Alba, Celac y los crujidos del planeta

PorLBenAXXI

 

No sabemos qué pasó, pero cuando nos despertamos el zorro estaba a cargo de proteger a las gallinas”. Thomas Mann, inefable autor alemán, entre sus sentencias luminosas registra una de cotidiana actualidad: “nadie escribe una oración completa sin denunciarse”. En tiempos de prensa amarrada al capitalismo en naufragio, del twitt como recurso de expresión sin esfuerzo ni compromiso, aquel aserto puede confirmarse minuto a minuto. Pero la oración con la que inicia esta columna denuncia mucho más que a su autor. Y permite entrever la gravedad del momento.

 

Es desechable la biografía del redactor de esa nota, publicada por el diario La Nación, el 29 de enero último en Argentina. Al servicio de las operaciones regionales de la CIA, defensor de dictaduras, burócrata de la la Cidh (Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA), peón de mano de la ultra-derecha latinoamericana, Santiago Cantón carece de la formación y el equilibrio suficientes para cumplir la tarea que esta vez le encomendaron: condenar a la totalidad de los gobiernos latinoamericanos y caribeños por haber entregado la presidencia de la Celac (Comunidad de Estados Latino Americanos y Caribeños) al presidente Raúl Castro. Y el hombre lo dijo todo.

Es lo de menos calificar desde Washington como “gallinas” a las burguesías y sus gobiernos. Y nadie se asombraría de que este funcionario intente descalificar al líder de la Revolución Cubana. El meollo de aquella confesión está en las primeras cuatro palabras: “no sabemos qué pasó”.

No lo saben. Ni los estrategas imperialistas, quienes desde oficinas sin ventanas al sol diseñan planes y, entre tantas vesanías, encargan artículos como éste que luego serán publicados sin editar por toda la “prensa seria” del hemisferio, comprenden qué está pasando. Por eso no pudieron instruir a su amanuense respecto de las causas por las cuales la segunda reunión de la Celac, realizada en Santiago a fines de enero, culminó con el traspaso de la Presidencia pro tempore al comandante Raúl Castro.

No es falta exclusiva de funcionarios del Departamento de Estado. Ocurre lo mismo, por regla general, en la inteligencia de políticos burgueses e incluso en buena parte del extendido arco de izquierdas, dentro y fuera de instancias gubernamentales en América Latina. Unos, empeñados en sostener a toda costa el statu quo; otros, convencidos de que basta con incentivar la presencia del Estado en la economía (con prescindencia de la naturaleza de clase de ese Estado) para sortear la crisis global. Unos y otros, aturdidos por los crujidos del sistema capitalista en sus centros principales.

 

Indicadores del derrumbe

Como sea, Cuba –expulsada de la OEA, excluida de la Cumbre de las Américas, bloqueada durante medio siglo– preside la Celac hasta 2014. Será un período de estrépitos en la economía de los centros imperiales; con tendencia permanente a la proliferación de la violencia y la guerra en prácticamente todo el orbe; con el fin de ilusiones sin fundamentos de restauración virtuosa de formas capitalistas; con una complejidad política sin precedentes. Un desafío sin igual para la Revolución Cubana y todos quienes comparten sus principios en cualquier ángulo del mundo.

Los tres centros del imperialismo han tenido éxito en impedir que la gran recesión iniciada con el colapso en 2008 se transformase en depresión. Pero no han logrado revertir la tendencia. Estados Unidos, la Unión Europea y Japón, siguen entre el estancamiento y la franca recesión.

La UE se desgrana. Ya no es sólo la caída económica. La lucha interimperialista se agudiza dentro del bloque y de éste contra los demás centros de la gran producción capitalista. Como agente de Washington Gran Bretaña traba el accionar de la Eurozona (EZ) contra la onda expansiva de la crisis. En Bruselas se levantan voces anunciando una línea de acción tendiente a expulsar a Londres de la UE y el león desdentado se adelanta, amenazando con un plebiscito para poner a votación la permanencia del imperio raído en la mayor contraparte de Estados Unidos. Pero ya no sólo la periferia de la EZ tambalea. Aún sin datos finales, 2012 dejó en la UE 26 millones de desocupados una caída estimada del 0,2% en el PIB, que desciende al -0,6% en la EZ. Alemania, la locomotora, parece quedar sin combustible con un crecimiento del PIB estimado entre 0,5 y 1% para el año pasado. Menos optimistas son los pronósticos en Francia: el ministro de Trabajo Michel Sapin cuestionó al presidente François Hollande y afirmó que gobierna “un Estado en total bancarrota”. Y agregó: “Es por eso que tuvimos que poner un plan de reducción de déficit en su lugar, y nada debería alejarnos de ese objetivo”. En términos sociales ese “plan de reducción de déficit” provocará efectos devastadores, que a su vez alimentarán una recomposición de sindicatos y partidos obligadamente en choque con el sistema.

Es más grave aún la situación en Estados Unidos. En sesiones inusuales coincidentes con las ferias de fin de año, el Ejecutivo logró in extremis incrementar los impuestos a quienes ganan más de 450 mil dólares anuales, contra la opinión de Barack Obama que pretendía fijar el piso en 250 mil. Será posible así recaudar 600 mil millones de dólares adicionales a

lo largo de la próxima década. En ese período el gasto aumentará alrededor de 4 billones de dólares (casi siete veces más del plus impositivo). La zozobra entonces simplemente se trasladó a marzo, cuando se discutirá en las Cámaras el verdadero tema: los recortes de gastos. La opción es evidente: gastos militares o derechos sociales.

Entre aquellas jornadas de ansiedad y confusión en el Capitolio y las que vienen en marzo, se difundió la mala nueva de una recaída en la economía estadounidense en el último trimestre de 2012: 0,1%, cuando en Wall Street esperaban un 1,1%. La contracción se atribuye a la reducción en el gasto militar del 22,2% en ese período. El PIB anual creció así un 2,2%. Los economistas del establishment calculan ahora un crecimiento del 1,5% para el año en curso. Será menos.

Mientras tanto, las estadísticas oficiales sitúan el desempleo en  7,8% general y en el 11,5% para los jóvenes de entre 19 y 29 años. Los propios organismos del área de trabajo en aquel país corrigen ambos datos para aumentarlos en alrededor de un 50%. Si, además, se contabilizara a la masa de excluidos que ya no busca trabajo y cae de los registros, las cifras se aproximarían a la verdadera catástrofe social que está viviendo el país más rico del mundo. Aun admitiendo la cifra de un 2,2% de crecimiento del PIB para 2012 y el pronóstico de 1,5% para 2013, es claro que la distancia entre el crecimiento anual de la demanda y la oferta laboral continuará ensanchando la brecha. 2013 verificará así un aumento del desempleo en Estados Unidos, en Europa y Japón, mientras numerosos especialistas advierten que la caída de la economía china será mayor a la esperada hasta mediados de 2012.

Es este derrumbe sistémico el que explica la dinámica guerrerista del imperialismo: al crimen contra Afganistán e Irak de la última década se sumaría la invasión a Libia primero, el acoso combinado contra Siria, la amenaza constante a Irán, y ahora la invasión a Mali, encabezada por Francia con el respaldo logístico de Estados Unidos, España y Gran Bretaña. Aparecen además las amenazas de Japón a China, el anuncio de ataque nuclear de Estados Unidos a Irán que acaba de hacer el ex secretario de Estado Henry Kissinger, los ataques aéreos de Israel a Siria y otros tantos ejemplos de una irracional carrera al abismo. Innecesario recordar el dispositivo militar y la multiplicación de bases militares con que Estados Unidos proyecta su intervención en América Latina.

Carece de fundamento concluir de aquí que los famosos Brics (Brasil, Rusia, India, China y Suráfrica) vendrán a salvar el capitalismo mundial y preservar el equilibrio planetario.

 

Relaciones de fuerza

Si se exceptúa el poderío militar, es inocultable la pérdida de peso y hegemonía estadounidense. Frente a ese dato obvio, hay dos maneras de entender la debilidad creciente de Estados Unidos en tanto centro organizador del capitalismo mundial y la creación de múltiples polos de poder universal: posibilidad para disputarle espacio al imperio en el mundo capitalista, u oportunidad histórica para quebrar la espina dorsal del capital y avanzar en la transición hacia el socialismo.

De la magnitud de la crisis económica, la lógica belicista del imperialismo, el estado de la clase obrera mundial y la resultante correlación de fuerzas, se desprenden las tareas y el inmenso valor estratégico potencial de la Celac.

Se trata de un bloque más que heterogéneo. El Alba (Alianza Bolivariana para los pueblos de Nuestra América) enarbola la estrategia de transición anticapitalista. El grueso de los miembros de la Celac, no. Por su lado, las burguesías de Brasil, México y Argentina no tienen los mismos intereses que sus pares de las economías menores. No obstante, una conducción articulada desde la perspectiva revolucionaria puede resultar decisiva.

El mundo no será el mismo si al Sur del Río Bravo se afirma un área de paz y se logra un frente único para frenar la marcha bélica de Washington sobre América Latina y el Caribe.

Ése es un primer y fundamental objetivo para la Celac, en torno del cual puede unificarse no sólo a los pueblos, sino a segmentos del capital, ellos también amenazados por la voracidad imperial. Dado ese paso, la Celac podría convertirse además en un nuevo y poderoso actor contra la amenaza de guerras en el escenario internacional. En la misma medida en que la guerra es la ultima ratio del capital, tal impedimento sería un golpe mortal a su estrategia.

Aunque en segundo plano, y pese a que la integración real jamás será alcanzada bajo hegemonía capitalista, hay también  espacio para intercambios científicos, complementación tecnológica, eventuales pasos en la articulación financiera (el siempre postergado Banco del Sur), transacciones comerciales y avances en recomposición cultural, un terreno particularmente fértil.

Sería propio del infantoizquierdismo subvalorar el logro que en sí misma supone la afirmación de la Celac. Es un arma potencialmente poderosa en el período en el que se dirimirá la gran confrontación mundial entre capitalismo y socialismo.

Dicho esto, sería igualmente pueril desconocer las contradicciones entre los componentes de la Celac. Remitida a los gobiernos, la relación de fuerzas imperante en ese conjunto es francamente desfavorable a la idea de revolución. Medida con base en el bloque del Alba más las fuerzas sociales desigualmente desarrolladas pero objetivamente enfiladas contra el imperialismo y las burguesías locales, el saldo cambia de signo.

He allí el reto estratégico que afronta no ya Raúl Castro desde la presidencia de la Celac, sino la vanguardia revolucionaria, hoy a la zaga de la crisis. El Alba está y puede seguir estando “un paso delante del caos”, como proponía el Che y repite Hugo Chávez.

En agosto de 1961, en Punta del Este, Ernesto Guevara se batió en soledad cuando la OEA repudió a Cuba. Días atrás, Raúl Castro recibió la presidencia de la Celac en Santiago, con el aplauso -más o menos sincero- de 32 gobiernos. No había allí diplomáticos de Washington. Es comprensible que al despertar de su prolongado ensueño los funcionarios farfullen “no sabemos qué pasó”. Para ellos inalcanzable, la explicación es simple: mientras cruje el mundo capitalista, al Sur del Río Bravo está en marcha la revolución. El Che debía estar allí para verlo.

Cristina Fernández ante opciones de hierro

PorLBenAXXI

 

Estanflación: el pase a la oposición de un sector clave del movimiento sindical desató los nudos de la parálisis social. A poco, se sumó el grueso de las clases medias. Por detrás, caída económica y elevada inflación. Ajuste severo. El gran capital se propone usufructuar el nuevo clima social y político. Sólo una drástica reorientación del Gobierno podría revertir la crisis y darle un rumbo latinoamericano al país.

 

Argentina salió de la anomia. Con el gran capital al acecho y el descontento creciendo en toda la pirámide social, en el marco de una sensible caída económica y grandes exigencias por la deuda externa, se suceden potentes movilizaciones sociales y el gobierno de Cristina Fernández mide el acortamiento de plazos para adoptar medidas de fondo frente a demandas cruzadas.

Como tigre cebado, la ultraderecha pasó de la tensión del salto al rugido salvaje; las garras de la bestia ya vuelan hacia la presa. La víctima no es la institucionalidad. No hay riesgo destituyente. Sí, en cambio, y muy grave, de estrechamiento del cerco y debilitamiento del centro de poder. Y las consecuentes imposiciones, en todos los órdenes, por parte de los núcleos tradicionales del capital (he allí la aprobación de la ley de Riesgo de Trabajo y la ley Antiterrorista). Como siempre, Estados Unidos mueve hilos tras bambalinas. La protesta social se conjuga con la fragmentación de la base que sustentó durante nueve años a los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández.

Sólo ha transcurrido un año desde que Fernández ganó por segunda vez la elección presidencial con el 54% de los votos. Hoy las encuestas registran una reversión drástica de aquellos guarismos y, según las consultoras más creíbles, su imagen negativa supera a la positiva, con ésta aproximándose al exiguo nivel de su peor momento, cuando ocurrió la confrontación con el conjunto de los productores agrarios, finalmente perdidosa.

 

Reversión de la tendencia

Como para graficar la extrema volatilidad de la Argentina actual, un mismo vuelco en la conducta política de las mayorías se dio dos veces, en sentido inverso, en apenas dos años. A fines de 2010, cuando inesperadamente falleció Néstor Kirchner, el gobierno de su esposa estaba debilitado al extremo. Sólo la fragmentación y el penoso desempeño del arco opositor daba alguna esperanza al oficialismo para las elecciones del año siguiente. Acaso con ayuda del impacto emocional causado por la muerte de Kirchner, tras una sucesión de duras derrotas oficialistas en lugares claves, la rosa de los vientos giró violentamente y Cristina Fernández ganó el 23 de octubre de 2011 con el 54% de los votos.

A partir de allí, un conjunto de medidas económicas no anunciadas durante la campaña electoral, sazonadas con un cambio sensible en el estilo político, produjo un reflujo acelerado del apoyo social a la Presidente. Un campanazo de atención sonó el 15 de diciembre (apenas cinco días después de la asunción del segundo mandato de Fernández), cuando el secretario general de la Confederación General del Trabajo (CGT), Hugo Moyano, hizo un acto masivo con un pliego de severos reclamos al Gobierno, de cuya victoria electoral había sido pieza clave.

Subas de tarifas, aceleración de la inflación, restricciones cambiarias (lejanas en todo sentido práctico a un efectivo control de cambios), hechos escandalosos de corrupción que involucraron al vicepresidente de la nación y hasta una tragedia ferroviaria que produjo 51 muertes y más de 700 heridos, todo acompañado por una sensible merma del giro económico, se conjugaron para alentar un nuevo e igualmente drástico giro en desfavor del oficialismo.

Mientras tanto, la Presidente pareció rearticular su base política de sustentación: enfrentó al aparato tradicional del Partido Justicialista (y en particular a Daniel Scioli, gobernador de Buenos Aires, ex menemista y delfín que espera en silencio su oportunidad para las presidenciales de 2015), volcándose a favor de un conjunto de jóvenes en su mayoría provenientes de la experiencia del Frepaso (coalición de corte socialdemócrata que, aliada con la Unión Cívica Radical, llegara al gobierno con la Alianza en 1999 y saliera eyectada por la crisis en los días turbulentos de fines de 2001). En ese mismo movimiento, reemplazó el respaldo de la CGT de Hugo Moyano por el del sector denominado “los gordos”, cúpula sindical que acompañó a Carlos Menem y tiene figuras como Gerardo Martínez, de la Construcción, denunciado por el propio Gobierno como agente de inteligencia del ejército durante la dictadura militar.

En suma: el gobierno perdió el apoyo del sector más enérgico del movimiento sindical; se enajenó al grueso de las capas medias: inflación, retracción económica –el crecimiento pasó de casi el 8% en 2011 a un estimado del 1% en el corriente año– y las obligadas medidas económicas de ajuste, que desde luego afectaron con mayor dureza a los asalariados y pulverizaron los montos de los subsidios para desocupados beneficiarios de “planes trabajar”; con su giro político chocó de frente con el añejo aparato peronista, envalentonando además al conjunto disperso y sin rumbo de la oposición burguesa.

 

Irrupción social

Sobre esta argamasa, la CGT dio un paso decisivo con una concentración de masas frente a la Casa de Gobierno, en Plaza de Mayo, el 27 de junio. El durísimo discurso de Moyano, con reivindicaciones económicas para el conjunto de trabajadores y jubilados, cambió no sólo el clima político, sino las relaciones de fuerzas sociales. Sería esto lo que seis semanas más tarde se manifestaría de manera insólita: una convocatoria por medio de las redes sociales, sin partidos, sindicatos ni dirigentes reconocidos de ninguna especie, llevó a las calles de todo el país a cientos de miles de personas el 13 de septiembre. Sólo en la Capital Federal, las cifras más conservadoras aluden a 200 mil manifestantes, mientras que los más entusiastas aseguran que hubo 500 mil. Era la clase media, con predominancia de los sectores altos. Por detrás, se relamían  los portavoces del gran capital.

Días después, el 27, la CGT se reunió en Huerta Grande y La Falda, localidades históricas para el movimiento obrero, donde aprobaron un documento de 21 puntos que ya daba consistencia mayor a la rebeldía sindical. Entre esos puntos figuran: “1) Política Internacional. Continentalismo. Unidad Regional. Bloques contra hegemónicos. Mercosur/Unasur. 2) Defensa Nacional. Hipótesis de conflicto. Caso Malvinas. Caso Sector Antártico. 3) Desarrollo Industrial Sustentable. Desarrollo Agropecuario y Agroindustrial Sustentable. Innovación tecnológica. Fomento de las economías regionales. Complementación con las economías de la Región (…) 6) Ley Nacional de Transporte para desarrollo de una red de áreas ferroviaria, marítima, aeronáutica, fluvial y de carga. 7) Sistemas Financieros estatal y privado. Banco del Sur. 8) Estadística real de evaluación de parámetros de inflación y evolución salarial. 9) Distribución de la riqueza: análisis de la evolución histórica y estado actual. 10) Reforma tributaria: progresividad. Ley de coparticipación Federal (…) 12) Políticas para la eliminación de la indigencia y la pobreza con una plena fijación de las mismas en el concepto de la Justicia Social (…) 15) Tierra y Vivienda. La integridad territorial Argentina. Propiedad de la Tierra y función social. Estudio de la problemática de la migración interna y el acceso a la tierra y la vivienda. Propuesta de planes viables de vivienda de inmediata implementación (…) 17) Seguridad Social. Asignaciones familiares. Jubilación. Mejora del haber. 82% móvil”.

Otro hecho impactante ocurrió el 8 de noviembre, cuando nuevamente el mecanismo de las redes sociales fue utilizado para convocar y tuvo una adhesión que conmovió al país, volcando multitudes en todas las capitales y cientos de ciudades del país. Finalmente, esta dinámica desembocó en el paro convocado por la CGT, acompañada por el sector no oficialista de la Central de Trabajadores de Argentina (CTA)  y todas las izquierdas, con excepción del Partido Comunista. Pese a no tener la adhesión de los gremios industriales, a través de sus direcciones comprometidas con el Gobierno, el 20 de noviembre se paralizó el país. La magnitud de la adhesión sorprendió incluso a sus organizadores. Y cambió drásticamente el escenario político, en detrimento del Gobierno pero también de los partidos políticos de la burguesía. Todo esto provocó ostensibles fracturas en el elenco gobernante.

 

Escalada de conflictos

Es en este clima que un tribunal de Nueva York falló a favor de los llamados “fondos buitres”. Kirchner firmó en 2005 un decreto aceptando la jurisdicción yanqui para los bonos argentinos. Es improbable que la prepotencia imperial llegue al punto de arrastrar nuevamente al default a Argentina. Pero está claro que, sea cual fuere el desenlace inmediato, el país ha quedado nuevamente empantanado en un endeudamiento ilegal e ilegítimo, probadamente impagable.

Durante 2012 el Gobierno perdió la calle y la iniciativa. Le urge recuperar ambas o el retroceso será mayor. Fuentes oficiales indican que se realizaría una concentración masiva el 10 de diciembre, aniversario de la asunción de Fernández el año pasado. El cuadro económico y político actual, no obstante, requiere una reorientación estratégica que enfrente al gran capital local y extranjero con un programa radical de transición anticapitalista, basado en la organización política de las masas con una propuesta revolucionaria. No queda espacio para una tercera vía. Lo contrario, sería afrontar los tres años restantes de gobierno bajo la férula del imperialismo y con la creciente demanda de los trabajadores.

 

 

Fascismo iberoamericano

PorLBenAXXI

 

Además de imágenes de desesperación y violencia, desde España llegan otras noticias: el franquismo redivivo se propone crear en América Latina una Internacional Parda, a la que ha bautizado Partido Popular Iberoamericano (PPI). “Tenemos –dijo la secretaria general del PP de España, María Dolores de Cospedal– buenas relaciones con partidos hermanos de Iberoamérica, del Norte, Centro y Sur y de Portugal, pero no una gran organización (…) un partido iberoamericano y americano que permita tener una organización política global de centro-derecha a los dos lados del Atlántico”, en condiciones de “enfrentar el populismo y la antipolítica”.

Al mando efectivo está el ex presidente José María Aznar. Detrás de él, la ultraderecha europea y estadounidense, que lo financia y cubre apariencias a través de la Faes (Fundación para el análisis y el estudio social).

El nonato Partido Popular Iberoamericano se proyecta como extensión del existente a escala europea (cuenta con 73 partidos de 40 países) y toma como modelo al Partido Popular de España, contra el cual se levantan las masas de aquel país, otra vez a manos del franquismo y en tirabuzón por el abismo económico y la confrontación social. “Es responsabilidad del centro-derecha político iberoamericano, como en su momento hicimos en España, dejar a un lado las diferencias para construir grandes alternativas”, abunda Cospedal.

 

Cambio de tono

Extemporáneo, absurdo, el propósito tiene sin embargo fundamentos sólidos. En las principales economías latinoamericanas el desarrollismo tardío repite su historia y vuelve a mostrarse impotente. Como en los años 1950 y 1960, al cabo de un fugaz período se revela como máscara engañosa del crecimiento. Y bajo el camuflaje de índices equívocos reproduce desigualdad y superexplotación, mientras la pobreza sigue imperturbable su tendencia ascendente. También reiteró su capacidad, hay que admitirlo, para confundir y arrastrar a innumerables cuadros políticos que pudieron tener mejor destino.

Sobreviene así otra vez el estrangulamiento. Varios países de América Latina están ya de lleno o al borde de una crisis clásica de proporciones mayores a las del pasado, por lo mismo que hoy se inscribe en un mundo en el cual el agujero negro, con su poderosa fuerza de irrefrenable succión, está en los países centrales.

Así, quiéraselo o no, la región avanza hacia el choque entre revolución y contrarrevolución. La mixtura híbrida de socialdemocracia con neodesarrollismo, dominante en las últimas décadas en más de un elenco gubernamental de la región, no puede frenar esa marcha.

A diferencia del período en que aquel experimento de salvataje capitalista tuvo su hora de gloria, medio siglo atrás, en la reiteración del fracaso hay una alternativa visible para los millones de seres humanos acosados por el capitalismo. Con los países del Alba se yergue una propuesta lúcida, autóctona, potente, para acometer la transición al socialismo.

Se entiende entonces que el fascismo contemporáneo pretenda expandirse hacia estas latitudes. Un aparato internacional organizado desde los centros imperiales, para articular la respuesta fascista a la crisis del sistema en América Latina. Eso pretende ser el PPI.

 

Reemplazo

Reiterando la secuencia vivida en España, Aznar viene con su proto PPI a reemplazar a Felipe González y su extensión, José Rodríguez Zapatero, es decir, la socialdemocracia. Testaferro de la Internacional Socialdemócrata para la penetración del imperialismo europeo en América Latina, el Psoe actuó como punta de lanza para desviar y corromper procesos y cuadros revolucionarios. Agotado su papel, cuando las dificultades arrecian y el progresismo ya no cotiza, desde Bruselas y Washington apelan al fascismo del siglo XXI. El capital necesita ahora que el puño sanguinario reemplace a la urbanidad reformista. Hace décadas una mente lúcida lo resumió: los socialdemócratas son los porteros del fascismo.

Encargado de armar la estructura del PPI está José Ramón García Hernández, secretario de Relaciones Internacionales del PP. Cuenta con el Partido Republicano de Estados Unidos y Renovación Nacional, del presidente chileno Sebastián Piñera. Son “organizaciones hermanas”, explica García. Álvaro Uribe, ex presidente de Colombia y Mauricio Macri, alcalde de la ciudad de Buenos Aires, son también de la partida. Por cálculo electoral, Macri se mantiene tras bambalinas. Colaboran igualmente plumas previsibles como las de Mario Vargas Llosa y Jesús Montaner, entre otros portavoces de la CIA. La mesa está servida. Según García, el objetivo demorará “algunos años en implantarse, pero en un año y medio podrían sentarse las bases para comenzar a constituirse”. Cospedal tiene otros planes: espera que la Internacional Parda “fragüe en algunos meses”.

 

Espacios

En el espejo de estos movimientos estratégicos del gran capital internacional aparecen con mayor claridad las carencias de la respuesta anticapitalista. Pasó mucho tiempo desde que el presidente Hugo Chávez convocó a la edificación de la V Internacional. No sólo las diversas variantes del extenso arco socialdemócrata y neodesarrollista faltaron a la cita. El sinuoso y ahora acelerado proceso de recomposición de fuerzas en América Latina y el Caribe, no puede demorar su responsabilidad.

 

 

Venezuela votó otra vez por la transición al socialismo

PorLBenAXXI

 

Ratificación: el pueblo venezolano votó por segunda vez a favor del camino al socialismo. Tras 14 años de gobierno de la Revolución Bolivariana; tras la sucesión en los últimos meses de desastres naturales y otros provocados por sabotajes; pese a la campaña sin precedentes para convencer al mundo de que ganaría el candidato único de la oposición, con 8 millones 200 mil votos Hugo Chávez aventajó por 11 puntos al representante de la burguesía. Esa diferencia paralizó el propósito de denunciar fraude. El Plan República disuadió con un impecable despliegue nacional la amenaza opositora de apelar a un “Plan B”. También el Psuv y los Consejos Comunales estaban en alerta y dispuestos a defender el triunfo. El candidato de la MUD reconoció la derrota en rueda de prensa antes de la medianoche. Chávez ganó en 22 de los 24 distritos (21 Estados más Caracas). Victoria perfecta la denominó Chávez. Derrota perfecta, en medio de la crisis capitalista mundial, entendieron en Washington.

 

Venezuela seguirá transitando hacia el socialismo democrático del siglo XXI”, dijo Hugo Chávez en la noche del 7 de octubre, ante una multitud reunida en Miraflores para celebrar la victoria.

Con esa bandera, materializada ya en incontables conquistas de las masas, hizo su campaña el candidato. Y la ratificó sin demora como vencedor.

América Latina estuvo en vilo esa jornada y el período previo. Una campaña opositora teledirigida y financiada desde Washington, de dimensiones jamás vistas y con admirable capacidad de penetración, había instalado la idea de que la coalición burguesa ganaría y la Revolución Bolivariana fracasaría. La propuesta de transición al socialismo pasaría al desván de la historia.

El estupor y desencanto ante los resultados estuvo a la medida de la falsa expectativa creada. Estrategas y operadores del capital habían creído su propia fabricación y el resultado los sumió en la parálisis y la depresión. La contraofensiva que Washington vehiculiza en el último período para rehacer su situación en el hemisferio sufrió un brusco frenazo. Hubo sorpresa también en intelectuales y progresistas, convencidos por la hábil campaña psicológica de la segura derrota de la Revolución Bolivariana. Y alivio para aliados vacilantes y expectantes ganados a medias por esa abrumadora manipulación de conciencias. Para los más, para quienes no dudaron y sólo esperaban la confirmación del triunfo, fue la hora de la alegría desbordada y la satisfacción profunda.

Con inusual atención de todos los sectores a lo largo del continente, la 16ª elección realizada en Venezuela desde diciembre de 1998 culminó con la victoria de Hugo Chávez: 55,13% de los votos y 11 puntos de distancia frente a Henrique Capriles Radonski, el caricaturesco candidato prefabricado por el imperialismo. Es la 15ª contienda electoral que el programa de la Revolución gana en ese lapso. La restante, perdida por menos de un punto porcentual, fue admitida por Chávez antes incluso de que el Consejo Nacional Electoral (CNE) diera cifras definitivas. Nada de esto basta a quienes continúan calificando a la revolución de dictadura y al líder como tirano.

Imperialismo no es un concepto abstracto. Mucho menos un adjetivo. Molesta su repetición, pero es obligada porque se trata de una fuerza actuante, omnipresente en el fragor de la crisis, que en el caso de la elección presidencial en Venezuela tensó todas sus capacidades para imponer un candidato. Y perdió.

Ambos factores están cargados de consecuencias trascendentales: su involucramiento y su derrota.

Concentraciones que en masividad, fervor y alegría no registran antecedentes, culminaron el 7 de octubre con el voto de 8 millones 200 mil mujeres y hombres que respaldaron por segunda vez un programa explícitamente socialista. Seis millones de copias de ese programa de transición al socialismo fueron distribuidas durante la campaña por la militancia del Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv), y éste discutido casa por casa en todo el territorio nacional. La sobresaliente elevación de la conciencia política de las masas –de la cual este esfuerzo militante es sólo un componente– otorga un contenido singular al voto. Y al triunfo.

Así, avalado por una limpia, masiva y contundente victoria electoral, el renacimiento del socialismo se reafirmó en Venezuela y afianzó su proyección latinoamericana y mundial. Además, esto supone oxígeno suplementario a gobiernos de la región encaminados por una “tercera vía”; y un escollo gigantesco para la contraofensiva imperialista en la región. En suma: más espacio geoestratégico para la dinámica de convergencia regional en Unasur y Celac (Unión de Naciones Suramericanas y Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños) o, lo que es lo mismo, un nuevo estrechamiento del margen de acción político, diplomático y económico para Estados Unidos, precisamente en el momento en que la crisis del sistema marcha con el torpe paso devastador de una bestia gigantesca.

 

Primeras conclusiones

Llevará tiempo sopesar todas las consecuencias de este resultado electoral. Por lo pronto, sobresalen los siguientes aspectos:

votó el 80,67% del padrón. El voto no es obligatorio y ese grado de participación refleja a la vez la elevada politización del conjunto social y la polarización drástica del electorado frente al proceso de revolución pacífica;

no hubo un solo acto de violencia. El Plan República, a cargo de la Fuerza Armada por disposición constitucional desde la IV República, bajo el mando del general Wilmer Barrientos desplegó un impecable operativo gracias al cual no se registró ningún incidente;

por primera vez en 14 años, la oposición reconoció sin rodeos el resultado comunicado en horas de la noche del 7 de octubre por el Consejo Nacional Electoral. Con una diferencia de 11 puntos y a sabiendas de que el Psuv tenía todo dispuesto para aplicar el “plan Che” (forma creativa y elocuente de denominar la réplica a la amenaza de aplicar su “Plan B”, es decir, desconocer los resultados y salir a la calle), la denominada Mesa de Unidad Democrática (MUD) reconoció sin demora la victoria de Chávez y afirmó explícitamente la legitimidad de los comicios, descartando cualquier denuncia de fraude;

con ese reconocimiento quedó clausurada toda posibilidad de cuestionar desde la oposición –pero también desde Washington- la legitimidad del gobierno revolucionario según las reglas de la democracia burguesa;

a última hora la revelación de un programa económico idéntico al que está aplicando el FMI en países como Grecia y España dio lugar a fracturas y deserciones en la coalición opositora;

pese a todo, la MUD logró polarizar el sentimiento antichávez. Engrosó su base social propia con sectores descontentos de las clases medias altas, con franjas maleables de las capas más desposeídas sobre las que se actuó con dinero y promesas y, último pero no menor, con un contingente disperso y probablemente muy numeroso de funcionarios, intelectuales e incluso profesionales cercanos a la revolución que se dejaron convencer por la eficiente y abrumadora campaña según la cual “Capriles ya ganó”. En las horas previas a la elección fue dable ver el giro incluso explícito de personas insospechables, que por recónditas pulsiones dejaron aflorar su rechazo a la continuidad acelerada del proceso revolucionario, dando rienda suelta a sus temores frente a lo que preveían como segura victoria opositora. Con ese heteróclito conjunto la MUD congregó el 44,25% de los votos;

al día siguiente de la elección las figuras principales de los otrora partidos dominantes en Venezuela (Acción Democrática y Copei, socialdemocracia y socialcristianismo), tomaron distancia de Capriles como presunto jefe de la oposición. Abandonado también por su brazo más visiblemente ornado con la cruz gamada, Leopoldo López, Capriles se refugió retomando la gobernación del Estado Miranda, donde disputará el 16 de diciembre con el saliente vicepresidente Elías Jaua. Esto subraya el hecho de que la MUD no sólo corre el riesgo de fragmentarse en la campaña para gobernadores de diciembre y para alcaldes en abril, sino y sobre todo que Capriles no afirma un liderazgo sobre ese conjunto, puesto así en situación de dispersarse en el próximo período;

Capriles fue el mínimo común denominador de las clases dominantes venezolanas teleguiadas desde Washington. Las características personales del candidato revelan a primera vista cuán bajo está ese factor común y, en consecuencia, cuán escasas son las perspectivas de recomposición electoral sostenida para la burguesía;

peor aún: para ocupar el espacio que alcanzaron en términos electorales, las clases dominantes se vieron obligadas a una autonegación sin precedentes y con inevitables derivaciones: los asesores de la MUD guiaron a su candidato por un discurso de campaña prácticamente indiferenciable del de la Revolución Bolivariana. Sin límites para el cinismo, Capriles llegó a decir que mantendría las misiones y permanecería en el Alba. En un exceso propio de su horizonte intelectual y moral, llegó a decir que, comparado con Chávez, él era “marxista leninista” (sic)… porque defendía más los derechos del pueblo. Capriles ocultó su programa, travistió sus objetivos y negó con desprecio a los dirigentes y partidos que lo apoyaban, en la certeza de que hacer lo contrario le restaba votos en proporciones definitivas. La burguesía intentó camuflarse para ganar votos. Y perdió. Al candidato vencido le resultará igualmente imposible sostener o contradecir su propio discurso, por lo cual su límite electoral está sellado;

las primeras previsiones y mediciones con vistas a los comicios estaduales de diciembre indican la gravitación del resultado favorable a Chávez en las presidenciales, volcando pronósticos negativos para la revolución en Estados clave como Zulia y Bolívar. No obstante ello, también en el Gran Polo Patriótico, la coalición en torno a Chávez, se hacen sentir las fuerzas centrífugas y el Partido Comunista anunció que no acompañará al Psuv en cuatro Estados: Bolívar, Portuguesa, Mérida y Amazonas. En esa cuerda, la oposición izquierdista a la candidatura de Chávez ya no cuenta como factor electoral: el candidato Orlando Chirino obtuvo el 0,02%;

como sea, la tendencia indica nuevas victorias electorales en los Estados y la eventual recuperación de gobiernos perdidos, sea en comicios anteriores, sea por deserción de gobernadores elegidos tras la figura de Chávez. Aunque se trata de una batalla por librar, es presumible que a partir del 17 de diciembre el gobierno revolucionario central tenga mayor apoyo también en los gobiernos estaduales.

 

Justicia e injusticia electoral

En cualquier contienda electoral burguesa, en cualquier parte del mundo, el 55,13% sería reconocido como formidable y definitiva victoria. No obstante, a la vista de la obra realizada por la Revolución Socialista Bolivariana, tales guarismos pueden interpretarse como saldo electoral mezquino. Si se tiene en cuenta la labor de reivindicación social y humana del gobierno revolucionario (derechos políticos para el conjunto de la población, salud, educación, vivienda, trabajo, salario, jubilación…), cabe preguntarse por qué una franja que podría sumar el 30% de los 15.010.584 electores que concurrieron a votar –sobre un total de 18.606.798 inscriptos– respaldó al candidato y al programa que, en la hipótesis negada de acceder al gobierno, se hubiese vuelto furiosamente en contra de las conquistas socialmente cualitativas logradas por esos sectores en la última década.

Respuestas inmediatas apuntan al malestar de sectores sociales con determinados candidatos, a la ineficiencia, la corrupción, incluso el autoritarismo en las escalas más bajas del aparato estatal. De todo eso hay, con certeza. El propio Chávez machacó en su campaña, en explícito tono autocrítico, la necesidad de ser más eficientes y acabar con la corrupción, mal enquistado durante más de un siglo en el Estado y la sociedad venezolanos como resultado insoslayable de la fabulosa renta petrolera en una sociedad capitalista.

Son respuestas parciales, tangencialmente complementarias, sin embargo, que soslayan el nudo del problema: las dificultades políticas de cualquier revolución para producir el cambio cultural que supone la transición al socialismo se multiplican cuando esa transición es pacífica, mediante los mecanismos de la democracia burguesa y en el marco del Estado capitalista.

La propia práctica de las campañas electorales, en ese contexto, es una fuente de ineficiencia y también de corrupción: ¿cuántas horas, días y meses han debido dedicar los cuadros de la revolución en 14 años para ganar 15 elecciones y perder una por menos del 1%? ¿cuántas vías se abren en tales situaciones para desviar recursos hacia objetivos no ya ajenos, sino contrapuestos con las necesidades profundas de la recreación educativa, cultural y moral de las masas en una revolución?

Pocos, si acaso alguien, propondrían salir de esa encrucijada por la vía de la acción violenta. Para el Psuv es una opción descartada. Sólo la irracionalidad y la desesperación de los estrategas imperialistas, violentando la probada limpieza democrática del sistema político venezolano, una y otra vez ratificado en comicios transparentes a los ojos del mundo, podría sacar del carril actual a la Revolución Bolivariana. Chávez ha dicho y repetido que ésta es una revolución pacífica, pero no desarmada. Fue precisamente esto último, palpable en el despliegue del Plan República, en las milicias populares y la disposición del Psuv y los Consejos Comunales, sumado a la amplia distancia porcentual de Chávez frente a su rival, lo que hizo a los estrategas de Washington emitir la orden de acatamiento del resultado comunicado por el CNE. Esto y sólo esto explica el giro de Capriles y la MUD, después de haberse negado durante meses a asegurar que reconocerían la autoridad del CNE. En la emergencia, optaron por valorar el porcentaje alcanzado y apostar a dos cartas clave: minar la mayoría revolucionaria en las elecciones estaduales y municipales, arrastrar a los sectores que detectaron vacilantes hacia una política de conciliación de clases que morigere el ímpetu de la transición al socialismo.

 

Panorama después de la victoria

En sus primeras intervenciones públicas tras la jornada electoral Chávez ratificó todas sus propuestas de campaña y no dio un sólo paso no anunciado en ellas, como lo prueba su alocución ante el CNE (pág. 9).

Cuando salió del sopor de la derrota, la MUD intentó evitar su derrumbe apelando a la necesidad de que Chávez entablara el diálogo con ellos, esgrimiendo el 44% obtenido. En rueda de prensa nacional e internacional, ante esa pregunta, la respuesta del Presidente fue por demás elocuente: alzó –como es su costumbre– el pequeño librito de la Constitución y repasó milímetro a milímetro el proceso de elaboración y aprobación de ese texto programático. “Aquí está el diálogo más abarcador –dijo Chávez, palabra más o menos– de toda la historia de Venezuela”. Si había allí una brecha abierta para atenuar la velocidad en la transición al socialismo, quedó sellada.

Es que las relaciones de fuerza entre las clases al interior de Venezuela no están necesariamente dadas por los guarismos electorales. En el 55,13% de Chávez hay un bloque social macizo, aunque no falten las divergencias políticas. En la coalición opositora, además de una verdadera bolsa de gatos en la que se sacan los ojos dirigentes y aspirantes empeñados en ser tocados por la varita mágica de Washington, hay una incongruencia social esencial que, a término, significa su disgregación y desaparición en cualquier escenario democrático.

Ocurre lo contrario en el campo de la Revolución. Con más de siete millones de afiliados, el Psuv tiene ahora el difícil desafío de elevarse por sobre su probada condición de instancia electoral imbatible, abrir paso a un acelerado proceso de formación de cuadros, conformar órganos regulares  de dirección a todo nivel y dotarse de un medio propio de expresión que, distante del periodismo corriente, abra cauce para los debates teórico-políticos de la coyuntura y la estrategia, además de constituirse en el medio de orientación política cotidiana para su inmenso activo militante.

De manera que el terreno está despejado para acometer los grandes objetivos señalados por Chávez durante su campaña: en seis años acabar de manera total con la pobreza, no dejar una familia sin vivienda propia y adecuada, elevar el nivel de educación de toda la población, consolidar una infraestructura suficiente en toda la geografía nacional para garantizar que el autoabastecimiento alimenticio tenga una ajustada y eficiente distribución sin concesiones al enriquecimiento privado, continuar en la diversificación de los receptores de las exportaciones de petróleo, completar y mejorar el sistema de salud gratuito, continuar “sembrando el petróleo” mediante la producción industrial y la valorización de los productos primarios y, con estos y otros objetivos largamente explicados durante la campaña, frenar el auge de la delincuencia y la inseguridad, a la par que se continúa afirmando la defensa nacional mediante el perfeccionamiento a todos los niveles de la fuerza armada, incluido el componente de la milicia popular. Como adelanto, allí está el 5,6% de crecimiento del PIB previsto para el año en curso, en medio de la caída generalizada de la economía en el mundo y los países mayores de la región. Y otro dato elocuente: la elevadísima inflación de más del 27% en 2011 cae para el año en curso a menos del 18%.

Contra esto, Estados Unidos y sus socios locales apuestan ahora a mellar la cohesión revolucionaria conquistando algunas gobernaciones estaduales y manteniendo las que ya controlan. Si tuviesen éxito, incluso limitado, en este objetivo, el siguiente paso sería ganar más espacio en las elecciones por más de 300 Alcaldías en abril de 2013. El principio de su acción es: “no podemos cohesionar nuestros componentes y mucho menos establecer una relación duradera con las masas; pero podemos sembrar la división en estratos medios del entramado revolucionario e infligirles derrotas puntuales que permitan infiltrar y minar su poder”. En su estrategia, el siguiente paso sería dificultar la gobernabilidad y avanzar hacia un referendo revocatorio, según lo permite la Constitución Bolivariana.

Ilusiones vanas: sea cual sea el alcance en la visión estratégica de ciertos componentes del Gran Polo Patriótico, sea cual sea la inteligencia y la generosidad de cuadros y cuadros medios del Psuv, a menudo arrastrados por las luchas intestinas, hay otra fuerza definitoria. Las masas han ocupado un lugar político jamás visto en la historia latinoamericana. Las últimas concentraciones de la campaña de Chávez, que desembocarían en la invasión roja a Caracas el 5 de octubre, cuando el acto de cierre colmó las siete principales avenidas de la capital venezolana y, bajo la lluvia, produjo una indescriptible explosión humana de confianza, combatividad y alegría, revelan la definitiva instalación en el escenario político de la unidad social y política de las grandes mayorías, enarbolando la bandera roja del socialismo.

No hay fuerza interna en la cual Estados Unidos pueda apoyarse para una estrategia contrarrevolucionaria sostenida y efectiva. Por eso, el inexorable acoso imperial continuará con su centro de gravitación en los pocos aliados con que cuenta en América Latina y en su creciente dispositivo militar regional.

 

Dimensión universal de esta elección

Con la Revolución Bolivariana se produjo el Renacimiento del socialismo, en analogía con el Renacimiento que simbólicamente puso fin a la oscuridad medioeval. Para el Medioevo contemporáneo –una losa impuesta por el aparato cultural/informativo y el poderío militar del imperialismo– Venezuela es el Renacimiento de un ideal emancipatorio, forjado científicamente en la teoría y en la práctica desde mediados del siglo XIX, realizado como grandioso ensayo en 1917, corrompido desde fines de los 1920 y rescatado en la gesta bolivariana del siglo XXI.

Parece innecesario subrayar que Estados Unidos –y la Unión Europea con su socialdemocracia como mascarón de proa– necesitan aplastar ese ejemplo; porque se yergue en medio de la crisis estructural sin precedentes del sistema capitalista.

En el futuro inmediato está planteada una secuencia de ruptura de equilibrios en la ya frágil arquitectura geopolítica del imperialismo. Europa tambalea, Estados Unidos vacila y el entramado mundial se desagrega.

Mucho más que en la guerra independentista del siglo XIX la Venezuela bolivariana tiene hoy un papel regional acaso decisivo en el corto y mediano plazos. Y, por lo mismo, de enorme gravitación en la evolución de la perspectiva política mundial. Para que la victoria electoral del 7 de octubre sea perfecta, deberá confirmarse que gobiernos, partidos, dirigencias sindicales, intelectuales y destacamentos revolucionarios en América Latina, han entendido el mensaje profundo enviado por el pueblo venezolano.

 

Revolución y contrarrevolución en Venezuela

PorLBenAXXI

 

Límite: bajo la apariencia de una campaña electoral, con mayoritario protagonismo juvenil, Venezuela vive una batalla decisiva en la transición al socialismo. Ante la certeza de una nueva victoria de Hugo Chávez, la oposición niega al Consejo Electoral y abre la posibilidad de desconocer los resultados del 7 de octubre. La explosión en una refinería puso en primer plano la existencia de dos proyectos: restaurar el capitalismo agónico o abolirlo. Ante el siniestro la oposición mostró al mundo su carácter inhumano y antinacional, intentando vanamente utilizar la tragedia para obtener votos. Especialistas aseguran que el desastre de Amuay no fue accidental. Pero el Gobierno llamó a esperar los resultados de la investigación técnica, centrando todos los esfuerzos en socorrer a las víctimas y restablecer el funcionamiento de la planta. Está en juego la continuidad de una transición pacífica o la imposición de una política de violencia y destrucción, únicos recursos de la reacción teledirigida desde Washington.

 

Antes del pasado sábado 25 cualquiera podría haberse confundido: Venezuela parecía vivir una más de las tantas campañas electorales de los últimos 14 años.

No duraría mucho el error. En la madrugada del último sábado de agosto una explosión seguida de incendios estremeció al país y mostró el verdadero alcance de las elecciones del próximo 7 de octubre. Ocurrió en Amuay, península de Paraguaná, la refinería más grande del mundo.

El siniestro produjo la muerte de 42 personas, 132 heridos, destrucción de 1.218 viviendas, más un número de comercios e instalaciones. En un escenario dantesco, tanques con cientos de miles de barriles de combustibles refinados ardieron durante tres días. La mayoría de los muertos son miembros de la Guardia Nacional Bolivariana y sus familiares, instalados en la cercanía del complejo hidrocarburífero.

Pese a que las autoridades del gobierno y Pdvsa se abocaron exclusivamente a sofocar el incendio y socorrer a las víctimas, un presagio cayó como viento helado sobre millones de personas comprometidas con la Revolución Bolivariana: aquello no podía sino ser un atentado; el primer paso en una escalada contrarrevolucionaria ante la evidencia confirmada por todas las encuestas: Hugo Chávez sería reelegido por amplia mayoría, de no mediar “un evento catastrófico”.

Esa expresión tan extraña y sugerente se había impuesto tiempo atrás en los comentarios políticos. Aludía, podía suponerse, a la eventual muerte o inhabilitación del candidato favorito.

Chávez ingresó en la campaña a comienzos de julio, con energía y lucidez impensables en alguien condenado a la inmediata desa-parición física. Sus partidarios y simpatizantes respiraron con alivio. El sector que había imaginado el fin de sus pesadillas por obra de un cáncer fatal ingresó en una fase de depresión colectiva. Las encuestas inmediatamente detectaron la frustración, con la caída de confianza en Henrique Capriles Radons-ki, representante del desacorde arco opositor, unificado por presión de la embajada estadounidense en Caracas. Aquella expresión ominosa volvió a oírse en boca de un oficial del Departamento de Estado tras reunirse en la embajada con consultores locales que le llevaron el fruto de sus sondeos de opinión. El enviado de Washington se mostró convencido: sólo un “evento catastrófico” podía evitar una contundente victoria de Chávez. La conclusión, a medio camino entre reflexión analítica y amenazante advertencia, quedó en el olvido. Hasta que llegó la infausta noticia.

“No descartamos ninguna hipótesis”, diría Chávez cuando a pocas horas del siniestro desembarcó en el terreno de la inesperada batalla, donde el ministro de Energía y presidente de Pdvsa Rafael Ramírez ya había desplegado el plan de contingencia para socorrer víctimas, acordonar el fuego, hacer control de daños y extinguir las llamas que se extendieron a tres depósitos de combustibles.

Los resultados de la investigación del siniestro difícilmente se conocerán antes del 7 de octubre. Partidarios del gobierno revolucionario, disciplinados, tragarán arena para callar su convicción de que la guerra sucia comenzó. Tonantes opositores redoblarán condenas por ineficiencia, apelando a la tragedia como surtidor de votos vacilantes, sin pudor por el dolor colectivo de este pueblo sensible y emotivo. Voces aisladas, autorizadas técnica y políticamente, a un milímetro de romper el llamado oficial a esperar las pericias, esgrimirán datos consistentes para descartar la hipótesis del accidente. Pocos, en ese entramado, medirán la magnitud del riesgo político planteado por el siniestro: la interrupción del proceso preelectoral si, por comprobación inmediata de los hechos o por convicción de millones, la certeza de un atentado trasladara la confrontación electoral al terreno de la justicia o el choque político. Con escasa sutileza más de un propagandista opositor sugirió, mostrando la intención oculta, que Chávez reaccionaría postergando las elecciones.

Sorpresa y admiración provoca una vez más esta revolución que avanza a fuerza de creciente conciencia de masas y sucesivas batallas electorales: fina percepción de la coyuntura en la cima del poder, elevada politización madura de las mayorías. Sobresale en este cuadro la autoridad del Presidente. Si hiciera falta, el episodio viene a dar sustento a la buena teoría respecto del papel del individuo en determinados momentos históricos. Y da por tierra con fáciles condenas de liderazgo excesivo, ajenas al arduo camino de la conciencia, la organización y la armonización de una fuerza de masas con efectiva dirección revolucionaria en medio de una escalada, sin pausa ni piedad, de un poderosísimo enemigo.

 

“Campaña admirable”

Conviene regresar al escenario preelectoral previo al “evento catastrófico” en Amuay. Como cuando en mayo de 1813 Simón Bolívar partió de Cúcuta y en tres meses arrolló a las tropas imperiales, esta disputa tiene nada en común con presidenciales en otras latitudes y mucho de épico, en la medida en que su desenlace está llamado a  afirmar un liderazgo continental y un cambio de proporciones históricas.

En ese sentido, cabe hacer una analogía con aquella contraofensiva independentista registrada por la historia como “campaña admirable”. Puede que no todos sus protagonistas lo vean y entiendan así. El electoralismo contamina y se alimenta del economicismo aún prevaleciente en núcleos teóricamente llamados a ser el amarre más sólido de la revolución. Pero hay clara conciencia y férrea determinación no sólo en Chávez, sino en un equipo dirigente que en diferentes planos afirma un verdadero Estado Mayor político-militar, dispuesto a afrontar un desafío inmenso: la sinuosa e intrincada transición al socialismo fronteras adentro, la por momentos impensable armonía de un conjunto latinoamericano dominado por la mezquindad y la miopía propias de concepciones e intereses burgueses, los coletazos brutales de la crisis mundial, todo en medio del de-sesperado contraataque imperialista.

Un ingrediente adicional fue la enfermedad de Chávez. Y su recuperación. Toda consideración científica quedó relegada cuando a partir de julio el mandatario volvió a la lid, en su doble carácter de Presidente en ejercicio y candidato a la reelección, con su energía habitual. Patéticos bocazas, difusores de despachos de la CIA presentados como información segura por los grandes medios de todo el hemisferio, debieron llamarse a silencio. Y allí quedaron, frente a frente, dos proyectos históricos: inviable restauración de un capitalismo agónico; potente llamado a la transición socialista.

Por una vez a Chávez no lo acompañó la fortuna: tiene enfrente un candidato que no contribuye a la gloria de la formidable confrontación. Capriles Radonski inició su vida política en Tradición Familia y Propiedad, secta lunática de origen argentino y raigambre vaticana, que en los años 1970 pregonaba su mensaje en esquinas elegantes de Buenos Aires con vestimentas medievales, estandartes de las Cruzadas y rostros cavernosos. Sus pasos posteriores fueron menos memorables: acompañó al golpismo vernáculo y practicó el fascismo escuálido de la clase a la que pertenece, frente al sistemático avance de la Revolución Bolivariana. Carece de toda y cualquier formación, no logra hilvanar un discurso y su mayor talento consiste en llevar adelante una campaña con media docena de frases hechas y ninguna idea.

Con todo, es el candidato designado por Washington. Y captará el voto del porcentaje social opuesto o vacilante frente a la Revolución.

Inútil reproducir los sondeos coincidentes de diferentes empresas encuestadoras: todas señalan una diferencia de entre 14 y 28 puntos porcentuales a favor de Chávez, y atribuyen entre 25 y 38% a Capriles.

Sobre este diagnóstico, la dirección revolucionaria se propuso tres objetivos: ensanchar la adhesión juvenil; recuperar el mayor espacio posible en las clases medias; consolidar el apoyo del “voto duro”, fincado en la clase trabajadora y los sectores más despojados de la sociedad.

Esto último es ya una certeza: todos los sondeos registran un mínimo de 40% de “voto duro chavista” (y atribuyen con idéntica unanimidad un 20% al candidato opositor). Duro y activo: contra las presunciones de quien esto escribe, no parece haber cansancio en las masas, a la luz de formidables movilizaciones para recibir al candidato como las ocurridas en Vargas, Táchira, Carabobo, Bolívar, donde el fervor popular sobrepasa expresiones similares en años anteriores y trasunta rasgos nuevos, diferentes por encarnar niveles superiores de conciencia política y mayor compromiso en la adhesión al líder.

Chávez pone especial énfasis en religar su liderazgo en la clase obrera. En una asamblea con trabajadores siderúrgicos en el Estado Bolívar, en la cual se levantaron voces de reclamo político y económico, el Presidente entabló un debate franco con la masa, admitiendo las demandas políticas y fustigando el economicismo. Quienes califican a Chávez como populista deberían ver el video de ese memorable intercambio, en el cual el mandatario admitió la corrección de los planteos más radicales y explicó, con tono didáctico no exento de dureza, que la clase obrera debe asumir su lugar en la conducción política estratégica de la transición al socialismo, en lugar de limitarse a reclamar exclusivamente beneficios económicos inmediatos y sectoriales.

Tono y contenido de la campaña de Chávez están resumidos en un discurso en San Félix, también un centro de alta densidad proletaria. Ante una multitud enfervorizada explicó así la necesidad de votar por su candidatura:

“Quiero darles un saludo a todos los trabajadores y trabajadoras de las empresas básicas de Guayana. Que tienen problema las empresas básicas… Claro que tienen problemas, pero les vuelvo a repetir la pregunta: ¿Será la burguesía la que va a venir a resolver el problema de las empresas básicas?

No. No. Ellos vendrían a agravar los problemas y acabar con las empresas básicas.

¿Quieren un ejemplo? Sidor. Lo primero que hizo la Revolución fue mandar a parar el proceso de privatización. Estaban regalando las empresas básicas, que tanto costaron. Las empresas básicas de Guayana, hay que decirlo también, iniciaron su construcción en los tiempos del gobierno del general Pérez Jiménez. Ahora, ¿cuál fue el modelo que ahí se instaló? El modelo capitalista de Estado, explotando a los trabajadores y luego produciendo productos semielaborados para alimentar sobre todo al capitalismo mundial. De aquí se llevaron casi todo el hierro del mejor tenor, se llevaron el aluminio, el acero, la materia prima y dejaron a Guayana en la pobreza, a los trabajadores los explotaron y después llegó, para remate, la década de 1990, el neoliberalismo como ñapa y empezaron a privatizar las empresas de Guayana. Sidor por ejemplo, nuestra siderúrgica que hoy se llama Alfredo Maneiro, llegó a tener hasta 15 mil trabajadores y trabajadoras, ¡15 mil! Ustedes saben cuando yo llegué, cuántos trabajadores quedaban en Sidor: 4 mil. Los despidieron a la mayoría, los confundieron a muchos con la llamada cajita feliz y los echaron a la calle, para luego tercerizarlos, explotarlos, seguirlos explotando y empobreciendo. Nosotros primero detuvimos la privatización. Si no hubiera llegado Chávez tengan ustedes la seguridad que todas esas empresas estarían privatizadas y hubieran echado a la calle a la gran mayoría. Nosotros paramos eso y ustedes saben que por más dificultades que tengamos en las empresas de Guayana y en la economía nacional, nosotros jamás despediremos ni un solo trabajador de las empresas de Guayana; y lo hemos demostrado”.

¿Populismo? ¿Demagogia? Definiciones teóricas de alcance histórico, como la denuncia del capitalismo de Estado; trazado de una estrategia con la clase obrera en el centro; llamado a la conciencia y la organización para una revolución, no para un aumento de salarios.

 

Ensanchar la base social de la Revolución

Al mismo tiempo, la campaña está enderezada a ganar o reconquistar sectores hasta ahora adversos o en el último período distanciados de la Revolución. Esa batalla tiene dos ejes: las juventudes y las clases medias. Basta ver el paisaje de cualquiera de las multitudinarias actividades de campaña para confirmar que el primer objetivo ha sido alcanzado: la presencia juvenil es mayoritaria. Su estridente compromiso de un lado y el tipo de discurso del candidato por el otro, transforman por completo contenido y forma de un habitual proceso preelectoral en cualquier lugar del mundo, donde por regla general se elude en ese período toda definición conflictiva y se manipula la conciencia con vaciedades y falsedades.

A su vez, el notable viraje en el curso de la economía, acompañado de un conjunto de medidas concretas, parece calar en sectores hasta ahora reticentes de la clase media. Téngase en cuenta que en el primer semestre el PIB creció el 5,4% y se espera que alcance incluso algunas décimas más hasta fin de año –a contramano de lo que ocurre en la región y el mundo– con el adicional de que un flagelo de los últimos años, la inflación, comienza a revertir: de más del 27% en 2011, la primera mitad de 2012 indica una caída en la proyección anual a menos del 20%.

Toda la panoplia económico-social de la Revolución se ha desplegado en esta batalla. El control de precios aceitó su efectividad con base en la consolidación de grandes centros estatales de abastecimiento de alimentos y bienes durables, modernos, eficientes y atractivos, que acorralan a la especulación, el desabastecimiento y el agio.

En esta ofensiva destaca la Misión Vivienda Venezuela. Hasta comienzos de agosto se habían concluido 231.886 viviendas, destinadas principalmente a los afectados por inundaciones y deslaves de fines de 2010. Hasta diciembre se prevé “una explosión de entregas” de departamentos y casas a damnificados. Y la Misión prevé acabar por completo con el déficit habitacional de 3 millones de viviendas para 2019. El programa Mi casa bien equipada hace que la entrega de cada vivienda incluya todos los enseres de la casa (cocina, calentador, heladera, lavarropas, etc) y hasta un detalle por demás elocuente: un “kit cultural”, compuesto por una biblioteca básica, un cuadro original de autor, tapices, discos y otras expresiones de la cultura popular.

Un segmento especial del plan está destinado a quienes tengan ingresos superiores a cuatro y menor a dieciséis salarios mínimos, es decir las capas medias.

Hay espacio para señalar esta política como demagogia electoralista tradicional, a condición de soslayar el conjunto de transformaciones efectivas en curso, desoír lineamientos estratégicos como el arriba citado, cerrar los ojos ante el proceso de educación y organización de masas que han convertido a Venezuela en el país más politizado del planeta. El hecho es que, guiada por la Constitución Bolivariana –un verdadero programa de transición– esta transformación marcha con plena vigencia de las garantías individuales, sin presos de conciencia, ni restricciones de prensa, ni forma alguna de violencia institucional contra la oposición. La continuidad de un proceso tan singular requiere de un ensanchamiento de la base social que deje a la burguesía y el imperialismo sin base objetiva para romper la institucionalidad con apoyo en un sector social significativo. No se trata de ganar la elección, entonces, sino de hacerlo por una diferencia abrumadora que impida detonar una guerra civil con Estados Unidos tras bambalinas. Los lazos de Capriles –y su alter ego explícitamente fascista, Leopoldo López– con el ex presidente Álvaro Uribe, la revelación de éste de que “le faltó tiempo” para atacar militarmente a Venezuela, eximen de mayor argumentación para mostrar ese riesgo latente.

 

El programa de la oposición

Imposible extraer planes e ideas de las intervenciones del candidato opositor o de los documentos públicos de la denominada Mesa de Unidad Democrática. No obstante, a la redacción de América XXI llegó un programa elaborado por el equipo de Capriles, titulado “Primeras ideas de acciones económicas a tomar por el Gobierno de la unidad nacional 2013”. Leyendo esas páginas de prosa indigerible –presumiblemente una apresurada traducción del inglés– se entiende por qué el candidato calla o divaga. El texto afirma, por ejemplo, que “los compromisos sociales” del gobierno actual “hacen que estos ingresos no sean suficientes para cubrir todos los gastos, haciendo inviables aquellos programas que no generen bienes y servicios (caso de las misiones) aunado la naturaleza populista con que el gobierno ha tratado estos programas”.

Por esto y otras razones análogas, será preciso “dar pasos concretos para disminuir, en el mediano y largo plazo la carga de bienes y servicios que ha asumido el actual gobierno”. Entre otras ideas para afrontar ela dificultad, el equipo opositor prevé “la instrumentación de la transferencia de servicios y recursos en el marco de las competencias concurrentes, especialmente las áreas de salud, seguridad pública, deportes, turismo, vivienda y desarrollo económico, con especial atención a áreas donde la iniciativa privada es más eficiente en la asignación de recursos y desmontaje progresivo de las medidas del sistema de regulación estatal para avanzar hacia una economía moderna”. Se propone además “Una audaz política de ingresos nacionales, a través de un nuevo esquema petrolero y minero, desprovisto del ideologizante nacionalismo que se le ha impuesto al actual modelo económico financiero”.

Innecesario más detalles (el texto completo puede hallarse en www.americaxxi.com.ve). Estos pocos párrafos confirman la aseveración de que el plan opositor es una contrarrevolución frontalmente enderezada contra 9 de cada 10 venezolanos y, por lo mismo, inaplicable sin una guerra civil victoriosa para el imperialismo.

 

Apariencia y realidad

Y aquí reaparece el siniestro en la refinería de Amuay. Dando por cierta la hipótesis de un accidente, una pérdida de gas no detectada a tiempo, si algo revela el episodio es la extraordinaria capacidad, la sorprendente celeridad y eficiencia del Estado, de Pdvsa y del conjunto social para dar respuesta a la emergencia.

Si acaso algún analista del Pentágono se propuso medir la capacidad de la Revolución Bolivariana frente a una agresión externa, ahora ya no tiene lugar a duda: valiente entrega de bomberos, generosa disposición de los obreros petroleros, compromiso sin demora del cuerpo gerencial de la nueva Pdvsa, inmediata reacción de las autoridades del gobierno central, solidaridad a escala nacional, disposición de trabajadores de todos los gremios para reparar daños civiles, capacidad de la empresa afectada para dar continuidad al abastecimiento nacional y las exportaciones, rapidez para reiniciar la marcha de la refinería en su totalidad, reacción abroquelada de las Fuerzas Armadas son otros tantos factores indicativos de un poderío que excede al gobierno y va más allá de una campaña electoral.

Frustrada en una primera fase la intención de volcar a su favor el “evento catastrófico” en Amuay, la oposición recrudece su campaña contra el Consejo Nacional Electoral. Ya se sabe que resolvieron dar sus propios resultados en la tarde del 7 de octubre, antes de los cómputos oficiales. Si les queda margen, con el respaldo de la prensa venal hemisférica intentarán desconocer la derrota. Aunque por una u otra vía, su suerte está echada.

 

31 de agosto de 2012, 13:00 hs.

 

Batalla de ideas

PorLBenAXXI

 

Un panorama sin precedentes se presenta ante organizaciones, cuadros políticos y militantes que en todo el mundo se ubican en el vagaroso arco de izquierdas.

A diario los medios de difusión de todo signo informan acerca del empeoramiento del sistema global, en constante aceleración desde los centros metropolitanos hacia cada rincón del planeta. Estas páginas han informado y analizado una y otra vez causas y efectos del creciente malestar mundial. Aquí cabe relegar ese dato clave para observar su contraparte: el estado del sujeto social y político que, en la teoría y en la práctica, debe responder a la más grave crisis en la historia del capitalismo.

La reunión en Caracas de más de 80 partidos y organizaciones de izquierdas de los cinco continentes es ocasión propicia para hacerlo. La declaración final, titulada “Llamamiento: los pueblos del mundo unidos por Venezuela”, ofrece claves de la dinámica de ese conjunto (ver texto completo en www.americaxxi.com.ve).

Ante todo, resalta el hecho de que allí se haya podido encontrar un punto de acción común para un conjunto tan controvertido de fuerzas y posiciones, y que ese punto haya sido la reivindicación y defensa de la transición al socialismo en Venezuela. La realización de una jornada mundial el 24 de julio bajo la consigna “Día de solidaridad mundial de los pueblos con la Revolución Bolivariana de Venezuela y el comandante Hugo Chávez” fue un doble paso adelante para las izquierdas allí presentes: por primera vez un arco tan extendido asume sin cortapisas un compromiso explícito con esta revolución, incomprendida hasta no hace mucho y a menudo condenada de soslayo; el compromiso tomó cuerpo en una jornada unitaria internacional de denuncia a la escalada de agresiones imperialistas contra Chávez y su gobierno, ensayo elocuente por su extensión geográfica e ideológico-política.

Un primer saldo de aquel encuentro en Caracas y la posterior realización de la jornada solidaria queda a la vista: la revolución bolivariana y socialista en curso en Venezuela es un punto de aglutinamiento de fuerzas dispersas, en muchos casos debilitadas y en tantos otros confundidas y desmoralizadas. La posibilidad de un reagrupamiento mundial antimperialista y anticapitalista plantea por sí misma la potencial reconfiguración drástica del panorama político planetario y el cambio en las relaciones de fuerzas globales.

 

Incógnitas

Muchas dificultades prácticas e incógnitas teóricas reclaman respuesta para que ese cambio potencial se consume. Ante todo, la asunción plena de la realidad mundial.

Dos fuerzas poderosas avanzan hacia un cruce de caminos donde el choque será inevitable. Una, la crisis intrínseca, autogenerada, del sistema de producción. La otra, la resistencia de masas, que en América Latina adquirió envergadura mayor con el Alba y la estrategia socialista. La primera es irracional y avanza hacia el punto de descontrol. La segunda, aunque resulta de poderes subterráneos que en su lógica simple apuntan igualmente a la acción desesperada, más allá de la razón, tiene en cambio la posibilidad histórica de alcanzar la conciencia, organizarse y marchar hacia un objetivo racionalmente trazado. Tanto más cuando en su seno, como queda dicho, late el Alba, un conjunto de países latinoamericanos empeñados en alcanzar el socialismo del siglo XXI.

En el centro de este dilema para la humanidad están las izquierdas. Así, en plural, indicativo de tal diversidad que, como sucede con ciertas especies, resulta difícil definir si pertenecen al reino vegetal o al animal, si son materia orgánica o inorgánica. La duda, en este caso, es cuáles son izquierdas para la revolución socialista y cuáles para el mejoramiento, la supuesta humanización, del capitalismo. Una contribución acaso decisiva para afianzar este primer paso dado en Caracas será distinguir entre unas y otras a fin de potenciar una izquierda anticapitalista a escala mundial, a la vez que se continúa sin desmayo en la articulación de instancias de amplia convergencia para enfrentar el belicismo imperial, sostener las libertades democráticas y los derechos civiles en todas las latitudes, evitar a todo trance la división de pueblos y naciones en la resistencia a la embestida global de Washington y sus socios menores del Norte y el Sur. Ambos factores, delimitados sin ambigüedad y a la vez inseparables, son la condición de una respuesta efectiva al desmoronamiento del sistema vigente.

No todas las direcciones autodenominadas de izquierdas asumen la naturaleza y el carácter de la crisis en curso. El pensamiento burgués emponzoñó el corpus teórico-político forjado por la lucha de clases. Así, a las políticas anticrisis del capital se las identificó como “neoliberalismo” y éste pasó a ser el enemigo, en lugar del sistema mismo. En línea con esta interpretación, “fortalecer el Estado” y adoptar “políticas activas”, pasaron a ser objetivos principales. El recetario keynesiano, respuesta del capital en el siglo XX a su crisis estructural, intrínseca e inexorable, pasó a ser una respuesta progresista, cuando no directamente revolucionaria.

Un debate semejante dieron las fuerzas de izquierdas en las dos primeras décadas del siglo XX. Hoy se repite como si nada hubiese pasado en los 100 años posteriores. España se incendia. Millones de obreros, jóvenes y ciudadanos de toda condición se lanzan a las calles, entre asombrados y asustados por la irrupción violenta y para ellos inesperada de la crisis: desempleo masivo, carestía, ajuste impiadoso a manos del gobierno ungido hace apenas meses por el voto mayoritario. La represión se abate sobre ellos. Otro tanto ha ocurrido en Grecia y se reproduce en Italia, Gran Bretaña, Portugal. El loado “Estado de bienestar”, non plus ultra de la socialdemocracia, no sólo se desploma: muestra desarmadas organizativa, política y estratégicamente a las masas trabajadoras y el conjunto de la población. Son esas mismas masas las que votaron contra gobiernos socialdemócratas en Gran Bretaña, Grecia y España, al tiempo que ponían esperanzas en sucedáneos del mismo signo en Francia y hasta cierto punto en Italia.

 

Teoría y acción

El debate ideológico y político entre revolucionarios y socialdemócratas no puede ser relegado y mucho menos soslayado. Es un imperativo para avanzar. Pero ese debate de ideas no puede ir separado de la clase en que explícitamente se apoya. Las izquierdas están dispersas y sin brújula porque así está el proletariado mundial. Enraizarse en la moderna clase obrera exige, más que nunca antes, ideas claras, científicamente fundadas. Ya a mediados del siglo XIX Marx y Engels denunciaban en el Manifiesto Comunista a lo que llamaron “socialismo pequeño burgués”:

“Este socialismo ha analizado con gran agudeza las contradicciones del moderno régimen de producción (…) Pero en lo que atañe a sus fórmulas positivas, este socialismo no tiene más aspiración que restaurar los antiguos medios de producción y de cambio, y con ellos el régimen tradicional de propiedad y la sociedad tradicional, cuando no pretende volver a encajar por la fuerza los modernos medios de producción y de cambio dentro del marco del régimen de propiedad que hicieron y forzosamente tenían que hacer saltar. En uno y otro caso peca, a la par, de reaccionario y de utópico”.

Otro tanto hacían con el “socialismo burgués o conservador”:

“Una parte de la burguesía desea mitigar las injusticias sociales, para de este modo garantizar la perduración de la sociedad burguesa. Se encuentran en este bando los economistas, los filántropos, los humanitarios, los que aspiran a mejorar la situación de las clases obreras, los organizadores de actos de beneficencia, las sociedades protectoras de animales, los promotores de campañas contra el alcoholismo, los predicadores y reformadores sociales de toda laya. Pero, además, de este socialismo burgués han salido verdaderos sistemas doctrinales. Sirva de ejemplo la Filosofía de la miseria de Proudhon”.

Hoy, propuestas reformistas y múltiples variantes anarquistas remedan al socialismo burgués y pequeño burgués de entonces. Con palabras semejantes, se puede marchar en sentido inverso. La reivindicación del socialismo científico no es un acto de dogmatismo, mucho menos de sectarismo. Es la búsqueda de continuidad con la experiencia de dos siglos de lucha de clases y su decantación en el terreno de las ideas y la estrategia. Sin teoría revolucionaria, no habrá acción revolucionaria. Y sin acción revolucionaria no habrá respuesta efectiva y el agravamiento de la crisis capitalista provocará inenarrables sufrimientos a la humanidad.

¿Exageraciones? ¿Catastrofismo? Para desechar tales condenas basta observar la invasión mercenaria a Siria, las amenazas israelíes a Irán, la previa invasión a Libia, las guerras en Afganistán e Irak, los golpes en Honduras y Paraguay, el despliegue bélico estadounidense en América. Latina. O simplemente leer titulares como estos: “Estados Unidos despliega sus aviones más avanzados cerca de China”; “Naves de guerra rusas entran en el mar Mediterráneo”; “Gran Bretaña lanza misiles desde Malvinas”…

Definir una estrategia y alcanzar capacidad de acción a escala global son las claves para poner en pie de combate inmensas fuerzas actuales y potencialmente anticapitalistas, capaces de detener esta demencial carrera hacia el abismo. Eso no podrá hacerlo una concepción, una política, una estrategia socialdemócrata. En cambio, como bien lo prueba la historia de entre guerras en el siglo XX, el trazado de una línea clara y rotunda con certeza aglutinará cientos de millones de voluntades, incluyendo la de inmensos contingentes de hombres y mujeres hoy atrapados en la telaraña de la internacional socialdemócrata y sus socios socialcristanos. La constante búsqueda de unidad de acción no se contradice con la imprescindible necesidad de nociones claras y definiciones netas.

Eso requerirá la multiplicación de reuniones e instancias que viabilicen el debate profundo y la acción resuelta, en lugar de limitarse a consensuar una declaración. Los partidos de los países que componen el Alba y las fuerzas que en todo el mundo acompañan sus pasos pueden ser el motor de este movimiento de alcance mundial.

Se trata de poner en marcha organizada una decisiva batalla de ideas. Prólogo de la respuesta victoriosa al capitalismo en su decadencia final.

Transición al socialismo como eje de la campaña electoral

PorLBenAXXI

 

Silencio: después de haber bombardeado a la opinión pública continental para convencerla de que Hugo Chávez tenía dos meses de vida y total incapacidad para asumir la campaña electoral, los medios comerciales del hemisferio se han llamado a silencio. El 11 de junio Chávez inscribió su candidatura para los comicios del 7 de octubre. Llegó al CNE rodeado por multitudes que inundaron Caracas. Luego subió a un escenario, cantó, bailó y durante tres horas y media expuso su plan de gobierno. Desmoralizada, la oposición admite que su candidato no se afirma y carece de toda chance. Como respuesta, adelanta que denunciará fraude.

 

Al momento de inicio formal de la campaña electoral, el 1 de julio, la evaluación positiva y regular del gobierno de Hugo Chávez suma 80% (63% positiva, 17% regular). Un 19% tiene una evaluación negativa. Por el contrario, la oposición tiene una valoración positiva del 22% contra una negativa del 45%. Así las cosas, si las elecciones hubiesen tenido lugar el día de arranque de la campaña, el 57.8% hubiera votado a Hugo Chávez y el 23% por Capriles Radonski, el candidato de la opositora Mesa de Unidad Democrática (MUD).

Con leves diferencias que no modifican el mensaje principal de estos números, el conjunto de las consultoras coincide con la última evaluación de GIs XXI. Véase: la consultora 30.11 marcó 57.8%; Hinterlaces, 51%; ICS, 59.4%; Datanálisis, 43.6%.

Tales datos producen un impacto demoledor en las filas opositoras. Nadie allí espera que en el lapso hasta las elecciones la estolidez de su candidato permita remontar la distancia actual. Esto redunda en creciente hostilidad entre las fracciones, pero también abre paso a una línea que propone desconocer el poder electoral, anunciar fraude por adelantado y optar a última hora entre boicotear los comicios o desconocer su resultado después.

Hay ya una escalada con ese objetivo. Rafael Poleo es un periodista pública y notoriamente involucrado en el golpe de 2002 que depuso a Chávez por 47 horas, antes de que una verdadera insurrección popular y una rebelión generalizada de las fuerzas armadas lo rescatara de manos de militares, burgueses y clérigos golpistas para restituirlo en el poder. Desde entonces no ha cejado de promover el derrocamiento del Presidente. Con fecha 29 de junio, Poleo publicó lo siguiente: “el fraude electoral está montado y el Gobierno no vacilará en ejecutarlo si es derrotado en las urnas el 7 de octubre. No queda de otra que enfrentarlo (…) Será la prueba de fuego para unos dirigentes políticos, los de la oposición, que todavía están por graduarse de tales, para un pueblo que tampoco ha demostrado que merezca la libertad”.

Si la dirigencia política no está graduada y el pueblo no merece libertad, es obvio por dónde pasa la solución para vencer en la prueba de fuego tras desconocer el resultado que en la noche del 7 de octubre anuncie el Consejo Nacional Electoral: la intervención extranjera. Ésa es, desembozadamente, la línea de acción asumida por el sector más resuelto de la oposición y publicitada por los medios de prensa, al mismo tiempo que denuncian al mundo la falta de libertad de expresión en Venezuela.

 

Economía, salud y política

El dato más trascendente -y para muchos sorprendente- es que durante el año de enfermedad y relativa ausencia de Hugo Chávez, el Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv) y, como parte integrante, el conjunto de ministros y altos funcionarios, lejos de ser presa de divisiones, desviaciones y parálisis, alcanzó un grado de coherencia y eficiencia netamente superador del desempeño anterior.

Es verdad que, aun en los momentos más difíciles, Chávez no disminuyó la atención ni se desentendió del mando por un momento. Pero hubiese sido imposible el funcionamiento del gobierno tal como se dio sin un alto nivel de homogeneidad ideológico y programático en los altos mandos, a su vez sólo articulable por un Partido. Como sea, el hecho es que durante el último año Venezuela, a contramano del mundo, amplió extraordinariamente los beneficios sociales de la economía, revirtió la caída del PIB resultante de la crisis de 2009 y la reducción en los precios del petróleo y, para sorpresa de extraños y propios, avanzó en un consistente camino de disminución de la inflación, elevada más allá de lo manejable en el período anterior.

Antes de observar esa dinámica, conviene acentuar que durante el período del socialdemócrata Carlos Andrés Pérez, el promedio anual de la inflación fue del 45%; durante el período posterior del socialcristiano Rafael Caldera, ese promedio subió al 60%, con picos del 100%. En la primera fase de su gobierno, Chávez redujo estos niveles al 14%. Luego, tras el paro petrolero y sus devastadores efectos económicos, la inflación volvió a subir y se instaló en picos de hasta el 30%. Pues bien, hasta mayo pasado, el índice de inflación mensual se redujo del 1,8 en el mismo período del año pasado al 1% este año, en tanto el crecimiento del PIB en el primer trimestre fue del 5,6% y la proyección anual no sólo deja atrás la caída anterior, sino que duplica como mínimo las estimaciones para las restantes economías principales de América Latina.

Esto indica que, en dinámica de crecimiento, la inflación anual rondará el 20% con tendencia a la baja. Las autoridades no descartan que el año próximo se pueda reducirla a un dígito.

Esto ocurría mientras la oposición anunciaba la inminente muerte del Presidente y éste avanzaba sin pausa en su recuperación física. A la fecha, aunque a ritmo menor al suyo habitual, Chávez está en campaña. En el último mes sus constantes apariciones públicas y una actividad sostenida en la función de gobierno han triturado la esperanza opositora, transmitida sin rubor, de que el cáncer por el que tuvo tres intervenciones quirúrgicas en el último año, más prolongadas sesiones de quimioterapia y radioterapia, dejarían al candidato opositor frente a otro representante de la Revolución Bolivariana. En una selección de opiniones tomadas en la calle sobre la salud de Chávez, un medio furiosamente opositor reprodujo la siguiente: “Él está muy saludable y gordo (…) cuando una persona está enferma no tiene capacidad para hacer lo que él está haciendo (cadenas), a menos que sea un extraterrestre”, expresó Reinaldo González citado por el portal Noticias 24.

A la vista de la apariencia y la actividad de Chávez, esa opinión del más llano sentido común predomina largamente en el conjunto de la sociedad venezolana, sin excluir a decepcionados opositores. Entre éstos no son pocos quienes creen que ha ocurrido un milagro. Después de haber alabado al cáncer como designio divino para “salirse de Chávez”, se preguntan con voz trémula si Dios, en definitiva, también está con el Dictador. Conversaciones de este género se repiten en los más dispares círculos de las minorías burguesas. Mientras tanto, en  el grueso del pueblo sucede lo contrario: para cientos de miles, probablemente millones, no cabe la menor duda de que Dios intervino con una cura milagrosa para que Chávez continúe conduciendo la transición al socialismo.

Como sea, lo cierto es que todo se alínea para que las encuestas lleguen a los resultados consignados. Para la oposición interna, pero sobre todo para el gobierno estadounidense, la cuestión no es que la oposición pierda otra elección –nadie serio creyó jamás en otra posibilidad- sino en la distancia que obtendrá Chávez frente a la oposición unida en una sola candidatura. Más claro que nunca, se enfrentan en Venezuela en la lid electoral capitalismo y socialismo. Seis años atrás la propuesta revolucionaria alcanzó el 63% de los votos. Después de 13 años de gobierno, cinco de ellos en proclamada transición al socialimo, ahora con un programa más rotundo y articulado en oposición al sistema capitalista, otra victoria de Chávez, incluso con prescindencia del porcentaje, dará al próximo mandato la fuerza y el espacio necesarios para acelerar en la transición y producir, como repite el Presidente, hechos sociales, económicos y políticos que hagan irreversible la Revolución.

Allí estriba el temor de Washington y sus vástagos locales. Allí estriba, también, la creciente certeza en medios oficiales de que un sector de la oposición estará dispuesto a “la prueba de fuego” de la que ya se habla públicamente: denunciar fraude, activar fuerzas mercenarias desde hace tiempo acantonadas y a la espera, desatar una campaña mundial y demandar la intervención de la OEA y Estados Unidos para derrotar al tirano.

Nada original, si se observa la conducta de la Casa Blanca en otras latitudes. Sólo que en Venezuela hay organismos de masas con elevada conciencia de la coyuntura, democráticamente organizados y acompañados por el grueso de la fuerza armada y por una milicia popular. Ésa es hoy la mayor garantía para la campaña electoral que comienza, para el ejercicio verdaderamente democrático del voto el 7 de octubre y para la continuidad institucional de la Revolución Bolivariana.

Recuperado y en campaña

PorLBenAXXI

 

Silencio: después de haber bombardeado a la opinión pública continental para convencerla de que Hugo Chávez tenía dos meses de vida y total incapacidad para asumir la campaña electoral, los medios comerciales del hemisferio se han llamado a silencio. El 11 de junio Chávez inscribió su candidatura para los comicios del 7 de octubre. Llegó al CNE rodeado por multitudes que inundaron Caracas. Luego subió a un escenario, cantó, bailó y durante tres horas y media expuso su plan de gobierno. Desmoralizada, la oposición admite que su candidato no se afirma y carece de toda chance. Como respuesta, adelanta que denunciará fraude.

 

Al momento de inicio formal de la campaña electoral, el 1 de julio, la evaluación positiva y regular del gobierno de Hugo Chávez suma 80% (63% positiva, 17% regular). Un 19% tiene una evaluación negativa. Por el contrario, la oposición tiene una valoración positiva del 22% contra una negativa del 45%. Así las cosas, si las elecciones hubiesen tenido lugar el día de arranque de la campaña, el 57.8% hubiera votado a Hugo Chávez y el 23% por Capriles Radonski, el candidato de la opositora Mesa de Unidad Democrática (MUD).

Con leves diferencias que no modifican el mensaje principal de estos números, el conjunto de las consultoras coincide con la última evaluación de GIs XXI. Véase: la consultora 30.11 marcó 57.8%; Hinterlaces, 51%; ICS, 59.4%; Datanálisis, 43.6%.

Tales datos producen un impacto demoledor en las filas opositoras. Nadie allí espera que en el lapso hasta las elecciones la estolidez de su candidato permita remontar la distancia actual. Esto redunda en creciente hostilidad entre las fracciones, pero también abre paso a una línea que propone desconocer el poder electoral, anunciar fraude por adelantado y optar a última hora entre boicotear los comicios o desconocer su resultado después.

Hay ya una escalada con ese objetivo. Rafael Poleo es un periodista pública y notoriamente involucrado en el golpe de 2002 que depuso a Chávez por 47 horas, antes de que una verdadera insurrección popular y una rebelión generalizada de las fuerzas armadas lo rescatara de manos de militares, burgueses y clérigos golpistas para restituirlo en el poder. Desde entonces no ha cejado de promover el derrocamiento del Presidente. Con fecha 29 de junio, Poleo publicó lo siguiente: “el fraude electoral está montado y el Gobierno no vacilará en ejecutarlo si es derrotado en las urnas el 7 de octubre. No queda de otra que enfrentarlo (…) Será la prueba de fuego para unos dirigentes políticos, los de la oposición, que todavía están por graduarse de tales, para un pueblo que tampoco ha demostrado que merezca la libertad”.

Si la dirigencia política no está graduada y el pueblo no merece libertad, es obvio por dónde pasa la solución para vencer en la prueba de fuego tras desconocer el resultado que en la noche del 7 de octubre anuncie el Consejo Nacional Electoral: la intervención extranjera. Ésa es, desembozadamente, la línea de acción asumida por el sector más resuelto de la oposición y publicitada por los medios de prensa, al mismo tiempo que denuncian al mundo la falta de libertad de expresión en Venezuela.

 

Economía, salud y política

El dato más trascendente -y para muchos sorprendente- es que durante el año de enfermedad y relativa ausencia de Hugo Chávez, el Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv) y, como parte integrante, el conjunto de ministros y altos funcionarios, lejos de ser presa de divisiones, desviaciones y parálisis, alcanzó un grado de coherencia y eficiencia netamente superador del desempeño anterior.

Es verdad que, aun en los momentos más difíciles, Chávez no disminuyó la atención ni se desentendió del mando por un momento. Pero hubiese sido imposible el funcionamiento del gobierno tal como se dio sin un alto nivel de homogeneidad ideológico y programático en los altos mandos, a su vez sólo articulable por un Partido. Como sea, el hecho es que durante el último año Venezuela, a contramano del mundo, amplió extraordinariamente los beneficios sociales de la economía, revirtió la caída del PIB resultante de la crisis de 2009 y la reducción en los precios del petróleo y, para sorpresa de extraños y propios, avanzó en un consistente camino de disminución de la inflación, elevada más allá de lo manejable en el período anterior.

Antes de observar esa dinámica, conviene acentuar que durante el período del socialdemócrata Carlos Andrés Pérez, el promedio anual de la inflación fue del 45%; durante el período posterior del socialcristiano Rafael Caldera, ese promedio subió al 60%, con picos del 100%. En la primera fase de su gobierno, Chávez redujo estos niveles al 14%. Luego, tras el paro petrolero y sus devastadores efectos económicos, la inflación volvió a subir y se instaló en picos de hasta el 30%. Pues bien, hasta mayo pasado, el índice de inflación mensual se redujo del 1,8 en el mismo período del año pasado al 1% este año, en tanto el crecimiento del PIB en el primer trimestre fue del 5,6% y la proyección anual no sólo deja atrás la caída anterior, sino que duplica como mínimo las estimaciones para las restantes economías principales de América Latina.

Esto indica que, en dinámica de crecimiento, la inflación anual rondará el 20% con tendencia a la baja. Las autoridades no descartan que el año próximo se pueda reducirla a un dígito.

Esto ocurría mientras la oposición anunciaba la inminente muerte del Presidente y éste avanzaba sin pausa en su recuperación física. A la fecha, aunque a ritmo menor al suyo habitual, Chávez está en campaña. En el último mes sus constantes apariciones públicas y una actividad sostenida en la función de gobierno han triturado la esperanza opositora, transmitida sin rubor, de que el cáncer por el que tuvo tres intervenciones quirúrgicas en el último año, más prolongadas sesiones de quimioterapia y radioterapia, dejarían al candidato opositor frente a otro representante de la Revolución Bolivariana. En una selección de opiniones tomadas en la calle sobre la salud de Chávez, un medio furiosamente opositor reprodujo la siguiente: “Él está muy saludable y gordo (…) cuando una persona está enferma no tiene capacidad para hacer lo que él está haciendo (cadenas), a menos que sea un extraterrestre”, expresó Reinaldo González citado por el portal Noticias 24.

A la vista de la apariencia y la actividad de Chávez, esa opinión del más llano sentido común predomina largamente en el conjunto de la sociedad venezolana, sin excluir a decepcionados opositores. Entre éstos no son pocos quienes creen que ha ocurrido un milagro. Después de haber alabado al cáncer como designio divino para “salirse de Chávez”, se preguntan con voz trémula si Dios, en definitiva, también está con el Dictador. Conversaciones de este género se repiten en los más dispares círculos de las minorías burguesas. Mientras tanto, en  el grueso del pueblo sucede lo contrario: para cientos de miles, probablemente millones, no cabe la menor duda de que Dios intervino con una cura milagrosa para que Chávez continúe conduciendo la transición al socialismo.

Como sea, lo cierto es que todo se alínea para que las encuestas lleguen a los resultados consignados. Para la oposición interna, pero sobre todo para el gobierno estadounidense, la cuestión no es que la oposición pierda otra elección –nadie serio creyó jamás en otra posibilidad- sino en la distancia que obtendrá Chávez frente a la oposición unida en una sola candidatura. Más claro que nunca, se enfrentan en Venezuela en la lid electoral capitalismo y socialismo. Seis años atrás la propuesta revolucionaria alcanzó el 63% de los votos. Después de 13 años de gobierno, cinco de ellos en proclamada transición al socialimo, ahora con un programa más rotundo y articulado en oposición al sistema capitalista, otra victoria de Chávez, incluso con prescindencia del porcentaje, dará al próximo mandato la fuerza y el espacio necesarios para acelerar en la transición y producir, como repite el Presidente, hechos sociales, económicos y políticos que hagan irreversible la Revolución.

Allí estriba el temor de Washington y sus vástagos locales. Allí estriba, también, la creciente certeza en medios oficiales de que un sector de la oposición estará dispuesto a “la prueba de fuego” de la que ya se habla públicamente: denunciar fraude, activar fuerzas mercenarias desde hace tiempo acantonadas y a la espera, desatar una campaña mundial y demandar la intervención de la OEA y Estados Unidos para derrotar al tirano.

Nada original, si se observa la conducta de la Casa Blanca en otras latitudes. Sólo que en Venezuela hay organismos de masas con elevada conciencia de la coyuntura, democráticamente organizados y acompañados por el grueso de la fuerza armada y por una milicia popular. Ésa es hoy la mayor garantía para la campaña electoral que comienza, para el ejercicio verdaderamente democrático del voto el 7 de octubre y para la continuidad institucional de la Revolución Bolivariana.

Paraguay, G-20 y Venezuela

PorLBenAXXI

 

«Conscientes de la importancia de la inversión para impulsar el crecimiento económico, nos comprometemos a preservar un entorno de negocios favorable para los inversionistas”. Así reza el punto 27 de la Declaración Final de la cumbre del G-20 realizada en Los Cabos, México, el 19 de junio.

Sería banal gastar tanto dinero y esfuerzo como implica reunir a jefes de Estado de cinco continentes, para concluir en la importancia de la inversión en el impulso al crecimiento. No se trata de un hallazgo de la teoría económica o la inteligencia política que justifique tamaño despliegue. Se puede suponer entonces que la parte importante del citado punto 27 es la que alude a la preservación de un “entorno de negocios favorable para los inversionistas”. Eso sí amerita el gasto.

Ese tipo de “entorno favorable” comenzaron a sentir apenas tres días después algunas transnacionales instaladas o por instalarse en Paraguay, cuando un golpe de mano acabó limpiamente con el gobierno de Fernando Lugo.

En aquel mismo escenario paradisíaco de la Baja California, el Fondo Monetario Internacional (FMI) anunció que obtuvo el compromiso formal de 12 países para aumentar a 456 mil millones de dólares sus recursos, en función de enfrentar o prevenir la crisis. Los países comprometidos son China, con 43 mil millones, Brasil, India, México y Rusia con 10 mil millones cada uno, Turquía con 5 mil millones, Sudáfrica con 2 mil, Colombia con 1.500 y Malasia, Nueva Zelanda, Filipinas y Tailandia con mil millones.

Los 20 mandatarios firmaron además el punto 26, que dice lo siguiente: “Estamos comprometidos firmemente con el libre comercio y la inversión, la expansión de los mercados y la oposición al proteccionismo en todas sus formas, condiciones necesarias para la recuperación económica global sostenida, el empleo y el desarrollo. Destacamos la importancia de un sistema de comercio multilateral, abierto, predecible, basado en reglas, transparente y nos comprometemos a garantizar la relevancia de la Organización Mundial de Comercio (OMC)”.

No obstante, apenas 10 días después, la suspensión de Paraguay de los organismos regionales permitió la incorporación formal y plena de Venezuela al Mercosur. Una medida que no condice exactamente con el compromiso ante los centros mundiales del capital para dejar fluir “el libre comercio y la inversión, la expansión de los mercados y la oposición al proteccionismo en todas sus formas”.

Estas incongruencias no empañan la victoria estadounidense en Los Cabos. Washington consiguió imponer a los demás miembros la filosofía general y los lineamientos económico-políticos concretos para contrarrestar la brutal crisis que sacude al sistema capitalista. Por si fuese poco, logró hacer financiar esa política de salvación capitalista con los recursos de los países irónicamente denominados “emergentes”.

Nada de esto garantiza ni por lejos que la Unión Europea consiga frenar el vertiginoso proceso que tras demoler Grecia ataca ahora a España, Italia y Francia, dejando a Alemania entre la espada y la pared. Mucho menos resuelve la dinámica interna de Estados Unidos, hundida en la que su vicepresidente Joseph Biden calificó como “la más grave depresión de la historia” de su país. Pero sí garantiza otra cosa: el G-20 circunscribe la respuesta a esa hecatombe no ya al marco exclusivo del sistema capitalista, sino incluso a su institución más repudiada: el FMI.

Con el aporte de países saqueados, el G-20 abrió incluso la puerta para un paliativo a la Unión Europea, que en su cumbre del 29 de junio resolvió aplicar inmediatamente los recursos obtenidos en Los Cabos: “Urgimos a la rápida conclusión de un Memorando de Entendimiento adjunto al apoyo financiero a España para la recapitalización de su sector bancario”.

 

Eslabón guaraní

Pese a las sucesivas victorias de la Casa Blanca en el G-20 desde 2008, antes y después de esa fecha el poder estadounidense no hizo sino retroceder en todos los sentidos en América Latina y el Caribe.

La reciente reunión de la OEA en Bolivia (pág. 28), las decisiones de los ministros de Defensa de Unasur en la propia capital paraguaya pocos días antes (pág. 14) son, entre otras, razones para que Washington apele a algo más que reuniones protocolares en lugares fastuosos y busque romper el eslabón más débil en la cadena regional con métodos adecuados a los nuevos tiempos, pero distantes de la rigurosidad institucional. Mientras los 20 presidentes sonreían para la foto ritual en Los Cabos, los tentáculos del Departamento de Estado ultimaban el derrocamiento de Lugo.

Pero el golpe no fue sólo ni principalmente contra Paraguay. El problema de Estados Unidos –en representación mundial del capital– es la dinámica preponderante en América Latina durante la última década y, sobre todo, el engranaje clave que mueve ese mecanismo hasta ahora irrefrenable: la Revolución Bolivariana en Venezuela.

Incluso algún estratega extraviado del Departamento de Estado creyó ver en el cáncer de Hugo Chávez la respuesta a sus desvelos. Pero pronto cedió en su opinión. Además de que en el período más duro de la enfermedad del presidente venezolano el proceso de transición anticapitalista se afirmó y aceleró, el 11 de junio Hugo Chávez inscribió su candidatura presidencial ante el Consejo Nacional Electoral. Y lo hizo derrochando señales de que está en condiciones para ganar nuevamente –y con mayor participación, y con mayor ventaja– las elecciones del 7 de octubre (pág. 16). De manera que la Revolución Bolivariana continuará ejerciendo el papel de engranaje motor de un complejo y extendido mecanismo que se prolonga en el Alba, Unasur y Celac, para proyectarse por sí y como conjunto sobre grandes actores del escenario planetario y adquirir categoría de factor eficiente en medio de la crisis mundial. Dado que los pronósticos de todo signo coinciden en afirmar que la crisis se agravará inexorablemente y caerá como tromba sobre los desposeídos, la palabra de Chávez, avalada por una enésima victoria electoral con todas las reglas de la institucionalidad democrática impuesta por la burguesía en Occidente, tiene un poder temible y creciente en medio del vendaval.

 

Estrategia de aproximación

No es posible hoy para Estados Unidos o cualquiera de sus aliados atacar y vencer en Venezuela. Dividir Unasur, mellar aliados firmes como Evo Morales o Rafael Correa (para restringir el cuadro al ámbito suramericano), desviar, desgastar, corromper o eventualmente desestabilizar a burguesías vacilantes de la región, son condiciones previas. Por eso el golpe en Paraguay, un país que incluso llegó a comprometerse con la Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América en un momento decisivo: cuando Lugo participó del documento que el Alba debatió y aprobó antes de presentarlo en la cumbre de las Américas en Trinidad y Tobago, en abril de 2009. Pero este bello y sufrido país reinició su marcha en condiciones por demás desfavorables, resultantes de una historia en la que los imperios le hicieron pagar caro su osadía del siglo XIX, combinada con el punto más bajo en conciencia, organización y capacidad política efectiva de las fuerzas revolucionarias a escala mundial.

 

Hora de prueba

Por lo mismo que fue elegido para dar el primer zarpazo, Paraguay es ahora un factor mayor a la hora de impedir que Estados Unidos monte allí su cabecera de playa, clave una cuña en Unasur, complete la paralización del Mercosur e intente seguir avanzando en su plan contrarrevolucionario continental. El respaldo a la resistencia del pueblo paraguayo, que ya ha dado un paso con la conformación del Frente por la Defensa de la Democracia (FDD), es una obligación solidaria, pero también una exigencia de autodefensa. Con las diferencias del caso, así parecen haberlo entendido los mandatarios de Unasur reunidos en Mendoza el 29 de junio, mientras en Europa se aprobaba un plan que centralizará como nunca antes el capital bancario y dará poder a Berlín en detrimento de Bruselas.

Vale volver a citar la Declaración final del G-20. Dice el documento: “Recibimos con agrado los compromisos firmes para incrementar los recursos disponibles del FMI. Éste es el resultado de un amplio esfuerzo de cooperación internacional que abarca a un gran número de países. Los compromisos exceden los 450 mil millones  de dólares y son adicionales al aumento de cuotas conforme a la Reforma de 2010”.

Restaurar la institucionalidad en Paraguay, frenar las provocaciones sucesivas en Bolivia y Ecuador, poner una barrera al drástico retroceso en las economías principales de la región –con excepción de Venezuela, que crecerá este año a más del 5%– son exigencias de autodefensa para gobiernos que, como consecuencia del deterioro económico, comenzarán a sufrir turbulencias sociales y políticas que Washington no dejará de usufructuar.

No hay dos maneras de eludir esta tenaza. Lo repiten y practican los países del Alba.

 

 

América Latina en el nuevo escenario tras el fracaso europeo

PorLBenAXXI

 

Estados Unidos está a punto de anotarse una victoria trascendental. En el próximo período el euro habrá perdido el significado que tuvo en la economía mundial desde su aparición. En la hipótesis de máxima –igualmente probable– habrá desaparecido la Unión Europea.

Medir como triunfo estadounidense el colapso europeo puede resultar extraño, aunque la Casa Blanca trabajó ostensiblemente por él, con la ayuda de renombrados economistas y de su brazo europeo: Gran Bretaña.

En el análisis de la marcha política mundial de las últimas décadas quedó excluido un factor decisivo: la competencia interimperialista. La omisión proviene de una visión general del mundo tras la caída de la Unión Soviética, según la cual ésta resultaba de un capitalismo vencedor, sano y proyectado al futuro. No fue sólo falta de rigor en las derechas. Con escasas excepciones, cayeron en la trampa las diferentes izquierdas, sin excluir a las que se suponen extremas.

Hoy, comentaristas de distinto signo se burlan de los economistas que diseñaron la moneda común europea. A la luz del colapso griego señalan con vacua suficiencia las incongruencias elementales de la economía europea y la cadena de desastres en los países de menor desarrollo en la eurozona.

Ocurre que al finalizar los 1980 no había un capitalismo lozano y victorioso. La realidad era bien diferente. La crisis ya había carcomido sus columnas principales. De allí que la salida de la Urss del escenario hizo que los centros mundiales del capital se alinearan más frontal e impiadosamente para disputarse el mercado y la plusvalía mundiales. Para eso nació la UE. Para eso fue creado el euro.

La feroz disputa interimperialista provocó guerras cerca y lejos de París y Berlín. Dio lugar a criaturas deformes tales como la Cumbre Iberoamericana y la Cumbre de las Américas, con sus nonatos proyectos de Alca y TLCs transatlánticos. También promovió incontables páginas de vaciedades pseudoteóricas repetidas ad nauseam de comentaristas empeñados en encomiar a la UE como modelo de civilización superior, de inteligencia política y supremacía cultural.

Nada de eso: pura y simple competencia para robarse mercados. Y bien que avanzó Alemania tras ese objetivo, usando a España, Portugal e Italia para ganar la partida a Washington en América Latina; a Francia –e incluso, hasta cierto punto, Gran Bretaña– para mejor disputar África; a todos para competir con Japón y Estados Unidos en el polígono asiático que va del Canal de Suez al Mar de Bering, de Indonesia a Sri Lanka.

Alguien pudo creer que lo habían logrado. Pero las leyes de la economía son implacables. Inflando la Unión Europea e imponiendo el euro, Berlín y París huían hacia delante. Bloqueaban mercados a Estados Unidos en el perímetro de la UE y lanzaban a países empobrecidos y de menor desarrollo a una carrera demencial por consumir productos alemanes y franceses. De paso, devoraban con fruición a través de sus bancos.

Las eternas cenicientas de la Europa capitalista se ensoberbecieron sin temor al ridículo. Ejecutivos españoles actuaban con altanería en Buenos Aires, Caracas, San Pablo o Lima, convencidos de que era su propio valor el motor del éxito que los ubicaba en situación preponderante. Los italianos no fueron a la zaga, seguros de que habían recuperado los esplendores del antiguo imperio. Helos allí, en poco más de dos décadas. Implorando salvataje financiero al Reichstag, que se niega a concederlo en la certeza de que sería cavar su propia tumba. Para colmo, el pensamiento político europeo –es decir, francés– revela en el torbellino que su intrincada sofisticación del último medio siglo es un tambor vacío.

Ya no existirá Bruselas como contraparte de Washington en la alianza contra cualquier ruptura del statu quo materializada en una nueva Otan con jurisdicción planetaria. Ya no será el euro el que dispute la primacía al dólar. La UE ingresa de lleno a la recesión. La lucha social y la forma política que adopte dirá si se posterga una vez más el pasaje de la retracción a la depresión; dictará si habrá muerte o pervivencia agónica del euro; y marcará el destino inmediato de la tan celebrada como ficticia Unión de 27 países y 8 aspirantes.

El hecho es que Estados Unidos derrotó a un aliado clave en la Otan y abrió paso en su lugar a enemigos de otra naturaleza, obligadamente más frontales y radicales, de menor peso económico para librar la batalla por la demanda mundial de mercancías, pero cualitativamente superior en materia militar.

Tras vencer al ejército de Roma con devastadoras pérdidas del suyo, un general griego exclamó tres siglos antes de nuestra era: “otra victoria como ésta y tendré que regresar solo a Epiro”. Si Barack Obama tuvo oportunidad de leer a Borges, podría enmendarle la plana a Pirro: “otra victoria como el derrumbe del euro y voy en coche al muere”.

 

Otros ejes, nueva fase

Durante las dos últimas décadas del siglo XX la competencia interimperialista fue el factor dominante para la marcha de la política mundial. Eso no negaba –sólo subordinaba temporalmente– otros ejes de confrontación: choque entre centros metropolitanos y economías dependientes, disputas interburguesas en cada país y región, constante combate que en sordina o con estridencias rige tendencialmente el curso de toda sociedad; la lucha de clases.

Si el conjunto de la economía mundial tuviera margen de maniobra, esta coyuntura abriría una fase de auge para los movimientos nacional-burgueses. Pero no lo tiene. La crisis estructural dispondrá las piezas de otro modo en el tablero internacional. Desde luego se verán –se ven en estos días–  hechos sobresalientes de resistencia por parte de burguesías nacionales o regionales y las consecuentes respuestas brutales de los centros imperialistas, frente a los cuales es obligado alinearse del lado de los débiles. Pero inexorablemente éstas quedarán subordinadas al único eje posible de respuesta a Washington y sus socios vencidos: la que propone enfrentar el colapso capitalista con el socialismo del siglo XXI.

El faro se reencendió en América Latina una década atrás. Hoy tiene carnadura en el Alba. Busca articular su limitada capacidad objetiva en la maraña de contradicciones antes señaladas, en la que alternativamente prevalecen o se someten fuerzas y programas ambiguos e incluso hipócritas, empeñados en restañar las heridas del capitalismo pero necesitados de respaldo de masas,  por lo que recurren al símbolo de la revolución representado por los países del Alba. Todo se transforma sin embargo con el ingreso al escenario de actores hasta hoy ausentes: juventudes y trabajadores de los países centrales; inicio de la radicalización popular en el Norte.

Ahora los países del Alba -y en especial Venezuela y Bolivia- son observados por las vanguardias en pie de combate en Grecia, España, Francia, Italia, Portugal, Gran Bretaña…

El mapa geopolítico mundial, en constante transformación durante la última década, está a punto de sufrir un cambio cualitativo. Pulverizado el unicato estadounidense, en su lugar domina la ausencia de hegemonía; Rusia en franca reorientación estratégica contra Estados Unidos y la Otan; China al fin de un vertiginoso período de crecimiento capitalista; India conmocionada por fuerzas centrífugas; Irán afirmando un espacio cuya eventual consolidación arrancará a todo el Asia Menor de manos imperiales; la Celac apuntada a reemplazar a la OEA, desplazando a Washington. La rosa de los vientos muestra como puntos cardinales el abismo de la crisis capitalista y el horizonte socialista. Esos serán los polos obligados de realineamiento internacional, sin espacio duradero para posiciones intermedias.

 

Práctica y teoría

Además de derrumbar como fichas de dominó una docena de gobiernos, las políticas impuestas en la Unión Europea para afrontar la crisis inervaron nuevos movimientos de masas. Son expresiones frescas de la lucha de clases. Para surgir han debido romper con aparatos partidarios, sindicales y culturales integrados a los Estados capitalistas bajo nombres utilizados como disfraz: socialistas, comunistas, sindicalistas. En esa ruptura reside su fuerza y su debilidad: comenzaron por fin a demoler los caballos de Troya del capital, pero carecen todavía de programa y estrategia, no pueden plasmar en nueva conciencia, unidad y organización para luchar franca y efectivamente por el poder.

Asumen, no obstante, que se trata precisamente de esto: el poder. El proceso es tan desigual como lo muestran Syriza en Grecia, los indignados de España, el Frente de Izquierda en Francia, entre tantas nuevas expresiones de combate, en la que irrumpen ahora los estudiantes canadienses, impiadosamente reprimidos por las muy democráticas autoridades de ese otro modelo derrumbado.

Al menos por ahora, el punto de combinación de semejantes desigualdades no está en Europa misma, mucho menos en Estados Unidos, donde también germina la semilla de la rebeldía frente a la brutalidad del sistema. Está en América Latina. El único eje posible de recomposición está en los avances revolucionarios de los países del Alba. Desafío histórico que tendrá un momento crucial cuando en julio se reúnan en Caracas los partidos y organizaciones políticas de todo el mundo que integran o simpatizan con el Foro de São Paulo. No confundir con el Foro de Porto Alegre. Se trata de una instancia partidaria, desviada hace ya tiempo de su rumbo original anticapitalista, tensada hoy al máximo por las exigencias de la nueva etapa. Las nuevas fuerzas de todo el planeta estarán allí representadas y con los ojos puestos en la marcha de la Revolución Bolivariana y las posiciones que expondrá ante ellas Hugo Chávez.

En ese recinto tendrá lugar un debate teórico y político trascendental. Es presumible que las posiciones antimperialistas se articularán a escala mundial y, en ese conjunto multifacético, avanzarán partidos, organizaciones y cuadros empeñados en echar los cimientos de una organización mundial por el socialismo del siglo XXI.