Contrapunto

PorLBenAXXI

 

Simultáneamente con el alistamiento de fuerzas militares para golpear a Irán, durante la segunda semana de marzo George W. Bush habrá realizado una gira latinoamericana: México, Colombia, Guatemala, Brasil, Uruguay. Inesperadamente, se sumaron dos viajes presidenciales: Luiz Inácio Lula da Silva para reunirse con Tabaré Vázquez, 10 días antes del arribo de Bush, y Hugo Chávez a Buenos Aires, el 8 de marzo.

Bush viaja al Sur con objetivos precisos. En México, dar un espaldarazo a un gobierno débil, cuestionado, incapaz de detener la creciente fractura del país. En Colombia, suturar la herida de Álvaro Uribe con las recientes revelaciones que pusieron a la vista del mundo la directa relación de su gobierno con las formaciones paramilitares, terroristas y narcotraficantes. Este golpe político en el territorio escogido para montar el dispositivo estratégico contra Venezuela es una nueva sangría en el ya debilitado sistema capilar imperialista en la región.

Aparte los temas conocidos, entre los cuales descuella el Plan Puebla Panamá, en Guatemala el Departamento de Estado debe afrontar un problema inesperado: la candidatura de Rigoberta Menchú para las elecciones de septiembre próximo amenaza con restarle otro país centroamericano al damero de la Casa Blanca. Tratándose de una líder indígena –en un país donde el peso de la cultura maya trasciende las fronteras- su victoria, altamente probable, daría un nuevo y decisivo impulso al protagonismo de los pueblos aborígenes en la transformación del escenario político latinoamericano.

En Brasil, sin esperanza de torcer el rumbo de ese país para revivir el difunto Alca, Washington busca neutralizar, con acuerdos de intercambio comercial, la dinámica de convergencia suramericana sobre la cual la burguesía industrial paulista pretende afianzar una comunidad de negocios en beneficio del proyecto de subpotencia regional. Ése es el sentido de “la Opep del etanol” (comprar voluntades oficialistas a precio de maíz) que propone Washington, con la intención de captar también a Argentina en un proyecto de biocombustible, apuntado ante todo contra Venezuela y con más sentido político que fundamento económico real. “Ya que no salió el Alca, vamos por el acohol”, dicen funcionarios estadounidenses con sentido del humor.

 

Romper el Mercosur

Pero es en el Río de la Plata donde el enviado del imperialismo estadounidense tiene una tarea inmediata y crucial: ensanchar la grieta abierta en el Mercosur por el conflicto argentino-uruguayo. Presumiblemente el viaje de Lula -fuera de agenda- está dictado por la necesidad de salir al cruce a aquella maniobra estratégica. No obstante las apariencias impuestas por los medios de prensa comerciales, es también presumible que esa misión tendrá éxito: la ruptura de Uruguay con el Mercosur provocaría un estallido interno y una onda expansiva sobre toda la región. Hay bases sociales comprometidas con el programa histórico del Frente Amplio, que no es revolucionario pero tampoco proimperialista. Por lo demás, nadie en el FA, ni siquiera su ala más comprometida con el statu quo, saldría ganancioso de tal desenlace. Y si bien en las clases dominantes uruguayas, más que en los países vecinos, prevalece el ala parasitaria tradicionalmente aliada al imperialismo de turno es improbable que el actual gobierno barrunte la posibilidad de cambiar drásticamente de ubicación geopolítica. Esto es una certeza, incluso asumiendo que la diplomacia argentina, en lugar de buscar soluciones de fondo al conflicto por la construcción de plantas productoras de pasta de papel en la frontera, optó por la vía ya comprobadamente muerta de los “buenos oficios” de su graciosa majestad, el rey de España.

 

Chávez en Buenos Aires 

Para eludir las movilizaciones convocadas por la central sindical uruguaya PIT-CNT, la recepción a Bush debió ser desplazada Montevideo a Colonia (bello y apacible poblado recostado sobre el Río de la Plata en su parte más estrecha). Lo inverso ocurre al otro lado del Río: después de anunciado el viaje de Chávez, en la Capital argentina fueron sectores proestadounidenses quienes se movilizaron contra el visitante, desatando operaciones destinadas a impedir que tuviera lugar este contrapunto sin precedentes: Bush en la estancia Anchorena y Chávez allí enfrente, en el Luna Park.

“Las penas son de nosotros, las vaquitas de Anchorena”, dice El arriero, un célebre poema musical de Atahualpa Yupanqui. En los años 1950, para que ese tema asumido como propio por el pueblo argentino pudiera ser transmitido por radio, el autor aceptó una modificación: “las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas”. Nadie en esas latitudes duda, sin embargo, que el apellido Anchorena es el símbolo de la oligarquía terrateniente, de las clases dominantes sometidas a los imperios, del desprecio, la opresión y la represión para aborígenes, criollos o inmigrantes llegados después de mediados del siglo XIX.

Luna Park es en cambio un símbolo de resonancias plebeyas: originalmente estadio de Box, luego albergaría espectáculos de música popular y actos políticos diversos. Chávez en el Luna Park, Bush en la estancia Anchorena, es entonces un inapreciable cuadro sinóptico de América Latina en los tiempos de cólera, como bien podría decir un autor por todos conocido.

Es un contrapunto de enorme significado y proyección: el rechazo al viaje del procónsul imperial ya no se manifiesta sólo en el repudio generalizado de los pueblos, que en este caso se decuplicará si finalmente Washington resuelve bombardear objetivos precisos en territorio iraní. Ahora el clamor antimperialista tiene programa y plan de acción: el programa de la Revolución Bolivariana y el proyecto de unidad suramericana, que toman cuerpo en la voz del presidente venezolano. Y es para celebrar que esa voz pueda oírse desde Buenos Aires.

Desaparecido

PorLBenAXXI

 

En Argentina se ensaya nuevamente el método de la desaparición de personas. Jorge Julio López, un obrero de la construcción, fue secuestrado el 18 de septiembre y hasta la fecha no se tienen noticias de él. López había sido secuestrado 30 años atrás por la dictadura militar de entonces. Su rastro se perdió el día en que daría el testimonio final para la condena a un esbirro que lo torturó y mantuvo detenido-desaparecido en aquella oportunidad. América XXI explicó el caso en su edición anterior. El comisario Miguel Etchecolatz fue condenado por genocidio. Pero López está otra vez secuestrado. Acaso asesinado.

La sociedad argentina no ha salido a exigir la aparición con vida de este hombre humilde y valiente. En un país donde son escasas las familias que desconocen el inmenso dolor de tener un miembro o allegado desaparecido, no ha habido una respuesta a la medida de la agresión. Hay omisiones menos admisibles aún que la de las mayorías desentendidas del rumbo nacional. El gobierno reaccionó con dura condena y compromiso de justicia desde el primer momento. Pero tres meses después no hay una pista, ni detenidos, ni exonerados en los órganos de inteligencia y seguridad, a los que se supone involucrados en el secuestro. Sólo una minoría sin impacto social o político persevera en el reclamo.

 

Todos somos López

Hay mucho más que un crimen individual en la desaparición de López. Desde la óptica de la política interna, se trata de una cruda advertencia al gobierno de Néstor Kirchner, que asumió la insoslayable exigencia de avanzar por el camino de la justicia contra los asesinos del pasado reciente. A la vez, el golpe impacta en la tímida vanguardia social que, aun morosa y vacilante, intenta dar un paso al frente aunque todavía está dominada por la confusión y sigue víctima de un miedo adentrado muy hondo en el cuerpo colectivo.

Sin embargo no es un caso estrictamente argentino. Antes bien, López es una víctima local de una estrategia regional, impulsada desde Washington para recuperar una iniciativa política que escapó de sus manos hace tiempo. Debieran entenderlo así los gobiernos del área, a cuya estabilidad apunta esta agresión. Claro que las características del episodio y la víctima son locales e involucran a asesinos que se ven acosados por el fantasma de una condena, tardía pero no menos temida. Pero ésa es la forma que adopta una línea de acción con formas de materialización muy diferentes y un mismo objetivo.

La conspiración para dividir a Bolivia y desestabilizar al gobierno de Evo Morales, por caso, o la cuña introducida entre Argentina y Uruguay para dinamitar el Mercosur, entre tantas otras vesanías cometidas en Suramérica, son expresiones diferentes de un mismo objetivo: revertir la dinámica de convergencia de gobiernos diferentes aunados por la necesidad de resistir la voracidad imperial. Aquel objetivo determina hoy cada paso de la diplomacia guerrerista de Estados Unidos al Sur del Río Bravo.

 

Bolivia bajo fuego

Es difícil aceptar que una táctica tan descarada y burda no sea interpretada por los gobiernos atacados ni ¡ay! por dirigentes y fuerzas políticas que se consideran de vanguardia. Dicho de otro modo: el intento de articular una contraofensiva imperialista pasa desapercibido para las víctimas potenciales. ¿Acaso no ven los gobiernos suramericanos que en Bolivia se está preparando la instalación de una cabecera de playa para que Estados Unidos pueda lanzar desde allí el contraataque estratégico que requiere su condición de fiera malherida? ¿Es posible que los presidentes del Mercosur, que en estos días volverán a reunirse en Brasilia, ignoren el dramático esfuerzo en el que está empeñado Evo Morales y continúen discutiendo sobre electrodomésticos y zapatos, o acerca de las bondades de las inversiones multinacionales para salir del abismo al que nos han arrastrado?

Son los sectores más concentrados del capital local, asociados con centros imperiales, quienes encarnan en cada país el intento de contraataque. No es sencillo enfrentarlos y vencerlos. Pero no existe otra alternativa. Allí está el ejemplo de Venezuela, para mostrar que ese único camino, es viable y más aún, es el camino de la victoria si se lo emprende con lucidez y coraje.

Estos valores no abundan. Pero si no es la visión estratégica y la determinación política, que sea siquiera el sentido de la supervivencia. Porque eso es lo que está jugándose en el secuestro de López, en el intento secesionista de las oligarquías del oriente boliviano, en la injustificable confrontación fratricida entre Argentina y Uruguay, en la mirada cegarrita de quienes ven en el Mercosur una oportunidad de superganancias…

Los gobiernos vacilantes sumados a la línea de convergencia suramericana están entre dos fuegos: el del imperialismo y el de sus propios pueblos. Estos anhelan definiciones netas y acciones en consecuencia. Aquél no perdona, incluso en el caso de sumisión total: “Roma no paga a traidores”.

 

 

unidad suramericana y partido socialista unido, claves de la revolución en venezuela

Después de la victoria

PorLBenAXXI

 

Avanzada: 48 horas después de confirmado su triunfo electoral, Hugo Chávez emprendió una gira que en cinco días lo llevó a Brasilia, Buenos Aires, Montevideo y Cochabamba. En esta última ciudad tuvo lugar la Cumbre Suramericana, que culminaría con un acto de masas convocado por Evo Morales, del que participaron los presidentes de Venezuela y Nicaragua. El Director de América XXI compartió como invitado especial ese raudo viaje por el Cono Sur. Y ofrece aquí informes y reflexiones acerca de un momento excepcional en el vertiginoso devenir de las transformaciones en curso en América Latina, acentuado ahora por la decisión de Chávez, anunciada el 15 de diciembre de disolver el Movimiento Vª República y edificar el Partido Socialista Unido de Venezuela.

 

Dos decisiones trascendentales había adoptado Hugo Chávez antes de que se confirmase su rotunda victoria en las urnas: una gira por el Cono Sur que debía culminar en la Cumbre Suramericana en Cochabamba, y la construcción de un partido único de la revolución.
En medio de la algarabía del triunfo del 3 de diciembre y tras su discurso bajo la lluvia, el reelecto Presidente saludó uno por uno a quienes lo acompañaban en el convulsionado interior del Palacio de Miraflores. Todavía vibraba la presencia de miles de hombres y mujeres vivando la victoria y respondiendo con inabarcable energía a la consigna con que el orador comenzó su discurso: ¡Viva la Revolución Socialista! La exultación lo dominaba todo y la epifanía de la lluvia torrencial contribuía con la emoción del momento. Pero sin sustraerse a ese estado colectivo, Chávez estaba instalado ya en sus pasos posteriores. En el fugaz intercambio de un saludo y una evaluación de la nueva coyuntura, el hombre que acababa de dar al mundo una impar lección de democracia y revolución, mientras cientos de personas pujaban por abrazarlo y felicitarlo, respondió con reflexiones propias de otras circunstancias y otro lugar. Como en una campana de vacío, se abrían espacio entre la alegría y los vítores la noción de Historia, la medición exacta del momento táctico y el conjunto de tareas planteadas.
Al mediodía del miércoles 6 un avión con el Presidente y su comitiva despegaba rumbo a Brasilia, para un encuentro con Luiz Inácio Lula da Silva. El día antes, en una conferencia de prensa para medios nacionales e internacionales, ya Chávez había ratificado su línea de acción estratégica en política interna y externa. Como inequívoco símbolo del conjunto de factores que recortan una nueva situación, dos flamantes aviones Sukhoi, llegados el día anterior desde Moscú, escoltaron a la nave presidencial hasta la frontera de Venezuela con Brasil.
Incidentalmente, poco antes el general Hal Hornburg, titular del Comando de Combate Aéreo de la Fuerza Aérea estadounidense, había afirmado que los aviones caza multifunciones Sukhoi, de fabricación rusa, superaban largamente a los F-15C/D Eagle en 90% de los simulacros de combate aéreo. Hornburg afirmó que Estados Unidos ya no aventaja en ese terreno al resto del mundo.
Tampoco en otras áreas, como queda en evidencia a la luz de la gira del presidente venezolano por el Cono Sur. Chávez cenó con Lula y al mediodía siguiente partió rumbo a Buenos Aires, donde por la noche fue recibido en la residencia presidencial de Olivos por Néstor Kirchner. Partió luego rumbo a Montevideo, en el tiempo exacto para compartir un almuerzo con Tabaré Vázquez y llegar al atardecer del mismo viernes a Cochabamba, donde ya arribaban los presidentes de los países integrantes de la gestante Comunidad Suramericana de Naciones.
El avión presidencial venezolano, un Airbus de última generación convenientemente acondicionado para su función, hierve de actividad. Ministros y altos funcionarios se turnan para asistir a reuniones en el camarote del Presidente. La victoria electoral parece lejana. No hay tiempo para celebraciones. Pocos conocen lo discutido en cada escala. Y esos pocos se mantienen herméticos: es una diplomacia en tiempos de revolución la que practica Chávez. Personal, franca, firme y flexible, siempre referida a los pueblos involucrados y con una particular atención a la prensa, que casi invariablemente le es adversa, pero debe doblegarse ante hechos y argumentos que el Presidente expone en detalle e incansable.
A los columnistas del statu quo no les queda sino respirar por la herida. “Hasta la oposición le reconoció al líder venezolano su inobjetable victoria”, admite un portavoz en el diario de Argentina La Nación. Y para resarcirse inventa sin límite moral o profesional alguno: “es probable que el presidente argentino le haya repetido que pierde el tiempo y el sentido cuando se enfrasca en peleas bíblicas con Washington ¿De qué socialismo estás hablando? lo interrogó Kirchner. Chávez garabateó entonces una imprecisa definición. Me parece que deberías cambiar la definición, le aconsejó el argentino”. Un periodista que escribe “es probable que…” y luego pone frases textuales en boca de un presidente, revela su estado de desesperación. Es la impotencia ante la desinformación y la zozobra que les produce a las clases dominantes de la región el saldo incuestionable de esta diplomacia revolucionaria: Venezuela reafirma y acentúa su perspectiva socialista, y a la vez mantiene y fortalece la urdimbre suramericana que avanza hacia la unidad regional y elude las múltiples trampas que llevan al aislamiento.

 

Las “cumbres”

Por infundada soberbia, las reuniones de presidentes comenzaron llamándose cumbres. Y por pereza continúan con el mismo nombre. El hecho es que se anunciaron dos cumbres en Cochabamba, entre el 6 y 9 de diciembre. Una, de los pueblos; la otra, de presidentes. Ambas en teoría apuntadas a la unidad y la integración suramericana. Homogénea y resuelta tras esos objetivos la primera (ver págs. 36 y 37), fracturada y confusa la segunda.
En la reunión de presidentes (a la que no asistieron los mandatarios de Argentina, Colombia, Ecuador, Guayana y Surinam), volvieron a plantearse los escollos que prácticamente paralizaron esta instancia unificadora desde su lanzamiento en Cusco, dos años atrás (ver recuadro).
Hubo sin embargo en Cochabamba una tercera “cumbre”. Ocurrió en las últimas horas del sábado en el Hotel donde se alojaba Chávez. Allí acudieron –con vestimenta y modos propios de militantes que asisten a una reunión más– Evo Morales y Daniel Ortega. Entre otros temas relevantes, allí se trató acerca de la Alternativa Bolivariana para las Américas (Alba), con la incorporación de Nicaragua y la multiplicación de programas de intercambio solidario (salud y educación en primer lugar), ahora con la participación de cuatro países y la perspectiva de que el quinto, Ecuador, se incorpore en breve.

 

Partido Socialista Unido de Venezuela

Como contraparte inescindible de ese internacionalismo militante, Chávez regresó de la gira y se abocó sin pausa a la afirmación de otro puntal para el proyecto bolivariano, adelantado durante la campaña: la creación de un partido que unifique las fuerzas revolucionarias.
Esta decisión fue recibida con diferente grado de aceptación en las 24 organizaciones que apoyaron la candidatura de Chávez. La Revolución Bolivariana ha ingresado en una fase cualitativamente superior y el período por venir requiere instrumentos de mayor eficacia.
En la militancia venezolana sin partido, sobre todo en la juventud, existe y se explicita el temor de que la nueva organización no sea sino una fusión de las actuales, a las que les atribuyen ineficiencia, formas no democráticas de actuación y parcelamiento del poder en beneficio de grupos o individuos. Una de las innumerables críticas a tales estructuras alude al propio resultado electoral: pese a la inédita contundencia de la victoria, se asegura, el resultado está por debajo de lo objetivamente esperable.
Este reproche tiene, en efecto, fundamentos reales. Aunque el respaldo de masas expresado en las elecciones no tiene precedentes y hace temblar de envidia a gobernantes de todas las latitudes, hay una distancia considerable entre la labor social realizada por la Revolución y su traducción en votos, explicable sólo por la insuficiencia de las organizaciones que debían darle a esa política un contenido revolucionario que permitiera avanzar en conciencia, organización y participación.
Aún justificadas y por tanto exigentes de drásticas respuestas, en tales críticas existe también un cierto grado de incomprensión de la marcha real del proceso de transformación social en curso en Venezuela. Un rasgo sobresaliente de la realidad venezolana en los últimos años es la omisión política de la clase obrera como tal. Si los trabajadores en su mayoría están involucrados en la Revolución, no lo están con sus propias organizaciones y actuando como clase. Es un hecho que UNT, la central sindical que reemplazó a la sigla vacía y corrupta del pasado, no logra real unidad en ningún terreno (programático, ideológico, organizativo). Es probablemente allí donde con mayor agudeza se observa la falencia de organizaciones y cuadros. Esta debilidad ha dado lugar incluso a la irrupción de teorías que minimizan el papel de la clase trabajadora en la revolución.
El hecho es que aún los más honestos y lúcidos cuadros, las organizaciones más eficaces y comprometidas con la revolución, resultan impotentes como fuerza gravitante sobre el conjunto social si quienes venden su fuerza de trabajo –desde el obrero industrial hasta el profesional asalariado, desde el ayudante de albañil hasta el más sofisticado técnico de la industria petrolera, es decir, el proletariado moderno– no toman conciencia de su lugar en la sociedad, asumen la lucha contra el capitalismo y toman la revolución en sus propias manos.
Pero esa distancia entre la aceleración de la Revolución Bolivariana y la clase trabajadora no es una singularidad venezolana, sino la expresión local de un momento histórico determinado por causas que se remontan a la degeneración de la Revolución Rusa. Es esto mismo lo que hace más dificultosa y dramáticamente urgente la edificación de un partido único de la Revolución. Porque esa omisión del proletariado, que no se resolverá en lo inmediato, es utilizada por el capital local y el imperialismo para minar, confundir, corromper y finalmente fragmentar a las fuerzas revolucionarias para vencerlas luego.
Chávez fue explícito en puntos fundamentales al lanzar el proyecto que provisionalmente denominó Partido Socialista Unido de Venezuela. En primer lugar, y superando un debate que todavía no logran zanjar teóricos y políticos en el resto del continente, rechazó la idea de un frente: “Necesitamos un partido, no una sopa de letras con lo cual estaríamos cayéndonos a mentiras y engañando al pueblo”, dijo. En segundo lugar, sostuvo la necesidad de la democrática participación de las bases en la selección y elección de dirigentes a todos los niveles. “Debemos acabar con la práctica de la designación a dedo… incluso del mío”, subrayó el Presidente. Y aclaró: “aquí no puede haber ladrones, corruptos, irresponsables ni borrachos”. Miles de militantes hicieron temblar con su ovación el Teatro Teresa Carreño.
La base inmediata para el futuro partido está en los Consejos Comunales, los Comités de Agua, el Frente Francisco Miranda, y otros organismos de participación de masas, en los últimos meses articulados, para la campaña electoral, en lo que dio en llamarse “batallones, escuadras, pelotones y patrulleros”, suman unos cuatro millones de hombres y mujeres. Chávez adelantó que “el partido tiene que trascender lo electoral. Deberemos llamarlos batallones socialistas, pelotones socialistas, escuadras socialistas, se trata de dar la batalla de las ideas, ya no es la batalla electoral. Debemos estudiar y leer mucho, discutir mucho, hacer reuniones”. Y para no dejar dudas, anunció que “los partidos que quieran, manténganse. Pero saldrían del gobierno. Conmigo quiero que gobierne un partido”.
Venezuela no será la misma a partir de estas definiciones ya transformadas en acción. Y la onda expansiva de este paso gigantesco sacudirá a todo el hemisferio.

Opciones

PorLBenAXXI

 

Cinco comicios en cinco semanas completan un año en el cual las relaciones de fuerza se expresaron a través de una inusual cantidad de elecciones en el hemisferio. Desde la reelección de Lula en el momento en que se redactan estas líneas, el 29 de octubre, hasta la segura victoria de Hugo Chávez el próximo 3 de diciembre, se suceden la elección presidencial en Nicaragua, el 5 de noviembre, las legislativas en Estados Unidos dos días después y la segunda vuelta en Ecuador, el 26.

En un sentido el panorama es incierto para dos de los cuatro comicios pendientes: Daniel Ortega tiene la mayoría en Nicaragua, aunque la descarada intervención de Washington a través de su embajador, chantajeando a la sociedad con el retiro de la supuesta ayuda económica al devastado país centroamericano, podría torcer el resultado. En Estados Unidos los sondeos aseguran que el Partido Republicano, arrastrado por el rechazo creciente de la población a la administración de George W. Bush, perderá la mayoría legislativa. Y en Ecuador está por verse si el conjunto de fuerzas antimperialistas logra impedir que el hombre del gran capital, Álvaro Novoa, se imponga a Rafael Correa. Nadie duda sobre el resultado en Venezuela.

 

Replanteo estratégico 

Más allá de los resultados, sin embargo, está en cuestión otro factor que sobresale al cabo de la sucesión de elecciones en 2006: qué y hasta qué punto eligen quienes votan.

Con la victoria de Hugo Chávez en 1998 se revalidó la posibilidad de afrontar cambios profundos por vía electoral. En el quinquenio siguiente la idea se afirmó, dejando a la vista una significativa transformación del mapa político suramericano. Pero un factor crucial se cruzó en el camino: en abril de 2002 Bush desechó una estrategia pergeñada por Zbigniew Brzezinsky desde el Departamento de Estado a fines de los años ’70, según la cual Estados Unidos se mostraba al mundo como abanderado de la democracia y los derechos humanos, e involucró abiertamente a la Casa Blanca en un golpe de Estado de inequívoca filiación fascista.

El manotazo falló, como se sabe. Pero la verdadera derrota estratégica de Washington en aquella oportunidad fue que abandonó una bandera de la cual había extraído cuantiosos beneficios: su hipócrita defensa de la democracia. No podría exagerarse la trascendencia de esa mudanza, que dejó ante el mundo al imperialismo estadounidense como promotor de la violencia golpista y a Chávez como defensor de la democracia.

En el período posterior este vuelco estratégico no volvió a manifestarse bajo la forma de un golpe de Estado. Pero se repitió una y otra vez en dos recursos sucedáneos: desestabilización y fraude comicial.

No hay modo de negarlo: hubo fraude en las elecciones en Perú, en México y ahora en Ecuador. En cada caso, tras los testaferros locales, estuvo la mano de Washington. Más aún: en los casos donde no se recurrió al fraude descarado ¿qué opciones tuvieron electores y candidatos? Aquéllos, escoger entre dos figuras predominantes en los medios de difusión; éstos, hacer todas las concesiones necesarias para lograr un lugar en esos medios. Los casos de transfiguración súbita de más de un candidato, o de corrupción extrema en sus aparatos políticos, son indisociables de aquella necesidad que iguala campaña electoral con sumas multimillonarias y subordinación a las reglas impuestas por los medios.

De modo que por vía del fraude o la corrupción intrínseca del sistema, las elecciones de 2006 dejan un saldo de inexorables consecuencias: victorias de opciones antimperialistas allí donde Washington no pudo neutralizarlas (Bolivia y Venezuela), frustración de las mayorías allí donde la plasticidad de los candidatos llevó a relegar programas originales (Brasil), descreimiento en las masas –y sobre todo en las juventudes- allí donde se apeló al fraude sin tapujos.

 

La bandera de la democracia 

El corolario es claro: donde pierde Estados Unidos apela a la desestabilización; y para no perder niega redondamente la democracia.

A un año de su estrepitosa derrota en la cumbre de las Américas, en Mar del Plata, los esfuerzos de la Casa Blanca por recuperar el terreno perdido tienen diferente resultado según cada país, pero una constante como línea estratégica: la contraofensiva en curso no está planteada en los marcos del sistema que formalmente defiende Estados Unidos: la democracia capitalista.

No es por acaso que el congreso estadounidense, casi sin oposición, votó una ley ignominiosa que retrotrae al mundo al medioevo al autorizar las detenciones sin juicio y la utilización de la tortura. Es la forma en que se traduce una política interna e internacional dictada por la realidad económica del centro imperialista, resumida en un dato: para sostenerse, el Tesoro estadounidense se endeuda a un ritmo de 3000 millones de dólares diarios.

A la inversa de lo ocurrido en la última coyuntura de crisis grave del capitalismo mundial, un cuarto de siglo atrás -culminado paradojalmente con el derrumbe de la Unión Soviética- en esta nueva instancia crucial Estados Unidos no tiene ni podrá ya tener en su arsenal estratégico la bandera de la democracia. Falta que al otro lado del precipicio que separa al imperialismo de quienes lo resisten, se asuma el inseparable entrelazamiento de democracia y revolución.

Confusiones

PorLBenAXXI

 

Es mucho más que una anécdota jocosa, aunque nadie debería privarse de reír y gozar con ella. El ridículo protagonizado una vez más por quienes interpretaron la enfermedad de Fidel Castro como punto de partida para la rebelión del pueblo cubano y el derrumbe de la Revolución, es un indicativo de la incapacidad de teóricos, políticos y panegiristas del imperialismo para comprender el momento histórico que atraviesa el planeta.

La inconmensurable confusión que produjo en todos los terrenos el desenlace de la Revolución Rusa, por cierto dañó malamente a las fuerzas revolucionarias. Pero ahora está revelándose otro aspecto de aquel desgraciado accidente histórico, iniciado en los años ’30 y concluido en 1991: las nuevas relaciones de fuerzas mundiales predominantes con la caída de la URSS, hicieron que la lógica inmanente del mecanismo imperialista promoviera nulidades a los máximos niveles del pensamiento académico, la política, los aparatos culturales y el periodismo.

Todo se degradó a ritmo acelerado. En las universidades la economía se desentendió absolutamente de la política. Ese proceso, que en el siglo XIX llevó a la mayoría de los economistas de la ciencia a la apologética, ahora los arrastró de la apología al absurdo, al punto que por estos días creen realizar una hazaña quienes redescubren las ideas de Keynes. Simultáneamente la teoría política, desprendida de la economía, se transformó en prestidigitación; y el ejercicio del poder fue confiado a equilibristas, cuando no a bufones. La moral, incluso la que corresponde a la ideología del capital, fue en todos los casos puesta en manos de ladrones, estafadores y asesinos.

Un lunar de la historia tapó el sol de los tiempos. Los intelectuales del capital confundieron eclipse con noche y noche con oscuridad eterna. Se instalaron en un universo de ficción y adecuaron todo a aquello que imaginaron real e infinito. Es comprensible entonces que un instante después, cuando el eclipse acabó, estén enceguecidos e incapaces de reaccionar sino con ideas dictadas por la inercia.

 

Prueba de fuego 

Confundir la salud de Fidel Castro con la Revolución cubana fue uno de los desatinos al uso. Hasta pocas semanas atrás no había periodista o analista inteligente que no preguntara o reflexionara sobre el futuro de la isla después de la muerte de Fidel. Pues bien, ahora que las circunstancias dieron lugar a una suerte de ensayo general, los teóricos de la “transición”, los periodistas que ilustraron la noticia de la transmisión de mando con fotos de la comunidad cubana de Miami y los políticos jugados a la perspectiva de debacle y contrarrevolución victoriosa, no consiguen asimilar el significado de lo ocurrido: no hubo insurrecciones anticastristas, no hubo conmoción en las cúpulas, y por el contrario las masas cubanas salieron a la calle a defender la Revolución. Más aún: el Partido Comunista de Cuba  se mostró en los hechos como el instrumento apropiado para la defensa y continuidad de la Revolución, lo cual se convierte en una reivindicación difícilmente rebatible de la noción misma de Partido. Un saldo adicional fue la evidencia del respaldo mundial con que cuenta la Revolución Cubana.

Faltaba algo, sin embargo, para que la perplejidad diera lugar a la desesperación. Y ocurrió: Fidel recuperó el equilibrio de sus 80 años y los 118 países que durante su convalecencia se dieron cita en La Habana para la XIV Conferencia Cumbre del Noal, lo eligieron presidente de ese bloque ahora acrecido, renovado y pronto a ocupar el lugar de protagonista mayor en el escenario mundial.

 

Bloque antimperialista 

Entre las muchas conclusiones a que da lugar la Declaración final del Noal (está en esta edición, porque nadie debería dejar de conocerla), la dominante revela el cambio de relaciones de fuerzas entre el imperialismo estadounidense y los países semicoloniales. Desde luego, la extrema heterogeneidad de los 118 componentes del Noal limitan su capacidad de acción efectiva. Pero discursos, debates y resoluciones en la XIV Conferencia confirman que este bloque será en la práctica, a partir de ahora, la concreción de un frente antimperialista de alcance global.

Que Fidel Castro sea el Presidente de este nuevo Noal no es un detalle. Estados Unidos ultima sus planes de invasión a Irán y avanza en las provocaciones destinadas a tomar represalias contra una Suramérica que escapa de sus manos (México es el último e imprevisto desastre de la estrategia del Departamento de Estado). En una instancia en que el mundo entero, a la luz de lo ocurrido en Líbano un mes atrás, comprende la gravedad de lo que puede ocurrir si no se detiene la demencia bélica de la Casa Blanca, por unanimidad el Tercer Mundo puso su voz en la palabra de Fidel. Es decir, en la voz de la Revolución Cubana, pero también de la Revolución Bolivariana, que apenas días después se haría escuchar con una contundencia que asombró al mundo en el recinto de las Naciones Unidas. En el discurso de Hugo Chávez ante la Asamblea General quedaron trazados los parámetros de la nueva situación internacional. A derecha e izquierda, ya no queda lugar para confusiones.

xiv cumbre del movimiento no alineados

El Sur frente al sionismo y el belicismo imperialista

PorLBenAXXI

 

Guerra: Israel fue derrotado en términos militares en Líbano. Pero Estados Unidos, visto por el mundo entero como responsable de la agresión, sufrió una derrota política de enorme significación estratégica: el lugar de Washington como capital de la democracia y el futuro ha quedado definitivamente sepultado en la opinión internacional. Estos reveses no detienen la máquina bélica. Ya están en marcha agresiones contra Siria e Irán, siempre con el Estado sionista como punta de lanza. Reunido en La Habana del 11 al 16 de septiembre el Movimiento No Alineados (Mnoal) afronta la responsabilidad de impedir una guerra que plantea riesgos inverosímiles a la humanidad.

 

“Siento una leve sacudida en el avión, cuando se sueltan las bombas. Un segundo; y es todo. Eso es lo que yo siento”. Con este cinismo repugnante respondió el comandante de la fuerza aérea israelí, Dan Halutz, cuando un periodista inquirió sobre sus sentimientos luego de que un F-16 bombardeó, en la madrugada del 22 de julio, un edificio en Salah Shehadeh. La operación supuestamente destinada a destruir una base de Hamas, mató sin embargo a 15 civiles, 11 de ellos niños. Era sólo el comienzo de cinco semanas de bombardeos desde aire, mar y tierra sobre la población civil de Líbano.

Un editorial de The New York Times –hipócrita pero no por ello menos elocuente- agregó un dato clave: en Palestina y Líbano, Israel utilizó bombas de fragmentación, fabricadas por Estados Unidos. Estas armas, dice el NYT, “son útiles contra tanques, fuerzas convencionales masivas y otros objetivos estrictamente militares. Pero nunca deberían ser usadas en áreas pobladas. Por naturaleza, matan indiscriminadamente. Porque algunas bombas no explotan al caer, las víctimas continúan aumentando mucho después de que cesa la lucha. Estos objetos aparentemente inofensivos, a menudo no más grande que una pila, explotan cuando se los toca o mueve. Los niños los confunden con juguetes, con trágicos resultados”.

Pese a todo, Dan Halutz tiene su costado sensible: horas antes de iniciar la invasión, en el mismo momento en que enviaba a sus propios soldados a la muerte, este alto jefe militar se ocupó de vender acciones en la Bolsa de Tel Aviv, para evitar la pérdida financiera que resultaría de la guerra.

Halutz resume en la suya una degradación moral predominante en el alto mando israelí, que explica en buena medida el humillante fracaso de un ejército con reputación de invencible. Luego de un mes de salvajismo impar contra la población civil, Israel descubrió asombrada que la operación militar en sí misma había sido un descomunal desatino: “no teníamos agua. Olvidamos traer comida. Por varios días, sólo tuvimos una rodaja de pan. Fue la peor experiencia de mi vida”, explicaba ante los medios de comunicación Alon Gelnik, un avezado soldado de infantería.

No se trata de anécdotas. Estas conductas enajenadas expresan una realidad política y una ideología. Explican el carácter de la guerra desatada en Medio Oriente y el papel que Estados Unidos ha marcado para Israel en este capítulo que recién comienza. Con la sociedad partida al medio y bajo el doble impacto emocional de las atrocidades cometidas por sus fuerzas armadas y a imposibilidad de derrotar a Hezbolláh, Israel ya ha asumido un debate que urge. Las personas de origen o religión judía tienen ante sí una realidad que no admite subterfugios: el sionismo del siglo XXI es el nazismo. Por su brutalidad, ciertamente: por el desprecio absoluto frente al ser humano. Pero ante todo porque es la ideología con la que el imperialismo va a una guerra que plantea riesgos de catástrofe mundial.

 

A la búsqueda de justificación 

Jamás se ha marchado a una guerra sin justificación ideológica. En el período más reciente el Departamento de Estado apeló a la defensa de la democracia y la paz mundiales, supuestamente amenazadas por “el terrorismo internacional”, para invadir Afganistán e Irak. La exposición de las mentiras fabricadas por el goebbelsiano aparato de propaganda estadounidense, sumada a la situación sin salida para las tropas de ocupación en Irak, ha demolido en poco tiempo ese andamiaje: en un giro descontrolado de la situación, la red planetaria de intoxicación informativa montada por el imperialismo, mostró por televisión a miles de millones de personas, el verdadero papel de Estados Unidos en Irak, en Palestina, en Líbano: el bombardeo de ciudades, la muerte de nuños y civiles desarmados, la evacuación forzada de cientos de miles de personas. “La guerra en Irak le ha costado algo de popularidad a Estados Unidos” admitió en Alemania la secretaria de Estado Condoleezza Rice. Explicó que en el futuro se esforzará para que se entienda la política estadounidense, “Tenemos que hablar con la gente en Medio Oriente y no ofrecer monólogos. Necesitamos tener más contacto con la gente, en particular con los jóvenes” dijo con su rictus habitual.

Pero no hay modo de justificar la demencia belicista de Estados Unidos; a nadie y mucho menos a los jóvenes, en Medio Oriente o donde sea.

Es aquí donde viene a jugar su papel el sionismo: la supuesta defensa de un territorio para el pueblo judío es en el siglo XXI el instrumento imperialista para marchar a la guerra. Y si en el pasado hubo espacio para que personas de convicciones democráticas y progresistas confundiesen la defensa del Estado israelí con la causa del pueblo judío, de ahora en más la delimitación será tajante, porque como ha quedado claro en el último mes, los métodos empleados por las autoridades israelíes emulan las atrocidades nazis durante la segunda Guerra Mundial.

 

Fin de la etapa regresiva 

Con la caída de la Unión Soviética ganó espacio una regresión ideológica que venía de mucho antes y no dejó ninguna posición a salvo. En el umbral del siglo XXI el mundo parecía entrar a un segundo medioevo. Mientras sagaces vendedores de libros anunciaban el fin del imperialismo, el sinsentido de la lucha por el poder político, la caducidad de la acción política y por supuesto de los partidos, la victoria inapelable del capital sobre cualquier variante histórica, todo en nombre de la última modernidad, los “condenados de la tierra” crecían en número y recurrían a los instrumentos que en cada caso tuvieron a la mano para resistir. Reaparecieron formas de religiosidad extrema, presentadas como mero fanatismo por intelectuales asépticos, escépticos y, por supuesto, progresistas. La inviabilidad coyuntural de la revolución se manifestó en estridentes paradojas y contradicciones difíciles de desenmarañar.

Ese período ha terminado, o por lo menos ha dado un salto cualitativo hacia delante. La sorpresa del mundo por la capacidad militar de Hezbollá, la perplejidad de la sociedad israelí ante la evidencia de un fiasco inesperado, el fenómeno de agregación que la guerra produjo en Líbano uniendo a musulmanes, cristianos y laicos-socialistas en un frente único victorioso, permite medir a la vez la magnitud de la incomprensión respecto de lo que ocurría en el mundo durante los últimos 25 años y la distancia recorrida en pos de una alternativa histórica.

Aunque de manera apenas inteligible en la superficie embrollada de la realidad internacional, ya está en curso una dinámica de recomposición en todos los planos. Los términos lógicos están invertidos: delante suele ir una confrontación social sin organización, sin política, sin estrategia y por supuesto sin identidad ideológica. Lejos de condenar la racionalidad, sin embargo, este cuadro presenta la coherencia profunda de dos fuerzas en choque frontal a escala mundial, cada una procurando ejes teóricos y prácticos de recomposición para la acción. El motor que mueve a ambas es la crisis estructural del sistema capitalista mundial.

En esta inédita coyuntura histórica, la reunión de 116 países miembros y 20 observadores del movimiento seis décadas atrás denominados “no alineados” constituye un formidable punto de apoyo para trazar los rumbos de una nueva etapa. La necesidad de impedir la guerra será un poderoso punto de unión en ese conjunto de extrema heterogeneidad.

La reaparición de Mnoal, en un sentido anacrónica y en otro fundacional, es un hecho clave del futuro político mundial y los resultados que obtenga serán determinantes. Todavía no se sabe si Fidel Castro, el arquitecto de este encuentro, estará presente en las sesiones. Pero nadie duda que su ideología y su propuesta socialista están de nuevo en el horizonte de un mundo que busca respuestas.

cordobazo suramericano

Dilemas estratégicos del Mercosur

PorLBenAXXI

 

No se equivocó Hugo Chávez cuando saludó la reunión de presidentes del Mercosur como “segundo Cordobazo”, y resumió el símbolo de aquella insurrección obrero-estudiantil en la figura del dirigente sindical Agustín Tosco. Así como el 29 de mayo de 1969 puso un hito inconmovible en la historia argentina, el 21 de julio de 2006 será punto de referencia para el inicio de una nueva etapa en la historia suramericana.
Tras la inclusión de Venezuela al Mercosur, y aun asumiendo la multiplicidad de conflictos entre sus componentes, todo indica para el futuro cercano la incorporación de nuevos países y el fortalecimiento de este bloque como centro de gravitación regional. En suma: una nueva derrota estratégica del imperialismo estadounidense.
Pero la analogía de la cumbre presidencial con aquella sublevación social ilumina la reunión del Mercosur desde otro ángulo. El contradictorio devenir del mundo y la región durante los 37 años que separan ambos acontecimientos, queda a la vista en la naturaleza social y política de ambos Cordobazos: si aquél fue una insurrección con eje en la juventud y el proletariado, a partir de la cual se desataría la crisis más profunda en la historia argentina, éste se produce por una convergencia de gobiernos diferentes, compelidos por la necesidad común de resistir la voracidad descontrolada del imperialismo en crisis.
Basta enunciarlo para situarse frente a la paradoja del desarrollo histórico: si en 1969 los métodos y el contenido social del Cordobazo lo mostraron como ensayo general revolucionario, muy próximo a los antecedentes más avanzados en la historia de la lucha social, en 2006 los protagonistas son predominantemente representantes directos o indirectos del capital, ubicados en una posición de resistencia frente al imperialismo e intentando sumar tras de sí a las restantes fuerzas sociales.
Plasma de esta manera a la vez el retroceso de las fuerzas revolucionarias, el cambio de relaciones de fuerza entre las clases y el agravamiento de la crisis. El desplazamiento de franjas de la burguesía hacia posiciones de resistencia limitada, el eclipse político de las juventudes revolucionarias y las clases obreras, dan lugar a una confrontación con el imperialismo sobre bases programáticas en las que prevalecen nociones desarrollista-keynesianas y una voluntad política mayoritaria resuelta a potenciar el papel del Estado, pero sin poner en tela de juicio los fundamentos socio-económicos del capitalismo.
Por un cúmulo de razones que no es el caso analizar aquí, el ciclo iniciado por el Cordobazo culminó con un severo retroceso de las masas en todos los terrenos. La paradoja estriba en que el ciclo inaugurado el pasado 21 de julio, pese a iniciarse sobre la plataforma descripta, cuenta con suficientes factores objetivos y subjetivos para abonar una acelerada marcha en el sentido inverso.
Ése es el significado del lugar excluyente ocupado por las figuras de Fidel Castro y Hugo Chávez en la cumbre del Mercosur, contradiciendo el contenido social, programático y estratégico predominante en el bloque. La inclusión de los presidentes de Cuba, Venezuela y Bolivia, cambia el signo estratégico del conjunto. Del mismo modo, el origen histórico-político de los gobiernos de Brasil y Uruguay suma su impronta específica que, oscilando en el centro, no resuelve las perentorias exigencias de la Casa Blanca. Por eso la cumbre del Mercosur realizada en Córdoba es una victoria neta frente al imperialismo y, a la vez, la inauguración de una pugna estratégica cuyo desenlace marcará, al fin y al cabo, la significación histórica de este acontecimiento: explícita e implícitamente en esa jornada quedó planteada una confrontación ideológica, cuyo desarrollo y perspectivas es hoy una incógnita a resolver.

 

Fidel y Chávez en dos escenarios

Todo y todos se eclipsaron ante la intervención de Fidel Castro en el recinto de la cumbre presidencial. Es pueril atribuir ese efecto al brillo del personaje. Fue la potencia de las ideas, del diagnóstico y las propuestas, lo que abrumó e impulsó a eludir el debate. En otras palabras: fue la irrupción de la Revolución Socialista Cubana en un ámbito en el que se buscan respuestas desde otras perspectivas. La supremacía del discurso refleja la incontrastable superioridad de Cuba en comparación con lo ocurrido en el resto del continente. Fidel retomó las ideas centrales de la intervención de Chávez y desplegó los términos de una alternativa real ante la crisis mundial y regional, descripta con precisión y profusión de datos.
Horas después, Fidel y Chávez hablaron ante padres e hijos del Cordobazo original. El presidente venezolano convocó al estudio y la conciencia de una realidad mundial que resumió en su ya habitual consigna: “socialismo o barbarie”. El gesto de calificarse a sí mismo como simple “presentador” de Fidel, no debería ser reducido a humildad de un hombre generoso: Venezuela es la vanguardia política incuestionable del continente, con creciente proyección a escala mundial; pero esa vanguardia política tiene a su vez una vanguardia ideológica, encarnada en el principal dirigente de la Revolución Cubana.
Como quiera que sea, el hecho es que ambos hablaron para las masas y a ellas se refirieron como matriz del futuro. Aquello que no estaba, o estaba insuficiente y desviadamente representado en la cumbre, lo buscaron a cielo abierto en una noche helada del invierno cordobés.
Tal vez no lo pensaron y formularon de esta manera, pero ambos dirigentes de la revolución contemporánea estaban buscando la naturaleza social y el contenido político del Cordobazo, para convocar a irrumpir en el escenario dominante en la cumbre presidencial. Toda la fuerza y todos los flancos débiles del momento histórico quedaron plasmados en ese acto, en el campo deportivo de la Universidad de Córdoba. No es responsabilidad de nadie en particular que protagonistas y vástagos legítimos de aquella insurrección no estuvieran allí, o fueran relegados, o estuvieran con ropajes que los hacen irreconocibles. Se trata de la expresión anecdótica de una carencia estructural: a diferencia de 1969, los trabajadores no asumen aún una posición política propia y explícita; las fuerzas revolucionarias no están todavía a la altura del desafío. El hecho es que si se consideran las muchedumbres volcadas a las calles para saludar el paso de las caravanas de ambos presidentes, mientras atravesaban de punta a punta la capital cordobesa en el trayecto del Hotel a la Ciudad Universitaria, puede concluirse que la fuerza social y el contenido político del Cordobazo advirtió el 21 de julio que está allí.

 

La carta de Kirchner

Es en este contexto que, sin aviso previo y a última hora, el gobierno argentino envió una carta a Fidel Castro, reclamando por los derechos humanos supuestamente restringidos de Hilda Molina, una médica cubana. A propósito de este hecho, convertido por la prensa venal en tema principal de un encuentro que partirá en dos la historia de Suramérica, el autor de esta columna se dirige al presidente de su país, Néstor Kirchner, para sostener dos afirmaciones que reclaman réplica: en Argentina no se respetan los derechos humanos; en Cuba sí.
Uno de cada tres habitantes de Argentina (la mayoría de ellos niños), está arrojado al abismo de la miseria y la exclusión. La mitad de los trabajadores está empleada ilegalmente y gana menos del salario mínimo, que a su vez es la tercera parte de lo necesario para cubrir la canasta familiar. Medio millón de niños de entre 5 y 13 años trabaja en jornadas de hasta 12 horas, de manera ilegal y sin protección de ningún género. Como esta revista demuestra desde su primera edición, el analfabetismo total y funcional llega a proporciones jamás conocidas en el país desde fines del siglo XIX; y aumenta vertiginosamente. Pese a lo que alguien pueda creer, no son sólo ni principalmente comunidades indígenas de remotas zonas fronterizas quienes carecen de agua, escuelas y hospitales: eso ocurre a millones de argentinos y argentinas, de todo origen étnico, hacinados alrededor de la Capital Federal. No cabe citar estadísticas: basta caminar por las calles de Buenos Aires. La Redacción de esta revista está a dos cuadras del Congreso de la Nación, es decir, en el corazón político del país. En un radio de un kilómetro, es posible hallar a cualquier hora del día a miles de seres humanos –y siempre la mayoría niños– sin techo, sin trabajo, sin otro recurso que la mendicidad y la degradación. Cuando cae el día, un ejército de hombres, mujeres y niños, invade la Capital desde los suburbios para revolver bolsas de basura, comer lo que encuentre y juntar desperdicios para venderlos a una mafia que, por si fuese poco, explota a esa gente desvalida sin que autoridad alguna intervenga para impedirlo. Hay que ver esos rostros de mirada enajenada, con la desesperanza marcada a fuego. Hay que detenerse un instante frente a los camiones donde, sobre los desperdicios, se apiñan estas personas transformadas en mercancía desechable. Una sensación de vértigo se apodera del observador impotente quien, a metros de distancia, pertenece a otro mundo. No hace falta conciencia política para comprender que una fuerza ciega arrastra hacia el abismo. Lo entienda o no, cada ciudadano es víctima de esta degradación colectiva. Porque es indeciblemente grave lo que ocurre a estos miserables del siglo XXI. Pero es peor el efecto en quienes participan de esta tragedia sin percibirla.
Nada parecido puede encontrarse en Cuba. No hay observador honesto que pueda contradecir esta afirmación.

 

Causas de fondo

No cabe atribuir a Kirchner responsabilidad directa por este cuadro dantesco de marginalidad y miseria en un país ubérrimo. Sería mezquino desconocer las medidas adoptadas por su gobierno y el anterior para paliar el desastre. Pero la realidad sigue allí. Y se agrava sin pausa. Mientras tanto, Argentina acaba de transferir 10 mil millones de dólares al Fondo Monetario Internacional en pago de una deuda probadamente ilegítima e ilegal. Es el sistema capitalista: más cruel aún, si cabe, en su imparable declinación.
El caso Hila Molina se trata de una operación mundial de la CIA; requiere por tanto espacio suficiente y exclusivo para ser desmontada como corresponde. Pero aun si el punto en cuestión pudiera ser interpretado por personas honestas como violación a los derechos humanos en Cuba, no hay comparación imaginable entre la vigencia de estos derechos en la isla y la realidad argentina. Por otro lado, el presidente Kirchner no entregó una misiva pública semejante a George W. Bush en Mar del Plata, durante la cumbre de las Américas el año pasado, para exigir el fin de la tortura y la detención clandestina de prisioneros de guerra en la base estadounidense de Guantánamo. Tampoco hubo acusación pública contra Nicanor Duarte por la represión sufrida por campesinos paraguayos apenas horas antes del encuentro en Córdoba, para no hablar de casos aberrantes en casi todos los países representados en esta reunión presidencial. De modo que la carta de Kirchner a Fidel tiene un significado político profundo.
Argentina ya conoció una corriente que, impedida de negar lo obvio pero buscando diferenciarse (aunque en aquel caso en sentido inverso al intentado por Kirchner), levantó en los años 1980 la consigna “Cuba + Democracia”. Para quien lee estas páginas en el resto del mundo, corresponde informar que el partido que levantó esa consigna se suicidó; y algunos de los dirigentes que intentaron sostenerla se hundieron en la ignominia hasta desaparecer, después de haber representado una esperanza para un sector importante de la sociedad. Las medidas tomadas por el presidente Kirchner en defensa de los derechos humanos violados durante la última dictadura, que tanto reconocimiento político le han valido, no merecen un destino semejante.
Y aquí está el punto: al condenar a Cuba, quien redactó la carta y la entregó al canciller cubano Felipe Pérez Roque, de hecho tendió un lazo bajo los pies de Kirchner. Nada más lucrativo en este momento para la Casa Blanca que desprestigiar y arrastrar al gobierno argentino hacia una posición contraria a la convergencia suramericana. La alusión al desprestigio no es una referencia menor: según una empresa insospechable de simpatías hacia la Revolución Cubana, a la pregunta sobre acuerdo o desacuerdo con la participación de Fidel Castro en la cumbre del Mercosur, la encuesta dio como resultado que 87,5% de la ciudadanía argentina sumó su adhesión a la presencia del presidente cubano. Entiéndase bien: nueve de cada diez argentinos, bombardeados con una constante propaganda contra Fidel, se pusieron de su lado.
En otro plano, pero no menos significativo, la misma estocada hiere a los sectores denominados “izquierda K”, entre quienes cuentan genuinos luchadores: denunciar la maniobra los coloca en situación de ruptura con su gobierno; callar, equivale a asumir el ataque contra Cuba. Una pequeña revancha de conspiradores agazapados ante la abrumadora derrota sufrida por los estrategas del imperialismo.
Nada de esto empalidece el saldo de la cumbre: en Córdoba se impuso la fuerza centrípeta que desde fines del siglo XX exige la creación de un bloque económico-político. Para sortear los múltiples conflictos que apenas dos meses atrás lo pusieron al borde del estallido, el Mercosur necesitaba sumar nuevos componentes y modificar drásticamente sus fundamentos originales. El papel sobresaliente de Fidel y Chávez en este encuentro, la perspectiva cierta de pronta incorporación de Bolivia, y sobre todo el empuje de la Cumbre de los Pueblos coronada por un acto de inequívoco contenido, indican que se emprendió ese camino. El punto de llegada no puede ser sino la fundación de una nueva entidad política continental, una República unificada de Nuestra América. Ese objetivo y las exigencias que implica en materia política, social, económica y militar, plantea los dilemas estratégicos frente a los cuales cada gobierno deberá tomar posición.

cómo afrontar la nueva coyuntura internacional

Formatear el Mercosur

PorLBenAXXI

 

Desafío: las dos reuniones cimeras del Mercosur durante el mes de julio tendrán lugar en un escenario internacional enrarecido: tiemblan otra vez las Bolsas en las metrópolis del capital, mientras recrudece la dinámica guerrerista de Estados Unidos. Ambos indicadores urgen definiciones al nuevo Mercosur: los tres grandes centros de la economía mundial están en el umbral de otra fase de recesión combinada. Los presidentes de Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Venezuela afrontan la tarea de transformar el bloque en instancia de unidad política, planeamiento económico y mecanismo de autodefensa frente a la escalada imperial.

 

En Caracas el 4 y 5 de julio, el 21 en Córdoba (Argentina), Suramérica afronta instancias decisivas para su futuro. La incorporación de Venezuela como miembro pleno del Mercosur habrá quedado sellada en la primera reunión. Néstor Kirchner, Luiz Inácio Lula da Silva, Nicanor Duarte, Tabaré Vázquez y Hugo Chávez rubrican una decisión indicativa de mucho más que la suma de un nuevo componente al bloque originario de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. El solo hecho de que el acto se realice en Caracas y en coincidencia con el aniversario de la Independencia de Venezuela, el 5 de julio, es indicativo del curso objetivo del nuevo Mercosur.

Con certeza Washington tomará buen registro del gesto simbólico. Apenas días después y más allá de los símbolos, sin embargo, en Córdoba los cinco presidentes deberán dar cuenta de lo que están dispuestos a asumir para cumplir con la responsabilidad histórica que les cabe.

Por lo tanto, ambas reuniones evidencian que la dinámica de convergencia se impuso a las fuerzas centrífugas predominantes durante los primeros meses del año. Una mirada ecuánime sobre los acontecimientos ocurridos desde entonces debe reconocer el papel de vanguardia política que le cupo al gobierno de la Revolución Bolivariana para contrarrestar una fragmentación impulsada por conflictos como el que enfrentó a Uruguay y Argentina, sumados a la táctica de la Casa Blanca de firmar Tratados de Libre Comercio (TLC) con varios países del área. Ese reconocimiento es, a la vez, una reivindicación de la política y la estrategia, frente a la tentación del pragmatismo con miras al rédito económico de coyuntura.

Ahora bien, en esta nueva fase, una estrategia política para el nuevo Mercosur no podrá eludir los estridentes indicadores de que el panorama internacional no es ya el mismo que predominó en la superficie durante un largo período.

 

La Bolsa y la vida 

La fantasía recurrente ha terminado. El crecimiento de la economía mundial en lo que va del siglo, interpretado arbitrariamente como indicador de buena salud del sistema, dio los primeros pasos rumbo a presentar la factura de su costo oculto. La manifestación inicial se tradujo en abruptas caídas bursátiles. En esa primea fase de una nueva eclosión de la crisis estructural, en la que la economía real comienza a repercutir sobre los centros de manejo financiero internacional, las metrópolis lograron recuperar buena parte de lo perdido en algunas semanas durante las cuales cundió el pánico. El costo mayor recayó –vaya novedad- sobre los países dependientes, denominados de manera aviesa “mercados emergentes”. La estrella de esta noción tramposa fue el paquete denominado BRICh (Brasil, Rusia, India y China). El diario inglés Financial Times registró la magnitud de lo ocurrido: “el índice MSCI (Metals Service Center Institute) de los mercados emergentes cayó un 14,8% en dólares desde el 9 de mayo, en Turquía la caída fue de un 30% y Brasil, Pakistán e India cerca de un 20%. Quienes habían comprado fiados en la tesis del BRIch han tenido ya ocasión de ver cuán fácilmente éste puede desplomarse.”

Aparte el impacto de esta caída sobre las economías de cada uno de tales países y el costo de quienes compraron “fiados en la tesis del BRICh”, hay otro costado en el asunto: el crecimiento de China y más tarde India durante las dos últimas décadas es, en buena medida, el punto de apoyo de la recuperación de la economía en Estados Unidos, la Unión Europea y Japón en el último sexenio y, en conjunto, factor del aumento en materias primas como petróleo, soya, cobre –entre otras- que permitirían la recuperación también a países dependientes de menor envergadura, sobre todo en América Latina.

Más significativo para la comprensión del fenómeno global, es que las razones que explican en última instancia tanto el auge ficticio del último período, como la actual amenaza de colapso, están en el corazón del sistema económico mundial: Estados Unidos.

Allí, tras el derrumbe bursátil de 1997 (el cual, dicho sea entre paréntesis, pulverizó la ficción de los “tigres del sudeste asiático”, equivalente en los 90 del efímero BRICh del nuevo siglo), el gobierno estadounidense sostuvo el giro económico con un conjunto de artificios entre los cuales, aparte la inversión de cifras siderales en armamentismo, sobresalieron la baja en la tasa de interés de la Reserva Federal y el recorte brutal de impuestos para el gran capital.

A corto plazo, esto derivaría en endeudamiento descontrolado y un déficit gemelo (fiscal y de balanza de pagos) de proporciones inauditas. El precio de evitar la recesión –que a su vez alimentaría el fuerte crecimiento chino- era nada menos que colocar una carga explosiva de inconmensurable potencia en los cimientos de la economía mundial.

Cuando la Reserva Federal recurrió al aumento de las tasas de interés para intentar revertir esta dinámica, las Bolsas se desplomaron. Ante la inminencia del colapso, los brillantes economistas del imperio dieron un volantazo y frenaron el aumento de tasas. Los mercados se calmaron. Pero el dilema es de hierro: con tasas bajas, el saldo negativo de la balanza de pagos se dispara y acelera la marcha del abismo; con tasas altas, sobreviene inexorablemente la recesión con estación intermedia en un colapso bursátil.

De manera que, en este cuadro general y aunque el Fondo Monetario Internacional (FMI) anuncia un crecimiento del 5% para 2006, los temblores durante mayo y parte de junio en los centros bursátiles están anunciando el fin de este ciclo. Y es altamente probable que ya se pueda dar por definitivamente concluida la novela de los BRICh, según la cual estos supuestos “mercados emergentes” eran la salvación definitiva para las fallas estructurales en el edificio del capitalismo mundial.

 

Respuesta política

Si en la fase de crecimiento de los últimos años el efecto social de la crisis estructural dio como resultado el saqueo descontrolado de los países subordinados y el empobrecimiento sin precedentes de miles de millones de seres humanos, es fácil deducir cuáles serán los efectos de un nuevo ciclo recesivo a escala planetaria.

No pueden caber dudas de que esta nueva coyuntura vendrá acompañada por profundas convulsiones sociales y políticas, en todo el mundo y muy particularmente en América Latina. Basta observar lo ocurrido en Chile en las últimas semanas, para advertir con qué rapidez se esfumarán las ilusiones de sostener la estabilidad con base en la superexplotación y la pasividad de la sociedad.

En este cuadro, y bajo presión estadounidense, las clases dominantes de Colombia, Perú y hasta cierto punto Ecuador, han resuelto huir hacia delante firmando TLCs. El caso de Perú es paradigmático: el Congreso votó el acuerdo de sumisión minutos antes de dar paso a los diputados recientemente electos y con el respaldo del partido que deberá asumir la presidencia, el Apra. No hacen falta condiciones de augur para afirmar que Alan García no podrá gobernar. Y si bien su par colombiano ganó con buen margen la reelección, no es menos cierto que la abstención del 56% del electorado y el malestar en las propias bases sociales del oficialismo por el impacto de TLC, a lo cual debe sumarse un abrupto salto electoral de las izquierdas colombianas, asegura un segundo gobierno turbulento para Álvaro Uribe.

Como quiera que sea, estos países constituyen un polo inequívocamente alineado con Estados Unidos para afrontar el próximo período histórico. Por otro lado, las corrientes socialdemócratas y socialcristianas que en diferentes carnaduras perviven dentro y fuera de los restantes gobiernos de la región, aun en los casos en que asumen una posición de resistencia a la voracidad estadounidense, lo hacen desde la perspectiva del statu quo y con el interesado respaldo de la Unión Europea. Pero la señalada crisis estructural, que acentúa la competencia interimperialista, a la vez excluye el margen para concesiones sociales, por lo cual aquellas políticas tendrán el mismo contenido antinacional que las impulsadas desde Washington.

Un verdadero bloque con base en el Mercosur formateado, además de convocar sin dilaciones a la integración plena en Bolivia y otros países, deberá asumir y realizar el debate ideológico-político implícito en este panorama. De allí la importancia superlativa de que a la reunión de Córdoba asista Fidel Castro, quien junto con Hugo Chávez y Evo Morales representan la estrategia del Alba, ya vigente y actuante, en el concierto latinoamericano.

Además de abrir sin mezquindades las puertas a otros países, el Mercosur formateado debe producir cambios radicales para estar en condiciones de enfrentar lo que viene. En primer lugar, dotar al cuerpo de un organismo estrictamente político: un parlamento común elegido en plazos perentorios por voto universal y directo en cada país. Para que esto no sea una formalidad burocrática más, los presidentes deberían acordar un programa de acción con objetivos muy simples: creación de un Banco del Sur, puesta en marcha de un plan gradual para adoptar una moneda única, definición de objetivos comunes tales como programas para acabar con el analfabetismo y garantizar salud gratuita a la población en cada uno de los países. Todo ello sobre la base de una planificación conjunta, democrática y con amplia participación social, destinada a resolver problemas estructurales inaplazables, como lo que hacen a la provisión de energía, la edificación de viviendas, la complementación de capacidades y necesidades de cada país para que no haya un solo niño en la calle, un solo excluido, un solo ser humano arrojado a la desocupación y el abandono.

Por último –pero en primer orden- está planteada la necesidad de debatir y realizar una instancia defensiva común, una mancomunidad capaz de hacerle saber al imperio que América latina no admite agresiones militares y está preparada para impedir la guerra.

confrontación entre el alca y el alba

El Sur gana otra partida

PorLBenAXXI

 

Vértigo:  inmediatamente después del ingreso de la Revolución Bolivariana al Mercosur, el encuentro de Hugo Chávez, Carlos Lage y Evo Morales en El Chapare y La Paz consolidó con rotundos acuerdos la integración de Cuba, Bolivia y Venezuela en el marco conceptual y programático del Alba. El proyecto de construcción de un sistema energético mediante dos gasoductos troncales: Norte-Sur y Este-Oeste; la propuesta de rápida incorporación de Bolivia al nuevo Mercosur; el acuerdo entre Bolivia y Venezuela para impulsar una Confederación Andina, eje motor de la todavía inane Comunidad Suramericana de Naciones, son otros tantos factores de un combate estratégico en el cual Estados Unidos no logra recuperar la iniciativa y en cada aparente victoria sufre una derrota mayor.

 

Nadie como Homero en La Ilíada describió la cambiante suerte de la guerra y el significado relativo de presuntas victorias. Esa visión dialéctica del devenir histórico es apropiada para observar los últimos movimientos en el tablero hemisférico, donde se libra una sucesión de batallas entre el Alca y el Alba, es decir, entre el intento de anexión imperialista y el propósito de alcanzar la unión suramericana.
El anteúltimo combate ocurrió en Buenos Aires, el 23 de mayo pasado en reunión de ministros de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, donde Venezuela fue reconocida como miembro pleno del Mercosur.
Los mecanismos propios de esta forma sui generis de convergencia regional prevén 180 días para ajustar la incorporación de un nuevo miembro, más 180 días adicionales para completar el proceso. De modo que el plazo en el que se concretó la formalización de ingreso del quinto componente es ya indicativo de que algo singular sucede en la región: 24 horas.
En los días previos Estados Unidos había dispuesto sus fuerzas para impedirlo, esta vez en coincidencia sin fisuras con la Unión Europea. El vehículo más visible de la operación fue el diario argentino La Nación, que en primera plana y con gran despliegue difundió cuatro días antes una diatriba del ex ministro de Economía Roberto Lavagna, quien en una disertación ante 1300 asistentes, la mayoría empresarios, organizada por la universidad Austral del Opus Dei, presentó la posición común del gran capital internacional: «creo que la posible salida de Uruguay, de socio pleno a asociado, si ocurre, y el ingreso de Venezuela cambiarían la imagen de economía de mercado y de democrático que tiene el bloque. Es decir, el Mercosur va a ser menos democrático y va a tener menos economía de mercado con esos cambios». La Nación afirmaba en ese brulote del 19 de mayo que “la posibilidad del ingreso de Venezuela como miembro pleno del Mercosur llevará años, pero está en proceso de concretarse”. No se trata de un error de apreciación: es una batalla perdida.

 

Vaivenes de la integración

Las batallas se ganan con un plan de acción. Con una apreciación objetiva de las fuerzas en juego. Y con coraje.
Los propios funcionarios de las cancillerías argentina y brasileña, atónitos ante lo que había ocurrido ante sus ojos con la incorporación plena de Venezuela al Mercosur en dos tensas jornadas, lo admitían con una sonrisa nerviosa: la Revolución Bolivariana tuvo esos atributos y supo qué hacer en ese recinto de negociación habitualmente burocrática. El ministro para la Integración y el Comercio Exterior de Venezuela, Gustavo Márquez, había llegado a Buenos Aires con instrucciones precisas y perentorias. Y cuando las trabas parecían insuperables, el propio Chávez intervino en la discusión mediante prolongadas charlas telefónicas.
Es que allí plasmaba una confrontación que venía desarrollándose en todo el hemisferio. Y el costado mediático de esa prueba de fuerzas, gracias al concurso de la prensa comercial, parecía haberlo ganado ya la dinámica de disgregación regional alentada por Estados Unidos. Con eje en el artificial conflicto entre Argentina y Uruguay, más las noticias de una fuga del gobierno del Frente Amplio hacia la firma de un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos -equivalente a su salida del Mercosur- configuraban un cuadro que no pocos interpretaron como éxito de la abarcadora contraofensiva lanzada por Washington después de su estrepitosa derrota en Mar del Plata, cuando George Bush vio impotente cómo se hundía el Alca.
Ocurrió lo contrario, sin embargo. El cónclave de ministros en Buenos Aires no sólo ratificó y amplió el Mercosur, sino que abrió la posibilidad de que en la próxima cumbre, el 21 de julio en Córdoba, Argentina, se replantee la estrategia general de este ente regional e incluso se sume un miembro más: Bolivia. Es esta misma dinámica la que asegura un esfuerzo adicional –que como se verá utiliza más de un recurso– del Departamento de Estado para intentar torcer otra vez la dinámica de los acontecimientos: en la primera quincena de junio las presiones se redoblarán sobre el gobierno de Tabaré Vázquez para que Uruguay firme un TLC y pase, como indicaba Lavagna cuando advertía sobre el peligro de que Venezuela ingresara al Mercosur, de miembro pleno a miembro asociado. No hay espacio aquí para someter a la prueba de los hechos la argumentación del ex ministro, ahora pre-candidato a presidente. Pero se puede entender mejor la dinámica general si se tiene en cuenta lo que está ocurriendo en el mismo momento en que se redactan estas líneas: Chávez arriba a Ecuador, invitado por el presidente Alfredo Palacio, quien luego de un fallido intento por firmar un TLC, tras una oleada de movilizaciones de masas, un conflicto con una empresa petrolera y el consecuente bofetazo del gobierno estadounidense que elevó sus exigencias para firmar el acuerdo, acudió a pedir ayuda a Venezuela para refinar petróleo por fuera del perverso mecanismo que le hacía exportar crudo para importar combustible. La empresa petrolera venezolana (Pdvsa) hará de ahora en más las cosas de manera diferente: refinará el petróleo ecuatoriano y lo devolverá a origen, cobrando sólo el costo del proceso.

 

Otra batalla

Al mediodía del 26 de mayo el avión de la Presidencia de Venezuela aterrizaba en el aeropuerto de Chimoré, en El Chapare, corazón del trópico cochabambino en Bolivia. El dato no tendría relevancia si no fuese por un detalle: la pista de aterrizaje fue construida por Estados Unidos para operar desde allí sus fuerzas represivas disfrazadas tras la lucha por la erradicación de la coca.
Antes habían llegado allí el presidente Evo Morales, el vicepresidente Alvaro García Linera y varios ministros. El alcalde de Chimoré y otros funcionarios tuvieron dificultad para ingresar a la pista de aterrizaje, rodeada por una multitud ansiosa por saludar a los dos mandatarios. Difícil describir en poco espacio el fervor, el universo de esperanzas pintado en las miradas de esa multitud que luego se prolongaría a la vera del camino en los doce kilómetros hasta Shinahota, donde se haría el acto público.
Allí, ante decenas de miles de campesinos, obreros, jóvenes y niños con sus guardapolvos escolares, hablaron Chávez y Evo. Lo menos importante fue el anuncio de los acuerdos de integración que se firmarían horas después en el Palacio Quemado, en La Paz (ver recuadro), o incluso la entrega simbólica de una de las 520 computadoras con conexión a internet que donó el gobierno venezolano a 52 escuelas de la zona. Lo que ocurrió en Shinahota podría dejar sin aliento a un académico de las ciencias políticas: en sendos y prolongados discursos, bajo un sol ardiente y con la multitud concentrada en los conceptos y los programas de acción que se les presentaba, Chávez y Evo describieron la situación mundial, explicaron en detalle el cuadro político suramericano, las bases conceptuales y programáticas del Alba, la convergencia estratégica de Cuba, Venezuela y Bolivia, el significado de la Asamblea Constituyente y la inminente amenaza golpista de Estados Unidos contra el gobierno del Movimiento al Socialismo.
Chávez fue explícito: la embajada estadounidense está susurrando en los oídos de militares bolivianos. Acudió al acto con altos jefes militares venezolanos, como los generales Raúl Baduel, titular del Ejército, y Julio Quintero Viloria, comandante de las Fuerzas de Reserva, proyecto de pueblo en armas. Chávez sostuvo que si ocurriera un golpe como en Venezuela en 2002, todo el pueblo boliviano debería salir a defender la institucionalidad. Y explicó con todo detalle por qué la Asamblea Constituyente debía ser plenipotenciaria y por qué era imprescindible una gran movilización nacional para que la fuerza encolumnada con Evo Morales ganara por abrumadora mayoría en las elecciones constituyentes del 2 de julio próximo.
Apenas horas, después, en el bello salón de actos del Palacio Quemado y ante otra audiencia, el presidente venezolano fue todavía más explícito: hay una conspiración contra el gobierno. Si ocurriera un golpe, sangre venezolana correría otra vez, como hace doscientos años, en Bolivia. Evo fue más allá y explicó, desde la sede del gobierno nacional, que al bloque constituido por Cuba y Venezuela, ahora se sumaba Bolivia. Con el tono llano, firme y profundo de un líder indígena que asume la realidad del mundo contemporáneo y se mueve en ella con la seguridad de quien sabe adónde va, Evo Morales desplegó el plan de acción de su gobierno, explicó la significación estratégica de los 13 acuerdos que firmaban ambos mandatarios, hizo público que informes de inteligencia aseguraban la existencia de una conspiración golpista y adelantó la necesidad de tomar el poder mediante la Asamblea Constituyente. Antes, el vicepresidente cubano había resumido los fundamentos incuestionables de la crisis capitalista en el mundo y la región.
No son los discursos habituales en otras capitales de la región. El posibilismo, probadamente imposible, ha dado paso a un nuevo liderazgo y un nuevo programa. Y por supuesto enfrente está el gendarme desplegando sus prácticas intervencionistas, antidemocráticas, apoyadas ya primordialmente en proyecciones belicistas.
Para sorpresa de muchos, al día siguiente se supo que Chávez prolongaba su estada en Bolivia y el domingo 28 realizaría su habitual programa Aló Presidente desde Tiwanaku, la ciudad sagrada de la más remota civilización aborigen en América. Sólo en los altos círculos del gobierno se sabía por entonces que desde la embajada estadounidense y con respaldo de sectores oligárquicos bolivianos, se preparaba para ese fin de semana una sublevación policial en La Paz, apuntada a prologarse con una rebelión en Santa Cruz. A la par de las denuncias públicas de Evo y Chávez, llegó a las manos apropiadas un listado con los nombres, cargos y ubicación de altos mandos policiales y militares involucrados en la intentona. La prueba de que estaban al descubierto disuadió a los conspiradores. Al menos en la fecha prevista, sábado 27 y domingo 28, no osaron dar el zarpazo.
Para rematar, durante el Aló Presidente el comandante general del Ejército Boliviano, general Freddy Bersatti, tomó la palabra e hizo un anuncio explosivo: el 6 de junio de 2005, cuando estaba a punto de caer, el ex presidente Carlos Mesa formuló dos propuestas alternativas: entregar el gobierno a una junta militar, o disolver el Congreso y mantenerse en su cargo con respaldo de las fuerzas armadas. Bersatti aseguró que desde su puesto de jefe del Colegio Militar enfrentó al alto mando, que apoyaba la posición de Mesa (a su vez indicada por la embajada estadounidense). Y completó su intervención asegurando que su posición institucionalista y democrática seguiría siendo invariable.
Luego y sin respiro, incorporado Evo al programa transmitido en Venezuela y Bolivia por los respectivos canales oficiales y repetido a todo el mundo por Telesur, llegó otro anuncio. Chávez leyó fragmentos del discurso de Simón Bolívar con el cual presentó su proyecto de Carta Magna a los constituyentes bolivianos en 1825. Allí Bolívar propuso una Confederación Andina, que uniera a Colombia (por entonces conformada por Panamá, Venezuela, Colombia y Ecuador), Perú y Bolivia. Como de rayo, Morales dijo que ése era el programa para hoy, que la nueva Constitución boliviana debía afirmarlo explícitamente y que mientras los pueblos se daban los gobiernos que asumieran tales objetivos, Venezuela y Bolivia podían echar los cimientos de Confederación Andina que, además, revitalizara sobre bases sólidas los propósitos expuestos por la Comunidad Suramericana de Naciones. “No es otra cosa que realizar el Tawantisuyo en nuestro tiempo”, concluyó Evo, aludiendo a un antecedente ineludible: el movimiento que hacia 1438 se expandió desde el corazón de la Cordillera de los Andes y con centro en el Cuzco, plasmó un proceso de expansión cultural, económico y militar que abarcaría lo que hoy se conoce como Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile y Argentina.
Sin contener la emoción, un veterano luchador presente en ese acontecimiento singular confesó a América XXI: “no sólo hemos abortado el golpe; aquí está la columna fundante del futuro latinoamericano. Estamos tocando la Historia pasada y podemos sentirnos parte de la Historia futura”.
A pocos metros la Puerta del Sol registraba con milenario rigor científico la caída de un día memorable.
Enviado especial a Bolivia

el difícil arte de enhebrar un frente mundial antimperialista

Recado a Europa

PorLBenAXXI

 

Carlos Lage, Evo Morales y Hugo Chávez ocupan la tribuna ante un inmenso salón colmado. La mayoría de los asistentes son jóvenes, venidos desde diferentes países de la Unión Europea. El acto se desarrolla en Viena, la bella ahíta, bucólica, indiferente capital austríaca. Fuera del recinto, una multitud se acomoda ante pantallas que transmitirán las palabras del vicepresidente de Cuba y los presidentes de Bolivia y Venezuela, quienes rendirán cuenta de lo ocurrido el día anterior, 12 de mayo, en la Cumbre de la Unión Europea con América Latina-Caribe, presuntamente un encuentro de integración birregional.
En el aire vibra una onda invisible que exalta los espíritus. Se percibía lo mismo en sendos actos donde concurrió Chávez en las dos noches anteriores, uno en la Universidad, para una abigarrada y expectante multitud de profesores e intelectuales; el otro en una vieja fábrica abandonada, recuperada por jóvenes contestatarios y transformada en centro cultural, que por una noche abandonan sus actividades habituales y, desbordando toda previsión, acuden a escuchar al presidente venezolano.
Lage, Evo y Chávez repiten lo que se les escucha en sus intervenciones habituales. Pero la contundencia demoledora del vicepresidente cubano, la honda, simple e implacable verdad del indígena boliviano ahora líder de un pueblo, el fuego inspirado e inspirador del revolucionario venezolano, suenan de manera diferente en aquellos escenarios. Un mensaje a la vez esperado e imprevisto, cruza el Atlántico desde América Latina y llega a Europa sin maquillaje ni subterfugios: el sistema capitalista mundial está en crisis, no puede sostenerse, es preciso actuar para salvar la humanidad, puesta en peligro por la irracionalidad descontrolada de un mecanismo diabólico basado en la búsqueda del lucro y el consumismo enajenado; es preciso evitar la guerra y detener el saqueo. Y nada de esto puede ser alcanzado sin recuperar el significado profundo de una palabra olvidada en la vieja Europa: Revolución.

 

Dos mundos

No se trata de un micromundo extrapolado para ocultar la realidad. Por el contrario: es la realidad que pugna por emerger e imponerse al pesado manto de hipocresía, cobardía y decadencia en todos los terrenos que domina el escenario político europeo, cuyo horizonte intelectual ha quedado limitado a la formación de gerentes capaces de manipular montañas de dinero, vender más teléfonos celulares, televisores, automóviles, o lo que sea que permita absorber trabajo ajeno y acumular riqueza.
Frente a ese prototipo de ejecutivo al que el sistema le ha arrancado el alma, esos gerentes de marketing ahora calzando trajes de jefes de Estado, el nuevo liderazgo de América Latina, con su llamado a la Revolución, se abre paso en la conciencia y los corazones de las juventudes europeas.
No es fácil enhebrar un frente de todos quienes, por razones a menudo opuestas, ven con aprensión el curso del planeta. Aparte los alineados sin disfraz con el sistema, abundan quienes aportan indicaciones de “sensatez”, a la vez que otros se ven a sí mismos como profesores de la revolución cuya misión es influenciar a quienes han tomado la vanguardia. Pero entre todos sobresalen jóvenes visceralmente opuestos al mundo en que viven, a la búsqueda de una alternativa raigal. Había que verlos cuando en una magnífica noche de luna, en la antigua ciudad imperial, a orillas del Danubio y a pocos metros del lugar donde se apagaba la deslucida, infértil reunión de presidentes y jefes de Estado, tras resumir la situación del mundo y la respuesta que no había dado la cumbre, Chávez los invitaba a empuñar la antorcha de la conciencia y salir a incendiar la pradera.
Y no fue un momento, un lugar: antes Chávez había estado en Roma y el Vaticano, y al día siguiente Evo estaría en París, mientras el presidente venezolano producía un terremoto político en Londres.

 

Cercar al imperialismo, impedir la guerra

A diferencia de las innumerables reuniones que Chávez mantuvo en la gira que en diez días lo llevó de Roma a Viena, Londres, Argel y Trípoli, su encuentro con el papa Benedicto XVI fue a solas y hermético. Pero a nadie cupo dudas que el centro de la entrevista fue la amenaza de un inminente ataque estadounidense en Irán, programado con armas atómicas. Días después, durante su visita al campo de concentración de Auschwitz, el Papa exclamó, para sorpresa del mundo: “¿Por qué, Señor, has callado? ¿Por qué has podido tolerar todo esto?”. Alguien bromeaba con seriedad comentando esa insólita expresión: “Chávez lo puso en crisis al Papa”.
Chanzas aparte, lo cierto es que el presidente venezolano atravesó Europa con un objetivo inequívoco: anudar el mayor arco de alianzas posible para detener la mano asesina de la Casa Blanca. Sólo que en el empeño, apareció con fuerza inusitada aquella realidad sepultada de Europa, plasmada no sólo en las juventudes del más amplio arco ideológico imaginable, sino en las propias estructuras políticas de la cuna del capitalismo, Gran Bretaña, adonde acudió invitado por el alcalde de Londres Ken Livingston y medio centenar de congresistas del Partido Laborista, en medio de un durísimo enfrentamiento con el primer ministro Anthony Blair.
Hace bien la prensa comercial en ocultar lo ocurrido en el salón del Camden Town, al día siguiente en la Alcaldía de Londres y, horas después, en el mismísimo Westminster, bastión del parlamentarismo británico. La acogida fervorosa que ya no sólo las juventudes, sino líderes sindicales y cuadros políticos del añejo laborismo inglés le dieron a Chávez, sus gestos al escuchar conceptos claros y frontales respecto de la realidad mundial y el papel de los poderes centrales, son signos de un malestar profundo en la sociedad política europea, que busca un camino tras el desfalco moral llevado a cabo por quienes, con banderas supuestamente progresistas, asumieron en las dos últimas décadas el programa anticrisis del capitalismo.
Cuba, Venezuela y Bolivia, tres revoluciones que están dando vuelta como un guante la realidad suramericana, llevaron su mensaje a Europa. Y éste cayó como lluvia fresca tras una sequía que pudo parecer eterna.