seis cumbres en dos semanas; colapso de la can; crisis del mercosur

Un volcán político sacude el mapa suramericano

PorLBenAXXI

 

Aceleración: el 19 de abril en Asunción un insólito cónclave presidencial detonó un maratón de reuniones cimeras: Lula y Kirchner el 25 en San Pablo; ambos presidentes más Chávez al día siguiente, también en la capital paulista; Vázquez y Fox el 26 en México; Evo, Fidel y Chávez el 28 en La Habana. Y luego Vázquez y Bush el 4 de mayo en Washington. Mientras tanto estallaba la CAN y el Mercosur parecía incapaz de resistir a la eclosión de  conflictos cruzados. Ritmo no apto para cardíacos ni para columnistas encolumnados, revela sin embargo una lógica consistente, inaugura un período de drástica recomposición en la geografía política hemisférica y deja a la vista un saldo provisional: en la batalla entre el Alca y el Alba, se desmoronan los cimientos del intento estadounidense mientras gana espacio y cobra fuerza la propuesta asumida ahora formalmente por Cuba, Venezuela y Bolivia.

 

Llegó el momento. Fuerzas subterráneas, tan poderosas como difíciles de percibir e interpretar, salen a la superficie. Es sólo el comienzo, pero como en los primeros signos de la erupción de un volcán, cunde el pánico y el primer acto reflejo es huir. Hacia cualquier lugar.

No deja de ser un espectáculo divertido observar el espanto en ciertas cancillerías del hemisferio. Y las reacciones espasmódicas de veteranos diplomáticos, como por ejemplo el embajador de Estados Unidos en Asunción, al día siguiente de una cumbre presidencial que, en sí misma, era un escándalo geopolítico: Bolivia, Paraguay, Uruguay y Venezuela con el canciller cubano como invitado. Escándalo no sólo por los participantes, sino en primer lugar por los ausentes: Evo Morales, Nicanor Duarte, Tabaré Vázquez, Hugo Chávez y Felipe Pérez Roque se reunían sin la presencia de los presidentes de Argentina y Brasil, Néstor Kirchner y Luiz Inácio Lula da Silva.

Como era de esperar, el centro de atención recayó sobre Chávez y sus denuncias a Estados Unidos por la labor conspirativa para torpedear la unidad suramericana. Desconcertado, Mr. James Cason accionó todos los medios para hacer sentir que no se invade su domicilio sin consecuencias (ver Presencia…). El esfuerzo tuvo sus frutos y el embajador apareció en diarios, radios y televisoras denostando al presidente venezolano, mientras repetía “siempre apoyamos la integración en América Latina, como integración física y si es comercio mejor” y negaba cualquier intervención de su país para exacerbar las tensiones del Mercosur. En cuanto a la cumbre que acababa de realizarse, el representante de George W. Bush dijo “me informé ayer, leyendo los diarios”.

Hasta un embajador estadounidense puede ser sincero una vez en la vida; a su modo Cason revelaba el verdadero significado político de esa reunión de presidentes: en medio de una contraofensiva exitosa Washington había perdido otra vez la iniciativa.

 

Contraataque fallido

Seis meses atrás, en Mar del Plata, el Mercosur ya integrado también por Venezuela sepultó el Área de Libre Comercio de las Américas (Alca) y humilló a Bush ante sus pares de todo el hemisferio. Inmediatamente después de ese trago amargo Estados Unidos lanzó una operación múltiple destinada a recuperar el terreno perdido. Y hasta la inesperada reunión de Asunción, venía lográndolo. La firma de TLCs (Tratado de Libre Comercio) con Colombia, Ecuador y Perú; exitosas operaciones encubiertas apuntadas a crear fricciones secesionistas en Venezuela y Bolivia; exacerbación de las disputas comerciales entre Brasil y Argentina; aumento del volumen en las críticas de Uruguay y Paraguay contra sus vecinos mayores y, sobre todo, la escalada fuera de control en el conflicto entre Argentina y Uruguay por la edificación de dos plantas productoras de celulosa, a la vez daban vida a un sucedáneo del Alca y desarticulaban al Mercosur, punto de apoyo de aquella convergencia de pesadilla para el Departamento de Estado.

Parecía llegada la hora de la estocada final y el restablecimiento de la hegemonía sin disputa. Hubo ostensibles movimientos en el damero diplomático del extremo Sur sólo explicables por la presunción de que la suerte estaba echada y era preciso reacomodarse. No faltaron traductores de papeles del Departamento de Estado –más conocidos como columnistas de la gran prensa– que proclamaron la victoria de Washington. Fue en ese momento que Evo Morales anunció la heterodoxa junta presidencial que, para debatir el tendido de un gasoducto desde Bolivia a Paraguay y Uruguay, reunía a los socios relegados del Mercosur en un marco diferente, del que participaba Venezuela como punto de apoyo técnico y financiero.

Extraña coincidencia: mientras ajenos a estos movimientos en el remoto Sur, el mercado mundial se estremecía por la suba de tasas del Tesoro estadounidense y el precio del oro se disparaba a las nubes, en Asunción ocurría un estallido geopolítico sin precedentes. El malestar de Uruguay y Paraguay con el Mercosur explotó en la capital guaraní. Y mostró una inequívoca dinámica de desintegración del bloque. Las intervenciones de los presidentes Vázquez y Duarte, los titulares rotundos de la prensa, las declaraciones de dirigentes políticos y sindicales de todo signo, no dejaron lugar a dudas. Por esas horas, además, trascendía el enojo de Brasilia y Buenos Aires por esta iniciativa que hacía trizas una tradición de dos siglos respecto del papel de ambos países en relación con sus vecinos subordinados. Simultáneamente estalló la Comunidad Andina de Naciones (CAN, integrada por Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia). Chávez anunció desde la cumbre que su país se retiraba del bloque andino. Con la firma de TLCs por parte de tres de los cinco miembros, explicó Chávez, “la CAN está herida de muerte. La mataron. No existe (…) Lo lamentamos mucho pero eso ya no sirve, lo destruyó el imperio”.

 

Desintegración o recomposición

A la inversa de lo que interpretó la mayoría de los observadores, sin embargo, en Asunción no se asistía a la desintegración de Suramérica; y Venezuela no estaba cumpliendo un papel rupturista. Por el contrario, con el apoyo al gasoducto Bolivia-Paraguay-Uruguay, esa base material de integración establecía otra vez una dinámica de convergencia. Claro que sobre bases diferentes. Y el enojo inicial de la Casa Rosada y el Planalto (comidilla de la chismografía ataviada de periodismo) no tendría las consecuencias imaginadas con ligereza. Desde Asunción, Chávez promovió una reunión para el día siguiente, jueves 20, en la zona de la Triple Frontera, con Kirchner y Lula. No fue posible con tal inmediatez, pero ocurrió a la semana siguiente.

Quienes alientan la interpretación del decurso político por los humores presidenciales, además de desinformar a la población, se impiden comprender los acontecimientos y prever su dinámica: Lula, Kirchner y Chávez ratificaron en San Pablo la decisión de construir el otro gasoducto proyectado, el que con un tendido de Norte a Sur desde Venezuela y ensamblado con el que va de Oeste a Este desde Bolivia deberá unir estructuralmente a Suramérica en torno al factor clave del mundo contemporáneo: la energía.

La combinación de un sistema de integración energética y decisión política (ver Infraestructura…) constituye una fuerza poderosa, que en medio del estallido de tendencias centrífugas restableció una dinámica de convergencia. La detonación de la crisis era inevitable, porque intereses económicos para muchos inapelables radicados en Brasil y Argentina chocan entre sí y a la vez ahogan a Uruguay y Paraguay. Ese Mercosur, creado por multinacionales para mejor succionar riquezas locales, aun cuando por exigencia de la crisis mundial se transformó en baluarte para la resistencia limitada frente a los centros imperialistas, está estructuralmente impedido de ser un eje de unidad suramericana. “Para que funcione –dijo Chávez con una feliz metáfora– debe ser formateado”. En rigor, además de recuperar virgen la base de su valor originario –la convergencia de sus componentes– el Mercosur debería cambiar incluso el nombre. Porque el mercantilismo no es el motor adecuado para el proyecto de unión suramericana.

 

Nuevas bases para la unidad

Como quiera que sea, lo cierto es que al compás del estallido de Asunción comenzó la recomposición de otro tipo de unidad. Aún en ciernes y con formidables obstáculos por delante, esta confluencia tiene otros vectores y diferentes relaciones de fuerzas internas. Si al cabo plasma, los países de menor envergadura geográfica y económica no serán mero territorio de disputa para beneficio de los más grandes. La comprensible reserva de Lula y Kirchner tras la reunión de San Pablo dio lugar a especulaciones e infundios; pero nadie se atrevió a sostener que el resultado era la reversión de la dinámica de convergencia entre los tres países de mayor peso en Suramérica, ni que el saldo era favorable a Estados Unidos. Rumbo hacia el Norte, Vázquez aprovechó su escala en México para aclarar que Uruguay no se va del Mercosur. Esta página cierra antes de la reunión del mandatario uruguayo con Bush; pero no hay duda sobre el resultado: Uruguay no será arrastrado al proyecto timoneado por Washington y si Estados Unidos redobla la presión para continuar utilizando a ese país en su papel tradicional de Estado tapón, lo que obtendrá será una inesperada radicalización de Uruguay en sentido contrario.

Del mismo modo, es conjeturable que a partir de ahora las declaraciones de la presidenta chilena Michelle Bachelet –subrayadas en la edición anterior de América XXI– a favor de ingresar al Alca, pudieran morigerarse y aun girar en redondo: Chile tiene una perentoria necesidad energética que no puede resolverle el proyecto anexionista estadounidense. Fenómenos análogos se verán en Perú y Ecuador e incluso en Colombia. La guerra, claro, no ha terminado; pero Estados Unidos perdió otra batalla.

 

Clave en La Habana

El volcán que sacudió el mapa geopolítico en la segunda quincena de abril tuvo su punto culminante en La Habana. En el primer aniversario de la fundación del Alba, hasta ahora conformado por Cuba y Venezuela, se sumó formalmente Bolivia. Es una instancia superior, diferenciada pero inseparable, en el proceso de convergencia suramericana. Los datos del primer año de vida de la antítesis del Alca son elocuentes. Como señaló Fidel en el acto público de clausura, el viernes 29, Cuba y Venezuela fueron las naciones latinoamericanas de más alto crecimiento en 2005, con el 11,8% y el 9,3% respectivamente. En diciembre de 2004 el acuerdo comenzó con 199 proyectos por un total de 874,6 millones de dólares, pero durante 2005 el intercambio bilateral de bienes y servicios llegó a los 2.400 millones de dólares. Contra todo lo dicho, en las exportaciones venezolanas prevalecieron las no-petroleras, con un crecimiento del 255%. Con la ayuda cubana Venezuela pudo ser declarada en noviembre último como territorio libre de analfabetismo. La Misión Milagro resultó en que 220.571 pacientes de bajos recursos de 25 países de la región, el mayor número de ellos venezolanos, recuperaran o mejoraran su visión sin gastar un centavo. Tres mil 328 jóvenes venezolanos estudian Medicina en Cuba y en 2006 esa cifra llegará a 10 mil. Aún antes de sumarse formalmente, Bolivia ya siente los efectos del Alba: hay allí 44 asesores cubanos y 18 venezolanos, para ayudar a organizar la campaña de alfabetización, además de asegurar sin costo dos mil paneles solares a instalar en parajes donde no llega la electricidad. Para afrontar el desastre provocado por recientes lluvias en aquel país, Cuba envió una brigada médica con 62 especialistas que han atendido a más de 410 mil pacientes y salvado la vida de 748 personas. Otros 105 médicos cubanos trabajan en Bolivia como parte de la Misión Milagro, en tres centros oftalmológicos abiertos con cooperación cubana y donde han sido atendidos 4.800 pacientes, enumeró Fidel, para explicar enseguida que hoy estudian en Cuba 4.512 bolivianos, pero pronto esa cifra crecerá también gracias a los recién firmados acuerdos del Alba.

Se trata de algo cualitativamente diferente a las discusiones de los fabricantes de autos, zapatos y heladeras disputándose a dentelladas el mercado del Cono Sur.

Evo Morales no fue sólo a sumarse a un acuerdo ya en marcha. Llevó a La Habana la propuesta de enfrentar los TLC con los TCP (Tratados de Comercio de los Pueblos). “Así como el Alba derrotó al Alca, el TCP tiene que derrotar al TLC”, dijo. Y acaso para responder a vanas especulaciones que pretendieron enfrentarlo con Chávez por la salida de Venezuela de la CAN, el presidente boliviano propuso cambiarle el nombre a ese bloque, manteniendo la sigla: Comunidad Antimperista de Naciones. Y comprometió al presidente venezolano a regresar a esa CAN.

Risas y aplausos pudieron dar lugar a una errónea interpretación: es en esa dirección que marcha Suramérica.

 

Enviado especial a Asunción y Montevideo

 

Reivindicación de la política

PorLBenAXXI

 

Tres acontecimientos del último mes resumen la coyuntura: primeros pasos de un drástico realineamiento en Suramérica; incorporación de Bolivia al Alba y acuerdo firmado por Evo Morales, Hugo Chávez y Fidel Castro en La Habana, para llevar a cabo un plan de acción que rompe el molde capitalista de relación entre naciones; la orden dada por George W. Bush al director nacional de inteligencia, John Negroponte, para que con las 16 agencias de espionaje a su cargo y un presupuesto de 40 mil millones de dólares anuales, aumente el número de agentes de espionaje y operaciones encubiertas en América Latina.
“Los ejes de preocupación (estadounidense) son varios: el presidente Hugo Chávez, la Triple Frontera, Cuba, los vínculos entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia y el narcotráfico, la porosidad de la frontera terrestre con México”, explicó con inusual despliegue el diario La Nación, de Argentina. En honor a la verdad, la precisión y la síntesis, podría decirse de otro modo: las democracias tuteladas ya no le sirven a Washington, que cambia la estrategia y apela a la violencia como último recurso.
En rigor, ese viraje estratégico lo dio el Departamento de Estados después de que la hipócrita bandera de la democracia cayó de sus manos con el fracaso del golpe contra la Revolución Bolivariana, en abril de 2002. El hecho es que ahora la Casa Blanca admite públicamente que multiplica los ejércitos de espías y provocadores que desde siempre actúan encubiertos en todos los ámbitos (prensa, partidos, sindicatos, asociaciones civiles, etc).
No cuenta en ese presupuesto el costo de los ejercicios militares conjuntos realizados por la marina de guerra de Estados Unidos con efectivos de República Dominicana, ni la posterior gira de una escuadra encabezada por el portaaviones de propulsión nuclear George Washington, que incluyó al crucero Monterrey, el destructor Stout, la fragata porta-misiles Underwood y 6.500 soldados. Será “una ocasión para prestar atención a la zona”, declaró el general de brigada Kenneth J. Glueck, jefe del estado mayor del Comando Sur. El citado despacho de La Nación precisó la idea: “Aviones, barcos, satélites y radares móviles fueron desplegados por el Caribe para monitorear, entre otras tareas, las rutas clandestinas que usan las avionetas que trasladan droga”.

 

Política por otros medios

Como en Irán, Washington prepara su escalada bélica planetaria. Está a la vista que el descontrolado déficit gemelo que corroe las entrañas de la economía estadounidense no impide este despilfarro demencial: 40 mil millones anuales para espionaje. Del mismo modo carece de fundamento la esperanza de que la Casa Blanca no abrirá otro frente de guerra porque se hunde día a día en Irak. Zbigniew Brzezinski dice en su último libro: “La capacidad para intervenir rápida y decisivamente es más importante para la seguridad estadounidense que la insistencia (un tanto teórica) de algunos planificadores militares en que Estados Unidos mantenga la capacidad suficiente para implicarse en dos guerras locales (de duración indeterminada) al mismo tiempo”. El alter ego de James Carter aboga por la decisión rápida, es decir, el uso de armas atómicas. Ahora que un imprevisto Caballo de Troya sacude el entramado político doméstico, con la entrada en escena de millones de inmigrantes, los jefes imperialistas serán menos reflexivos ante lo que sientan como amenaza en cualquier parte del mundo. A la vez, acelerarán en una dirección ya adoptada: el estrechamiento de las libertades democráticas y los derechos civiles dentro de Estados Unidos.
Es preciso mirar de frente esta realidad. Y entender en toda su dimensión la necesidad de pugnar por la convergencia suramericana, que a la vez que se profundiza en el sentido demostrado por Cuba, Venezuela y Bolivia con su trascendental acuerdo, asume banderas unificadoras de miles de millones de seres humanos en todo el planeta: paz y democracia. Basta ver el manifiesto de 1800 científicos contra la utilización de bombas atómicas para confirmar el enorme potencial educativo y aglutinante que tienen estas consignas.
Pero tal estrategia requiere un rescate de la política. Convertida en sinónimo de trampa y latrocinio, reducida a variantes de la argucia y enaltecida con el calificativo de pragmática, desde hace más de un cuarto de siglo la política se transformó en mala palabra. Fue rechazada por las mayorías y puesta al margen por quien debiera ser su musa mayor: la juventud. No podría minimizarse la contribución que para semejante desenlace se hizo desde las izquierdas. Es hora de acabar con eso. El pensamiento político riguroso, la integridad moral, la audacia revolucionaria, con cimas como Bolívar, Martí, el Che, reaparecen en el nuevo escenario latinoamericano. Encarnados en nuevos líderes y en ideas que no tienen edad, esos valores deben ser enarbolados de manera intransigente. Porque la democracia y la paz, en este difícil momento de la Historia, sólo pueden ser alcanzados acorralando y venciendo al imperialismo. Y dando paso al socialismo del siglo XXI.

indio, cocalero y socialista, toma el poder en un país clave

Victoria estratégica para toda América Latina

PorLBenAXXI

 

Otro MAS: los vencedores de las elecciones del 18 de diciembre en Bolivia tienen objetivos limitados pero claros: las riquezas naturales (petróleo y gas ante todo) serán nacionalizadas; habrá una Asamblea Constituyente que tendrá la función de rediseñar drásticamente la estructura sociopolítica del país; las multinacionales deberán someterse a los intereses del país. Evo Morales dio señales antes de asumir: el viaje a Cuba y Venezuela, rubricado por acuerdos clave para acabar con el analfabetismo, garantizar atención sanitaria a las mayorías marginalizadas y acelerar los pasos para lograr la soberanía energética en todos los planos, son otros tantos signos de determinación estratégica, como lo son los dados en Madrid, París, Johannesburgo y Pekin. En cualquier interpretación, a partir del vertiginoso proceso inciado con la asunción de un indígena al poder en Bolivia, Estados Unidos es el gran perdedor. Y el gran peligro.

 

“¡¡Causachun coca!! ¡¡Wañuchun yanquis!!”. Era la medianoche del 18 de diciembre. Una inesperada avalancha de votos imponía al candidato presidencial del Movimiento al Socialismo (MAS). Anonadados, desinformados por sus propias encuestas, los partidos del statu quo y la embajada estadounidense perdían reflejos y quedaban limitados a reconocer su derrota. Habían preparado un aceitado mecanismo para arrebatar una vez más el poder en el Congreso: la diferencia entre los dos principales rivales sería ínfima y una coalición de los partidos del sistema se encargaría de designar al Presidente. Obreros, campesinos, desocupados, sectores activos de las clases medias, se aprontaban para evitar el manotazo. Pero los resultados fueron de tal manera abrumadores que la maniobra legal se hizo inviable. Imposible negar lo obvio sin detonar una confrontación social de inimaginables proporciones. En Cochabamba, frente a una asamblea espontánea, Evo Morales concluía un breve discurso de la victoria con aquella consigna en quechua: “¡¡Viva la coca!! Abajo los yanquis!!”. Bolivia ingresaba así, con cuatro palabras, en otra era.

 

Las cifras 

Contra todo pronóstico Evo Morales no sólo obtuvo la mayoría absoluta de los votos: produjo un terremoto político que desmoronó la totalidad del espectro partidario tradicional. El conteo final le dio a Morales un 53,7% contra el 28,6% de su principal contrincante, Jorge Quiroga, del Partido Podemos, una fabricación de emergencia en función de los intereses de la oligarquía local teledirigida desde Washington. Más lejos aún quedaron Unidad Nacional (UN), con el 7,8% y el histórico Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), con el 6,5%. Otros cuatro partidos perdieron la personería legal por no haber alcanzado el 3% de los votos: Movimiento Indigenista Pachakuti (MIP), Nueva Fuerza Republicana (NFR), Frente Patriótico Agropecuario de Bolivia (FREPAB), y Unión Social de los Trabajadores de Bolivia (USTB). Una formación con historia, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), eludió la pérdida de la personería jurídica mediante un recurso original: no se presentó a las elecciones. Felipe Quispe, quien desde posiciones indigenistas situó a Evo Morales como “el enemigo principal”, además de perder la personería del MIP vio frustrada su elección como diputado.

Además de la presidencia, el MAS ganó 12 de los 27 senadores, 72 de los 130 diputados y 3 de las nueve gobernaciones. Pero estos datos no dan todavía una visión ajustada de los resultados: en los Departamentos de La Paz, Oruro y Cochabamba, el MAS obtuvo 66,6%, 63% y 65% de los votos respectivamente. Y en Santa Cruz, supuesto bastión inexpugnable de la derecha el MAS alcanzó el 33%, contra el 42% de Podemos. Esto sin contar dos hechos que califican aún más tales resultados: 872.974 ciudadanos no pudieron votar por haber sido “depurados” de los padrones por la Corte Nacional Electoral; y en muchos distritos los antiguos aparatos electorales apelaron a su más conocido recurso para ganar alcaldías: el fraude.

No fue suficiente. Evo Morales, indígena, cocalero y socialista, es presidente de Bolivia.

 

Clave del triunfo 

Tal como lo repitió la prensa en todo el mundo hubo una avalancha de votos, una victoria arrolladora, que llevó a Evo Morales al gobierno. Pero conviene no confundir el efecto con la causa. Hubo avalancha de votos porque, antes, tuvo lugar un fenómeno de naturaleza diferente: la unidad social y política de los explotados y oprimidos en Bolivia.

Una victoria electoral puede ocurrir por factores en extremo aleatorios. Por ejemplo, cuando Gonzalo Sánchez de Losada, como candidato de un exhausto MNR y pese a su tonada gringa al hablar, ganó la presidencia en 1993, apelando a los viejos pergaminos de su partido, a los que sumó el imán de un vicepresidente indígena. En 2002 recuperó el cargo, pero esta vez había un signo claro de los cambios en curso: incluso admitiendo los resultados dados oficialmente, “el Goni” obtuvo un 22,46% de los votos contra el 21% de Evo Morales. Cuando Sánchez de Losada huyó del Palacio rumbo a Miami el 17 de octubre de 2003, la inconsistencia de aquellos triunfos quedó a la vista: no es lo mismo obtener el favor en los comicios que forjar la unidad social de un pueblo y darle a ésta una expresión política.

Hay Historia remota y presente tras la consagración de Evo Morales como presidente. El MAS suma a su nombre un complemento en el que habitualmente no se repara: “Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos” (IPSP). Ocurre que IPSP fue el nombre originario de la fuerza hoy victoriosa. Había adoptado esa denominación en un momento clave: el pasaje del movimiento reivindicativo-social, con predominancia de campesinos cultivadores de coca, a la acción política. En 1995 la Confederación de Campesinos de Bolivia, en su congreso, decidió crear el Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos, formado sobre la base de organizaciones sindicales unidas. Antonio Peredo, hoy figura relevante del MAS, lo explica así: «Buscaban lo que llamaban ‘nuestro’ instrumento político. Constituyeron un brazo político, que intentó terciar en las elecciones. Sin embargo el IPSP no pudo cumplir con las obligaciones que imponía el código electoral. Entonces se tuvo que acudir a un partido pequeño que tenía su sigla legalizada ante la Corte Electoral para las elecciones de aquel año. En esas elecciones el instrumento político participó con el nombre de Movimiento al Socialismo. Logró elegir cuatro diputados, uno de ellos, Evo Morales. En este proceso, el MAS fue ‘recogido’ por las seis confederaciones del trópico cochabambino, organizaciones representativas de los productores de coca, quienes decidieron trabajar con mayor profundidad este instrumento”.

He aquí el origen de esta organización, hoy conocida como MAS. Resulta ilustrativo comparar su dinámica con la verificada en Argentina, donde desde bastante antes de 1995 convergían luchadores de diferentes vertientes empeñados en construir una “herramienta política” a la que jamás pudieron dar forma. Pero si en Argentina dirigentes sindicales y populares trastabillaron y cayeron una y otra vez ante la exigencia de ese paso decisivo, en Bolivia ocurrió lo contrario: “el MAS fue ‘recogido’ por las seis confederaciones del trópico cochabambino”, para reiterarlo con las palabras de Antonio Peredo. Y la miríada de luchas reivindicativas urbanas y rurales en Bolivia tomó cuerpo en el combate político, en el derrocamiento de presidentes desde 1997 y en la imposición de uno propio ahora, en diciembre de 2005.

Además de explicar la verdadera naturaleza del MAS esta “herramienta”, o “instrumento”, aparece como factor insoslayable al indagar las razones de su victoria; y, más aún, revela la huella por la cual se abre paso la lucha social en el actual contexto histórico de América Latina y el mundo: huérfanas de partidos en la concepción tradicional del término, es decir, formaciones homogéneas con programa de acción, estrategia de poder y cuadros para alcanzarlo, huérfanas igualmente de formas movimientistas de carácter nacionalista (ya entregadas sin tapujos al imperialismo), las víctimas de la crisis sistémica que multiplica la pobreza, la marginalidad y la explotación, necesitan, reclaman y eventualmente construyen una “herramienta política propia”: como ellas heterogénea ideológicamente, difusa y hasta contradictoria en términos programáticos, con cuadros seleccionados no por su formación teórica y su experiencia política, sino por el hecho simple e intransferible de ser dirigentes reales de movimientos reales. “El 80 por ciento de nuestros candidatos fueron elegidos por las organizaciones sociales. Algunos, cerca de un 40 por ciento, no pertenecían al MAS. Todo esto es un nudo de contradicciones, que hacen la riqueza y vitalidad del MAS», explica Peredo.

Sorprende que quienes ahora saludan alborozados la victoria boliviana persistan en negar lo obvio: una etapa histórica de transición requiere, sin atenuantes, instancias organizativas de transición.

 

Historia y lucha de clases

Pero no fue la potencia teórica de la vanguardia boliviana lo que permitió construir ese puente, sino la fuerza ancestral de la lucha de los de abajo. Hay que remontarse a fines del siglo XVIII, cuando Julián Apaza (Tupac Katari) sublevó a las comunidades aymaras en consonancia con el levantamiento quechua liderado por Tupac Amaru. En febrero de 1781 comenzó una rebelión que cercó a la ciudad de Chuquiago, actual La Paz. Durante siete meses más de 40 mil indígenas  sostuvieron el cerco a la ciudadela imperialista. Tupac Katari y su esposa, Bartolina Sisa, ella también combatiente del ejército de liberación aymara, fueron capturados y asesinados: él por descuartizamiento y ella por ahorcamiento tras la tortura. La victoria española de entonces fue sólo el prólogo de su derrota final en 1825. Ya por entonces la reivindicación del ayllú, forma comunitaria de organización social indígena en toda la región, mostraba la capacidad de poner en pie de combate a bravos ejércitos de oprimidos. Es posible que la oligarquía boliviana no tuviera exacta noción de sus actos cuando en marzo de 2004 aceptó, como mero gesto concesivo, la declaración de héroe y heroína nacionales a Julián Apaza y Bartolina Sisa, otorgada por el Congreso a propuesta de un senador del MAS,  .

Dos siglos después Bolivia vivió una genuina revolución contemporánea. El indio transmutado en obrero minero empuñó en 1952 su herramienta de trabajo -cartuchos de dinamita- y destruyó el andamiaje político de entonces. Empujado por esa fuerza organizada y politizada como ningún otro movimiento proletario en América Latina, el gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario encabezado por Víctor Paz Estenssoro se vio arrastrado a nacionalizar las minas de estaño, reemplazar las fuerzas armadas por milicias populares e iniciar la reforma agraria. Por segunda vez las masas indígenas y populares habían logrado la unidad tras un objetivo político. Y, como inexorablemente ocurre en tales circunstancias, la sociedad sufrió un vuelco fundamental. La deriva de aquella formidable revolución es materia de otro análisis; pero en la Historia, como en el mundo físico, nada se pierde… todo se transforma.

La voluntad rebelde reaparecería en la década de 1960, cuando Ernesto Guevara intentó desde Bolivia extender la llama de la revolución a todo el Cono Sur. En ese momento histórico no ocurrió, entre otros factores, la congregación social masiva que debía producir la guerrilla. Llegó primero el imperialismo y el proceso abortó. En Bolivia todo quedó en manos de los súbditos del Departamento de Estado durante mucho tiempo. Con el amparo de Washington se sucedieron incontables golpes de Estado, operaciones represivas y sistemático desmantelamiento de las conquistas logradas por la revolución de 1952, para dar paso a la entronización política de bandas narcotraficantes, condición para que la Casa Blanca pudiese invocar el fantasma de la droga y así adueñarse del país para transformarlo en uno de los puntos de apoyo de su estrategia contrarrevolucionaria continental. En coincidencia con una exitosa contraofensiva imperialista en América Latina -y en el mundo entero- Bolivia pasó a la categoría de país inviable.

 

País clave en la estrategia yanqui 

La voluntad rebelde reaparecía en la década de 1960, cuando Ernesto Guevara intentó desde Bolivia extender la llama de la revolución a todo el Cono Sur. En ese momento histórico no ocurrió, entre otros factores, la congregación social masiva que debía producir la guerrilla. Llegó primero el imperialismo y el proceso abortó. En Bolivia todo quedó en manos de los súbditos del Departamento de Estado durante mucho tiempo. Con el amparo de Washington se sucedieron incontables golpes de Estado, operaciones represivas y sistemático desmantelamiento de las conquistas logradas por la revolución de 1952, para dar paso a la entronización política de bandas narcotraficantes, condición para que la Casa Blanca pudiese invocar el fantasma de la droga y así adueñarse del país para transformarlo en uno de los puntos de apoyo de su estrategia contrarrevolucionaria continental. En coincidencia con una exitosa contraofensiva imperialista en América Latina -y en el mundo entero- Bolivia pasó a la categoría de país inviable.

Todo fluye, sin embargo. En el primer año del siglo XXI la fuerza subterránea desestimada y olvidada, reapareció. Quien suscribe estas páginas redactó entonces una nota para Le Monde diplomatique Edición Cono Sur, titulada “Colapsa en Bolivia la estrategia de Washington”. La magnitud que se le atribuía a la irrupción de este país en un escenario regional cualitativamente diferente al cuarto de siglo anterior era nada menos que ésa: chocar de frente con Estados Unidos y poner una barrera insuperable a su plan general para la región. Decía aquel reporte: “Una sublevación de masas sacude a Bolivia desde mediados de septiembre. La Paz, Cochabamba y Santa Cruz fueron sitiadas durante semanas por columnas indígenas que bloquearon todas las vías de acceso a estas ciudades, las tres principales del país, mientras se multiplicaban las movilizaciones de estudiantes, maestros, periodistas y hasta policías en huelga. Gobierno y partidos de oposición quedaron paralizados. Las fuerzas armadas postergaron una y otra vez la orden de ataque para despejar las rutas y romper el asedio. Mientras los líderes campesinos advertían que resistirían con las armas en la mano, grupos de empresarios comenzaron a organizar una fuerza armada civil”.

Con aquella confrontación neta, afirmaba el texto, “culmina un largo período de estabilidad basada en la pasividad y la sumisión, durante el cual Bolivia pareció haber dejado definitivamente en el pasado las grandes luchas sociales que, desde la rebelión de Tupac Katari dieron lugar a la revolución obrero-campesina de 1952 y las grandes huelgas mineras (…) El antecedente inmediato de esta sublevación está en las masivas movilizaciones de abril pasado en Cochabamba, conocidas como ‘la guerra del agua’. Aquella confrontación aunó a todas las clases sociales contra el consorcio Aguas del Tunari, registrado en las islas Caimán e integrado por grandes capitales de Estados Unidos (50%), Italia y España (25%) y cuatro grupos bolivianos (…) Ahora el detonante fue el éxito alcanzdo en la erradicación de las plantaciones de coca, que hace de Bolivia un simple eslabón en la cadena del Plan Colombia. El descontento se tradujo en explosión porque los partidos y estructuras gremiales, por completo subordinadas a los centros de poder económico, carecen de toda representatividad real y son incapaces de responder a los reclamos de las mayorías. Las instituciones se mostraron vacías, las fuerzas armadas divididas”. Aquel artículo apuntaba otro factor de peso: “La fractura entre los indígenas aymaras del altiplano encabezados por Felipe Quispe y los cocaleros del trópico cochambambino conducidos por Evo Morales permitió a Banzer llegar a un acuerdo con el primero y terminar con el cerco a La Paz”.

Precisamente cuando estaba a punto de consumarse la victoria estadounidense, reapareció la fuerza subterránea y buscó recomponerse como unidad social y política. El obrero expulsado de las minas por la crisis del capitalismo es campesino y cocalero en el año 2000. Y siempre, como en 1781, es indígena. En el período posterior a la revolución de 1952 el MNR apeló en muchas oportunidades a la división objetiva entre obreros y campesinos (estos últimos beneficiados por la reforma agraria) para enfrentar la revolución mediante la fractura social. Pero en el siglo XXI es socialmente más sencillo comprender que obrero, campesino e indio tienen más en común que en discordancia. Comprender y responder a ese punto de unidad posible es la ciencia y el arte de la política.

Virtudes individuales al margen, sin embargo, la cualidad estuvo en bregar por la unidad social y política. Ése fue el acierto del MAS. Tanto cuando se negó a negociar unilateralmente con el carnicero Hugo Banzer, en septiembre de 2000, como cuando en 2004, ante una embestida encabezada por el MIP y sectores importantes de El Alto, optó por continuar la búsqueda del poder político en el marco que entendió propio de la coyuntura: las elecciones. Por eso pudo el MAS congregar a la inmensa mayoría, incluso entre aquellos luchadores que habían tomado por otro camino.

Es un tema que consumirá todavía muchas horas de reflexión y debate. Porque jamás un resultado político -menos un porcentaje electoral- tiene signo inequívoco. Pero la consumación de la unidad social y política de 6 de cada 10 bolivianos sí es un signo inequívoco. Y allí reside el futuro de Bolivia.

 

De aquí en MAS

Sorprende el nivel del debate político en Bolivia. La Historia toma cuerpo actual y provoca una mezcla de nostalgia y envidia en el observador extranjero. Basta comparar los comentarios en las calles de París respecto de la rebelión de los jóvenes de origen árabe (para no aludir a las reflexiones intelectuales), o las consideraciones al uso en Buenos Aires sobre el pago de la deuda con el FMI -para poner sólo dos ejemplos actuales- y el testigo queda obligado a un ejercicio de humildad. Hay alegría contenida y temores sólidamente argumentados en las calles de La Paz. ¿Qué hará Evo? ¿Cómo reaccionará Estados Unidos? Reflexiones serenas, profundas y de alguna extraña manera, sabias. Es que el indio, el obrero minero y el campesino cocalero se han fundido en una instancia político-social que hoy permite el accionar unitario y la recuperación militante de una larga historia de luchas. Ése es el papel del Movimiento al Socialismo, que no es un partido revolucionario clásico y, en rigor, no es un partido: es el instrumento político para la marcha conjunta hacia algunos objetivos precisos, todos centrados en la recuperación de la soberanía y, por ende, en la lucha antimperialista. Paradojalmente fueron estas características, que permitirían alcanzar la unidad social y política plasmada ahora en la victoria electoral, las mismas que en momentos cruciales de la lucha social dejaron al MAS sin capacidad de iniciativa, como pudo verse en varias oportunidadees en los últimos años. Esta contradicción volverá a manifestarse una y otra vez con el MAS en el gobierno. Ya se observan, en Bolivia tanto como en el extranjero, tendencias a encontrar virtudes maravillosas, permanentes e insuperables en esta forma original de organización de masas, para denostar otras en las que prevalece la homogeneidad ideológica y la capacidad de acción inmediata y efectiva ante circunstancias difíciles. Pero absolutizar y unilateralizar aquellos rasgos del MAS resultará tan dañino como negarse a ver sus virtudes. Porque ahora comienza una fase difícil de interpretar y más difícil aún de conducir: la situación revolucionaria que madura en Bolivia desde hace un lustro tenderá a resolverse. No será difícil confundir victoria electoral con revolución; así como resultará fácil creer que la victoria electoral exime de la revolución. La verdadera dificultad que afronta la dirigencia del MAS es encontrar el programa y el ritmo para aplicarlo en un tránsito sin escalas hacia la superación del capitalismo y la afirmación del socialismo del siglo XXI.

Son tareas de magnitudes oceánicas; pero no cabe el temor ni, mucho menos, el pesimismo. Entre los hombres y mujeres que ocuparán los cargos principales del gobierno hay un puñado de objetivos claros y precisos. En el terreno directamente económico, nacionalizar el petróleo y el gas; recuperar las refinerías de manos privadas extranjeras; revitalizar YPFB; impulsar la reforma agraria; replantear y relanzar el aparato productivo del país. Simultáneamente, convocar una Asamblea Constituyente y echar nuevas bases para la organización política nacional. Y en el plano social, acometer de inmediato y con el máximo de energía la alfabetización del elevado porcentaje de la población hoy excluida de la educación, a la vez que se encara un plan de atención médica masiva y gratuita en todo el territorio nacional.

 

Bloque antimperialista continental

Todo esto ha tomado cuerpo ya con los primeros pasos de Evo Morales antes de asumir el poder. Los viajes a Cuba y Venezuela son mucho más que un gesto, aunque como gesto valen más que cien programas. Fidel Castro y Hugo Chávez firmaron con Evo compromisos de asistencia técnico-financiera en materia de salud, educación y recuperación de la soberanía sobre las riquezas minerales de Bolivia. Con las dificultades propias de todo comienzo, a corto plazo esos planes económicos y sociales estarán a toda marcha y comenzarán a cambiar el rostro de Bolivia. Evo Morales y el MAS ganarán mayor espacio político y tendrán la oportunidad de avanzar en la organización de obreros, campesinos, estudiantes y clases medias.

Por todo un período la oligarquía local y el imperialismo estadounidense estarán a la defensiva y con poco menos que ninguna capacidad de acción política. Desde luego eso no significa pasividad de la contrarrevolución, que ya articula nacional e internacionalmente una campaña mediática apuntada a atacar la figura de Evo Morales, mostrándolo como un indio bruto, instrumento de Chávez y Fidel Castro.

En cuanto al imperialismo europeo, predominante en la materia más sensible hoy en Bolivia: los yacimientos petrolíferos y gasíferos, adelanta una posición negociadora, que presumiblemente incluirá la aceptación no beligerante de la nacionalización del petróleo, el gas y las refinerías. Las concesiones a que se verá empujado el nuevo gobierno para evitar un choque frontal con las petroleras europeas (Repsol de España y Total de Francia en primer lugar), traerá aparejados debates y conflictos dentro y fuera del gobierno. Ya los pasos dados respecto de los yacimientos mineros de El Mutún producen airadas polémicas. Pero todo indica que esa fase se cumplirá con un saldo neto a favor de la soberanía boliviana, la capacidad de absorción de riquezas que permitirá la realización de los planes sociales y la industrialización programados y el consecuente fortalecimiento del gobierno.

Mientras tanto habrá tomado cuerpo una nueva y cualitativamente superior tríada antimperialista en el escenario mundial: Cuba, Venezuela y Bolivia son a partir de 2006 la avanzada de un combate destinado a lograr, más temprano que tarde, la emancipación de América Latina.

Esta novedad modifica las relaciones de fuerzas -y no sólo a escala continental- siempre en detrimento del imperialismo en general y de Estados Unidos en particular. A su vez potenciará la convergencia suramericana sobre bases cada día más amplias de resistencia y confrontación con las multinacionales y el capital financiero internacional. La asunción en Bolivia de un gobierno basado en los obreros y campesinos es una victoria estratégica para toda América Latina. Hay buenas razones para comenzar el año con optimismo…

Washington trastabilla

PorLBenAXXI

 

A mediados del año pasado el secretario de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld, vistó Asunción y Lima. Viaje inusual para un cargo de su jerarquía. Con el gesto altanero que lo caracteriza -alentado además por las sonrisas aprobadoras que lo rodeaban- advirtió que Cuba y Venezuela estaban desestabilizando a Bolivia, Perú y Ecuador.
No todo era mentira y tergiversación en aquella advertencia. Algún asesor le había acercado un dato cierto a Rumsfeld: desde el punto de vista imperialista, Bolivia, Perú y Ecuador, ingresaban a un área de “desestabilización”. O para decirlo en otras palabras: era previsible que los tres países salieran de la órbita de Washington.
Seis meses después, la mitad de la profecía se ha cumplido. Bolivia giró 180°; Perú ya anuncia si no la certeza de una victoria antimperialista, sí el inexorable derrumbe del régimen actual; y Ecuador asegura que retomará de una u otra manera el camino truncado por la inconducta de su último presidente electo.
En el período transcurrido, sin embargo, ocurrió mucho más: en Mar del Plata el arrogante jefe del imperio sufrió una humillación sin precedentes. Todavía no se han medido las consecuencias del saldo en la Cumbre de las Américas.
No se ha medido ni proyectado la significación del centro gravitacional alternativo constituido por la Cumbre de los Pueblos y su colofón, el acto con más de 40 mil personas en el que Hugo Chávez describió los términos de la batalla en curso y concluyó que la alternativa histórica planteada es “socialismo o barbarie”. Y tampoco el acontecimiento paralelo, inesperado para muchos y en primer lugar para George W. Bush, cuando ante la embestida imperial para imponer el Alca en la reunión de 34 presidentes, emergió un bloque integrado por Brasil, Paraguay, Uruguay, Argentina y Venezuela, representado en el cónclave por los presidentes Néstor Kirchner y Tabaré Vázquez, que le dirían sencillamente No al emperador desnudo.
¡Qué falta de energía, de reflejos -y de coraje- en las fuerzas políticas de la región que desde entonces siquiera se han propuesto asumir el desafío y darle carnadura y vida propia desde los pueblos a semejante desplante frente al imperialismo! ¿Cómo condenar a éste o aquél gobierno vacilante si no se pone el pecho en la primera línea de este combate histórico?
Como quiera que sea -y en las páginas de esta edición están las pruebas- Washington trastabilla más aún que algunos de los gobernantes que, tras el desplante de Mar del Plata, sienten que el piso quema bajo sus pies y ensayan gestos de reconciliación.
Luego de la fallida Cumbre vino la incorporación de Venezuela al Mercosur. Y Estados Unidos pudo medir cómo aquella sistemática pérdida de terreno en Suramérica adoptó forma institucional.
La naturaleza dispar del bloque en gestación se manifesta en uno y cien signos. Pero ninguno llega, hasta el momento, a negar la dinámica de convergencia. Allí está, por ejemplo, el pago de las deudas con el FMI por parte de Brasil y Argentina. Para quienes desde hace un cuarto de siglo denuncian el ilegítimo e ilegal endeudamiento externo como un instrumento de saqueo y sumisión (Lula estuvo en la vanguardia de esa batalla aún inconclusa), pagar de una vez y sumados 25 mil millones de dólares es un acto injustificable: ¿cuánto podría hacerse con esa riqueza invertida en trabajo, educación, salud, en un territorio con 200 millones de personas en extrema pobreza y exclusión?
Ésa es, dicen en Brasilia y Buenos Aires, la manera que han hallado ambos gobiernos para quitarse el dogal del FMI. Bien, entonces ahora viene el resto: redireccionar drásticamente el sistema financiero de cada país, crear un fondo común suramericano, retirar hasta el último centavo de los bancos y centros financieros del Norte, avanzar hacia una moneda única regional, fortalecer un centro político que rompa la inercia de la Comunidad Suramericana de Naciones…
Estas decisiones urgen. El imperialismo trastabilla, pero no cae y sigue ejerciendo su poder con inteligencia y brutalidad. He allí, entre mil datos, el resultado de la reunión de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en Hong Kong, en diciembre pasado.
La OMC es la mesa de negociaciones donde los tres centros imperialistas de la economía mundial disputan, negocian y compensan su cada día más aguda batalla campal por los mercados. Y donde las burguesías subordinadas buscan intersticios para respirar. En Hong Kong, con la promesa de terminar con los subsidios al agro en el año 2013, Estados Unidos, la Unión Europea y Japón arrancaron mucho más que concesiones para liberalizar el intercambio mundial de servicios, obviamente en detrimento de los países subdesarrollados. Lo que en realidad obtuvieron fue un desplazamiento de países como Brasil e India del bloque que en el último período, con la formación del G-20, había puesto a la OMC al borde del estallido y la extinción.
El verdadero sentido de ese desplazamiento es que atenta contra la consolidación de un área autónoma en Suramérica. Washington lo sabe y ataca también por ese flanco con anzuelos para burguesías ambiciosas. Pero no es a los gobiernos -ni a sus cancilleres- a quien cabe la advertencia. La gran empresa de la unidad americana no tendrá destino si no es asumida por las víctimas del mecanismo triturador hoy dominante.

Acorralado, Bush embiste en el Cono Sur

PorLBenAXXI

 

Irak ya gravita con fuerza irresistible en la política interna estadounidense. El inicio de un movimiento antiguerra dibuja un cercano horizonte de tormenta para George Bush. La madre de un soldado muerto en Irak, acampada frente a la residencia de verano del Presidente, catalizó un sentimiento manifestado desde antes de la invasión.

El complejo militar-industrial y su epítome, la gran prensa, lograron acallar hasta ahora aquel sentimiento mayoritario de la sociedad estadounidense. Ya no más. Dos extremos simbólicos irrumpieron simultáneamente planteando el retiro de tropas de Irak: Joan Baez, la tenue voz que en los años ’60 inervó millones de voluntades contra la guerra de Vietnam, y Henry Kissinger, el chacal del Departamento de Estado en aquel período (luego Premio Nobel de la Paz).
Como para probar que la sutilidad y la ternura no están divorciadas de la firmeza inquebrantable, Joan volvió a pulsar su guitarra y su voz vibró otra vez contra la guerra. Por su lado, el estratega de la contrarrevolución mundial, a quien el odio visceral, el acúmulo de años y de crímenes no han menguado la lucidez, con apenas un matiz coincidió con ella: hay que retirarse… pero no es posible!
En un artículo publicado en The Washington Post el 12 de agosto, Kissinger dibuja con precisión la trampa en la que se encuentra el gobierno del bloque guerrerista de la burguesía estadounidense, del cual es máximo exponente intelectual. “Por la envergadura del desafío islámico, el resultado de Irak tendrá una significación aún más profunda que el de Vietnam”, advierte. Y su conclusión demuestra la gravedad de la encerrona: “es necesaria la cooperación (de los líderes del mundo occidental), no tanto en el plano militar como en la tarea política (…) un resultado catastrófico tendría graves consecuencias globales”.
Literalmente sitiado en su residencia de verano, Bush fue informado del deterioro de su imagen, que en realidad es la reversión de la victoria ideológica de los ’90: Estados Unidos, el capitalismo, ya no son el modelo aceptable y aceptado en el mundo; el imperialismo reaparece como enemigo de la humanidad; y la guerra comienza a cambiar las relaciones de fuerza en las entrañas del propio monstruo.
Entre otras medidas, la secretaria de Estado Condoleezza Rice puso en marcha una operación cosmética: una división especial incrustada en el Departamento de Estado, se encargará de un equipo de “respuestas rápidas” para contrarrestar la avalancha de condenas que, por las más diversas razones, se suman diariamente en el planeta contra Estados Unidos, con el rostro de Bush. Para desgracia de Rice, dos días después de anunciada la empresa, el pastor Pat Robertson utilizó su programa de televisión para proponer el asesinato del presidente venezolano Hugo Chávez. “Tenemos la capacidad de eliminarlo y creo que ha llegado el momento de ejercer esa capacidad”, dijo este buen cristiano, amigo íntimo de la familia Bush. Si la tarea de cambiar la imagen del presidente estadounidense parecía desde el inicio una misión imposible, luego de esta confesión y del impacto mundial que produjo, suena ridícula.

 

Divide y (con el dedo en el gatillo) reinarás

Antes de esta comprobación innecesaria, la Casa Blanca instrumentó otros medios, los únicos confiables para sus ocupantes. El secretario de Defensa Donald Rumsfeld viajó a Asunción y a Lima, a mediados de agosto. Allí convalidó la presencia de un batallón de marines haciendo maniobras a 200 kilómetros de Bolivia y sostuvo que Venezuela y Cuba desestabilizan a Bolivia, Perú y Ecuador. Simultáneamente, un subsecretario del Tesoro se reunía en Buenos Aires con el canciller Rafael Bielsa, con el ministro de Economía Roberto Lavagna y con numerosas autoridades del Banco Central, para activar un plan supuestamente destinado a impedir el financiamiento, desde Argentina, del “terrorismo internacional”.
El punto de apoyo militar en el corazón del Cono Sur es un dato insoslayable de la política estadounidense para la región. Se trata de una nueva base en el hemisferio. El radio de operaciones incluye a Bolivia, Argentina, Uruguay y, naturalmente, Paraguay. Pero en conjunto con otras bases en la región configura un cerco militar contra Brasil, el escollo más poderoso para la estrategia anexionista denominada Área de Libre Comercio de las Américas (Alca).
Es en este contexto en el que se inscribe la crisis del gobierno Lula (desde luego fundada en fenómenos de otra naturaleza) así como las renovadas presiones de Estados Unidos sobre los gobiernos de Uruguay y Argentina. Los estrategas del Departamento de Estado intentan frenar y revertir la dinámica que durante los últimos seis años le quitó a Washington la iniciativa política, instauró una línea de convergencia suramericana y le asestó sucesivas derrotas en todos los terrenos a la estrategia imperialista. Resta saber cuál será la respuesta desde Buenos Aires, Montevideo y Brasilia.

argentina: el peronismo fracturado ante las urnas

Kirchner en pos de un plebiscito

PorLBenAXXI

 

Elegir: el 23 de octubre próximo se renovará el 50% de los diputados y senadores del Congreso Nacional, así como de las legislaturas provinciales y los Concejos Municipales. Dos rasgos principales caracterizan este proceso electoral: la escisión del gobernante Partido Justicialista (PJ), como resultado del enfrentamiento entre el ex presidente Eduardo Duhalde y el actual mandatario Néstor Kirchner; y la virtual ausencia de una fuerza opositora por fuera del peronismo, mientras en las izquierdas se acentuó la división.

 

En medio de la apatía general comenzó el período legal de campaña para las elecciones del 23 de octubre, cuando se renovarán 126 de las 257 bancas en la Cámara de Diputados, y 24 sobre 72 escaños en la Cámara de Senadores. Los nuevos mandatos tendrán vigencia hasta 2009 en la primera, y hasta 2011 en la segunda. Los candidatos a diputados nacionales se votan en 24 provincias –total de distritos electorales en Argentina-, mientras que los postulantes a senadores se eligen en ocho provincias: Buenos Aires, Formosa, Jujuy, La Rioja, Misiones, San Juan, San Luis y Santa Cruz.

Contrasta fuertemente el desinterés de la ciudadanía –particularmente marcado en la juventud- con el tono de los discursos y el calibre de las acusaciones lanzadas ya desde el inicio de la campaña, el 24 de agosto, por la candidata a senadora Cristina Fernández de Kirchner, quien denunció un “complot desestabilizador”. Al día siguiente, fue el propio Presiente quien le puso nombres a los supuestos complotadores: “son Duhalde, Menem y Patti”, dijo Kirchner en un acto público en la ciudad de Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, distrito donde compite su esposa.

Se trata de los ex presidentes Carlos Menem y Eduardo Duhalde (actual presidente del Mercosur), y del ex comisario de policía Luis Patti, acusado por torturas y asesinatos. Días antes, el dirigente de una organización de desocupados Luis D´Elía, ahora aliado del oficialismo, había denunciado que Duhalde conduce “un cártel de tráfico de drogas”.

Kirchner atribuye a esa troika la promoción y el financiamiento de una creciente oleada de conflictos por demandas de aumentos salariales combinadas con una reactivación de los conocidos “piquetes”, que cortan rutas y calles céntricas sobre todo en la cuidad de Buenos Aires y a mediados de agosto acamparon durante una semana en Plaza de Mayo, frente a la Casa de Gobierno.

Más allá del significado coyuntural de esta denuncia de complot, su verdadera importancia estriba en que coloca en términos irreversibles la fractura del peronismo y muestra a Duhalde y Kirchner frente a frente, en una lucha por el poder de imprevisibles derivaciones.

El ex presidente Duhalde conduce el sector tradicionalmente más poderoso del Partido Justicialista (la provincia de Buenos Aires, con 17 millones de habitantes (sobre un total nacional de 36 millones), 14 de los cuales están concentrados en torno a la Capital Federal), cuenta con el respaldo de las cúpulas de los sindicatos industriales con mayor peso. Además tiene puntos de apoyo importantes en los sectores de la burguesía local y la iglesia católica que sostuvieron su gobierno de transición durante el convulsivo período entre el colapso que en diciembre de 2001 acabó con el gobierno de Fernando de la Rúa y la asunción de Néstor Kirchner, precisamente como delfín de Duhalde, en mayo de 2003. Por su lado Patti es, en efecto, aliado de Duhalde; pero Menem –reducido hoy a un espacio marginal en la política argentina- es probablemente su peor enemigo. Mientras que las fuerzas de izquierda que encabezan los reclamos sindicales difícilmente puedan tener siquiera un contacto de conveniencia puntual con las fuerzas tradicionales del PJ.

 

Fractura histórica 

La amalgama de la troika y la izquierda parece ser entonces un recurso extremo de Kirchner y su círculo íntimo, destinado a proyectar como fuerza política a la fracción peronista que lidera, el Frente para la Victoria (FpV). Pero ocurre que el mismo D´Elía que acusa a Duhalde como narcotraficante, días antes había denunciado que en el FpV “un 30 o un 40% de los intendentes del Gran Buenos Aires (provenientes de la estructura de Duhalde) son mafiosos”.

Esta nueva y presumiblemente irreparable fractura del peronismo es sin embargo el episodio truculento de un fenómeno mayor: el reacomodamiento de fuerzas políticas en un momento de transición histórica, a partir de una realidad de devastación económica, hecatombe social y completa desarticulación institucional legada por el llamado “neoliberalismo”.

El FpV vino a reemplazar a dos líneas de acción previas. La primera de denominó “transversalismo” y apuntaba a formar un “Tercer Movimiento Histórico” (objetivo intentado varias veces sin éxito en el pasado), con afluentes del peronismo, el radicalismo y sectores de la izquierda. Frustrado a poco andar ese intento, Kirchner optó por integrarse a la estructura tradicional del PJ. Sólo en el momento de confeccionar las listas de candidatos a diputados, en junio pasado, ante la evidencia de que continuaría con una mínima representación propia en el Congreso, resolvió apartarse del PJ y lanzar el FpV, apoyado en los sectores del antiguo tronco que dieron la espalda a Duhalde. Pero esta táctica, dejó por fuera a los sectores de izquierda sumados al oficialismo, entre otros a la única corriente con verdadera representación de base, encabezada por D´Elía.

La disputa por el número suficiente de legisladores que le permita a Kirchner gobernar sin subordinación al antiguo PJ es para él determinante y se define en la provincia de Buenos Aires. Por esto el mandatario dio dos pasos arriesgados: se lanzó él mismo a la campaña electoral –adelantándose dos meses al inicio legar de la misma- e hizo que su esposa, Cristina Fernández, actual senadora por la provincia de Santa Cruz, renueve su cargo como candidata por Buenos Aires, donde deberá competir con la esposa de Duhalde, Hilda González. El choque es así frontal e inocultable. Y deja a Kirchner como único dueño de la eventual victoria… o como víctima exclusiva de una derrota e incluso de un resultado intermedio.

La táctica tiene otras aristas punzantes: mientras Kirchner condenaba a Duhalde en su discurso en Bahía Blanca, el 25 de agosto, en el mismo momento éste, en su condición de titular del Mercosur, como representante argentino, estaba en una ceremonia oficial con el presidente uruguayo Tabaré Vázquez. Los hombres de Duhalde, fieles a la orden de no entrar en beligerancia directa con el Presidente, deslizan no obstante preguntas y desafíos problemáticos: ¿por qué el FpV lleva como candidato en la Capital Federal al actual canciller, Rafael Bielsa, que se pronuncia a favor del Alca (Área de Libre Comercio para las Américas), mientras Duhalde se presenta como abanderado de la Comunidad Suramericana de Naciones? ¿Por qué el Presidente no destituye a Duhalde de su cargo en el Mercosur?

 

Dispersión generalizada

Pese a la virulencia oficial en el ataque al PJ, no hay una verdadera delimitación programática entre ambas fracciones. La bancada del PJ en el Congreso –largamente mayoritaria frente al bloque kirchnerista- argumenta, sin mentir, que ha votado todos y cada uno de los pedidos del Ejecutivo al Parlamento. Y se burla de la idea de que los focos de tensión social deriven de un complot. Por otro lado, el oficialismo que enfrenta a la Unión Cívica Radical (UCR) en distritos importantes, va aliado a ella en otros. En la segunda provincia, más poblada, Santa Fe, el FpV parece condenado a perder frente al Partido Socialista (PS) respaldado por la UCR. Pero en Buenos Aires el PS va junto al Partido Comunista (PC) contra la UCR, el PJ y FpV. Mientras tanto, una alianza de una década entre el PC y el Movimiento Socialista de los Trabajadores (MST), denominada Izquierda Unida, se rompió en Buenos Aires, Capital Federal y otros distritos importantes, aunque se mantiene en otros. Y por si fuese poco fracasó a última hora una coalición capitalina entre un conjunto de organizaciones, personalidades y partidos (entre ellos el PC), dejando al corazón político del país sin siquiera una representación simbólica de un proyecto latinoamericano y revolucionario. Por último, el liberalismo conservador y la ultraderecha liberal más o menos camuflados carecen de todo punto de reagrupamiento y sólo pueden aspirar a gravitar –y acaso triunfar- en una versión híbrida encabezada por Elisa Carrió (ex UCR) y Enrique Olivera, un epígono del ex presidente Fernando de la Rúa en la Capital Federal. Como dato elocuente de una campaña donde no se discuten programas y por regla general parece haber desaparecido la memoria y el decoro, Carlos Menem se presentará como candidato a Senador por la provincia de La Rioja (y será electo), mientras que su compinche, el ex ministro de Economía Domingo Cavallo, tentará como diputado por la Capital Federal (a la fecha figura en las encuestas con el 0,3% de intención de voto).

Las proyecciones de los datos al comienzo de la campaña no garantizan, en modo alguno, el plebiscito que pidió Kirchner meses atrás, cuando dio paso al FpV y se lanzó personalmente a la batalla electoral. Es presumible que el alto porcentaje de aceptación de que goza, trasladado sobre todo a su esposa como candidata, cambie el panorama en las próximas semanas. Una victoria contra el PJ que sin embargo no fuese suficientemente contundente como para darle mayoría en el Congreso podría plantear un escenario de complicaciones en la gobernabilidad de la segunda parte de su mandato, que culmina en 2007. Sea como sea, la disputa electoral está por completo al interior de las estructuras que componen el todavía denominado “movimiento peronista”. Las izquierdas no han sabido posicionarse para receptar ese sentimiento predominante. Tal vez Kirchner lo logre.

 

cusco, ayacucho y ouro preto

Tropiezos de la unión suramericana

PorLBenAXXI

 

Opciones: exigencias populares perentorias combinadas con intereses de las clases dominantes imponen una tendencia a la unidad. En tres escenarios diferentes, quedaron expuestas las propuestas frente a una coyuntura histórica excepcional. La proclamación de una Comunidad Suramericana de Naciones, pese a su objetiva confrontación con la voluntad imperialista, es insuficiente para responder a las urgencias de la hora.

 

En el pequeño avión de ocho plazas que lo lleva de Cusco a Ayacucho para celebrar allí el 180° aniversario de la batalla final contra el imperio español, el presidente venezolano Hugo Chávez encuentra un modo singular de realizar el balance de la jornada anterior.
Trece países habían firmado el 8 de diciembre en la antigua capital incaica el Acta Fundacional de la Comunidad Suramericana de Naciones. Con la posibilidad de constituir el tercer bloque más importante del mundo en dimensión geográfica, cantidad de población y volumen productivo, esta potencial nueva entidad en el escenario económico y político internacional choca con los planes estadounidenses de anexar la región mediante el Alca (Area de Libre Comercio de las Américas). A la vez, tal como la perfila su acta de nacimiento, reducida a un proyecto de integración comercial-exportador, es insuficiente para responder a las crecientes demandas sociales que en los últimos años han sacudido y transformado el mapa político regional. Quien había puesto la impronta de la ceremonia fundacional fue precisamente la figura que más expectativas había creado en el Cono Sur, el presidente brasileño Lula da Silva. Por eso su discurso de clausura provocó desazón incluso en su comitiva. En templo imponente construido por los jesuitas frente a la Plaza de Armas cusqueña en el siglo XVII Lula enumeró las obras de infraestructura destinadas a integrar la región, pidió ayuda al Fondo Monetario Internacional y se congratuló por el envío de tropas brasileñas a Haití. Pero eludió toda mención a las dramáticas urgencias de 222 millones de pobres (entre ellos 96 millones de indigentes), y obvió los dilemas económicos planteados por la dependencia, el endeudamiento y el creciente intervencionismo militar estadounidense. Chávez no hizo este balance. A cambio, tomó un grueso libro con cartas y documentos de Bolívar («lo publicó Velazco Alvarado -dijo- es una colección como de 15 volúmenes») y se puso a leer en voz alta los decretos y resoluciones adoptados por el Libertador inmediatamente después de la victoria de Ayacucho.

 

De guerrero a gobernante

La voz del presidente venezolano se impone al rugido de las turbinas y sus acompañantes -ministros, altos jefes militares y, como invitado, el Director de América XXI- se ven empujados dos siglos atrás, en ese mismo escenario dominado como hoy por el atraso, la pobreza y el desamparo, pero ante un hombre que después de vencer al enemigo imperialista se redefine a sí mismo como «alfarero de Repúblicas». Y se aboca a la tarea de gobernante con la misma lucidez y coraje manifiestos en la guerra. La primera y más enérgica decisión de Bolívar fue la creación de cientos de escuelas, incluso escuelas exclusivas para niñas -«allí está Simón Rodríguez», acota Chávez.
De las medidas de gobierno se pasa a la eclosión de las luchas internas y el papel de los entonces embajadores de Estados Unidos a la Gran Colombia. Chávez lee un documento que revela la frontal oposición de Washington a la figura del Libertador. El canciller Alí Rodríguez Araque hace un cáustico comentario de actualidad. Es posible por un instante preguntarse si el avión vuela en el siglo XXI. Tras el aterrizaje y un breve viaje en helicóptero, será el arribo a la Pampa de Quínua, el lugar de la batalla.
La Historia está allí, silenciosa y elocuente, al pie del cerro Condorcunca. Sólo han concurrido los presidentes de Perú, Bolivia, Venezuela, Surinam y Panamá. Las autoridades peruanas excluyeron de la celebración a los descendientes de aquellos soldados cuyos gritos de coraje y de muerte tienen un eco en la mirada altiva y a la vez resignada, de insondable tristeza, de un aborigen que ha podido acercarse pero es rechazado por una funcionaria limeña. A lo lejos, varios centenares de campesinos que lograron aproximarse a pesar de todo, hacen oir su protesta cuando el presidente Alejandro Toledo inicia el acto con una ofrenda floral. Y vuelven a tronar sus voces, ahora expresando apoyo, cuando Chávez habla de ellos, de los excluidos y explotados de América Latina, y recuerda que tras Ayacucho vino la desunión y la frustración de los grandes objetivos de la emancipación. Y que aquella tarea inconclusa está planteada otra vez, dos siglos más tarde.

 

Propuestas ante la crisis

Una semana después se reunió en Ouro Preto, Brasil, la cumbre del Mercosur, para dar ingreso formal a Venezuela, Colombia y Ecuador, además de sumar a Guayana y Surinam. Esta vez estuvieron los presidentes Néstor Kirchner de Argentina, Nicanor Duarte de Paraguay y Jorge Batlle de Uruguay, ausentes en Cusco; los dos primeros por conflictos por el exceso de productos brasileños exportados a sus países y el último porque, en representación de la voluntad estadounidense en la región, se opone a la Comunidad Suramericana de Naciones.
En una contradicción sólo aparente, cuando los doce países suramericanos (y otra vez Panamá sumado a este bloque) convergen en un mismo ámbito de mercado común, se agravan los conflictos entre los dos socios mayores: Argentina y Brasil.
Los grandes empresarios brasileños impulsan a Lula hacia una política de unificación regional en su propio beneficio y a la vez traban esta dinámica al obrar frente las industrias de sus socios según el mismo mecanismo implantado por el imperialismo a través del llamado «neoliberalismo»: la ocupación hostil de áreas de mercado.
Lula reiteró en Ouro Preto su discurso de Cusco, pero allí estuvo Kirchner para recordarle que nadie puede «ignorar las asimetrías existentes ni perjudicar a los sectores internos de nuestros países, pues ello afectaría la propia integración». El presidente argentino hizo igualmente una advertencia imposible de disimular con fotos donde ambos mandatarios se abrazaron sonrientes: «ninguno de nuestros países es por sí mismo ni tan grande ni tan fuerte como para prescindir del destino regional». Pero esa afirmación regionalista, sumada a la ausencia en Cusco, dejó la duda respecto del curso de Argentina en relación con el proyecto de bloque regional timoneado por Brasil.
Ante una encrucijada obvia, eludida por todos con discursos tonantes como barril vacío, Chávez se tomó el tiempo que no tuvo en Cusco para exponer detallada y extensivamente su Agenda Bolivariana. Repitió su propuesta de un Fondo Latinoamericano conformado con las propias reservas de los países de la región, habló de la moneda única, puso a disposición cien millones de dólares para acometer de inmediato empresas de alfabetización y atención sanitaria masivas, reiteró su propuesta de Petroamérica, e insistió con una Televisión del Sur. Quedaron así planteadas tres posiciones frente a una coyuntura histórica excepcional, que repite en condiciones incomparablemente más favorables y en dimensión planetaria, los desafíos que América Latina afrontó en el siglo XIX.
El hecho es que en el actual contexto mundial, el neodesarrollismo keynesiano expansionista esgrimido por Lula no tiene base objetiva de sustentación. Los pronósticos más optimistas adelantan una caída de la economía mundial para los próximos años: del 4% (desigual y con porcentajes menores en los países centrales) de crecimiento promedio del PBI mundial en 2004, se pasará según estas previsiones al 3,1% en 2005 y al 3% en 2006. La caída del dólar provocada por el desmesurado déficit gemelo estadounidense y su impacto global, auguran cifras peores. Y alimentan el riesgo de un colapso financiero internacional, con indescifrables efectos sobre la economía y la política mundiales. Afirmar una estrategia con base en el aumento de las exportaciones garantiza el agravamiento de los dramas sociales sin ofrecer una mínima perspectiva de éxito en ese objetivo mercantilista. Por otra parte, huelga decir que estaría condenada al fracaso toda perspectiva que niegue o subordine la unidad de América Latina. Acaso por eso hubo un silencio tenso entre los presidentes reunidos en Ouro Preto cuando Chávez subrayó que venía de Cuba, donde acababa de firmar con Fidel Castro la Alternativa Bolivariana para las Américas.

2005: Bush vuelve a la carga

PorLBenAXXI

 

Pocos recuerdan que en el primer mes de este año -ahora mismo- debía entrar en vigencia el Area de Libre Comercio de las Américas (Alca). A tal punto quedó relegado aquel proyecto clave de la estrategia estadounidense, que se desdibuja también el significado de su fracaso. Y las causas que lo provocaron.
Como contrapartida, el 8 de diciembre trece países (Panamá se sumó a la América Austral) firmaron en Cusco el Acta Fundacional de una Comunidad Suramericana de Naciones. Por razones presumibles, los medios de incomunicación de masas olvidaron el Alca nonato tanto como desestimaron el simbólico inicio que tuvo lugar en la antigua capital del imperio Inca. Por motivos menos nítidos, también la intelectualidad y las izquierdas se desentendieron de ambos acontecimientos.
Se trata de una omisión cargada de mensajes y consecuencias: el pensamiento político -incluso el más avanzado- no previó cómo y por qué una línea de acción decisiva para Estados Unidos se estrelló en la región donde sus clases dominantes se mostraron más proclives a adecuarse a la voluntad imperialista; no percibe cuáles son las fuerzas hoy predominantes en el complejo damero de América del Sur; y no está a la altura del desafío político planteado en esta etapa histórica. Los dos cataclismos que en los últimos 20 años cambiaron el rostro y el rumbo de la humanidad -el derrumbe de la Unión Soviética y el colapso de la contraofensiva capitalista denominada ‘neoliberalismo’- arrastraron también al pensamiento político y su recuperación es todavía una asignatura pendiente.

 

Contraofensiva

No podía ser de otro modo: ante la derrota de un objetivo estratégico de la magnitud del Alca, Estados Unidos replantea sus fuerzas y lanza una violenta contraofensiva. El punto de partida podría situarse en la reunión de la Apec (ver pág. 24). O en el atentado terrorista que cobró la vida de Danilo Anderson. O, si se prefiere, en la designación de Condoleeza Rice como secretaria de Estado, de Porter Goss como nuevo director de la CIA, del General Bantz Craddock como jefe del Comando Sur; en las amenazas descaradas contra los gobiernos de Argentina y Brasil; en la aparatosa escala de George Bush en Colombia, de regreso de la Apec, para entrevistarse con el presidente Alvaro Uribe.
Estos y otros muchos acontecimientos recientes configuran la segura respuesta del imperio malherido. Frustrada la vía del Alca, Washington avanza de todos modos por el camino de la militarización de América Latina, el empleo de mercenarios para operar con métodos terroristas en toda la región, el despliegue de fuerzas para propósitos jamás descartados: la invasión a Cuba y la detonación de una guerra entre Colombia y Venezuela.
Basta errar un milímetro en la apreciación de este combate estratégico para anular la propia fuerza o, peor aun, ubicarse sin saberlo en el bando enemigo. Pero el acierto no resulta de la improvisación o la verbosidad.
El Acta Fundacional de la Comunidad Suramericana de Naciones es fruto de un movimiento defensivo de capas más o menos poderosas de las clases dominantes suramericanas, con el gran capital brasileño al frente, armado de un programa híbrido de desarrollismo y keynesianismo (ver pág. 16). Levanta una barrera contra el imperialismo, pero excluye la batalla principal contra la miseria, el analfabetismo y el desamparo. Busca la solución en la competencia y no en la cooperación, aunque procura algún grado de complementación regional para mejor competir en el mercado mundial, lo cual augura una política inexorable destinada a reducir el salario real y aumentar la tasa de explotación de quienes tengan trabajo.
Con todo, eso es insoportable para Estados Unidos e incluso para otros centros imperiales. De modo que, con diferentes recursos, está asegurado el aumento de la presión de Washington contra los tres centros mayores de esa hipotética comunidad del Sur: Brasil, Venezuela y Argentina. La nueva fase, por tanto, supone una tensión y confrontación de fuerzas sin precedentes en la historia suramericana: no es fácil asumir las exigencias de una victoria cuando el vencido cuenta con un poder desmesurado y los vencedores carecen del basamento teórico, la fuerza organizativa y la estrategia común capaz de sostener y proyectar sus triunfos iniciales.
Mientras tanto, continúa inarticulado un bloque de fuerzas continentales capaz de respaldar a esa escala la Alternativa Bolivariana para las Américas (Alba) firmada por Hugo Chávez y Fidel Castro en La Habana (ver pág. 18). El presidente venezolano, que en diferentes escenarios lanzó en las últimas semanas la propuesta de «una Internacional democrático-revolucionaria», debería ser escuchado con mayor atención por quienes saben, o al menos intuyen, que este año será un momento crucial para la definición del rumbo de nuestros países.

nuevo mapa continental

Cuatro elecciones

PorLBenAXXI

 

Balance: una nueva relación de fuerzas hemisféricas se hará visible con los resultados comiciales en estos cuatro países. Pero existe de antes. Y su conformación circunstancial, resultante de votos y partidos gobernantes, no será definitoria para el curso de la evolución política fundamental de la región. Un bloque antiestadounidense de hecho, a partir de bases sociales, fuerzas políticas e individualidades dirigentes del más diverso carácter y contenido, está ya en acto como protagonista. El voto estadounidense definirá los pasos inmediatos del imperialismo y alertará sobre el sentido en que marcha la sociedad del Norte.

 

Al finalizar la primera semana de noviembre, con los resultados de las elecciones presidenciales en Estados Unidos y Uruguay y para gobernadores y alcaldes en Brasil y Venezuela, quedará a la vista un nuevo mapa político continental. No es difícil, sin embargo, probar que esta nueva geografía hemisférica está delimitada antes de que la ciudadanía de esos cuatro países concurra a las urnas y puede ser marcada en su fundamentos: la hendidura profunda entre Estados Unidos y Suramérica se habrá ahondado; el gobierno de Washington deberá resolver -con prescindencia del nombre del Presidente- si retrocede de la catástrofe por él provocada en Irak o avanza en una guerra hacia toda la región. Pero sea cual sea la opción, y quien la aplique, agudizará la crisis interna estadounidense y empeorará a niveles sin precedentes el odio de los pueblos de todo el mundo hacia las autoridades de la Casa Blanca. Al otro extremo geográfico, los resultados numéricos de tres países hoy clave por razones diferentes en Suramérica, cambiarán el basamento social y las opciones estratégicas, pero también en cualquier hipótesis de resultado electoral se afirmará una perspectiva de, como mínimo, resistencia y confrontación con las políticas de devastación económica y agresión militar de Estados Unidos contra la región.

 

Tabaré Vázquez presidente 

Distribuida cuatro días antes de las elecciones en Uruguay, esta edición de América XXI asume que el domingo 31 de octubre habrá ganado el candidato del Encuentro Progresista-Frente Amplio-Nueva Mayoría. No es una expresión de deseos, a la hora obligada de enviar originales a la imprenta. Es el veredicto de todas las encuestas, la convicción de los analistas en cualquier punto del arco ideológico y, ante todo, la resultante lógica de la marcha sociopolítica de Suramérica como conjunto -y puntualmente de Uruguay- en los últimos años.

Con ese resultado, Estados Unidos habrá perdido un bastión decisivo empleado como palanca en la región para impedir la convergencia del Cono Sur, clausurar la marcha hacia la unidad del resto de Suramérica y sostener el cadáver del Alca (Área de Libre Comercio de las Américas) como perspectiva posible para el hemisferio. En otras palabras: el imperialismo ya no sólo estará en situación de no contar con la iniciativa política en el continente -como le ocurre desde 1999-, sino que habrá perdido el control del Sur.

Las legítimas dudas o certezas que en los más diversos ámbitos existen respecto del desempeño efectivo de un Presidente del bloque conformado por el Frente Amplio en Uruguay y la aplicación de un programa sostenido de transformaciones profundas (ver José E. Díaz, págs. 14-17), no contradicen, incluso en la peor de las hipótesis, esta afirmación. Y ése es precisamente el signo distintivo y trascendental de una victoria de las izquierdas en el país del Plata.

 

La incógnita brasileña

El primer turno electoral para gobernadores y alcaldes en Brasil dio como resultado un 17,15% para el gobernante   Partido de los Trabajadores (PT), en tanto el Partido Social Demócrata de Brasil (Psdb, encabezado por el ex presidente Fernando Henrique Cardoso), alcanzó el 16,54%. El Partido del Movimiento Democrático Brasileño (Pmdb), por su parte, estuvo apenas por debajo de esos porcentajes. En números redondos, el PT y el Psdb obtuvieron alrededor de nueve millones de votos y el Pmdb unos ocho millones.

Estos guarismos indican que el gran objetivo de la dirección del PT de alcanzar una mayoría neta y transformarse en el partido hegemónico del país, no fue conseguido. Hay un modo sencillo de graficar ésto: según los resultados de la primera ronda y las encuestas para la segunda, el PT habrá ganado alrededor de 500 de los casi 5.700 municipios de Brasil. No es poco respecto de los 200 que el PT controlaba, pero es la mitad del objetivo trazado por la dirección del partido antes de las elecciones. Sin embargo hay otro modo de observar estas cifras. El PT ganó en seis capitales (Belo Horizonte, Recife, Aracaju, Macapá, Palmas y Río Branco). Como señala un análisis de Mário Maestri y Gilberto Calil, dos ex miembros del partido gobernante, «sólo Belo Horizonte y Recife, capitales de Minas Gerais y Pernambuco, con dos millones 300 mil y un millón 470 mil habitantes, poseen importancia electoral, social y económica. La población de las otras cuatro capitales, sumadas, alcanzan un millón 200 mil habitantes, menos que la población de Porto Alegre».

En San Pablo, en cambio, corazón económico, político y poblacional del país, la candidata del PT Marta Suplicy salió segunda con el 33,4% contra el 40,6% de José Serra, del Psdb, ahora apuntado como victorioso en la segunda vuelta.

Más significativo aún, el PT retrocedió en centros fundamentales del proletariado del cual nació y sobre el cual se proyectó como fuerza nacional, como Campinas, San José dos Campos y Piracicaba; para sufrir una difícil afrenta en el centro industrial donde fue fundado, San Bernardo: allí el candidato del PT y ex titular de la Central Única de Trabajadores, el metalúrgico Vicentinho, no logró siquiera disputar la segunda vuelta. Lo mismo ocurrió en los bastiones originales del PT: Santos y San Andrés.

Tal como registran los autores citados, es en Río Grande do Sul y su capital Porto Alegre, donde la paradoja electoral del PT se verifica con mayor nitidez: «En 1996, Raúl Pont fue elegido (como alcalde de Porto Alegre) con el 52%. En 2000, Tarso Genro obtuvo el 48,7% en el primer turno. Ahora (…) Pont obtuvo (en primera vuelta) el 37%». En Río de Janeiro, el candidato petista quedó en el quinto lugar con el 6,3%. En Salvador, capital de Bahía, con dos millones 600 mil habitantes, el candidato del PT no llegó a la segunda vuelta.

Otro dato de contundente significación para observar el curso político brasileño es el resultado del partido que enfrentó al PT desde posiciones ultraizquierdistas: el Partido Socialista de los Trabajadores Unificado (Pstu) obtuvo a nivel nacional el 0,19% de los votos. Una corriente recientemente desprendida de las filas del PT, el Partido Socialismo y Libertad (P-sol), no presentó candidaturas.

Estos números muestran con claridad, sin probabilidad de cambio fundamental con los resultados de la segunda vuelta el 31 de octubre, que la política de resistencia y limitada oposición a la estrategia estadounidense -vigente ya desde el gobierno de Cardoso- no está apoyada ni definida con respaldo en los intereses de las masas campesinas y obreras y que el PT deberá gobernar sea haciendo mayores concesiones a los otros dos partidos con los que comparte igualitariamente el favor electoral, sea reasumiendo un programa y un accionar capaces de reconquistar el apoyo de sus bases originarias. Cualquier opción preanuncia un reacomodamiento de fuerzas que, a término, sacudirá al país de mayor gravitación en el continente (ver páginas 26 y 27).

 

Novena victoria electoral de Chávez 

En el último mes de campaña electoral en Venezuela el dato sobresaliente ha sido el desgajamiento de la oposición. Renuncia tras renuncia, la denominada Coordinadora Democrática ha dejado de existir. Algunos de sus principales exponentes, como el alcalde mayor de Caracas, desistió de presentarse a la contienda. Otros, como el gobernador de Zulia, denunciando fraude por adelantado, declara que no entregará su cargo.

Si bien un sector del arco político venezolano pone un signo de interrogación sobre el resultado en algunos distritos de importancia -el estado Zulia entre ellos, pese a que las encuestas dan un 53% al candidato bolivariano y un 47% al actual gobernador Juan Rosales- el saldo previsible una semana antes de los comicios está fuera de duda: Chávez obtendrá su novena victoria electoral consecutiva. Habrá más votantes en todo el país y un mayor número de personas se identificará con la Revolución Bolivariana, todo lo cual redundará en un fortalecimiento del poder político del Presidente, que desde hace semanas parece haber cambiado de objetivo principal a batir, arremetiendo contra la burocracia, la ineficiencia y la corrupción en el aparato del Estado y las empresas públicas, mientras acelera -con creciente apoyo de otros mandatarios de la región- en dirección a la creación de una Unión Suramericana de Naciones.

 

Fractura en la Casa Blanca

El enfrentamiento Bush-Kerry es sólo la expresión nominal y visible de una creciente división en las filas de la clase dominante estadounidense. Quien quiera que ocupe el Salón Oval de la Casa Blanca deberá lidiar ante todo con eso. Una victoria de John Kerry demostraría a los protagonistas fracturados del poder que una fuerza social hoy inexistente como tal pero con inconmensurable poder potencial, habría dado un paso fundamental hacia su conformación y transmutación en bandera política. El triunfo de George W. Bush indicaría la preeminencia del apoliticismo de una mayoría, el chovinismo, el atraso y el miedo en buena parte de la minoría que acude a votar. El primer caso, sería un toque de atención que las clases dominantes imperialistas no dejarían de atender y al cual, para confundirlo, dividirlo y eventualmente captarlo, le harían grandes concesiones en diversos planos. Uno de ellos interesa directamente a América Latina: quedarían postergados los planes de invasión militar a países de la región. La segunda hipótesis, en cambio, alentaría el belicismo imperialista. Hay análisis detallados para intentar contrarrestar el saldo a la vista de las otras tres elecciones en el Sur, mediante el uso de la fuerza militar, presumiblemente con Cuba y Venezuela como primeros objetivos. Que se apliquen o no en el corto plazo depende en buena medida de la señal que envíe la ciudadanía estadounidense el 2 de noviembre. Por eso no es lo mismo una victoria de demócratas o republicanos, las dos alas del partido único del imperialismo estadounidense. Del mismo modo que no es desestimable que el actual bloque antiestadounidense de gobiernos suramericanos tenga una u otra base social, una u otra dirigencia política, una estrategia de mera cosmética o de transformación verdadera de la realidad social.

suramérica como nuevo factor geoestratégico

Desplazamientos del poder mundial

PorLBenAXXI

 

Días atrás los habitantes de poblaciones cercanas a un reactor nuclear israelí recibieron pastillas antirradiación. Fue una medida preventiva adoptada por el primer ministro Ariel Sharon, quien poco antes amenazó con atacar a Irán y recibió la presumible respuesta de Teherán: «si lo intentan, barreremos del mapa a Israel».
Irán no tiene armas atómicas; y expertos en la materia sostienen que, en la mejor de las hipótesis, podría contar con ellas en tres años. Washington cree que el gobierno iraní apoya a la resistencia iraquí y ha resuelto alentar a Sharon contra Teherán. Por lo pronto, Israel ya ha desplegado misiles en posiciones capaces de alcanzar a Irán y calienta los motores de sus bombarderos F-15. Ante la explícita amenaza, el ministro de Defensa iraní Alí Shamkhani declaró el 18 de agosto a la televisión Al Yazira que algunos de sus comandantes consideran necesario golpear primero. Una hipótesis supone que esa táctica se llevaría a cabo mediante organizaciones islámicas como Hezbollah, operando desde Líbano. Este país quedaría en tal caso también como objetivo bélico para Israel, con el riesgo cierto de que la guerra se extendiera a Siria y arrastrara a Egipto.
El escenario está montado. En breve o a mediano plazo, la inexorable lógica de la guerra que Estados Unidos no puede ganar en Irak, se expande a la región. Y reaparece sobre el planeta la amenaza del uso de armas atómicas.

 

Gigante herido de muerte

No es George W. Bush quien empuja esta maquinaria diabólica. Es la crisis que atenaza el corazón del imperialismo. La guerra es una necesidad, un remedio que calma los síntomas, mientras acelera la enfermedad. Estados Unidos sufre hoy de un déficit gemelo de proporciones inconmensurables, que traba el funcionamiento del mecanismo capitalista y lleva a su destrucción. La sobreproducción de mercancías agudiza la competencia, acelera la caída de la tasa de ganancia y pone cada día en un escalón más alto la lucha por los mercados y el control geoestratégico. Estos son los motores de la creciente confrontación interimperialista.
El país más poderoso del mundo muestra saldo negativo tanto en su balance fiscal como en la cuenta corriente. Esta última tiene un déficit de 600 mil millones de dólares, equivalente al 6% del Producto Bruto Interno. Esto ocurre en parte por el desbalance comercial, pero también por una novedad: por primera vez en Estados Unidos, salen más divisas de las que ingresan. Los millonarios árabes, pero también los europeos y hasta los propios estadounidenses, no ven atractivos para invertir su dinero en Estados Unidos y optan por otras plazas. La Reserva Federal se ve obligada a subir la tasa de interés, pero debe hacerlo en proporciones homeopáticas para no acelerar la recesión. El punto medio hallado hasta el momento por Alan Greenspan tiene el raro mérito de provocar los dos efectos no deseados: aceleración del drenaje de divisas y enfriamiento de la economía.

 

Otro escenario

Para afrontar este descomunal déficit gemelo, Washington apela a un recurso de uso exclusivo: imprime moneda. Pero esto a su vez es un nuevo factor para empujar hacia abajo la moneda estadounidense: desde mayo pasado hasta hoy el dólar se devaluó un 5%. Y desde 2002 registra una caída del 23%.
Si por un lado aquella caída augura a término nuevos terremotos bursátiles, por otro produce fuerzas centrífugas entre los tres centros del imperialismo, con énfasis en la fractura entre Europa y Estados Unidos. Henry Kissinger traza una línea estratégica frente a ese fenómeno: «el alejamiento estructural estadounidense de Europa se está produciendo en un momento en que el centro de gravedad de la política internacional está trasladándose a Asia, donde las relaciones han sido de mucha menor confrontación (…) Rusia, China, India y Japón han tenido relaciones mucho menos belicosas con Estados Unidos que algunos aliados europeos». Sin explicitarlo, el ex secretario de Estado estadounidense reconoce que en Irak Washington confronta estratégicamente con la Unión Europea y quiere creer que Rusia, China, India y Japón «tienen interés, como mínimo, en alejar la posibilidad de una derrota estadounidense en Irak», mientras la UE necesita lo contrario.
Washington pretende, entonces, recomponer el cuadro político mundial colocando en su órbita a aquellos cuatro países, mediante una combinación de acuerdos y presiones extremas siempre basadas en su supremacía militar. Como alerta una y otra vez el comandante Fidel Castro, este curso de acción pone en peligro la subsistencia de la humanidad. Mientras tanto, en Suramérica se ha consumado en los últimos meses un bloque de gobiernos enfrentado con Estados Unidos. Gobiernos muy diferentes uno del otro en naturaleza y carácter, se ven compelidos a resistir de manera orgánica a escala continental; y al hacerlo cambian el cuadro de relaciones de fuerzas, no sólo latinoamericano y al interior de cada uno de los países de la región, sino a escala mundial: los acuerdos firmados en febrero último por la cumbre presidencial del Grupo de los 15, van exactamente a la inversa de las pretensiones estadounidenses. En otras palabras: frente al acelerado deterioro del sistema económico y político planetario, frente al belicismo estadounidense, hay una respuesta positiva desde América Latina. El fortalecimiento y la proyección de la revolución bolivariana tras el referendo que ratificó a Hugo Chávez coloca a Venezuela en la vanguardia política de esta respuesta a la crisis global. Y a Suramérica como una esperanza frente al curso desenfrenado del imperialismo.