus autores hubieran tratado personalmente a Marx y Engels, estos documentos incluyen por tanto la opinión de amigos y enemigos. Enzensberger ha realizado una laboriosa búsqueda y el resultado es un ensamble en el que, a través de los puntos de vista más diversos y con materiales igualmente heterogéneos -que van desde cartas familiares hasta iracundas diatribas por la organización de la Liga de los Comunistas o la Asociación Obrera Internacional- se van revelando rasgos personales, ambiciones científicas, pasiones y posiciones políticas de ambos amigos.

En medio de los grandes debates teóricos y las luchas sociales que conmovieron a la Europa del siglo XIX, aparecen entremezcladas peleas organizativas -a menudo increíblemente mezquinas- en las cuales los adversarios de Marx y Engels no ahorran calificativos para su condena.

No falta ninguno de los nombres relevantes que intervinieron en el combate filosófico y político. Y al recorrer sus controversias puede sorprender cuán poco han variado en un siglo y medio los temas -y las posiciones adoptadas ante ellos- que entonces debatían Marx y Engels con sus opositores reformistas, anarquistas o ultraizquierdistas.

Al final del libro Enzensberger incluyó un imperdible Indice de injurias y elogios, en el cual por orden alfabético extractó las opiniones de Marx y Engels sobre casi todos los que en las páginas anteriores han opinado sobre ellos.

reseña

La riqueza y la pobreza de las naciones

porLBenLMD

 

De David S. Landes

Editorial: Javier Vergara Editor-Grupo Zeta
Cantidad de páginas: 815
Lugar de publicación: Barcelona
Fecha de publicación: Enero de 1999

 

Profesor de historia y economía en Harvard y otras Universidades, Landes preparó este libro ideológicamente inspirado, como su título lo indica, en la obra fundacional de la economía política, La riqueza de las naciones, de Adam Smith, en los años de apogeo del “neoliberalismo”. Pero su aparición coincide con el precoz y ruidoso desplome de esta funcional postura teórica en el terreno de la economía, que sume en la perplejidad a buena parte de sus cultores. “La meta que me he fijado (…) es hacer una historia del mundo”, adelanta el autor. No hay correspondencia entre tan ambicioso objetivo y el saldo a la vista. Tampoco una respuesta inequívoca a las cuestiones: ¿por qué unas naciones son pobres y otras ricas? ¿por qué China, pionera en los grandes descubrimientos científicos y realizaciones político-económicas, cedió su lugar a Europa y fue relegada al atraso y la dependencia?.

Irrita a menudo, en un profesor de las más afamadas universidades del mundo, la ausencia de criterio y método científicos para respaldar conclusiones sobre temas cruciales; alarma el empleo hoy a la moda de tratar la historia con recursos de cierto periodismo estadounidense (impuestos por su editor en inglés, según aclara el propio autor) y pueden provocar más que rechazo explicaciones respecto de la diferente suerte entre las Américas del Norte y el Sur.

Pero el intento de ofrecer una visión global y unitaria de la historia económica mundial y la indiscutible erudición del autor valorizan estas páginas y las hacen tanto más útiles cuanto más evidente resulta la inconsistencia de sus tesis a la hora de concluir esta “historia del mundo” con respuestas para la acuciosa pregunta: ¿Hacia dónde vamos?

La «revolución pacífica» del comandante Hugo Chávez

porLBenLMD

 

Como un vendaval, el triunfo de Hugo Chávez en las elecciones venezolanas de diciembre de 1998 redujo a escombros el sistema político representado por socialcristianos y socialdemócratas. Anatematizado por su maltrecha oposición y por el establishment internacional como golpista, dictatorial, caudillo populista, Chávez promueve una reforma constitucional respetuosa de los derechos y de formulación avanzada, una alianza petrolera con Brasil y la justicia para su empobrecida población, que lo apoya pero sigue huérfana de organizaciones sociales movilizadoras.

 

Energías contenidas o desviadas durante dos décadas, reaparecen de manera tumultuosa, indefinida, corporizadas en la figura del presidente Hugo Chávez. Con la derrota electoral que su partido, el Polo Patriótico, le infligió el 6-12-98 a una apresurada coalición de todos los partidos que gobernaron Venezuela durante medio siglo, se desplomó un régimen y comenzó una revolución política que avanza «a velocidad endemoniada», como admitió Chávez a este enviado en su despacho del palacio Miraflores, ya entrada la noche de un caluroso domingo, con gesto a la vez revelador de una dura jornada de trabajo y del peso que supone su afirmación.

Basta recordar que los derrotados son Acción Democrática (AD) y Copei, los partidos de Carlos Andrés Pérez, titular durante años de la socialdemocracia en América Latina, y Rafael Caldera, el más exitoso de los socialcristianos en el continente, para concluir que se derrumbó mucho más que el andamiaje de poder venezolano. Primeras consecuencias de esta onda expansiva: el Congreso paralizado y vacío de contenido; 123 jueces procesados y suspendidos por la Asamblea Nacional Constituyente; otros 230 esperando su turno (hay 3.300 denuncias en la Judicatura); la Suprema Corte de Justicia desarticulada; la principal central sindical, controlada por AD, asediada por las corrientes opositoras e incapaz de apelar a las bases para sobrevivir…

Con este proceso en curso, en el país de Simón Bolívar afloran corrientes subterráneas anunciadoras de alteraciones trascendentales a una escala que excede con largueza la geografía venezolana: en diez meses se reconstituyó la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), el barril de crudo aumentó alrededor del 300 por ciento, con el impacto que esto supone para la economía mundial. Al mismo tiempo, un brutal giro de los ejes geopolíticos del hemisferio pone en cuestión el significado estratégico del Mercosur para proyectar una nueva línea, con apoyo en Brasilia y Caracas.

Es curioso: frente a este cúmulo de fenómenos que reclaman información, análisis y debate, el tema excluyente parece ser la vocación democrática o dictatorial de Hugo Chávez. Por cierto, esta figura que irrumpió con inusitado vigor en el escenario latinoamericano está cargada de incógnitas y no carece de rasgos contradictorios que generan dudas. Pero filosofías de la historia al margen, el individuo se eclipsa ante la magnitud del colapso político venezolano, el curso posible de las fuerzas desatadas y el impacto previsible sobre la región.

«Chávez lleva a Venezuela a una dictadura; pero su punto fuerte es que nos ha ganado con nuestras propias reglas» dice un alto dirigente de Acción Democrática, quien admite: «nuestro partido está destruido». Aunque habla con gesto de resignación escudándose en una promesa de anonimato, este hombre parece confiar en que la contraofensiva con base en la denuncia de deslizamiento hacia un régimen totalitario tendrá efecto «desde el exterior hacia adentro; el mundo comprenderá más fácil que este pueblo ganado por el populismo y la demagogia» dice.

Esta suerte de rendición en el frente interno es explicable. De hecho, las imputaciones de totalitarismo y el fantasma de la dictadura fueron consignas centrales ya durante la campaña electoral en 1998: a medida que los sondeos indicaban el crecimiento de la candidatura de Chávez, sus contrincantes acentuaron el rasgo más conocido del naciente líder: su condición de militar alzado en armas contra el régimen institucional.

Táctica sencilla, porque Chávez en ningún momento renegó de su conducta. En 1995, a poco de salir de la cárcel, el teniente coronel retirado, derrotado y aislado, decía: «Creo que todos esos partidos políticos que apoyan a Caldera sólo se están montando en el mismo barco para hundirse, ya que tienen una minoría de apoyo del pueblo, y el país está muy alejado de ellos. Nuestra preocupación es no aislarnos con ese país. No nos importa estar aislados de un país ficticio (…) Es posible que digan: aislamos al Movimiento Bolivariano Revolucionario-200 (MBR-200, transformado ahora en Movimiento V República a los efectos electorales, Ndlr) o a Chávez, pero yo creo que el sistema tiene jaque mate (…) por eso han lanzado una campaña salvaje de difamación contra nosotros, para tratar de sacarnos del tablero de juego, por no aceptar sus reglas, su imposición, y nuestras reglas no escapan de la vía violenta, seguimos creyendo en ella»(1).

No cambió el tono tres años después, cuando a la cabeza de una heterogénea coalición apoyada en el MBR-200 y numerosas fracciones de izquierda, Chávez decidió presentarse como candidato a presidente: apeló a la célebre noción de Clausewitz, según la cual la guerra es la continuación de la política por otros medios, pero invirtió los términos: «también podemos decir que la política es la continuación de la guerra por otros medios»(2). A la luz de los hechos, dos puntos quedan hoy fuera de discusión: su capacidad para saber dónde estaba el país real y la frontal honestidad en la denuncia al sistema, clave sin duda del volcánico desplazamiento en la conducta política de las mayorías.

Con la totalidad de la prensa apoyándose en ésta y otras definiciones aún más crudas, el candidato crecía cuanto más se lo atacaba como «enemigo de la democracia», puesto que a ésta se la identificaba con el régimen vigente. Como prueba de imprevisión y desesperación, AD y Copei retiraron sus candidatos cuatro días antes de las elecciones para apoyar a Salas Romer, un político que había ganado espacio para una nueva formación partidaria denunciando como corruptos e incapaces… a adecos y copeyanos. El 6 de diciembre, Chávez obtuvo el 56,3% de los votos, contra el 39,9% de todos sus enemigos aunados. Intrincadas teorías respecto del papel de los medios de comunicación como barrera insuperable para ejercer una política de oposición radical cedieron ante el efecto arrollador de una realidad más dura que las muy duras expresiones de Chávez: en Venezuela, un país ubérrimo, entre los principales exportadores de petróleo en el mundo, proveedor de la mitad del crudo que importa Estados Unidos, el 80% de la población está en situación de pobreza y el 46% en situación de pobreza estructural y pobreza extrema; la desocupación ronda el 20% y la capacidad instalada ociosa supera el 50%; la deuda externa privada y pública es de aproximadamente 35 mil millones de dólares.

Traccionado por semejantes fuerzas, el torbellino no ha cesado de crecer desde entonces. En la ceremonia de asunción del cargo, el 2 de febrero, el nuevo presidente juró «por esta Constitución moribunda» y acto seguido convocó a un referéndum para rehacerla: el 25 de abril obtuvo el 75% de los votos. En julio, cuando convocó a la ciudadanía a las urnas por tercera vez en seis meses para elegir diputados constituyentes, el 92% de los votantes, sobre la base de un 60% de abstención, se pronunció a favor de los candidatos respaldados por el presidente (127 sobre 132 integrantes de la Asamblea Nacional Constituyente, ANC).

«Cayó la tiranía» tituló el 26 de julio El Correo del Presidente (un diario que había entrado en circulación veinte días antes), devolviendo la moneda a la totalidad de la prensa, estupefacta pero irreductible en su denuncia al «chavismo». Desde una u otra óptica el saldo es indiscutible: un régimen inconmovible durante medio siglo hecho escombros en medio año.

 

Una política de largo alcance

«Comienza la revolución», declaró Chávez refiriéndose a la instalación de la ANC (3). Acusado de fascista «carapintada» tanto en Venezuela como en el exterior por casi toda la prensa, denunciado como «agente cubano» por el coronel Mohamed Seineldín (jefe de aquella corriente del ejército argentino), satirizado e insultado por Mario Vargas Llosa, Carlos Montaner y otras muchas plumas reconocidas de la gran prensa internacional, descrito en Argentina como remedo del presidente Carlos Menem (4), identificado luego con el presidente peruano Alberto Fujimori y anatematizado por la mayoría de las corrientes de izquierda, no resulta sencillo definir el carácter del fenómeno que lidera el ex teniente coronel, incluso si se admite su concepto de «revolución pacífica».

La dificultad se acrecienta porque la explosión de fuerza evidente en las urnas no se corresponde con la movilización social y, en ausencia de un movimiento de masas organizado y militante, el ritmo y curso de los acontecimientos derivan ante todo de las decisiones del presidente y el círculo más íntimo de sus colaboradores, entre los cuales descuellan sus ex compañeros de conspiración en las fuerzas armadas. Chávez, por lo demás, no facilita la labor. Aparte sus pronunciamientos en el terreno ideológico (ver recuadro), su conducta de singular versatilidad deja espacio para que cada quien crea que está ante un pragmático sin contacto alguno con objetivos asimilables a una revolución, o frente a un hábil conductor, sensible a las relaciones de fuerzas contemporáneas. Pero al margen de presunciones e impresiones, el anteproyecto de Constitución presentado con su firma de Presidente, luego de jurar nuevamente su cargo ante la ANC, ofrece elementos indicativos de una política de largo alcance.

«Ideas fundamentales para la Constitución Bolivariana de la V República» es el título del documento, fechado el 5 de agosto (5). El acápite titulado «Desaparición forzada de personas», además de condenar esta práctica en cualquier circunstancia sostiene: «El funcionario que reciba una orden o instrucción para practicarla tiene el derecho y el deber de no obedecerla y denunciarla». Bajo el acápite «Derecho a la igualdad y la no discriminación», puede leerse: «No se permitirán discriminaciones fundadas en la raza, la edad, el color, el sexo, el idioma, la religión, la opinión política o de otra índole, el origen nacional, étnico o social, la orientación sexual, la discapacidad y condición de salud y que tengan por objeto o por resultado anular o menoscabar el reconocimiento, goce o ejercicio en condiciones de igualdad, de los derechos y libertades de todas las personas».

Aquí, como en todos aquellos artículos que tratan cuestiones altamente conflictivas en el mundo contemporáneo (derecho al trabajo, a la salud, a la educación gratuita, a la vivienda, etc), al artículo descriptivo de los derechos le sigue otro que afirma: «El Estado promoverá las condiciones para que la igualdad sea real y efectiva y adoptará medidas a favor de grupos discriminados o marginados».

«Derecho a la libertad de pensamiento y expresión» es otro acápite, con tres artículos, encabezados por el siguiente: «(…) este derecho comprende la libertad de buscar y refundir información e ideas de toda índole, sin consideración de frontera, ya sea oralmente, por escrito o en forma impresa o artística o por cualquier otro procedimiento de su elección. El ejercicio de este derecho no puede estar sujeto a censura previa».

Nadie puede garantizar la voluntad oficial de aplicación futura de estos preceptos. Pero bastan dos horas de permanencia en cualquier ciudad venezolana para comprobar que una prensa agresivamente opositora ejerce sus derechos, desde ya, hasta límites sorprendentes, tanto en diarios, como radios y canales de televisión. De hecho, el único medio de prensa que resulta dificultoso obtener, incluso en el centro de Caracas, es El Correo del Presidente….

El acápite «Derecho a la alimentación» señala que «Toda persona tiene derecho a acceder a una alimentación suficiente adecuada. El Estado garantiza el derecho fundamental de toda persona a no padecer hambre. El Estado tomará todas las medidas necesarias para alcanzar la seguridad alimentaria de la Nación». Un tema de especial actualidad, el relacionado con el trabajo, es tratado como sigue: «Todas las personas tienen derecho al trabajo. El Estado garantizará la adopción de las medidas necesarias a los fines de que toda persona pueda obtener colocación que le proporcione una existencia digna y decorosa y le garantice la plena efectividad de este derecho. Es fin del Estado eliminar la desocupación y el subempleo (…) Los derechos laborales son irrenunciables. Será nula toda acción, acuerdo o estipulación que implique renuncia, disminución o menoscabo de estos derechos (…) La jornada laboral diurna de trabajo no excederá de ocho horas diarias ni de treinta y cinco semanales. La ley establecerá las excepciones. Ningún empleador podrá obligar al trabajador o trabajadora a laborar horas extras. Se propenderá a la progresiva disminución de la jornada, dentro del interés social y en el ámbito que se determine, y se dispondrá lo conveniente para la mejor utilización del tiempo libre».

 

Hacia la V República

Bajo el título «Eliminación del latifundio», un escueto artículo establece: «El régimen latifundista es contrario al interés social. La ley dispondrá lo conducente a su eliminación». Sobre el sistema económico: (…) «El sistema económico venezolano rechaza los extremismos dogmáticos y su desarrollo autogestionario se ubicará en un punto de equilibrio entre el Estado y el mercado, entre lo público y lo privado, entre lo nacional y lo internacional (…) deberá fortalecer la autonomía del país, mediante la defensa y el racional aprovechamiento de los recursos naturales y materiales, facilitando y promoviendo la participación de nuestros recursos humanos». «El Estado protegerá la iniciativa privada sin perjuicio de la facultad de dictar medidas para planificar, racionalizar y fomentar la economía e impulsar el desarrollo integral del país». «La República Bolivariana de Venezuela es propietaria de las riquezas del subsuelo y tendrá como obligación mantener bajo su control la explotación, transformación y en general la producción de aquellas indispensables para el bienestar y seguridad económica de la nación». «Quedan reservadas al Estado las actividades de exploración, explotación, transporte, manufactura y mercado interno de los hidrocarburos líquidos (…)».

No es posible interpretar el curso de una transformación política -para no hablar de una revolución- sobre la base de un anteproyecto de Constitución; mucho menos por anticipado. Con todo, es imposible desconocer la significación actual y potencial -no sólo en Venezuela- de estas definiciones. Tanto más si toman carnadura cotidiana y se sostienen en el tiempo.

Esa es, por cierto, una de las mayores incógnitas. El tiempo se aceleró. A poco de instalada la ANC desapareció la distancia entre dos épocas, entre las instituciones ya perimidas y las nuevas aún no consolidadas. Mientras tanto, se acentuó la crisis económica y la imagen internacional del gobierno de Chávez cayó como plomo, aunque las encuestas continuaron registrando un apoyo interno de entre el 70 y el 80% al Presidente. Paradoja difícil de asumir, porque el azote de la recesión provoca un malestar generalizado, palpable en la calle. En los planes iniciales la ANC tenía seis meses para redactar la nueva Carta Magna. A mediados de agosto, tras un episodio insignificante pero magnificado y distorsionado ante la opinión pública mundial, en el que diputados del Congreso aparecían reprimidos por un régimen dictatorial, el Polo Patriótico comprendió que no contaba con tal plazo. La ANC puso marcha forzada y el texto final está a punto de ser presentado a la sociedad.

Según lo planificado, se entregará una copia a cada venezolano y se promoverá el debate popular. Tras algo más de un mes de difusión, hacia fines de diciembre habrá un nuevo referéndum destinado a aprobar o rechazar la Constitución de la V República. Luego, en enero, una quinta convocatoria electoral deberá renovar todas las autoridades ejecutivas y legislativas. Incluso la primera magistratura. Chávez tendrá antecedentes golpistas, pero no hay un solo Presidente latinoamericano que pueda exhibir mayor transparencia.

¿Hay riesgo de que la población no responda positivamente? Preguntamos al presidente Chávez. «Siempre hay riesgos. Pero los riesgos se miden, se evalúan y se enfrentan. El pueblo venezolano ha venido elevando muchísimo su nivel de conciencia. Los engañadores de todas las horas, como los llamaba Gaitán, se estrellan de manera permanente contra una conciencia colectiva. Se han estrellado miles de millones de dólares en campañas de difamación, de terror. Esa conciencia se ha fortalecido mucho. Y tenemos pueblo para rato. Yo mismo estoy sorprendido con los resultados de las últimas encuestas, porque el gobierno se desgasta mucho. No es lo mismo estar en la oposición, en la calle, con el pueblo, protestando, que ser gobernante y recibir millones de quejas y no poder solucionarlas todas, en medio de una crisis espantosa. A pesar de eso, el apoyo popular al gobierno ha aumentado. Eso significa que aquella conciencia es roca; no es una espuma que subió en un momento determinado».

Esta confianza no excluye la certeza de la urgencia. Interrogado acerca de las medidas para atacar los efectos sociales de la crisis Chávez responde: «Nosotros tenemos una visión de largo plazo, pero no queremos caer en uno de los grandes defectos del pensamiento estructuralista, que tiene dificultad para mirar el corto plazo. Le ponemos mucha atención al corto plazo. Porque de eso dependerá que llegemos al mediano. Y del mediano al largo. Un puente hacia el camino. Los paliativos tocan lo estructural, pero marchan sobre lo coyuntural. Por ejemplo el Plan Bolívar 2000, un plan de atención inmediata, de emergencia, a los más necesitados, a los que más han sufrido los nefastos resultados de las políticas neoliberales de los últimos 10 o 15 años. Se trata de utilizar todos los recursos del Estado, civiles y militares, científicos, tecnológicos, financieros, para atender a ese 80% de pobreza, de marginalidad, hasta donde podamos. Ya tenemos seis meses con ese plan. Se han incorporado unos cien mil militares y civiles, hombres y mujeres, especialmente jóvenes, voluntarios, profesionales, médicos, que colaboran los fines de semana sin cobrar un centavo; personas que tienen propiedades y están donándolas para construir viviendas, hospitales, ambulatorios, atención a los ancianos, a los marginales, los niños de la calle. Acabamos de inaugurar el Banco del Pueblo para atender el desempleo, impulsar la empresa familiar. En la educación incorporamos un universo de 600 mil niños que no estaban yendo a la escuela, que estaban en la calle, sin atención de ningún tipo, y empiezan este año sus cursos. El programa Bolívar 2000 es en resumen el gran proyecto social en la coyuntura».

 

Otros frentes de tormenta

No hay desmesura en la efectividad de este plan articulado sobre la estructura de las fuerzas armadas en la calle y en función social. Allí estriba la popularidad del Presidente. Pero la operación tiene también otro objetivo: neutralizar la oposición interna militar, dificultar toda capacidad de reacción de aquellos mandos que en 1992 vencieron a Chávez y lo enviaron a la cárcel de Yare, pero también de otras franjas, ya claramente delineadas en la oposición.

Dos nombres sobresalen en este sector. El ex teniente coronel y actual gobernador del Estado de Zulia, Francisco Arias Cárdenas, miembro fundador del MBR, del que se apartó para ser candidato a gobernador por el partido Causa R, es uno de ellos. El otro, Francisco Visconti, encabezó la sublevación de la fuerza aérea en noviembre de 1992 -apoyada desde la prisión por Chávez y Arias- también rápidamente sofocada.

Desde posiciones diferentes -Visconti ocupa la derecha en la ANC- ambos parecen encaminados a ahondar sus diferencias con Chávez. Imposible medir hoy cuánto gravitan sobre las fuerzas armadas y hasta qué punto están dispuestos a reencontrarse con los restos del antiguo régimen para enfrentar al gobierno.

La cúpula sindical es el otro flanco de riesgo para el Polo Patriótico. Su distanciamiento de las bases no niega el poder efectivo de presión y, en otra coyuntura, de movilización. Algunos diputados constituyentes propusieron intervenir sindicatos y centrales y convocar a elecciones. Pero la iniciativa fue rápidamente descartada. El Frente Constituyente de los Trabajadores (un bloque de integrantes de la ANC con representación sindical), impuso el criterio de autonomía y encamina un referéndum en las bases de las cuatro centrales existentes para aprobar o rechazar la propuesta de creación de una organización sindical única, con autoridades surgidas de una elección conjunta.

En este entramado de conflictos internos no faltan lazos con otro frente de tormenta: las relaciones internacionales. No es menor en este orden la cuestión económica. El Programa económico de transición 1999-2000 comienza con esta advertencia: «El servicio de la deuda pública representa alrededor del 30% del gasto del gobierno central. Tal situación, unida a la recesión económica, obligará a nuevos endeudamientos y a una imperiosa necesidad de refinanciar, reestructurar o renegociar los compromisos contraídos fuertemente concentrado entre los años 1999 al 2008» (6). Sin embargo, más inmediato y candente es el choque político con Estados Unidos. El centro visible de ese conflicto reside en Colombia. La postura que Chávez expuso a LMD no deja lugar a dudas: «Rechazamos y rechazaremos de la manera más firme, categórica y enérgica posible la pretensión de una intervención militar en Colombia, que abarcaría a Venezuela también. El conflicto está por debajo, es como el agua: no hay un límite para el agua en el mar. Es un conflicto que desborda a Colombia. Y en eso coincidimos de manera firme con el gobierno del presidente Cardoso y así lo hemos hecho saber».

Cabe la hipótesis de que esta situación, con el dramático desarrollo que supone, tenga origen en otra fuente de conflictos entre el nuevo régimen venezolano y la Casa Blanca: reaparición de la OPEP, (en marzo próximo los presidentes de los países integrantes de esa organización paralizada durante décadas se reunirán en la capital venezolana), con el consiguiente aumento en flecha del precio del petróleo (para contrarrestarlo Estados Unidos decidió vender parte de sus reservas); intento de crear Petroamérica con Brasil por acuerdo o fusión de las estatales Petrobras y PDVSA; irrupción de Caracas como factor revulsivo en un ordenamiento geopolítico regional que parecía consolidado y en pocos meses sufrió cambios imprevistos y trascendentales…

Es incierto el rumbo que adoptará Chávez cuando estos múltiples hilos se anuden y pretendan atarle las manos. En junio de 1998, respondía ante una hipótesis extrema: «Estamos en capacidad de dar respuesta a una declaración de guerra (…) Las fuerzas armadas chilenas no son las venezolanas ni Hugo Chávez es Allende (y no me refiero al hombre -tengo un gran respeto por la figura histórica de Allende- sino a las circunstancias). Allende no tenía ejército» (7).

Chávez tiene también otras definiciones contundentes: «¿Cómo concebir a un Bolívar sin la masa? ¿Cómo concebir a Lenin sin los bolcheviques? ¿Quién va a mover solo un imperio como el español? ¿Sucre, Páez, Bolivar? Sin la masa jamás hubiese sido posible. Simón Rodríguez lo decía: la fuerza material está en la masa, la fuerza moral está en el movimiento» (8).

Ante un porvenir que apresura su llegada se replantean también otros conceptos del Presidente venezolano, confesados cuando recién salía de la cárcel: «Siento la amenaza de las viejas tendencias, en todas partes, en gente que tú pensabas, creías, o creíste que tenían concepciones distintas y resultaron el mismo virus de los partidos tradicionales. Si a algo le tengo terror es a eso, a verme dentro de 20 años convertido en un gobernador, alcalde o presidente, utilizando lo mismo que tú creías combatir o que de verdad en una ocasión combatiste. Lucho conmigo mismo para no dejarme arrastrar por las corrientes» (9).

No son tentaciones las que le faltan para abandonar la identidad de «revolucionario» que esgrime con satisfacción. Hasta la Casa Blanca combina mano dura con gestos de seducción; «las viejas tendencias» no cesan su labor. El año 2000, una vez aprobada la ANC y ratificadas las autoridades, comenzará de verdad el combate (y la cuenta atrás) del presidente venezolano en múltiples frentes, ante adversarios poderosos y simultáneos. Es el escenario más temido por quien conoce las leyes de la guerra.

  1. Agustín Blanco Muñoz, Habla el comandante, Fundación Cátedra Pío Tamayo. Centros de Estudios de Historia Actual. Universidad Central de Venezuela. Este libro registra conversaciones de Chávez con Blanco Muñoz, historiador marxista, entre fines de marzo de 1995 y mediados de 1998.
  2. Ibid. pág. 536.
  3. Correo del Presidente, 2/7/99.
  4. «Chvez, el menemismo tardío» , Clarín 15/7/99.
  5. Publicado como folleto de amplia distribución, como suplemento de El Correo del Presidente el 17-8-99 y disponible en la página web http://www.venezuela.gob.ve.
  6. Programa económico de transición. 1999-2000. Oficina Central de Información. Caracas.
  7. Habla el comandante, pág. 586.
  8. Ibid; pág. 423.
  9. Ibid; pág. 175.

 

reseña

Los usos de Gramsci

porLBenLMD

 

De Juan Carlos Portantiero

Editorial: Grijalbo
Cantidad de páginas: 214
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Enero de 1999

 

Cristo no puede ser responsabilizado por interpretaciones y conductas de ciertos cristianos. Marx no debiera ser juzgado a la luz de determinados marxistas. Lo mismo vale, salvando las distancias, para Antonio Gramsci, un comunista italiano de pensamiento vigoroso y trágica historia individual, injustamente valorado a partir de interpretaciones arbitrarias y carentes de rigor histórico y metodológico. El título de este libro es, por tanto, un acierto mayor.

Los usos de Gramsci está conformado por la suma de cuatro textos redactados en diferentes períodos: “Estado y crisis en el debate de entreguerras” (1981); “Los usos de Gramsci” (1975); “Gramsci y la crisis cultural del Novecientos” (1997); “Gramsci y el análisis de coyuntura” (1971).

En el trabajo que da nombre al volumen el autor expone acerca de lo que señala como “los “temas” de Gramsci”. Estos “aparecerán en el momento de la ofensiva política, en el del reflujo revolucionario y del ascenso del fascismo y se condensarán finalmente en los bosquejos agrupados en los cuadernos de la cárcel”. Para exponer estos “temas de Gramsci” el autor recurre a Lenin como contrafigura. El revolucionario italiano emerge de estas páginas como polo opuesto al corpus teórico del líder de la Revolución Rusa.

En los años ´70 ésta fue una noción difundida y aceptada en amplios círculos intelectuales y políticos. Por diferentes razones, era funcional a quienes con diversas orientaciones se apartaban del stalinismo, a quienes se aproximaban al peronismo montonero, e incluso a un flanco de la Unión Cívica Radical con el cual convergerían, en la década siguiente, intelectuales provenientes de las otras dos vertientes. Un fenómeno análogo se verificaba en buena parte del planeta, especialmente en Europa.

El debate teórico y político está lejos de haberse agotado. Pero en dos décadas ha habido numerosas contribuciones que esta reedición, a pesar de corregida y aumentada, no registra. La más importante -insoslayable para quien se interese en la polémica- es la que en 1977 publicó un marxista inglés, Perry Anderson, tituladaLas antinomias de Gramsci. Con riguroso tratamiento de los hechos y demoledora consistencia argumental, el por entonces director de New Left Review rescató el pensamiento de Gramsci, subrayó su potencia, expuso con respetuosa admiración sus flaquezas y enfrentó aquella noción a la moda.

Un cuarto de siglo después, polemizar acerca del lugar y el papel de Gramsci en la teoría y la práctica continúa siendo estimulante y, sin duda, educativo para quienquiera se preocupe por el rumbo en el que marcha el mundo.

Sem Terra: un movimiento original en América Latina

porLBenLMD

 

Decenas de miles de personas, llegadas desde todo el inmenso territorio, se concentraron a mediados de agosto ante la sede del gobierno, en Brasilia. Los Sem Terra se instalaban frente a la sede del poder. El desenlace inmediato de esta prueba de fuerzas es menos relevante que la lógica puesta en movimiento por esos millones de campesinos desamparados, pero con una idea precisa de sus derechos y lugar en el mundo.

 

Eligieron identificarse por lo que no tienen. Decisión chocante en tiempos de fetichismo consumista. Hallaron un nombre con fuerza de sentencia bíblica: Sem Terra (Sin Tierra). Y acaso sin proponérselo, en representación de cinco millones de familias desamparadas, sacudieron sin excepción a los partidos políticos de Brasil, al punto de ponerlos ante la exigencia de una drástica reformulación.

Hasta allí, bastante más de lo que la teoría política usual asigna como papel histórico a los campesinos. Pero los rasgos distintivos de los Sem Terra van más allá. En la conmovedora gesta de este movimiento que con extraña originalidad combina rasgos del más atrasado tinte feudal con signos de una modernidad ajena a su propio entorno, nada admira más que su capacidad para combinar las tres consignas que rigen su accionar («ocupar, resistir, producir» ), con el propósito de librar y vencer la batalla contra el analfabetismo y la falta de instrucción en sus bases: «Luchar sólo por la Tierra (ellos la escriben así, con mayúscula) no sirve. La lucha por la Reforma Agraria implica la conquista de todos los derechos sociales y la ciudadanía plena. La educación es uno de esos derechos» , afirman en sus proclamas (1).

 

Una historia vertiginosa

El Movimiento de los Sin Tierra (MST) se constituyó formalmente en enero de 1984, aunque la ocupación de fazendas (haciendas) había cobrado impulso ya en 1978, en coincidencia con una gran huelga metalúrgica que en San Pablo hería de muerte a la dictadura, inervaba un multifacético movimiento social y daba nacimiento, a partir del año siguiente, al hoy poderoso Partido de los Trabajadores (PT).

Acorde con rasgos singulares de la idiosincracia brasileña, en la gestación y consolidación del MST participaron diversas corrientes de izquierda. Entre ellas destacaban los sacerdotes integrantes de la Pastoral da Terra, brazo campesino de la radicalizada iglesia católica.

La demanda que aglutinó y movilizó centenas de miles de familias era por demás simple: reforma agraria. Estados Unidos había hecho la suya dos siglos antes. Y no hay quien deje de asociar este dato con la posterior grandeza económica de aquel país. En su programa, el MST propone que no existan propiedades de más de 750 hectáreas, «partiendo del supuesto de que ninguna familia que viva de la agricultura, incluso en forma capitalista, necesita un área mayor para progresar» (2). La ley estadounidense estableció en su momento un máximo de 400 hectáreas. De modo que los Sem Terra no podían ser calificados como subversivos. Por lo demás, la realidad agraria brasileña exime de toda argumentación: 600 millones de hectáreas en manos de grandes propietarios privados; 180 millones oficialmente clasificadas como latifundios; 44 % de las tierras permanecen ociosas. Ni las voces más conservadoras pusieron en duda la justeza del reclamo aunque, claro, los terratenientes agrupados en la Unión Ruralista de Brasil armaron ejércitos privados, que se cobrarían cientos de vidas para impedir ocupaciones o desalojar luego a las familias.

El presidente Fernando Henrique Cardoso explica que «el problema no se reduce a la cuestión cierta de una estructura fundiaria inicua. Refleja hoy igualmente la liberación de mano de obra, resultante de la profunda transformación del sistema productivo en el campo. Lo que ocurrió en Europa en el siglo pasado, se repitió en Brasil en la segunda mitad del siglo XX (…) la cuestión agraria no es únicamente económica. Es sobre todo social y moral» (3).

Pero parece ser que esta angustia ética se relativiza cuando se accede al Palacio del Planalto, sede del gobierno. Sucesivos mandatarios encargaron al INCRA (Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria) la aceleración del reparto de tierras. El primer presidente civil luego de la dictadura, José Sarney, prometió entregar tierras a 1.400.000 familias. Cuando cumplió su mandato eran poco más de 100 mil las que habían recibido una parcela. El funambulesco Fernando Collor de Mello, que lo sucedió, prometió asentar medio millón de familias durante su campaña electoral. Cuando renunció, acosado por denuncias de corrupción, el reparto de tierras era igual a cero. El vicepresidente que lo reemplazó, Itamar Franco, redujo la promesa a 100 mil familias. Pero apenas satisfizo a 20 mil. En cuanto a Cardoso -desde siempre comprometido intelectualmente con la reforma agraria- en 1994, antes de asumir su primer mandato, se comprometió a entregar tierras a 280 mil familias en sus primeros cuatro años de gobierno. Tampoco este menguado objetivo fue alcanzado.

Fue por esa brecha inabarcable entre promesas oficiales y realidad que irrumpieron los Sem Terra.

 

Amplio arco social

Una particularidad sobresaliente del MST es que constituye en sí mismo un frente social de considerable amplitud. En efecto, integran este movimiento desde pequeños propietarios hasta asalariados rurales. Una somera clasificación muestra el espectro. El aparcero (parceiro); trabaja con su familia, alquila tierra y produce con sus propias herramientas; a menudo aporta también semilla, abono, etc. La particularidad es que paga al propietario con el producto de su cosecha. Un porcentaje habitual es el 30%, aunque existen los más variados acuerdos. Cuando el contrato establece la distribución por mitades, el campesino es llamado mediero.

Otra variante es el arrendatario: como el parceiro, trabaja con su familia y sus herramientas, pero paga precio fijo al terrateniente. Existen arrendatarios de grandes extensiones, que no son considerados sem terra. Pero es habitual hallar en la primera categoría a quienes utilizan temporariamente mano de obra asalariada.

El posseiro (ocupante) es aquel que se asienta en un terreno con su familia y lo trabaja como si fuera propio, pero no posee título de propiedad. Esta modalidad se observa sobre todo en el Nordeste, en la región conocida como «frontera agrícola» ; las tierras ocupadas suelen ser del Estado.

«Pequeño agricultor» se denomina a quien, por regla general, posee menos de cinco hectáreas de campo y trabaja con su familia. El producto obtenido es obviamente insuficiente para la subsistencia, por lo cual esta categoría -al igual que las de ocupantes, arrendatarios y aparceros- suele combinarse con aquella que, en cualquier caso es cuantitativamente dominante en este conglomerado social: la de los asalariados rurales.

Completan este universo una inclasificable cantidad de sem terra que expulsados por la miseria emigran a las grandes ciudades y erran a la búsqueda de trabajos temporarios, viven de la limosna, la prostitución o la delincuencia e integran otro movimiento social en ciernes, conocido como los «sin techo» . Esta derivación explica en buena medida las disputas cuando se trata de cuantificar a los sin tierra. No obstante, puede afirmarse que suman alrededor de 5 millones de familias.

Contrasta con esta amplitud la alta homogeneidad del movimiento. Existen sólo dos organizaciones representativas: la Confederación Nacional de los Trabajadores en la Agricultura (CONTAG) y el MST; pero este último es, a gran distancia, la fuerza de mayor vigor y envergadura, con base en 23 Estados, aunque su fuerza se halla preponderantemente en el Sur y el Nordeste (4).

El artículo 184 de la Constitución de Brasil sostiene: «Compete a la Unión expropiar por interés social, con el objetivo de la reforma agraria, el inmueble que no esté cumpliendo su función social» . Con tal respaldo las direcciones del MST tienen argumentos legales poderosos para su accionar. Por eso no pueden sorprender derivaciones como lo ocurrido recientemente en Belem, Estado de Pará, donde un solo contratista tiene siete millones de hectáreas, una extensión mayor que Suiza. Unas 800 familias ocuparon la Hacienda Cabaceira. El gobernador Almir Gabriel ordenó el desalojo, para lo cual dispuso un batallón de 500 hombres abastecidos de armas químicas, perros y equipamiento de guerra.

Un grupo de dirigentes y campesinos se instaló frente a la sede del gobierno estadual y emitió la siguiente declaración: «Nosotros, del MST, venimos en nombre de cualquier conciencia moral, a pedir a la sociedad un repudio a este estado de cosas (…) prometemos que resistiremos. Si se llega a la violencia de los desalojos, juramos por nuestra dignidad de brasileños, herederos de los esclavos y de su lucha por la libertad, que reocuparemos las haciendas. Que haremos marchas, actos públicos. Que seguiremos a Belem, que nos transformaremos en 10, 100, millares, y prometemos un levantamiento de los pobres del campo para poder denunciar la tiranía de aquellos que no respetan a nuestro pueblo» (5).

Existen cientos de casos como éste, en los que se plantean constantemente situaciones límites. Según cifras oficiales, en 1996 ya había en Brasil 145.712 familias trabajando en 1564 «asentamientos» que ocupan 4.870.172 hectáreas (6). Esta realidad, combinada con la composición, contenido programático y modalidades operativas del MST, han planteado la duda acerca de si éste no es, en realidad, un partido político.

De hecho, el distanciamiento del MST con el PT -que hasta ahora lo contuvo en términos políticos- sumado al hecho de que numerosas tendencias internas de este partido rechazan la línea oficial -que califican de conciliacionista o reformista- parece anunciar un realineamiento de fuerzas que, eventualmente, podría redefinir formalmente a los Sem Terra, quienes persisten en reconocerse como «movimiento social» , pero no niegan su carácter político ni ocultan sus propósitos en ese terreno. Las palabras, se sabe, jamás alcanzan a develar la realidad de un fenómeno social. Ya lo decía Goethe: «gris es la teoría, amigo mío; y verde por siempre el árbol de la vida».

 

  1. «O MST e a Educação» ; documento oficial, Brasilia, 1998.
  2. Documentos del Primer Congreso del MST, 1990.
  3. Reforma Agraria, compromiso de todos. Introducción de Fernando Henrique Cardoso; 1997.
  4. F. S. A. Görgen; Esbozo histórico del MST.
  5. Declaración de Dirección Estadual del MST, 22-7-99. Belem/Pará/Brasil.
  6. INCRA, Brasilia, 1996.

 

referencia ineludible para la recomposición de fuerzas

El marxismo cubano

porLBenCR

 

Recomponer las fuerzas marxistas a escala de cada país e internacionalmente supone arribar a un diagnóstico común de la realidad mundial y su dinámica, elaborar un programa de acción, acordar los trazos generales de una estrategia, reafirmar métodos y criterios de organización y de combate. Tras ese propósito, los análisis, las caracterizaciones, las líneas y métodos para la acción asumidos ante el mundo por la dirección del Partido Comunista de Cuba a través de los discursos de Fidel Castro, constituyen documentos programáticos de importancia clave para el debate de la vanguardia

Crítica expuso en la edición anterior su posición respecto de las causas de la guerra contra Yugoslavia y adelantó el significado de la reformulación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Se trata de un aspecto crucial de la coyuntura histórica que atraviesa el mundo, frente al cual han trastabillado organizaciones de todas las tendencias del pensamiento revolucionario (y algunas han caído estrepitosamente). Corresponde entonces publicar una edición extra para dar la palabra a la dirección revolucionaria cubana a través de sucesivos pronunciamientos de Fidel Castro (en el Congreso Internacional de Cultura y Desarrollo, el 11 de junio; ante jefes de Estado y de gobierno en Río de Janeiro, el 28 de junio y frente a una multitud de estudiantes brasileños, en Belo Horizonte, el 1° de julio) respecto de la nueva y complejísima fase de la crisis capitalista mundial inaugurada por estos acontecimientos.

Estudiar y debatir estos materiales es parte inseparable de la tarea de rearme teórico encarada desde diversos ángulos por numerosos luchadores marxistas.

Un año atrás, en su N° 19 Crítica propuso entablar «un debate sin concesiones que interprete y busque el saldo de cuatro décadas de accionar de la dirección encabezada por Fidel Castro».

El propósito no era limitarse a cantar loas o hallar deficiencias en esa dirección, sino encarar un análisis comparado de las posturas adoptadas por las diversas variantes revolucionarias, utilizando el parámetro cubano «como espejo de los errores e injusticias cometidos por las diferentes organizaciones y corrientes que se consideran marxistas».

No hubo debate sin embargo. Su lugar continuaron ocupándolo la apología vacía o el dicterio irresponsable, formas diferentes de una misma conducta, consistente en no asumir la propia historia; en no encarar el análisis marxista de las corrientes que se proclaman marxistas.

Hacia fines del año pasado, ya con la crisis capitalista internacional gravitando con el máximo de fuerza y de manera directa sobre todas las tendencias de izquierda, y en lo que parece ser el non plus ultra en la fragmentación y debilitamiento de las organizaciones revolucionarias marxistas, se multiplicaron las voces críticas y autocríticas en todas las regiones del planeta.

Bien es verdad que en no pocos casos tales intentos emprendieron un camino sin retorno hacia el pensamiento idealista. Pero no lo es menos que, entre los restantes, se observan calificados esfuerzos por reapropiarse del arma de la teoría, sea a través de un accionar envarado en la voluntad revolucionaria, sea a través de ensayos autocríticos. Entre estos últimos, no obstante, casi sin excepción se omite la trayectoria de la Revolución Cubana como punto de referencia para el análisis.

Esto responde a tradiciones de diferente origen. Las corrientes provenientes del stalinismo maoísta -algunas de las cuales han desplegado en los últimos años un enérgico accionar en favor del reagrupamiento de sus fuerzas- no pueden revisar la posición que a fines de los ’60 las llevó a denunciar irresponsablemente a Fidel Castro como agente de lo que caracterizaron como «imperialismo soviético» (algunas llegaron a acusarlo de haber asesinado al Che), sin que se les desplome todo el andamiaje teórico-político sobre el que todavía se apoyan.

Algo análogo ocurre a la casi totalidad de las diversas denominaciones trotskystas. Entre éstas, destacan tendencias caracterizadas por su solidez teórica y seriedad en el posicionamiento político. Pero como regla general la omisión se explica porque las miradas autocríticas parten de una premisa tan arraigada como carente de fundamentos, según la cual desde los años 30 no existieron corrientes revolucionarias marxistas por fuera del así llamado «movimiento trotskysta internacional».

Con el monopolio del pensamiento revolucionario sobre sus espaldas, para tales corrientes la revisión crítica se circunscribe necesariamente a sus maestros y cultores. El precio de semejante concepción metafísica es que así como años atrás frente a un desafío de la realidad se apelaba, como criterio de verdad, a lo que Trotsky había dicho en tal ocasión, en tal lugar, ahora se llenan páginas y más páginas para mostrar que en tal ocasión, en tal lugar, el revolucionario ruso estaba completa e insanablemente errado, y allí se halla la causa de los desaguisados propios.

El panorama se completa con una variedad de organizaciones de carácter centrista, provenientes del stalinismo de cuño soviético, para las cuales el espejo cubano es doblemente gravoso, a menos que se lo utilice exclusivamente de manera superficial y apologética.

Así, el debate continúa postergado. Pero el agravamiento de la situación mundial lo hace más urgente y necesario que nunca. Y la Revolución Cubana, con sus 40 años de gallarda permanencia es, más aún que en cualquier otro momento de su historia, el parámetro insoslayable para llevarlo a cabo.

No faltan, en la militancia marxista internacional, cuadros de sólida formación y rica experiencia. Sería imperdonable negar o desconocer su contribución, incluso si tales virtudes están acompañadas por errores muy graves del pasado en cuanto a diagnósticos y líneas de acción. Igualmente, sería imperdonable desconocer el valor potencial de análisis y opiniones por el hecho de que los autores no hayan logrado formar y mantener en el tiempo una organización revolucionaria de peso. Semejante conducta implicaría desconocer el sinuoso y contradictorio recorrido de la lucha de clases internacional durante el siglo que termina; supondría partir de una interpretación no marxista respecto del desarrollo del pensamiento y la organización marxistas.

¿Qué decir entonces de los pronunciamientos de Fidel Castro? Estos no son documentos elaborados por un individuo o un equipo aislado de las masas y sin gravitación en el terreno político, sino por la dirección revolucionaria de todo un pueblo que, a despecho de su pequeñez geográfica, pesa extraordinariamente en el escenario político mundial. A lo largo de 40 años (es imperativo leer hoy el discurso de Fidel en mayo de 1959, cuando cinco meses después de la victoria revolucionaria anunció el comienzo de la Reforma Agraria), estos documentos trazan con nitidez el esfuerzo de una dirección marxista por extender la revolución, afianzar su poder, contrarrestar el peso mortal del stalinismo y superarse a sí misma en todos los terrenos. El desprecio que a menudo practican valiosos marxistas hacia esta columna fundamental de la revolución mundial contemporánea no logra disimular flaquezas de honda y compleja raigambre en los cuadros que adoptan tal actitud.

 

Cometido pendiente

Aquilatar el significado del marxismo cubano durante la segunda mitad del siglo XX es una tarea pendiente e insoslayable para quienquiera se sienta involucrado en la recomposición de fuerzas. La posición respecto de la Revolución Cubana es una divisoria de aguas no sólo respecto de las expresiones ideológicas y políticas del capital, sino también respecto de las propias organizaciones marxistas.

De hecho, la posición de los revolucionarios frente a una Revolución -desde la Comuna de París hasta nuestros días- ha sido siempre motivo de grandes controversias y son incontables los casos de figuras notorias que no aprobaron la aparentemente sencilla prueba de reconocer si estaban frente a una Revolución o su contrario.

Pues bien: se trata de distinguir una vez más si la dirección cubana encarna o no una Revolución en marcha y qué papel juega frente a la contrarrevolución. Tal conclusión determina alineamientos estratégicos que ningún sofisma puede desdibujar. Por imperiosa que sea la necesidad de sumar fuerzas, no puede haber unidad organizativa en un partido revolucionario marxista sin acuerdo sobre este punto, decisivo para definir la situación y las perspectivas de la crisis mundial.

Por eso, entre otras razones, a la consigna unidad de la izquierda oponemos el concepto de recomposición de fuerzas marxistas. Sólo un pensamiento anquilosado podría confundir esta noción con el seguidismo acrítico o la imposibilidad de señalar diferencias allí donde las hubiere, respecto de una fuerza a la que se caracteriza como revolucionaria en el cuadro político internacional.

Ante la inminencia de un colapso mundial del capitalismo y la necesidad de ofrecer una respuesta efectiva, el pensamiento marxista y su expresión política organizada deberán trabajar conscientemente por una negación de todo aquello que durante décadas negó la teoría científica de la lucha de clases y la organización de los revolucionarios. En esa ardua labor participarán, cada una con su bagaje histórico, las diferentes corrientes en que se fraccionaron los revolucionarios por causas objetivas y subjetivas que transcienden a cada organización. El debate teórico y la práctica como único criterio de verdad producirán, en su momento, un salto cualitativo.

A eso denominamos recomposición de fuerzas. Cuando finalmente plasme, tal síntesis superará necesariamente a las vertientes que la compongan. Lejos de cualquier eclecticismo, las corrientes de pensamiento y acción revolucionario negarán sus componentes enfrentados con las necesidades de la evolución humana y rescatarán en un plano superior los valores de la teoría marxista y la política revolucionaria. Quedarán en el pasado sus antecedentes, algunos contradictorios al punto de representar lo inverso de lo que pretendieron sus postulados.

Sobre ese pasado, no corresponde exigir unanimidad. La Historia no puede ponerse a votación. Por el contrario, es preciso alentar todo impulso hacia la investigación y la crítica, a las que sólo se le opondrá el arma de la dialéctica materialista, aferrada por revolucionarios probados en la lucha cotidiana y en el marco de un partido disciplinado para el combate de clases.

El marxismo cubano -¡¿quién lo duda?!- tendrá un papel preponderante como vertiente histórica y como fuerza palpitante en la recomposición. Sus lagunas teóricas y sus debilidades políticas se han probado menos gravosas que las de la mayoría -si no la totalidad- de las demás corrientes proclamadas marxistas en cualquier parte del mundo. Emerger de esta década contrarrevolucionaria con las mismas banderas de hace 40 años y tener la capacidad de enarbolarlas con todo un pueblo y centenas de miles de militantes en todo el mundo tras ellas, es prueba irrefutable de un vigor y potencialidad que no ha mostrado ninguna otra tendencia marxista. Ese es el significado del arsenal teórico y político disparado en los discursos de Fidel Castro que se reproducen a continuación.

No hay que decir que si alguien piensa lo contrario, o se siente autorizado para hacer un aporte crítico que supere el papel objetivo y subjetivo de esta dirección, tiene no sólo el derecho sino la obligación de tomar estos textos y ponerlos bajo el fuego de la crítica marxista. Lo único inaceptable es la diatriba basada en amalgamas, sofismas, desconocimiento del accionar cotidiano de la dirección encabezada por Fidel Castro y liviandades ajenas por definición a la conducta de un revolucionario serio.

 

Nuestras tareas

Un destacamento marxista responsable no le exigirá jamás a otra organización revolucionaria lo que no puede hacer él mismo. Nuestra línea de acción en pos de la recomposición de fuerzas marxistas, no está basada en lo que pueda realizar el PC de Cuba, aunque lo cuenta como protagonista y principal punto de referencia.

Es un hecho que a la orientación destinada a lograr la unidad de los revolucionarios, o su par unidad de izquierda (a la de una u otra manera se ha sumado prácticamente la totalidad de las tendencias marxistas), le hemos opuesto la estrategia de unidad social y política de las masas explotadas y oprimidas -con prescindencia de su definición ideológica- y la recomposición de fuerzas marxistas.

De ningún modo consideramos que la dirección cubana esté obligada, por la consideración que sea, a encabezar esa tarea de recomposición. Una constante en los discursos de Fidel Castro es la alusión a las limitaciones que afronta cuando habla en público. Son las mismas que ponen obstáculos insalvables durante largos períodos a una dirección revolucionaria con el gobierno de un país bajo su responsabilidad. Basta seguir la secuencia durante 40 años, para observar si estas barreras han sido una excusa para no tomar compromisos y eludir responsabilidades o una realidad impuesta por el marco objetivo en el que actúa siempre una dirección revolucionaria.

Por nuestra parte, vemos allí una rara combinación de firmeza y ductilidad frente a las exigencias de cada coyuntura, que tiende siempre a romper el límite planteado por las relaciones de fuerzas objetivas y a la vez cuida que esa ruptura no se vuelva en contra de lo ya obtenido. Se trata de una escuela de accionar político revolucionario (Lenin fue el pionero y máximo exponente) en la que todo militante debería formarse, para eludir a la vez las trampas del posibilismo y las del maximalismo como norma, la estridencia como método y como constante la ausencia de correspondencia entre palabra y acción.

Como quiera que sea, la inexistencia de organizaciones marxistas con arraigo real en las masas es, además de lo obvio, una barrera para que un partido que conduce el gobierno de un país se relacione públicamente con pequeños agrupamientos que se consideran revolucionarios. Así, se establece una interacción negativa, que tiende a aislar y debilitar en diferentes planos a unos y otros. Para nosotros éste es un dato objetivo que sólo cambiará cuando organizaciones revolucionarias marxistas se muestren capaces en los hechos de encabezar la lucha de las masas.

Mientras tanto, la elaboración propia de posiciones respecto de cuestiones centrales de la realidad mundial y nacional y su permanente cotejo con las posturas oficiales del PCC -así como el estudio y consideración rigurosos de opiniones y análisis de otras corrientes en las que reconocemos voluntad revolucionaria y esfuerzos por reafirmar la teoría marxista- constituyen la metodología para avanzar en la doble e inseparable brega por la unidad social y política de las masas y la recomposición de fuerzas marxistas. Se trata en todo caso de mantener una inalterable independencia de criterio, que no escatimará respaldo a quien sea que cumpla la hoy más difícil que nunca tarea de sostener ante las masas del mundo la bandera roja, la propuesta socialista y la conducta comunista.

Así, mediante la educación, la persuasión y el combate franco de ideas y líneas de acción, se avanzará por el camino de la recomposición de fuerzas. El marxismo cubano será una palanca poderosa para ese movimiento. Y a su vez, todo éxito redundará en una superación del cuerpo teórico y el accionar político de la dirección revolucionaria cubana.

De allí que esta tarea de elaboración crítica es una obligación respecto de la Revolución Cubana misma. Es evidente que ésta ha dado de sí más de lo que pudiera esperar la inteligencia más optimista. Pero su resistencia encuentra como límite el curso de la lucha revolucionaria y socialista a escala mundial. Y ésta tiene como factor decisivo la recomposición de fuerzas marxistas y su capacidad para afrontar exitosamente la batalla por el socialismo. Mientras esta perspectiva no produzca un salto cualitativo, el marxismo cubano estará constantemente acosado por tendencias centristas e incluso francamente contrarrevolucionarias, como lo puso dramáticamente de manifiesto Raúl Castro, a nombre del Buró Político, en su célebre Informe al Comité Central en marzo de 1996 (*). Esto lo ratifican las medidas de depuración interna del PCC que en junio pasado pusieron al margen de sus filas a 1500 integrantes acusados por «maltrato a la población», «desvíos y uso indebido de recursos estatales o presunta malversación», «descontrol económico e irregularidades y falta de exigencia administrativa», «conducta social impropia de militantes», «falta de prestigio» e «inconformidad con medidas disciplinarias y maltrato a trabajadores» (**).

La humanidad asiste a la peor crisis en la historia del sistema capitalista. Sin una recomposición de fuerzas marxistas en todos los planos, el proletariado y los pueblos oprimidos de la tierra no podrán evitar que las potencias imperialistas arrastren al mundo a la barbarie (***). Nada más ajeno al pensamiento marxista que la idea de que éste puede rearmarse y proyectarse como arma decisiva de lucha sobre la experiencia exclusiva de un pueblo o la genialidad -supuesta o real- de algunos dirigentes. Esa es una deformación metafísica que ha causado estragos en las filas revolucionarias.

Y debe ser descartada de antemano al empeñarnos en multiplicar esfuerzos para difundir, estudiar y confrontar con la teoría y la práctica el pensamiento vivo del marxismo cubano, como parte insoslayable del debate mundial contemporáneo. Desde su primer número Crítica ha tratado de cumplir con ese objetivo. Hoy, nuestro llamado es a realizar orgánica y públicamente ese debate a nivel nacional, regional e internacional.

 

Notas 

*.- Ver Informe al CC del PCC, de Raúl Castro, en Crítica N° 14, pág. 12 y la Introducción de la Redacción, ib. pág. 4.

**.- Granma, reproducido en El Espejo N° 67; pág. 4.

***.- Ver Carta abierta a la militancia; Crítica N° 21; pág. 4.

reseña

Rusia bajo los escombros

porLBenLMD

 

De Alexandr Solzhenitsyn

Editorial :Fondo de Cultura Económica
Cantidad de páginas: 200
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Enero de 1999

 

Esta obra es mucho más que una descripción inteligente. Es ante todo el alarido desgarrado -desgarrador- de un gran escritor. Y un ensayo que, en exacta reproducción del medio que lo alimenta, combina genialidad y ceguera, grandeza y miseria, coraje y cobardía, determinación y pusilanimidad, en proporciones que perturban al lector.

No conviene confundirse: Alexandr Solzhenitsyn, premio Nobel de literatura, autor de libros imprescindibles para entender aspectos fundamentales de la ex Unión Soviética, continúa aferrado al misticismo, y lejos de cambiar su postura filosófica ante el pasado reciente de su país, avanza aún más por el camino del anticomunismo y la religiosidad como única respuesta.

El libro no es un ensayo riguroso con valor científico para explicar el colapso y la actualidad rusas. El escritor se impone al pensador; la percepción supera por lejos a la reflexión; y la búsqueda sincera y apasionada de un hombre insobornable produce destellos de genial intelección sobre la realidad rusa que ningún estudioso podrá desconocer.

Tras una gira por todo el país, durante cuatro años, el autor comienza su obra con un recurso tomado del periodismo: reproduce las frases que más lo impactaron durante sus conferencias y encuentros con el pueblo.

Estos registros terminan a fines de 1997; en agosto de 1998 Rusia se declaró insolvente, lo cual si para el mundo exponía la imposibilidad de completar la transición al capitalismo, para sus habitantes decuplicó las penurias. Pero ya en 1995, dice Solzhenitsyn, «viajé por la región del Volga (…) En mis reuniones, cada vez que alguien elogiaba el pasado (comunista), lo aplaudían unos dos tercios del auditorio. Cuando yo objetaba que los presentes, siquiera por su edad, no conocían los horrores del pasado, la sala se llenaba de murmullos de protesta».

Como se ve, a menudo importa más la honestidad intelectual. Esa misma actitud lleva al autor a conclusiones que en los teóricos provocan los más encendidos debates: «saltamos -nos arrojaron- no al Mercado sino a la Ideología de Mercado (sin que éste existiera)», dice Solzhenitsyn desde su defensa de una sociedad medieval.

Imperdible resulta la descripción de los múltiples efectos del stalinismo (Solzhenitsyn lo denomina, sin ingenuidad, comunismo) en la conciencia de las masas rusas.

No faltan propuestas en el texto; y no carece de interés leerlas, para comprobar hasta qué punto de desorientación e incoherencia puede llegar una inteligencia sobresaliente cuando no tiene en qué apoyarse. Pero son estas preguntas, desmesuradas en su patetismo, las que mejor definen a Rusia bajo los escombros.

A la fuerza original del texto, la acompaña una traducción que merece el mayor encomio, porque ha vertido al gran escritor en un castellano a su altura.

Al leer este fruto paradójico de un espíritu genial extraviado en mundos metafísicos y encarnado en posiciones ultra reaccionarias, vienen a la memoria las palabras con que Hegel señaló que el hombre libre no le teme a la grandeza y se congratula de que lo grande exista.

reseña

Cultura e imperialismo

porLBenLMD

 

De Edward W. Said

Editorial: Anagrama
Cantidad de páginas: 542
Lugar de publicación: Barcelona
Fecha de publicación: Enero de 1996

 

No es un mérito desdeñable, en un libro publicado originalmente en 1993, presentarse con una palabra por entonces extinguida en los círculos intelectuales: imperialismo. Menos aún si se propone exponer la vinculación entre éste y la cultura, no como descubrimiento arqueológico de un pasado remoto, sino como actualidad de decisiva gravitación en materia de arte, literatura, periodismo y acción política.

Ese es el cometido de Edward Said, de origen palestino, profesor de literatura comparada en la Universidad de Columbia, políglota, miembro del Consejo Nacional Palestino entre 1997 y 1991.

Buena parte de las más de 500 páginas que componen este abigarrado texto producirán placer a quien espere de un autor erudición, originalidad, penetración y valentía. Said adelanta que su método «consiste en trabajar lo más posible sobre obras individuales, leyéndolas primero como grandiosos productos de la imaginación creadora e interpretativa, y luego mostrándolas dentro de la relación entre cultura e imperio».

Entre las muchas obras sobre las que aplica su escalpelo, sobresale el tratamiento de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, y de la ópera Aída de Giuseppe Verdi. Sin disimular su admiración por éstas y otras expresiones de la cultura occidental, Saíd las ilumina desde un ángulo que habitualmente escapa incluso a miradas calificadas: su condición no sólo de «productos» de una ideología imperialista, sino y sobre todo por su carácter de «instrumento» para que ésta se consolide y perpetúe. El autor llega a sugerir que la novela como género es un fruto histórico de la expansión imperial y puede percibirse la insinuación de que aquélla acabará con ésta. Pero este punto no será retomado a lo largo del extenso ensayo, excepto cuando hacia el final ataca con agudeza y determinación el papel del periodismo en relación con el tratamiento de las culturas no occidentales, y específicamente la guerra contra Irak en 1991.

Said aclara: «Usaré el término imperialismo como definición de la práctica, la teoría y las actitudes de un centro metropolitano dominante que rige un territorio distante». Hay demasiado espacio para la ambigüedad y la imprecisión en esta fórmula. Y por allí se abren grietas que debilitan la ambiciosa arquitectura propuesta por el autor. Aun compartiendo las esperanzas universalistas de Said resulta difícil obviar la enorme distancia existente entre su descripción del conflicto y la fragilidad de su propuesta.

Acaso por la misma causa, el libro adolece en algunos de sus capítulos de lo mismo que condena: atacar la cosmovisión imperialista desde un nacionalismo estrecho.

Desde luego es comprensible que en el momento en que escribió Cultura e imperialismo Saíd haya sido empujado a respaldarse sobre todo en la clásica posición «tercerista». Pero el precio de tal recurso es alto, aunque el autor no escatima compromiso tanto para exponer la condición última de ciertos nacionalismos árabes como la conducta de intelectuales occidentales acomodaticios.

El libro de Saíd no merecía una traducción deficiente hasta la exasperación y una edición que no ahorra innumerables errores tipográficos, palabras perdidas y hasta errores de ortografía que no ennoblecen a la industria editorial española.

reseña

Fascismo y comunismo

porLBenLMD

 

De François Furet y Ernst Nolte

Editorial: Fondo de Cultura Económica
Cantidad de páginas: 140
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Enero de 1999

 

Cabe ponerse en guardia si dos personas cultas se enzarzan en un debate absurdo. Tanto más si apelan a argumentos de ostensible liviandad. Es el caso del intercambio entre el historiador francés François Furet y su colega alemán Ernst Nolte, recogido en forma de libro .

Se trata de nueve cartas cruzadas a lo largo de 1996 y publicadas en 1998 en la revista francesa Commentaire, donde, en apariencia, se debate respecto del tema ¿tiene o no el antijudaísmo nazi un núcleo racional?, Nolte dice que sí (y para ello ha escrito Der faschismus im seiner Epoche, una obra en 3 volúmenes); Furet lo niega, pero está de acuerdo con todo lo sustancial del andamiaje sobre el cual su admirado colega arriba a tal conclusión. Nolte es discípulo de Heidegger y considera perfectamente justificable la adhesión de su maestro al nazismo. Expone así su propia contribución: «el núcleo racional del antijudaísmo nazi consiste en la realidad fáctica del gran papel representado por cierta cantidad de personalidades de origen judío -y manifiestamente en virtud de las tradiciones universalistas y mesiánicas propias del judaísmo histórico- en el seno del movimiento comunista y socialista».

El autor se apresura a aclarar que «por cierto, el nazismo no fue solamente una reacción contra el bolchevismo sino una reacción excesiva, y por regla general, el exceso en aquello que al comienzo es justificado conduce a lo injustificable». Furet responde, encantado, que tal explicación «reduce, sin suprimirlo, el espacio de nuestro desacuerdo». El lector que llegue hasta la última página de este curioso debate, sentirá cierta perplejidad a la hora de definir cuál es ese espacio. Impacta la noción expuesta por Nolte para sostener que no es antisemita: «¿no se cae de maduro que un historiador cuya investigación tiene por objeto el antisemitismo no debe ser antisemita, del mismo modo que no debe ser revolucionario el que se ocupa de las revoluciones americana, inglesa o francesa?».

Si se puede escribir -y publicar, y traducir, y difundir a amplia escala- semejante criterio de verdad, más que malestar en la cultura puede admitirse que, en efecto, algo se cae por madurez en exceso.

Furet no se inmuta. Está ocupado en justificar su pecado de juventud: «A través de la idea comunista, un joven francés de mi generación, que había crecido en la guerra sin haberla hecho, podía nutrir la ilusión de coronar su sentido democrático al tiempo que trabajaba para un renacimiento nacional. Ése fue mi caso».

No se hallará una línea respecto del cuadro socioeconómico sobre el cual prosperó el movimiento nazi. Nada referido a la economía mundial de entonces. Ni acerca del papel de los grandes grupos empresarios alemanes. El centro, claro, son los judíos.

Con todo, hay un núcleo racional en este intercambio epistolar: en su común conservadurismo ultramontano Nolte y Furet registran una convergencia entre el pensamiento académico neonazi y un ala de la intelectualidad europea de vagaroso progresismo humanista. La actitud frente a la guerra contra Yugoslavia atestiguaría luego esa aproximación. En ese sentido, el anacrónico recurso de igualar comunismo y fascismo recupera actualidad y habla a las claras sobre quienes lo esgrimen.

Réplica a la «Carta a los argentinos»

porLBenCR

 

«Ciertas gentes no debieran hablar de libertad,

de razón, de Humanidad.

Deberían abstenerse de hacerlo por motivos de decencia»

Thomas Mann

Doktor Faustus

«Pero hombres como yo,

cualquiera sea la hora de sus relojes,

no tienen la malsana costumbre de olvidar a sus enemigos»

Andrés Rivera

La revolución es un sueño eterno

 

En el vórtice de un reacomodamiento histórico de las clases y ante la inminencia de un cambio de política económica -factores ambos que ya desataron la violencia armada interburguesa- la cúpula de la Alianza (Unión Cívica Radical-Frente País Solidario) dio a conocer el pasado 10 de agosto su Carta a los argentinos. «Nuestra visión de la Argentina, sus prioridades y los contenidos centrales de nuestras políticas», dicen los firmantes en la primera de las 35 páginas del folleto.

En la última de ellas, figuran los nombres de los componentes del Instituto Programático de la Alianza (IPA), organismo responsable por la Carta. El coordinador general es el ex presidente Raúl Alfonsín. Los dos coordinadores -Mario Brodersohn y Dante Caputo- son prominentes figuras de la UCR y ocuparon altos cargos en el gobierno de Alfonsín, aunque uno de ellos abandonó amistosamente la organización y recaló poco tiempo atrás en el Partido Socialista Popular, miembro formal de la internacional socialdemócrata en Argentina. En un tercer nivel, calificado como integrantes, sobre 21 miembros (más uno denominado coordinador técnico) no figura ninguno de los economistas que, hasta ahora, eran presentados como portavoces del Frepaso en esa área. Sobresalen en cambio José Luis Machinea -ex presidente del Banco Central durante el gobierno de Alfonsín- y Aldo Ferrer, reconocido autor, ministro de la dictadura militar 1966-1973 durante el fugaz período del general Roberto Levingston y ex presidente del Banco Provincia de Buenos Aires.

La nómina del IPA importa en más de un sentido. Sobresale el hecho de que quien tuvo la última palabra sobre un texto redactado por dos de sus asistentes (Brodersohn y Caputo) fuera Raúl Alfonsín. No obstante, más elocuente es que el equipo no incluya a ninguno de los nombres políticamente representativos del Frepaso.

En cuanto a los economistas, los nombres inicialmente promovidos en el elenco frepasista fueron silenciados hace meses, cuando la Sra. Graciela Fernández señaló como su punto de referencia a Juan Llach, vice del ex ministro Domingo Cavallo(1).

Entre los 22 integrantes no hay ningún dirigente sindical, pese a que para la vertiente peronista del Frepaso fue decisivo el compromiso con esta coalición por parte del sector hegemónico en la conducción de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA). Figura en cambio Julio Godio, representante de la socialdemocracia para cuestiones sindicales, quien junto con Caputo ingresó al PSP tras haber sido, como el ex canciller, parte del espectro de intelectuales plena y públicamente comprometidos con el gobierno de Alfonsín.

CTERA, el sindicato docente, tomó la delantera en lo que luego sería la total subordinación de la CTA a un partido que, antes de firmar esta Carta, en 1995 llevó como candidato presidencial a José Bordón. El peso de quienes indirectamente hayan trasladado la opinión de esa dirección sindical para la elaboración del documento quedó en evidencia cuando, tres horas antes de la presentación pública del documento, Oscar Shuberoff, rector de la Universidad de Buenos Aires y uno de los integrantes, exigió airadamente -y obtuvo de inmediato- que se retirara del texto inicial la afirmación de que un gobierno de la Alianza apelaría a «la consulta permanente a los sindicatos docentes para la elaboración de la política educativa»(2).

¿Hay que aclararlo? No se trata sólo de que la burguesía predomine. Es preciso que incluso dirigentes sindicales de visible plasticidad ideológica y tan magra representatividad como los que se montaron al Frepaso, carezcan siquiera del derecho a ser consultados.

Ese incidente y su resolución exponen de manera inequívoca la relación de fuerzas -políticas y de clase- sobre la que se apoya la Carta a los argentinos. Se trata del desenlace previsible (y previsto; y denunciado), de la secuencia Frente del Sur -> Frente Grande -> Frepaso -> Alianza; eslabonamiento dramático de la captación de las capas medias, la juventud y franjas del proletariado por parte de la burguesía. (Desenlace por el cual, dicho sea de paso, ante la historia y el futuro inmediato deberán rendir cuenta partidos de izquierda y dirigentes sindicales que contribuyeron a ello, cuando era materialmente posible imprimir a esa dinámica social una perspectiva de clase, antimperialista y anticapitalista).

Tal relación de fuerzas es la que en último análisis define forma y contenido del documento. Pero más allá de lo expuesto en los 136 puntos de la Carta, cuyo significado y carácter será analizado a continuación, cabe adelantar una conclusión que, en definitiva, es la verdadera significación de este material programático: en el aludido proceso de realineamiento de clases y fuerzas políticas, la Alianza no constituye más que una instancia transitoria, ideológica y políticamente heterogénea al extremo, aunque hegemonizada hoy por la socialdemocracia internacional. La amalgama plasmada en la Carta carece de toda y cualquier consistencia y, por lo mismo, no constituye un programa para edificar un país. Los cinco firmantes (y mucho más aún los 22 integrantes) representan intereses, programas y estrategias no sólo diferenciados sino históricamente incompatibles. El gran vencedor coyuntural de esta operación es Raúl Alfonsín, quien ratifica así su condición de único político de la burguesía local con visión estratégica y energía y capacidades para realizarla. Pero el hecho de que Alfonsín sea motor, eje y timón de la Alianza, indica que el Frepaso, como tercera fuerza reclamada a comienzo de los 90 por millones de personas, ha desaparecido.

En términos ideológicos, políticos y práctico-organizativos el Frespaso fue absorbido por la UCR. Y cabe recordar que éste es el partido gobernante durante la Semana Trágica y las matanzas de la Patagonia; el partido de la Unión Democrática bajo el mando de la embajada yanqui; el partido de la Revolución Libertadora; el partido cuyo presidente de entonces, Ricardo Balbín, inventó en 1974 la siniestra amalgama de «guerrilla industrial» para justificar la represión militar contra los obreros y el pueblo de Villa Constitución, el mismo que horas antes del 24 de marzo de 1976 declaró: «soluciones hay, pero yo no las tengo»; el partido que durante los años de terror dictatorial mantuvo intendentes en cuatro centenares de municipios…

La deglución del Frepaso tiene como maestro a Alfonsín. Pero en términos electorales y en lo inmediato el beneficiario es el sector más reaccionario de este partido, representado hoy por Fernando de la Rúa, hijo político del malhadado Balbín. (Esto plantea a su vez una pregunta que sólo el tiempo permitirá responder: ¿se detendrá Alfonsín en este punto? Hay más de un indicio de que la respuesta podría ser negativa).

 

Forma y contenido

La evaporación del Frepaso en el sentido indicado no cambiaría un ápice en la eventualidad de que alguno de los integrantes de su cúpula llegara a asumir cargos relevantes -sin excluir la presidencia de la nación. Cualquiera sea la valoración que se haga del Frepaso nadie podría negar que su nacimiento y fulgurante desarrollo tuvo una causa determinante: la voluntad de miles de luchadores sociales y de jóvenes recién iniciados en la vida política de participar, de hacerse escuchar, de ser protagonistas y defender los reclamos y anhelos de su ámbito de pertenencia en el diseño de un país futuro, cuyo punto de partida fue el rechazo visceral a los dos grandes aparatos políticos del capital.

Antes de ninguna otra consideración, hay que subrayar que la Carta a los Argentinos consuma una estafa histórica a ese sentimiento arraigado y extendido.

Aquellas decenas de miles y luego centenares de miles de luchadores, activistas y militantes, fueron reemplazados en la elaboración del programa por 22 integrantes, entre los cuales figuran nombres cuya sola mención hubiese despertado el rechazo contundente de las fuerzas iniciales del Frente del Sur y su vástago el Frente Grande, útero donde a su vez engendraría el hijo bastardo de un tránsfuga del PJ, quien tras alzarse con cinco millones de voluntades volvió al partido de origen.

Pero eso no es todo. Los 22 fueron reemplazados por dos coordinadores, quienes a su turno pusieron un anteproyecto en manos de Alfonsín, para que éste, tomando en consideración el enmadejado juego de presiones y concesiones, diera los retoques finales (lo cual no evitó el conflicto de última hora ya referido).

Si se da crédito al informe oficial, este proceso denominado de elaboración, demandó casi seis meses, con la participación de 31 comisiones y 45 fundaciones. Que esto no es verdad, lo prueba la edición de Página/12 del 27 de mayo. El título de primera plana era El paquete de Machinea y en la página 2 reproducía los diez puntos principales, que se hallarán en el texto presentado 75 días después. Para más datos, en la página siguiente de la misma edición, el diario informa: «Enrique Martínez llevó la voz cantante en los cuestionamientos de los economistas del Frepaso. Ayer, Martínez, Arnaldo Bocco, Ricardo Gerardi, Julio Godio, Alejandro Rofman y Alvaro Orsatti firmaron un documento de circulación interna dentro de la Alianza, que fue distribuido durante el seminario en el Hotel Bauen, en el que critican duramente la posición de Machinea-Gerchunoff, la dupla más escuchada por los cinco dirigentes máximos de la coalición opositora (…) Es una visión igual a la que sostienen los economistas liberales´, dijo Martínez a Página/12»(3).

No obstante, admítase por un momento como hipótesis que la versión oficial es valedera y que durante el procedimiento las bases gestantes de esa fuerza que irrumpió impetuosamente en el panorama político argentino tuvieron alguna posibilidad de filtrar sus demandas. ¿Fueron consultadas luego respecto del resultado final? ¿Hubo reuniones, asambleas, conferencias, congresos, para estudiar, debatir y votar el programa resultante?

En absoluto. La voluntad, la soberanía y el esfuerzo militante de quienes catapultaron al Frepaso y luego a la Alianza fueron, una vez más, expropiados por un puñado de personas, quienes luego de visitar embajadas, recorrer capitales imperiales, escuchar atentamente y a puertas cerradas a los titulares de los grandes grupos económicos que controlan el país y bailar en público con algún sostenedor y beneficiario de los años de represión y la superexplotación y saqueo que siguió luego bajo el régimen constitucional, pusieron la firma al pie del documento.

Es meramente anecdótico que el maestro de ceremonia de la puesta en escena haya sido Alfonsín. No podía ser de otro modo, dadas las virtudes de sus cuatro consortes. Lo sustantivo es este proceso de expropiación de esfuerzos y anhelos, de intenciones malversadas, de esperanzas estafadas.

Pero esa expropiación no es una mera falla de procedimiento: es una necesidad imperativa: con la participación masiva de las bases, el contenido de esa Carta hubiese sido estentóreamente rechazado.

La cúpula que promete a la nación una «democracia moderna», no puede sino comportarse dictatorialmente con sus propias bases, en un adelanto homeopático de lo que hará si accede al gobierno.

La patraña no termina allí. Tras haber firmado un programa conjunto (no importa cuántas trapisondas se hayan hecho entre sí en el camino), los firmantes ponen ahora a votación… el nombre de quien deberá aplicarla.

Es una caricatura grotesca: se amuralla la posibilidad de participación y expresión colectivas, se impide el debate programático y se pone a votación la opción entre dos rostros que sonríen desde millones de carteles y empachan al estómago más resistente desde los medios de incomunicación de masas.

En este sentido, la Carta a los argentinos clausura un ciclo y plantea la posibilidad objetiva de que antes, durante o después de la campaña electoral la Alianza estalle en pedazos (y no necesariamente sobre las actuales líneas de división partidaria). De este modo, se reactualiza la posibilidad y necesidad de edificar una genuina fuerza política de masas en torno de los trabajadores y con un programa que podrá tomar esta Carta como prueba irrefutable de que no hay caminos intermedios. Porque, como se verá, el programa presentado no es de centroizquierda, ni de centro (para usar esas categorías vacías de la prensa comercial), sino que está a la derecha de la política aplicada actualmente.

 

¿Hacia un destino común?

El primer capítulo del programa aliancista invita a marchar «hacia un destino común, solidario y de progreso». Como todo lo que se encontrará en las páginas de la Carta -a menudo repetitivas y redactadas sin una gota del vigor y la pasión que invariablemente traducen los documentos realmente fundacionales- este apartado expone objetivos vagarosos, para cuyo logro no se trazan metodologías, caminos ni medidas precisas.

«Organizar la Nación como una república democrática moderna» propone el primer punto, que concluye con una expresión sorprendente para este tipo de documentos: «La Alianza tiene con qué hacerlo, tiene capacidad y convicción».

Quizá por lo contrario -es decir, por ausencia de puntos de referencia que hagan creíble la afirmación; por falta de la convicción que dicta conceptos elevados y la capacidad para plasmarlos en propuestas convocantes- los autores recurren a alusiones chabacanas habituales por estos tiempos en programas de televisión destinados al consumo masivo.

Contrastadas ambas afirmaciones con la realidad de lo palpable allí donde gobierna la Alianza como tal, es decir la ciudad autónoma de Buenos Aires, se entiende el recurso. Para tomar un único caso, entre centenares: ¿podrían poner como ejemplo para «organizar una república democrática moderna» el patético ejercicio de tramoyas y ocultamientos, viejo ya de más de un año, durante el cual no han podido designar un titular para la Controladuría de la ciudad y han transgredido de modo ilevantable todo y cualquier concepto de democracia genuina?

Una nota discordante en demasía suena en el séptimo y último punto de capítulo, donde la Alianza afirma que cumplirá su cometido «con la fuerza que nos otorgará una ciudadanía hastiada de delitos sin castigo».

¿Se referirá, por caso, a los delitos cuyo castigo impidieron las leyes de punto final y obediencia debida, votada por todos los legisladores de la UCR y a cuya revisión se opusieron con gestos airados los titulares reconocidos del Frepaso? Aquí la liviandad roza a la burla. Y pone de manifiesto la penosa situación de redactores escribiendo con las manos amarradas, lo cual explica por qué el documento no consigue levantar vuelo siquiera en una de sus 136 tesis.

Con todo, el núcleo del capítulo lo constituye el primer párrafo del punto 7, en el cual los firmantes sostienen -con letras en negrita- que «Para construir la sociedad de progreso es necesaria la conformación de una alianza con consenso democrático».

No se encontrará a continuación ningún lineamiento preciso para la conformación de tal «alianza con consenso democrático». Pero los hechos darán la respuesta ausente en el texto: dos días después de presentado el documento en el muy democrático y popular hotel Bauen, los cinco titulares de la Alianza se reunieron con representantes de partidos del interior.

 «… los provinciales reaccionaron favorablemente -registra el diario Clarín– El santafesino Alberto Natale, los sanjuaninos Nancy Avelín y Leopoldo Bravo (hijo), el mendocino Gustavo Gutiérrez, el ex gobernador salteño Roberto Ulloa, la ex intendenta correntina Ana Pando y el jujeño Pedro Figueroa, entre otros, elogiaron el hecho de discutir en torno a `propuestas concretas´, aunque pidieron mayor énfasis en la protección a las provincias (…) Detrás del acercamiento conjunto a los provinciales, radicales y frepasistas esconden una sorda disputa por obtener apoyo a sus candidatos para la interna presidencial de noviembre, de parte de ésas y otras fuerzas orientadas hacia el centroderecha».

Tal vez algunos jóvenes lectores de Crítica desconozcan que Ulloa es un ex militar directamente involucrado en la última dictadura; que Natale hizo otro tanto -con ventaja- como rancio político civil y el bloquismo es una de las tantas expresiones de corrupción cuasifeudal de las burguesías del interior, a las cuales constituye un acto de piedad ubicarlas en el «centroderecha».

El artículo de Clarín concluye con un cuadro preciso y harto elocuente: «Fernández Meijide busca el respaldo del bloquismo, los demócratas mendocinos y un sector de los renovadores salteños [precisamente Ulloa, LB]. De la Rúa tienta al Partido Demócrata Progresista, a los salteños y asegura contar con el apoyo del MID, los ex peronistas de Solidaridad y grupos de origen liberal y conservador que coordina el ex desarrollista Alfredo Vítolo»(4).

Para decirlo en pocas palabras: una república democrática moderna y un destino común.

Sí: la Carta a los argentinos propone un destino común con militares responsables de la última dictadura, dirigentes políticos de ultraderecha liberal como Natale, partidos corrompidos hasta la médula como el bloquismo sanjuanino y el Demócrata de Mendoza… para nombrar sólo a algunos(*).

 

La propuesta económica de la Alianza 

Resulta evidente, a partir de lo señalado, la inutilidad de ocuparse por responder cada uno de los 136 ítems que componen la Carta. En cambio, es necesario observar de cerca la propuesta económica de este programa de gobierno.

Con mayor brutalidad aún que cuando llaman a un consenso democrático y un destino común con asesinos, ladrones y explotadores, los firmantes de la Carta muestran en el capítulo económico hasta qué punto están presos en algunos casos e identificados en otros con la política en curso (la cual, dicho sea de paso, iniciada por Martínez de Hoz durante la dictadura, fue retomada por Juan Sourrouille tras el rotundo fracaso del intento progresista durante la primera fase del gobierno de Alfonsín).

Tras las vacuas expresiones de buenos deseos, en la primera página del apartado se puede leer: «La Alianza está resuelta a mantener la convertibilidad» [punto 11]. Y para aventar desde el inicio toda sospecha remata inmediatamente: «La Alianza (…) respetará las privatizaciones» [punto 14].

Dada la jerarquía de alguno de los integrantes, sorprende la escualidez del capítulo económico. Aunque hay que admitir que los Hados no facilitan su trabajo.

Al día siguiente de la victoria electoral aliancista del pasado 26 de octubre, un terremoto bursátil internacional avisó que no podría ocultarse por más tiempo la honda crisis de la economía mundial con epicentro en Estados Unidos, Europa y Japón. Diez meses después, mientras la cúpula aliancista sonreía a las cámaras de televisión con la Carta en la mano, los diarios vespertinos anunciaban que el índice de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires había caído esa tarde el 3,9%. Al día siguiente, algún periodista sutil del diario se dio el lujo de una ironía lacerante para los redactores de la Carta: al lado de un grueso titular en el cual describía el contenido central de ese documento: «La Alianza insiste: no tocará la convertibilidad», un recuadro dominante informaba: «La Bolsa está cada vez peor» y a continuación explicaba: «En 20 días bajó casi el 20%. Y ayer se agregó otro dato preocupante: comenzaron a caer los títulos de la deuda externa argentina».

Quien tenga el estoicismo necesario para leer línea por línea la totalidad del documento, respecto de la amenazante crisis de la economía mundial sólo encontrará este párrafo: «el contexto internacional se presenta menos favorable que el de comienzos de los noventa. El ritmo de crecimiento de la economía mundial se desacelera y la volatilidad de los capitales aumenta» [punto 8]. A cambio, abruman las promesas a las PyMEs.

Después de haber atosigado a la opinión pública con vaciedades respecto de la globalización, arcano que todo lo explicaba (y que, entre otras cosas, obligaba a privatizar las empresas públicas y los recursos naturales), los autores de la Carta omiten el análisis del cuadro internacional y del impacto inexorable que éste tiene sobre la economía local. Con desprecio olímpico no ya por la ciencia de la economía política, sino por el rigor de una lógica elemental, los autores practican un salto acrobático y llegan en el punto 25 a la siguiente afirmación: «Para la Alianza la conjunción de una política orientada a alcanzar una tasa de inversión del 30% del PBI y un nivel de exportaciones de 50 mil millones de dólares constituyen los ejes centrales de su estrategia para sostener una tasa de crecimiento del 6% anual del PBI, que es a su vez una precondición esencial para reducir la desocupación al 6% al final de su gobierno».

Póngase de lado el hecho de que esta propuesta progresista excluye por definición la idea de pleno empleo y considera una victoria que en el 2004 Argentina tenga más de un millón de desocupados (es decir, unos cinco millones de personas arrojadas a la marginalidad). Y búsquese en la Carta las vías para alcanzar los objetivos resumidos en el punto 25.

Según el texto, el «núcleo central de la estrategia» consiste en «expandir las exportaciones, incorporando cada vez más valor agregado» [punto 15]; sobre esta base y «el ahorro interno», la Alianza «se compromete a que, al cabo de su primer mandato, la tasa de inversión no sea inferior al 30% del PBI».

Los economistas de la Alianza parecen no haberse enterado de que la inversión productiva viene cayendo sistemáticamente desde comienzo de los años 70 a escala mundial; tampoco parecen saber que el factor dominante hoy en el mercado internacional es la feroz guerra comercial, la sobreproducción y la disminución de la capacidad de demanda; no creen necesario señalar que los precios de las materias primas que Argentina exporta y la única base sobre la cual se podría aumentar los volúmenes vendibles, caen de manera sistemática y, en los últimos tiempos, acelerada, de modo tal que incluso un drástico aumento de volúmenes (cosa harto dificultosa, a la luz del agravamiento de la crisis y la perspectiva cierta de una recesión combinada en los centros imperialistas, con tremendos efectos sobre las economías dependientes ya colapsadas), no aumentaría los montos en divisas.

En línea con la omisión respecto del estado y la dinámica de la economía mundial, los autores no necesitan responder qué, cómo y a quién se exportará para poner en vigencia el «núcleo central» de esta original -revolucionaria, podría decirse- estrategia de la oposición progresista.

Con todo, el texto da algunas pistas respecto de los instrumentos mediante los cuales tratarán de llevar las exportaciones a 50 mil millones anuales: «En primer lugar, una política tributaria que reduzca los costos para los exportadores»; y «en tercer lugar, una política de estímulos a las exportaciones».

Más adelante la Carta explica que «El aumento de las exportaciones es la vía apropiada para insertarse positivamente en un mundo globalizado. Es también la manera de aumentar el empleo al superar la restricción que nos impone el creciente desequilibrio de nuestras cuentas externas» [punto 37] y ofrece precisiones en los siguientes ítems del punto 38: g) Devolución en tiempo y forma del IVA a los exportadores; h) Devolución automática del IVA a las inversiones en proyectos de exportación; j) Los reintegros a las exportaciones no deben ser gravados por el impuesto a las ganancias.

Seguramente por casualidad, al día siguiente de la presentación oficial de la Carta, Clarín reprodujo un reportaje a Machinea. (Claro que por causas obvias las declaraciones debieron ser tomadas el día anterior; ¿tal vez durante la ceremonia en el Bauen?). Las vaguedades de la Carta toman aquí cierta carnadura. Ante la pregunta ¿Qué los diferencia de Roque Fernández?, el candidato a futuro ministro de Economía responde: «Las diferencias son muchas pero esencialmente en lo referente al estímulo a las exportaciones». Más adelante la entrevista continúa de esta manera: ¿Con qué esquema impositivo piensa que van a aumentar la recaudación; con el actual? «Sí, ¿por qué no?» Porque implica rechazar el proyecto de reforma impositiva que impulsa el gobierno. «Yo concuerdo con la baja de los aportes previsionales, con el aumento de la tasa de Ganancias y con la generalización del IVA»(5).

En resumen: la diferencia central respecto de la actual política económica será el estímulo a las exportaciones. Ese estímulo tiene como primer punto la eliminación de gravámenes a los exportadores y de aportes previsionales a los empleadores. Todo lo cual se equilibrará con un aumento en la tasa del impuesto a las ganancias (sí: ése del que estarán exentos los reintegros a las exportaciones; el mismo que ninguna empresa de porte paga como corresponde; ése con el cual se acorrala a pequeños comerciantes, productores y profesionales). Y además, claro, con la generalización del IVA.

Si las palabras tienen alguna significación, resulta translúcido que la Alianza critica al actual gobierno porque no otorga suficiente exenciones o beneficios impositivos a los exportadores, no ha completado el desmantelamiento del sistema previsional, no ha eliminado los aportes patronales y no recauda suficientemente porque no generaliza el IVA.

Pero… ¿quiénes son los exportadores? Si el Indec no miente y la memoria de cualquier argentino no falla, este país exporta productos agropecuarios (una pequeña parte de ellos con algún grado de industrialización) en proporción de 8 sobre 10, petróleo en los últimos tiempos (desde que se privatizó YPF), productos lácteos y algunos automóviles (a Brasil) y, novedad reciente, un rubro en el que Argentina va primera en el mundo: limones.

De modo que los exportadores de estos bienes son los poseedores de grandes extensiones de tierras, los flamantes dueños de YPF, las principales fábricas de autos y el gran capital financiero. Porque del mismo modo que un obrero de Peugeot no es exportador cuando el Sr. Franco Macri despacha un lote de autos a Brasil, los pequeños y medianos propietarios de tierra no exportan lo que producen, sino que lo venden -casi siempre con considerable antelación y a precios irrisorios- a acopiadores que sí exportan el sudor agregado al grano de trigo, al trozo de res o, ahora, a la doble acritud del limón.

A ellos se les rebajarán los impuestos, según la Carta de la desvergüenza argentina. ¿Y a quiénes les serán aumentados? He allí, por fin, una propuesta democrática… ¿o acaso el IVA no lo pagan todos?

En efecto. El impuesto al consumo, lo pagan democráticamente todos los que consumen. Se le cobra el 21% sobre lo que consume al jubilado que cobra $150 y ni un punto menos al Sr. Gregorio Pérez Companc, quien según informa la prensa comercial, días atrás compró su enésimo auto, una Ferrari de colección, en 650 mil dólares(6).

Este es, negro sobre blanco, «el núcleo central de la estrategia» presentada por la Alianza: ofrecer aún más facilidades y posibilidades de enriquecimiento desmedido al gran capital, para que éste exporte más. Sobre esa base, sostiene la Carta, crecerá la economía y habrá trabajo para todos (menos un 6%).

 

Paréntesis para la memoria

Como si estuviesen inaugurando una nueva etapa histórica los autores proclaman con énfasis: «Queremos generar una cultura exportadora» [punto 24]. Pero si esa clase de cultura no necesita promotores en algún lugar del planeta, ése es Argentina. Y no sólo porque nadie, en ningún punto del arco ideológico, negaría la importancia de las exportaciones (aunque, claro, desde una concepción ajena al lucro como motor de la economía éstas cambian radicalmente de carácter).

Una fugaz mirada a la historia puede ilustrar al respecto. «Todo lo que estas repúblicas necesitan es intercambio comercial con alguna nación fuerte y poderosa», decía en su época de oro el brigadier general Don Juan Manuel de Rosas. Entonces como ahora, lo obvio era entendido por cada quién según sus intereses. Manuel José García, quien fuera ministro de Hacienda de Rosas, luego de haber cumplido análogas funciones durante el período en el que Rivadavia forjó su gloria (sí: no es de ahora esto de cambiar de barco para seguir navegando en el mismo rumbo), además de ser el gestor del empréstito con la banca Baring Brothers y de haber transmutado la victoria militar de Ituzaingó en derrota política frente al imperio lusitano entendía las exportaciones del modo que describe en sus memorias el brigadier general Pedro Ferré, quien pretendía poner coto a la voracidad de Gran Bretaña y sus socios porteños: «El señor García procuraba eludir mis razones con otras puramente especiosas, pero que les daba alguna importancia la natural persuasiva del que las vertía. Entonces le dije que prometía callarme y no hablar jamás de la materia, si me presentaba, por ejemplo, a alguna nación del mundo, que en infancia o mediocridad, hubiese conseguido su engrandecimiento sin adoptar los medios que yo pretendía se adoptasen en la nuestra (el autor se refiere a medidas proteccionistas). El señor García confesó que no tenía noticia de ninguna, pero que nosotros no estábamos en circunstancias de tomar medidas contra el comercio extranjero, particularmente inglés, porque hallándonos empeñados en grandes deudas con aquella nación, nos exponíamos a un rompimiento que causaría grandes males; que aquel arreglo era obra del tiempo pues en el día tenía también el inconveniente, que con él disminuirían las rentas de Buenos Aires y no podría hacer frente a los inmensos gastos de aquel gobierno»(7)

Para ciertos politólogos y comentaristas contemporáneos puede resultar decepcionante comprobar que las argumentaciones basadas en la globalidad y el posibilismo no son hallazgos propios ni flores de estos tiempos. Incluso puede que les resulte incómodo verse citados avant la lettre por un personaje como García, a quien Lord Ponsonby calificaba como ‘un perfecto caballero inglés´.

En las antípodas de conducta, intencionalidad y nivel intelectual con respecto a García, Juan Bautista Alberdi, en un punto de la evolución de su pensamiento decía lo siguiente: «Con sólo producir materias brutas, la América del Sur es capaz de la misma vida civilizada que lleva Europa, nada más que con cambiar aquellas materias por los artefactos en que las convierte Europa (…) La industria rural vale bien la industria fabril. La producción de una vaca es tan peculiar y propia de la civilización más perfecta y adelantada como la de una máquina a vapor»(8).

Puesto que la verdad es concreta, hay que decir que Alberdi pensaba a mediados del siglo XIX, que sus opiniones avanzaron a medida que asimilaba los acontecimientos que sacudían a Europa y agregar que murió en el exilio y en la pobreza extrema, todo lo cual diferencia cualitativamente aquella posición de quienes la repiten hoy, cuando todavía resuenan los denuestos de Sarmiento contra «la oligarquía con olor a bosta», incapaz de hacer otra cosa que enviar vacas a Europa y derrochar en París el dinero obtenido por las exportaciones. Proponer bajarles los impuestos y darles incentivos a los herederos de aquellos señoritos huele a algo peor.

Pese a haber sido presentada en un ámbito posmoderno, la Carta del Bauen está por detrás del Plan Económico de Esteban Echeverría: «Mi objeto, como veis, es mostrar que para que nuestra industria progrese de un modo normal y seguro es preciso que echando mano de las materias primas, que ofrece nuestra tierra las transforme y beneficie cuanto sea dable, les imprima un valor, y así los expenda al extranjero, y nadie negará que esto es muy realizable en todos y con todos los productos vacunos y lanares»(9).

A mucha distancia de Echeverría, en todos los órdenes, en 1940 Federico Pinedo expuso ante el Senado la siguiente propuesta de país: «La vida económica del país gira alrededor de una gran rueda maestra que es el comercio exterior. Nosotros no estamos en condiciones de reemplazar esa rueda maestra, pero estamos en condiciones de crear, al lado de ese mecanismo, algunas ruedas menores que permitan cierta circulación de la riqueza, cierta actividad económica, la suma de la cual mantenga el nivel de vida del pueblo a cierta altura»(10).

Sería un exceso remover declaraciones de Adalbert Krieger Vasena o Alfredo Martínez de Hoz, ministros de sucesivas dictaduras, para compararlas con el descubrimiento de la Carta. Pero tal vez tenga alguna utilidad citar a autores actuales, como por ejemplo Eduardo Conesa, quien en Los secretos del desarrollo, expone su clave en el capítulo XII, titulado casualmente Las exportaciones como motor del desarrollo. Dice Conesa: «… no tenemos economías de escala porque nuestro mercado interno es pequeño. Y porque no exportamos lo suficiente. Nuestros industriales exportadores no pueden invertir para exportar porque no obtienen ganancias exportando (…) Con el tipo de cambio bajo vigente no hay rentabilidad en la exportación y por lo tanto no habrá inversión para exportar. No se le pueden pedir peras al olmo»(11).

Conesa al menos es consecuente y denuncia la convertibilidad como una farsa que afecta al sector cuyos intereses defiende. Continúa el autor que sitúa al tipo de cambio como ‘el más bajo de todo el período 1913-1993´: «El dólar barato puede ser fatal por varias razones. Las mismísimas cifras de las nuevas cuentas nacionales dadas a conocer por el ministerio de Economía, revelan que nuestro país tiene el récord mundial por sus menores exportaciones en relación al valor de su producción: solamente el 6,6%. De acuerdo al ingreso per cápita de la Argentina de 6900 dólares por año, y al tamaño de su población, lo ‘normal´ sería que la Argentina exporte alrededor del 22% de su producción, es decir, más de 50 mil millones de dólares por año contra los magros 15 mil millones de 1992»(12).

Casualmente, la Alianza propone en 1998, como núcleo central de su estrategia -e incluso con el mismo monto- lo que este autor planteaba como imprescindible en 1994… Pero la casualidad es más sugestiva aún si se tiene en cuenta que Conesa fue un puntal de la UCD. Desde esa mirada progresista, el autor sin embargo es coherente: «el tipo de cambio bajo equivale a una retención sobre las exportaciones agropecuarias e industriales de más de 50% ya que como estudiamos oportunamente, el tipo de cambio histórico de la Argentina de los últimos 30 años es de 2,20 pesos por dólar».

Otras proporciones también reclaman sustento teórico: «creemos en la existencia de un dramático retraso cambiario, que puede superar el 70%» dice el economista peronista Eduardo Curia, en su curioso libro titulado La convertibilidad: ¿el peronismo en crisis? prologado por Antonio Cafiero. Desde esa óptica, se puede leer: «La Argentina debía proyectar una plataforma exportadora sumamente ambiciosa, donde la fuerte colocación de nuestra producción transable en general no inhibiría -sino que traduciría- un modelo de neta vocación industrial (…) esta percepción de un modelo exportador integrado, con vocación industrial, no debía comenzar irritando las propias bases inmediatas del desarrollo exportador posible. Por ejemplo, perturbando -a través del agudo retraso cambiario- la expansión ponderable de nuestros commodities industriales y agrarios. La búsqueda de una proyección exportadora con mayor valor agregado y detentación de cuasirrentas, no se da en desmedro de los commodities…»(13).

Desde el ángulo opuesto a Conesa y Curia, el economista que encandiló a Castagnola sostiene lo siguiente en su libro Otro siglo, otra Argentina: «(según proyecciones) las exportaciones totales de bienes y servicios, partiendo de sólo el 7% del PBI en 1991, llegan al 11 – 12% del PBI en el año 2000 y al 15 – 16% en el año 2010. De cumplirse estos pronósticos, sin embargo, las exportaciones estarían más que duplicando su participación en el PBI en 20 años. Por esta razón, y por la posibilidad de aumentar el contenido de valor agregado a los bienes primarios exportables, ellas serán un motor cada vez más importante del crecimiento de la economía»(14).

Como se ve, entre todos estos autores hay mucho más en común que su conflictiva relación con la lengua castellana. Pero vale un esfuerzo adicional para leer con atención lo siguiente: «Unos objetivos importantes de las reformas comerciales fueron disminuir el prejuicio tradicional contra las exportaciones en los regímenes comerciales latinoamericanos y provocar un alza de las exportaciones. En realidad, partiendo del modelo del Este asiático, un número cada vez mayor de dirigentes latinoamericanos han reclamado la transformación del sector exterior en el motor del crecimiento de la región. Se prevé disminuir el tradicional prejuicio contra las exportaciones a través de tres cauces: un tipo real de cambio más competitivo -es decir, más devaluado-, una reducción en el costo de bienes de capital e intermedios que se importan para producir mercaderías exportables, y un giro completo en los precios relativos para favorecer las exportaciones».

No; no es un párrafo de la Carta. Es «el núcleo central» del libro Crisis y Reforma en América Latina -del desconsuelo a la esperanza- firmado por Sebastián Edwards(15).

Este autor, ex economista jefe del Banco Mundial para América Latina y el Caribe, es miembro de una tradicional familia chilena, reconocida por sus posiciones ultraconservadoras y por haber sido uno de los puntales de la dictadura de Augusto Pinochet. En este libro realiza un concienzudo y documentado balance de lo resumido por el título: las políticas económicas aplicadas en la región en las dos últimas décadas que, según el autor, tuvieron como avanzada al Chile de Pinochet y llevan del desconsuelo a la esperanza.

Si se exceptúa el punto relativo a la devaluación necesaria para contar con un tipo de cambio más competitivo, la fórmula es la de la Carta. (Incluso Edwards ha sido copiado en esta insólita noción de que es preciso forjar una cultura de exportación, por el tradicional prejuicio que la habría bloqueado). Y aunque la identidad de este documento se extiende en lo fundamental a todos los autores citados, es evidente que por la omisión del apoyo a la industria y el énfasis puesto en las exportaciones primarias, el programa de la Alianza se ubica a la derecha de propuestas como las de Curia, Cafiero e incluso Llach. Para decirlo con las palabras ya citadas del economista Martínez, del Frepaso, el programa expuesto en la Carta parte de ‘una visión igual a la que sostienen los economistas liberales´.

Decididamente la originalidad no es el rasgo sobresaliente de la Carta. Pero el problema mayor no es la falta de pensamiento renovador, sino la identidad con la argumentación utilizada históricamente para favorecer a las oligarquías dominantes a costa de la cesión de riquezas y soberanía, es decir, del empobrecimiento del país, la superexplotación de los trabajadores y la opresión de nueve de cada diez habitantes. Basta comparar los conceptos de Manuel García, Federico Pinedo, Eduardo Conesa y la Carta de la Alianza para saber cómo se ha resuelto el sordo debate interno de esa coalición.

Además de lo obvio, este desplazamiento plantea un riesgo mayor: sin duda las masas percibirán el alineamiento de la oposición progresista con el liberalismo de ultraderecha y, dada la ausencia de una alternativa real, previsiblemente se fraccionarán entre el escepticismo y la búsqueda de representación en la derecha. Sea quien sea el candidato del PJ (o de la nueva formación que eventualmente se presente en su reemplazo si el aparato queda en las manos actuales), no desperdiciará esta posibilidad.

 

Estridente silencio

Pero volvamos al texto de la Carta. Pese a la significación irrefutable que en todos los órdenes tiene el hecho de centrar una estrategia en la maximización de beneficios para la oligarquía terrateniente, industrial y financiera, el documento es más elocuente aún en lo que calla que en lo que enuncia.

Entre las innumerables omisiones deliberadas de la Carta, no es posible eludir la consideración de tres de ellas. En las 35 páginas del documento, no figura siquiera una alusión colateral al aumento de salarios, en un país donde el 60% de los trabajadores ocupados gana $600 o menos, es decir, entre la mitad y un cuarto del costo de la canasta familiar; tampoco se dice una palabra respecto de las jubilaciones. Y sobre un tema decisivo para la economía como es la deuda externa hay sólo dos expresiones, que se reproducen textualmente a continuación: «Endeudarse para consumir, despilfarrar y especular es fatal» [punto 113]; y «La pérdida de participación de empresas nacionales en la producción de bienes y servicios y el endeudamiento externo, no tienen precedentes en el país y probablemente en el resto del mundo»(16).

Podría agregarse que la pérdida de seriedad teórica, vigor político y vergüenza individual tampoco tienen precedentes en el país y, probablemente, en el resto del mundo.

En un texto reciente, Aldo Ferrer dice lo siguiente: «La presidencia de Alfonsín (1983-1989) heredó una economía con una gigantesca deuda externa, seriamente dañada y con profundos desequilibrios macroeconómicos (…) América Latina realizó una transferencia de u$s 220 mil millones en el período 1983-1991. Este extraordinario proceso de ajuste y la crisis fiscal generalizada provocaron la contracción económica y el aumento del desempleo, la pobreza y la inflación (…) La vulnerabilidad instalada con la deuda externa introdujo en la Argentina y los otros países deudores de América Latina restricciones sin precedentes en la administración de la política económica»(17).

Ahora bien: Alfonsín asumió el gobierno con una deuda externa de alrededor de 43 mil millones de dólares. Y tras haber pagado una cifra imprecisa estimada entre 15 y 20 mil millones, entregó la banda presidencial, con la premura conocida, junto con una deuda de alrededor de 63 mil millones. Desde entonces, luego de la enajenación de todo el patrimonio nacional para pagar la deuda, ésta es hoy superior a los 125 mil millones(18).

En el último párrafo del texto citado de Ferrer, el autor dice lo siguiente: «(Es indispensable) recuperar capacidad de decisión frente a los acreedores financieros internacionales y disminuir la necesidad de financiamiento externo. De allí la importancia de (…) establecer mecanismos regionales para la negociación coordinada y solidaria con los centros financieros internacionales»(19).

Ferrer, recuérdese, figura como integrante del equipo que elaboró la Carta. Como queda dicho, en ese documento no se habla de la deuda externa. Mucho menos de este propósito, avalado por una lógica elemental (y, subráyese, intentado por Alfonsín durante el primer tramo de su gobierno, mediante el ministro Bernardo Grinspun), de «establecer mecanismos regionales para la negociación coordinada y solidaria con los centros financieros internacionales».

Claro que hay gente insensata(20), empeñada en no entender que éste es un recurso para engañar a los ingenuos gerentes de la banca acreedora.

Para refutar a ese tipo de personas, figura lo siguiente en el punto 114: «La adopción de decisiones nacionales autónomas no es sólo un problema de dignidad, sino una exigencia irrenunciable del sistema republicano y representativo, sin lo cual la consolidación de la democracia, el desarrollo dinámico y sustentable y el ejercicio de una genuina justicia social, son utopías inalcanzables»(21).

En efecto. Todos los firmantes de la Carta tienen claro que la consolidación de la democracia, el desarrollo dinámico y sustentable y el ejercicio de una genuina justicia social, son utopías inalcanzables si el gobierno depende de los centros imperialistas, que utilizan la deuda externa como cepo y rebenque. Pero no lo dicen por una razón táctica: una vez llegado a la Casa Rosada, naturalmente, se hará todo lo contrario, es decir, se enfrentará valientemente al imperialismo para que la consolidación de la democracia, el desarrollo dinámico y sustentable y el ejercicio de una genuina justicia social dejen ser fantasías.

Sin necesidad de recordar que -en un cuadro nacional e internacional incomparablemente menos grave, Grinspun fue cambiado por Juan Sourrouille y Alfonsín no pudo completar su mandato- el significado real del doble discurso queda en evidencia si se entiende que reducir impuestos a los exportadores, mantener los actuales niveles salariales y proponer como núcleo central de la estrategia aliancista llegar a exportaciones por 50 mil millones de dólares, son mecanismos destinados a pagar la deuda externa.

Porque ésa es la intención, es imprescindible el silencio; tanto más indigno cuando se toma cuenta de que los miembros del IPA conocen con exactitud el significado económico, social y político del saqueo sin precedentes que presupone el pago de esa falsa deuda(22).

Se entienden entonces otros guiños, como por ejemplo «Las fuerzas armadas constituyen el eslabón más importante de la defensa nacional y para que cumplan con los objetivos que fija la Constitución Nacional deben contar con misiones establecidas por el poder político, con presupuestos suficientes que garanticen una vida digna a sus integrantes y con niveles de equipamiento eficientes que privilegien las capacidades operativas» [punto 134]; (¿Hace falta decir que no se hallará en la Carta la exigencia de juicio y castigo a todos los culpables por el asesinato masivo que inició con los desaparecidos y continuó sin pausa con las víctimas de la miseria extrema y la represión cotidiana?). O la propuesta de «modernización de las relaciones laborales» léase: flexibilización [punto 75]. O la aviesa propuesta de «autonomía de los actores sociales para elegir aquellos con los que han de negociar» equivalente a la destrucción de los sindicatos obreros [punto 79; ítem a, por el cual viene trabajando desde hace años el centro de estudios de ATE]. O la frase siguiente: «La Alianza se opone a la privatización del Banco de la Nación Argentina», aún más tramposa que las anteriores, porque encubre la falta de un pronunciamiento en oposición a la privatización del Banco de la Provincia de Buenos Aires y del Banco Hipotecario (omisión obvia, porque la Alianza ha estado involucrada en la privatización de bancos de Estados provinciales y del Hipotecario). O la más sutil pero no menos significativa transformación, según la norma de los nuevos propietarios de las empresas de servicios públicos, de usuarios en consumidores… [ punto 27]. O el velado apoyo al arancelamiento de los hospitales públicos [punto 27]. O el alineamiento sin reservas con la propuesta del Banco Mundial para la reforma educativa [puntos 64; 65; 67; 68; 69; 71].

Aunque todavía falte mucho por ver, lo mostrado es suficiente para afirmar que en su propuesta económica la Carta es una ofensa a la inteligencia. Y el programa que promete mayores libertades democráticas, ética en los funcionarios y gradual mejoría para todos es, lisa y llanamente, un fraude. Porque los autores saben que sin un vuelco de campana en el reparto de la renta nacional, sin bases objetivas para el crecimiento económico, no habrá más democracia, más libertad, ni más ética, sino exactamente lo inverso.

 

¿Por qué este viraje anacrónico del progresismo?

La explicación de tan violento giro hacia posiciones retrógradas en el plano económico no reside en la ignorancia o la maldad del coordinador general o los integrantes del IPA. Hay allí personas dotadas y cultivadas y no faltan -aunque tampoco abundan- quienes obran movidos por buenas intenciones.

Todo estriba en el punto de partida que se adopte: responder a las necesidades del conjunto de la población del país; o admitir que toda resistencia es inviable y buscar la salida sobre la base de someterse a las exigencias del gran capital imperialista y local.

Si se opta por la primera alternativa, es necesario hacer que todas las tierras produzcan; que se edifiquen los dos millones de viviendas que faltan para que todos tengan su techo; que no haya un solo habitante -de origen argentino o de cualquier otro- sin la posibilidad de estudiar y tener atención sanitaria adecuada; que no haya un solo trabajador/a o jubilado/a con un ingreso menor al de la canasta familiar. Poner en marcha un plan para resolver tales necesidades (que nadie, ni los autores de la Carta, cuestionan como objetivos válidos) automáticamente daría trabajo a todos. No habría ni el 6 ni el 1% de desocupados. Incluso, se podría convocar a trabajar aquí a tantos hermanos latinoamericanos que sufren la desocupación y la miseria en sus países.

Desde luego, todo esto exige recursos. ¿De dónde obtenerlos? La respuesta a este dilema presupone la adopción de medidas de neta confrontación con las bases mismas del sistema capitalista y, desde luego, con sus beneficiarios. No repetiremos aquí los lineamientos de tal programa, desarrollados en las sucesivas ediciones de Crítica y específicamente en Bases para edificar una alternativa los trabajadores y el pueblo(23).

Si la resistencia es considerada inviable; si de verdad, por invencibles relaciones de fuerza, el punto de partida de todo gobierno lo trazan el imperialismo y los señores del gran capital local (esos que, en Washington, Buenos Aires o Bariloche, bailan con la más fea si es necesario a sus intereses, llámese Videla o como sea); si no hay manera de imponerse a los gestores de la decadencia y la miseria; si cualquier opción de confrontación es más onerosa a los intereses del país y sus habitantes que la de la sumisión y la aquiescencia, entonces, sí, es necesario hacer lo que demandan los imperialistas y sus asociados locales, y adecuar a este principio todas las medidas de orden económico, político y social.

En este caso, no basta con asumir ese punto de partida: es preciso mostrarle a los amos que se es más confiable y eficiente en la tarea de gobernar para ellos, a quienes se les pedirá como limosna, para cederla a las víctimas, una milésima parte del saqueo.

La dramática realidad que prueba el contenido de la Carta es que la crisis mundial del capitalismo no deja el menor espacio para soluciones intermedias: o se corta de un tajo la dependencia respecto del imperialismo y el gran capital local en todas sus expresiones, o se le rinde pleitesía sin condiciones.

Este año Argentina paga sólo por intereses de la deuda externa 6800 millones de dólares. Esa cifra sumada a las amortizaciones de la deuda, las remesas de ganancias de las empresas imperialistas que predominan en todas las áreas de la economía, más los pagos de patentes, más el descomunal déficit comercial, más el igualmente gigantesco déficit presupuestario, hacen que en 1998 Argentina tenga un saldo negativo de 21 mil millones de dólares. O bien se explica que sin detener esa sangría es redondamente inaplicable cualquier plan de desarrollo, aumento de salarios y jubilaciones, eliminación de la desocupación, mejora en la educación y la atención sanitaria para las grandes mayorías… o se omite toda referencia a la deuda externa misma, se elude hablar de salarios, se olvida a los jubilados, se adoptan los planes del Banco Mundial para la educación, se entrega sin chistar la salud pública a empresas privadas de capitales imperialistas y locales que lucran sobre el dolor de millones de personas… se condonan las fraudulentas privatizaciones.

Del mismo modo, se proclama la necesidad de una radical reforma agraria o se propone el crecimiento aumentando aún más las fabulosas ganancias de la burguesía terrateniente.

Estas son las opciones. En un ciclo de gravísima crisis del capitalismo mundial no hay espacio para la comodidad de cambios progresistas sin medidas extremas, como no hay chance de extirpar un cáncer con caricias.

Las reformas progresistas -sea cual sea la posición que se tenga en términos históricos frente a ellas- son posibles en períodos de auge del capitalismo. En su fase agónica, son materialmente imposibles, por mucho que crean en ellas quienes las propugnan. El capitalismo en crisis sólo deja la posibilidad de la revolución… o de la contrarrevolución.

De tal manera, cuando afrontan la realidad, quienes en un pasado muy reciente (y a la vez muy lejano) encarnaron la voluntad de cambio de millones de personas descreídas de los partidos del capital, y puesto que para ellos -por convicción o conveniencia, ése es otro debate- excluyen la noción de revolución, se deslizan sistemáticamente hacia las posiciones de la derecha más conservadora.

¿No es ésa la conducta de quienes desde 1991 ocuparon (podría decirse usurparon) la representación de aquella voluntad de masas?

No caben aquí los juicios morales a individuos. Desde luego que hay allí sinvergüenzas, mentirosos, tránsfugas y pequeños aprovechados. Pero no es ése el factor dominante ni el nudo del problema. Es la opción de hierro que plantea el capitalismo de nuestro tiempo. La Carta plasma una opción. Y exige a su vez la opción de todos respecto de ella, particularmente de quienes directa o indirectamente, desde organizaciones sociales o sindicales hacen de apoyatura electoral a la Alianza(24).

 

Argentina y el mundo 

Plantear una interpretación y un programa de acción para Argentina al margen de lo que ocurre en el mundo es la prueba que evidencia con mayor nitidez la impotencia práctica del equipo redactor del programa de la Alianza.

Ante la inconveniencia de diluir la réplica a la Carta en un informe sobre la marcha de la crisis, se incluye un Apéndice a continuación de este texto. Allí se registran y analizan los hechos más salientes del último período, en línea de continuidad con la cobertura que Crítica realiza sistemáticamente desde su primera edición.

A partir de los datos de esa realidad puede afirmarse que el programa de la Carta, limitado a un juego que se verá a continuación, no sólo es contrario a los intereses de la clase obrera y del conjunto de la nación, sino que es rotundamente inaplicable y, en la eventualidad de que la Alianza llegue al gobierno, sólo podría plasmar sus aspectos más negativos.

 

Coyuntura y perspectivas: ¿todos iguales?

De lo dicho hasta aquí no debería extraerse la conclusión de que la propuesta de la Alianza es idéntica a la política actual.

De ningún modo. En más de un sentido, la Alianza es lo opuesto a lo que hoy es dominante en las decisiones de gobierno. Observar esas diferencias es clave para comprender qué está ocurriendo en Argentina y qué hacer frente a ello.

Desde el punto de vista del capital, se replantea por estos días la misma coyuntura observada cuando fue reemplazado Cavallo. La diferencia estriba en que esta renovada agudización de la disputa interburguesa ocurre sobre una base económica internacional y local completamente diferente a la de 1996: se ha desatado la crisis financiera mundial e, incluso con prescindencia de ella, la economía argentina no sostiene por más tiempo los enormes déficits comercial y de pagos, el endeudamiento descontrolado, el déficit fiscal.

Estas diferencias conllevan consecuencias de magnitud en el corto y largo plazos.

En aquella oportunidad, el resultado fue un gambito de Cavallo por Roque Fernández. Como lo reconocen ahora públicamente todos los actores, desde entonces la fractura en el Ejecutivo resultó en la imposibilidad de continuar con la aplicación sistemática del programa económico aplicado por Cavallo, pero sin cambiarlo por otro. En suma, la inercia.

Durante la misión en marzo de los técnicos del FMI se hizo patente la confrontación entre el partido de gobierno y el equipo de Economía (en representación del FMI). Es un error –en muchos casos una línea deliberada- reducir el choque a los intentos reeleccionistas. Hay aquí un conflicto de naturaleza completamente diferente. Y, de hecho, se puede entender el fenómeno a la inversa: es por la complicación del cuadro internacional y nacional que reapareció la idea –impensable hasta fines del año pasado- de reelegir una vez más al actual elenco.

Aquí se presenta la paradoja de que el gran capital financiero internacional confronta hoy con el partido oficialista respecto de cuestiones claves (ley laboral, reforma impositiva, precio de los combustibles, etc). Pero, al mismo tiempo, es evidente que un hipotético gobierno de la Alianza, más exigido por el movimiento obrero y el pueblo, con mayor dependencia de las masas para sustentar su fuerza política, estaría a la vez con mayores posibilidades de resistir las exigencias imperialistas en general y estadounidenses en particular.

En este intríngulis tan confuso como la situación que lo genera, todo indica que ante la aceleración de la crisis, Washington (corresponde diferenciar aquí al imperialismo USA de los restantes) optó por no cambiar de asno a la hora del descenso abrupto por un camino de cornisas.

La confusión deriva, ante todo, del hecho de que asistimos a los prolegómenos de un reacomodamiento histórico de las clases, en todos los órdenes.

Se trata de un reacomodamiento sin estrategias definidas por parte de ninguna de ellas, y en consecuencia sin planes precisos, organizaciones vigorosas ni liderazgos válidos y creíbles. La Carta es una patética prueba de esta afirmación: toma las indicaciones de funcionarios del FMI y tecnócratas académicos estadounidenses, quienes fueron hasta ayer defensores del libremercadismo a ultranza y hoy, dando un salto en el aire, se muestran empeñados en que el Estado regule y ponga barreras aduaneras para disminuir el déficit de la balanza comercial y poder así servir los intereses de la deuda externa. Lo más significativo, sin embargo, es que la alianza política precedió al programa, de esta manera reducido a objeto de negociación pragmática, lo cual a su vez reduce la noción de estrategia a la condición de estratagema.

Esa carencia, producto de la falta de energía tanto de la burguesía como del proletariado (tema sobre el que hemos abundado en sucesivos materiales), otorga fuerza hegemónica al plan que coincide con los intereses de Estados Unidos, es decir: política anticrisis basada en la acentuación sin límites de la superexplotación; eliminación de barreras aduaneras para el continente (ALCA), para dar libre curso a las mercancías del imperio; remate de las riquezas nacionales a cambio de la autorización para latrocinios varios y del espejismo de la estabilidad; creación en el corto plazo de mecanismos políticos y militares de dominación hemisférica, obligadamente basados en recortes crecientes de las libertades democráticas y los derechos civiles de las masas.

 

Cambios bajo la superficie

En su momento subrayamos como dato esencial para comprender la situación nacional el hecho de que la burguesía local había cedido a Estados Unidos el papel de árbitro entre sus diferentes sectores, a cambio de garantías de gobernabilidad y participación en el saqueo denominado privatizaciones. La burguesía estaba entonces entre dos fuegos, con la ofensiva brutal del capital financiero internacional por un lado y la agudización de la crisis social por el otro.

Al inicio de aquel ciclo no hubo fisuras. En medio de la hiperinflación y ante el riesgo de explosiones sociales de magnitud, con puntos de unidad social para los trabajadores y una izquierda pequeña pero relativamente organizada y en desarrollo, todos los bloques del gran capital local, con explícito y entusiasta apoyo de las capas medias, refrendaron esta política. Tras las grandes huelgas de ferroviarios y metalúrgicos en 1991 y la deserción política de sus dirigentes, y ante la evidencia de la estabilidad de la moneda, incluso la clase obrera y el conjunto de los trabajadores respaldaron esta política dictada por el imperialismo.

Que la aplicara el partido supuestamente representante de los intereses «nacionales y populares» y que esa línea de acción se viera refrendada en sucesivas elecciones, fueron otros tantos indicadores de que el enemigo de clase, a la vez y en aparente contradicción, bajaba un escalón decisivo en el agravamiento de su crisis mientras lograba una victoria ideológica de magnitud, a partir de la cual se aceleraría la descomposición en la conciencia y la organización del proletariado.

Pero aquella fase de consenso burgués ha terminado, como ha terminado el aval de masas a aquella política. La fuerza centrípeta del arbitraje seguro y la estabilidad de precios se ha transformado en su contrario: una poderosísima fuerza centrífuga que pulveriza todo. O para ser más precisos: completa la pulverización de las ya agónicas instituciones del capital, y también de las instancias organizativas en las que hasta ahora estuvieron contenidos la clase obrera y el pueblo.

El fenómeno que ahora ocupa el primer plano –la centrifugación de fuerzas- no comenzó hoy, por supuesto, ni en octubre pasado. Convivió constantemente con la fuerza hegemónica que circunstancialmente lo negaba. Y se manifestó en diferente grado a través de las más diversas formas sindicales y políticas desde 1991.

La secuencia que culminó en la Alianza fue precisamente la plasmación de la contradicción con la política anticrisis del capital. Que esa contradicción tomara cuerpo en organizaciones, dirigentes y programas de la burguesía, es algo a tomar en cuenta cuando se analizan las plataformas, propuestas y capacidades tácticas de los partidos y dirigentes que debían encauzar la alternativa contraria.

El hecho es que a mayor oposición a los efectos económicos y sociales de las políticas oficiales, le correspondió un mayor aglutinamiento de fuerzas en torno de programas sustancialmente idénticos al del oficialismo e incluso de las mismas personas que delinearon y aplicaron aquellas políticas.

Pero hubo un salto de cantidad en calidad: la constitución de la Alianza y las elecciones de octubre pasado.

Los receptores de los votos se constituyeron como Alianza porque ese rechazo incluye a sectores de peso del capital.

Corresponde subrayar, sin embargo, que estos no se expresan sólo en la Alianza, sino también -y acaso con mayor beligerancia en un futuro cercano- en el PJ.

El Frepaso es una fuerza de naturaleza pequeño-burguesa, definiciones vagas y políticas erráticas. Su cerebro motor fue un hombre del Vaticano, Carlos Auyero, el mismo que en los años 60 fundó en Argentina la Democracia Cristiana, como parte del dispositivo ideológico-político montado por la iglesia para contrarrestar la fuerza de la Revolución Cubana. Es esta fuerza la que en lo que va de la década captó el descontento masivo. Pero al converger con la UCR, el rancio partido de la oligarquía liberal argentina, plasma a la vez la conclusión del contenido reaccionario del proyecto encarnado en el Frepaso, consolida la estrategia de la UCR –incluso si ésta se da mediante figuras advenedizas- y configura la muerte del Frepaso como nonato continente real y efectivo de la protesta y el descontento de los trabajadores, el grueso de la juventud e incluso sectores muy amplios de las capas medias.

Esto último es el dato decisivo de la coyuntura política y su evolución a mediano y largo plazos, pero corresponde a un desarrollo futuro, que aún no tiene signo definido.

Por ahora, lo dominante es que el imperialismo ha cobrado excesivamente cara su función de árbitro interno supremo. El saldo económico resultante, exige el reacomodamiento de sus socios sometidos. La situación económico-financiera del país es insostenible. Las clases dominantes locales tienen como alternativa la aplicación lisa y llana de las medidas preventivas exigidas por el FMI, la certeza de un colapso a corto plazo, o un cambio de rumbo para el cual no existe margen sin jugar la riesgosa carta de un realineamiento basado en la lucha interimperialista. Y ésa es la carta en la manga presentada en el Bauen.

El ciclo se agotó cuando el ensueño de un arbitraje signado por la equidad y el equilibrio entre las diferentes fracciones de la burguesía dejó paso a la realidad. Una realidad exigida por la crisis en los países centrales, ellos mismos compelidos a eliminar a los socios sobre los que se sustentan. Aniquilados ya, o amenazados de muerte en el corto plazo, sectores significativos del capital buscan paliativos a la despiadada voracidad del imperialismo.

No hay líneas claras para ello. Lejos de unir a la burguesía local, esta situación ha ahondado sus antiguas fracturas. Entre otros factores –a los que nos hemos referido en documentos anteriores- esto ocurre porque la crisis bursátil y sus demoledores efectos no estaban en los planes de los estrategas de la burguesía local.

La crisis bursátil y su ya indiscutible continuidad y profundización replantean un escenario de corridas financieras, hiperinflación (o su contracara, la hiperdeflación), convulsiones sociales y desestabilización política. Parece innecesario insistir en que un eventual gobierno de la Alianza no puede afrontar semejante perspectiva.

Como quiera que sea, el hecho es que irrumpió el cataclismo financiero y se abrieron las múltiples compuertas de la crisis. Esto significa que se ha acelerado la necesidad de redefiniciones de las clases, sus organizaciones y sus liderazgos, frente a una nueva situación cuyos rasgos distintivos son el empeoramiento de la crisis en todos los órdenes y la probada ineficacia de los instrumentos institucionales actuales para afrontarla.

Sea cual fuere la decisión de los sectores acosados del gran capital local, al definir una opción estratégica frente a la crisis provocarán a su vez con carácter de necesidad el realineamiento de la clase obrera.

Esto presupone un desafío singular para quienes pretendemos edificar un partido de masas del proletariado y el pueblo y abrir paso a una estrategia anticapitalista.

Puesto que ha sido justamente la fuerza desestabilizadora proveniente del exterior la que desató la crisis, conviene comenzar por asimilar esos hechos y tenerlos en cuenta como base para el análisis de la coyuntura en Argentina y su probable evolución.

Desde hace meses la prensa comercial reitera los datos de una situación económica insostenible, que exige cambios de envergadura y sin demora. La brecha ya señalada de la suma de déficits, sólo puede cubrirse con mayor endeudamiento y recepción de capitales especulativos. Pero la crisis financiera internacional hace imposible lo que era extremadamente difícil antes de que ésta se desatara.

Lejos de contar con un flujo creciente de capitales -incluso limitándose a aquellos exclusivamente especulativos- la coyuntura financiera mundial hace prever, en la mejor de la hipótesis, un corte abrupto en ese flujo; y en la hipótesis más probable, una masiva fuga de los capitales que hoy especulan en la bolsa local.

Sin llegar a ese extremo, sin embargo, está claro que el gobierno no contará con recursos para financiar el desbalance externo e interno.

La respuesta del FMI fue inequívoca: aumentar aquellos impuestos de segura cobranza (en primer lugar la generalización del IVA, como quiere Machinea), y el aumento de los combustibles, particularmente el gas oil, vía indirecta además para frenar el giro económico; disminuir las importaciones por los medios que sean necesario (es decir, sin ningún prejuicio neoliberal que impida levantar barreras aduaneras); disminuir directa e indirectamente los salarios; acelerar la venta de lo que queda, principalmente los Bancos Nación y Provincia de Buenos Aires.

Por su contenido recesivo y acelerador de la centralización de capitales -naturalmente en beneficio del capital financiero internacional, en detrimento del local- y por la particular coyuntura política en que se lo plantea, este paquete de medidas ahondó las fracturas interburguesas.

El fin de una fase en la economía mundial y local, prefigurado por la crisis de los tigres asiáticos y el empantanamiento de la convertibilidad, acaba de hecho con el esquema político que descansó sobre el arbitraje estadounidense. Pero, a su vez, éste resultó en su momento de un previo agravamiento de la crisis y la inexistencia de partidos políticos burgueses suficientemente fuertes como para ejercer por sí ese papel.

Replanteado el dilema una década más tarde, el único dato nuevo es la existencia del Frepaso, el cual sumado a la UCR y en busca de «la pata peronista», no es otra cosa que la versión desdibujada del fallido Tercer Movimiento Nacional anhelado inútilmente por Alfonsín antes de que lo devorara la ciénaga.

Conviene detenerse en la observación de ese dato nuevo, por su carácter altamente contradictorio y las consecuencias tácticas y estratégicas que conlleva.

El Frepaso resultó de la cooptación del conjunto opositor integrado por las capas medias, el grueso de la juventud y ciertos sectores de la clase trabajadora (sindicatos de servicios y exiguos contingentes del movimiento obrero industrial), por parte de una variante burguesa apenas maquillada. En ese sentido, la aparición del Frepaso y su crecimiento electoral (basado en una descarada campaña de los medios de difusión masiva del capital), fue una derrota política sin atenuantes de la clase obrera y de la vanguardia comprometida con una perspectiva clasista independiente.

Con todo y pese al desmesurado precio social que obreros y capas medias debieron pagar por esta derrota política, las concesiones formales, funcionales y programáticas que tal empresa exigió a sus beneficiarios redundaron en una fragilidad extrema de la criatura. Si los votos no sirven para garantizar un respaldo de masas a un proyecto estratégico, no sirven para nada, excepto para confundir a la ciudadanía en general y a la clase obrera en particular y en consecuencia demorar los desenlaces posibles. De allí que, a la hora de plantearse la asunción del gobierno, los referentes del nuevo aparato arrojaran por la borda a sus asesores económicos y se aferraran a uno con carnet radical. Pero tampoco un afiliado radical es del todo confiable. Y entonces el Frepaso tendió un puente para que cruce el segundo de Cavallo, es decir, el propio ex ministro como asesor en la sombra.

No se debería suponer que palabras tales como asesor, referente, o, la perla conceptual a la que se apeló para aludir a la intención de ampliar la Alianza: la pata peronista, son una mera degradación del idioma. Muy por el contrario, constituyen la expresión lingüística necesaria de la degradación ideológico-política extrema que encarnan el Frepaso, la UCR y su equívoca Alianza: a cambio de cuadros pensantes con envergadura de conductores políticos, estas estructuras tienen referentes, inútiles para toda función que no sea poner la cara y recitar frases hechas ante los medios de difusión. Allí donde hacen falta ideas, análisis y proyectos, los referentes necesitan asesores supuestamente sabios y asépticos. En consonancia con este envilecimiento de la razón y el accionar político, según los propios referentes, el proyecto opositor para marchar necesita una pata… del cuerpo al que supuestamente se opone.

¿Hace falta una imagen más clara para concluir que la Alianza es un extraño animal (los humanos cargan piernas) que aún no ha desarrollado las extremidades y, en consecuencia, no puede andar por sí mismo?

¡Pero no sólo hay problemas con las extremidades! Más penoso aún, e ilustrativo, es que este extraño engendro al que le faltan patas, debe ocultar la cabeza: de los cinco integrantes de su cúpula, los referentes (De la Rúa y Castagnola) hicieron los máximos esfuerzos por ocultar y mantener callado casualmente al único dirigente político de envergadura en todo el espectro burgués, Raúl Alfonsín, y al único cuadro con ideas propias y capacidad para exponerlas y defenderlas, Rodolfo Terragno.

Tamaña deformidad corresponde sin embargo con exactitud al fenómeno que corporiza: el desplazamiento de facciones burguesas que huyen de la voracidad imperialista, pero lo hacen tratando de disimular ante sus superiores, de aventajar a sus circunstanciales socios, de engañar a aquellos de quienes dependen para tener existencia ante el amo y, para completar el cuadro, sin saber exactamente adónde ir.

Esta es la burguesía argentina. Un cuerpo flácido, sin pies ni cabeza. ¿Puede extrañar que reapareciera la idea de que en la tarea de representar al engendro nadie aventaja al actual titular del Ejecutivo? Basta partir de estas razones para medir la magnitud de la derrota que significó el funambulesco renunciamiento para el sector del capital que había optado por ese recurso. (Y para suponer que ésa no es una historia acabada).

Consumada la metamorfosis del Frepaso, transmutado en UCR mediante la Alianza, como contraparte necesaria de la ausencia de una estrategia de desarrollo (la cual hace ineludible confrontar con el imperialismo) se cierne sobre ésta la imposibilidad de encolumnar de manera estable y sostenida al conglomerado policlasista que la catapultó como primera fuerza electoral. Esto es lo que alimenta la confrontación interna, que la prensa comercial presenta como meras disputas por alcanzar la primera candidatura. Tales escarceos se explican parcialmente por pugnas entre camarillas que defienden a dentelladas futuros cargos electivos. Sobre todo, estas reyertas son necesarias para entretener, confundir y contener a los sectores sociales que ante el fin de las ilusiones cifradas en el plan de convertibilidad volcaron sus expectativas votando a la Alianza y pocos meses después, con mayor o menor claridad y definición, perciben que no obtendrán respuesta a sus reclamos y transmiten su descontento.

Desde este ángulo la continuidad de la Alianza y su arribo como tal a la elección presidencial de 1999 está en dependencia de la capacidad de amplios contingentes de clases medias, el grueso de la juventud y franjas del movimiento obrero para expresar políticamente sus demandas propias.

Es improbable que en tan corto plazo ocurra algo semejante: las clases medias son incapaces por definición de crear algo diferente al Frente del Sur y sus sucesores; los jóvenes, atravesados por diferencias de clase insalvables a partir de ellos mismos, tampoco pueden proponer un programa y una organización alternativos; y la clase obrera, fragmentada y desmovilizada como nunca antes en su historia, no está en condiciones de remontar esta situación en torno a una campaña electoral y en tan breve lapso.

Imposible prever si la ausencia de tal desafío garantiza la unidad de la Alianza. Porque existe una amenaza desde otro flanco: las facciones de la burguesía que desde el PJ -o a través de él- reproducen el mismo movimiento que diera lugar a la Alianza.

En este sentido, la ansiedad por hallar «la pata peronista» podría muy bien estar anunciando una nueva metamorfosis, para la cual no necesariamente están dispuestas todas las fracciones del capital representadas en la UCR.

Por sobre cualquier especulación, sin embargo, se impone la realidad objetiva: estos movimientos bruscos de reacomodamiento y realineamiento no se producen en torno a una propuesta programática, sino a causa de y acelerados por la ausencia de una perspectiva estratégica, un programa de acción, un canal organizativo y dirigentes capaces de poner en pie el Tercer Movimiento Nacional.

En ese sentido, la Carta del Bauen -una mezcla de desarrollismo tímido (Ferrer), con neoliberalismo tardío (Machinea)- es un programa revulsivo… para la propia Alianza. Ese carácter se hace ostensible en el hecho de que sea Alfonsín quien condujo la puesta en escena, ante el más que visible descontento por parte de los precandidatos presidenciales.

No se trata, por cierto, de una disputa personal. Aunque con las contradicciones y debilidades señaladas, la Carta plasma una línea de acción con dos diferencias significativas respecto de la política aplicada en la actualidad: el intento de un sector del capital de aprovechar la aguda confrontación interimperialista, volcar todos los esfuerzos a la consolidación del Mercosur (entendido en este caso como frente único de sectores análogos de las burguesías de la región) y sobre esa base recuperar hasta donde sea posible la capacidad de decisión enajenada absolutamente por el conjunto de la burguesía en 1989/90.

Importa subrayar que en aquella oportunidad fue el conjunto, para percibir que ahora no hay líneas claras en el realineamiento. Así, se hacen inteligibles hechos aparentemente inexplicables como, por ejemplo, que luego de haberle pedido públicamente a Alfonsín que se calle la boca, Castagnola fuerza una sonrisa mientras el ex presidente, con evidente y legítima satisfacción, la mantiene a un costado en la presentación de la Carta; y que pocas horas después, Alfonsín sonría nuevamente con una copa en alto, pero esta vez al lado del titular del ejecutivo… todo esto mientras el gobernador de Buenos Aires Eduardo Duhalde proclama que el modelo está muerto y urge encontrar un reemplazo.

Se equivoca quien piense que el espectáculo estriba simplemente en la plasticidad moral y política de sus protagonistas. La causa de fondo es un reacomodamiento que no encuentra cauce firme por las razones expuestas. Esto abre interrogantes sobre durabilidad y consistencia del bloque burgués plasmado en la Alianza (o de cualquier otro que pudiera sucederlo), pero sobre todo afirma dos certezas: 1) si ocurriera la improbable consolidación de una coalición representativa de un realineamiento burgués, se asentaría exclusivamente en el propósito de disputar con el imperialismo el reparto de la plusvalía total, con el supuesto inconmovible de que ese objetivo exige aumentar la extracción de plusvalía absoluta y relativa; 2) en la hipótesis de que se consolide una coalición política representativa del realineamiento burgués, Alianza o como se llame, con tal o cual referente como candidato, la fuerza aglutinante del Frepaso está agotada. (Eventualmente podrá ganar elecciones, pero incluso esto es incierto, tanto por el combate menor con el candidato de la UCR, como por la posibilidad de promover un poderoso bloque de oposición programática que se exprese electoralmente contra las dos variantes burguesas).

Desde el punto de vista de la posición política de la clase obrera, se vuelve así al comienzo de los 90, cuando el viraje del gobierno peronista recién votado abrió la posibilidad de un realineamiento social y político del proletariado y el conjunto del pueblo trabajador, que significara la ruptura con la noción policlasista impuesta por el peronismo desde mediados de los 40 y la constitución de una fuerza política de masas con un programa independiente y clasista.

Tal analogía, sin embargo, no significa identidad. Y las diferencias son las que definen la coyuntura histórica y las tareas que deberán afrontar los luchadores sociales en general y los revolucionarios marxistas en particular.

 

Mal menor, oportunismo e izquierdismo

Cuadros, militantes y activistas, dirigentes sindicales e intelectuales, afrontan por tanto una instancia crucial.

Frente a ella, gravitan tres tendencias ideológico-políticas que deben ser combatidas y derrotadas: la opción por el mal menor; el pragmatismo dispuesto a sumergirse en supuestas oportunidades coyunturales; y el sectarismo ultraizquierdista, calificado por Marx como «esencialmente reaccionario» y condenado en la teoría y la práctica por los genuinos revolucionarios a lo largo de la historia.

No cabe aquí abundar en este debate. Baste decir que es preciso un extraordinario esfuerzo de voluntad para remontar las dificultades de todo orden que afronta la militancia revolucionaria marxista, para llevar a los luchadores sociales un mensaje preciso e intransigente: no reiterar las opciones por el mal menor que arrastraron a personas de avanzada a plantearse hoy la opción entre Castagnola o De la Rúa; no ceder ante el falso brillo de oportunidades pasajeras que, en todo caso, sólo pueden beneficiar a algún individuo, quien así se colocará ineludiblemente en manos del enemigo de clase; no transar, sea cual sea el costo aparente en lo inmediato, con quienes en lugar de análisis científico y determinación revolucionaria recurren al alarido, las definiciones grandilocuentes sin fundamento, el individualismo propio de pequeños burgueses que han perdido su lugar en la vieja sociedad y quieren recuperarlo en cualquier circunstancia.

A cambio, es preciso afrontar la coyuntura con un programa antimperialista y anticapitalista; con una propuesta de organización de masas; con una conducta de firmeza y sencillez sólo concebible a partir de grandes objetivos, fundamentos científicos y la voluntad templada para luchar por un gobierno de los trabajadores capaz de abolir el capitalismo y dar paso al futuro.

 

Buenos Aires, 19 de agosto de 1998

 

 

Notas

1.- Para defenderse de una acusación del presidente, según la cual Graciela Fernández Meijide habría cobrado salarios como docente con identidades diferentes, ésta se vio obligada a aclarar ante las cámaras de televisión que, en realidad, su nombre es Rosa Graciela Castagnola de Fernández Meijide. Al comienzo de su carrera política, pocos años atrás, sus asesores de imagen encontraron que presentarla como Doña Rosa Castagnola no ayudaría a ganar adeptos en el electorado de alta clase media porteña ni respetabilidad en los centros de poder, razón por la cual, pese a su marcado carácter autoritario, adoptó los apellidos de su esposo. El hecho carecería de toda importancia si no fuese porque, incidentalmente, indica hasta qué punto esta nueva dirigencia gestada de la noche a la mañana para reemplazar a los exhaustos partidos de la burguesía está dispuesta a conceder, en todos los planos, para ser aceptada por los poderosos y caer simpática al electorado al que se dirige. Ése es, en definitiva, el significado de la elección de Llach como economista de cabecera. Ver al respecto Alianza a la caza de empresarios, artículo de Martín Latorraca en El Espejo Nº 48.

2.- El episodio fue expuesto por el periodista José Natanson en Página/12 del 12 de agosto. El mismo artículo reproduce declaraciones de Enrique Martínez -presentado allí como economista del Frepaso- en las cuales refiriéndose a la Carta señala: «Cuando se dice que la Argentina crecerá a un 6% anual, se está poniendo una variable macroeconómica, como el crecimiento, por encima del resto de las cuestiones. Yo creo que se debería haber comenzado por analizar la manera de reintegrar el tejido social y la situación de los sectores marginados. Esta es la condición necesaria para avanzar con el resto de los problemas. Hay que comenzar por la economía real para luego pasar a la macro. No al revés». Sea lo que sea que se piense sobre esto de «comenzar por la economía real para luego pasar a la macro», lo importante es la rotunda condena de Martínez a lo que constituye el corazón de la propuesta económica de la Carta: crecer a un 6% anual durante un eventual gobierno de la Alianza. Esto no tendría la menor relevancia, excepto por un detalle: Martínez es uno de los 21 integrantes que elaboraron la Carta.

3.- Página/12, miércoles 27 de mayo de 1998; nota firmada por el periodista Maximiliano Montenegro.

4.- Clarín, jueves 13 de agosto, nota firmada por el periodista Marcelo Helfgot. Los párrafos en negrita están en el texto original.

(*).- Ya redactadas estas páginas, en un show televisivo presentado como debate entre Castagnola y De la Rúa, la Sra. dijo: «en la búsqueda de consenso si le toca gobernar `la Alianza no será un límite para mí´». Clarín, 17 de agosto, columna firmada por Tabaré Areas. De modo que hay algo a la derecha de Ulloa, Natale o Leopoldo Bravo que escapa todavía a las expectativas de la candidata.

5.- Clarín, 11 de agosto de 1998, entrevista realizada por Daniel Fernández Canedo.

6.- Permítasenos una digresión: algo raro debe estar pasando en el país. Hasta poco tiempo atrás, el Sr. Pérez era un recoleto ultracatólico, de cuya vida personal nadie sabía o, por lo menos, escribía nada. O casi nadie: porque periodistas malévolos lo han acusado reiteradamente de ser un mero testaferro del Vaticano. Otros, con datos más palpables, le endilgan pertenencia al Opus Dei, haber introducido en Argentina al grupo Comunión y Liberación (una rama eclesial de la CIA), para el cual incurrió en el único negocio que, hasta donde se sabe, le ha salido mal: la compra del semanario Esquiú. La imponente reproducción de la virgen que domina el ingreso a la torre de sus oficinas en Maipú y Avenida de Mayo, contribuyó sin duda a esta imagen de hombre pío y recatado, víctima de la habitual malevolencia. Entre los ataques recibidos, sin embargo, jamás fue acusado de ser esa clase de personas frívolas que se esfuerzan por mostrarse y mueren por una Ferrari, aunque no sea de colección. Sin incurrir en suspicacias, cabe preguntarse el por qué de tan abrupto cambio de conducta en este individuo al cual otros malévolos periodistas han acusado de financiar a los carapintadas y darle apoyo moral, material y celestial al detenido ex coronel místico Mohamed Seineldin (quien pese a las resonancias de su nombre es devoto de la virgen del Rosario, patrona de la operación Malvinas) y recientemente presidió en ausencia un Congreso nazi, realizado en el muy tradicional colegio católico La Salle, ubicado frente al que fuera el edificio de la AMIA.

7.- Memoria del Brigadier General Pedro Ferré. Coni; 1921; pág. 55.

8.- JB Alberdi, Escritos Póstumos; T. VI.

9.- Esteban Echeverría; Dogma Socialista; Editorial Claridad.

10.- Cita tomada de Industria y concentración económica, Eduardo Jorge, Hyspamérica; 1986, pág. 8.

11.- Los Secretos del Desarrollo; Eduardo Conesa; Planeta, 1994, pág. 98.

12.- Ib. pág. 178.

13.- La convertibilidad: ¿el peronismo en crisis?; Eduardo Curia; Corregidor; 1997; pág. 197).

14.- Otro siglo, otra Argentina; Juan Llach; Ariel; 1997; pág. 284.

15.- Crisis y Reforma en América Latina -del desconsuelo a la esperanza; Sebastián Edwards; Emecé; marzo de 1997; pág. 171.

16.- «Nadie escribe una oración completa sin denunciarse», afirmaba Thomas Mann. Es curioso el uso en este punto de la palabra fatal, que en castellano significa irremediable, ineluctable, aunque por extensión adquiere también el significado de malo, nefasto. Sin recurrir al psicoanálisis, está a la vista que para los autores de la Carta, el nefasto endeudamiento es una desgracia irremediable.

17.- Aldo Ferrer; El capitalismo argentino; Fondo de Cultura Económica; pág. 85-86. Cabe subrayar, como dato ilustrativo, que el título del capítulo de donde se extrae esta cita es La crisis económica y la reconstrucción democrática (1976-1989). Para el ex ministro de Levingston, en el período 1976-1989 hubo una crisis económica y una reconstrucción democrática; y si bien queda claro en su texto que rechaza la política económica de Martínez de Hoz, resulta igualmente evidente que incluye a la dictadura en la tarea de «reconstrucción democrática». No habría que tomar a la ligera el significado de ese título. El lúcido autor del mejor compendio de economía argentina tres décadas atrás, en la página 28 de El capitalismo argentino escribe que «la expansión alemana bajo el II Reich culminó en una imprudente política de expansión que superó los límites realistas establecidos inicialmente por Bismarck, hasta culminar en la Primera Guerra Mundial, la derrota y, posteriormente, el ascenso del nazismo, la barbarie y, otra vez, la guerra y la derrota» (cursiva de LB).

18.- La cifra es aproximada (es imposible seguir el ritmo de endeudamiento diario del gobierno, que oculta la información) y suma deuda pública y privada, por razones que -excepto para propagandistas del capital, es innecesario explicar. Pero a propósito de montos del endeudamiento, sería interesante ver el espectáculo de un debate respecto de la deuda externa en un gobierno de la Alianza, con Castagnola en algún alto cargo y Llach asesorándola. En el libro citado, el segundo de Cavallo revela con tono teórico un descubrimiento sin precedentes en la historia de la economía: «la deuda pública bruta, bien medida, bajó un 3,9% entre 1989 y 1995»; «la deuda pública neta bajó un 14,2% entre 1989 y 1995» (el autor evalúa la deuda pública total de 1995 en 93 mil millones de dólares); (Op. cit. Pág. 181). Está claro: la culpa la tiene Alfonsín. La gestión Cavallo-Llach no duplicó el endeudamiento, sino que lo redujo en proporciones extraordinarias. El Sr. Llach tiene título universitario y posgrados estadounidenses. Y Castagnola es la aliada de Alfonsín…

19.- Ib. pág. 133

20.- «Yo nací sensata» explicó Castagnola recientemente a la prensa para afirmar que sus posiciones no tienen nada que ver con adecuaciones a las exigencias del establishment y para mostrar que no sólo sabe mucho de economía sino que además tiene un profundo pensamiento filosófico.

21.- Cursiva nuestra. Antes de que cierta izquierda cambiara el concepto de revolución por el de utopía -para hacerlo más aceptable a su audiencia natural- no era necesario aclarar que éstas son por definición inalcanzables. De modo que no está claro si la oración incluye uno más de los muchos absurdos lógicos que contiene la Carta, o es una concesión lingüística al flanco aliancista proveniente de aquella izquierda.

22.- El ocultamiento no se limita a eludir el tema en la Carta. Llega al absurdo de ocultar la Carta misma. Al respecto, es ilustrativo leer la crónica de Eduardo Sampietro, un periodista que con la Carta en su portafolios recorrió innumerables sedes de la UCR y el Frepaso pidiendo un ejemplar, que le fue negado hasta que, para culminar su experimento, reveló que era periodista y… que tenía la Carta en sus manos. (El Espejo N° 51; 19 de agosto, primera plana). En la tercera línea del documento puede no obstante leerse: «Esperamos que éste sea el punto de partida de un amplio debate nacional».

23.- Luis Bilbao; Argentina fin de siglo: El abismo y el horizonte; pág. 205; Ed. Búsqueda; 1994.

24.- Nos referimos muy particularmente a activistas y dirigentes sindicales (y también a algunas agrupaciones estudiantiles) que con más o menos conciencia de la dinámica que seguían acompañaron este proceso desde las filas de lo que fuera el Congreso de los Trabajadores Argentinos. En las páginas de Crítica se siguió paso a paso ese proceso que, de la propuesta fundación de crear una fuerza política independiente de los trabajadores, tras un debate ideológico, político y organizativo que ganaron los aparatos sindicales respaldados por el Vaticano y la socialdemocracia, llevó a la proclamación de una pseudocentral cuyos principales dirigentes están directa y públicamente comprometidos con la Alianza, incluso ocupando cargos institucionales o aspirando a ellos.