América Latina esboza su propuesta

porLBenLMD

 

En apenas una semana, la Casa Blanca sufrió dos reveses severos. Ocurrieron entre el 14 y el 21 de noviembre, durante la XIII Cumbre Iberoamericana en Santa Cruz de la Sierra, y días después en la reunión de cancilleres del Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA), realizada en Miami. Después de un cuarto de siglo de arrollador empuje e indisputada hegemonía en todos los terrenos, Estados Unidos choca hoy en América Latina con un grupo de países que, encabezados por Brasil, comienzan a delinear su respuesta.

 

En la fuerza que se opone al gigante bulle un entresijo de intereses diversos y hasta contrapuestos; todavía informe, sin liderazgo ni rumbo definidos, pero no por ello menos eficiente en un aspecto clave para definir la coyuntura histórica que atraviesa la región: su negativa a aceptar los dictados de Washington. Hugo Chávez predominó en Santa Cruz de la Sierra con su impronta de aristas cortantes; y el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva ocupó –por primera vez con toda nitidez– el lugar de liderazgo suramericano en Miami. Néstor Kirchner, por su lado, conmocionó en Bolivia por su aproximación a la dirigencia opositora, pero en Miami se eclipsó (al punto que su Canciller ni siquiera llegó al cónclave), conducta que, más allá de todo protagonismo individual, supone un alineamiento tras Brasil.

Las dificultades no empezaron ahora para Estados Unidos. La instancia misma del ALCA (34 países, el hemisferio entero, excepto Cuba), precedida por el llamado “Consenso de Washington”, fue ya en 1994 una reacción defensiva contra la Cumbre Iberoamericana, expresión de la Unión Europea (UE) en Latinoamérica, a través de España. Desde fines de los años ’80, cuando se gestaron ambas líneas de acción estratégica, podía entreverse la dinámica hoy en franca colisión: la disputa entre la UE y EE.UU. por el mercado latinoamericano y el hecho de que Europa tomara la delantera.

Pero hubo un relámpago, anuncio de la gran tormenta, en la Cumbre Iberoamericana del mes pasado. De súbito, apareció el perfil de una propuesta que no provenía de la “cumbre”, sino del abismo social al que fueron arrojadas cientos de millones de personas en ese período: traduciendo en términos políticos la sublevación que en Bolivia puso en fuga el 17 de octubre al presidente Gonzalo Sánchez de Lozada(1), Evo Morales, dirigente cocalero y titular del Movimiento al Socialismo (MAS), convocó a la formación de “un Bloque Antimperialista Continental” y a la realización simultánea en Santa Cruz de la Sierra de un Encuentro Social Alternativo. Morales invitó a Fidel Castro, Hugo Chávez, Lula y Néstor Kirchner a participar también de este encuentro. El Presidente venezolano aceptó inmediatamente.

La realización de la reunión cimera en Bolivia era un riesgo al que nadie pudo sustraerse. Para los organizadores, cambiar la sede a última hora equivalía a sacrificar al flamante presidente Carlos Mesa. Para éste, mantenerla significaba asumir el riesgo de una multitudinaria protesta que podría encender nuevamente el polvorín. Su decisión final reprodujo en Bolivia la obligada dualidad de conducta visible en más de un jefe de Estado por estos días: anunció que iría a hablar al Foro Social, si lo invitaban, y que él por su parte invitaba a un representante del encuentro paralelo a exponer en la Cumbre.

Entre el 12 y el 15 de noviembre más de quince mil participantes provenientes de 15 países de la región debatieron temas candentes en el Encuentro Social. No faltó nada: desde un panel denominado “Primera cumbre mundial de médicos tradicionales, naturistas, indígenas y originarios” (la noción de cumbre, inevitablemente, transvasa), hasta debates teórico-políticos sobre “Movimientos sociales contemporáneos”, “Bolívar y la unidad de América Latina y el Caribe”, “ALCA” (el que tuvo mayor concurrencia), “Asamblea Constituyente”, entre otros, todos anudados con la reciente experiencia de lucha en Bolivia.

La suerte estaba echada. En la inauguración de la Cumbre las máximas autoridades de Iberoamérica se encontraron con la voz del abismo. Un aborigen tomó la palabra y dijo: “He aquí nosotros, hablando frente a ustedes”. Un escalofrío cortó el aliento de los mandatarios, con apenas dos o tres excepciones. El documento leído por Carlos Eduardo Medina desgranó demandas contundentes y culminó con el mismo tono de rara firmeza que destilaba cada palabra: “Señores presidentes, esperamos que se hayan sentido a gusto en nuestra tierra, que realizó un esfuerzo enorme por recibirlos, acorde a lo que nuestra dignidad manda. Este es nuestro país, nuestro espacio y nuestro tiempo. Sean todos bienvenidos”.

Nuestro tiempo… No sólo el rey Juan Carlos, allí presente, habrá sentido en aquella afirmación, más que el obvio anacronismo de su presencia, una definición política tajante y trascendente.

 

Declaración conflictiva

Convocada la Cumbre para debatir el problema de la exclusión social, ésta gravitó de modo decisivo sobre el texto aprobado por los mandatarios. Es improbable que el documento pase de la enunciación de buenas intenciones, pero su importancia estriba en que sepulta explícitamente el discurso dominante durante casi dos décadas: “la superación de la pobreza requiere la aplicación de políticas integrales definidas y desarrolladas por el Estado”, dice, para inmediatamente subrayar la voluntad de luchar “contra la pobreza y las causas que la originan” y sostener “el principio de no intervención, la prohibición de la amenaza o el uso de la fuerza en las relaciones internacionales, el respeto a la integridad territorial”. Sólo faltaba poner el nombre del Presidente estadounidense como destinatario de la demanda. Desde luego, también se rubricó el compromiso de “lucha contra el terrorismo”. El documento igualmente propone “una amplia reforma” de la ONU; demanda un cambio de conducta del Fondo Monetario Internacional (FMI) y acoge la propuesta de crear “un Fondo Humanitario Internacional” (Chávez); reconoce que las “reformas estructurales (…) no han producido resultados suficientes sobre la disminución de las desigualdades y de la exclusión social, e incluso en algunos casos han significado un retroceso o una profundización de estos fenómenos”.

Pero no son los 54 puntos de la “Declaración de Santa Cruz de la Sierra” los que marcan la inflexión en estos cónclaves, sino el hecho de que todos ellos espejaron la demanda plasmada en el Encuentro Alternativo, resumida en el recinto del lujoso Hotel Los Tajibos por el representante indígena, a nombre de “esos cientos de millones que pensamos, creemos y deseamos más o menos lo mismo. Cosas que de tan repetidas parecen infantilismos. Y no lo son. Por ejemplo que la tierra es nuestra y todo lo que hay debajo de ella también”. U otro tramo de texto donde se afirma: “Señores Presidentes, escuchen a los pueblos de América. Suspendan las negociaciones del ALCA”. No es de extrañar que el eco de esta voz retumbara en Miami la semana siguiente.

Antes, cumpliendo su compromiso, el presidente Mesa había salido de la cumbre para atisbar la reunión paralela. Una mujer lo recibió en el palco: “En este encuentro –dijo con respetuoso énfasis– pensamos que su gobierno debería proponer la suspensión de todas las negociaciones del ALCA en la próxima reunión de cancilleres en Miami; que debe derogar el decreto supremo que transfiere la propiedad de los hidrocarburos a las transnacionales; que la Asamblea Constituyente tiene que ser convocada el próximo año y que todos puedan proponer candidatos a ella sin necesidad de inscribirse en los partidos”…

Mesa no perdió la compostura. Acometió a la asamblea expectante y logró arrancar aplausos a poco de empezar su discurso, cuando sostuvo que era preciso “construir una mirada distinta de democracia de la que teníamos hasta hace muy poco”. Debía, no obstante, entrar en materia. Y allí el clima cambió: anunció una Constituyente no para los próximos meses, como se le demandaba, sino “para antes de terminar mi mandato”. Hubo gritos de protesta y silbidos. “No vine a hablarles con demagogia –dijo– no puedo hacerles promesas imposibles”. Los últimos minutos de su intervención fueron inaudibles: la asamblea respondía airadamente cada una de sus palabras. Cuando terminó el Presidente, fuera de programa, tomaron la palabra Roberto de la Cruz, dirigente de la Central Obrera Regional de El Alto y Jaime Solares, de la Central Obrera Boliviana, quienes acusaron a Mesa de ser “la misma chola con diferente pollera”.

En la noche del sábado, un gran acto reunió en clima festivo a los participantes del Encuentro Social Alternativo. Allí acudieron Hugo Chávez y el vicepresidente de Cuba, Carlos Lage, en representación de Fidel Castro, quien esta vez no concurrió a la Cumbre Iberoamericana.

Al igual que Lula, Kirchner no estuvo allí; no obstante levantó oleadas de recriminaciones en los custodios del statu quo: “No fue afortunado el relieve que se le dio, desde ciertas esferas oficiales, a la entrevista del presidente Néstor Kirchner con el líder contestatario boliviano Evo Morales, cuyos antecedentes no son precisamente tranquilizadores desde el punto de vista de la preservación del orden público y la paz social. No sería bueno para nuestro país –y tampoco para la región– que gestos de esa naturaleza se tornasen habituales”, se alarma un editorial(2).

El mismo matutino registró no obstante un punto al que atribuye mayor trascendencia en la fugaz estada de Kirchner en la Cumbre: “Más allá de sus coqueteos con el líder indigenista boliviano Evo Morales y otros gestos altisonantes, el presidente Néstor Kirchner coincidió ayer con sus pares de México, Vicente Fox; de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva y de Chile, Ricardo Lagos, en que han mejorado las perspectivas de las negociaciones del ALCA”(3). El error de caracterización sobre lo que estaba ocurriendo no podía ser mayor, como se vería pocos días después en Miami: “Las negociaciones para alcanzar un Acuerdo de Libre Comercio de las Américas estaban ayer en punto muerto por la oposición de Canadá, Chile y México a la propuesta acordada por Brasil y Estados Unidos, que consideran una versión ‘descafeinada’ del tratado”(4).

Esa información también distaba de la objetividad. El airado reclamo de los gobiernos de Lagos y Fox para que se mantuviese el proyecto originario, defendido con uñas y dientes hasta último momento por la Casa Blanca y su representante comercial, Robert Zoellick, indicaba que “la propuesta acordada por Brasil y Estados Unidos” era en realidad una lápida para el ALCA y, más significativo aun, ponía a la vista de todos el nuevo cuadro geopolítico en el hemisferio, con Brasil acaudillando a un conjunto heterogéneo de países y corrientes de pensamiento, aunadas por su oposición a la embestida estadounidense.

 

Ganadores y perdedores

A tal punto fue insostenible la posición de Washington que la reunión, pautada para dos días, concluyó en la primera jornada: además de impedir la filtración de las insalvables divergencias entre Estados Unidos y sus escasos aliados por un lado y Brasil con el resto por el otro, las autoridades estaban preocupadas porque decenas de miles de jóvenes, con la presencia de la central sindical estadounidense AFL-CIO, mantenidos a raya por una policía particularmente ruda, rodeaban al cónclave. El resultado es tan obvio que incluso los esfuerzos del canciller brasileño Celso Amorim por no evidenciar la derrota estadounidense aparecen como irónico alfilerazo adicional de una diplomacia reconocida por su ácida fineza. Otra cosa es definir, sobre todo para el mediano y largo plazo, quiénes serán los beneficiarios de este traspié estadounidense.

El “acuerdo” alcanzado (o “ALCA descafeinado”) remite el debate a febrero, desplaza los puntos más ostensibles de choque –como los subsidios agrícolas que Brasil quiere eliminar, o la protección de la propiedad intelectual que Estados Unidos quiere imponer– al ámbito de la Organización Mundial del Comercio (OMC), para dejar paso a acuerdos bilaterales que, por definición, son la negación del ALCA. Preguntado sobre qué parentezco tiene este ALCA con el original, el subsecretario de Integración Económica de la cancillería argentina, Eduardo Sigal, responde: “eso se verá al final de la negociación”.

Ese período, extendido durante 2004, implica consensuar sobre todo lo que en el documento original quedó entre corchetes (el modo de pasar a debate un tema sobre el que no hay acuerdo). Una mirada al texto elimina las dudas: no hay punto que no esté total o parcialmente entre corchetes, graficando la multiplicidad de intereses encontrados.

Sería erróneo sin embargo sacar conclusiones apresuradas: hay diferencias de peso entre quienes contestan a Washington. Más aun: sólo por excepción, se cuentan entre estos quienes coinciden con las necesidades y las estridentes demandas de las mayorías despojadas de América Latina.

Por otro lado, una oposición al ALCA sin propuesta de integración alternativa pierde todo carácter progresivo. El tema desvelaba ya a políticos y pensadores a mediados del siglo XIX, cuando el libre comercio tenía otra significación: “En general, hoy en día el sistema proteccionista es conservador, mientras que el sistema librecambista obra en forma destructiva. Desintegra las antiguas nacionalidades y exacerba el antagonismo entre el proletariado y la burguesía. En una palabra, el sistema de la libertad comercial acelera la revolución social. Sólo en este sentido revolucionario, señores, me pronuncio a favor del libre cambio”(5).

Si Santa Cruz de la Sierra albergó a todos los protagonistas de la gran disputa por definir de quién es, al fin y al cabo, “nuestro tiempo”, la reunión trunca de Miami mostró a 34 gobiernos atenazados precisamente por el carácter destructivo del librecambismo, las tendencias ultraconservadoras y la desintegración institucional (ver pág. 3).

En ese conjunto, Argentina mostró una vez más indefiniciones y contradicciones que permitieron a Zoellick decir que “en el seno del Mercosur existen las mismas diferencias que hay a nivel hemisférico entre los países que quieren avanzar en la apertura comercial más rápido que otros”. Y dijo también que su país los apoyará, mencionando concretamente a Argentina(6). La maniobra divisionista falló, pero Zoellick sabía el terreno que pisaba: un borrador que circula en la cancillería argentina traduce el clima de disputa interna: “Hemos ratificado el compromiso de concluir las negociaciones en enero de 2005 (…) si todos somos capaces de asumir estos compromisos, en la medida y con la obligación que le corresponde a cada uno de nosotros, tendremos en enero de 2005, el ALCA que queríamos en 1994 y que seguimos queriendo ahora”.

Otro es el caso de Venezuela, cuyo ministro de Producción y Comercio Wilmar Castro Soteldo puso el debate en un plano diferente al que propone la disputa por subsidios agrícolas: “Los compromisos que adquieran los países en el ALCA deberán ser compatibles con las doctrinas de la soberanía de los Estados y los respectivos textos constitucionales”.

En definitiva, Brasil impuso su posición y se elevó como contraparte continental de Estados Unidos. Lula, el gran vencedor en esta oportunidad, respaldado desde diferentes ángulos y con distinta consistencia por otros dos países clave de la región, Venezuela y Argentina, aparece así como el centro de una coalición de hecho que, si define sus perfiles y consolida su perspectiva, habrá redibujado el mapa político continental, dando cuerpo a un drástico cambio en las relaciones de fuerza, en detrimento del gigante del Norte.

  1. Walter Chávez, “Bolivia, una revolución social democrática”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, noviembre de 2003.
  2. “La XIII Cumbre Iberoamericana”, La Nación, Buenos Aires, 18-11-03
  3. “Mejoran las perspectivas para el ALCA”, La Nación, Buenos Aires, 16-11-03.
  4. “Canadá, Chile y México rechazan un pacto comercial ‘descafeinado’”, El País, Buenos Aires, 20-11-03.
  5. Karl Marx, “Discurso sobre la cuestión del libre cambio”, Bruselas, enero de 1848, en Obras de Marx y Engels, Tomo 9, Crítica Grijalbo, Barcelona, 1978.
  6. Ana Barón, “EE.UU busca dividir el Mercosur”, Clarín, Buenos Aires, 20-11-03.

Condena al neoliberalismo y la unilateralidad

porLBenLMD

 

Una declaración de 54 puntos que sepultan el cuerpo conceptual económico y político del “neoliberalismo” convirtió a la Cumbre Iberoamericana en una rotunda derrota política para el gran ausente: Estados Unidos. Los conceptos principales en la agenda de jefes de Estado fueron educación, salud y oposición a la militarización y el intervencionismo.

 

Hay errores que no son tales porque no pueden ser evitados. En esos casos, los protagonistas marchan hacia el desenlace anunciado, movidos por fuerzas que no controlan y difícilmente comprenden. Así puede interpretarse el hecho de mantener como sede de la XIII Cumbre Iberoamericana a la ciudad boliviana de Santa Cruz de la Sierra. No era necesario llegar a la apertura de las sesiones, el viernes 14 de noviembre, para saber que la sublevación que un mes antes culminó con la huída del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada(1) gravitaría sobre los jefes de Estado, arrastrándolos hacia un destino no deseado.

Toda previsión fue superada, sin embargo, cuando un aborigen tomó la palabra frente a las máximas autoridades de iberoamérica y dijo “He aquí nosotros, hablando frente a ustedes”. Un escalofrío cortó el aliento de los mandatarios, con apenas dos o tres excepciones. El documento leído por Carlos Eduardo Medina, aprobado antes en una reunión paralela a la que asistieron representantes populares de por lo menos quince países, desgranó demandas contundentes y culminó con el mismo tono de rara firmeza que destilaba cada palabra: “Señores Presidentes, esperamos que se hayan sentido a gusto en nuestra tierra, que realizó un esfuerzo enorme por recibirlos, acorde a lo que nuestra dignidad manda. Este es nuestro país, nuestro espacio y nuestro tiempo. Sean todos bienvenidos”.

Nuestro tiempo… No sólo el rey Juan Carlos, allí presente, habrá comprendido que aquella afirmación, más que el obvio anacronismo de su presencia, contenía una definición política tajante y trascendente.

A esa situación insólita se había arribado por impulso de la sublevación boliviana. Pero intervino un factor nuevo, cuya eventual afirmación y desarrollo abriría un nuevo panorama político en América Latina: desde Bolivia, uno de los dirigentes de la rebelión y titular del Movimiento al Socialismo, Evo Morales, convocó a la formación de “un Bloque Antimperialista Continental” y a la realización simultánea de un Encuentro Social Alternativo. Morales invitó a Fidel Castro, Hugo Chávez, Lula y Néstor Kirchner a participar también del encuentro. El presidente venezolano aceptó inmediatamente.

De pronto, apareció el perfil de una propuesta al otro lado de esa ya monótona reunión anual de Presidentes convocados por España y acompañados por Portugal, cuyas consecuencias durante más de una década fueron inocuas o francamente negativas para los países de América Latina y el Caribe.

Para los organizadores de la cumbre, cambiar la sede a última hora equivalía a sacrificar al flamante presidente boliviano, Carlos Mesa. Para éste, mantenerla significaba asumir el riesgo de una multitudinaria protesta que, en las condiciones dadas, podría encender nuevamente el polvorín. Su decisión reprodujo en aquel país la obligada dualidad de conducta visible en más de un jefe de Estado por estos días: anunció que iría a hablar al Foro Social, si lo invitaban, y que él por su parte invitaba a un representante del encuentro paralelo a exponer en la Cumbre.

 

Dilemas de la democracia

Entre el 12 y el 15 de noviembre más de quince mil participantes, provenientes de toda la región debatieron temas candentes en el Encuentro Social. No faltó nada: desde un panel denominado “Primera cumbre mundial de médicos tradicionales, naturistas, indígenas y originarios” (la noción de cumbre, inevitablemente, transvasa), hasta debates teórico-políticos sobre “Movimientos sociales contemporáneos”; “Bolívar y la unidad de América Latina y el Caribe”; “ALCA” (el que tuvo mayor concurrencia); “Asamblea Constituyente”, entre tantos otros, todos anudados con la reciente experiencia de lucha en Bolivia.

Cuando el sábado 15 Carlos Mesa acudió al Encuentro, ya las definiciones principales estaban decantadas. Una mujer lo recibió en el palco: “En este encuentro –dijo con respetuoso énfasis- pensamos que su gobierno debería proponer la suspensión de todas las negociaciones del ALCA en la próxima reunión de cancilleres en Miami; que debe derogar el Decreto Supremo que transfiere la propiedad de los hidrocarburos a las transnacionales; que la Asamblea Constituyente tiene que ser convocada el próximo año y que todos puedan proponer candidatos a ella sin necesidad de inscribirse a los partidos”…

Mesa no perdió la compostura. Acometió a la asamblea expectante y logró arrancar aplausos a poco de empezar su discurso, cuando sostuvo que era preciso “construir una mirada distinta de democracia de la que teníamos hasta hace muy poco”. Debía, no obstante, entrar en materia. Y allí el clima cambió: anunció una Constituyente no para los próximos meses, como se le demandaba, sino “para antes de terminar mi mandato”. Hubo gritos de protestas y silbidos. “No vine a hablarles con demagogia no puedo hacerles promesas imposibles”, dijo. Los últimos minutos de su intervención fueron inaudibles: la asamblea respondía airadamente cada una de sus palabras. Cuando terminó el Presidente, fuera de programa, tomaron la palabra Roberto de la Cruz, dirigente de la Central Obrera Regional de El Alto y Jaime Solares, de la Central Obrera Boliviana, quienes acusaron al Presidente de ser “la misma chola con diferente pollera”.

En la noche del sábado, un gran acto reunió en clima festivo a los participantes del Encuentro Social Alternativo. Allí acudieron Hugo Chávez y el vicepresidente de Cuba, Carlos Lage, en representación de Fidel Castro, quien esta vez no concurrió a la Cumbre Iberoamericana.

 

Declaración de Santa Cruz de la Sierra

Ya para entonces se conocía el texto aprobado por los Presidentes y jefes de Estado: un documento que, si bien es dudoso que pase de la enunciación de intenciones, es muy significativo porque sepulta explícitamente el discurso dominante durante casi dos décadas: “la superación de la pobreza requiere la aplicación de políticas integrales definidas y desarrolladas por el Estado”, dice, para inmediatamente subrayar la voluntad de luchar “contra la pobreza y las causas que la originan” y sostener “el principio de no intervención, la prohibición de la amenaza o el uso de la fuerza en las relaciones internacionales, el respeto a la integridad territorial”. Sólo faltaba poner el nombre del destinatario de la demanda. Desde luego también se rubricó el compromiso de “lucha contra el terrorismo”. El documento también propone “una amplia reforma” de la ONU; demanda un cambio de conducta del Fondo Monetario Internacional y acoge la propuesta de crear “un Fondo Humanitario Internacional” (Chávez); reconoce que las “reformas estructurales (…) no han producido resultados suficientes sobre la disminución de las desigualdades y de la exclusión social, e incluso en algunos casos han significado un retroceso o una profundización de estos fenómenos”.

La educación fue señalada como factor clave para avanzar en la inclusión social –tema principal de la cumbre- y se declaró el 2005 como “año iberoamericano de la lectura”. Pero no son los 54 puntos de la “Declaración de Santa Cruz de la Sierra” los que marcan la inflexión en estos cónclaves, sino el hecho de que todos ellos espejaron la demanda plasmada en el Encuentro Alternativo, resumidas en el recinto del lujoso Hotel Los Tajibos por el representante indígena, a nombre de “esos cientos de millones que pensamos, creemos y deseamos más o menos lo mismo. Cosas que de tan repetidas parecen infantilismos. Y no lo son. Por ejemplo que la tierra es nuestra y todo lo que hay debajo de ella también”. U otro tramo del texto donde se afirma: “Señores Presidentes, escuchen a los pueblos de América. Suspendan las negociaciones del ALCA”.

 

Argentina y la nueva etapa continental

Esa es la fuerza que gravitó sobre la Cumbre y llevó a la mayoría de sus componentes a firmar la Declaración. Los presidentes de México y España, Vicente Fox y José María Aznar -visiblemente lívidos, rígidos, mientras sus pares aplaudían al representante del Encuentro alternativo- firmaron también el documento de la Cumbre. Entre ellos y el polo opuesto en la reunión de Presidentes se halla toda la gama de posiciones imaginable.

El mandatario argentino, por ejemplo, levantó oleadas de recriminaciones desde la derecha en Argentina: “No fue afortunado el relieve que se le dio, desde ciertas esferas oficiales, a la entrevista del presidente Néstor Kirchner con el líder contestatario boliviano Evo Morales, cuyos antecedentes no son precisamente tranquilizadores desde el punto de vista de la preservación del orden público y la paz social. No sería bueno para nuestro país -y tampoco para la región- que gestos de esa naturaleza se tornasen habituales”, se alarma un editorial de La Nación(2). El mismo diario registró la voz del ex ministro de Economía Ricardo López Murphy, luego de que Kirchner identificara a Morales como futuro presidente de Bolivia y le ofreciera ayuda: “Yo no creo que la coalición de inserción de la Argentina en el mundo sea con Chávez y Evo Morales. Si la Argentina apunta a eso es un enorme error. Si ésa es la estrategia, vamos mal, vamos por un camino muy equivocado (…) Si vamos a donde está México, Brasil y Chile, vamos bien (…) ¿usted ve a Lagos (Ricardo) interesado en hacer reuniones con Evo Morales y Chávez?”(3).

No todo es condena sin embargo: el mismo matutino registró el punto al que atribuye mayor trascendencia en la fugaz estada de Kirchner en la Cumbre: “Más allá de sus coqueteos con el líder indigenista boliviano Evo Morales y otros gestos altisonantes, el presidente Néstor Kirchner coincidió ayer con sus pares de México, Vicente Fox; de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva y de Chile, Ricardo Lagos, en que han mejorado las perspectivas de las negociaciones del Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA)”(4).

El contrapunto traduce adecuadamente el lugar de Argentina y su gobierno en esta múltiple confrontación y desagregación de fuerzas. Santa Cruz de la Sierra albergó a todos los protagonistas de la gran disputa por definir de quién es, al fin y al cabo, “nuestro tiempo”. Pero esa pugna, previsiblemente agudizada cada día, ocurre de ahora en más en nuevo terreno: la era del “neoliberalismo” ha quedado atrás.

Informes de Carina López Monja y Pablo Gandolfo, desde Santa Cruz de la Sierra.

  1. Walter Chávez, “Bolivia, una revolución social democrática”, Le Monde diplomatique edición Cono Sur, noviembre de 2003.
  2. “La XIII Cumbre Iberoamericana”; La Nación, Buenos Aires 18-11-03
  3. “Controversia por el apoyo a Morales”; La Nación, Buenos Aires, 17-11-03.
  4. “Mejoran las perspectivas para el ALCA”; La Nación, Buenos Aires, 16-11-03.

Efervescencia en el “patio trasero”

porLBenLMD

 

Los profundos cambios políticos en curso en América Latina, todos conflictivos para Estados Unidos –cuyos problemas económicos se agudizan–, otorgan a la región un papel singular en un cuadro de grave tensión internacional. A diferencia de Asia o Medio Oriente, el choque de intereses y proyectos entre Washington y las capitales del Sur tiene un rasgo diferenciador esencial, porque el desarrollo político y económico de los contendientes hace impensable el solo recurso militar como argumento. Si Suramérica logra responder, acaso contribuirá a encender un faro hoy ausente en las tormentosas aguas de la política internacional.

 

Si en lugar de ver a Estados Unidos avanzar por el mundo a paso arrollador, se lo observa huyendo de la deflación, cambian las conclusiones sobre el panorama mundial. No obstante las apariencias, ésa es la realidad: a impulsos de una crisis económica que se resiste a ceder, Washington ha emprendido una irracional fuga hacia adelante que le hace chocar de frente con el planeta entero. Ésa es también la inercia que dicta su relación con América Latina. No hay novedad en esto(1); lo nuevo es que en los cuatro últimos años Estados Unidos sufrió revés tras revés en su “patio trasero”, perdió la iniciativa política y quedó reducido casi exclusivamente a la razón de la fuerza, el único ámbito donde su poder parece inapelable. Y es en estos términos que afronta la cada día más lejana concreción de un Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA).

Decidir el ingreso o no al ALCA se ha convertido por estos días en un dilema para los gobiernos de la región. Sin embargo, el debate al respecto elude u oculta la fuerza real que mueve la voluntad de Washington, a saber, la magnitud descontrolada de su propia crisis.

No es una hipótesis, ni una interpretación teñida de ideología. Estados Unidos sigue en recesión. El período de caída en el giro económico comenzó hacia marzo de 2001, es decir, medio año antes del atentado que destruyó las torres del World Trade Center, con lo cual se derrumba todo intento de asociar el fenómeno a un hecho extraeconómico.

Acaso más relevante que la extensión y profundidad de la recesión es el hecho de que ninguna receta académica para “vencer el ciclo” logra los efectos buscados. Muy lejos de ello, como subraya una fuente insospechable: “Durante los tres últimos años la economía estadounidense recibió quizá los más grandes estímulos monetarios y fiscales en la historia. Un superávit de 1,4% del PBI en 2000 se trocó en un déficit estimado del 4,6% este año. Las tasas de interés de corto plazo fueron recortadas 13 veces, del 6,5% a comienzos de 2001 (al 1% actual)”(2).

Pese al bombardeo con medicinas de graves efectos colaterales, el paciente no reacciona. Mediante el manejo ambiguo de cifras y relaciones se buscó, hasta dos meses atrás, alentar la sensación de que la caída había terminado. Hay incluso ahora anuncios en ese sentido, desestimados por analistas y ejecutores principales de la política económica. El debate actual gira alrededor de definir si la recesión continúa a ritmo moderado y bajo control o, por el tobogán de la deflación, se transforma en depresión.

Un ex subsecretario del Tesoro da la pauta del problema: “Si se mide por el empleo, ésta es una de las peores recesiones, si no la peor, desde la Gran Depresión: en la economía estadounidense trabajan hoy 2.100.000 personas menos que hace dos años. Dado el crecimiento normal de la población activa, la escasez de empleo hoy en día, en relación con lo que habría sido si continuase el auge de la década de los noventa, asciende a 4,7 millones de puestos de trabajo”(3).

La visión de un ex secretario (ministro) de Trabajo durante la administración de William Clinton es aun más reveladora: “Para ser considerado un desocupado es necesario estar buscando un trabajo activamente. En estos dos últimos años, sin embargo, mucha gente dejó de hacerlo. El porcentaje de adultos estadounidenses que trabajan o buscan de forma activa un empleo cayó un 0,9%, hasta el 66,2%. Es la mayor caída en casi 40 años. Más de 74.500.000 adultos no están trabajando –más de 4 millones desde marzo de 2001–. (…) En otras palabras y simplemente, el panorama laboral es terrible”(4). No se trata de Argentina o Bangladesh: la desocupación es rampante en el corazón de la máxima potencia mundial.

 

Recesión combinada

Pero no sólo. El Fondo Monetario Internacional (FMI) publicó en

mayo un informe donde advertía que Alemania podría sumarse a Japon en la dinámica actual de caída de precios o deflación. “La economía alemana, equivalente a casi un tercio del producto de la región, está retrocediendo. El crecimiento previsto en el área del euro está desplomándose”(5). El cuadro es aun peor en el otro gran centro de la producción mundial: “Los precios han estado cayendo en Japón desde 1995. El PBI nominal se redujo en un 6% desde 1997; (…) la verdadera causa de la deflación es la insuficiencia de demanda, y la cura está en los estímulos macroeconómicos”(6).

Aunque el FMI, el presidente de la Reserva Federal Alan Greenspan e incluso buena parte de los economistas más críticos de la política actual de Bush lo niegan o minimizan, el mismo flagelo amenaza también a Estados Unidos. “La deflación conduce a un aumento del desempleo y a una caída en la capacidad utilizada; esto provoca una mayor presión a la baja en los precios y en los salarios; la deflación se acelera, lo que deprime aun más la economía; (…) a aquellos a quienes nos preocupa la ciénaga al estilo japonés, el panorama mundial nos parece bastante aterrador”(7).

Poco tiempo atrás, cuando dominaba la ensoñación de una “nueva economía”, un lenguaje semejante –en otras voces, claro– era despectivamente calificado como “catastrofista”. Girada la aguja del reloj, siquiera en consideración al método cabe partir de otra hipótesis para la interpretación de esta crisis ahora presentada como resultado de una mera “insuficiencia de demanda”, solucionable con manipulaciones macroeconómicas: el ciclo negativo comenzó a principios de los 1970, arrinconó a Estados Unidos (en el cuadro geopolítico de entonces, recuérdese: derrota de Estados Unidos en Vietnam, emancipación de las colonias portuguesas en África, revolución en Irán, revolución en Granada, revolución en Nicaragua, sublevación general en América Central, aparición de un partido obrero y socialista de masas en Brasil, todo condicionado por la todavía existente Unión Soviética…) y le exigió empeñarse en una contraofensiva global estratégica o aceptar el acorralamiento y ahogo mortal resultante.

Al cabo de una década y ya con Margaret Thatcher y Ronald Reagan en el gobierno, la coyuntura de riesgo había sido superada. Con el plus de la desaparición de la URSS cayeron todas las barreras que condicionaban la gravitación de la ley del valor a escala planetaria y “el mercado” inundó al mundo(8). Fue la hora de gloria del por entonces inobjetable “neoliberalismo”. O el canto del cisne. Porque en el apogeo mismo de la victoria reaparecía –aunque invisible a los ojos– la enfermedad supuestamente neutralizada.

El verdadero dilema es que aquella contraofensiva global estratégica había agotado todos los recursos. Para remitirse sólo a lo económico, la supuesta lozanía del sistema en los centros metropolitanos no era sino la expresión de un desplazamiento de riquezas de dimensiones jamás vistas, ni siquiera en el período del saqueo colonial. Todo el mundo, pero específicamente América Latina, fue escenario de esta tragedia vivida sin embargo como una comedia de enredos en la que descollaron personajes de opereta –como ciertos presidentes suramericanos– en medio de la alegría general, incluidos quienes ahora advierten, con razón, respecto de un “panorama aterrador”.

La crisis, en efecto, tiene su etiología. Por eso cuando ahora, con 74,5 millones de ciudadanos sin empleo, Estados Unidos pretende una nueva vuelta de tuerca sobre su patio trasero para anexarlo formalmente y cerrarle el paso a sus competidores de la Unión Europea, Japón y China, provoca una reacción inesperada, incluso para los propios protagonistas mayores de esta nueva y crucial fase de la historia.

 

El ALCA ya fracasó

No lo admiten ni quienes levantaron las barreras más elevadas, pero el ALCA, tal como lo pretende Estados Unidos, ya fracasó. En una reunión del Comité de Negociaciones Comerciales, llevada a cabo en Puebla, México, en abril pasado, quedó en evidencia que Estados Unidos no podría imponerse siquiera sobre sus socios más cercanos. Allí se conoció, incluso, un plan elaborado en Washington para descargar toda la responsabilidad del fracaso sobre Venezuela, acabar formalmente con el proyecto y lanzar la alternativa de acuerdos bilaterales. La magnitud del dilema derivó en una posición intermedia, de tono marcadamente indefinido: Estados Unidos consumó un acuerdo bilateral con Chile a comienzos de junio y a mediados del mes siguiente, en una reunión de presidentes de la Comunidad Andina de Naciones (CAN) en Medellín, dio luz verde a una reformulación del ALCA (o “alquita”, como la denominó el presidente venezolano Hugo Chávez). Antes de eso, la reunión de Bush con el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, pese al tratamiento almibarado de que fue objeto por parte de la prensa, mostró el escollo más inmediatamente visible: los subsidios internos estadounidenses a bienes agrícolas que Brasil pretende exportar al país del Norte. La causa, no obstante, tiene factores de mayor peso: “yo fui más restrictivo que Lula respecto del ALCA”(9), dice el ex presidente Fernando Henrique Cardoso, aprovechando una circunstancia coyuntural para golpear a su adversario pero revelando lo obvio: en Brasil, la oposición al ALCA es una política de Estado, dictada por intereses muy duramente contrapuestos a los que defiende la Casa Blanca.

Relegada la concreción del ALCA –tanto menos con el punto de inicio previsto para diciembre de 2005– el centro de la actividad del gobierno estadounidense está ahora en impedir que se consoliden los bloques existentes (Mercosur y CAN) y tiendan a converger. El presidente uruguayo Jorge Batlle tomó bajo su responsabilidad la tarea, cuando en el encuentro de presidentes del Mercosur realizado en Asunción en junio pasado lanzó una cruzada para impedir la incorporación de Venezuela a este bloque. Semanas después, arribó a Buenos Aires Luis Lauredo, un lobbysta cubano-estadounidense, a quien el diario La Nación trató como a un funcionario y le ofreció sus páginas para expresar con tono amenazante: “Estados Unidos no va a negociar con bloques, como el Mercosur o el Pacto Andino”(10). Su entrevistador saca conclusiones: “Tómalo o déjalo, quiso decir. En algunos círculos norteamericanos, de hecho campea la idea de que la campaña electoral de Lula, y antes los reparos de Fernando Henrique Cardoso mientras era presidente, han desvirtuado el esquema original del ALCA”(11). En efecto: el proyecto se ha desvirtuado al punto de que ya no es reconocible para sus gestores. Frente al hecho consumado, Bush no muestra una línea de acción coherente: fuentes de la Cancillería argentina confiaron a el Dipló que Lauredo, ex embajador en la Organización de Estados Americanos (OEA), de origen cubano –al igual que el actual embajador estadounidense en Buenos Aires y otros altos funcionarios de la administración Bush– no llegó a Buenos Aires como representante oficial ni ostentando cargo alguno, pese a lo cual no se privó de mostrarse amenazante frente al nuevo gobierno argentino, a la vez que transmitió al vicepresidente Daniel Scioli el beneplácito del gobernador de Florida Jeff Bush por haber propuesto a Miami como sede del ALCA.

Prueba no sólo de la magnitud del conflicto sino de los actores involucrados sería el anuncio del canciller argentino Rafael Bielsa, apenas horas después de los desplantes de Lauredo: “las negociaciones entre el Mercosur y la Unión Europea –incluyendo la firma de un tratado de libre comercio– pueden ser concluidas en el primer semestre del 2004”(12). Se explica la prisa de Bush por invitar a Kirchner a Washington cuando éste se encontraba en plena gira europea.

 

Desafío teórico y político

Este cuadro general determina la agresividad de la política exterior estadounidense, traducida en amenaza militar urbi et orbi, y su proyección ahora también como amenaza latente hacia América Latina. El Departamento de Estado sabe que en el terreno político el futuro inmediato sólo le depara mayores dificultades: en el próximo año y medio las elecciones en Uruguay, El Salvador, Guatemala y Panamá adelantan triunfos de fuerzas políticas que, más allá de toda diferencia, concurrirán al bloque objetivamente formado ya por Brasil y Venezuela y ante el cual parece inclinarse la política exterior argentina.

Ante la devastación económica y social resultante de los años ’90, la conformación de un bloque suramericano que encarase sin rodeos la resolución de los problemas crónicos de la región, hoy decuplicados todos y con amenaza de explosión en cadena, significaría un vuelco decisivo en las concepciones ideológicas y las conductas políticas predominantes en los últimos quince años, y a la vez daría lugar a un cambio en las relaciones de fuerzas a escala hemisférica. Uno y otro tendrían segura trascendencia global, en detrimento de Estados Unidos y, por lo mismo, a favor de un freno al belicismo y la prepotencia unilateral.

Como telón de fondo está la situación económica reseñada, pero el desafío histórico se sitúa en el terreno político. “Se está preparando una crisis de grandes dimensiones, cuya naturaleza se nos escapa. Todavía no sabemos cómo enfrentarla”, decía un eminente intelectual latinoamericano a comienzos de 2002(13). Y agregaba: “No conseguimos distinguir lo que se proyecta hacia delante y lo que va hacia atrás, como si el mundo estuviese siendo dirigido por fuerzas cuya comprensión se nos escapa”. Un año después ese futuro ya está aquí.

La perplejidad trasvasó del pensamiento teórico a la acción política. Pero también en el universo de las ideas el vacío es repelido por la naturaleza. Y a falta de un corpus teórico audible que diera respuesta a la encrucijada histórica, aquélla aparece hoy a lo largo de Suramérica de manera empírica, balbuciente pero a la vez potente, a través de fenómenos políticos sui generis, que con tono perentorio exigen el trazo firme de un proyecto abarcador. “Inventamos o erramos”, decía dos siglos atrás Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar, que había recorrido el mundo y asimilado toda la ciencia de su época para verterla en un proyecto político encarnado en su discípulo. Sabía por tanto que no hay invento sin apoyo en el sedimento dejado por la historia para el pensamiento y la acción. Sólo reclamaba que quienes sintieran el imperativo llamado de la realidad fueran capaces de dar el espacio que la creación requiere en todo gran proyecto histórico. La situación en la que la crisis coloca hoy al mundo hace impostergable “distinguir lo que se proyecta hacia delante de lo que va hacia atrás”.

  1. Véase Carlos Gabetta, “El Imperio y América Latina” y dossier “Vientos de cambio en América del Sur”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, septiembre y noviembre de 2002 respectivamente.
  2. “Breaking the deflationary spell”, The Economist, Londres, 28-6-03.
  3. J. Bradford Delong, “¿Sigue EEUU en recesión?”, El País, Buenos Aires, 4-5-03.
  4. Robert Reich, “The Economy is on the move… Downward”, Los Angeles Times, 1-5-03, reproducido en Clarín, 9-5-03 con el título “Bush no sabe cómo reactivar la economía”. El impactante dato sobre el desempleo aparece al contar empleados y reconocidos como buscando empleo (66,2%) en relación con el total de la población económicamente activa. Véase también la página web del autor (www.robertreich.org).
  5. “The euro, trade and growth”, The Economist, Londres, 12-7-03; y Carlos Gabetta, “Cambiar en democracia”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, junio de 2003.
  6. “Seeking the right medicine”, The Economist, Londres, 21-6-03.
  7. Paul Krugman, “Is the world stumbling into an economic quagmire?”, International Herald Tribune, París, 27-6-03.
  8. Luis Bilbao, “El mundo después de la guerra del Golfo y sin la URSS”, Crítica de Nuestro Tiempo, Buenos Aires, octubre de 1991.
  9. “La sorpresa por el cambio de Lula”, La Nación, Buenos Aires, 10-7-03.
  10. Jorge Elías, “Preocupa a EE.UU la posición sobre el ALCA”, La Nación, Buenos Aires, 15-7-03.
  11. Ibid.
  12. “Hacia el acuerdo con la Unión Europea”, Clarín, Buenos Aires, 20-7-03.
  13. Celso Furtado, En busca de un nuevo modelo, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, abril de 2003.

Decisivo impulso a la integración regional

porLBenLMD

 

Al cabo de la exitosa rueda de negocios argentino-venezolana realizada en la isla Margarita, Venezuela, la integración suramericana dio un histórico paso adelante. Acuerdos empresarios por 80,4 millones de dólares y bases para proyectos mucho más ambiciosos en el futuro. Entrevistas exclusivas a los ministros de Energía y Minas de Venezuela, Rafael Ramírez, y de Planificación de Argentina, Julio de Vido.

 

La perspectiva de convergencia suramericana dio pruebas de vida real en el último mes. Ampliado el Mercosur en la cumbre de Puerto Iguazú(1); planteada días después en Quito la articulación efectiva del Mercado Común del Sur con la Comunidad Andina de Naciones (CAN), lo que nunca fue poco más que vana retórica se hizo tangible en la macro-rueda de negocios entre Argentina y Venezuela, realizada en la isla Margarita del 21 al 23 de julio pasado.

Hay un dato mayor en esa reunión inicialmente programada como encuentro empresario: el presidente Néstor Kirchner estuvo allí. Su presencia, inesperada, marca la diferencia entre una suma de exitosas operaciones comerciales y el trazado -si no la definición- de una línea estratégica para la política exterior argentina en un momento turbulento para el hemisferio y el mundo.

Esa diferencia se hizo visible cuando Kirchner y Hugo Chávez viajaron desde Margarita a la refinería de Pdvsa (Petróleos de Venezuela Sociedad Anónima) en Guaraguao, para afirmar la base conceptual y los acuerdos para la fundación de Petrosur. Allí, ante miles de obreros petroleros, Chávez y Kirchner ratificaron una política de complementación, cooperación y hermandad en el marco de «el nuevo Mercosur», como lo calificó el mandatario venezolano. Frente a un paisaje de estremecedora belleza y mientras un conjunto de buques petroleros sonaban sirenas que hacían vibrar el aire y cargaban la atmósfera con una rara sensación épica, Chávez señaló hacia el mar azul a pocos metros y explicó que el Mercosur «ahora se extiende por estas aguas hasta allá, hasta las costas de Puerto Rico», en alusión a la frontera implícita para todos los presentes: Estados Unidos. Kirchner cerró el acto agradeciendo al pueblo y el gobierno venezolanos por el envío de combustible en una circunstancia crítica para Argentina y ratificó su voluntad de fortalecer las relaciones entre ambos países.

 

Acuerdos palpables

Los dos mandatarios clausuraron la rueda de negocios con la firma de un paquete de acuerdos. El encuentro interempresario fue exitoso más allá de lo esperado: el ministro de Producción y Comercio de Venezuela, Willmar Castro Soteldo, informó que participaron 145 empresas argentinas y 355 venezolanas y se concretaron 157 negocios por un monto de 80,4 millones de dólares. El presidente del Bancoex de Venezuela, Víctor Álvarez, anunció a su turno la firma de una línea de crédito entre la entidad que dirige y el Banco de Integración y Comercio Exterior (BICE) y el Credicoop de Argentina, dirigida fundamentalmente a las microempresas, pequeñas empresas y cooperativas, e informó acerca de un memorando de entendimiento entre PDV Marina Venezuela y la Unión Transitoria de Empresas (UTE); otro entre la Compañía Diques y Astilleros Nacionales (Dianca) y los Astilleros Río Santiago de Argentina, además de una carta de intención entre los gobiernos del estado Nueva Esparta y los astilleros de Río Santiago, con el objetivo de construir un ferry para isla Margarita. Álvarez anunció asimismo la creación del Fondo Latinoamericano de Garantías Recíprocas para avalar a pymes cuando soliciten créditos y la introducción en Venezuela de tarjetas de crédito y débito especialmente diseñadas para las cooperativas.

De mayor envergadura aun es el acuerdo binacional para crear un Banco Sudamericano de Desarrollo Social (Bandesur), complementado por un Foro de Integración Venezolano Argentino (FIVA), y por un Memorando de Entendimiento en materia de cooperación financiera entre Venezuela y Argentina. Otra carta de intención apunta a medios de comunicación conjuntos, a partir de los canales y las agencias informativas estatales de ambos países.

 

Energía, eje de la convergencia

El ministro de Energía y Minas de Venezuela, Rafael Ramírez, expuso ante este enviado su evaluación de los acuerdos con Argentina, como parte de un fenómeno que alcanza a toda la región: «En más y más países hay un claro proceso de participación popular, de movilización; y eso va a tener su reflejo tanto en los nuevos gobiernos como en los pasos que estamos dando en la integración». Ramírez enlaza economía y política y subraya que «lo que estamos haciendo ahora con Petrosur, Petroamérica, Petrocaribe, no hubiese sido posible mientras estuviera al frente de la estructura petrolera la elite tecnocrática identificada con las propuestas neoliberales, que avanzaba hacia la privatización de la empresa. La nueva Pdvsa, además de reportar al fisco todo lo que corresponde, establece una nueva relación ética con nuestro pueblo y con los demás países de América Latina. Cuando Chávez asume el poder y replantea el papel de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), comienza una puja entre el nuevo Estado venezolano, la nueva Constitución, nuestro pueblo, los sectores más progresistas de un lado, y del otro los sectores internos tanto del país como de nuestra propia empresa petrolera, aliados con los intereses de las transnacionales. La vieja Pdvsa fue un elemento fundamental en el golpe de Estado de 2002. Esa pugna se resolvió con el desenlace del sabotaje petrolero(2). Sin aquella victoria que permitió la recuperación de Pdvsa no hubiera sido posible jamás desarrollar Petrosur». Ramírez sostiene que no había posibilidad alguna de convivencia entre ambas visiones respecto del papel de la empresa petrolera en relación con la sociedad venezolana y la política internacional del país. Ahora, continúa Ramírez, Pdvsa cumple una función social: «estamos aportando 800 millones de dólares para viviendas, 600 millones para la siembra (ayuda a los campesinos que recibieron más de 2 millones de hectáreas mediante la ley de tierras), 600 millones de dólares para los programas sociales conocidos como «Misiones» (que pudimos poner en marcha, hay que decirlo, con la invalorable ayuda de Cuba). Además de eso, la nueva Pdvsa ha constituido un Fondo para proyectos de inversión de más de 2.000 millones de dólares».

Ramírez no deja de insistir en que el gobierno de Chávez «pone por delante los acuerdos políticos» y ve con optimismo las perspectivas de Petrosur: «Argentina ha dado un paso muy importante al crear Enarsa. Firmamos un acuerdo integral de cooperación y tan pronto como Enarsa sea aprobada por el Congreso y tenga una figura jurídica con la cual actuar, el presidente Chávez ha dicho que vamos a acompañar ese proyecto. Nosotros creemos que el Estado debe controlar sus recursos fundamentales para ponerlos al servicio de su pueblo».

Ramírez no pierde de vista las dificultades: «Una idea tan ambiciosa como ésta, sobre todo con las disparidades de desarrollo entre nuestros países, va a requerir un tratamiento diferenciado. El Caribe, Argentina, Brasil, Bolivia, son casos diferentes, pero con todos estamos firmando acuerdos para ir conformando, poco a poco, paso a paso, la idea de Petroamérica». Y concluye el ministro: «A través de instrumentos energéticos estamos creando una cantidad de nexos de complementariedad y cooperación en otras áreas de la economía. Diferenciamos nuestra propuesta de integración del ALCA estadounidense. Por ejemplo: en Argentina existe una tremenda capacidad técnica instalada para el área de astilleros, construcciones navales; nosotros tenemos aquí la materia prima para hacer esos barcos: acero naval, aluminio, y la necesidad de construir una propia flota que puede incluso servir a los dos países. Pues bien, estamos firmando acuerdos con parámetros de cooperación, donde no competimos para obtener el máximo provecho comercial de Argentina y eso signifique que quebremos compañías, o compremos compañías quebradas, como ocurre en los términos del ALCA. Con nuestras necesidades, reactivar el empleo en los astilleros argentinos, pero a la vez que los insumos salgan de nuestras industrias básicas. Otro ejemplo: Argentina tiene una gran capacidad en tecnología nuclear para la medicina; nosotros tenemos grandes requerimientos aquí en ese área. A través del fideicomiso se hará una compensación en los pagos por el petróleo que estamos enviando. Pronto tendremos en Buenos Aires nuestra propia oficina de Pdvsa, esperando el nacimiento jurídico y formal de Enarsa para comenzar a hacer las alianzas que generen el marco de actividades petroquímicas».

 

«Petrosur existe»

No menos optimista y resuelta es la óptica desde el lado argentino. El ministro de Planificación, Julio De Vido, resumió para el Dipló, en su despacho frente a la Casa Rosada, sus conclusiones de las jornadas en Margarita: «El balance es doblemente trascendente. Primero, porque hubo una gran participación de pymes. Los negocios por 80,4 millones de dólares refieren sobre todo a carnes, vinos, frutas, jugos, textiles, calzado, etc. Son en su mayoría empresas de menor escala, para las cuales una transacción de 200.000 dólares es importantísima. Y por otro lado vemos que el producto de la venta de fuel oil a Argentina, que exigió un egreso de 240 millones de dólares, fue en definitiva utilizado para comprar productos argentinos. El fisco erogó -y el sector industrial, por aumento de precios- pero ese dinero tuvo un retorno a Argentina en trabajo, producción y desarrollo industrial. Esos son los dos principales éxitos de lo ocurrido en Margarita».

Para el ministro argentino es seguro que el intercambio «llegará a mil millones anuales. Hay 52 millones de dólares en equipo de radiología, hay dos obras importantes como la carretera en Táchira y una represa en Macagua (otros 200 millones de dólares), con lo cual prácticamente quedaría consumido el fondo fiduciario de este año y el del año próximo». En su opinión éste es «un primer paso» y no se limita a Venezuela: «Estamos planificando una nueva rueda con Venezuela para noviembre en Argentina y vamos a ver si para mediados de octubre hacemos otra con Bolivia (es una primicia: le estamos haciendo la propuesta al embajador) sobre la base de las importaciones de gas. Llevaríamos equipos de GNC para vehículos, productos alimenticios, maderas, etc. Buscamos que insumos que vienen a Argentina como resultado de una crisis de crecimiento favorezcan a los empresarios argentinos y también a los pueblos venezolano y boliviano, que van a recibir nuestros productos a mejores precios».

El impulso de Puerto Iguazú y Margarita ha echado a andar un plan ambicioso: «Antes de la ronda que programamos con Bolivia vamos a tratar de reunirnos en Caracas los ministros de Energía de Brasil, Bolivia, Venezuela y Argentina. Estamos programando esa reunión con Rafael Ramírez y Alí Rodríguez (el presidente de Pdvsa). Pretendemos que estén también los presidentes de las empresas: YPFB, Petrobras, Pdvsa y Enarsa». De Vido también asegura que Petrosur es un hecho: «Tengo una gran expectativa. Hasta ahora la relación funcionó maravillosamente bien. Tenemos comunidad de objetivos: el desarrollo energético de ambos pueblos. Enarsa es hoy sólo una semillita; Argentina produce hoy 700 mil barriles diarios y Venezuela 3 millones. Pero creemos que el desarrollo energético no tiene que ser un fin en sí mismo, sino una herramienta para el desarrollo industrial, que es lo que potencia el desarrollo social, económico, educativo de los pueblos. Petrosur ya existe. Nuestra tarea es tomar ese punto de partida y trabajar», concluye De Vido.

Esta certidumbre es compartida sin reservas por Kirchner. De regreso al país, a bordo del Tango 01, el mandatario mantuvo una charla distendida con los periodistas. En el intercambio aludió con un dejo de envidia al significado político que tiene para Venezuela el hecho de contar con los recursos de Pdvsa. Pero enfatizó el cambio que significará para Argentina la existencia de Enarsa, obrando como empresa testigo y recuperando una parte de la renta petrolera, además de ocupar un lugar, a través de Petrosur, en la OPEP. Un alto funcionario se entusiasmó además con el papel que Argentina podría jugar para moderar la política de Chávez en el complejo panorama político venezolano.

 

El pasado, presente

Puede haber sido casual el motivo que demoró la partida del Tango 01 en la mañana del jueves 22. El Presidente constató desde el helicóptero en el que se dirigía a Aeroparque que el dispositivo policial dispuesto ante una manifestación opositora programada para esa tarde no cumplía con la orden por él impartida de excluir las armas de fuego. Allí decidió destituir al jefe de la Policía Federal y desatar una crisis que culminaría 48 horas después con la primera renuncia en su gabinete. No es casual, sin embargo, que el viaje de Kirchner a Venezuela tensara la pugna entre dos líneas de acción opuestas por el vértice en el seno de las clases gobernantes y acelerara para unos la necesidad de minar la base de sustentación del Presidente (un episodio sangriento sería decisivo) y para otros la de defenderse. En todo caso, la simultaneidad de los acontecimientos es tanto más elocuente a la luz de los resultados de este nuevo encuentro entre el mandatario argentino y su par venezolano.

La historia suramericana y en especial la argentina ofrece innumerables ejemplos de ambiciosos objetivos frustrados a poco de ponerse en marcha. La escala que el Presidente hizo en Tarija para dar un espaldarazo al mandatario boliviano Carlos Mesa trajo a la memoria de este corresponsal uno de ellos. Mientras ambos jefes de Estado firmaban sendos acuerdos de exportación de gas y emprendimientos conjuntos («se reactivó una vieja modalidad de venta a través del gasoducto Pocitos-Campo Durán, y viene el otro gasoducto grande, en el NEA, sobre el que estamos trabajando duramente para que esté listo en el invierno de 2006», explicó De Vido), ante una muchedumbre que agitaba banderitas bolivianas y argentinas, imposible no recordar la batalla de Suipacha, ganada por las fuerzas patriotas de Tarija y Salta en dirección al corazón del poder colonial en el Alto Perú. Allí estaban Castelli y Güemes, entre tantos otros comprometidos con la Revolución nacida en el Río de la Plata seis meses antes. Pero Buenos Aires ordenó que no se avanzara. Y disolvió la formación militar vencedora, prólogo de la arrolladora contraofensiva realista y la clausura del proyecto de llegar al Alto Perú.

  1. «La unidad suramericana no es una quimera», Informe Dipló, www.eldiplo.org, Buenos Aires, julio de 2004.
  2. Chávez, después del golpe y el sabotaje petrolero; Conversaciones con Luis Bilbao, Ediciones Le?Monde diplomatique, Buenos Aires, marzo de 2003.

La alternativa política que no fue

porLBenLMD

 

En las elecciones del próximo 27 de abril los candidatos con mayores posibilidades encarnan la estructura tradicional del poder rechazada por la ciudadanía en diciembre de 2001. Los mismos que expusieron su impotencia y sus pústulas desde el retorno de la legalidad constitucional, en 1983. Los mismos individuos y aparatos sometidos a -o prefabricados por- centros de poder económico extranjeros y locales compelidos a succionar hasta la última gota las riquezas del país. Parafraseando una expresión que cobró notoriedad: se quedan todos. Por ahora.

 

¿Cómo pudo ocurrir? A lo largo de 2002 la energía social detonada en las jornadas del 19 y el 20 de diciembre de 2001, prolongadas luego en el vigoroso fenómeno de las asambleas barriales y el estado de conmoción popular, se desvaneció sin dejar saldo en términos políticos: la ciudadanía tiene varias opciones alternativas ante las urnas, pero ninguna logró unificar el repudio a las dirigencias tradicionales, ni mucho menos alcanzar una clara definición programática, capaz de suscitar apoyo social mayoritario.

Nada se pierde, asegura con rigor científico la primera ley de la termodinámica. Pero ¿dónde está, en qué se ha transmutado aquella formidable potencia contestataria? El punto de partida es un derrumbe total de los dos partidos, peronista y radical, que dominaron el escenario político argentino durante el siglo XX. No quedó de ellos nada semejante a sí mismos, uno por fragmentación y el otro por cuasi extinción. Y el saldo es la crisis política más grave en la historia argentina: por primera vez desde la organización nacional, las clases dominantes carecen de estructuras políticas –y en general de todas las instituciones que articulan el Estado– para ejercer de manera durable el poder, sea por medios pacíficos o violentos.

No obstante, un candidato de aquellos partidos repudiados por la ciudadanía será casi con certeza Presidente a partir del 25 de mayo. ¿Por qué no plasmó una opción distinta? Acaso las condiciones, pese al rechazo masivo, no facilitaban el camino: los movimientos obrero y estudiantil, protagonistas fundamentales de todas las grandes batallas políticas del siglo XX, se mantuvieron ausentes durante la década de 1990 y no se sumaron como tales a la erupción de diciembre de 2001. No es fácil edificar una fuerza política de envergadura social sobre la base de sectores de clase media, desocupados y empleados del Estado, los únicos movilizados.

En todo caso, hubo numerosos intentos desde la izquierda del espectro político. “Izquierda” es un concepto ambiguo, equívoco, como su origen histórico sugiere: el conjunto diverso de diputados que se ubicaban en ese flanco del recinto en la Asamblea Nacional en los primeros tiempos de la Revolución Francesa de 1789. Entendido hoy con la misma amplitud, ese arco iris ideológico y político argentino realizó –en conjunto y cada segmento por su lado– sucesivos movimientos tendientes a crear la “alternativa”.

El inédito vacío político y los bruscos cambios en la percepción y el ánimo de grandes sectores sociales inducían a creer que una gran mudanza estaba a la orden del día. Probablemente no hay otro ejemplo en el mundo –con excepción, en condiciones muy diferentes, del caso de Albania una década atrás– donde pudieran verse manifestaciones multitudinarias de iracundos ciudadanos gritando contra bancos y banqueros y esgrimiendo martillos, palos y ollas para golpear los majestuosos portales de los templos del dinero, desde entonces vallados y recubiertos con planchas de acero. Tampoco hay paralelos en la conjunción de dos sectores sociales refractarios: desocupados y clases medias se encontraron en las calles y enfilaron sus estentóreos reclamos contra el gobierno, el Fondo Monetario Internacional, los banqueros y “los políticos”.

Durante el primer tramo del gobierno de Eduardo Duhalde el ministro de Economía Jorge Remes Lenicov aportó leña para el fuego social. Su tarea fue sincerar el dato más brutal del desfasaje económico acumulado durante una década: la distancia entre la realidad y el peso convertible uno a uno con el dólar. Como era previsible, el costo del desmesurado ajuste se descargó sobre el conjunto de las capas medias, profesionales y asalariados, con la consecuente exacerbación de la virulencia opositora(1). El clima fue confundido con una “situación pre-revolucionaria” por organizaciones que, en lugar de buscar puntos en común de la creciente mayoría que comenzaba a salir del letargo, centraron su objetivo en ocupar puestos de comando en las asambleas populares. Lo lograron como el general Pirro: para vencer la batalla imaginada como prólogo del asalto final, contribuyeron a destruir el ejército que aspiraban a conducir. Un caso análogo ocurrió con los desocupados: prácticamente cada partido creó su propia estructura en ese ámbito y el movimiento social ingresó en un período de fragmentación que aún no ha terminado.

Esa dinámica se aceleró con el nuevo ministro de Economía, Roberto Lavagna, quien instrumentó planes de ayuda social en masa y paliativos para la retención de los depósitos bancarios, mientras aprovechaba políticamente la imposibilidad de pagar todo lo requerido por vencimientos de la deuda externa. El gobierno comenzaba a afirmar los pies sobre la tierra. Dividido y en parte cooptado el movimiento de desocupados, notoriamente menguada la masividad y el activismo de las asambleas, diluída casi la protesta de las clases medias, se esfumaba la posibilidad de hallar un punto de unión a gran escala sobre la base de las propias instancias gestadas por la ciudadanía ante la crisis.

Ya en otro clima social, todavía en tensión pero progresivamente desmovilizado, el vacío político indujo otro intento, plasmado en una foto que recorrió el país: el gobernador peronista de Santa Cruz Néstor Kirchner, la diputada ex radical Elisa Carrió y el jefe de gobierno porteño, Aníbal Ibarra, un ex de la franja de izquierda del gobierno de Fernando de la Rúa. El ala más moderada del flanco político izquierdo parecía dar la palada simbólica en los cimientos de un nuevo edificio. Aparte el registro gráfico, en unos días no quedó nada de aquello. No hay documentos, debates públicos, confrotación de programas, que permitan ir más allá de la conjetura para explicar el nulo resultado de aquella aproximación.

Meses después, en el cuadrante opositor al gobierno peronista la aguja giró hacia la izquierda con otra fotografía: Carrió ahora aparecía junto al titular de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA), Víctor De Gennaro, y al diputado Luis Zamora, líder de Autodeterminación y Libertad. “Que se vayan todos”, fue la consigna común, retomada del movimiento espontáneo de meses atrás. Duró más que el amago anterior; pero no demasiado. Apenas semanas más tarde las tres vertientes no sólo volvían a cauces individuales, sino que arreciaban en denuncias mutuas. Peor aún, en cada una de las partes se producirían fracturas: Carrió rompería con la que fuera base conceptual y política de su fracción, el Partido Socialista liderado por Alfredo Bravo; Zamora se enfrentaría en durísimos y poco políticos términos con el otro diputado –el único– de su equipo, José Roselli, lo que daría lugar al desencanto y la disgregación en las filas de su incipiente organización; De Gennaro comprobaría que su paso hacia una instancia política ahondaba las grietas en la CTA.

Con todo, una nueva instancia alentó expectativas en cuadros y activistas ansiosos por vislumbrar una salida: el IV Congreso de la CTA, del cual se esperaba la concreción de un “movimiento político-social”, la unificación de contingentes diversos en una herramienta política común(2). Alrededor de diez mil delegados y activistas invitados se dieron cita en diciembre pasado en Mar del Plata, donde el propósito fue formal y ruidosamente proclamado. Pero tras el impulso inicial, el movimiento se detuvo. Y como un río al que se le levanta un dique, derivó por multiplicados cauces de escaso caudal que, en lugar de afirmar un punto de unidad social y política para la mayoría de la sociedad que reclama un cambio, contribuye a aumentar la fragmentación, la confusión y el desánimo.

 

Frente a frente

Para ese entonces ya el gobierno había alcanzado éxitos impensables meses antes. El más importante –el más inverosímil– fue crear la impresión en el conjunto social, atravesando clases y sectores, de que Argentina había salido del tirabuzón que la arrastra al abismo. La negociación por los pagos de la deuda externa fue presentada como resistencia ejemplar a las exigencias del FMI; el impacto de la devaluación sobre las exportaciones y el fin de la invasión importadora se mostró como política de reactivación y crecimiento; la distribución de subsidios fue exaltada como solución a la pobreza…

Una ilusión de los sentidos explicable sólo por la ausencia de pensamiento crítico encarnado en dirigentes con autoridad ante la sociedad y por el papel de medios de comunicación en general complacientes, sin contraparte a escala masiva. El hecho es que se creó una suerte de realidad virtual, tan carente de sustento objetivo como obligadamente transitoria, pero no por ello menos eficiente en la coyuntura: pese a la drástica traslación de ingresos en perjuicio de asalariados, desocupados y demás sectores de ingresos fijos, pese a la permanencia de todos los factores por los cuales Argentina cayó, el gobierno logró desactivar la protesta social mientras la oposición se fragmentaba y, aunque en el límite de la fragilidad y el desprestigio, articular una oferta electoral apuntada a legitimar una administración que afronte la ineludible reaparición de la crisis económica y social.

Esa misma irrealidad, en su expresión invertida, afectó al segmento más radicalizado de las izquierdas. Al parecer sin percibir la parálisis que del proletariado industrial se extendía a los propios sectores medios y marginalizados, se puso fecha fija a “otro argentinazo”: el aniversario de las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001. Allí sí, se irían todos ¡incluso el gobierno transitorio! Inútil describir lo ocurrido. El “argentinazo” fue una marcha multitudinaria, quizá la más importante del período(3), pero en términos políticos fue otra muestra de fragmentación, debilidad, sectarismo, desarraigo social y ausencia de brújula. En cualquier caso, y una vez más, nada efectivo salió de esa convocatoria.

A partir de allí quedaba consumado el hecho decisivo del año: los responsables directos del desastre nacional habían retomado la iniciativa política. Sólo les restaba consolidar la división de los trabajadores, las clases medias y todos los sectores golpeados por la crisis. En este punto hubo otro intento unitario: el de Izquierda Unida con otros agrupamientos de mayor radicalidad verbal, en particular el Partido Obrero. Pero aquí no se trataba de un plan para ocupar el lugar vacante en la sociedad ni de acordar una propuesta para el conjunto social dispuesto al cambio, sino de una operación apuntada a los comicios ya instalados en el escenario más propicio para el establishment. El resultado era previsible: la discusión por candidaturas impidió la concreción de esta módica convergencia.

 

El revés de la trama

El hundimiento de los partidos tradicionales no es un fenómeno exclusivamente argentino. Brasil vio en 1989 la emergencia de dos fuerzas nuevas que ocuparon todo el espacio: una, creada a última hora por quienes avizoraban la debacle, llevó a la presidencia a Fernando Collor de Mello; la otra, derrotada con malas artes en la segunda vuelta, se afirmaría como oposición y trece años más tarde conquistaría el gobierno: el Partido de los Trabajadores (PT)(4). Pese a su derrota, la existencia del PT produjo la caída del corrupto gobierno de Collor de Mello y garantizó la afirmación del régimen constitucional. En Venezuela, también en 1989, el “Caracazo” trazó el límite definitivo para los partidos que se habían alternado en el poder durante casi medio siglo como directa prolongación de las fuerzas conservadoras tradicionales: el socialdemócrata Acción Democrática y el socialcristiano COPEI. En este caso hubo también un gobierno que prolongaría, con matices formales, el período anterior. Pero al cabo de una década la recomposición política tomó cuerpo con las sucesivas victorias electorales de Hugo Chávez.

La diferencia de Argentina respecto de estos procesos es que el movimiento social no halla cauce político, líderes que lo expresen, organización que lo articule, al menos hasta ahora. Esa carencia compromete el futuro del país, provoca desazón y afecta con rudeza a figuras políticas que apenas meses atrás se presentaban como posibilidad de recambio efectivo. Kirchner acabó siendo candidato del aparato justicialista comandado por Duhalde y otros señores feudales de la vieja política. Elisa Carrió pasó de las fotos aludidas a la designación de un liberal-conservador como acompañante en su fórmula. El Partido Socialista, único caso de convergencia (es la fusión de las fracciones PS Democrático y PS Popular), se enfrasca en la posibilidad de obtener algún punto más en el escrutinio, detrás y lejos de quienes disputarán el gobierno. Lo mismo ocurre con el otro extremo del arco de izquierda. Después de reiterar su disposición a crear “un movimiento político-social”, De Gennaro observa la diáspora de las partes componentes de la CTA, cada una apoyando candidatos diferentes (Partido Socialista, ARI, Izquierda Unida, un Partido de los Trabajadores limitado a una de las fracciones de la CTA y sólo a la provincia de Buenos Aires, más numerosas tendencias que optan por variantes de voto protesta o en blanco). “No soy quién para avalar o proscribir”, dice De Gennaro(5), en una confesión tácita de que sigue siendo el dirigente de una central de trabajadores, pero no del movimiento político que esperanzó a muchos en el congreso de la CTA. Zamora a su vez insiste con la consigna “que se vayan todos” pero elude la responsabilidad de construir los instrumentos para ocupar el espacio que quedaría vacío y hasta se compromete con la noción, última moda, de “hacer la revolución sin tomar el poder”.

Haber creído que a un régimen se lo derriba con cacerolas, desconocer la necesidad de unir, organizar y articular alianzas, desdeñando de ese modo a la fuerza que se enfrenta, son errores coyunturalmente decisivos para formaciones políticas en transición. En ausencia de la participación efectiva de los trabajadores con ocupación –y específicamente del proletariado industrial– y todavía en la estela de confusión teórica y desmoralización política dejada por el derrumbe sin honra de la Unión Soviética, la búsqueda de respuestas de alcance estratégico se manifiesta de este modo caótico.

El impresionismo que hizo creer en un “argentinazo” exitoso e inminente a comienzos de 2002 no debiera repetirse a la inversa, concluyendo que todo está perdido. Todo se transforma, sí; pero nada se pierde. El esfuerzo, la pasión, la esperanza, la energía enorme de las luchas del último año (incomprensibles sin las que vienen desde los orígenes mismos del país), pueden no expresarse, o hacerlo equívocamente, en las próximas elecciones, pero están allí. Las izquierdas perdieron su oportunidad en este tramo vertiginoso del devenir político argentino. Pero la oportunidad perdida es en última instancia la argamasa necesaria de un futuro diferente. No se trata de optimismo panglossiano. Los riesgos de desagregación social y consolidación de fuerzas ultrarreaccionarias son enormes y están a la vista. Para evitarlos se puede aún contar en Argentina con una singular –y en más de un sentido única por su riqueza y desarrollo– tradición de pensamiento, organización, capacidad de entrega y sacrificio, acumulada durante dos siglos de luchas sociales.

  1. Alfredo Eric y Eric Calcagno, “Que se vayan los dueños”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, octubre de 2002.
  2. Luis Bilbao, “Oportunidad para un gran debate”; Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, agosto de 2002.
  3. “Un acto multitudinario cerró la protesta…”, Clarín, Buenos Aires, 21-12-02.
  4. Luis Bilbao, “PT Brasil”; Búsqueda, Buenos Aires, septiembre de 1990.
  5. “D’Elía lanza el Partido de los Trabajadores”; Clarín, Buenos Aires 25-3-03.

Democracias latinoamericanas bajo la amenaza de Washington

porLBenLMD

 

El primer signo inocultable fue el golpe contra el presidente Hugo Chávez en abril de 2002. Pero a partir de allí, y acelerado al compás de los preparativos bélicos contra Irak, Estados Unidos parece dar por terminado el período histórico en el que su estrategia continental demandaba gobiernos constitucionales.

 

Entre las revelaciones a que dio lugar en las últimas semanas la embestida estadounidense para ocupar Irak, destaca con singular relieve el posicionamiento de los gobiernos latinoamericanos ante el dilema que afronta el planeta: la región enfrentó la voluntad de la Casa Blanca. Las excepciones brillan precisamente por su escaso valor geopolítico en el hemisferio. Y el saldo inmediato es inequívoco: Washington se ha quedado solo también en su área de influencia más directa.

No debiera sorprender. Que los presidentes Vicente Fox de México y Eduardo Duhalde de Argentina hayan tomado tan tajante distancia frente a la Casa Blanca es inesperado solo para quien no advirtió el fenómeno en curso en la región durante los cuatro últimos años. Aunque desde un ángulo diferente, la causa que contrapone a George W. Bush con gobiernos insospechados es la misma que produjo la irreparable hendidura entre Estados Unidos y la Unión Europea: la debacle económica con epicentro en las cúspides del sistema mundial lanza unos contra otros a los principales beneficiarios del orden actual.

Fox y Duhalde (y desde un ángulo diferente el presidente chileno Ricardo Lagos), no son Jacques Chirac y Gerhard Schroeder por lo mismo que los grandes empresarios de aquellas dos potencias imperiales no pueden compararse con sus homólogos transatlánticos. No obstante, a la hora de defenderse de la compulsiva voracidad del socio mayor, son explicables la altiva decisión del presidente francés de acudir él mismo a ejercer el derecho a veto que su país tiene en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y la tajante toma de distancia de Duhalde en su discurso de apertura del período legislativo.

Engañarse respecto de la naturaleza de los actores es tan grave y ominoso como negarse a admitir quién escribe, con mano invisible pero inapelable, el libreto que asombra a algunos y confunde a muchos más: la crisis verdadera; la que aún permanece camuflada por la tragedia iraquí; la que lanza unos contra otros a los máximos representantes de las potencias y sus subordinados en todo el orbe; la que se mide más fría y precisamente en los balances de las multinacionales, en la caída de la tasa de ganancia, en el derrumbe de los índices bursátiles.

 

Otros actores

En América Latina, sin embargo, gravita de manera decisiva un factor diferencial respecto de las posibles derivaciones de la coyuntura en el resto del mundo: los gobiernos de Brasil y Venezuela y, en otro plano, el de Cuba. Tras haber transformado los intentos golpistas de 2002 en contudente victoria y base para una ofensiva acelerada ya en pleno desarrollo, Hugo Chávez y la Revolución Bolivariana se proyectan en la región como puntal alternativo frente al descalabro y la ingobernabilidad. Lula da Silva y el Partido de los Trabajadores de Brasil, a la cabeza del Estado más poderoso al Sur del río Bravo, expresan a su vez una vuelta de campana en las relaciones de fuerzas hemisféricas y constituyen una plataforma hoy muy elevada para cualquier proyección política regional (la propuesta de Lula de convocar inmediatamente en la ONU a todos los países que se oponen a la guerra es revulsiva no ya para Bush, sino para Fox, Duhalde y decenas de otros jefes de gobierno en el mundo). Fidel Castro, firme pese a los pronósticos que aseguraban su caída 13 años atrás, es un baluarte moral y político para una mayoría abrumadora de los más de 400 millones de habitantes de la región. Las diferencias de todo orden entre estas tres instancias alternativas en el tifón de la crisis, no podrían desdibujar lo obvio: Fox y Duhalde (o quienquiera que lo reemplace), no podrían jamás torcer a su favor el eje apoyado en Brasilia, Caracas y La Habana.

Más importante es, con todo, verificar que lejos de operar en los hechos contra éste, Fox y Duhalde (y lo mismo ocurrirá con quien lo reemplace), fueron empujados a sumarse objetivamente a él, en un punto tan crucial como es hoy para el Departamento de Estado obtener apoyo político formal y público para avanzar hacia la invasión en Medio Oriente. Y este cuadro adquiere su verdadera dimensión cuando se toma cuenta del trasfondo: los índices elevadísimos de oposición a la guerra en todos y cada uno de los países del área.

 

Sentimientos anti-Estados Unidos

Todo lo que en términos ideológicos ganaron los defensores del sistema capitalista señoreado por Washington entre 1987 y 1997, lo perdieron en el lapso que va de aquel momento a la fecha. Sólo una pertinaz propensión a negar los hechos pudo ocultar que con el colapso bursátil de 1997, el derrumbe de los entonces ensalsados «tigres asiáticos» y la sublevación masiva que en Indonesia derrocó una dictadura de medio siglo, se iniciaba el canto del cisne imperial. A partir de aquel punto se comprobaban la imposibilidad de un «nuevo orden internacional», la certeza de un insondable e incontenible desorden, resumido por Chirac y Duhalde, hoy abanderados contra un objetivo irrenunciable para la Casa Blanca.

Desde el lejano Oriente la oleada antimperialista, supuestamente sepultada para siempre, cobró por entonces cuerpo de masas y se desplazó a las propias capitales del Norte, en un fenómeno mal representado por el concepto «antiglobalización». Ahora inunda al planeta entero. Y es tan poderosa que desde el Papa al New York Times deben pagarle tributo.

Al margen de las múltiples consecuencias estratégicas de este fenómeno, en América Latina plantea para Washington un desafío inmediato y de enormes proporciones. Y como frente todo lo que ya no puede resolver con ideología, promesas y dinero (porque aquéllas se revelaron hipócritas e inconsistentes y éste se agotó), el Departamento de Estado responde con violencia. Y opera directa, brutal y abiertamente contra los regímenes constitucionales en el área. Ya ha sido subrayada la significación inequívoca del pedido del presidente colombiano Alvaro Uribe para que Washington haga en Sudamérica «lo mismo que en Irak»(1). Pero en los dos meses subsiguientes la escalada se amplió.

El punto de aceleración ocurrió cuando ya estaba clara la dinámica de oposición mundial a la guerra y la imposibilidad de derrocar a Chávez: «Mañana, una delegación de funcionarios de alto nivel de EE.UU se reunirá aquí con representantes de la Cancillería para cruzar información y sobre todo, para evaluar de qué manera se puede atacar el financiamiento de organizaciones terroristas hacia Medio Oriente. Suponen, se realiza desde ese triángulo donde convergen Puerto Iguazú, Foz de Iguazú y Ciudad del Este»(2). Tropas estadounidenses ingresaban sigilosamente a sumarse a destacamentos ya instalados y operando en «prácticas conjuntas», en esa zona y, al misma altura hacia el Oeste, en la provincia argentina de Salta.

Diez días antes una voz insospechable constataba: «Una guerra de Estados Unidos con Irak echaría combustible a los ya considerables sentimientos anti estadounidenses, que han crecido pronunciadamente en muchos países islámicos en años recientes, y dividiría a los estadounidenses del público de algunos tradicionales aliados, revela un sondeo de opinión pública global»(3).

Otras voces confirmaron la escalada:

«Un grupo de 60 soldados estadounidenses se encuentra en la región petrolera de Arauca, al noreste de Colombia, para entrenar a militares de ese país en la protección de oleoductos contra atentados terroristas»(4). Nota bene: esto ocurrió una semana después de la demanda pública de Uribe y cuando ya en Venezuela el golpe petrolero se había vuelto contra sus ejecutores, transformándose en un poderoso motor de impulso a la Revolución Bolivariana.

«El general de EE.UU James Hill, comandante del Comando Sur en Miami, dijo que grupos islámicos radicales de Oriente Medio reciben ´entre 300 y 500 millones de dólares anuales desde redes criminales de Latinoamérica»(5).

Para colmo ocurrieron accidentes: «El presidente de EE.UU, George W. Bush, ordenó ayer el envío a Colombia de 150 soldados estadounidenses para asistir en la búsqueda de tres ciudadanos de ese país que permanecen como rehenes de guerrilleros de las FARC (…) una avioneta, que supuestamente hacía tarea de espionaje, cayó al Sur de Colombia el 13 de febrero. Viajaban cinco hombres de los cuales cuatro eran norteamericanos»(6).

Simultáneamente, periodistas reconocidos por su sagacidad para adelantarse en la interpretación de lo que el Departamento de Estados transformará en líneas de acción, comenzaron a machacar sobre dos nuevos y gravísimos riesgos que azotarían a Sudamérica: las «áreas sin ley», que reclaman «una fuerza regional multinacional», y el hecho de que «a Chavez le conviene» la invasión a Irak, por lo cual se debe impedir que la ocupación de aquel país mitigue la atención puesta en Venezuela(7).

El obvio impacto negativo sobre las economías sudamericanas y las actitudes de los respectivos gobiernos también ha sido considerado: «EE.UU necesita el apoyo de México y Chile en especial, ya que precisa sus votos en el Consejo de Seguridad, del que son miembros actualmente (…) ´Los países más grandes están sufriendo presiones grotescas´, que para el presidente de México ´representan amenazas´, dijo Joseph Tulchin, del Centro Woodrow Wilson. Bush sugirió esta semana que podría darse en EEUU una reacción contra los mexicanos como la que tiene lugar contra los franceses, y un diplomático estadounidense dijo a The Economist que la falta de apoyo de México en la ONU podría ´provocar sentimientos negativos´»(8).

Mientras tanto, se hacía público que «Brasil y Argentina pusieron ayer en marcha una ambiciosa idea para exportar juntos productos agropecuarios y coordinar estrategias comunes ante la Organización Mundial de Comercio»(9).

 

Democracia en peligro

Con un dispositivo militar creciente; con argumentos -casi nunca probados- tendientes a lanzar una caza de «terroristas» y «fuentes de financiación» de organizaciones islámicas en Medio Oriente; con presiones y descarada intervención de sus embajadores en cuestiones políticas internas; con la obsesiva idea de cambiar el concepto de fuerzas armadas de cada país por el de una estructura conjunta continental con mando en Washington, Estados Unidos está avanzando a paso acelerado contra la institucionalidad democrática, ya exhausta y transfigurada a menudo en su contrario tras una década de políticas anticrisis denominadas «neoliberalismo».

Si gobiernos elegidos democráticamente se suman a la oposición a la ofensiva económico-militar de Washington, y si para colmo apuntan a formas de unidad en diferentes planos para afrontar una crisis que no da -y no dará- respiro, cae de su peso cuál es el más reciente enemigo de Estados Unidos: las democracias latinoamericanas.

  1. Luis Bilbao, «El enemigo principal es Lula»; Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur, febrero 2003.
  2. «60 soldados de las fuerzas especiales de EEUU llegan a Colombia»; El País, Madrid, 19-1-03.
  3. Brian Knowlton, «A rising anti-American tide»; International Herald Tribune; París, 5-12-02.
  4. Guido Braslavsky; «EE.UU vuelve a poner su mira en la Triple Frontera»; Clarín, Buenos Aires, 15-12-02.
  5. «Nueva denuncia de EE.UU sobre la triple frontera»; Clarín, 10-3-03.
  6. EE.UU envía tropas a colombia para recuperar a sus rehenes»; Clarín, 23-2-03.
  7. Andrés Openheimer, «Las amenazas de las áreas sin ley», La Nación, Buenos Aires, 11-3-03, y Jorge Ramos Avalos, «A Chávez le conviene la guerra», Clarín, Buenos Aires, 8-3-03.
  8. «La guerra perjudicará las economías de América Latina»; Clarín, 11-3-03.
  9. Cristian Mira, «Brasil y Argentina quieren unirse para exportar alimentos»; La Nación, Buenos Aires, 11-3-03.

El enemigo principal es Lula

porLBenLMD

 

El llamado del presidente Alvaro Uribe a que Washington intervenga militarmente en América Latina y la forzada incorporación de EE. UU. al «grupo de países amigos» de Venezuela, originalmente programado por el gobierno brasileño, son movimientos destinados a recuperar la iniciativa política en la región. Tratando de utilizar a Lula para cercar a Hugo Chávez, Washington busca impedir que el liderazgo regional del Presidente brasileño catalice el descontento generalizado y consolide una relación de fuerzas adversa a Estados Unidos.

 

Lo hizo con gesto de monaguillo compungido, pío servidor de la iglesia al que un superior ha dado una reprimenda, aceptada con el placer intenso de los fanáticos. Por mucho menos, en otro momento de la historia semejante conducta hubiese levantado una marejada de indignación y su autor hubiese sido declarado “traidor a la patria”. Signo de los tiempos, apenas si hubo contenidos gestos de sorpresa e incomodidad cuando el presidente de Colombia pidió que Estados Unidos invada su país y descargue su poderío militar sobre el corazón sudamericano, la Amazonia.

Alvaro Uribe utilizó dos escenarios internacionales para publicitar su insólita demanda: el “despliegue en los cielos y mares de una fuerza multilateral liderada por Estados Unidos para combatir con toda fortaleza el narcotráfico y el terrorismo en Colombia, que potencialmente puede destruir la Amazonia e impactar en toda la región sudamericana”(1). En Quito primero, durante la ceremonia de asunción del presidente Lucio Gutiérrez, en Davos después, rodeado de las altas finanzas del planeta, Uribe repitió su argumentación: “Yo veo que es más grave el conflicto del narcotráfico y el terrorismo en Colombia para la estabilidad democrática del continente en el mediano y largo plazo, que el mismo conflicto en Irak. Este problema nuestro es una amenaza mayor”. Y agregó, para que no haya equívocos: “si Estados Unidos está movilizando al Golfo Pérsico miles y miles de hombres y toda la tecnología, pues lo que hay que hacer es taponar con la misma fuerza y con la misma decisión todas las vías por donde se surte el comercio del narcotráfico”(2).

Uribe pide decenas de miles de soldados estadounidenses y la panoplia ultratecnificada que hace posible “en las primeras 48 horas lanzar 800 misiles y arrasar Bagdad”, para lograr la “destrucción psicológica y la voluntad del enemigo”(3). Si resultare imprescindible para la alta misión de “combatir el narcotráfico”, esa tecnología permitiría asumir, como hace el Pentágono en estas horas respecto de Irak, que “sólo las armas nucleares pueden ser el camino eficaz para destruir objetivos altamente sofisticados”(4).

¿Sobreactúa Uribe y obran con sabiduría gobiernos, partidos e intelectuales latinoamericanos que se limitan a registrar con nerviosismo –si acaso lo hacen– tal propuesta? Ni lo uno, ni lo otro. Uribe no obra con mayor autonomía de la que podía expresar un presidente de Vietnam del Sur durante los años de la invasión estadounidense en el Sudeste Asiático. Su voz repite la indicación de quienes en los centros reales de poder en Washington observan, a mitad de camino entre la incomprensión y la alarma, que Estados Unidos ha perdido la iniciativa política y carece de instrumentos institucionales aptos para recuperarla en los perentorios plazos exigidos por la crisis global y su manifestación singular en el hemisferio Sur del continente.

No son improvisados los escenarios escogidos por Uribe. Por sobre los debates agendados, en Davos dominó la honda fractura producida entre la Unión Europea y Estados Unidos a propósito del ataque a Irak, cuyas causas sin embargo encuentran explicación de última instancia en el tema prohibido del cónclave: la recesión combinada de Europa, Estados Unidos y Japón y la certeza ya asumida de que, lejos de remontarla en 2003, la caída se acentuará, dándole amenazante corporeidad al fantasma de un colapso del sistema financiero mundial(5). En Quito, mientras tanto, el foco de todas las cámaras resumió involuntariamente el hecho político nuevo en el continente al apuntar, como había hecho diez días antes en Brasilia durante la asunción de Luiz Inácio Lula da Silva, a la imagen que para la prensa, sin excepción, dominó ambas ceremonias: el encuentro de Lula, Fidel Castro y Hugo Chávez.

Convergen aquí dos datos mayores del momento político internacional: ruptura de la alianza estratégica entre Europa y Estados Unidos –admitida ya a ambos lados del Atlántico(6)–, es decir, demolición de lo que fuera, junto con la ex Unión Soviética, viga maestra del equilibrio planetario dominante desde la Segunda Guerra Mundial; conformación de un bloque latinoamericano objetivamente confrontado con Washington, con centro de gravedad en Brasil y respaldo activo de Venezuela y Cuba.

Réplica caribeño-integrista del agnóstico británico Anthony Blair, Uribe fue encomendado para llevar la respuesta de Washington a los presidentes reunidos en Quito y, en Davos, a quienes pudieran aspirar, alentados por aquella fractura, a repetir el papel de Gran Bretaña frente a España durante la lucha americana por la Independencia, dos siglos atrás: si lo intentan, vamos como a Irak. La advertencia era también, y sobre todo, para el presidente brasileño, que acaso llevado por la misma lógica, estuvo en la localidad suiza donde Thomas Mann situara La montaña mágica.

 

Golpe de mano de Washington

En diciembre último, antes de asumir el Ejecutivo de Brasil, Lula envió un delegado personal a entrevistarse con el presidente Hugo Chávez, quien para entonces había ya quebrado el intento opositor de derrocarlo mediante una campaña de sabotaje masivo contra la empresa petrolera del Estado, PDVSA. El comisionado brasileño llevó una propuesta, consistente en formar un grupo integrado por países latinoamericanos y de la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo) que mediara entre el gobierno y la oposición venezolana y facilitara una salida a ambas partes, urgidas –por razones diferentes– a hallar una vía de rápida salida al fallido golpe de Estado detonado a comienzos de diciembre. A la sazón, el presidente saliente Fernando Henrique Cardoso, en acuerdo con el presidente entrante, había facilitado la utilización de barcos petroleros brasileños y el envío de gasolina a Venezuela, lo cual contribuyó a que Chávez superara la emergencia en el punto de mayor efecto de la campaña de sabotaje, que había provocado desabastecimiento de combustibles y gas. Según fuentes venezolanas, la propuesta de crear el grupo de países amigos era conocida por las autoridades estadounidenses. Sin embargo un portavoz del Departamento de Estado condenó la iniciativa en el mismo momento en que Lula asumía la Presidencia, el 1º de enero. La primera reacción fue formar otro grupo de países, presidido por Estados Unidos. Pero en la semana transcurrida entre esa fecha y la asunción de Gutiérrez, el secretario de Estado del gobierno de George W. Bush, Colin Powell, aplicó la antigua máxima del pragmatismo militar: si no puedes vencer a tu enemigo, únetele. En Quito, mientras Uribe hacía su provocativo pedido, se consumaba la incorporación de Estados Unidos, España y Portugal al grupo de “amigos”. La propuesta de Lula se daba vuelta como un guante. Y la mano de hierro que éste envolvía se cerraba en torno al cuello del presidente brasileño. Fuentes cercanas a la dirección del PT tradujeron el impacto paralizante de la primera gran prueba de fuerzas con Estados Unidos. En Miraflores hubo estupor y desconcierto.

El revés para Chávez resulta obvio. El involucramiento directo de la Casa Blanca y la CIA en el golpe de abril es cosa sabida, denunciada incluso por la gran prensa estadounidense. Los gobiernos de Estados Unidos y España fueron los dos únicos que en todo el mundo reconocieron formalmente el 13 de abril pasado a Pedro Carmona, el efímero dictador que en apenas 36 horas anuló la Constitución, disolvió el Parlamento, destituyó gobernadores y alcaldes y lanzó una persecución feroz en todo el país contra dirigentes chavistas, antes de huir con escala en Bogotá y destino Miami. Los dos intentos de golpe posteriores, en octubre y diciembre, contaron, como mínimo, con respaldo diplomático, político y comunicacional del Departamento de Estado.

Va de suyo que los delegados estadounidense y español en el “grupo de países amigos” reiterarán la conducta de abril, desconociendo la legitimidad de Chávez y el carácter anticonstitucional del accionar opositor. La aceptación inicial de esta instancia se transforma así en una trampa que puede dificultar la consumación de la estrategia de Chávez, quien ha logrado deslegitimar a la oposición en términos de legalidad constitucional y, en consecuencia, privarla de respaldo público por parte de gobiernos extranjeros. No obstante, dada la relación de fuerzas internas tras el fracaso rotundo de la intentona(7), el respaldo renovado y creciente de la población y los anuncios recientes del Presidente venezolano apuntados a profundizar la “revolución bolivariana” con medidas letales para el núcleo eficiente de la oposición golpista –todos datos conocidos de antemano por Washington– acorralar a Chávez no es en modo alguno el objetivo principal de la Casa Blanca en el “grupo de amigos”.

 

La clave es el ALCA

El centro estratégico de esta arremetida estadounidense son Brasil y su presidente. Las clases dirigentes del gigante sudamericano expusieron su oposición al ALCA (Area de Libre Comercio de las Américas) mucho antes de la victoria del Partido de los Trabajadores (PT). El justificado temor de franjas de la alta burguesía latinoamericana ante el ímpetu arrollador de Estados Unidos en su empeño por unificar un mercado de Alaska a la Patagonia, tomó cuerpo en la diplomacia de Itamaraty ya durante el gobierno de Cardoso. Fue este presidente, declarado socialdemócrata, quien consumó un vuelco del tablero político regional al convocar en julio de 2000 a una reunión de presidentes sudamericanos, es decir, excluyendo no sólo a Estados Unidos, sino también a México, su socio latinoamericano en el Tratado de Libre Comercio (TLC) y a los gobiernos subordinados a éste en América Central y el Caribe.

Para resistir la embestida estadounidense, Brasil necesita de un bloque regional que, desde la perspectiva de Itamaraty, sólo puede consolidarse en torno a la única burguesía industrial con existencia real en el área: la suya propia. El otro punto de apoyo de ese eje está hoy en Caracas. Y el tercero, potencial y por el momento altamente improbable, en Buenos Aires.

Si con la operación “grupo de amigos” los agentes de Bush logran distanciar en los hechos al proceso revolucionario venezolano del gobierno brasileño, debilitarán al extremo la estrategia diplomática delineada por el gran capital brasileño en su intento por levantar una barrera de resistencia frente al ALCA. También, y de un mismo golpe, acaban con el potencial revulsivo del liderazgo de Lula en la región.

El éxito inicial de la maniobra que ubicó a Lula en el imposible papel de gestor de la voluntad de Washington no debiera ocultar la sustancia del fenómeno: la Casa Blanca va detrás de los acontecimientos en Sudamérica. Tiene el poderío necesario para imponerse en circunstancias puntuales (es obvio que el gobierno del PT es chantajeado a partir de la gravísima situación económica que lo acosa), pero está a la defensiva. El recurso de la amenaza bélica, la carta Uribe, es prueba de una debilidad insanable que, vista del revés, inaugura una etapa histórica en América Latina: ahora la iniciativa política para la región está en manos de una singular alianza social –simbolizada por Lula y Alencar en el Ejecutivo brasileño–, todavía sin signo definitivo y, por ello, con el rumbo abierto en numerosos senderos, hoy inescrutables. Alguno de ellos lleva presumiblemente a los jardines de la Casa Blanca; otros entrevén el sentido inverso.

“Hacia donde se incline Brasil irá América Latina”, dijo Henry Kissinger en los años ’60, cuando teledirigía el golpe militar en aquel país. Sin duda el Departamento de Estado sigue hoy, con mayor énfasis aun, aquella noción estratégica (la cual, apoyada en lo obvio, desconoce por cierto la abigarrada complejidad del continente y el devenir desigual y combinado de la dialéctica de la historia). Como quiera que sea, desde el 1° de enero y por todo un período Brasil y Lula serán el fiel de la balanza en el Cono Sur y gravitarán sobre todo el continente, incluido Estados Unidos, donde el 70% de la población se opone a la guerra contra Irak y la primera minoría étnica, con 37 millones de ciudadanos, es de origen latino. Ocurre que precisamente el Cono Sur está hoy en una situación de inestabilidad sin precedentes en la historia de la región.

 

Bolivia, Paraguay, Argentina

En Bolivia, el presidente Gonzalo Sánchez de Lozada asumió hace apenas seis meses y ya afronta una insurrección de masas que, cualquiera sea su desenlace inmediato, revela una nueva y original reconfiguración política de las organizaciones indígenas, obreras y de las capas medias urbanas. Si la impotencia oficial revela el callejón sin salida de las políticas resumidas en el vocablo “neoliberalismo”, la creación de un Estado Mayor del Pueblo, al calor de una sublevación que desde el 13 de enero paralizó al país y desarticuló el poder político (con un saldo a fin de enero de 11 muertos y centenares de heridos), indica grado y carácter de una confrontación social cuyo horizonte no encuadra en el régimen actual, mucho menos con la participación del embajador estadounidense a la usanza de un virrey del siglo XXI.

En Paraguay, en medio de una campaña electoral para las elecciones generales del próximo 27 de abril, el mismo día en que el Congreso debía votar si destituía o no al presidente Luis González Macchi éste ordenó la salida a las calles de unidades del ejército para “apoyar a los efectivos policiales en la búsqueda de poner freno a la ola de delincuencia y alta inseguridad ciudadana”(8). Centrales sindicales y la poderosa Federación Nacional Campesina discuten mientras tanto la fecha y condiciones de una huelga general. También en este país, el conflicto real está físicamente planteado: hay tropas estadounidenses estacionadas en la Triple Frontera.

Pero acaso más que en cualquier otro país, Brasil gravita hoy sobre la coyuntura en Argentina. Tras el cataclismo económico y la volatilización de todos los partidos, la simpatía por Lula –que las encuestas miden en más de un 60%– revela que mientras un sector numéricamente considerable de las clases dirigentes se esperanza con el relanzamiento del desarrollo mediante una proyección local de la alianza Lula-Alencar, el grueso de los trabajadores y específicamente la juventud ven en Lula a “un compañero”. Aun antes de que comience a tomar forma la propuesta brasileña de crear una moneda única y revitalizar el Mercosur, este sentimiento cobra fuerza política, se extiende a toda la región y atraviesa líneas partidarias y definiciones ideológicas, mientras la explosiva situación económica, además de alimentar una coalición sin precedentes a escala continental plantea un riesgo que amenaza cada mañana: “América Latina podría proveer la chispa para que se produzca una debacle financiera mundial”(9). He allí la medida de la desazón estadounidense.

  1. “Uribe pidió un despliegue como en Irak”, La Nación, Buenos Aires, 16-1-03.
  2. “Uribe le pide a EE. UU. un bloqueo militar a Colombia”, Clarín, Buenos Aires, 16-1-03.
  3. “EE. UU. atacará Irak con una lluvia de misiles nunca vista”, Clarín, Buenos Aires, 26-1-03.
  4. Paul Richter, “La Casa Blanca analiza un golpe nuclear táctico”, Los Angeles Times, publicado por Clarín, Buenos Aires, 26-1-03.
  5. Pierre-Antoine Delhommais, “Qui peut croire encore à la reprise en 2003?”, Le Monde, París, 7-1-03; Jeffrey E. Garten, “The world economy needs help”, International Herald Tribune, París, 13-1-03.
  6. Javier Solana, “Las semillas de una posible ruptura entre EEUU y Europa”, El País, Madrid, 13-1-03.
  7. Luis Bilbao, “Dos semanas de fraude en Venezuela”, Info Dipló, Buenos Aires, 16-12-02 (www.eldiplo.org).
  8. “En busca de seguridad sacan militares a la calle”, Noticias, Asunción, 29-1-03.
  9. Jeffrey E. Garten, “The world economy needs help”, International Herald Tribune, París, 13-1-03.

reseña

Letras de la memoria

porLBenLMD

 

De Varios Autores

Editorial: Secretaría de Cultura de la Nación
Cantidad de páginas: 100
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Enero de 2002

 

La Secretaría de Cultura de la Nación inició la publicación de una recuperación bibliográfica de autores argentinos, mediante la colección Letras de la Memoria. Según su titular, Rubén Stella, “esta iniciativa también sirve para darle marco a una concepción sobre el rol del Estado”.

Los primeros cinco títulos editados son Nación y Cultura de Héctor P. Agosti; ¿Qué es el ser nacional? de Juan José Hernández Arregui; Beneméritos de mi estirpe-Esbozos sociales de Jorge M. Ford; Antología de Tarja, selección de Alicia Poderti; y La Ramada-La Leyenda de Santos Vega de Robert Lehmann-Nitsche.

Están anunciados Personas en la sala (narrativa) de Norah Lange; Escritos sobre cultura popular de Bruno Jacovella (ensayos); El hombre que se olvidó las estrellas (narrativa) de Angel María Vargas; Angélica Mendoza-Antología (ensayos sobre filosofía y cultura). El proyecto incluye la edición de veinte títulos y un total de 60.000 ejemplares.

La Comisión Asesora Honoraria integrada por Horacio Sanguinetti, Manuela Fingueret y Gigliola Zecchin (Canela) seleccionará autores y obras que se incluirán en próximas ediciones. El responsable editor de la colección es Domingo Arcomano.

“Administrar el Estado en un proceso de transición institucional tan dramático y peculiar como el que vivimos no significa, como creen algunos, postergar decisiones para refugiarse en la cómoda poltrona de la burocracia”, explicó en el acto de presentación el titular de la Secretaría, Rubén Stella. La colección será entregada gratuitamente a las bibliotecas públicas, mediante la Comisión Nacional Protectora de Bibliotecas Populares (CONABIP).

Bush al ataque en Monterrey

porLBenLMD

 

Inopinadamente, Washington resolvió que era necesario realizar una reunión fuera de agenda de los 34 países americanos (todos menos Cuba) que integran la denominada “Cumbre de las Américas”. Los motivos de la urgencia llevan inquietud a las cancillerías del hemisferio: se teme una intervención militar en Colombia y las reacciones frente a Bolivia.

 

Faltaban indicios precisos para explicar la premura de la Casa Blanca por congregar a los 34 presidentes admitidos en la Cumbre de las Américas, el 12 y 13 de enero, en la ciudad mexicana de Monterrey. Pero una escalada en los últimos días permite adelantar conclusiones: el presidente estadounidense George Bush llega a Monterrey con el objetivo de contrarrestar el conjunto de medidas que desde el terreno económico y político, chocan con la creación de un Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y, por el contrario, delínean un futuro mercado Sur-Sur y avanzan hacia la constitución de alguna forma estable de institucionalidad política común a escala suramericana.

La cuarta reunión ordinaria de la Cumbre de las Américas debía realizarse en 2005 en Buenos Aires; pero Washington forzó un abrupto cambio de fecha y lugar, rompiendo la regularidad de estas reuniones: 1994 en Miami, 1998 en Santiago de Chile, 2001 en Quebec. A estar por los documentos oficiales del Departamento de Estado estadounidense, nada justifica el adelanto de la fecha. En un seminario realizado el 15 de diciembre último en el Departamento de Estado, John Maisto, representante permanente de la Casa Blanca ante la Organización de Estados Americanos (OEA), dijo que el objetivo es “enfocar la atención en los temas del crecimiento económico, el desarrollo social y la gobernabilidad democrática en el Hemisferio Occidental”.

Funcionarios consultados en la Casa Rosada se mostraban perplejos, hasta el lunes 5, y evitaban toda conjetura a partir de una serie de señales inconexas dadas en las últimas semanas por figuras clave de la política estadounidense para América Latina. Sin embargo el martes 6, en Buenos Aires, aquella suma de datos cobró coherencia y significado cuando dos horas después de una reunión del Canciller argentino Rafael Bielsa con el embajador estadounidense Lino Gutiérrez, el secretario adjunto para Asuntos del Hemisferio Occidental del gobierno estadounidense, Roger Noriega (como Gutiérrez de origen cubano y de la comunidad de Miami), acusó al gobierno argentino casi como un émulo subversivo de Fidel Castro: «He notado que la política argentina parece haber hecho un giro hacia la izquierda. Y es desconcertante porque Argentina es un país importante que debería estar con nosotros en la promoción de los derechos humanos y la democracia -señaló-. Cuando el canciller Bielsa (Rafael) viajó a La Habana y no se reunió con ninguno de los disidentes eso envió una muy mala señal para la política exterior argentina».

No era un rayo en cielo sereno. Dos días antes, el Nuevo Herald de Miami había reproducido declaraciones del portavoz del Departamento de Estado, Adam Ereli, en las cuales se da otra puntada al entramado presumiblemente tejido con vistas a Monterrey: “Destacaría que el régimen de Castro, como es bien sabido, tiene una larga historia de intentar socavar los gobiernos democráticos a través de la región. Y por esa razón los estrechos lazos entre el gobierno de Venezuela y el gobierno de Cuba plantean preocupaciones entre los socios democráticos de Venezuela”.

A través de la agencia de noticias Associated Press, funcionarios no identificados del gobierno estadounidense agregaron que la caída del presidente boliviano Gonzalo Sánchez de Lozada, sería responsabilidad del dirigente campesino Evo Morales… financiado por el presidente venezolano Hugo Chávez. Como se sabe, en su visita a Santa Cruz de la Sierra con motivo de la cumbre iberoamericana, en noviembre pasado , el presidente argentino Néstor Kirchner tuvo un encuentro privado con Morales. Noriega, por su parte, en diversas intervenciones públicas machacó la idea de que “Castro, en sus días finales, parece tener la nostalgia de desestabilizar gobierno electos”. La deliberada amalgama es tan evidente como inconsistente.

 

Nerviosismo e incompetencia

No es el modo en que se mueve una diplomacia segura del terreno sobre el que está parada y de la estrategia que articula. Por el contrario, este tipo de operaciones expone una marcada alteración en el ánimo de los hombres del presidente de Estados Unidos. Sea por la aceleración de los tiempos hacia la creación de una instancia de unidad política suramericana, sea por el temor a una derrota electoral de Bush en las elecciones de octubre próximo, el hecho es que el círculo íntimo de Bush agudiza sus aristas de incompetencia diplomática al trasladar lenguaje y métodos de un lobby anticubano de Miami a la estrategia hemisférica de Estados Unidos. De esta manera multiplica enemigos y exacerba contradicciones de por sí difíciles de resolver.

Gutierrez se reunió con Bielsa el martes 6 a las 16 hs. Noriega descargó su andanada a las 18. ¿Qué exigió el embajador estadounidense al preparar la reunión entre Bush y Kirchner para el martes 13, que la cancillería argentina no podía aceptar?

Una hipótesis que se baraja en círculos diplomáticos alude a la intención estadounidense de proponer en Monterrey una fuerza militar conjunta interamericana –obviamente bajo mando de Washington- para intervenir en Colombia. Otra, supone la exigencia de un giro en la política supuestamente ya acordada entre Luiz Inacio Lula da Silva, Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner, destinada a concretar en tiempo perentorio una unión política suramericana, que prevé “una reunión extraordinaria de presidentes, a mediados de 2004, para formalizar la creación del espacio de integración regional” . Una tercera conjetura transmitida por altas fuentes diplomáticas refiere a los temores de Washington por la posible evolución de la situación en Bolivia: informes respecto de la existencia de una fracción militar que apoyaría a los movimientos indígenas impulsa a Bush a adelantarse proponiendo, también allí una “fuerza interamericana de paz”.

En rigor, una hipótesis no invalida la otra: una fuerza militar conjunta comandada por Washington que ocupe Colombia e irradie el hecho hacia toda la región (lo mismo vale para Bolivia), es precisamente el único freno a la vista para impedir la dinámica centrípeta que, con eje en Brasilia y Caracas, opera hoy sobre el subcontinente. La participación o no de Buenos Aires en ese movimiento de alcances históricos puede volcar a uno u otro lado el fiel de la balanza. De allí las presiones sobre el gobierno argentino, que comenzaron hace dos semanas con las nuevas exigencias del Fondo Monetario Internacional (a pesar de que Argentina cumplió cabalmente con todo lo acordado), y culminaron con el rapto de prepotencia imperial del funcionario Noriega.

reseña

Historia de la escritura. De la Mesopotamia a nuestros días Y en el mundo occidental

porLBenLMD

 

De Louis Jean Calvet y varios autores

Editorial: Paidós y Taurus
Cantidad de páginas: 264
Lugar de publicación: Barcelona y Madrid
Fecha de publicación: Diciembre de 2001

 

Antes de arribar al oscuro entresijo de bits y bytes, entre la piedra hendida a golpes y la conservación de impulsos electromagnéticos, la escritura recorrió un arduo camino, siempre enigmático. Transcurrieron unos 6 mil años, si se cuenta a partir de las inscripciones halladas en vasijas en la región de Susa. O 32 mil, si se toma como expresión de escritura el grabado negativo de manos humanas sobre la piedra. Aunque resulte paradojal, escribir y leer no fue necesariamente –ni es– el medio para difundir conocimiento: a menudo fue –y es– un modo de mantenerlo oculto. En todo caso el saber, siempre instrumento del poder y de lucha contra él, fue también siempre escrito y leído.

Contra la noción corriente de que a partir de su original capacidad manual el hombre obtuvo el habla y la plasmó luego en escritura, para recuperarla en la lectura, Louis Jean Calvet propone observar “la escritura no tanto con relación a la lengua como a (…) lo pictórico y lo gestual”. A partir de esta noción el autor demuele a Rousseau –“el dibujo de los objetos corresponde a los pueblos salvajes; los signos de las palabras y de las proposiciones a los pueblos bárbaros; y el alfabeto a los pueblos civilizados”–; arrincona a Levi-Strauss y condena a Saussure. Al margen de esta controversia, Calvet compone una historia de la escritura tan sólida como apasionante, al cabo de la cual admite que “el hombre sintió desde bien pronto la necesidad de retener el lenguaje oral recurriendo a medios gráficos”. Cómo los descifró y recuperó es materia de otro libro fascinante, elaborado por trece autores bajo la dirección de Guglielmo Cavallo y Roger Chartier. El lector, “nómade dedicado a la caza furtiva”, es llevado por la historia del acto que ejecuta, desde la lectura en voz alta en la Grecia preclásica, a la expansión de las bibliotecas en los siglos XIX y XX (impulsada con motivos opuestos por burgueses y proletarios).

Hoy, con un porcentaje descendente de analfabetismo y crecimiento del número absoluto de iletrados, la lectura aparece, a la inversa de la televisión, “fuera de canon”, como “fenómeno fragmentado y diseminado y absolutamente carente de reglas, excepto a nivel personal o de pequeños grupos”. La historia de estas dos actividades esenciales de la humanidad, además de aventar pesimismos a la moda, remite a la acción en la que se funda la palabra y actualiza el latigazo del Mío Cid: “Lengua sin manos: ¡quom osas fablar!”.