bogotá y caracas entrelazadas por un raro vuelco geopolítico

La guerra o la paz

PorLBenAXXI

 

Ya estaba en proceso de impresión esta edición, cuando en la mañana del 1 de marzo el Ministro de Defensa de Colombia anunció la “muerte en combate” de Raúl Reyes, uno de los comandantes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Juan Manuel Santos admitió que el hecho había ocurrido en territorio ecuatoriano.

Esta página debía reproducir una reflexión de Fidel Castro del día 28 de febrero, que había sustituido, a última hora, el análisis habitual de esta sección. Pero fue necesario cambiar por segunda vez en dos días.

Significativamente, la columna original llevaba el mismo título que ésta. La diferencia es que, en la sucesión de acontecimientos contradictorios que empujan hacia la guerra o la paz, analizaba un hecho positivo: la liberación de otros cuatro prisioneros de las Farc, entregados en libertad al gobierno venezolano. El inusual cambio de una página que por definición no se ocupa de noticias inmediatas, revela el ritmo de vértigo y la gravedad que ha tomado la crisis regional.

Primero los hechos. Con el correr de las horas se comprobó que el presidente Álvaro Uribe le mintió a sabiendas a su par ecuatoriano. No hubo combate en territorio colombiano y un desplazamiento de las acciones hacia el país vecino. Presumiblemente para evitar un cerco de las fuerzas oficiales, las Farc habían transpuesto el río Putumayo internándose 1800 metros al otro lado de la frontera. El propio Correa aseguró en cadena nacional que los cadáveres de los guerrilleros fueron hallados sin ningún rastro de combate en el área y en paños menores; es decir, que fueron atacados, con bombardeos aéreos, mientras dormían. Aseveró además que aviones y helicópteros artillados entraron más de 10 kilómetros y atacaron al campamento desde el Sur. Luego hubo un segundo asalto. Ingresó otra cuadrilla de helicópteros que esta vez descendieron en el lugar. Sus ocupantes remataron a varios de los heridos y se llevaron a dos de ellos: Raúl Reyes y Julián Conrado, otro comandante de la organización insurgente. La operación dejó 20 muertos y dos guerrilleras heridas. “Fue una masacre”, dijo Correa. Luego anunció el desplazamiento de tropas hacia la frontera, la expulsión del embajador colombiano y convocó al Consejo de Seguridad Nacional. El Presidente ecuatoriano subrayó además que la detección del campamento había sido realizada por medios técnicos con ayuda de una potencia extranjera. Reyes utilizó un teléfono satelital. Desde la base estadounidense en Manta, esa llamada fue detectada.

Develada la mentira, el gobierno colombiano echó leña al fuego: declaró primero que había actuado en legítima defensa; y a pocas horas de la exposición de Correa, anunció que en la computadora de Reyes se había hallado una carta donde revelaba contactos de las Farc con el gobierno ecuatoriano. Ese mismo domingo 2 de marzo y tras el anuncio de que tropas del ejército colombiano se ubicaban sobre la frontera con Venezuela, el presidente Hugo Chávez se solidarizó con Correa, retiró de Bogotá a todo su personal diplomático, ordenó el desplazamiento de 10 batallones a la frontera y denunció que Estados Unidos está haciendo de Colombia un Israel en América Latina.

 

Objetivos de la agresión 

Ya no son pronósticos agoreros. No sólo en áreas remotas del planeta se extiende la sombra ominosa de la guerra. Aunque durante el último año lo oculten quienes debieran estar previniéndolo, aunque por ineptitud lo ignoren o por complicidad lo soslayen las dirigencias políticas, esa amenaza planea hoy sobre el hemisferio americano. La búsqueda del acuerdo humanitario entre guerrilla y gobierno colombiano es un camino de paz; la negativa supone una escalada hacia la guerra. Desde noviembre estaba claro que, empujado por Estados Unidos, Uribe había optado por lo segundo.

Las causas están claras. Y no se explican sólo ni principalmente por el conflicto interno de Colombia: empeñado en neutralizar y revertir el movimiento de convergencia suramericano, Washington debía impedir el desarrollo del acuerdo humanitario. El bombardeo a un pelotón de las Farc a escasas horas de la entrega de prisioneros, atenta obviamente contra la continuidad de esa política. Pero la incursión bélica en territorio ecuatoriano va mucho más allá: como mínimo, clava una cuña entre esos tres gobiernos que dificulta y posterga sin fecha el proceso de convergencia suramericana (en días más tendría lugar en Colombia una cumbre de la Unión de Naciones del Sur, la sede de Unasur está en Ecuador, el más enérgico promotor de esa organización regional es Venezuela). Pero los acontecimientos pueden escapar al control y desencadenar un conflicto bélico entre estos tres países (junto con Panamá la antigua Gran Colombia bolivariana) y fatalmente involucrar al resto de la región, trastocando por completo el proyecto de unión suramericana.

De modo que tras la perspectiva de guerra hay intereses inocultables. Como son evidentes las razones para empeñarse en una batalla por la paz: la conformación de un bloque regional que otorgue autonomía al hemisferio y permita realizar planes de integración, genuino desarrollo económico y solución a los dramáticos problemas sociales que aquejan a 400 de los 500 millones de latinoamericanos.

En la maraña informativa será útil mantener claros los parámetros de la gravísima coyuntura abierta por la agresión colombiana a Ecuador y el duro golpe asestado a las Farc: el conflicto es entre el imperialismo estadounidense y el conjunto de los países al Sur del Río Bravo; y la opción, para toda el área, es entre la guerra y la paz.

La proclama de Chávez

PorLBenAXXI

 

Siempre parece que se ha llegado al límite en la transgresión a la objetividad de los hechos, a la ética profesional, cuando la prensa comercial internacional ataca al unísono a la Revolución Bolivariana. Pero cada día la frontera se desplaza más allá. No es preciso referirse a un corresponsal de The New York Times que se permite describir al presidente Hugo Chávez como “crazy like a fox” (loco como un zorro). Después de todo, un mercenario enviado por su diario a montar una provocación para ser expulsado y, así, poder mostrar al mundo que en Venezuela no existe libertad de prensa, es menos significativo que el hecho de que la prensa de mayor gravitación (con la totalidad de los diarios tradicionales en Suramérica haciendo coro), se embarque en una tarea de ocultamiento y tergiversación difícilmente comparable, incluso apelando a los peores excesos en los años de la “guerra fría”.

La innovadora metáfora de The New York Times (hasta ahora los zorros eran astutos) viene a cuento para explicar lo que el enviado entiende como “extraños métodos y propósitos” del presidente venezolano. Ocurre que son esos métodos y propósitos los que el decano de la prensa estadounidense se empeña en ocultar. Los súbditos del Sur hacen lo mismo, aunque esgrimen una pantalla más estridente: el célebre maletín con dólares incautado a un empresario venezolano, nacionalizado estadounidense, con residencia en Miami, descubierto cuando descendía en Buenos Aires de un avión fletado por Enarsa, la empresa argentina de energía.

En el Foro mensual de América XXI en Buenos Aires, un experto en cuestiones energéticas resumió con fina puntería el significado de la campaña de prensa en torno al hecho: “hacen un escándalo y mantienen durante semanas el tema de la maleta con 800 mil dólares, pero no dicen una palabra del saqueo petrolero y minero”, señaló Félix Herrero. La suma transfugada anualmente se eleva a 15 mil millones de dólares sólo en concepto de renta de la tierra por la extracción de petróleo.

Ahora bien: ésa es la misión de la prensa capitalista en tiempos normales. Pero la modalidad desaforada utilizada hoy en cadena mundial contra Chávez habla con elocuencia de hechos nuevos: la profundización y extensión de la revolución socialista en Venezuela y la alarma –más bien desesperación- del imperialismo y sus adláteres subdesarrollados.

 

Métodos y propósitos

 El 15 de agosto Hugo Chávez se tomó unas tres horas para exponer ante la Asamblea Nacional su propuesta de Reforma Constitucional. El discurso fue transmitido en cadena a todo el país. Extremar la voluntad pedagógica para exponer ante la sociedad, con todo detalle, un plan estratégico de refundación nacional, respaldando cada proposición con baterías de datos y argumentos, es desde luego un método extraño a los gobernantes capitalistas, que al margen de su generalizada incapacidad para unir más de dos oraciones sin leer los papers de sus asesores, tienen como objetivo mayor precisamente lo inverso: ocultar los planes de las clases dominantes.

Pero si el método es extraño para ellos, los propósitos lo son más aún. Porque los 33 artículos que el mandatario propone cambiar de la Constitución, constituyen un fino, elaborado y arrollador proyecto de desmontaje del Estado capitalista. Eso y nada menos significa la reforma: la revolución. No es un juego de palabras. Es la dialéctica del proceso más radical y consecuente desde la Revolución Cubana, con un rasgo distintivo: no lo precede una guerra ganada por las masas populares.

En síntesis los cambios apuntan a las formas de propiedad y el papel del Estado frente a ellas, institucionaliza el poder popular, rediseña geopolíticamente el territorio nacional, reordena el esquema gubernamental y produce un muy drástico reordenamiento y cambio conceptual en la fuerza armada, que incluirá la actual Reserva como quinto componente y en igualdad de condiciones, con el nombre de Milicia Nacional Bolivariana. ¿Extraña que al imperialismo le extrañe?

 

Internacional latinoamericana

Hay más, sin embargo. De tamaña trascendencia que los zares de la prensa comercial todavía no han asimilado el golpe y, sin reflejos, sólo se limitan a ocultar: el 25 de agosto, ante millares de aspirantes a militantes del Partido Socialista Unido de Venezuela, Chávez trazó un objetivo de tal osadía que dejó sin habla incluso a connotados escritores que se definen marxistas: dijo que 2008 será el momento de “convocar a una reunión de partidos de izquierda en América Latina y organizar una especie de Internacional, una organización de partidos y movimientos de izquierda de América Latina y del Caribe”. Tras años de desatino y cobardía, el extraño propósito de aunar la fuerza de las expresiones más avanzadas de los pueblos latinoamericanos reaparece con la certeza de que a poco andar cobrará vida: “Hay un resurgimiento de la conciencia de los pueblos; deben seguir creciendo los movimientos, líderes y liderazgos de una izquierda nueva, de un proyecto nuevo”.

Proclamar y llevar a cabo el socialismo y el internacionalismo suena a demencia en las redacciones de los grandes medios y en buena parte de la intelectualidad adosada al poder. Para ellos no cabe duda: Chávez es “loco como un zorro”.

Los estrategas serios, en cambio, saben de que se trata. Y preparan en silencio la agresión (la provocación a gran escala contra el gobierno de Evo Morales es sólo la punta del témpano) mientras mandan a sus perros de prensa a ladrar para desviar la atención.

lula ante opciones de trascendencia continental

La parábola del PT

PorLBenAXXI

 

Bajo fuego: acosado por denuncias de corrupción, distanciado de sus bases y frente a una rebelión de su propio partido, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva corre el riesgo de un juicio político que lleve a su destitución. De baluarte moral en representación de los trabajadores, el PT en el gobierno pasó a ser punta de lanza de un programa de saneamiento capitalista y se hundió en un abismo de corrupción. Los tiempos se acortan para adoptar un rumbo que permita superar la crisis.

 

“Contra lo que sugieren encuestadores y analistas, si Lula logra superar este trance y estabilizar su gobierno antes de fines de año, tiene más chance que nadie de ganar las elecciones presidenciales en octubre de 2006. Por eso en las próximas semanas recrudecerán las denuncias y maniobras, con el objetivo de unos de mellar su base electoral y para otros de precipitar su renuncia. Quedan pocos días para que Lula decida un curso de acción y neutralice o no esta operación que, sobre la base de una degeneración en todos los órdenes de la cúpula petista, combina en dosis diferentes y sin plan alguno, zarpazos de aspirantes al cargo de Presidente, desesperación de funcionarios de alto rango en todos los partidos, y aprovechamiento oportunista por parte de sectores de la burguesía aliados a la estrategia de la Casa Blanca, que movió las piezas iniciales para desencadenar esta tormenta procurando cambiar a su favor la coyuntura regional”.
Esta reflexión la hace para América XXI un fundador del Partido de los Trabajadores (PT), quien distanciado desde hace una década del equipo dirigente pide reserva de su nombre mientras vacila entre acompañar los esfuerzos de refundar el partido o lanzarse, como ya han hecho cientos de cuadros, a la organización de una nueva estructura política.
Todo comenzó cuatro meses atrás, cuando Roberto Jefferson, presidente del Partido Laborista Brasileño (PTB), denunció que el PT pagaba sobornos mensuales a diputados propios y ajenos para garantizar el control del Parlamento. Naturalmente ese dinero sucio debía provenir de fuentes ocultas y circular por canales clandestinos. El hilo de la corrupción llevó a figuras impensables y las revelaciones en cascada produjeron desde entonces la renuncia forzada de 59 altos funcionarios, entre ellas, el 17 de junio, la de José Dirceu, jefe de Gabinete ministerial, principal dirigente del PT, hombre de máxima influencia sobre Lula. Una semana antes había caído José Genoino, presidente del PT y cara visible del giro a derecha que el partido experimentó desde mediados de los `90, bajo el influjo ideológico de figuras que no han sido alcanzadas por la avalancha de denuncias.
El presidente Luiz Inácio Lula da Silva se mantuvo en silencio y al margen durante varias semanas, mientras expertos abogados en combinación con los funcionarios directamente involucrados diseñaron una táctica consistente en encuadrar el ilícito como “crimen electoral”, argumentando que todo había sido un inocente mecanismo de préstamos tomados por miembros del PT a título personal y transferidos al partido. Guiado por sus asesores, Lula ensayó una defensa insólita por el contenido y el lugar en que la hizo pública: de visita en París con motivo del aniversario de la Revolución Francesa, declaró en conferencia de prensa el 15 de julio: “lo que el PT hizo desde el punto de vista electoral es lo que se hace en Brasil sistemáticamente”. Pero dos días después la argucia fue invalidada por los datos llegados a la Comisión Parlamentaria de Investigación (CPI). El Presidente quedó expuesto y ante un riesgo inminente.
Demoraría un mes sin embargo en hacer un mea culpa ante el país. Para entonces funcionaban tres CPIs en el Congreso, cada una con causas diferentes. Pero fue el pintoresco asesor de imagen de Lula, artífice de la campaña electoral que lo mostró acicalado y vestido con trajes importados, Duda Mendonça, quien asestó el mazazo decisivo cuando el 11 de agosto declaró que había cobrado más de 10 millones de reales (unos cuatro millones 300 mil dólares) por su trabajo para la campaña de 2002 con dinero ilegal proveniente de Bancos extranjeros y a través de un paraíso fiscal en Bahamas. Mendonça agregó que el PT aún le debe 14 millones de reales. Pero faltaba algo todavía: Valdemar Costa Neto, presidente del Partido Liberal, al cual pertenece el vicepresidente de la nación, José Alencar, dijo a la prensa que el PT había comprado el apoyo de su partido y la inclusión del empresario Alencar en la fórmula por 4 millones 200 mil dólares. “El Presidente sabía lo que estábamos negociando. Lula sabía lo que Dirceu estaba haciendo. Lula fue (al lugar donde se negociaba) para dar el martillazo (…) Lula y Alencar se quedaron en la sala y fuimos para el cuarto Delubio (Soares, el Tesorero del PT), Dirceu y yo”.
Estas declaraciones inundaron el país y el mundo. Al día siguiente, el 12 de agosto, Lula habló por cadena de radio y televisión, pidió perdón y dijo: “fui traicionado”.

 

Estadistas y populistas:  claves de una debacle

Tras la decapitación de buena parte de la dirección nacional del PT, ocupó la presidencia del partido el hasta entonces ministro Tarso Genro. Por esas ironías de la historia, dos años atrás Genro había publicado en el Jornal do Brasil un artículo titulado “Chávez y Lula”. Allí, con fecha 17 de septiembre de 2003, el autor subrayaba que “el PBI de Venezuela cayó un 15% en los últimos años” y que Chávez estaba “cercado políticamente por un requerimiento firmado por 2,7 millones de personas”. Al margen las incorrecciones –o la deliberada maledicencia- el hecho es que Genro condenaba a quienes defendían a Chávez por “enfrentar al imperialismo”, pese a que, según él, esto redundara en que “la vida de la amplia mayoría del pueblo haya empeorado y que el propio mandato del presidente esté amenazado por una Constitución Democrática que él mismo inspiró”.
Genro tenía todo muy claro: “El gran error de Chávez fue subestimar las instituciones y la sociedad formal, o sea, aquellos grupos orgánicos de la estructura social, por los cuales pasa la producción, la formación de opinión. Allí donde está el saber técnico, la vida de los partidos, los intereses de clase y de corporaciones –justos o injustos- a través de los cuales la política se realiza (…) Aquí en Brasil el presidente Lula, al contrario de lo que ocurre con el presidente Chávez, constituyó un sistema de alianzas que es la llave de la gobernabilidad y de la convivencia armónica (…) Cambio con gobernabilidad y gobernabilidad para el cambio, he allí la visión realista y, al mismo tiempo, transformadora que da sustentación al gobierno del presidente Lula”.
Todo fluye. Ya entrada la noche del 11 de agosto pasado, Hugo Chávez arribó a la Granja do Torto (la residencia presidencial en Brasilia) para solidarizarse ante el mundo con Lula. Culminaba la jornada en que Mendonça y Costa Neto lanzaron sus misiles antigobernabilidad. Genro luchaba a brazo partido con Dirceu, quien implícitamente acusado de traidor y a punto de ser condenado por corrupción, se resiste a dejar el timón del PT. Más aún: presumiblemente para negociar con las fuerzas de oposición un acuerdo que evite el juicio político y la destitución de Lula a cambio de que éste asegure que no se presentará a elecciones el año próximo, Genro declaró el 23 de agosto: “No sé si hoy Lula tendría condiciones de ser reelecto (…) si eventualmente el Presidente no quisiera disputar, el PT tiene cuadros nacionales como el senador Aloizio Mercadante o el alcalde Marcelo Deda”, completó Genro omitiendo con humildad su nombre. Luego cayó otra andanada de denuncias, ahora contra el ministro de Hacienda, Antonio Palocci, mano ejecutora del plan económico que está en la base del vaciamiento del PT y su crisis actual. En ese punto Lula reaccionó de inmediato: “si cae Palocci se termina mi gobierno”, dijo, amenazando al empresariado que busca cortarle las alas pero no pretende derrocarlo por temor a los efectos económicos y políticos de semejante desenlace.
Poco después Lula haría otra declaración pública con ribetes dramáticos: “no me suicidaré, no renunciaré, no permitiré que me saquen del gobierno”, afirmó en un intento de frenar las especulaciones.

 

Atonía social

La sociedad ha reaccionado con pasivo estupor ante esta inesperada catarata de revelaciones. Apenas una marcha de apoyo a Lula, promovida por la Central Unica de los Trabajadores y la Unión Nacional de Estudiantes, que reunió en Brasilia entre 20 y 30 mil personas, un número no sólo exiguo sino equivalente al que congregaron sectores de oposición de izquierda al día siguiente, en el mismo lugar. Lula y el PT no han convocado a los millones de ciudadanos que los votaron en octubre de 2002, tal vez porque hacerlo requiere un golpe de timón en el manejo de la economía y de las alianzas de clases y partidos para continuar gobernando.
¿Qué hará Lula? ¿volverá a los orígenes de su partido, a las reivindicaciones que lo catapultaron al Palacio del Planalto, o continuará buscando la gobernabilidad como la entiende el actual presidente del PT? La verdadera cuestión, sin embargo, es qué harán los cientos de miles de cuadros y activistas que forjaron el PT y lograron que un obrero llegara a la presidencia. De ellos depende que el desvío de un puñado de hombres y mujeres encandilados por el capitalismo derive o no en una derrota política y el consecuente respiro que tal decurso daría a la estrategia estadounidense para la región. El Proceso de Elección Directa que culmina el 18 de septiembre instalando una nueva dirección del PT, será una instancia a partir de la cual comenzará a develarse la incógnita.

Paréntesis

PorLBenAXXI

 

Por estos días están a la vista los resultados exitosos de un contraataque lanzado por el gobierno estadounidense el año pasado. Esta columna señaló en más de una oportunidad causas y métodos de esa obligada táctica ofensiva del Departamento de Estado, empeñado en contrarrestar la dinámica suramericana en detrimento de planes y urgentes necesidades de Washington.

El saldo a la fecha está lejos de lo planeado por los estrategas imperiales. No obstante, se hace sentir. En la marcha suramericana se produjo una suerte de compás de espera, fincado en el Mercosur y proyectado a la recién nacida Unión de Naciones Suramericanas (Unasur).

Negativa de sectores parlamentarios en Brasil y Paraguay a votar la plena integración de Venezuela al Mercosur; agudización de un conflicto artificial entre Argentina y Uruguay; choques comerciales múltiples entre grupos económicos de Brasil y Argentina; decisión brasileña de autorizar nuevas zonas francas… son algunos entre tantos otros mecanismos de freno resultantes en última instancia de dos factores de diferente orden. Uno, propio y estructural, atiende a la lógica de economías basadas en el lucro empresarial y la competencia a todo trance por ventajas comerciales, deriva en choques intergubernamentales. El otro, circunstancial y externo: una panoplia de argucias utilizada por Washington para agravar conflictos latentes y crearlos donde no existan.

 

Mano invisible

Presiones diplomáticas, coacción económica, extorsión individual, amenazas militares, promesas comerciales, operaciones visibles y sobre todo invisibles, constituyen la combinación de palo y zanahoria con la que la Casa Blanca se lanzó a intentar frenar la marcha de un Mercosur formateado y de Unasur. Una de las armas de esa panoplia está logrando el resultado esperado por el Departamento de Estado: la propuesta de compra de enormes volúmenes de grano para producir biocombustibles en Estados Unidos disparó la codicia de oligarquías terratenientes en el Cono Sur. Con métodos diferentes en cada caso éstas llevaron al extremo las presiones sobre sus respectivos gobiernos e hicieron trastabillar a quienes, por razones políticas o ideológicas (o por desgraciada combinación de ambas), no están en condiciones de hacerles frente.

Como no podía ocurrir de otra manera, ese compás de espera fue aprovechado por un tercero: para alarma de Washington, la Unión Europea arremetió en la última cumbre de la Comunidad Andina de Naciones, convertida de hecho en lobby a favor de que el enterrado Alca renazca con otro nombre… en las babeantes fauces transnacionales del viejo continente.

Este complejo choque de fuerzas aparece en la superficie como irrupción de conflictos, parálisis -o por lo menos perplejidad, indecisión- en los gobiernos del área. La prensa comercial, desde luego, hurga en la llaga, magnifica, tergiversa y en no pocos casos inventa sin reparos.

Bajo la superficie, el hecho es que Suramérica continúa marchando a paso firme en el sentido dominante durante el último quinquenio. Y ha avanzado tanto que arribó a un punto de no retorno: o pide perdón y busca un rinconcito tibio en la geografía anexionista planeada por el imperialismo, o acelera con destino a la unión política a partir de la cual se planificarán y resolverán las urgencias económicas de la región.

Simultáneamente, dentro de ese conjunto hoy entre paréntesis, ha crecido con ímpetu inesperado la Alternativa Bolivariana para las Américas (Alba), integrada por Bolivia, Cuba, Nicaragua y Venezuela. El Alba ya tiene un Consejo de Ministros (un embrión de gobierno conjunto), en cuyas manos está la realización de ambiciosos objetivos sociales ya en marcha y la planificación de líneas de complementación y genuina integración económica. Resalta allí una voluntad común cualitativamente superior a la visible en Unasur, Mercosur y CAN.

Otro bloque, con signo contrario, lo constituyen Colombia y Perú, por momentos con participación de Chile. Los países restantes componen un tercer bloque, oscilante.

No es de esperar que las 12 naciones suramericanas asuman ya el programa y la conducta del Alba. Tampoco que ese ejemplo vivo pase inadvertido para pueblos acosados por la miseria y la degradación.

Por el callejón entre ambos caminos, en los próximos meses se dirimirá la forma y el contenido con los que finalmente tomará cuerpo la convergencia suramericana. Cientos de millones de latinoamericano-caribeños observan las conductas particulares de cada gobierno frente a las presiones, chantajes y maniobras de Washington y de las burguesías locales.

En las últimas semanas, porfiadas turbulencias bursátiles recordaron a gobernantes y gobernados el terreno sobre el que reposa el actual cuadro institucional suramericano. Resta saber qué conclusiones saca cada quien.

Qué elige Argentina

 PorLBenAXXI
     

Dos distritos emblemáticos le dieron la espalda al presidente Néstor Kirchner el 24 de junio, en elecciones de segunda vuelta para gobernadores. Una nube de pesimismo –injustificada, dicho sea por adelantado- oscureció el panorama político nacional.

En la Capital Federal, rica y sofisticada metrópolis con 2 millones y medio de votantes, Mauricio Macri, representante de la ultraderecha liberal, proveniente del peronismo gobernante en la fatídica década de 1990, aventajó por 22 puntos porcentuales -61 a 39- al hombre puesto por el Presidente para disputar el cargo. En la remota isla del fin del Sur, con menos de 100 mil electores, una mujer de historial progresista le ganó por cinco puntos al candidato oficial.

Estos resultados golpean de lleno al Presidente y dan pie a una implacable campaña mediática. Kirchner asumió como propia la campaña en la Capital Federal y enfrentó personalmente a Macri.

 

¿Giro a derecha?

Pese a las apariencias, el alegado giro del electorado porteño hacia la derecha no se corresponde con la realidad. El primer y más crudo dato para contrarrestar esa impresión es el nivel de abstención, que llegó al 35%, cifra elevadísima para las pautas locales, donde el sufragio es obligatorio. De los votos emitidos, hubo un 3% blancos y otro 2,8% nulos. Sumados, quienes no votaron o no lo hicieron de manera positiva equivalen al 39,09% del padrón. Así, sobre el total de electores, Macri obtuvo el 35,8% y su contrincante el 25,03%.

Pero hay dos factores de mayor relevancia aún: camuflada de democrática, la derecha no se presentó con discurso propio; enfrente, muy pocos identificaron al candidato oficial con la izquierda. Estos resultados –como los registrados en los últimos años- indican despolitización, ausencia de certezas, plasticidad moral del ciudadano medio. Es sobre la argamasa creada por esos factores por donde avanza el fascismo. Pero no cabe confundir potencia con acto.

 

Otros resultados 

En un cuadro de acelerada descomposición y desagregación de todos los partidos, la distancia entre el peso personal de Kirchner y la capacidad electoral de la estructura que lo acompaña es notoria. Aunque resulte paradojal, la misma causa que sustenta su neta preponderancia frente a cualquier rival, es la base de su debilidad. En cuatro años, la organización política creada por el Presidente para los comicios de 2003, el Frente para la Victoria (FPV) pudo atribuirse la victoria lograda con diferentes alianzas en la renovación parcial de ambas Cámaras en 2005, pese al traspié del ex canciller Rafael Bielsa que en la Capital Federal salió tercero con 21%. Pero en ocho elecciones provinciales posteriores, el FPV no ganó ninguna. El caso del referendo en Misiones, en octubre pasado, fue grave porque también allí se involucró directa y personalmente la figura presidencial: el obispo Joaquín Piña, a la cabeza de una coalición “progresista” superó al gobernador Carlos Rovira por 56,6  contra 43,4%. Antes, también con intervención directa de Kirchner, había sido derrotado el justicialismo al que apoyó en Santiago del Estero: el radical Gerardo Zamora se impuso con el 46,5%. Ya este año, en la constituyente de Corrientes (18/2), al igual que las elecciones para gobernador en Catamarca (11/3), Entre Ríos (18/3) y Río Negro (20/3), el FPV perdió aunque ganaron figuras del justicialismo o de la Unión Cívica Radical aliados al carro vencedor de Kirchner pero crudamente enfrentados con el FPV. Luego el Presidente perdería sin atenuantes ante fuerzas explícitamente enfrentadas con él en Neuquén (3/6), antes de rodar en Buenos Aires y Tierra del Fuego.

Sigue un calendario complicado: el 26 de agosto Kirchner obtendrá una victoria en Tucumán. Luego, el 2 de septiembre la suerte se juega en dos provincias clave: Santa Fe y Córdoba. En la primera los pronósticos anuncian la derrota oficialista frente a una alianza del Partido Socialista y la Unión Cívica Radical. En la segunda, Kirchner abandonó a última hora a su hombre más próximo en la provincia, Luis Juez, para aliarse con Juan Schiaretti, candidato del actual gobernador José De la Sota –acérrimo enemigo del Presidente- y ex mano derecha de Domingo Cavallo, el ministro de Economía de los años 1990. El 16 de septiembre Kirchner previsiblemente ganará en Chubut con candidato propio, pero perderá en Chaco ante la UCR. La elección en el resto de las provincias coincide con el comicio presidencial. Y allí Kirchner cuenta con Buenos Aires, cuyo decisivo peso electoral puede garantizarle la victoria.

 

Después de Octubre

Si Kirchner recupera la iniciativa, es improbable que la oposición ultraconservadora, disgregada y sin base de sustentación popular, logre pasar a una segunda vuelta, instancia en la cual podría aspirar a unirse contra Cristina Fernández de Kirchner, hasta ahora candidata presidencial. El problema será gobernar después de octubre. Aunque de manera distorsionada, las advertencias del electorado reflejan cuestiones de fondo irresueltas, que se agudizarán de ahora en adelante. Estados Unidos asecha, presiona y chantajea para sacar a Argentina de la convergencia suramericana. Antiguos y nuevos cuadros políticos respaldados por los grandes medios de difusión ven ahora la oportunidad de dar el zarpazo. Muchos de ellos están aliados al Presidente. En sentido inverso, no menos elocuente es la explosiva reaparición de Sergio Acevedo, figura clave en el primer período del actual gobierno, que con motivo de la prórroga de concesiones petroleras a empresas extranjeras en Santa Cruz y Chubut, sostuvo que “se está profundizando la matriz económica menemista” y anunció su decisión de “dejar de pertenecer al espacio kirchnerista”.

Este oleaje se agigantará en el próximo período, al margen de los resultados electorales. En medio de esa tormenta Argentina deberá resolver qué destino elige.

 

 

 

debate en estados unidos a comienzo de 1992

Democracia y Revolución

PorLBenAXXI

 

Opciones: el texto que sigue corresponde a la desgrabación textual de una ponencia presentada por el autor en el encuentro denominado Diálogo/Democracia ’92, realizado en Nueva York el 28 y 29 de febrero de 1992. Al encuentro concurrieron representantes de América Latina, África y Asia. Entre otros, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (Fmln) de El Salvador, el Partido de la Revolución Democrática (PRD) de México, el Nuevo Frente Democrático de Filipinas, M-19 de Colombia, el Frente Popular de Costa de Marfil, delegados de la Nación Mohawk (Canadá), Ofensiva 92 de Puerto Rico, Liga Democrática-Movimiento por un Partido del Trabajo de Senegal. La organización Rainbow Lobby convocó al encuentro a partir de miembros del Foro de São Paulo, presentándose como una fuerza revolucionaria marxista estadounidense. Lo cierto es que en el documento inicial de los organizadores y luego en el debate se presentó la situación en Cuba como tema de controversia: la prueba ácida para quien quiera se presente como revolucionario. No sólo el equipo convocante falló ante esa prueba. En todo caso, lo cierto es que la reunión permitió confrontar la diversidad de opiniones que se expresan con palabras idénticas y significados contrapuestos, aunque no llegó a discutir concienzudamente el tema en cuestión. Se reproduce el texto original completo.

 

Estimados compañeros y amigos,
Ante todo permítanme agradecer a los organizadores de esta Conferencia la posibilidad que me ofrecen de iniciar un diálogo con los hermanos trabajadores, las vastas capas oprimidas de afro e hispanoamericanos y los genuinos demócratas del pueblo estadounidense. Les hablo en mi condición de director de la revista Crítica de Nuestro Tiempo, que precisamente se propone servir como vehículo para entablar un diálogo sincero, respetuoso, sin prejuicios ni concesiones, entre quienes desde los más remotos países del mundo levantamos las banderas de la emancipación social, la soberanía de los pueblos, la libertad y la auténtica democracia.
Es doblemente oportuno, en este momento tan singular de la realidad política internacional, reunirnos en el país de Tom Paine, de Thomas Jefferson y Abraham Lincoln, para ahondar el debate acerca de la democracia.
Y digo doblemente oportuno porque este país que a lo largo de su historia ha realizado dos revoluciones políticas para garantizar los derechos democráticos y las garantías individuales, no sólo asiste a un sistemático recorte y estrechamiento en la vigencia de esos derechos y garantías para su propio pueblo, sino que en el escenario internacional descarga todo su inmenso poder precisamente como factor opuesto a la democracia.
En la carta de invitación que los organizadores me hicieron llegar, se nos exhorta a “reconocer que los cambios políticos que han transformado al mundo en los últimos años, han generado una desestabilización profunda en Estados Unidos y que esos cambios de las condiciones históricas reclaman un cambio en las relaciones con Estados Unidos”.
La invitación recuerda que los movimientos de liberación y las fuerzas progresistas hasta ahora se relacionaron con este país a partir, dice, “de la idea de que un cambio revolucionario en Estados Unidos no es necesario ni posible”.
Pero ahora, en el nuevo cuadro de situación mundial, concluye la carta, “estamos invitando a nuestros compañeros en todo el mundo a que establezcan una nueva alianza, la cual reconozca como posibilidad y necesidad cambios fundamentales en Estados Unidos”. Pues bien compañeros, quiero transmitirles mi convicción de que ustedes están en lo cierto sobre este punto: hoy salta a la vista ­–y con ribetes dramáticos– que es necesario un cambio revolucionario en Estados Unidos. Y quiero subrayar mi coincidencia con la afirmación de que ese cambio es posible. Cuando en este país el estancamiento económico se transforma en recesión, apunta a la depresión y con millones de desocupados anuncia el flagelo que caerá sobre las grandes mayorías; en momentos en que se acentúan las manifestaciones derechistas y racistas del establishment, sus partidos y sus candidatos; ante la comprobación de que pese a las inmensas riquezas obtenidas del saqueo a los países subdesarrollados, el nivel de vida de los trabajadores y el pueblo estadounidense desciende sin cesar; a la vista de que la defensa de las fabulosas ganancias de los capitalistas lleva a la destrucción de los sistemas de asistencia social y educación; cuando se atacan los derechos de las mujeres; comprobado que la vida política del país es groseramente manipulada por 200 familias; frente a la evidencia de que los gobernantes elegidos por menos de un cuarto de la ciudadanía no trepidan en embarcarse en empresas criminales de la magnitud de la guerra del Golfo y con impudicia pretenden avasallar la soberanía de quienes no admiten su tutela, no puede ya caber a nadie la más mínima duda: sí, son necesarios cambios fundamentales, cambios revolucionarios en Estados Unidos. A muchos, todavía, puede caberles duda sobre la viabilidad de esa empresa. Siempre, ante los grandes desafíos de la historia, la duda hace vacilar o retroceder a la mayoría no ya de la opinión pública, sino de la intelectualidad e incluso de las fuerzas progresistas. Sepan compañeros que nosotros, concientes de las inmensas dificultades que esto implica, pero con el respaldo de la teoría, la evidencia de los datos de la realidad y la confianza arraigada en nuestros sentimientos más profundos, compartimos la certeza de que es posible, en las entrañas del monstruo, un cambio revolucionario. Y sepan también de nuestro convencimiento acerca de la íntima vinculación entre la realización de esos cambios en este país y la conquista de la libertad, la soberanía y la democracia en nuestros propios países, lo cual hermana en un combate común a todos aquellos que desde Alaska a Tierra del Fuego estamos dispuestos a responder al desafío.

 

Qué dicen las palabras

Dado el carácter de esta conferencia, cabe preguntarse qué relación hay entre la democracia y esos cambios necesarios y posibles, lo cual requiere ante todo definir ambos términos de la proposición. No entendemos la democracia como un concepto absoluto e inmutable. Lo único absoluto es la constante búsqueda en pos de la plenitud del hombre en todos los órdenes. La democracia griega, máxima expresión del avance de la humanidad en su tiempo, hoy sería considerada una feroz dictadura esclavista e imperialista. Del mismo modo, la Constitución de Estados Unidos era el punto más alto de la democracia hace 200 años; pero si no hubiese sido enmendada, hoy sería un modelo de tiranía institucional. Los hacendados y capitalistas reunidos en Filadelfia, al redactar las leyes tomaron todos los recaudos para preservar sus intereses. Enmendarlas requirió una guerra civil y una ardua e ininterrumpida lucha de aquellos cuyos intereses no habían estado representados en aquel Congreso. El texto actual es incomparablemente más avanzado y, a no dudarlo, en lo que hace a libertades públicas y derechos individuales traza un límite del cual la humanidad no retrocederá en su marcha histórica. Pero no es menos incompleto que el redactado en 1787 y, sobre todo, no contempla los intereses de los esclavos de hoy más de lo que lo hacía aquél con los esclavos de entonces.
Por otra parte, no confundimos las garantías civiles y los derechos individuales con el sistema que los permite o los niega. Aquellos son el resultado de la permanente tensión de fuerzas entre el conjunto de la población por un lado y un puñado de capitalistas por el otro. Y también del resultado de ese choque de fuerzas en el plano internacional (lo cual, dicho sea de paso, permite a menudo que la expoliación, la opresión y la ausencia de derechos democráticos para muchos pueblos se traduzca en bienestar y goce de amplias libertades para otros, cuyo conjunto ciudadano usufructúa de ellas sin conciencia de la sangre que costó a sus ancestros y cuesta a sus contemporáneos de países dominados y cree, equivocadamente, que las tiene por gracia del cielo y para siempre). De acuerdo con las circunstancias un mismo sistema socioeconómico puede permitir o negar el ejercicio de las libertades democráticas. Lo que importa establecer en esta relación, por tanto, es si la realización plena y el ejercicio universal de esas libertades favorece o, por el contrario, se contrapone, al desarrollo de un determinado sistema socioeconómico.

 

Capitalismo vs democracia

En esta breve y obligadamente esquemática exposición, permítanme afirmar que la experiencia histórica demuestra que existe una contradicción históricamente irresoluble entre la vigencia y ampliación de las libertades democráticas y un sistema estructurado a partir de la propiedad privada de los medios de producción y economía de mercado, del mismo modo que prueba la inviabilidad a largo plazo de un sistema de propiedad colectiva y planificación económica sin el más amplio ejercicio de la democracia en todos los terrenos. De manera que, además de señalar que la democracia no es un concepto ajeno al espacio y el tiempo, creemos imprescindible subrayar que la democracia tiene una determinación de clase y a ella está sujeta. No se trata, naturalmente, de negar que la necesidad del hombre –conciente o no, expresa u oculta– de gozar de libertad, tenga un carácter universal y atemporal. Mucho menos se trataría de relegar el hecho de que cada conquista en ese camino ha sido fruto de la lucha y el sacrificio de las mayorías y jamás de la graciosa concesión de las minorías dominantes. Se trata de afirmar que es preciso añadir el carácter de clase al concepto de democracia y diferenciar tajantemente la democracia burguesa de la democracia de los trabajadores. Y esto no sólo porque un mismo derecho democrático –por ejemplo votar– no es lo mismo si el sistema alimenta con fabulosas cantidades de dólares aparatos políticos que defenderán con exclusividad, contra toda razón y sentimiento humanitario, los intereses de los grandes capitalistas, que si el sistema demanda elegir entre diferentes personas y proyectos para gobernar una sociedad en la cual no rija el lucro ni la posibilidad de apropiación privada del sacrificio de los demás y no exista la necesidad de transformar a los candidatos en burdas mercancías; no sólo porque una misma libertad –por ejemplo la libertad de prensa– no es la misma si quienes la ejercen lo hacen en la jungla de las grandes empresas capitalistas de comunicación que intoxican al planeta o en un sistema en el cual no exista la mercantilización de la noticia y la obligada manipulación de la verdad; no sólo porque la alienación –respecto de los demás hombres, del producto de su esfuerzo, de la naturaleza y de sí mismo– que presupone la obligación de vender la fuerza de trabajo, hace del hombre en un sistema capitalista un ser esencialmente inhabilitado no ya para ejercer sino incluso para reconocer la libertad. Es preciso calificar y diferenciar tajantemente la democracia burguesa de la democracia de los trabajadores, porque así como la serpiente está en el huevo, aquella lleva en su seno la determinación que la obliga a contraponerse violentamente a las libertades civiles y las garantías individuales. En la misma medida en que el capitalismo no puede desarrollarse y sostenerse sin oprimir, explotar y reprimir; sin destruir constante y crecientemente la naturaleza, seres humanos y bienes materiales, necesita, en algún punto de su evolución, volverse contra las libertades democráticas. Todo por el contrario, la democracia de los trabajadores –y el calificativo indica igualmente que no se trata de una democracia absoluta, perfecta y definitiva ni excluye la presión del Estado contra quienes desafíen su existencia– necesita para sobrevivir una permanente ampliación y profundización que eventualmente produzca un nuevo cambio cualitativo y llegue a eliminar el aparato del Estado.

 

¿Victoria del capitalismo?

Podemos considerarnos privilegiados por estar asistiendo a un momento en que precisamente estos conceptos son perceptibles a simple vista en el panorama internacional: en la Unión Soviética y Europa del Este, donde la superación del sistema capitalista permitió avances extraordinarios en materia social, la feroz dictadura de la burocracia estalinista desembocó en el estallido y desaparición de la Urss; mientras tanto, en las potencias capitalistas, donde los años de bonanza de posguerra llevaron las libertades y derechos civiles a niveles jamás alcanzados en una sociedad determinada por la explotación, la reaparición de la crisis económica viene acompañada por signos estremecedores de derechización y ha instaurado ya una dinámica política internacional de sistemático ataque a los derechos democráticos en todos los órdenes. El corolario es transparente ahora: el socialismo no puede existir sin la democracia de los trabajadores; el capitalismo sobrevive a expensas de la democracia burguesa.
Por eso debo señalar mi desacuerdo con el documento de invitación cuando afirma que la “derrota del comunismo o, en otra forma dicho, la victoria del capitalismo sobre el socialismo, ha cambiado profundamente la escena política estadounidense”. No ha habido derrota del socialismo por la sencilla razón de que un factor esencial de este sistema, la democracia de los trabajadores, no existió desde mediados de 1920 en la Unión Soviética y por ello el sistema allí consolidado no puede ser considerado socialismo, de la misma manera que no puede ser considerado águila un animal sin alas. El régimen político instaurado en aquellos países no era sólo ajeno a los sueños de quienes ansían acabar con la explotación del hombre por el hombre (aunque millones de personas en todo el mundo honestamente lo hayan creído así y hoy vivan el desenlace como una terrible pesadilla) sino que era ajeno por completo a los lineamientos teóricos del socialismo científico. Esta afirmación está ampliamente corroborada por el hecho de que autores de muy diversas tendencias dentro del marxismo (comenzando por Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, 70 años antes de la Revolución Rusa) hayan previsto con asombrosa precisión el desenlace. Pero mi desacuerdo es mayor aún con la suposición de que ha triunfado el capitalismo. ¿Cuál capitalismo ha triunfado? ¿El de mi país, el más avanzado de la América del Sur a principios de Siglo, en el que mueren 30 niños por día de desnutrición; el analfabetismo inexistente hace 80 años llega en algunas regiones hasta el 80%; hay 4.700.000 desocupados y subocupados y a manera de ominoso símbolo recibió en los últimos días la llegada del cólera? ¿Acaso habrá triunfado en el país de los homeless, la recesión que no cesa, la desocupación que no puede ser frenada, el cierre de 26 plantas de General Motors, la estafa de los S&L, la destrucción de la educación y la salud públicas, el derroche inconmensurable en la industria de la guerra y el espionaje, el déficit sideral e incontrolable (400 mil millones de dólares!), el país de la ofensiva contra los derechos de la mujer, dominado por 200 familias y gobernado por dos partidos que son uno y en cuyo seno se afirman los Buchanan, los Duke? ¿Habrá triunfado el capitalismo francés donde gana espacio el fascista Le Pen? ¿O tal vez el de Alemania, donde el nazismo reaparece a una velocidad mucho mayor aún que la inflación y el déficit fiscal? En el mundo capitalista el hambre azota a mil millones de seres humanos. Uno de cada cinco habitantes del planeta sufre la atrocidad del hambre permanente, pero cuatro de cada cinco viven en la más abyecta pobreza. Lo peor sin embargo no ha llegado. Porque como ahora admiten incluso los más recalcitrantes portavoces del capital financiero internacional, las potencias capitalistas afrontan una recesión que tiende a generalizarse y transformarse en depresión, dibujando en el horizonte un panorama incomparablemente más grave del que el mundo conoció en la década de 1930. El signo más dramático de esta realidad es la creciente confrontación entre las grandes potencias, cuya dinámica no puede escapar a nadie. No. No asistimos a una victoria del capitalismo. Todo por el contrario, el dato determinante de la actualidad y el futuro del mundo es la crisis del capitalismo. Lo que ha cambiado y seguirá cambiando profundamente la escena política estadounidense no es la derrota del socialismo, sino la crisis del capitalismo. Hago hincapié en esto porque en el porvenir inmediato las libertades democráticas en nuestro continente y en el mundo dependen precisamente de la actitud que adopten frente a ellas los gobiernos y partidos burgueses, dado que ellos tienen en sus manos la iniciativa política en el terreno internacional. Pero esa actitud depende a su vez de las perspectivas del capitalismo. De modo que en mi opinión estamos en el umbral de una formidable ofensiva contra los derechos civiles y las garantías individuales en todos nuestros países. Sé que nadie entre los participantes de esta Conferencia se llama a engaño acerca del carácter hipócrita, falso hasta la médula, de las invocaciones a la democracia y los derechos humanos por parte del gobierno de Estados Unidos en su política exterior.

 

Estafa e intoxicación ideológicas

Cuando las dictaduras militares que cubrieron la geografía latinoamericana se mostraron incapaces de responder al desafío de las masas que reclamaban justicia social y libertades democráticas, el imperialismo que había alentado y en muchos casos directamente impuesto aquellos gobiernos represivos, se calzó el disfraz de demócrata y lanzó una formidable campaña destinada a cooptar ese sentimiento genuino que crecía en el continente. El saldo de esa victoriosa maniobra está a la vista: la política económica a favor de las transnacionales y las burguesías asociadas, que aplicada por las dictaduras se descargó salvajemente sobre los pueblos latinoamericanos, la misma política que acentuó la regresiva distribución de riquezas a favor de los monopolios, aceleró la centralización de capitales, endeudó a nuestros países y hundió a nuestra gente en una miseria mayor aún de la que sufre secularmente, se continuó aplicando, incluso con rasgos más brutales, mediante los gobiernos constitucionales que reemplazaron a las dictaduras. Transcurrida una década de aplicación exitosa de esta táctica del imperialismo –a la cual la propia Cepal denominó “década perdida”, aludiendo al retroceso absoluto en la situación económica del subcontinente– el sentimiento democrático de las masas comienza a dar paso a la frustración general. Y esto coincide con el agravamiento de la crisis económica de los países centrales y la violenta repercusión de ese fenómeno sobre el Tercer Mundo y particularmente sobre América Latina y el Caribe. Allí donde la transición de la dictadura a la democracia burguesa dio lugar a la conformación de fuerzas políticas genuinamente populares con arraigo en las masas, la revelación del carácter fraudulento del discurso democratista de las burguesías y el imperialismo aceleró el desarrollo y afianzamiento de alternativas de carácter antimperialista y socialista a la ofensiva capitalista. El más nítido ejemplo de esto es el Partido dos Trabalhadores de Brasil, que a fines de 1989 rozó la victoria en las elecciones presidenciales llevando como candidato a un obrero metalúrgico que proponía una respuesta socialista a la crisis. Pero en la mayoría de los países –y por una desgraciada combinación de factores que no es el caso tratar aquí– la transición no plasmó en la edificación de fuerzas de masas con programas capaces de responder al desafío desde los intereses de las grandes mayorías y la frustración, el desaliento, la desorganización, comenzaron a crecer en las filas de los trabajadores y las masas populares.
Esta dinámica, ya claramente visible en muchos de nuestros países, plantea un peligro que no podría ser exagerado. Precisamente la indiferenciación entre los conceptos de democracia burguesa y democracia de los trabajadores, error que planea sobre buena parte de las organizaciones políticas, militantes e intelectuales sinceramente progresistas, da lugar a que la furia que crece en las masas latinoamericanas contra la brutal expoliación imperialista y la vergonzosa entrega del patrimonio nacional por parte de las burguesías locales, tienda a identificarse con el odio a los regímenes políticos –las democracias burguesas– que aplican esos programas antinacionales, antiobreros y antipopulares, en lugar de transformarse en odio al sistema capitalista y voluntad de lucha por una sociedad socialista. Ese es el inequívoco, el desesperado mensaje que tratan de transmitir los trabajadores y desocupados –mayoritariamente jóvenes– que en el cordón industrial del Gran Buenos Aires votaron a un coronel involucrado en los crímenes de las fuerzas armadas, cabeza de los intentos de golpe de Estado contra el primer gobierno constitucional luego de la dictadura y líder de un minúsculo partido fundado pocos meses atrás, que el pasado 8 de septiembre obtuvo el 20% de los votos en las barriadas más pobres (referencia a Aldo Rico). Ése es el mensaje que hicieron oír con su pasiva pero estridente aquiescencia las mayorías del pueblo venezolano cuando hace pocas semanas un grupo de militares se levantó contra la política fondomonetarista del socialdemócrata Carlos Andrés Pérez: si con la bandera de la democracia se superexplota, se hambrea, se entrega el patrimonio y se reprime y si las fuerzas políticas genuinamente democráticas y populares no se ponen a la cabeza de la denuncia y la acción contra esos regímenes, mostrando hasta las últimas consecuencias la diferencia entre la democracia burguesa y la democracia de los trabajadores y encontrando el camino para defender las libertades democráticas sin connivencia alguna con la burguesía y el imperialismo y sin concesiones al chantaje de éstos en torno de las banderas de la democracia, inexorablemente las masas respaldarán a demagogos populistas o directamente fascistas que con ese apoyo dividirán las filas populares, derrocarán a los frágiles gobiernos democrático-burgueses (en muchos casos con la colaboración activa de esos mismos gobiernos) y arrasarán con todas libertades democráticas y los derechos civiles1 . ¡Y este es precisamente el plan estratégico del imperialismo! Pero la condición para que ese curso sea nuevamente exitoso es que las grandes mayorías, el hombre común, los obreros y campesinos, los desocupados y estudiantes, las amas de casas y los ancianos abandonados, no consigan comprender la fundamental diferencia entre democracia burguesa y democracia de los trabajadores.

 

El papel de Cuba

Muchos se preguntan, asombrados, por qué Estados Unidos, supuesto vencedor absoluto de la guerra fría y amo indiscutido del mundo, supuesto arquitecto incontestable de un no menos supuesto Nuevo Orden Internacional, parece obsesionado por derrocar al gobierno de Fidel Castro y acabar con la Revolución Cubana. Es tan grande la desproporción entre el poderío económico, político y militar aplastantes de Estados Unidos y la gravísima situación de Cuba en esta coyuntura internacional, que a primera vista resulta absurdo que los hombres de Washington estén constantemente conspirando y acosando por todos los medios a la minúscula isla, mientras la gran prensa internacional no cesa de anunciar cada semana y para la semana siguiente, desde hace dos años, la caída del gobierno revolucionario. La respuesta a ese aparente contrasentido es que Cuba encarna una democracia diferente. Una democracia que no permite la libertad de los monopolios y de manera inmisericorde clausura los derechos de quienes pretenden implantar allí un sistema como el que está llevando a América Latina a un desastre humano sin precedentes, pero da libre curso al protagonismo de obreros, campesinos, profesionales y estudiantes, jóvenes y viejos, negros y blancos, comunistas o cristianos. No es por los inocultables defectos y limitaciones de la democracia de los trabajadores de Cuba –limitaciones y defectos reconocidos por las propias autoridades y los más destacados intelectuales cubanos– que el imperialismo centra su artillería en la isla, sino precisamente por su virtud esencial, su naturaleza de clase. El colapso del estalinismo revivió y dio nuevo ímpetu al pensamiento original de la revolución cubana y afirmó en sus líderes la convicción de que la profundización de la democracia de los trabajadores es no sólo la mejor sino la única manera de defender la revolución en esta hora crucial en la que debe afrontar, virtualmente sola, la furiosa embestida imperialista. El proceso de Rectificación de Errores y Desviaciones iniciado en 1985 por impulso del propio Fidel Castro, está dando frutos, como quedó demostrado en el reciente Congreso del Partido Comunista de Cuba, donde además de una significativa renovación de cuadros, plasmó en primera instancia la participación del conjunto de la población –adherente o no al partido– en la discusión de los temas que éste debía resolver. No se trata de un proceso acabado. Y resultaría sencillo exponer ejemplos de rasgos copiados a la ex Urss que perviven todavía en el sistema político cubano. Pero justamente lo decisivo es que existe el convencimiento de que el socialismo no puede existir sin la constante profundización y perfeccionamiento de la democracia de los trabajadores. No importa cuántas dificultades deba afrontar ese proceso; lo cierto es que la participación de obreros y campesinos, de las masas urbanas y rurales en la búsqueda de respuestas efectivas al ahogo económico provocado por el colapso de la Urss y el bloqueo imperialista, así como la participación del conjunto de la población en las tareas militares de defensa frente a la creciente agresión teledirigida desde el Pentágono y el Departamento de Estado, constituyen la máxima expresión del ejercicio democrático de las mayorías. Si un obrero además de elegir a sus dirigentes, controlarlos, cuestionarlos y cambiarlos, puede participar efectivamente en la discusión de las medidas económicas a adoptar frente a la crisis y en la dirección de su fábrica para reorganizar la producción; si además de tener derecho a la libre expresión y garantías para defender posiciones opuestas a las mayoritarias, tiene trabajo, asistencia sanitaria y educación gratuitas; si un pueblo además de elecciones con alternativas reales entre los candidatos, no tiene niños arrojados a la calle, jóvenes desocupados, ancianos desprotegidos, mujeres sometidas y sectores discriminados por su color de piel o sus creencias religiosas; si el ciudadano además de urnas tiene armas a su alcance, la conclusión es que ese pueblo tiene más libertad, más derechos, más plenitud, que el de cualquier país capitalista. Y si las masas del continente, sin excluir al pueblo estadounidense, tienen la oportunidad, asimilarán masivamente esa conclusión. La democracia de los trabajadores vigente en Cuba, que defiende la soberanía nacional, la autodeterminación de su pueblo y el proyecto socialista de sociedad que ya ha alcanzado extraordinarias conquistas sociales y puede exhibir en todos los órdenes la ventaja de ese sistema frente al resto de América Latina, es hoy un modelo de formidable potencia, un ejemplo trascendental frente a la falsa alternativa entre democracia burguesa y gobiernos militares con veleidades antimperialistas. La posibilidad de que ese ejemplo sobreviva y alcance a ser visualizado por las masas del continente precisamente cuando el capitalismo muestra su irremediable tendencia a la crisis y a la eliminación de las libertades democráticas, quita el sueño a los estrategas imperialistas en Washington, pero también en París y Madrid, en Londres y Roma y explica la aparentemente absurda obsesión por ahogar a Cuba y aplastar la revolución. De allí que la defensa de los derechos civiles y las garantías individuales en las democracias burguesas del continente están indisolublemente amarradas a la defensa del derecho de Cuba a la paz, la soberanía y la autodeterminación.

 

El liberalismo político, hoy

Por otra parte, es preciso asumir que los liberales ya no son un motor de la democracia y no se puede contar con ellos –ni con los regímenes que gobiernan– para extender y profundizar el ejercicio de las libertades y derechos civiles. El papel jugado en esta etapa por liberales como Raúl Alfonsín en Argentina, Ulisses Guimarães en Brasil o Carlos Andrés Pérez en Venezuela, entre otros, constituyen una prueba irrefutable de esa afirmación. Más aún, es preciso asumir que por connivencia con las fuerzas más reaccionarias o por los efectos de las políticas económicas que aplican y defienden, ellos están enteramente en el campo de quienes marchan en dirección a la restricción y finalmente la eliminación de todos los derechos y garantías democráticas para las vastas mayorías de la población. Desde el punto de vista teórico resulta obligada la diferenciación entre democracia burguesa y democracia de los trabajadores y el reconocimiento de que entre una y otra media una revolución. Y no apenas una revolución política, sino una revolución social que cambie la naturaleza del Estado. Desde el punto de vista político, la defensa de las libertades democráticas no puede ir separada de la defensa del patrimonio nacional –saqueado descaradamente por las transnacionales al amparo de las democracias burguesas–, de la oposición al pago de la fraudulenta deuda externa, de la lucha por el pleno empleo, la salud y la educación gratuitas, el salario justo. Es suicida contraponer el supuesto Estado de Derecho al clamor de las masas que sufren las convulsiones de la crisis capitalista y las medidas de ajuste aplicadas por gobiernos constitucionales, sí, pero no democráticos. Del mismo modo que es suicida separar la defensa de la democracia en nuestros países de la defensa incondicional de Cuba frente al bloqueo y la agresión. Se trata por tanto de articular un programa que anude la lucha por las libertades democráticas con la lucha antimperialista, por la soberanía y la justicia social. Pero no bastaría empeñarse en dar vida a ese programa en cada país. En esta etapa histórica de crisis del capitalismo y en esta particular coyuntura internacional, la defensa –tanto más la extensión y profundización– de las libertades democráticas a lo largo del continente, requiere la formulación de un programa de lucha continental contra el imperialismo y una enérgica labor destinada a conformar un bloque antimperialista desde Alaska a Tierra del Fuego que unifique a todos los partidos, instituciones y personalidades comprometidas en los hechos con la defensa de la libertad y la democracia, con el derecho a la soberanía y la autodeterminación de los pueblos. Sólo una fuerza de esta naturaleza y dimensión podrá gravitar incluso sobre los miles de suboficiales y oficiales jóvenes de las fuerzas armadas de la burguesía que muestran signos de rebelión contra la voracidad fondomonetarista, delineando una política destinada a encolumnarlos en una verdadera lucha antiimperialista que aísle y anule a los núcleos fundamentalistas y ultrareaccionarios que, en caso contrario, serán empujados a volver a ser –con otros ropajes– verdugos del pueblo en función de los intereses del gran capital. Esa fuerza multifacética, plural y abarcadora de las grandes masas latinoamericanas y caribeñas ya está en gestación. Los dos encuentros de partidos del Foro de São Paulo han comenzado a edificar ese frente de lucha contra el enemigo común. Permítanme terminar esta breve exposición con una exhortación a contribuir en el máximo de nuestras capacidades para que ese intento se transforme, cuanto antes, en realidad militante en cada uno de nuestros países. Al imprescindible y fructífero diálogo sobre la democracia aunemos la acción inmediata, enérgica, solidaria, en defensa del derecho a la vida, el derecho a la alimentación y a la vivienda, a la educación y a la salud, el derecho elemental a la dignidad humana que el imperialismo hoy le niega a nuestra gente.

 

Nueva York, febrero de 1992

Conspiración

PorLBenAXXI

 

Por vías diferentes a las utilizadas en abril de 2002, con otros actores y en escala mayor, la oposición teledirigida desde Washington apronta un nuevo intento por derrocar al presidente Hugo Chávez.
Están descartadas la movilización de masas y el putch militar. El fracaso de Manuel Rosales con la marcha a favor de Rctv, el 21 de abril, ratifica lo obvio: la oposición no tiene ya capacidad para convocar a las calles siquiera al 10% de quienes adversan a Chávez. Tampoco cuenta con cuadros militares en condiciones de ensayar una rebelión.
Imposible prever con exactitud el camino que adoptarán entonces quienes, acicateados por la Casa Blanca y con intervención directa de la CIA, avanzan en sus planes golpistas. Pero algo es seguro: el imperialismo, sus vástagos en Venezuela y los socios en todo el hemisferio están prontos para actuar según un plan cuyos detalles sólo conoce un equipo exclusivo del Departamento de Estado.
Días atrás el ex vicepresidente José Vicente Rangel adelantó que un centro operativo para una operación contrarrevolucionaria estratégica se ha montado en Santiago de Chile. Desde El Mercurio, el diario que obró como buque enseña de la dictadura pinochetista, se programa una campaña de prensa en la que participarán diarios homólogos de Río de Janeiro, Buenos Aires, Bogotá y Lima. Empresarios preparan una huelga de la prensa venezolana, tomando como excusa el caso Rctv. La cadena hemisférica de medios del capital amplificará ese movimiento. El eje será acusar a Chávez como dictador, que al no renovar la concesión a Rctv comienza a “acallar la prensa libre”.

 

Tras la cortina de humo

Ese ruido mediático, avivado por la gira internacional del titular de Rctv, Marcel Granier, es la parte visible y mínima del plan. Ostensiblemente teledirigido por la CIA, Granier en realidad repite a escala mayor su conducta de 2002, cuando precisamente Rctv actuó como centro difusor y organizador del golpe de Estado. Sólo que, esta vez, ya imposibilitado de engañar y arrastrar al ciudadano opositor de su país, cambia de escenario. En el terreno, a cambio del terrorismo mediático de 2002, queda a cargo el terrorismo a secas.
Como desde hace cinco años, el centro del plan consiste en asesinar a Chávez. Ante las dificultades que plantea el objetivo están en marcha otras acciones, con capacidad desestabilizadora suficiente, apuntadas a provocar la reacción popular, obligar la réplica del gobierno y justificar la entrada en acción de grupos armados. No se puede descartar que la CIA recurra a acciones terroristas de envergadura. Para eso tiene sembrados grupos de paramilitares colombianos en diferentes puntos del país.
Una sucesión de explosiones de escasa magnitud, culminada con el atentado a la embajada de Bolivia el jueves 26 y la detención de uno de los implicados apenas horas después no debería dar lugar a la confusión. El grupo que se atribuyó las acciones es una fantochada y con certeza será rápidamente desmantelado. El verdadero mecanismo terrorista asecha desde las sombras.
Este plan sólo puede neutralizarlo la constante y creciente movilización popular, a la que convocó Chávez enfáticamente en su discurso del 13 de abril ante una muchedumbre de cientos de miles de personas. Pero la batalla no está planteada sólo en Venezuela.
Más ansiosos incluso que los estrategas imperialistas, sus socios menores al Sur del Río Bravo han tomado una decisión: hay que acabar con la Revolución Bolivariana.

 

Ya han tomado la decisión

Se esforzarán, como es obvio, por minimizar los costos. Pero no cejarán. La causa es transparente: la revolución ingresa en Venezuela en una fase anticapitalista y la onda expansiva de un país de tal envergadura cambiando las relaciones de producción golpeará con la fuerza de un Tsunami en toda la región. Nada podrá mantenerse tal como es hoy en ninguno de los países de América Latina y el Caribe. De allí el nerviosismo, la vacilación, los pasos zigzagueantes de algunos gobiernos progresistas de la región: comprenden o al menos intuyen que les resultará imposible sostenerse en posiciones de centro. A término, la polarización es ineludible y la opción socialismo o barbarie pasa a ser una opción política concreta.
Por eso es doblemente significativo el resultado de la cumbre en Margarita: pese al temor –o la franca oposición– que plantea la dinámica de la Revolución Socialista Bolivariana, hubo unanimidad para convergir en el parto de la Unión de Naciones Suramericanas. La explicación es menos compleja de lo que se pretende: entre la pared del imperialismo y la espada de Bolívar que, sin retórica, empuñan cada día con mayor decisión más y más pueblos de América Latina, los gobiernos de emergencia que en la región no representan estructuralmente a sus burguesías, aunque acatan sus órdenes en todo aquello que hace a las formas de aumentar la plusvalía y acentuar negativamente su distribución, saben que su propia subsistencia finca en el consenso de mayorías y depende de que no se aparten y opongan al curso revolucionario en Venezuela. Para aquellos presidentes que sí son prolongaciones orgánicas de las clases dominantes, es igualmente imposible oponerse a la convergencia objetiva de los demás: el aislamiento completaría su situación de ahogo estratégico. Sólo el peruano Alan García cambió la cita de Margarita por un besamanos en la Casa Blanca, donde imploró por el TLC. No obstante, envió una carta a Chávez, casi tan melosa como sus declaraciones en Washington. El hecho es que el imperialismo y sus socios han tomado la decisión de salir sin demora al cruce de la oleada revolucionaria en Suramérica, con epicentro en Venezuela. Y no tienen ya otro recurso que la violencia.

 

Compromiso

Es posible detenerlos; neutralizarlos; impedirles la entrada en acción. En Venezuela todo está desplegado, táctica y estratégicamente, con ese objetivo. Falta hacer lo propio del Orinoco al Sur. A falta de verdaderas fuerzas políticas con respaldo de masas que asuman la tarea, es preciso que la tomen en sus manos quienes pueden llevar la verdad a la opinión pública: periodistas, intelectuales, artistas. Urge denunciar la conspiración. No se trata sólo de la Revolución Socialista Bolivariana. Ahora está a la vista que el capitalismo en crisis es incompatible con la democracia. El disparo apuntado a Chávez, si diera en el blanco, heriría de muerte a los regímenes constitucionales del hemisferio.

Cuatro años, nuevas metas

PorLBenAXXI

 

Con esta edición América XXI completa cuatro años de existencia. En el mismo período, la Revolución Bolivariana de Venezuela transcreció hasta plantarse ante el mundo como nuevo paradigma de socialismo para el siglo XXI. América Latina se dio vuelta como un guante. El avance sistemático de la crisis, corporizada en el crimen sin límites de Estados Unidos en Irak y la amenaza inminente a Irán, mostró al mundo que el capitalismo en su fase imperialista está exhausto y pone en riesgo el futuro de la humanidad.

En desigual esfuerzo por informar e interpretar este ritmo vertiginoso, la revista atravesó tres etapas marcadamente diferentes. En la primera se trataba de afirmar un criterio político-periodístico y armar una red internacional de colaboradores, con salida regular cada dos meses. Se logró el objetivo y el plan echó raíces. Sin embargo, problemas materiales –la muy difícil tarea de organizar la llegada a varios países, sin recursos y exclusivamente con trabajo voluntario en todos los tramos de la producción y distribución- impidieron una aparición regular rigurosa. Esto se agravó en la fase siguiente, cuando se presentaron dificultades imprevistas. “Lo viejo tiende a renacer en la nueva forma que crece”, aseguró Marx. Y ocurrió. América XXI bordeó el riesgo de extinción a mediados de 2005. Privó sin embargo la perseverancia y en la tercera fase, ya saneada y recompuesta la base económica, fue posible cumplir con el plan de edición mensual, aumento en la escala de la distribución y llegada a más países.

 

Afianzamiento 

Desde inicios de 2006 América XXI aparece invariablemente el primer jueves de cada mes y, con eje en Venezuela y Argentina, se distribuye a otros ocho países, aunque sólo tres de ellos –Uruguay, Bolivia y Ecuador- reciben cantidades suficientes como para llegar más allá de círculos limitados a dirigencias políticas y sindicales, intelectuales, estudiantes y comunicadores.

Las metas durante 2007 son: llegar regularmente a 15 países; multiplicar la distribución en Venezuela, Bolivia y Ecuador; tener más corresponsalías en todo el mundo; potenciar las suscripciones, individuales y colectivas.

En otro orden y con el propósito de debatir los temas dominantes de la actualidad suramericana y mundial, se realizarán mensualmente Foros de América XXI. Inicialmente en Buenos Aires y Caracas; luego en Montevideo, La Paz y Quito, tan pronto como sea posible.

Estos objetivos requieren consolidar la sustentación económica regular de América XXI, condición aún no garantizada, como cabe suponer de una publicación sin capital propio, contrapuesta al lucro, que sin embargo debe moverse en un ámbito eminentemente comercial. Es una tarea por cumplir y siempre, como desde el número 1, el riesgo de ahogo está presente.

De usted lectora, de usted lector, depende que las nuevas metas sean alcanzadas.

 

Objetivos malogrados

Dos propósitos fundamentales del plan inicial no pudieron ser alcanzados. Uno, la imbricación cotidiana de la Redacción con las por entonces nacientes estructuras de base a las que daba lugar la Revolución Bolivariana. No fue posible, pese a los esfuerzos, crear un nexo estable entre ese movimiento vivo y la tarea de producción de la revista. El otro, la constitución de un Consejo Consultivo Continental, instancia pensada como fuente de “moral y luces”, a partir de la cual este medio pudiese encarnar esa inaplazable necesidad de la coyuntura histórica. Uno y otro continúan siendo motivo de desvelo para América XXI. Y quedan replanteados con mayor vigencia y viabilidad en la situación actual de la región.

Una de las razones que impidieron la consecución de aquellos objetivos, es sin embargo motivo de orgullo y reivindicación. Para explicarlo, vale recordar el acto de presentación de la revista, el 8 de mayo de 2003 en el Teatro Municipal de Caracas. Colmaban el Coliseo más de mil personas y un presidium de nombres elocuentes: José Vicente Rangel (Vicepresidente de la República), Nora Uribe (ministra de Comunicación e Información), María Urbaneja (ministra de Salud y Desarrollo Social), Ana Elisa Osorio (ministra de Ambiente y Recursos Naturales), Adina Bastidas (Vicepresidenta de CADIVI), (Víctor Álvarez) viceministro de Industrias), Ernesto Villegas (Periodista), Rodrigo Chávez (coordinador nacional de los Círculos Bolivarianos), Guillermo García Ponce (Presidente del Comando Político de la Revolución).

Ante ellos, el Director de la revista hizo entre otros un compromiso formal:

América XXI no nace como expresión de una parcialidad y sólo será portavoz de un partido cuando los pueblos latinoamericanos logren construir el suyo propio”.

Sostener ese compromiso provocó desencantos y reacciones aviesas. Pero al cabo de cuatro años, América XXI está presente en el momento en que un pueblo, el venezolano, logra construir su propio partido. Se trata ahora de cumplir la segunda parte del compromiso con el mismo rigor aplicado a la primera.

otra revolución dentro de la revolución

Tomar partido

PorLBenAXXI

 

Ebullición: decenas de miles de personas de toda edad y condición discuten hoy en Venezuela el destino del país. Asambleas, reuniones, actos, encuentros circunstanciales, enhebran un debate más hondo, más pletórico de ideas y más productivo que el imaginable en el mejor escenario académico. Signo de los tiempos, esa búsqueda no está encabezada por quienes durante décadas aparecieron como la vanguardia política de la sociedad. El salto adelante que en este mismo instante ensaya Venezuela llevará su onda expansiva a todo el continente. Y el punto en que toma cuerpo, la construcción de un partido de masas, revolucionario, socialista, se expandirá hacia el Norte y el Sur, inaugurando una nueva era en la historia política del hemisferio.

 

Estalló el debate. Toda sutileza se esfumó. Todavía no predomina la confrontación de ideas: manda aún la pugna por espacios e intereses. Pero de manera sistemática avanza el verdadero contenido de la polémica; no ya reducida a cenáculos dirigentes, sino hecha carne en multitudes cada día mayores: ¿qué país construir? ¿qué socialismo? ¿con quiénes; cómo; cuándo? El por qué nadie lo inquiere: saben que ya no quieren vivir como hasta ahora. Y los que siempre estuvieron en lugares de privilegio no pueden evitarlo, aun con el concurso de quienes desertan a la hora de la verdad. Como un río que desborda su cauce para fertilizar la tierra, el espectáculo maravilloso de un pueblo discutiendo su destino se impone en toda Venezuela. Los medios de comunicación de la Revolución buscan –y casi siempre encuentran, superándose rápidamente a sí mismos- la forma para transformarse en vehículos de ese formidable fenómeno de toma de conciencia colectiva. Hombres y mujeres anónimos revelan condiciones superlativas en asambleas de barrios, en reuniones espontáneas, en debates a medias organizados o en conversaciones mano a mano. Personalidades hasta ayer sobresalientes aparecen desvalidas, desorientadas, desnudas de otra idea que no sea conservar algo en el torbellino. Entre las cúpulas políticas hasta ahora alineadas con la revolución, la mayoría enmudece. Y quienes hablan se autocondenan ante las mayorías.

La Revolución Bolivariana está dando en este preciso instante un poderoso salto hacia el futuro.

Con la decisión de construir una herramienta política para recorrer el camino entre el capitalismo y el socialismo, Hugo Chávez soltó los demonios. Ante la consigna “socialismo del siglo XXI”, pese a la incomodidad, todavía era posible argüir y quitar el cuerpo con alusiones ambiguas o inventando contenidos antojadizos. Pero cuando de ese futuro indefinido se pasó al presente indicativo de la organización de masas, se agotó el espacio para juegos de cintura. Y se partieron las aguas.

 

Opción 

A un lado quedaron dirigencias de tres partidos (PPT, Podemos, PCV), que han acompañado el gobierno de Chávez pero, tras cabildeos y pasos cruzados –que aún se mantienen y podrían dar lugar a cambios de última hora- rechazaron la idea de sumarse al partido unido de la revolución.

Al otro, un potente movimiento dispuesto a construir una herramienta política de masas para protagonizar y conducir el tránsito al socialismo. El Movimiento Vª República (MVR), como no podía ser de otro modo, tratándose del partido formado y encabezado por Chávez, se sumó al proyecto. Las voces opositoras en esta organización sólo se hicieron oír en sordina. Una cantidad de organizaciones de menor envergadura numérica también proclamó su respaldo a la nueva organización.

Más importante que las opciones de estas organizaciones, sin embargo, será la que adopten decenas de miles de activistas de todo ámbito y nivel, sobre cuyos hombros ha recaído en los últimos años la defensa cotidiana del proceso revolucionario.

En esas filas, corren parejo el entusiasmo y un cúmulo de dudas no exentas de temor. ¿Quiénes integrarán los cuerpos dirigentes del nuevo partido? ¿Cómo se elegirán? ¿No será esto una reedición del MVR? ¿Gobernadores, alcaldes, ministros, presidentes de grandes empresas y funcionarios con poder no serán quienes, por sí y ante sí, condicionen las estructuras, el programa, el plan de acción real y hasta el nombre del futuro partido? ¿No se colará desde el comienzo, y en el núcleo dirigente, la corrupción que, como no se cansa de repetir Chávez, amenaza el curso de la Revolución?

Dudas legítimas; temores fundados. Ampliamente justificadas para las bases, al punto de obrar como barrera de escepticismo para una valiosa fuerza militante, sobre todo juvenil.

Esas dudas y temores, sin embargo, fueron enarboladas por las dirigencias que acabarían negándose a la nueva construcción. Era el recurso más sencillo y aparentemente efectivo: tenía fundamento objetivo y contaba con alto consenso en buena parte de la base social comprometida con la Revolución.

Pero obró como un búmeran. Con la velocidad que caracteriza la vida política actual en Venezuela, esa argumentación se transformó en poderoso acicate para aventar la indecisión en el activo social de la Revolución, el cual sitúa los vicios que condena precisamente en partidos y dirigencias ahora distanciados del proyecto organizativo.

Chávez machacó sobre caliente. Ya en su Aló, Presidente del 18 de marzo dio por resuelto el caso, asumiendo que Podemos, PPT y PCV, se negaban a la construcción del partido unido. En una didáctica y paciente explicación los invitó, simplemente, a “no irse tirando piedras”. Poco antes un gobernador de Podemos, Didalco Bolívar, había hecho un discurso violentísimo, retomando incluso algunos de los tópicos más cínicos de la oposición proimperialista, como azuzar el miedo a la expropiación de pequeñas propiedades. Chávez señaló, con esa base, la dinámica de alineamiento con la oposición de quienes se niegan a dar el paso adelante hacia el socialismo.

Al día siguiente, caían en cascada los anuncios de fracciones, autoridades y bases de los tres partidos que anunciaban su renuncia a esas organizaciones para sumarse al Psuv. El PCV llamó a una conferencia de prensa para afirmar su adhesión a la revolución, y el PPT dio lugar a dudas sobre su resolución final. En sucesivas intervenciones públicas, Chávez combinó el llamado a la unidad con la advertencia de que quienes no la aceptaran quedarían reducidos a pequeños grupos.

El 24 de marzo, en un acto con el Teatro Teresa Carreño desbordado por la militancia, Chávez juramentó a 2400 “Propulsores”: hombres y mujeres que se desparramarían a partir del día siguiente por todo el país para impulsar la creación del nuevo partido. Sin dejar de convocar a los partidos renuentes, pero advirtiéndoles que el proceso no se detendría, Chávez anunció un cronograma para la construcción de masas: 19 de abril, nueva asamblea con unos 12 mil “propulsores”, a realizarse en el Poliedro de Caracas. 29 de julio, elección de delegados representantes de las asambleas de base. 15 de agosto, Congreso Fundacional del partido. Mediados de noviembre, presentación de anteproyectos de Estatutos, Programa, formas de funcionamiento, nombre, colores y símbolos. 2 de diciembre, consulta nacional sobre esos anteproyectos. El Congreso nacional designará una dirección transitoria y la definitiva sería elegida por elección nacional en los primeros días de enero de 2008.

Chávez subrayó además la definición ideológica general del futuro partido: socialista, revolucionario, bolivariano, venezolano, indoamericano.

 

De Venezuela, para todo el continente 

Con la decisión de Chávez de edificar un partido unido por el socialismo, se abre una nueva etapa a escala continental para una tarea clave, se eleva a un nivel nuevo y superior la teoría y práctica del partido revolucionario y plantea mayores desafíos en todos los planos. Por el momento este nuevo escenario se limita a América Latina. Pero no tardará en comprobarse que el impacto de este replanteo histórico se hará sentir en todo el mundo, incluidos los centros del imperialismo.

Hoy está planteada la necesidad de dar organicidad partidaria a las fuerzas sociales en auge en cuatro países: Venezuela, Bolivia, Ecuador y México. La convocatoria de Chávez mostraría hasta qué punto está estratégica y tácticamente desarmada la vanguardia. Pero esa debilidad no es propia de Venezuela; es la expresión más dramática de una realidad dominante en América Latina y el mundo.

A tres lustros del derrumbe de la Unión Soviética, destruidos y metamorfoseados en instrumentos del imperialismo los grandes movimientos nacional-burgueses que signaron el mapa político latinoamericano durante el siglo XX, en el marco de un recrudecimiento coyuntural de la crisis estructural e irreversible del sistema capitalista mundial, la noción de vanguardia se expresa hoy traduciendo en una conformación compleja la disgregación en todos los planos.

Como nunca antes, la vanguardia está fragmentada, no sólo organizativa, sino conceptual y geográficamente. En el pasado, con base en una poderosa fuerza social y una neta definición ideológica asumida por ella, se proyectó un accionar político revolucionario desde un centro perfectamente definido con gravitación mundial, como pudieron ser en su momento la Revolución Francesa, la irrupción de grandes sindicatos y partidos socialistas o la Revolución Rusa; luego, para América Latina, la Revolución Cubana. Hoy, en cambio, en la única área del planeta donde refulge la perspectiva de la revolución anticapitalista, la línea de avanzada se desdobla y, aunque aparece más y más como bloque, existe y actúa de manera disgregada, en un conjunto en el cual Cuba es la vanguardia ideológica, Bolivia la vanguardia social y Venezuela la vanguardia política.

El formidable proceso de convergencia de estos tres factores clave de la revolución continental, verificado desde el primer semestre de 2006 y reafirmado a un nivel superior en el primer tramo de 2007, anuncia la resolución positiva de este momento paradojal. La combinación virtuosa de desigualdades de estas tres revoluciones ha comenzado. Ella traza, sin equívoco posible, el rumbo por el cual transitará durante todo el próximo período histórico la fuerza de la revolución anticapitalista en el único lugar del planeta donde está planteada como proyecto estratégico explícito y palpable.

Esa combinación virtuosa tiene una particularidad sobresaliente, decisiva podría decirse, en este momento: se expresa y demanda resolución en la tarea de construir un partido revolucionario en Venezuela.

 

¿qué es el socialismo del siglo xxi?

Desde Caracas se expande un debate de trascendencia mundial

PorLBenAXXI

 

Contrastes: luego del pronunciamiento masivo a favor del socialismo en las elecciones del 3 de diciembre, el presidente Hugo Chávez lanzó una ofensiva múltiple para avanzar tras sus promesas de campaña. Los incipientes órganos en los que se expresa la voluntad popular impulsan con entusiasmo el conjunto de medidas resumidas en los “cinco motores” y en la edificación de un Partido Socialista Unido. Pero estos primeros pasos de la nueva fase de la revolución trazan una línea sutil de diferenciación entre los partidarios de la Revolución Bolivariana. Mientras los opositores se ahogan en reyertas sin destino, en las filas de la revolución se observa -a menudo como sentimientos encontrados de una misma persona- confianza y desasosiego, euforia y perplejidad, hiperactividad y parálisis, fervorosa adhesión o tímido distanciamiento. Son los prolegómenos del gran debate que vendrá.

 

Estados de ánimo contrapuestos predominan en Venezuela por estos días. ¿Qué rumbo debe afirmar la Revolución Bolivariana? ¿Es socialista la transformación en curso? ¿Debe serlo? ¿Qué significa realmente la expresión “socialismo del siglo XXI”?

En el estadio previo a una gran confrontación de ideas y de fuerzas sociales, estas preguntas producen el efecto de un ciclón sideral. Y ocurren en medio del estrépito de instituciones que se derrumban. Incógnitas y choques de opiniones serpentean exclusivamente en las filas de la revolución. La victoria del 3 de diciembre dejó, como contrapartida, la fugaz apariencia de consolidación de una oposición unida. Pero el espejismo se esfumó y el escenario político quedó exclusivamente en manos de organizaciones y dirigencias integrantes o aliadas del gobierno. La oposición no participa ni intelectual ni políticamente en los aprestos previos a la gran batalla que modelará la nueva sociedad. Se limita a lanzar quejas y dicterios, más patéticos y menos audibles a medida que transcurren los días, a la vez que reincide en prácticas conspirativas para desestabilizar al gobierno.

El gran debate, sin embargo, aún no se expresa con nitidez ni responde al vertiginoso desarrollo de los acontecimientos. La objetiva autoridad del Presidente, la contundente adhesión de las mayorías, la sorda lucha de intereses subyacentes y otras razones de corte específico, se combinan en estos primeros tramos para inhibir la expresión franca de respuestas dispares, el debate teórico y político, que invariablemente acompañan una revolución.

Además, Chávez no da tregua. Los “cinco motores” (ver recuadros) están a toda marcha y ponen en movimiento el vehículo con el cual el conjunto social dará forma y sentido a la revolución: un partido político que, si tradujera con exactitud la realidad de las mayorías, más que socialista se denominaría unido por el socialismo.

Como toda manifestación de lo desconocido, la irrupción de la revolución estimula a unos y amedrenta a no pocos; ilumina allí donde reinaba la oscuridad, pero también confunde cabezas lúcidas; desata el coraje y estruja corazones valientes. Y comienza a perfilar las controversias sobre el futuro. En el amplísimo arco ideológico, político y humano que aunó el original proceso denominado Revolución Bolivariana reside ahora la esperanzada alegría de esos raros momentos en que un pueblo entrevé el horizonte y se lanza a su búsqueda. Y también la perplejidad, la confusión. Alimentada por la ola que desde las profundidades de la sociedad inunda el país, inseparable del vigor encarnado en los humildes, campea la vacilación ante el vértigo de los acontecimientos.

Es la Revolución. La misma iniciada en 1999, que ya no es la misma. Porque la transformación política inicial con la nueva Constitución, el vuelco económico con un conjunto de medidas presididas por la recuperación de Pdvsa, alcanza ahora en toda su plenitud la dimensión social, aúna y potencia los dos aspectos anteriores y enfila frontalmente contra el bastión mayor de las clases dominantes: el Estado burgués.

Por eso los actores se redefinen. Ser revolucionario hoy no implica lo mismo que en los últimos ocho años. Es el derrumbe de las instituciones de la sociedad capitalista lo que aturde, enfervoriza o atemoriza; empuja irresistiblemente hacia delante, o frena en un mar de dudas.

 

Metáfora de la transición

Una llana alegoría resume de manera singular la coyuntura histórica que vive Venezuela. Tiempo (¿un año? fecha) atrás se resquebrajó el viaducto de la autopista que une Caracas y el aeropuerto de Maiquetía. Un inmenso puente, vital para el tránsito entre la Capital y la costa, cayó vencido por el tiempo y por fallas estructurales también simbólicas de un sistema insostenible. Era el período preelectoral. El desastre produjo dificultades sin nombre, que la oposición intentó capitalizar. El gobierno construyó una vía de emergencia, precaria, que resolvió a medias el problema. Y encaró la construcción del nuevo puente.

Primero hubo que demoler y quitar de allí los restos del cadáver de acero y cemento. Luego comenzó la construcción del nuevo puente. Una a una se levantaron columnas gigantescas desde la abismal hondonada. Y con febril actividad fue desplegándose la cinta de concreto que debía unir otra vez las dos cimas por sobre el precipicio. Por supuesto la ocasión fue propicia para aprovechados que encarecieron todo, dejó espacio para torpezas varias siempre a expensas del ciudadano común y fue motivo de generalizado malhumor y críticas airadas. Un año después, sólo falta una de las (¿cinco?) columnas. Y ante la mirada sorprendida de quienes transitan por la estrecha y sinuosa trocha -construida con rara eficacia y celeridad por el Ministerio de Infraestructura- por sobre aquellas torres de más de 100 metros se tiende la faja en la cual, en tres o cuatro meses más, volverá a fluir el intensísimo tránsito entre Vargas y Caracas.

Menos fácil será remover los escombros del viejo Estado a punto de colapso y edificar el nuevo. Una dificultad estriba en la incertidumbre o el temor de quienes, comprometidos hasta ahora con el proceso de cambios timoneados por Chávez, vacilan ante la decisión de dar el salto sobre el abismo. Así como hasta el minuto previo al descubrimiento de las fallas irreparables centenares de miles de automovilistas cruzaban a toda velocidad por el viaducto sin conciencia de que estaba a punto de colapsar, en las filas de la revolución no todos asumen que el sistema socioeconómico y político aún vigente no se sostiene más y urge reemplazarlo. Es más: aun a sabiendas de la inviabilidad del capitalismo contemporáneo, no necesariamente hay una respuesta unívoca para asumir cuándo, cómo y con quién se comienza a levantar las columnas del nuevo sistema.

 

Forma y contenido 

A la cascada de medidas adoptadas desde que Hugo Chávez coronó su victoria electoral en el balcón de Miraflores con la consigna “Viva la Revolución Socialista”, ya reseñada en las ediciones anteriores de América XXI, se sumaron en el último mes la nacionalización de empresas clave y la puesta en marcha de los cinco motores de la Revolución, más la aceleración en la edificación de un partido que unifique y capacite para la gran batalla a las fuerzas comprometidas con la Revolución.

No podría sorprender que a la par de millones de hombres y mujeres anónimos que abrazan las tareas de la nueva etapa con desmesurada energía, este conjunto inseparable de medidas estratégicas despierte controversias. Lleva un siglo el debate sobre el carácter de la revolución cuando ésta detona en países de capitalismo desigualmente desarrollado: ¿Están las fases de la transformación amuralladas por etapas históricas rígidamente delimitadas? ¿O constituyen un continuo, cuya velocidad y definición estarán determinadas por un conjunto de factores de orden nacional e internacional en constante mudanza?

La disyuntiva de avanzar hacia el socialismo o afirmar una etapa de desarrollo capitalista y liberación nacional se entrelaza con otra: ¿Qué es este socialismo apellidado siglo XXI?

Pese a la densidad de estos temas polémicos, las críticas discurren por otros caminos. Por ejemplo: ¿Por qué Chávez presentó de manera tan perentoria la cuestión de Partido Socialista Unido? ¿Por qué arremete con tanta rudeza contra altos funcionarios, ajenos y propios? ¿Por qué pide la habilitación para dictar leyes de excepción durante 18 meses, si tiene un Parlamento de unánime adhesión? ¿Adónde lleva esto de trasladar el poder a los consejos comunales en detrimento de las autoridades constituidas?

Mientras algunas voces se limitan a criticar cuestiones de forma o a demandar más tiempo, cabe al Partido Comunista de Venezuela (PCV) el mérito de haber presentado de manera metódica, formal y pública su resuelto respaldo a algunas de aquellas cuestiones vitales, así como sus puntos de vista contrarios a otras, no menos decisivas. En el documento destinado al debate interno preparatorio del XIII Congreso del 3 y 4 de marzo, convocado especialmente para responder al llamado a la disolución de los partidos para edificar la fuerza unitaria, dice el PCV bajo el título Una caracterización necesaria de la Revolución: “Transitamos un proceso revolucionario de liberación nacional que debe culminar con éxito las tareas de recuperación plena de la soberanía e independencia nacional, avanzar en la conquista de la justicia e igualdad social; profundización de la democracia popular revolucionaria, de contenido participativo y protagónico, de transformación y liquidación del viejo Estado oligárquico”. Y agrega más adelante: “Esta fase del proceso revolucionario demanda (…) una multifacética alianza de clases y capas sociales, que va desde la burguesía no monopólica (la que no mantiene vínculos de subordinación al gran capital transnacional imperialista), la pequeña burguesía, las capas medias, la clase obrera y demás sectores de trabajadores/ trabajadoras, el campesinado y otras capas sociales explotadas (…) en torno a un programa mínimo de transformaciones democráticas y populares”.

La noción de “programa mínimo”, la distinción tajante entre “proceso revolucionario de liberación nacional” y “revolución socialista”, trae el eco de antiguos debates. Por eso produjo escozor un episodio aparentemente trivial durante la juramentación de los nuevos ministros, el 8 de enero. En esa oportunidad, al presentar a su ministro de Trabajo, Rivero González, Chávez contó que antes de aceptar el cargo éste le había dicho: “Presidente, yo quiero decirle algo antes de que se lo vayan a decir por otra parte: yo soy trotskista”. Ante la multitud en el teatro Teresa Carreño, Chávez repitió su respuesta al ministro: “¿Bueno y cuál es el problema? Yo también soy trotskista. Yo soy muy de la línea de Trotsky: la revolución permanente”.

Nadie tomará la frase al pie de la letra. El Presidente tiene esa manera particular -y efectiva- de buscar sobreponerse a dicotomías a menudo desvirtuadas e impulsar constantemente una recomposición unificadora de fuerzas comprometidas con la lucha revolucionaria. De hecho, un instante antes Chávez había anunciado la designación de un dirigente del PCV, David Velásquez, como ministro de Participación y Desarrollo Social.
No obstante, por anacrónico que parezca, aquel debate iniciado por el propio Carlos Marx sobre la permanencia de la revolución reaparece hoy en Venezuela e involucra de hecho a toda América Latina: aparte de ser o no deseable ¿Es posible una transformación real sin adoptar desde el comienzo mismo de la revolución medidas anticapitalistas? ¿Es posible una alianza duradera con el gran capital no monopolista?

 

Nombres y apellidos 

El otro gran tema en cuestión es la definición misma de socialismo. ¿Qué determina a una persona: su nombre o su apellido? ¿su individualidad o su estirpe? ¿Es posible una persona plena sin individualidad? ¿Es pensable una individualidad sin estirpe, un ser sin historia? En la Edad Media se discutía si el alma residía o no en la Silla Turca. La fórmula empleada por Chávez tiene la virtud, ya constatable, de haber replanteado para miles de millones de personas en todo el mundo la necesidad y viabilidad del socialismo. No hay exageración en la cifra; y éste es un factor mayor al evaluar la validez de la consigna. Como contrapartida, se mantiene ambigua en torno a cuestiones sustanciales y da lugar a confusiones y deliberadas tergiversaciones.

En buena parte de la sociedad venezolana, a la par de quienes identifican como socialistas las nacionalizaciones, las medidas de redención social (atención sanitaria, alfabetización, subsidios, etc.), o los ataques al imperialismo, están quienes no hallan nexo alguno entre estos pasos y la perspectiva anticapitalista.

El alcalde de Caracas, Freddy Bernal, tomó el toro por los cuernos: puso en movimiento un peculiar “Congreso comunal de Caracas hacia el socialismo del siglo XXI”. Una multitud colmó el remozado Teatro Municipal el 10 de febrero, donde comenzó un periplo que hasta el 19 de abril recorrerá palmo a palmo la ciudad, dividida a este fin en 14 grupos de Parroquias, que analizarán y debatirán cuatro temas: caracterización económica, política y social de Venezuela y su inserción en la mundialización; el socialismo del siglo XXI; Partido Unido; Poder popular y reforma constitucional. Cada tema será dividido en dos partes, las cuales insumirán cuatro horas cada una. La sesión comenzará con una ponencia de 30 minutos, habrá 30 minutos para preguntas y respuestas, 90 minutos de debate, una relatoría y la presentación de conclusiones. Al cabo de dos meses y medio en esta labor Bernal aspira a reunir un mínimo de 200 mil personas no sólo para recoger las conclusiones decantadas, sino, como lo dijo en su discurso en el Teatro Municipal, “Para implosionar la alcaldía y dar paso a las comunas de Caracas, en un nuevo esquema de gobierno donde el poder esté en manos del pueblo”.

Paralelamente se conocen iniciativas destinadas a realizar el mismo debate pero con un carácter diferente, reuniendo a un número limitado de cuadros nacionales e internacionales identificados con el socialismo, para ganar espacio en el terreno de la teoría y aproximar la noción “socialismo del siglo XXI” a un programa de acción que, si bien parte de la Revolución Bolivariana, involucra a toda América Latina y va más allá, dada la crítica situación mundial. Al cabo de estos procesos de intensa polémica difícilmente alguien podrá definir el socialismo del siglo XXI como “una profundización de la democracia”, o como “la aplicación de la Constitución de 1999”; o confundirlo con un conjunto de empresas nacionalizadas.

 

Aceleración

Los acontecimientos, sin embargo, no están a la espera de tales iniciativas. Una energía invisible dimana de la simbiosis entre Chávez y las mayorías desposeídas del país y hace marchar el mecanismo a velocidad endemoniada. Las decisiones de no renovar la licencia al golpista canal televisivo Rctv, más la compra hostil de las acciones de empresas de electricidad y telecomunicaciones, todo acompañado por la afirmación de que los partidos de la revolución deben disolverse para dar paso a un instrumento único de organización, educación y conducción política, más la inesperada transferencia efectiva del poder a los Consejos Comunales, llamados a conformarse con urgencia, activaron focos de franca oposición y zonas de comprensibles –y en no pocos casos justificables- vacilaciones.

Un fenómeno simple disparó la inflación de precios: aparte la gravitación mercantil de un crecimiento anual del 10,3% en el PIB, un brote de histeria por la obtención de dólares para fugarlos del país llevó la divisa en el mercado paralelo a más de 4.000 bolívares. Por efecto simpático -y por la intención de adquirir esos dólares a costo desmesurado- buena parte del sistema de precios se adecuó a tales niveles, elevando más allá de lo admisible el costo de mercancías de uso masivo, en particular alimentos. Además, para sortear los precios máximos, se optó por acaparar mercancías y dar lugar al desabastecimiento.

Pocos esperaban la fulminante respuesta del Gobierno: implacable actividad para descubrir y decomisar mercancías acaparadas, fijación de nuevos precios máximos, reactivación del aparato del Mercal (Mercado de Alimentos, una red paracomercial montada por el Gobierno para contrarrestar el chantaje de grandes grupos económicos con el abastecimiento alimentario) y, como medida adicional de múltiples implicancias, la eliminación del IVA para los alimentos, reducción en 5 puntos para otros bienes y decisión de abolir ese impuesto a corto plazo, reemplazándolo por gravámenes a la renta y el patrimonio. En su programa Aló Presidente, ahora reestructurado “para afrontar la batalla de ideas”, Chávez repitió una y otra vez que no le temblaría la mano para expropiar empresas de producción, industrialización, transporte o comercialización involucradas en maniobras de desabastecimiento. Y con su nueva facultad legislativa, dictó leyes al respecto.

En otras palabras: una profundización de la revolución, que acaso contribuya a explicar la necesidad de la controvertida Ley Habilitante.

 

Consejos Comunales y Partido 

Mientras esto se desenvolvía fronteras adentro, la creciente gravitación de la Revolución Bolivariana en América Latina, por mero impacto de medidas que en todas las latitudes son interpretadas y reivindicadas por las mayorías, provocó no sólo desde la Casa Blanca la multiplicación de denuncias, amenazas y presiones contra Hugo Chávez. Basta imaginar el impacto regional de esta típica medida de transición sistémica, la abolición del IVA, para interpretar la inquietud reinante en más de una cancillería.

Queda así configurado un cuadro de múltiples conflictos simultáneos, internos e internacionales. Una primera advertencia, más de propios que de extraños, es que no se deben abrir tantos frentes de combate a la vez. Sin embargo, la estrategia no es la materia en la que Chávez se muestra menos capacitado. Antes bien, ocurre que una revolución, incluso si traza milimétricamente sus pasos, en un momento dado no puede eludir la conjunción de sus enemigos, que no están sólo en Washington, ni en cenáculos de escuálidas oligarquías distantes del devenir cotidiano de la economía social. Como muestra, hay pruebas de que funcionarios de diferentes rangos, amenazados por la perspectiva de perder sus lugares a favor de los órganos de poder popular, fueron cómplices de maniobras de desabastecimiento.

Por eso el impulso a los Consejos Comunales, la intransigente decisión de edificar un partido que unifique todas las voluntades revolucionarias y la necesidad de contar con las leyes y disposiciones constitucionales que permitan encauzar la inmensa tarea de remover los escombros de un sistema y levantar las columnas de otro nuevo, no expresan un desvío de carácter en el líder de la revolución, sino requerimientos inapelables para la continuidad del proceso en marcha.

En continuidad potenciada de una tarea que emprendió como diputado (ver América XXI Nº 16), el hoy ministro David Velásquez se esfuerza por producir una transformación cualitativa que convierta a los Consejos Comunales en órganos de poder efectivo, en cada punto y en todas las áreas del país (ver El poder se construye desde abajo). Pero esa tarea es inseparable de la existencia de un órgano político, el partido unido de las masas y las organizaciones comprometidas con la revolución; tanto como lo es la existencia de leyes que viabilicen en el preciso momento en que las condiciones lo reclaman, el accionar contra los enemigos de la revolución.

Va de suyo que también se puede optar por la violencia; por vías no institucionales para avanzar la revolución. No es capacidad de combate -militar y civil- lo que le falta a la Revolución Bolivariana. Y siempre resta la alternativa de ceder y rendirse. El dato sobresaliente, original, clave de esta dirección política presidida por Chávez, es que se esfuerza por no recurrir a lo primero y parece por demás distante de inclinarse hacia lo segundo.

La suerte, entonces, está echada. A tono con el vértigo de la revolución, en las próximas horas, días y semanas, quedará a la vista cómo se instala cada partido, cada organización social, cada intelectual o cuadro militante no organizado, frente a este desafío sin parangón sobre el cual reposa buena parte del futuro de América Latina y el mundo.